Siento el retraso. Estuve unos días de vacaciones por la capital y en verano nunca se para demasiado por casa, pero es domingo :) estoy cumpliendo mi propósito de publicar un capítulo por semana xD Es algo. Gracias por tenerme paciencia :)


Para Sig. Por todo :)


Capítulo 5

And it's killin' me when you're away,
I wanna leave and I wanna stay.

I'm so confused, so hard to choose
between the pleasure and the pain.

Hermione Jane Granger, directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, nunca leía Corazón de Bruja. Detestaba ese tipo de prensa, tanto en el mundo muggle como en el mágico. Los cotilleos sobre celebridades no le interesaban en lo más mínimo y aunque lo hubieran hecho, no era capaz de creerse ni una palabra de lo que ese tipo de prensa escribía: recordaba bien el montón de patrañas que Rita Skeeter, afortunadamente ya retirada, había escrito sobre ella, Harry y Krum durante el Torneo de los tres magos.

En cambio, solía leer El profeta, especialmente la sección de quidditch, porque aunque no fuera seguidora del deporte mágico por excelencia, Ginny escribía asiduamente sobre el tema.

Lamentablemente, no tenía a mano El Profeta y Joanna Creevey estaba en su descanso. Técnicamente, Hermione también estaba en el suyo. Al menos era la hora exacta a la que solía dejar su puesto y dirigirse al Caldero Chorreante para encontrarse con Draco Malfoy. Sin embargo, hacía dos semanas que no salía de su despacho si no era estrictamente necesario.

Durante unos segundos valoró la posibilidad de salir un momento para comprar el periódico pero le pareció demasiado arriesgado. Podría encontrarse con él. Y entonces… bueno, no tenía ni idea de qué pasaría entonces y eso era exactamente lo que la atemorizaba tanto.

Valiente Gryffindor, se dijo. Pero prefería ser una cobarde a tener una aventura con un hombre casado. Un hombre casado que además era Draco Malfoy, el padre del mejor amigo de su hija Rose. Si Donovan no se hubiera despertado en ese momento…

Hermione se obligó a interrumpir el curso de sus pensamientos. Si seguía dándole vueltas al beso con Draco y todas las razones por las que había estado mal, acabaría volviéndose loca.

Lanzó un vistazo desesperado a su despacho, buscando algo con lo que distraerse. Joanna, su ayudante, tenía una pequeña mesa en un rincón, llena de papeles, mensajes internos, plumas y demás cachivaches. Aunque era perfectamente capaz de organizar la agenda de Hermione, era muy desordenada con sus cosas.

Y por lo visto leía Corazón de Bruja. La revista estaba abierta en una esquina del escritorio, con sus hojas perfumadas y de colores brillantes. Hermione la contempló unos segundos con el ceño fruncido y finalmente se acercó a ella.

Leer un montón de cotilleos sobre gente que no le importaba sería mejor método de distracción que las interminables cartas de su homóloga italiana. Pasó un par de páginas con desgana, sin detenerse apenas en las fotografías del Lockhart de turno o las Weird Sisters, que anunciaban su retirada cuando acabaran la última gira. Entonces llegó a la sección de sociedad en la que se anunciaban bodas y divorcios de las grandes familias sangre pura.

Ese era un vestigio anterior a la guerra que lamentablemente aún seguía manteniéndose. Hermione podía ayudar a cambiar las leyes y abolir derechos discriminatorios pero no podía hacer nada para que la estúpida revista del corazón dejara de darle un trato preferencial a las vidas matrimoniales de los magos de más antiguas estirpes.

No se detuvo a leer la sección pero cuando iba a pasar de página un apellido conocido llamó su atención.

Greengrass.

Sus ojos se detuvieron automáticamente sobre la breve nota que contenía ese apellido.

"La familia Greengrass anuncia formalmente el divorcio de su hija menor, Astoria Greengrass, y Draco Lucius Malfoy, después de catorce años de matrimonio y un hijo en común".

Hermione releyó el breve párrafo tres veces antes de asimilarlo realmente. Luego se aseguró de que estaba colocado en la columna correspondiente a los divorcios (bajo un rótulo con un corazón que se agrietaba, rompiéndose en dos, para luego recomponerse y repetir el proceso).

Notó que las manos le temblaban cuando posó la revista en el escritorio de Joanna, asegurándose de dejarla abierta por la misma página en que la había encontrado. Regresó a su mesa y se sentó.

No se movió en varios minutos. Se sentía mareada y aturdida, con el corazón latiendo a mil por hora, el pulso acelerado y un sabor muy extraño en la boca.

Draco Malfoy se había divorciado. Dos semanas después de besarla y confesarle sus sentimientos.

No era una coincidencia.


Astoria reaccionó con la elegancia y la discreción que la caracterizaban cuando Draco le confesó que había besado a Hermione Granger. Le habló de las cervezas que habían tomado esos meses, de la mañana en el Callejón Diagon y de lo que había sucedido en el laboratorio. No lo elaboró demasiado ni se explayó en los detalles, pero fue sincero.

Astoria escuchó todo en silencio, sentada en un sillón tapizado de su habitación. Draco había ido a buscarla en cuanto llegó del Ministerio, a primera hora de la mañana, así que aún llevaba puesto el camisón y se había echado una capa ligera por encima de los hombros para protegerse del frío.

Cuando Draco terminó su escueto relato, Astoria asintió, con expresión de tristeza cansada. En catorce años de matrimonio, nunca le había gritado. Ni siquiera habían discutido ni una sola vez. Hacía años que no se acostaban y ni siquiera dormían en la misma habitación, pero siempre se habían entendido a la perfección.

Astoria era lo más parecido a una amiga que había tenido nunca. Había sido la única persona que le había separado de la más completa soledad hasta que tuvieron a Scorpius. Y era la madre de su hijo.

Nunca se habían enamorado, pero se querían. No se trataba de un amor apasionado ni romántico, sino más de bien de un aprecio profundo basado en la compañía y el entendimiento mutuo.

Draco no quería ser su esposo, dudaba que lo hubiera sido jamás a pesar de haber realizado todos los trámites necesarios y tener un hijo juntos, pero no quería que desapareciera de su vida y no se sentía orgulloso por cómo se había comportado con ella.

Si Astoria le hubiera abofeteado y le hubiera echado de su habitación, Draco lo hubiera comprendido, aunque le habría dolido. Pero Astoria sólo le contempló largamente, con una nostalgia tan serena que apenas pudo sostenerle la mirada.

—Entonces se acabó —dijo ella. No era una pregunta, ni una amenaza. Ni siquiera un reproche. Era la constatación de un hecho que no parecía sorprenderla pero que la apenaba calladamente.

Draco separó los labios pero no fue capaz de hablar. No sabía si pedirle perdón, agradecerle todo lo que le había dado o maldecirse interiormente.

—Yo me encargaré de todo —prometió Astoria en voz baja, casi consolándole.

Las palabras se atascaron en la garganta de Draco. Nunca se mereció a Astoria, de la misma manera que no se merecía a Granger. Tal vez por eso siempre fue infeliz. A una nunca pudo amarla, a otra no supo olvidarla.

—Lo siento —dijo al fin, con la mirada fija en el suelo y los hombros caídos.

Pero entonces notó la mano de su esposa acariciándole la cara.

—Nos merecemos ser felices —fue lo que dijo ella. Después le besó en una mejilla y salió de la habitación.

El divorcio fue rápido y sencillo. Astoria recogió sus cosas y se marchó a la mansión de su familia en las afueras de Londres. Los Greengrass seguían teniendo dinero y prestigio, quienes más tenían que perder con un divorcio eran los Malfoy. Durante años lo único que había separado a Draco de la completa marginación social era el hecho de tener una esposa de buen nombre y bien relacionada. Sólo como resultado de su matrimonio con una Greengrass los Malfoy recibían alguna invitación esporádica a actos sociales –casi siempre organizados por la familia de Astoria –. En vida de su padre las habían declinado todas, pero tras la muerte Lucius, quizás para huir de la soledad, su madre había hecho tímidos acercamientos a sus antiguos círculos e incluso había retomado la relación con su hermana Andromeda, con quien no hablaba desde la primera guerra.

Ese mismo fin de semana, un día después de firmar los papeles que disolvían su matrimonio, Astoria y él acudieron juntos a Hogwarts para ver a Scorpius y darle la noticia.

Digno hijo de su madre, Scorpius no lloró ni montó en cólera. Escuchó la noticia con los ojos muy abiertos y a Draco le pareció ver el brillo de las lágrimas en ellos durante un instante –un instante en el que se sintió completamente miserable –pero pronto desaparecieron. Los tres se quedaron callados durante unos minutos, en la pequeña salita que había a la derecha del Gran Comedor, donde los alumnos recibían las visitas de sus familiares.

Scorpius miraba fijamente la punta de sus zapatos, asomando bajo la túnica de Hogwarts. El escudo de Slytherin en verde y plata resaltaba contra la oscuridad de la tela y por un momento a Draco le recordó tremendamente a él cuando recibió la carta de su madre informándole de que habían metido a Lucius en Azkaban.

—Como los papás de Rose —fue lo primero que dijo Scorpius, a media voz.

Astoria y Draco intercambiaron una mirada rápida y triste. Hacía años que no eran realmente un matrimonio, si es que alguna vez lo fueron, pero si habían seguido juntos todo ese tiempo no había sido por simple comodidad, por el que dirán o por no cobardía. Había sido por su hijo. Los dos lo adoraban y no querían hacerle daño.

—Sí, como los papás de Rose —repitió Astoria, cogiéndole una mano con delicadeza.

Draco se sentía terriblemente culpable, pero ya no había vuelta atrás. No habían sido infelices en su matrimonio, pero nunca fueron felices. Se habían conformado con seguir las viejas costumbres al principio y después llegó Scorpius y consagraron su vida a él, olvidándose de ellos mismos.

Astoria se merecía ser feliz, encontrar a alguien que la quisiera. Y él…quizás nunca tendría a Hermione Granger, pero después de haberla besado no podía seguir con su matrimonio. Habría intentando salvarlo por su hijo, pero Astoria y él sabían bien que no quedaba nada que salvar.

—Pero pasaremos juntos la Navidad, ¿verdad? —preguntó Scorpius con ansiedad, tomando la mano de su padre.

Draco tuvo que contenerse para apretarle los dedos suavemente, recibiendo la mano de su hijo como un perdón implícito.

—La Navidad, tu cumpleaños y todos los días que tú quieras —prometió, con voz ronca.

Aquello pareció reconfortar a Scorpius. Se levantó del sillón y los abrazó, primero a su madre y luego a Draco. Aún estando sentado, Scorpius tuvo que ponerse de puntillas para apoyar la barbilla en el hombro de su padre. Draco lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos.

—A lo mejor así dejas de estar triste —susurró Scorpius junto a su oreja, para que su madre no le escuchara.

Draco se limitó a abrazarlo con más fuerza. Cuando salieron de la pequeña salita para que Scorpius les enseñara personalmente el reloj de arena lleno de esmeraldas de la Casa de Slytherin y les contara todos los puntos que había conseguido, Rose estaba fuera, apoyada en una pared.

Aunque era pelirroja, a Draco le recordó a la Hermione Granger adolescente más que nunca. El mismo brillo de inteligencia y agudeza habitaba en sus ojos marrones. Miró a Scorpius y después los miró a ellos y de alguna manera Draco comprendió que ella adivinaba lo que acababa de pasar.

—Buenos días, señores Malfoy —les saludó con educación.

—Rose, voy a enseñarle a mis papás los puntos de las casas para que vean todos los que puntos que he ganado para Slytherin, tú puedes enseñarles los de Gryffindor —la invitó Scorpius emocionado, y tiró de la mano de Astoria para llevarla hacia el hall del colegio.

Draco y Rose se quedaron atrás.

—¿Has conseguido muchos puntos para Gryffindor? —le preguntó Draco con amabilidad. Se sentía un poco incómodo frente a la niña. La última vez que la había visto, no había besado a su madre. Y su madre no había salido corriendo para luego esconderse de él.

—Unos pocos —reconoció la niña con timidez, aunque Draco notó que se sentía orgullosa.

—Deja que Slytherin gane la Copa de las Casas algún año, a Scorpius le haría ilusión —bromeó él.

La niña sonrió dulcemente.

—Y Rose, cuida de Scorpius, por favor —le pidió.

Ella asintió con una solemnidad impropia de una niña de once años.

—Lo haré, señor Malfoy —prometió.

Después, los dos echaron a andar hacia el hall de Hogwarts.


Hermione necesitaba hablar con alguien. Desde que leyó la noticia del divorcio de Malfoy no había sido capaz de pegar ojo. Estaba agotada y tan distraída que se conectó por Red Flue con el Ministerio de Australia en lugar del de Austria, untó mermelada de fresa a una servilleta y se limpió con una tostada.

Le costaba mucho concentrarse en el trabajo pero cuando estaba en casa era aún peor. Después de que Hugo se acostara, las paredes se le caían encima y no tenía mucho más que hacer que pensar en Malfoy, en lo que le había dicho y en Corazón de Bruja. Hasta su magia había comenzado a fallar cuando no fue capaz de realizar correctamente un simple encantamiento convocador. Nunca en la vida le había pasado nada igual, lo que la alteraba aún más.

Sin embargo, no sabía con quién hablar de lo que le pasaba. Ginny estaba descartada: era la hermana de Ron, por mucho que fuera amiga suya, no le parecía la persona apropiada para hablar del tema. Harry, además de ser nulo dando consejos en temas amorosos, se sentiría tremendamente violento y consideraría que se había vuelto loca. Estaba Hannah Longbottom. Era camarera, estaba acostumbrada a que sus clientes le contaran sus penas y a darle consejos y aliento. Además había sido la primera en notar que había algo entre ella y Draco. Pero Hermione se resistía a contárselo porque Hannah le obligaría a admitir lo que sentía por Malfoy, fuera lo que fuera.

Luna sería una buena opción, pero estaba viajando por el mundo con su marido y sus hijos gemelos, buscando criaturas mágicas extrañas. La última vez que supo de ella estaba en la Isla de Pascua y su "aventura" con Malfoy no era un tema para tratar por lechuza.

Tenía otros colegas en el ministerio, pero Hermione nunca había sido partidaria de mezclar trabajo con vida personal. Así que sencillamente estaba volviéndose loca en soledad.

No podía escapar de él eternamente y esconderse en su despacho, en lugar afrontar lo sucedido, era una reacción un tanto inmadura.

Sólo fue un beso, se repetía. Un beso y nada más. Después de que Donovan se despertara, Hermione se había dado cuenta de lo que estaba haciendo y se había marchado a toda velocidad, argumentando que era muy tarde.

No podía explicar lo que había sucedido. Era consciente de la atracción que sentía por Malfoy, pero hasta ese momento había estado segura de poder controlarla. Ella no era una persona precisamente impulsiva, al contrario que Ron. Siempre analizaba todos los pros y los contras antes de tomar una decisión y se enorgullecía de poseer un gran autocontrol.

Sin embargo, cuando Malfoy se inclinó hacía ella con la clara intención de besarla, Hermione entró en una especie de trance, en el que no sólo no se apartó, sino que respondió a su beso. No recordaba haber perdido el control de tal manera nunca antes. Tampoco recordaba la última vez que un beso, un simple beso, hizo que se sintiera de ese modo.

Ni siquiera con Ron se había sentido así. Eso era precisamente lo que la aterraba. En un principio se sintió culpable y mal consigo misma porque él era un hombre casado. Al enterarse de su divorcio se sintió todavía peor pero al mismo tiempo, una parte de ella pensaba incontrolablemente en todas las posibilidades que se abrían ante ellos.

Descubrir que Malfoy había sentido algo por ella ya en Hogwarts había dado la vuelta a su mundo. Se había comportado muy mal en el colegio, hostigándola, insultándola y buscando cualquier oportunidad para humillarla. Hermione pensaba que todo se debía a sus prejuicios por la sangre, pero descubrir que en realidad se trataba de una desesperada manera de llamar su atención y un mecanismo de defensa, la había desarmado por completo. Ni siquiera podía aferrarse a las viejas afrentas para imponerse distancia emocional con él.

Draco Malfoy la estimulaba a todos los niveles. No sólo físicamente –lo cual era innegable después de la forma en que respondió a su beso –sino también intelectualmente. Y en todos los días que llevaba sin verle, había sentido un vacío extraño que nada parecía ser capaz de llenar.

A veces, dejaba volar su imaginación y se preguntaba cómo sería tener una relación con él. Estaba prácticamente segura de que funcionarían juntos.

Sin embargo, la razón se imponía tarde o temprano. Había roto un matrimonio. Un matrimonio que tenía un hijo. Un niño de sólo once años que para colmo era el mejor amigo de Rose.

No podía permitirse estar con Draco Malfoy.


Draco fingió leer uno de los carteles fijados mágicamente en la pared de la segunda planta del Ministerio. Se trataba de un pequeño mapa con la situación de los departamentos que se encontraban en ese piso.

Sabía exactamente que el departamento de Aplicación de la Ley Mágica quedaba al fondo a la derecha, pero parecería sospechoso que estuviera parado en medio del hall sin ningún pretexto.

La persona a la que estaba esperando apareció por el pasillo. Era una veinteañera de pelo rubio y expresión bondadosa. Pasó a su lado casi sin verle y se metió en uno de los ascensores, desapareciendo unos segundos después con un tintineo.

Draco se volvió. No había nadie a la vista y Joanna Creevey acababa de salir. Caminó sigilosamente a lo largo del pasillo, leyendo las placas doradas que había en cada una de las puertas por las que pasaba.

No sabía el número exacto del despacho de Hermione, pero no creía que fuera difícil encontrarlo, teniendo en cuenta que era la directora del Departamento. Su ayudante acababa de salir a su descanso pero si no se equivocaba, Hermione seguiría allí, trabajando o perdiendo el tiempo de cualquier manera.

Sabía perfectamente que había dejado de ir al Caldero Chorreante para no verle. Tras un par de encontronazos y discusiones con Worth, había conseguido que le concediera media hora de descanso a media mañana. Durante las dos semanas y media que habían transcurrido desde el día en que besó a Hermione, no había vuelto a verla.

La había esperado pacientemente en la taberna cada día pero ella nunca apareció. En realidad, ya lo imaginaba. Sabía perfectamente que estaba escondiéndose de él.

Probablemente no estaba al tanto de su divorcio y la intachable Hermione Jane Granger jamás tendría una aventura con un hombre casado. Pero había guardado la esperanza de que fuera a hablar con él para aclarar las cosas. Entonces podría habérselo contado todo.

Esas semanas no habían sido fáciles para Draco. Al margen de su divorcio, las cosas en el trabajo se encontraban en un punto extraño. Los hábitos de sueño de Donovan habían cambiado. De vez en cuando se despertaba bruscamente y emitía un "¡Os pillé!" antes de darse cuenta de que en el laboratorio no había nadie besándose. Siempre se mostraba decepcionado por ese hecho, lanzaba a Draco una mirada rencorosa, como si le hubiera hecho despertarse para nada, y volvía a dormirse. Al menos hasta que Worth aparecía y le daba una patadita a su taburete y le obligaba a trabajar.

No servía de mucho porque en cuanto se daba la vuelta, Donovan dormía de nuevo. Por suerte, Worth pasaba muchas horas fuera del laboratorio. Era el enlace con San Mungo así que visitaba el hospital casi a diario para llevarles pociones nuevas, revisaba el inventario y se encargaba de supervisar personalmente la llegada de los nuevos ingredientes (con la ayuda inestimable de Higgs que insistía en que los probara un clabbert antes de usarlos, por si estaban envenenados. Kettle ponía el grito en cielo, por supuesto).

Thickey sólo había acabado en el hospital tres veces desde el regreso de la jefa. En general las cosas en el laboratorio estaban más tranquilas, lo que le daba más tiempo para pensar en todo y desesperarse lentamente.

Su estado debía de ser muy obvio porque hasta Thickey le preguntó si le pasaba algo. Cuando Draco lo negó, le miró de manera enigmática y dijo:

—¿Sabes? Podría quedarme quieto, hacer lo que me piden y no inventar y probar pociones nuevas. Pero entonces no habría descubierto la poción que cura el hipo. Si no te arriesgas, no ganas.

Draco aún estaba intentando descifrar qué había intentando decirle exactamente su compañero (sobre todo porque esa poción quitaba el hipo pero provocaba eccemas por todo el cuerpo), cuando Thickey decidió hacer una demostración física de sus palabras. Se tomó una poción gris con un olor horrible a calcetines sudados de un solo trago y después se desmayó. Draco tuvo que llevarlo a San Mungo, pero no dejó de darle vueltas a sus palabras llegando a la conclusión de que su compañero le había aconsejado ir a hablar con Hermione. Arriesgarse una vez más.

Así que ahí estaba, buscando la puerta de su despacho con el corazón latiendo a mil por hora. La encontró al fondo. Era la última puerta a la derecha y estaba entreabierta. Una placa dorada con el nombre "Hermione J. Granger" grabado, anunciaba que se trataba del despacho de la directora del Departamento.

Llamó suavemente a la puerta.

—Adelante —respondió la voz de Hermione.

Draco empujó la puerta y entró en el despacho. Hermione estaba sentada tras su escritorio, con la túnica negra de los altos cargos y el pelo rebelde sujeto en un elegante moño. Tenía un montón de papeles sobre la mesa que supuestamente estaba leyendo pero Draco pudo ver un pequeño avión de papel oculto descuidadamente bajo un correo interno. Algo en la expresión nerviosa y culpable de la bruja, le hizo adivinar que había estado jugueteando con él hasta que llamó a la puerta.

—Malfoy —dijo ella, con ese timbre agudo que adquiría su voz cuando estaba nerviosa o asustada.

Era obvio que no esperaba su visita. Por lo visto había pensando que con encerrarse en su despacho podría evitarlo siempre.

—Hermione —respondió él a modo de saludo. Ella parpadeó y apartó la mirada cuando la llamó por su nombre de pila. Era obvio que hubiera preferido que la llamara por su apellido, pero Draco no pensaba respetar la distancia mínima de seguridad.

Después de todo lo que había pasado no podían regresar a sus inocentes cervezas en El Caldero Chorreante. Sólo podían seguir hacia delante o separarse y Draco tenía claro por qué opción iba a luchar.

—¿Qué haces… ¿qué haces aquí? —preguntó ella, irguiéndose en la silla con el rostro tenso.

—Creo que tenemos que hablar y como no has vuelto a aparecer por el Caldero Chorreante desde que nos besamos, he decidido venir a buscarte —respondió con franqueza y se sentó en la silla que había frente a la mesa de Hermione.

Ella había apartado la mirada en el momento en que Draco aludió al beso. Fingía ordenar los papeles de su escritorio y organizarlos en montones exactos, pero las manos le temblaban tanto que a Draco le hubiera gustado atraparlas y besárselas, lo que probablemente le provocaría un infarto.

—Aquello, bueno, no debió pasar —recitó Hermione, golpeando frenéticamente el canto de un fajo de papeles contra la mesa para que quedaran rectos. No le miraba —Está mal —golpe — Y creo —golpe —que lo mejor será que lo olvidemos —golpe, golpe, golpe.

Si no se estuviera jugando tanto, probablemente Draco hubiera encontrando divertida aquella situación. Pero, aunque parecía al borde de un ataque de nervios, sabía que Hermione estaba hablando completamente en serio.

Su reacción no le sorprendía. Seguramente llevaba dos semanas mortificándose por haber respondido al beso de un hombre casado.

—Astoria y yo nos hemos divorciado —dijo, sin más preámbulos.

Ella dejó de golpear sin piedad el taco de folios contra la mesa y se quedó quieta, pero no se atrevió a mirarle. Draco comprendió que Hermione ya estaba al tanto de ese hecho.

Se hizo un silencio tan largo que pensó que ella no iba a reaccionar de ninguna manera a su anuncio, pero entonces alzó la vista, un instante, lo justo para que sus ojos hicieran contacto, y habló.

—Fue un beso —murmuró, casi como si se lo dijera más a sí misma que a él —Sólo un beso. No puedes… no puedes divorciarte sólo por un beso.

Hermione Granger, hija de muggles, alto mando del Ministerio Mágico y aficionada a racionalizarlo todo.

Lo suyo no había sido un beso tonto robado en alguna cena del trabajo cuando los dos iban algo pasados de vino de Oden. Había sido un beso por el que Draco había esperado más de veinte años y no podía permitir que ella lo banalizara y le quitara importancia.

No había sido un simple beso para ninguno de los dos. Al menos no para él.

—No quiero a Astoria. Te quiero a ti.

Las palabras le salieron solas, como si llevaran tiempo allí, agazapadas, esperando el momento apropiado para hacer acto de presencia. Se dio cuenta de que esa frase, esas ocho palabras, resumían su vida desde que había dejado de Hogwarts, y a pesar de ello nunca las había pronunciado en voz alta. Al hacerlo experimentó una sensación de alivio. Se había esmerado tanto en ocultarlo desde que era un adolescente que dejarlo salir al fin era como quitarse un peso de encima.

Y esta vez, Hermione lo miró, con los ojos y la boca muy abiertos, como si a pesar de todo, a pesar de la manera en que la había besado, no se lo esperara.

—Draco —suspiró y los ojos se le humedecieron por un instante, hasta parecer del color ambarino de la miel.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. Draco.

Notó como se le erizaba la piel por debajo de la túnica verde del personal de pociones, pero Hermione volvió a poner la espalda recta y enlazó las manos sobre la mesa para que dejaran de temblarle, como si su momento de debilidad ya hubiera pasado.

—Tienes un hijo —dijo con firmeza, como si acabara de esgrimir el argumento definitivo.

—Y tú tienes dos hijos —replicó Draco —pero eso no impidió que te divorciaras.

Hermione juntó los labios. No podía responder a ese argumento. Sin embargo, Draco sabía que lo que le causaba tantos reparos no era tanto el trauma que le pudiera causar a Scorpius el divorcio de sus padres (Rose y Hugo parecían estar perfectamente bien aunque sus padres no vivieran juntos) sino el hecho de sentirse responsable de romper un matrimonio.

—Astoria y yo no nos queríamos —tenía que hacerla entender —Nos casamos porque era lo que se esperaba de ambos. Los Greengrass mantenían una buena posición después de la guerra y los Malfoy seguíamos nadando en galeones. Fue un acuerdo beneficioso para ambas partes. Siempre lo tuvimos claro, los dos. Nos llevamos bien pero hace años que ni siquiera dormimos en la misma habitación. No puedes romper algo que nunca ha existido.

Hermione le escuchó atentamente durante su discurso, pero Draco podía ver que aún dudaba.

—Entonces, ¿por qué no os divorciasteis antes? —preguntó.

—Porque Astoria no ha conocido a nadie y yo sabía que no tenía ninguna oportunidad contigo. Ni siquiera sabía que te habías separado de Weasley hasta estas Navidades.

Ella guardó silencio esta vez. Las manos le temblaban más que antes y Draco quería rodear la mesa y besarla hasta que se aclararan todas sus dudas, pero temía lograr el efecto contrario. Aunque ya no fuera un hombre casado, había demasiadas cosas espinosas relacionadas con él para que Hermione le diera una oportunidad sin más. La conocía demasiado bien como para hacerse ilusiones.

Él seguía siendo un Malfoy. "Mortífago e hijo de mortífago". Draco había perdido la cuenta de las ocasiones en que alguien había murmurado esas palabras a su paso o lo había mirado como si fuera un delincuente. Incluso una vez, antes de presentarse al puesto del departamento de pociones, había hecho una entrevista de trabajo en la que le habían recomendado que mejor probara suerte en el Callejón Knockturn.

Sabía bien lo que podría suponer para la directora del departamento más importante del ministerio mantener una relación con alguien como él.

Así que se puso en pie. Hermione le lanzó una mirada sorprendida.

—¿Te vas? —preguntó. Draco buscó alivio en su voz, pero no lo encontró. Parecía sencillamente indecisa y asustada.

Así que rodeó la mesa y se acercó a ella. Hermione lo contemplaba con esos ojos suyos tan inteligentes, tan límpidos, y no se movió ni un ápice cuando Draco se paró frente a ella, se inclinó y le alzó la barbilla con dos dedos.

Entonces bajó los párpados pero siguió mirándole, entre las pestañas, sin respirar, y separó los labios ligeramente, justo antes de que Draco cubriera su boca. Fue un beso corto y lento. Atrapó los labios de Hermione entre los suyos un par de veces y los dejó escapar con reticencia cuando ella finalmente se apartó de manera suave.

Draco supo que no debía presionarla más, así que se irguió y caminó hacia la puerta. Se detuvo un instante antes de salir y la miró por encima del hombro.

Ella seguía sentada, con las manos sobre la mesa y la boca entreabierta, observándolo, expectante.

—No tienes por qué tomar una decisión ahora. Llevo veinte años esperándote, supongo que no me moriré por unas semanas más —murmuró él.

Después salió del despacho de Hermione y cerró la puerta.

Ahora todo dependía de ella.


¡Hola!

Confieso que me atasqué un poco con este capítulo con todo el tema del divorcio. No quería ponerme excesivamente dramática ni tampoco poner que se divorciaban como si nada, y además quería mostrar un poco más de Astoria, que la pobre parece que no se ha enterado de nada pero sabe más de lo que imaginamos. Quería huir del arquetipo de Astoria mala de culebrón y también de mujer florero. Creo que, dentro de este fic, claro, ellos se querían a su manera pero no se trataba de un amor romántico. Pasaron muchos años juntos, obviamente se tenían cariño, pero seguían casados por costumbre y por su hijo. Astoria no necesita a Draco en realidad, tiene su dinero y una posición social mejor que él. Y también es joven y se merece encontrar a alguien. Así que sí, le da pena todo el asunto, sobre todo por su hijo y porque extrañara a Draco, pero no se siente despechada porque no tiene sentido.

También quería que se lo dijeran a Scorpius. Para Draco lo más importante es su hijo, y confieso que también me gusta ponerle a interactuar con Rose xD (no en plan raro, me entendéis). Por otro lado, como bien suponías, Hermione que es la persona de quien menos se puede esperar que tenga una aventura, se ha escondido después del beso. Pero Draco ha ido a buscarla y poner las cartas sobre la mesa. Ahora es ella quien debe decidir :)

Sobre Rose y Scorpius, aclaro que no van a ser pareja. No me apetece hacer Los serrano 2 xD (una serie española en que una pareja de divorciados se casaban y todos sus hijos se enrollaban entre ellos o.O) así que sólo son buenos amigos. También se llevan bien con Albus pero él tiene su propio grupo. Crear un nuevo "trío" con los hijos de Harry, Ron y Draco ya me parecía demasiado improbable.

En el próximo capítulo, que según mis cálculos será el último, ya veremos más de Ron y Narcissa, entre otros :)

Así que, cambio y corto aquí. Muchísimas gracias por todo, no disfrutaría tanto de esta historia si no fuera por todos los ánimos que me mandáis. Espero no tardar tanto con el final de esta historia :)

Con mucho cariño, Dry.

PD: Click a "Review this chapter" para que Draco vaya a buscarte a tu "despacho", barra todo lo que hay en tu escritorio con una mano y...