La estadía de los bandidos de Shikoku se prolongó una semana entera por medio de los ruegos camuflados de Kojuurou, quien veía que su amo estaba desarrollando un fuerte vínculo con Chousokabe. Aunque estaba en estado de alerta la mayor parte del tiempo, pues no conocía al pirata y no confiaba verdaderamente en él, el joven Dragón parecía animado, algo que le hacía mucha falta desde la muerte de su padre.

La noche del séptimo día, el estratega había conseguido que Motochika y los suyos se quedaran un día más, y los dos líderes tuertos se hallaban a solas en la habitación de Date, como ya se les había hecho costumbre.

Allí fue cuando, luego de varios tragos de sake y muchas bocanadas a su pipa, el joven contó al pirata la desafortunada historia de su sucesión.

–Mi padre quedó atrapado entre muchos enemigos de nuestro feudo, al otro lado del río –dijo, sombrío, sin levantar la vista–. La única forma de rescatarlo era matándolos a todos, pero si lo hacía, si daba la orden de dispararles, lo mataría a él también. Me gritó tanto mientras los soldados enemigos lo sometían, me exigió tantas veces que diera la orden... tuve que hacerlo. El cielo sabe que yo no quería tal cosa... –unas lágrimas bajaron raudas por su ojo sano.

Se restregó el rostro con la larga manga de su traje.

–Este joven tuerto que ves, que no merecía su lugar por su deformidad, a pesar de ser el primogénito... de esa forma obtuve el control del feudo.

Motochika lo miraba perplejo, sintiendo su dolor como propio. Quería consolarlo pero no se atrevía, por miedo a que el Dragón pensara que lo juzgaba de algún modo.

Se trasladó hasta quedar sentado a su lado y enlazó su mano con la de Masamune, esperando que no la retirara.

–El campo de batalla siempre trae sorpresas desagradables –se detuvo unos segundos para tomar aire–. Debes estar orgulloso, tu padre murió como vivió, como un guerrero... y sabes que dejó las cosas en buenas manos... Es algo que todos podemos notar.

El jovenzuelo sonrió tristemente, soltando un dolido "Jeh".

–Es curioso que digas eso, porque aquí nadie parecía creer que yo pudiera tomar tal responsabilidad.

–Pero se los demostraste y conseguiste a los más obstinados y fieles vagos que un señor podría pedir –rió el pirata. Cuando cesó, agregó–: Estoy seguro que Katakura lo vio en ti desde el principio...

Acercó la mano que sostenía a sus labios y la besó suavemente. Date abrió mucho el ojo, sonrojándose. Luego de unos instantes, miró hacia otro lado y dijo con tono afligido:

–Mi madre, mi propia madre intentó matarme, puso veneno en mi comida y trató de pasar mi derecho a mi hermano, su segundo hijo.

Motochika jaló de la mano al muchacho y lo envolvió en un abrazo protector. De pronto sentía una increíble ira hacia esa persona que se había atrevido a dañar al chico de una manera tan desleal.

Sintió en su hombro el temblor de los labios del joven Dragón, temblor que se había extendido hacia su mandíbula y ahora hacía que castañetearan sus dientes dentro de su boca cerrada.

–Monté en cólera... sólo tuve mente para pensar en que era una mujer despreciable, que debía destrozarla... pero si le hacía algo a ella, no lo sabría, estaría muerta y ya no sufriría –el dolor de Masamune era intenso y profundo, como los terribles momentos que invocaba–. Entonces fui por mi hermano... le corté la cabeza sin ningún miramiento... Ya nadie podría arrebatarme mi lugar...

El llanto del Dragón era franco y no hacía nada por ocultarlo, sólo se aferraba fuertemente al Demonio de los Mares y mojaba con sus lágrimas el poderoso hombro del pirata.

–Si no hubiese sido por Kojuurou... Si no hubiese estado él a mi lado... Te juro por todo en lo que creo, Chika, que me habría suicidado...

El aludido lo abrazaba con fuerza. Deseaba haberle conocido antes, haberle protegido de todo eso, pero no tenía tal poder. Sentía que debía agradecerle a Katakura por algo que ni siquiera sabía.

–Es un gran hombre... –susurró con voz temblorosa, sin saber qué más decir.

–Kojuurou es la única persona que creyó en mí –murmuró Masamune, pasando su mano por su nariz descuidadamente–. Cuando perdí mi ojo, fue el único que quiso estar a mi lado. Sólo a él no le parecí deformado y enfermo.

–Vio mas allá de lo que los demás idiotas veían –declaró Motochika, aflojando un poco el abrazo para acariciar su cabello y besar el parche del muchacho.

Se aventuro a tomar el nudo del parche y jalarlo débilmente, pidiendo permiso para quitarlo. Masamune cortó su llanto casi de inmediato, llevando una mano al objeto y manteniéndolo presionado contra su ojo.

–No... –susurró–. No, no quiero... Déjalo así, por favor.

–Esta bien… –sonrió dulcemente para Date y quitó su mano, para regresarla a acariciar el cabello del muchacho y tratar de relajarlo otra vez.

El joven se recostó sobre el pecho del pirata, respirando con la nariz tapada. A Chousokabe le pareció haber regresado a aquellas noches en las que Mouri se sentía deprimido, aquellas noches en las que se percataba del peso de su herencia, del enorme peso que debían cargar sus frágiles hombros.

Quiso devolverle la misma medida de franqueza y llevó su mano a su propio tabú, arrancando el pedazo de tela que cubría su ojo izquierdo y tomando la mano de Date para pasarla por la vieja cicatriz.

–Yo... siempre fui un muchacho obstinado, seguro de mi propia fuerza... Éste es el recuerdo de mi estupidez... Por mi culpa, cientos de buenos hombres que confiaban en mí perdieron la vida... Por mi deseo de demostrar que estaba listo.

El Dragón lo observaba con una expresión inocente mientras el pirata hacía que sus dedos recorrieran la rugosa herida. Motochika bajó su mano hasta poder besarla otra vez.

–Estas cosas han hecho de nosotros lo que somos hoy, me encanta el tú que he conocido hoy... Pero daría lo que fuera por poder cambiar lo que viviste –dijo, cerrando fuerte su ojo.

–No... Yo no deseo cambiar nada de lo que viví –sentenció Masamune, muy serio–. Si así hubiese sido, mucho de lo que es hoy no sería. No estaría aquí y ahora... sintiéndote tan cerca... –sus labios flotaban muy cerca de los de Chousokabe.

Escalofríos recorrieron su espalda velozmente y cerró la distancia faltante para unir sus labios con los del Dragón. Inició como un beso dulce, que se hacía mas demandante conforme avanzaba.

De pronto, aunque correspondía al pirata, el ánimo de Date pareció disminuir hasta desarmarse por completo. Separándose de la áspera boca de Chousokabe, pasó el dorso de la mano por sus labios y se alejó un poco de él.

Motochika lo miró con miedo. Mo quería perder el contacto del Dragón en la que sería su última noche juntos.

–¿Estás bien?

–No... –la voz del muchacho fue como un hilo.

El Demonio de los Mares sintió que su estómago se arrancaba de su lugar y caía al suelo, quería volver a abrazarlo, pero temía que si lo rechazaba se echaría a llorar como un niño desconsolado.

–¿Qué pasa?

–No es bueno que recuerde todas esas cosas. Me hacen llorar, y el llanto me debilita mucho.

El pirata sonrió a medias con dolor y chocó su frente con la de Masamune.

–No tienes que preocuparte por eso ahora, sácalo todo, yo te protegeré hoy.

El joven Dragón sólo se aferró de nuevo a la fuerte cintura de Chousokabe, escondiendo el rostro en el cuello el pirata. No dijo nada por un largo rato, su cabeza pensaba y pensaba y no le dejaba hacer otra cosa más que gimotear en voz baja.

El otro acariciaba con suavidad su espalda, tratando de ahuyentar todo mal que se posara en los hombros del señor de Oushuu. En ese momento pensaba que podría dejarlo todo por seguir abrazándose a ese manojo de nervios que tenía delante, sin dudarlo un instante.

–No me odies, por favor –murmuró Date, con la boca ahogada por el yukata de Chousokabe–. No soy así todo el tiempo...

–Lo sé –contestó suavemente, separándose para poder mirar a la cara al Dragón–. No siempre podemos ser fuertes.

Lo contemplaba con extrema ternura, ver ese lado tan frágil del Dokuganryu le parecía extraordinario. Le encantaba la fortaleza que había demostrado en su personalidad, pero le llenaba de gusto que pudiera compartirle este otro costado suyo.

Lentamente, el joven se soltó de las manos del pirata y se dio vuelta, dándole la espalda.

–Lo siento si no te di nada toda esta semana, yo... quería hablar contigo, conocerte más.

–No te lo estoy reclamando. Y aunque no lo creas, me diste mucho –replicó con dulzura, contento con todo lo que habia vivido.

Masamune se encorvó sobre sí mismo al escuchar aquello.

La actitud de miedo y dolor que estaba personificando tenía realmente poco que ver con la agresiva personalidad que siempre mostraba en público... pero aquella noche no. Esa noche no podía darse el lujo de ser irreverente y arrojado. Se sentía más débil y desdichado que nunca.

Tras un par de minutos en silencio, Motochika se levantó en busca de una colcha, pues el frío comenzaba a invadirlo. Se sentó detrás del Dragón, con las piernas a cada uno de sus lados, y lo abrazó cubriéndolos a ambos con la gruesa manta.

–Voy a extrañarte, Dragón... –dijo en voz apenas audible, más como un pensamiento para sí mismo.

La tristeza en las palabras del pirata llegó hasta lo más hondo del interior del muchacho, que abrió mucho el ojo y apenas los labios. Fue como si le hubiesen clavado un millar de agujas.

Prácticamente sin pensar, se dio vuelta con rapidez hasta enfrentar a Chousokabe y lo abrazó con fuerza, mordiéndose los labios y apretando el ojo para no volver a llorar.

–No digas eso... –susurró, sintiendo un acceso de llanto. Separando la cabeza del hombro de Motochika, lo miró con una expresión que mezclaba dolor, ansiedad, desesperación y necesidad, todo junto a la vez, y besó repetidamente en los labios al hombre de cabellos plateados.

El pirata se dejaba hacer, el aliento tibio del Dragón Tuerto... ya había comprobado que lo hacía perder noción de tiempo y espacio, incluso de sí mismo.

Date se movió despacio, empujando a Motochika hacia atrás sin soltarlo, sin dejar de besarlo tiernamente.

–No te olvides de mí, por favor –pidió, mirando al otro con un rostro lleno de agonía.

–Me sería imposible, aunque así lo quisiera –contestó, tratando de sonreír para Masamune mientras aferraba la mano a su nuca para unirlos en un beso mas profundo–. Eres algo único, Date Masamune –lo dijo ahogado contra los labios del otro.

El Dokuganryu sintió que algo lo recorría, que algo eléctrico subía por sus piernas y llegaba hasta su pecho, a su garganta... Aunque ambos conservaban aún la ropa puesta, no pudo evitar sentir un chispazo en su entrepierna al sentir el contacto con el miembro del pirata.

Dio un último beso, con el que empujó su lengua hasta el fondo de la boca de Motochika, y luego descendió hasta su cintura, donde aflojó sin prisa el cinturón del traje del otro.

Hundida entre la ropa, con el cabello castaño derramándose como suaves cascadas que hacían cosquillas en las piernas de Chousokabe, la cabeza de Masamune subía y bajaba con lentitud. Saboreaba cada parte de su piel, raspaba con sus colmillos, cubría con su lengua todo centímetro existente.

Motochika jadeaba incorporado en sus codos, la imagen tan erótica que le presentaba el joven lo tenia en éxtasis; sumado al delicioso trato que estaba recibiendo, no recordaba haber estado tan excitado antes. Los jadeos impedían que pudiera cerrar su boca, haciendo que un hilillo de saliva se colara por la comisura de sus labios.

La lentitud de los movimientos de Date se estaba haciendo agónica, Motochika llevó su mano al cabello de éste para dar mas profundidad y velocidad a su labor. Cerró con fuerza su ojo, sientiendo que perdía todo control que pudiera existir en él. El Dragón se atragantó con el súbito empujón, pero continuó, adaptándose al ritmo.

Lo alejó de su miembro, jalándolo con fuerza del cabello para besarlo casi animalmente. Cuando separó su rostro, vio en la cara sonrojada y casi sumisa de Date el reflejo de Mouri. Sintió un nudo en el estómago que casi le hizo huir.

Por un momento se inundó en pánico. Cuando recordó qué hacía, con quién estaba, se abalanzó sobre él, escondiendo su cara con la excusa de besar el cuello del Dragón.

Tenia el ojo fuertemente apretado mientras seguía besando el cuerpo del muchacho. Lo acariciaba a ciegas, tranquilizándose poco a poco mientras sus manos le demostraban que no era el mismo. El cuerpo de Date, si bien no era tan musculoso como el suyo, mostraba señas de haberse sometido desde hacía mucho a un riguroso entrenamiento; era fuerte, atlético pero firme. El de Mouri era largo, delgado, como el cuerpo de un hombre que nunca se había enfermado y que moriría si lo hiciera.

Encontró un par de cicatrices mientras seguía su exploración. Cuando al fin se volvió a incorporar para mirarlo, convencido de que no pasaría de nuevo, vio la cara sonrojada de el señor de Oushuu llena de deseo y necesidad, demandante, casi agresiva. Entonces se conveció de que no había manera humana de poder comparar a esos dos.

Sin embargo, y aunque él no lo sabía en aquel instante, ésa no sería la última vez en que su mente angustiada le jugaría una mala pasada.

Si bien era enteramente sincero con Masamune, la culpa y el peso de su último encuentro con Mouri lo atormentaban. Como su confusión se lo permitió, hizo que ambos acabaran casi al mismo tiempo sin invadir el cuerpo de su acompañante, cayendo en un sueño profundo casi disparado por el orgasmo.

Al amanecer, el joven Dragón encontró el lecho vacío a su lado e inmediatamente pensó en la desagradable costumbre del pirata de huir de los compromisos. Sin embargo, antes de siquiera poder empezar a quejarse, vio a Motochika sentado junto a la ventana, mirando hacia afuera y fumando de la pipa delgada de Date con expresión ausente.

De pronto, el hombre de cabello cano se sintió observado y volteó con la misma expresión, fuera de sí.

–Oh... Disculpa si te desperté –dijo, volviendo a la realidad–. ¿Dormiste bien? –sonrió levemente para su anfitrión.

–Sí... –la voz de Date sonó como un susurro, mientras se volvía a encoger sobre sí mismo bajo la manta.

Dio la espalda al pirata, dejando sólo visible su cabeza, donde su cabello oscuro se derramaba como cintas sobre el colchón.

–Ya es hora de que te vayas, ¿verdad? –preguntó, desde su improvisada "cueva".

–Sí... Sólo esperaba a que despertaras para despedirme –respondió con la voz apagada. Realmente no quería alejarse de él.

El pirata estaba vestido con su propia ropa, perfectamente alistado para retirarse en cualquier momento.

El joven Dragón sintió un cosquilleo en el estómago al contemplar la posibilidad de no volverlo a ver nunca más. Desesperado por aquella súbita visión, salió de la cama y se arrojó sobre Motochika, abrazándolo con fuerza y escondiendo el rostro contra su pecho. El cuerpo desnudo del Dragón Tuerto temblaba por el frío del amanecer y por el miedo y la agonía de la despedida.

El pirata sintió que no estaba todo bien y se aferró a la espalda del muchacho, tratando de darle consuelo.

–No te preocupes por mí –susurró Masamune–. Yo... Yo soy fuerte.

–Lo sé, pero yo no lo soy tanto... –respondió Motochika con voz temblorosa. Su rostro estaba lleno de pena por tener que partir–. Te voy a extrañar, Masamune.

Besó suavemente la frente del muchacho castaño y trató de levantarse sin empujarlo. Se quitó el saco que llevaba sobre los hombros y cubrió al Dragón con él.

–Es mi favorito... Asegúrate de devolvérmelo –dijo, sonriendo. Se sintió patético por no encontrar otra manera de asegurarle que se volverían a ver, pero ya estaba hecho y era hora de partir.

Masamune se arrastró hasta el futón cuando el pirata desapareció de la habitación. Se sentó sobre el colchón con la chaqueta sobre los hombros y se abrazó las rodillas, hundiendo la cabeza entre los brazos.

Cuando Kojuurou lo encontró luego de despedir a los piratas, apenas una hora más tarde, el joven Dragón lloraba en voz baja, todavía desnudo y sólo cubierto por aquella prenda púrpura.

Sintió ira hacia el Demonio de los mares, pues temía que hubiera destrozado la poca estabilidad emocional que tenía su amo.

–Masamune-sama... –llamó desde el arco de la puerta, pidiendo permiso para acercarse a él. Date levantó la cara llorosa y sólo asintió con la cabeza, volviendo a esconderse. Kojuurou ingresó, cerró suavemente la puerta y se arrodilló junto al colchón. No sabía qué decir, estaba claramente preocupado, pero no sabía en qué términos había quedado con el pirata.

Suspiró largamente y comenzó:

–Es sorprendente que rufianes como ellos puedan ser personas tan leales –dijo al azar, buscando alguna reacción en su amo–. Su líder… Chousokabe, no parece ser alguien por quien me tenga que preocupar.

–No… –fue la simple respuesta que dio el muchacho, hundiendo la cara aún más entre sus rodillas.

–Parece que olvidó una de sus prendas –comentó Kojuurou, refiriéndose a la chaqueta que cubría el cuerpo frío del Dragón Tuerto.

–Me pidió que se la devolviera pronto… –respondió éste, sonriendo a medias con el recuerdo del pirata.

El estratega sonrió levemente, mirando hacia la ventana y comprendiendo lo que quería decir con esas palabras el Demonio del Mar.

–Kojuurou... –susurró Date, sin moverse de su lugar.

–¿Sí, mi señor?

–¿Has estado enamorado alguna vez?

La voz del joven, frágil como pocas veces antes, parecía a punto de quebrarse. El estratega tuvo una súbita regresión a las épocas de la infancia de Masamune, cuando era un niño solitario y melancólico.

"¿Alguna vez te han querido? Yo no sé lo que es eso, Kojuurou."

Como en aquellos tiempos, Katakura se sintió invadido por un enorme amor fraternal hacia el mucacho, que le hacía querer protegerlo incluso de la brisa. Se levantó y cubrió su cuerpo con las mantas para evitar que siguiera helándose.

–Lo he estado... –respondió, luego de unos momentos–. Aunque no es algo que pueda enseñarle, le diré sin temor a equivocarme que aferrarse a una persona como Chousokabe es peligroso... Tiene que lidiar con su naturaleza nómade.

El Dragón apoyó el mentón sobre los brazos y bajó la vista, con el ceño fruncido y los labios apretados.

–Tú siempre me has protegido de todo –dijo, sin mirar a su criado–. Siempre sabes todo más que yo, siempre un paso adelante. ¿Crees que me lastimará?

Kojuuro meditó la pregunta por unos instantes. No quería darle una respuesta que detuviera al muchacho de experimentar por cuenta propia las subidas y bajadas de ese camino, pero tampoco podía dejarlo avanzar a ciegas.

–Sé que para Chousokabe usted es importante, y si estuviera a su alcance lo protegería del mismo modo en que lo hago yo –guardó silencio por un momento.

–¿Pero...?

–Pero al igual que usted... es una persona que actúa sin medir las consecuencias.

–¿A qué te refieres? –ahora el ojo azulino del amo escrutaba a su sirviente.

–Él... dice lo que piensa sin analizar los daños, estoy seguro de que actúa de la misma manera. Prueba es que lo encontráramos aquí a nuestro regreso –tomó por los hombros al muchacho, mirándolo fijamente–. Si lo que desea es que le diga que debe o no estar con él, lamento no poder hacerlo, ése es un camino que debe recorrer por sí mismo, pero puede contar con que estaré a su lado a cada paso, como siempre lo he hecho. Conozco a las personas como él, entregará todo de sí por hacer feliz a quien ama, pero si en su corazón aún hay recuerdos de Mouri... –el estratega miró a otro lado con decepción, dejando esa frase incompleta.

–Lo sé, Kojuurou –murmuró Masamune, volviendo a desviar la mirada.

Su criado quería animarlo, pero no podía construirle castillos en el aire.

–No problem –soltó al fin el chico, levantándose y acercándose a la ventana–. Desde el principio imaginé que no podría atar a nadie tan libre. Tampoco es lo que quiero... yo mismo detesto la falta de libertad.

Kojuuro levantó el yukata de su amo, le quitó suavemente la chaqueta de Motochika de los hombros y lo ayudó a vestirse.

–Espero que esto no cambie sus ánimos –comentó, mientras le ataba la faja.

–Tengo una imagen que mantener, ¿no es cierto? –fue la ácida pero amargada respuesta del joven daimyo–. Ahora que mi padre ha muerto...

Una suave brisa entró al cuarto, mientras las miradas de ambos se perdían en el cielo celestino de la mañana.