No he podido responder a los reviews del anterior capítulo, pero intentaré hacerlo con los de este. La semana que viene estaré unos días fuera de vacaciones así que puede que me retrase un poco con el quinto capítulo, pero espero publicarlo a lo largo de la semana próxima :)

Respondiendo a algunas preguntas de los reviews:

- Makis, por fin te puedo contestar a lo del fic del espejo de Erised :). Aunque me he preguntado mucho qué vería Draco en el espejo, como sólo estuvo en Hogwarts en primer año, no creo que viera a Hermione en él. Eran muy pequeños para eso, quizás como mucho se veía ganando todo e impresionándola pero poco más. No obstante recuerdo haber leído un fic sobre ese tema pero no recuerdo el titulo, si lo encuentro te paso el link :)

- AllySan, Draco se molestó con Hermione y puso distancias porque se sintió rechazado cuando él se quedó mirando su sonrisa y ella dejó de sonreír rápidamente. Eso sumado a cómo se había apartado de su mano cuando le tocó antes, le hizo sentirse un idiota por albergar esperanzas y decidir olvidar todo el tema :)

- Sobre lo de poner correos con espacios es cosa de la página que no permite intercambiar correos por PM, ni en publicaciones, ni tampoco links, así que si escribis una dirección http, www o un correo con arroba y el (.)com, lo borra automáticamente. Es un rollazo pero es lo que pasa, por eso hay mucha gente a la que no he podido responder nunca, porque pone el correo completo y la página lo borra, dejando sólo un espacio en blanco :(

Sin más os dejo con el capítulo. Me he trabado un poquito durante días, pero he disfrutado como una loca escribiendo la parte final ;)


Para Sig. Por todas las conversaciones en que cannonizamos el Dramione, el Obidala y lo que nos apetezca xD (L)


Capítulo 4

And I know it's wrong, and I know it's right.
Even if I try to win the fight,
my heart would overrule my mind.
and I'm not strong enough to stay away

—Worth regresa la semana que viene —masculló Draco.

Llevaba un buen rato conteniéndose para no soltarle la noticia a Hermione en cuanto llegó al Caldero Chorreante, principalmente porque seguramente para ella no tenía ninguna importancia.

No tenía ni idea de lo que significaba para él.

Hermione hizo girar su vaso con cerveza de mantequilla entre las manos distraídamente, mientras le miraba. Había notado que ya no se sentaba recta en la silla, sin apoyar las manos ni los codos en la mesa como en sus primeros encuentros. Le sonreía abiertamente cuando Draco decía algo que consideraba gracioso y no se apartaba como si quemara si alguna vez le ponía una mano en la cintura para guiarla.

Se podría decir que disfrutaba de su compañía. Es más, se podría decir que era ella quien la buscaba. Draco siempre llegaba primero al Caldero chorreante y se sentaba en una mesa a leer El profeta –a esperarla-. Hermione tenía la opción de sentarse en la barra a charlar con su amiga la camarera o con cualquier otro de sus conocidos o compañeros que tomaban algo en la taberna.

Pero aunque se detuviera un instante a charlar con ellos o les saludara con un gesto de cabeza o una sonrisa, al final siempre iba a sentarse con él.

Y a pesar de ello, en cuanto la veía entrar al local, Draco se tensaba y el corazón la latía de expectación hasta que Hermione llegaba a su mesa. Aunque llevaban meses viéndose, todavía tenía la sensación de que Hermione Granger sólo estaba en su vida de prestado.

En cualquier momento se daría cuenta de que estaba pasando todos sus descansos con Draco Malfoy, el exmortífago, la paria social de la sección más olvidada del Ministerio, un ciudadano de segunda categoría y desde luego la última persona con la que una bruja decente, para colmo directora del departamento de Aplicación de la Ley Mágica, querría relacionarse.

Por eso cada día que Hermione caminaba hasta él y le concedía su valioso descanso, Draco sentía una satisfacción rabiosa.

—Eso es bueno, ¿no? —respondió Hermione —Tal vez Worth logre poner un poco de orden en la sección y obligue a Kettle y Thickey a cumplir el protocolo para catar las pociones.

Hermione no lo entendía. El regreso de Worth traería algunas mejoras, además de nuevos ingredientes con los que Thickey pudiera intentar matarse: obligaría a Kettle a usar los clabberts como catadores de pociones, desecharía las teorías conspiratorias de Higgs con un par de frases severas y reprendería a Donovan por dormirse en el trabajo, aunque él volvería a echarse a roncar en cuanto la bruja se diera la vuelta.

Pero a pesar de que Worth ponía un poco de orden en el Comité de Pociones a Draco no le gustaba su jefa, principalmente porque no se molestaba en disimular que él no le caía bien. Sin embargo, en esa ocasión su disgusto no se debía únicamente al hecho de aguantar sus desprecios sino a que no creía que pudiera seguir tomándose descansos diarios a la hora en que Granger tenía su receso.

Verla a diario, charlar con ella, aunque fuera sobre el tiempo o el último borrador sobre la prohibición internacional del duelo que Transilvania seguía peleando por instaurar a nivel europeo, rozarle ocasionalmente los dedos o la curva de la cintura… se había convertido en el mejor momento del día.

En lo único bueno de sus días, ahora que Scorpius estaba en Hogwarts. Y la idea de perderlo se le hacía sencillamente insoportable.

—Quizás —Draco se encogió de hombros —Pero también tiene sus desventajas. No sé si podré seguir tomándome descansos…

"…a la misma hora que tú".

No terminó la frase pero vio en la expresión de Hermione que no era necesario.

—Oh —murmuró y durante unos segundos guardó silencio, como si no supiera qué decir. Apartó la mirada, con el ceño ligeramente fruncido, y a Draco le dio la impresión de que parecía apenada por la noticia. O tal vez sencillamente era lo que él quería creer —Eso es… ¿antes de que Worth se marchara a África no tenías descansos?

Aunque formuló la pregunta con tono casual, en cuanto la hubo lanzado al aire se creó una pequeña tensión entre ellos.

Dependiendo de lo que él fuera a responder, esa pregunta podía volverse muy incómoda.

—No lo tengo muy claro. Si los tenía, nunca me los tomé —dijo, mirándola directamente. Había optado por ser sincero.

Hermione le sostuvo la mirada unos instantes pero después pareció ponerse nerviosa y tomó un rápido sorbo de su cerveza de mantequilla. Solía beber un trago cuando Draco le lanzaba algún tipo de indirecta sobre lo que realmente sentía por ella.

Granger las captaba. Era demasiado inteligente para no hacerlo, y entonces se mostraba incómoda durante unos instantes. Pero después volvía a relajarse, como si hubiera decidido que sencillamente estaba malinterpretando las cosas.

La razón era simple: nunca se creería que un Malfoy podría sentir algo por ella, ni siquiera ahora que ella era la poderosa y él el repudiado. Quizás pensaba que había cambiado, pero no lo suficiente.

Qué equivocada estaba.

A veces Draco sentía el impulso de sacarla de su error. A veces, los gloriosos pero infrecuentes instantes en que coincidían solos en un ascensor o en un pasillo del Ministerio y Hermione le saludaba con una tenue sonrisa, Draco quería besarla y susurrarle al oído que hacía veinte años que no podía sacársela de la cabeza.

Que la insultó tantas veces porque no podía soportar que le ignorara, que la humilló en tantas ocasiones porque si había algo que le aterraba más que su fascinación por ella era que alguien pudiera descubrir lo que sentía.

Que nunca se había perdonado el no hacer nada cuando Bellatrix la torturó ante sus ojos, en la alfombra de su salón, que se había quedado en Hogwarts con la intención de entregar a Harry Potter para salvar a su familia, pero que si en algún momento albergó realmente la posibilidad de hacerlo, la hubiera dejado escapar, fuera como fuera.

Que no quería a su esposa, que nunca había podido hacerlo porque aún después de que Scorpius naciera había sido incapaz de olvidarla. Y sobre todo, que verla cada día era lo único que impedía que petrificara a alguno de sus compañeros de trabajo o presentara la dimisión.

Pero Hermione Granger, flamante directiva del ministerio, no quería oír nada de eso. No le creería y sólo lograría alejarla de él.

—Es tu derecho como trabajador del Ministerio disponer de al menos media hora diaria de descanso —replicó Granger, directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, en su tono más profesional.

Pero Draco no quería que le asesorara jurídicamente. Quería que al menos sintiera una ínfima parte de la amargura que sentía él.

—Tal vez. Pero el convenio laboral no específica en qué momento de la jornada puedo tomarme ese descanso.

Y esa vez, Hermione Granger no pudo encontrar ninguna ley a la que asirse.

—No es justo —murmuró indignada, como si Draco acabara de proponer retirarle el sueldo a los elfos domésticos —Eres el único de todo el comité que trabaja. Si Worth no encuentra a todo su personal muerto o gravemente mutilado a su vuelta es gracias a ti. Deberías poder tomarte todos los descansos que quisieras y cuando quisieras.

Si la situación no le tuviera tan malhumorado, Draco habría sonreído. No dejaba de ser divertido y hasta reconfortante que por una vez la indignación de Hermione Granger no recayera sobre él.

—Me halagas mucho, Granger, pero Worth no tiene tan buen concepto de mí. Decir que no le caigo bien sería un eufemismo.

—Apenas conozco a Worth pero dado que eres la única persona competente a su cargo debería valorarte más —sentenció ella, con el ceño fruncido.

Draco no podía negar que era maravilloso que ella se mostrara tan vehemente al alabar sus virtudes como trabajador, aunque fuera como trabajador del Comité de Pociones.

—Como sigas así vas a lograr que me sonroje, Granger —declaró, con una ironía que apenas alcanzaba a ocultar la mezcla entre orgullo y absurda emoción que le producía que ella estuviera defendiéndole.

Pero Hermione seguía ceñuda, con los labios apretados y los codos apoyados sobre la mesa. Guardó silencio durante alrededor de un minuto hasta que su expresión se suavizó, remplazada por un rictus casi triste que dibujaba pequeñas arrugas junto a sus ojos.

Arrugas de risa y de una felicidad que Draco nunca había conocido.

—Eso significa que… bueno, significa que ya no nos veremos —dijo, en voz tan baja que a Draco le costó oírla. Pero sí escuchó su decepción y posiblemente eso fue lo que le dio alas para saltarse la línea invisible que había entre ellos.

—Hay otras posibilidades —dijo y antes de perder el valor, añadió —Podrías acompañarme a Ollivander después del trabajo. Creo que Thickey se ha cargado mi varita, antes de ayer se cayó sobre ella y desde entonces no funciona bien.

Era la pura verdad. Dos días atrás, cuando Draco regresó de tomar algo con Hermione se encontró a Thickey intentando incorporarse del suelo ayudado de un tercer brazo que le había salido en medio de la espalda.

Draco había dejado su varita olvidada sobre la mesa donde había estado preparando los ingredientes de una poción multijugos en sus prisas por encontrarse con Hermione. Al parecer Thickey había caído sobre la mesa y había acabado pisando la varita de Draco. Aunque no se había roto, sí se había astillado en un extremo y se veía la punta del pelo plateado y brillante de unicornio que constituía su núcleo.

Hermione se quedó estática durante unos segundos, con los ojos muy abiertos. Era una invitación que difícilmente podía catalogar como completamente inocente. No es que Draco tuviera intención de seducirla delante de Ollivander pero sabía muy bien que una cosa era compartir una cerveza durante un descanso del trabajo y otra muy distinta verse fuera de la jornada laboral.

Podían llevarse bien, hablar de los vampiros que había conocido en Rumanía y del proyecto de reforma de la Ley Mágica para que elfos domésticos y gnomos pudieran usar varitas mágicas, pero no eran amigos. Al menos no amigos como podían serlo Hermione y Potter.

Verse fuera del trabajo tenía una connotación muy diferente en su caso.

—No puedo, tengo que recoger a Hugo del colegio —dijo ella, esquiva.

Aunque estuviera usándolo como excusa, era cierto. Hermione le había comentado que ella y Weasley habían decidido que sus hijos fueran a la escuela muggle hasta que tuvieran edad para empezar en Hogwarts para que conocieran ambos mundos.

Sabía que si no fuera por Hugo, ella habría encontrado otra razón para declinar su oferta, pero aún así no puedo evitar intentarlo de nuevo.

—No tiene por qué ser hoy. Puede ser mañana, es sábado —replicó, con tono ligero, como si no tuviera ninguna importancia.

Draco no quería presionarla ni sonar desesperado pero la posibilidad de no verla durante un tiempo indefinido le volvía temerario, o tal vez simplemente estúpido.

Cuando ella le rechazara de nuevo, lo acogería con elegancia y cambiaría de tema.

—Está bien —dijo Hermione y a Draco le pareció que quedaba tan sorprendida como él al escuchar lo que acababa de decir. Carraspeó, dio un pequeño sorbo a su cerveza y apostilló —Tengo recados que hacer en el Callejón Diagon de todos modos.

Por supuesto. De otra manera no accedería a acompañarle a Ollivander. Pero a Draco no le importaba.

Iba a verla al día siguiente.


Mientras tocaba los ladrillos adecuados de la pared que había tras el Caldero Chorreante, Hermione se repetía que no tenía que haber aceptado la invitación de Malfoy a acompañarle a Ollivander.

No se trataba de una cita en el Salón de Madame Pudipié, es más, había pocas cosas más inofensivas que ir a reparar una varita mágica, pero aún así, tendría que haber rechazado la oferta.

No era… apropiado. Malfoy era un hombre casado y lo suyo no era exactamente una amistad inocente. No es que él hubiera intentando seducirla en ningún momento pero Hermione sabía que había algo que no podía calificar pero que sin ninguna duda no debería estar ahí.

Era una mujer adulta. Había estado casada durante trece años. No podía pasar por alto la extraña ¿atracción? que había entre ellos.

Por lo menos ella debía reconocerse que se sentía fascinada por ese nuevo Malfoy. Desde el día en que Hannah le preguntó por qué se tomaba tantas molestias en que la noticia de sus encuentros diarios con Malfoy no llegara a oídos de Ron, no había dejado de darle vueltas al asunto.

Técnicamente no estaban haciendo nada malo. No estaba teniendo una aventura con un hombre casado. Sólo bebían cerveza de mantequilla –ni siquiera tenía alcohol –y charlaban.

Pero en algún momento, Hermione había comenzado a sentirse fuertemente atraída por él. No se trataba de simple atracción física. Malfoy era un tipo atractivo pero a lo largo de su vida había conocido a hombres más atractivos que él. Si se tratara sólo de eso, podría haber lidiado con ello e incluso poner distancia de por medio.

Pero se sentía demasiado atraída por su personalidad. Por su inteligencia, por su sarcástico sentido del humor, por su franqueza, por sus misterios y por ese aire triste, casi melancólico que lo impregnaba todo.

Por eso, aunque lo intentó, no pudo negarse a volver a verle, especialmente ante la perspectiva de perder sus descansos juntos.

Malfoy estaba esperándola en la puerta de Ollivander, vestido de negro, como era su costumbre cuando no llevaba la túnica verde oscuro del trabajo. Alto, erguido, sus ojos grises quedaban por encima de la mayoría de los transeúntes del Callejón Diagon.

Supo el momento exacto en que él la había visto porque adoptó esa mirada penetrante, como si quisiera leer sus pensamientos. O como si sólo fuera capaz de verla a ella.

Hermione intentó mantenerse serena e inmutable, como si no fuera extraño que se vieran fuera del trabajo. Aquello tendría la importancia que ellos le dieran y no podía permitirse darle demasiada o daría media vuelta.

—Granger — la saludó él con total tranquilidad. Aunque hacía meses que se veían casi a diario, no se llamaban por sus nombres de pila. Ella lo prefería así, le hacía sentir que aún mantenían ciertas distancias.

Entraron en la pequeña tienda de Ollivander. El lugar seguía exactamente igual que la primera que Hermione estuvo allí. Pequeño, polvoriento y con centenares de pequeñas cajas alargadas que contenían varitas mágicas.

Pero el Ollivander que estaba tras el mostrador no era el que le había vendido su varita ni al que rescataron de los calabozos de Malfoy Manor. El Señor Ollivander había muerto un par de años después de la guerra y entonces su hijo se había encargado del negocio.

Era un hombre de constitución delgada y pelo canoso, unos diez años mayor que ellos. Había heredado los ojos plateados de su padre pero no eran tan inquietantes como los de éste. Sin embargo se detuvieron sobre Draco unos instantes más de lo correcto, con acritud.

Probablemente no olvidaba que los meses que su padre había estado desaparecido, los había pasado en el sótano del hombre que tenía delante.

A pesar de ello, les preguntó en qué podía ayudarles y Draco sacó su varita del bolsillo. No era la misma varita que había usado en Hogwarts y había acabado en manos de Harry. Hermione la identificó por la madera. Esta no era de espino, sino de un tono más claro, casi grisáceo.

La punta de la varita estaba astillada y algo plateado y delgado asomaba por el extremo.

Hermione se preguntó qué había pasado con la primera varita. Si no recordaba mal, Harry se la había devuelto el día del juicio de los Malfoy.

—Veinticinco centímetros —recitó el hijo de Ollivander, examinándola —Madera de sauce, relativamente flexible. Y ya veo, pelo de unicornio. Sin duda una de las últimas varitas que hizo mi padre.

Lanzó otra mirada rencorosa a Malfoy y después desapareció tras una pequeña puerta sin decir nada más.

Pelo de unicornio. Hermione no era una experta en varitas pero había leído sobre ellas. Sabía que los tres núcleos usados por los Ollivander desde hacía siglos eran el pelo de unicornio, nervio del corazón de dragón y plumas de fénix.

Su propia varita era de nervio de dragón. El pelo de unicornio era el menos susceptible de ser usado en magia oscura. Eran las varitas con menos inclinación a las artes prohibidas. Era el tipo de núcleo que menos habría asociado a Draco Malfoy.

Era el mismo núcleo que el de la varita de Ron.

La sorpresa debió de reflejársele en el rostro porque Malfoy la miraba con interrogación.

—¿Sucede algo? —preguntó él.

Hermione negó con la cabeza y la reaparición de Ollivander hijo le privó de dar más explicaciones.

—Puede arreglarse —dijo —pero tengo que cambiar el núcleo. Es lo malo del pelo de unicornio, su poder se agota con los años y tiene que ser reemplazada. Pero usted ya lo sabrá, su primera varita también era de pelo de unicornio, ¿verdad?

Malfoy asintió secamente.

—Supongo que la cambió porque dejó de funcionar, pero es algo que se puede arreglar con facilidad.

Draco no respondió pero apretó los labios hasta que se le quedaron casi blancos. Hermione adivinó que no había sido esa la razón por la que se había deshecho de su primera varita.

—¿Cuánto tardará? —preguntó directamente.

—Pásese el lunes. Estará arreglada —apuntó Ollivander hijo. Parecía molesto por la sequedad de Malfoy.

Éste no se molestó en despedirse, simplemente salió de la tienda sin decir nada. Hermione le siguió rápidamente. Malfoy estaba esperándola fuera, con gesto hosco y las manos en los bolsillos de su largo abrigo negro.

Sabía que no era el mejor momento para hacerle esa pregunta, pero Hermione tenía mucha curiosidad y poco perder.

—¿Qué pasó con tu primera varita?

Malfoy la miró fijamente, cómo evaluándola, antes de responder.

—Te lo contaré si te tomas un helado conmigo en Florean Fortescue —dijo —A no ser que tus recados sean urgentes.

A esas alturas, Hermione había olvidado que había fingido tener asuntos que resolver en el Callejón Diagon. Lo había utilizado como excusa por si en algún momento quería marcharse y para que Malfoy no pensara que había ido al Callejón exclusivamente por él.

Aunque eso era exactamente lo que había hecho.

—Está bien —aceptó. Sabía que no debería quedarse. Ya había acompañado a Malfoy a Ollivander. En teoría eso era todo lo que iban a hacer ese día. Pero cuando aceptó, en el fondo ya sabía que eso sólo era un pretexto para volver a verse, y en esa ocasión no había una montaña de correos internos, lechuzas y reuniones aguardando por Hermione.

Hugo estaba pasando el fin de semana con su padre. Nadie la esperaba en casa. Hermione podía quedarse todo el tiempo que quisiera. El único problema era que quería quedarse demasiado tiempo para su gusto.

Caminaron en silencio hasta la terraza de Florean Fortescue. Aunque el Florean original había desaparecido durante la guerra, su sobrina había reabierto la heladería años después. Estaban en Mayo y las temperaturas comenzaban a subir. Ese día era extraordinariamente soleado para tratarse de Londres.

Se sentaron en una mesita en la terraza y pidieron un par de helados. Sólo cuando la sobrina de Florean se hubo ido, Malfoy empezó a hablar.

—Potter me devolvió mi varita pero me deshice de ella —dijo, sin ningún tipo de matiz en la voz.

—¿Por qué? ¿Porque tu varita fue leal a Harry?

Cuando Harry se había hecho con la varita de Draco, la lealtad de ésta se había vuelto hacia su amigo. Eso sucedía a menudo cuando una varita era arrebatada a su dueño contra su voluntad. Quizás, después de que Harry se la devolviera voluntariamente, la varita no le funcionaba bien a Malfoy.

—Eso no me hizo mucha gracia —reconoció él —Pero no se trataba de eso. Esa varita me traía muy malos recuerdos.

Hermione recordaba vagamente que Harry le había contado una vez que tuvo una visión en que Draco era forzado a torturar a un mortífago. ¿Se trataría de eso?

Malfoy aclaró sus dudas.

—Torturé a personas con esa varita. No sólo mortífagos, también compañeros —hizo una pausa. Su voz no sonaba impersonal y aburrida. Sonaba culpable —Niños. Me obligaron. Quien-tú-ya-sabes, los Carrow… pero lo hice.

No miró a Hermione en ningún momento. Parecía hipnotizado por su copa de helado de tres sabores. Una pequeña sombrilla que cambiaba de colores estaba clavada en la bola de fresa. Cuando Draco probara el helado, saldría volando y flotaría en lo alto del Callejón Diagon hasta que la magia que la encantaba se agotara.

Hermione no supo qué decirle. Parecía tan atormentado, tan vulnerable, que la había pillado por sorpresa. Sabía que Malfoy había hecho cosas horribles con sólo dieciséis años. Intuía que se arrepentía de alguna de ellas. Pensaba que empezaba a conocerle.

Y una vez más, él la sorprendía.

Tenía la sensación de que Malfoy era una especie de Hogwarts. Podría vivir cien años con él y aún así no conocería todos sus secretos.

Compartieron clase durante años y entonces Hermione pensaba que sabía exactamente qué tipo de persona era Draco Malfoy. Veinte años después había intentando meterlo en un molde en el que ya no encajaba. En el que posiblemente nunca encajó.

Su mano se movió sola para cubrir la de Malfoy que rodeaba rígidamente el pie de su copa de helado. La mano de Draco estaba fría y dura. Durante unos largos segundos permaneció estático, sin mirarla siquiera. Entonces movió su mano delicadamente bajo la de Hermione para rodearle los dedos y la miró.

Al ver esos ojos grises por lo general tan fríos, misteriosos y desapasionados, mirándola de una manera tan íntima, tan intensa, Hermione se dio cuenta de que realmente estaba pasando algo entre ellos.

Y supo que debía marcharse en ese momento y poner tierra de por medio si no quería acabar cruzando la última línea.

Pero no fue capaz de soltar la mano de Malfoy e irse. No pudo.

O no quiso.


Como Draco esperaba, el viaje por África no había suavizado los modales de su jefa ni había hecho que él le cayera mejor. Parecía culparle de que Kettle no quisiera usar los clabberts como cobayas, de que Thickey hubiera pasado medio año entrando y saliendo de San Mungo, de que Donovan no hubiese estado más de cinco segundos de su jornada despierto y de que la paranoia de Higgs se hubiera acentuado.

Para Draco, lo peor de su trabajo no era soportar a los locos de sus compañeros ni pasarse medio día removiendo el contenido de un caldero, que era probablemente la labor más aburrida de todo el mundo mágico. Lo peor era soportar las miradas aceradas y los comentarios desagradables de Worth.

No es que Draco no estuviera acostumbrado después de diez años a su lado y de veinte como repudiado por todo mago que se considerara decente, pero no dejaba de irritarle.

El resto de sus compañeros estaban locos, sí, pero no lo juzgaban. Lo habían acogido con recelo porque su apellido le precedía, pero con el tiempo, al conocerle, habían aprendido a apreciarle o algo parecido.

Le enviaban postales en Navidad, le deseaban felices vacaciones. Higgs le había dado un saco de beozares para Scorpius en cuanto supo que éste empezaría a ir a Hogwarts, por si acaso alguien lo envenenaba. Cada vez que volvía de San Mungo, Thickey le juraba que si alguna vez Draco acababa internado, no se despegaría de su cama.

Kettle, de vez en cuando, le permitía acercarse a sus "mascotas", y Donovan, en los escasos momentos en que estaba despierto, le había dicho a Draco que prefería compartir turno con él y no con los demás porque era el menos ruidoso, lo que suponía que era una especie de halago.

Pero Worth era otra historia. Cuando Draco intentó hablar con ella de sus descansos, Worth le respondió durante un par de meses iban a tener que hacer turnos de noche para elaborar pociones curativas que necesitaban ser vigiladas las veinticuatro horas del día con los nuevos ingredientes que había pasado medio año recopilando. Y Draco y Donovan eran los elegidos para hacer el turno de noche la primera semana. Pero eso sí, tenía su permiso para tomarse su descanso en cualquier momento de la noche que le apeteciera.

Higgs empezó a decir que la piel de serpiente africana que Worth había traído tenía un tono sospechoso, lo que salvó a la bruja de que Draco le lanzara algún tipo de maleficio.

Pasó toda la semana sin ver a Hermione. Ella trabajaba por el día, él por la noche. No habían hablado desde que tomaron aquel helado en Florean Fortescue y Draco le confesó cosas que había hecho durante la guerra.

Siempre había sido extremadamente reservado con ese tema. Después del juicio a su familia, no había vuelto a hablar del tema con nadie.

Había tratado de poner tanta distancia con todos los horrores de la guerra como le fue posible. Intentó creer que si no hablaba de ello, si nadie conocía los detalles, lo olvidaría. Pero no pudo hacerlo. Aún veinte años después se despertaba a veces en medio de la noche, sudoroso y angustiado, porque había soñado con alguna de las personas a las que tuvo que torturar.

No le había hablado de eso a Astoria, a su madre, a nadie. Estaba tan convencido de que Hermione le repudiaría cuando supiera qué uso le había dado a su antigua varita que no había sido capaz de mirarla mientras confesaba. Pero ella no se había marchado horrorizada para no volver a dirigirle la palabra. Le había tomado la mano y había permanecido a su lado, y aunque no fue a Hermione a quien había torturado, sintió que por primera vez alguien le perdonaba por su participación en la guerra.

Pero de eso habían pasado días. Hacía mucho que Draco no pasaba tanto tiempo sin verla pero no sabía qué hacer para encontrársela. Generalmente Hermione abandonaba el Ministerio unas horas antes de que Draco llegara para su turno nocturno.

Si ya por el día el trabajo era tedioso, por la noche la cosa era aún peor. El Ministerio estaba prácticamente vacío y la única ocupación de Draco era remover humeantes calderos de poción en el sentido de las agujas del reloj cada cierto tiempo.

Donovan, como de costumbre, no era una gran compañía. Draco había llegado a pensar que tenía una especie de Síndrome de la Lechuza que le impedía mantenerse despierto por el día pero que le activaba por las noches, pero desgraciadamente pudo comprobar que no era así. Sencillamente Donovan se pasaba todo el jodido día durmiendo.

Era viernes, Draco llevaba aproximadamente media hora en el laboratorio de Pociones con la única compañía de su compañero dormido. Su barba volvía a colgar dentro de un caldero relleno de poción herbovitalizante. Draco la retiró del caldero con gesto aburrido.

Le pareció escuchar un sonido entre los suaves ronquidos del anciano y miró hacia la puerta. Hermione Granger estaba allí, con su túnica negra de directora y un maletín en la mano derecha.

—Granger —murmuró él, sorprendido —No pensaba que aún estuvieras en el Ministerio.

—Hugo está con su abuela así que me quedé trabajando hasta tarde y se me ocurrió pasar a visitarte —explicó ella. A Draco le pareció que había cierta timidez en su voz, no había pasado del marco de la puerta.

Le hizo un gesto para que entrara y le señaló el taburete que había a su lado. Hermione posó el maletín en el suelo y se sentó junto a él con las rodillas juntas y las manos sobre el regazo. Parecía un poco nerviosa y tensa, como si pensara que no debería estar allí.

Pero había ido a verle. Ella.

No pensaba dejarla irse con facilidad.

—Como ves, Worth ha decidido asignarme el turno de noche.

—Thickey me lo dijo —comentó Hermione —Parecía triste.

—Se ha aficionado a que lo lleve yo a San Mungo en lugar de Worth. Le gustará más la manera en que lo cargo yo —Draco se encogió de hombros. Thickey estaba loco pero había sido el primero en aceptarle.

—¿Cuánto tiempo… ¿Cuánto tiempo trabajarás en el turno de noche? —preguntó ella.

Draco se dio cuenta de que Hermione lo había echado de menos durante esa semana. Hubiera querido bromear al respecto pero no pudo.

Ella le había extrañado. A él. A Draco Malfoy.

—En teoría es sólo esta semana, pero puede que Worth me regale algún turno nocturno más, con tal de no verme.

Hermione apretó los labios y las manos unos instantes.

—La plaza en el Departamento de Transportes Mágicos ya ha sido ocupada pero quizás pueda hablar con mis conocidos del Departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes y preguntarles si… —comenzó ella.

—Te lo agradezco, Granger —la atajó él —Pero no quiero aprovecharme de ti.

Su trabajo era una mierda pero al menos lo había conseguido por sí mismo. Aceptar la ayuda de Hermione sería como volver a regalar Nimbus 2001 a todo el equipo de quidditch de Slytherin para que lo admitieran como buscador. No quería seguir los pasos de su padre, comprándose un puesto o utilizando el tráfico de influencias y favores.

Y menos aún si Hermione estaba implicada.

—No te estás aprovechando de mí. Soy yo quien se ha ofrecido —replicó Hermione —No te lo diría si no pensara que estás cualificado para algo mejor que el Comité de Pociones.

Hermione hablaba con tanta vehemencia, con su tono de "soy la directora del Departamento más importante del Ministerio así que tengo razón" que a Draco se le escapó una sonrisa que sólo logró indignarla más.

—¿Qué es tan gracioso?

—Sólo pensaba que es curioso dónde hemos acabado. Tú eres una de los altos mandos del Ministerio y yo soy un don nadie. Cuando estaba en Hogwarts nunca imaginé que…

—¿Que yo llegaría lejos? —le interrumpió Hermione, tiesa y orgullosa en su asiento.

Sabía que se merecía esa desconfianza, pero no hizo que le doliera menos.

—No. Sabía que llegarías lejos, Granger, siempre lo supe.

Hermione le miró a los ojos con recelo pero lo que vio hizo que su expresión se suavizara un poco.

—¿A pesar de ser hija de muggles? —insistió.

—A pesar de ello.

—Me llamabas comelibros, rata de biblioteca y…

—Sé lo que te llamaba —la interrumpió él. No creía que estuviera preparado para oírla decir "sangre sucia" —Entonces era estúpido, me creía el amo de Hogwarts y me moría por agradar a mi padre. Pero no era tan necio como para no darme cuenta de lo que valías. Hasta mi padre se dio cuenta. Me dijo que debía superarte en todo.

—¿Por eso empezaste a meterte conmigo? —preguntó ella. Parecía tranquila y no había rencor en su voz, pero Draco notaba que estaba removiendo un tema sensible.

Nunca consiguió hacerla llorar delante de él pero sabía que le había hecho más daño del que le hubiera gustado reconocer.

—Al principio sí. No podía ser mejor que tú en ninguna asignatura, ni siquiera en Pociones, y eras capaz de dejarme en ridículo cada vez que me contestabas.

Notó que Hermione alzaba un poco la barbilla, orgullosa y halagada. En cierto modo seguía siendo la niña que levantaba la mano en clase y no se molestaba en disimular su alegría cada vez que un profesor la felicitaba y le daba puntos para su casa.

—¿Y luego? —le preguntó.

Draco se dio cuenta de que había llegado el momento. Se había ido acercando a ella poco a poco en los últimos meses. Despacio, a fuego lento, sin presionarla. Permitiendo que le conociera pero sin pedirle nada.

Pero ya había llegado el momento de dejar las indirectas y ser sincero. Existía la posibilidad de que lo echara todo a perder por precipitarse, pero ya no era capaz de esperar más.

Veinte años le parecía tiempo suficiente.

—Después era la única manera de llamar tu atención —confesó.

—¿Llamar mi atención? —repitió Hermione, confusa —¿Para qué querías llamar mi atención? Me odiabas.

—No te odiaba, Hermione —Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, ella parpadeó con fuerza al oírlo —Estaba colado por ti, me di cuenta en cuarto curso, cuando te vi con Krum.

Hermione abrió mucho los ojos y sus labios formaron un "oh" que no llegó a pronunciar.

—Sólo había una cosa que me asustaba más que el que tú te enteraras: que lo supiera mi padre —continuó —Cuando él entró en la cárcel…

—Apenas te metías conmigo —completó ella, en voz baja y aguda —Por eso, ¿por eso no nos reconociste abiertamente a Harry, Ron y a mí cuando los carroñeros nos llevaron a Malfoy Manor?

Draco asintió. Hermione estaba tan sorprendida que parecía haberse quedado sin voz.

—Yo… nunca lo hubiera imaginado —dijo, tras unos segundos de silencio —Lo disimulabas realmente bien.

—Es una habilidad que he ido perdiendo con los años.

Hermione le miró con los ojos muy abiertos.

—¿Quieres decir que…

—Sí —sentenció él.

Y entonces la besó. Se había ido inclinando casi inconscientemente hacia ella durante la conversación. Hermione tenía los labios entreabiertos de sorpresa. Besarla fue absurdamente fácil. Ya antes de tocar su boca había bajado los párpados.

Había imaginado ese momento miles de veces desde que tenía catorce años. Quizás incluso millones. Había imaginado cómo sería acercarse, cubrirle los labios con los suyos, tocar su lengua. Pero incluso en su mente, ella siempre se apartaba, a medias estupefacta, a medias espantada. Se apartaba y a veces le abofeteaba, otras veces le amenaza con petrificarlo si volvía a acercarse. A veces le decía que estaba con Weasley. Pero sin duda lo peor era cuando le decía que le daba asco.

Sin embargo la Hermione real, la Hermione que estaba sentada en un taburete a su lado, con las manos en el regazo y los labios suaves y tiernos bajo los suyos, no se apartó. Le devolvió el beso, titubeante al principio –tan sólo una leve presión contra la boca de Draco –pero más decidida después.

Entonces Draco la besó despacio y dulce, atrapando sus labios entre los suyos y dejándolos ir lentamente. Cuando ella le puso una mano en el hombro pensó que sería para apartarlo, pero simplemente la dejó allí. Sin empujarle, sin agarrarle, sólo tocándole, temblorosa como un pajarillo asustado.

Como un mudo permiso para ir más allá, Hermione separó más los labios y sus lenguas se encontraron. Draco le puso una mano en la nuca sin poder resistir el impulso de acercarla más y se fundieron en un beso largo y lento en el que apenas si se atrevieron a respirar.

—¡Gárgolas galopantes! ¿Esto es lo que pasa normalmente mientras duermo? —dijo una voz.

Draco y Hermione se apartaron sobresaltados y miraron hacia atrás.

El viejo Donovan había despertado.


¡Hola!

Por fin se han besadooooo. Tenía muchas ganas de escribir esto xD espero que el primer beso no os haya decepcionado. Pensé que Worth tenía que regresar, aunque no sea freaky y me caiga mal, en algún momento tendría que aparecer la jefa. Además les ha dado una excusa para verse fuera del trabajo. El tema de la varita de Draco con el núcleo de unicornio es una de las cosas que se han revelado en Pottemore. No se sabía hasta el momento cuál era el núcleo de la varita de Draco. JK dijo que era de unicornio, el menos susceptible de caer en el lado oscuro. Dijo que Dumbledore lo sabía y que por eso intentó salvar a Draco desesperadamente y le pidió a Snape que lo matara él. Es decir, sabía que en el fondo, Draco no tenía maldad y no quería que se manchara su alma. Es el mismo núcleo que el de la varita de Ron. Yo como no es que lea entre líneas, es que leo hasta entre partículas de polvo flotando en el aire invisibles al ojo humano xD lo interpreto como que Hermione es compatible con Draco xD como lo fue con Ron.

Honestamente no creo que Draco conservara la misma varita que Harry le quitó y con la que torturó gente. Ni siquiera sabemos si Harry se la devolvió o qué fue de ella. Así que me pareció una buena manera de mostrar su arrepentimiento por lo que hizo en la guerra y que Hermione lo viera también. Ahora que Worth ha separado a los tortolos, me pareció que le correspondía a Hermione poner un poco de su parte y que estaban en un punto de su relación en que era el momento para que Draco se declarara.

Por supuesto como Hermione no es Bragas de Acero xD pues no se ha resistido. Pero Donovan decidió despertarse en el mejor momento (xD me río sola en mi maldad) y decir su frase estelar. No iba a pasarse todo el fic durmiendo! xD

No creo que acabe el fic en el capítulo siguiente, así que creo que es casi seguro que la historia tendrá sólo 6 capítulos. Hago capítulos de casi 6.000 palabras, no me veo capaz de convertir la historia en un longfic, lo siento.

De verdad, muchísimas gracias por todo el cariño y los reviews que me dejáis :) Me hacéis sentir maravillosamente bien con esta historia, ¡GRACIAS!

Con mucho cariño, Dry!

PD: Click a "Review this chapter" y Draco te lo agradecerá con un buen beso como el que le ha dado a Hermione ;)!