Seis meses habían pasado desde que se diera la reunión de feudales. La prisa que Mouri demostraba con la carta a Chousokabe era porque en su corte lo presionaban para contraer nupcias y dar un heredero. Se había resistido lo más que había podido, pero al regreso de su viaje ya se había concretado una fecha y ahora el señor de Aki esperaba un hijo.

Si bien Myoukyuu era hermosa, sumisa y devota a su esposo, Mouri sólo podía pensar en las caricias del pirata mientras la tomaba. Era una mujer infeliz, pero aun así lo amaba con todo su ser y llevaba prueba de ello en su vientre.

Medio año había pasado y el Hijo del Sol no había obtenido respuesta de su amado. No tenía idea de si aún vivía siquiera, pues en Shikoku nadie podía dar razón de dónde se encontraba su señor.

Pasó un mes más y una nueva convocatoria en tierras de Shimazu Yoshihiro llegó a manos de todos los daimyo.

Mouri de Aki esperaba con ansias que Chousokabe recibiera aquel mensaje. Llevaba demasiado tiempo sin verlo, y vivir en la expectativa constante no le era muy satisfactorio.

Había regalado al pirata un anillo de su familia, el cual portaba un sello de su noble clan y con el que el pirata podría recorrer Aki a su antojo sin rendir cuentas a nadie. Pero Motochika no había aparecido en ninguna de las zonas de su provincia, y Mouri comenzó a temer que el marinero tuerto hubiese desechado el obsequio.

Por su parte, en la provincia de Oushuu se preparaban para el largo viaje. El Dokuganryu no mostraba duda en su andar, sólo una creciente ansia de encontrar al dueño del paquete que llevaba atado a un costado de su montura. Más de una vez durante el viaje deseó abrir la bolsa y llevar orgulloso la chaqueta, pero el color no era exactamente de su agrado (en sí mismo, creía que a Motochika le quedaba muy bien) y no podía permitir que nadie lo viera con tales detalles.

Tras un par de semanas de marcha, casi todos los convocados llegaron a destino.

Con la ausencia del pirata aún no podian dar inicio, así que los señores eran libres de relajarse por esas cálidas tierras. Date, en compañía del joven Tigre de Kai, que durante los meses pasados había captado la atención del Dragón por su ferviente pasión al pelear, caminaban recorriendo el lugar cuando el ninja Sasuke anunció a su señor Yukimura que se había avistado la llegada de un barco.

El señor de Aki esperaba en su habitación, deseoso de recibir noticias del señor de Shikoku. Escuchó a algunos vasallos de Shimazu decir que un enorme barco se acercaba a la costa y su corazón saltó de su pecho. Se fue sin guardia a recibir al pirata en el puerto, con la esperanza de obtener una respuesta.

Sin embargo, cuando la embarcación se preparaba para anclar, mientras Mouri corría agobiado por el intenso calor de la playa y por sus pesados ropajes, una súbita visión se interpuso entre el Hijo del Sol y el inmenso horizonte.

Una figura larga y atlética, vestida de azul y con un casco adornado por una medialuna, caminaba pisando con firmeza la arena hirviente y llevaba bajo el brazo una prenda color púrpura. A su lado iba su fiel sirviente y estratega, ambos con gusto inscrito en sus rostros. Cuando el barco se detuvo por completo, dando señales de que los viajeros bajarían, el muchacho de azul extendió la prenda, dejándola sobre sus hombros emblemáticamente, como el pirata solía usarla.

Mouri se quedo perplejo pues distinguió la chaqueta al instante. Pero, incapaz de seguir avanzando, sólo observó lo que sucedía.

Cuando la brillante cabellera casi blanca fue visible a la luz del sol, una enorme sonrisa se pintó en el rostro del Dokuganryu. El pirata descendía orgullosamente de su transporte, vistiendo ropas occidentales y con su poderosa ancla al hombro. Recorrió el muelle de madera y el Dragón le salió al encuentro.

–Qué hay con esas pintas –se rió, ofreciendo su mano al Demonio de los Mares–. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

El pecho del pirata se llenó de algo que no pudo identificar al instante que vio al joven, aceptando la mano del muchacho y sonriendo ampliamente para el.

–Ya sabes, aquí y allá... Oh, y esto –dijo, tironando una punta de su camisa–. Regalos de algunos amigos de Occidente. Me gusta tu nueva apariencia, Date, excelente gusto en tu vestir –rió por la chaqueta morada que llevaba el muchacho.

–Bueno, la verdad es que apesta un poco, así que debo regresársela a su dueño... –comentó Masamune, con una sonrisa de felicidad que no pudo disimular.

Motochika dejo caer el ancla a su espalda, y poniéndose serio arrastró al muchacho en un abrazo posesivo.

–Te extrañé tanto... –susurró tan sólo para Date.

Kojuurou por su parte se sonrojó un poco por la muestra de cariño pública que daban a su amo, así que aclarando la garganta interrumpió el momento, haciendo que el pirata soltara al chico.

–Guarde las formas, Chousokabe, ya tendrá tiempo de hablar con mi amo cuanto desee cuando ambos asistan a la reunión –los reprendió a ambos, y estuvo casi tentado de jalarles las orejas.

Los dos tuertos rompieron a reír, pero cuando el pirata calmó sus carcajadas y miró en derredor para inspeccionar esa playa que no conocía demasiado bien, una figura pequeña llamó su atención. Estaba bastante lejos de ellos y el verde de su ropa lo camuflaba con la espesa selva que tenía detrás, pero habría reconocido donde fuera aquel velo parduzco que ocultaba el rostro del Hijo del Sol.

El corazon de Motochika se detuvo al ver a aquella persona, que al percatarse de haber sido vista dio media vuelta y se perdió en la espesura detrás de ella.

Incapaz de hacer otra cosa, Motonari corría desesperado buscando alejarse de aquella playa maldita, buscando consuelo en la sombra de las palmeras que comenzaban a levantarse a pocos metros de distancia. Su corazón parecía estar a punto de estallar, tanto era el dolor emocional y la exigencia física que hacía a su cuerpo delgado.

Tras varios angustiosos minutos, se detuvo y se sentó al pie de un enorme árbol tropical, arrancándose el velo y quitándose los guantes para poder limpiar sus lágrimas con sus propias manos.

Acurrucado sobre sí mismo, lloraba fuertemente sin importar que cualquiera pudiera oírlo. Allí no había nadie, y daba igual si lo había... nada podría consolarlo. No era la primera vez que veía al pirata en brazos de alguien más, pero algo muy adentro le decía que esto era diferente.

Motochika suspiró hondo tras la visión del hombre de verde, cosa que no pareció desapercibida por Katakura.

Tratando de recobrar el ánimo de momentos antes, el pirata exclamó:

–¿Y bien...? ¿Qué me he perdido de estas "interesantes" reuniones? –en tono sarcástico.

–Chousokabe, será mejor si usted mismo va a reportarse con Shimazu. Es él quien está ofreciéndonos su hospitalidad –interrumpió Kojuurou, mirando de reojo al pirata–. Por este camino –señaló la dirección en la que Mouri había desaparecido– llegará antes al poblado.

–Ah... –Motochika no pudo responder nada. Volteó hacia Date, que no había parecido percatarse de lo que sucedía, y asintió–. Tienes razón… ¡Hey, Dokuganryu!

El otro levantó la ceja.

–¿Podrías guardarla un poco más por mí? –dijo, refiriéndose a su chaqueta, extendiendo la mano para acariciar con ella la mejilla del muchacho.

Date se coloreó hasta la frente y sintió que un choque eléctrico le sacudía todo el cuerpo al sentir la mano enguantada del pirata en su rostro.

–S–Sure... –murmuró, desviando la mirada.

Motochika le sonrió amable y comenzó a caminar en la dirección que Kojuurou le había indicado.

Recorría lento e inseguro el sendero en que vio perderse al líder de Aki. En su largo viaje había encontrado una respuesta para él, pero la situación en que lo encontrara no facilitaba las cosas. Después de varios minutos recorriendo el lugar, escuchó unos sollozos que lo condujeron a quien buscaba.

Cuando Motonari lo escuchó, se levantó deprisa para alejarse. No quería verlo, se sentía totalmente destrozado.

–¡Espera! –grito Chousokabe, tomando por el brazo a Mouri–. Necesito hablar contigo, por f…

Se vio interrumpido por un certero puñetazo en la mandíbula. Si bien el líder de Aki parecía delgado y con una figura que no denotaba mucha fuerza, era todo lo contrario: un fiero guerrero fuerte y orgulloso. La potencia del golpe le hizo caer al suelo, pero no lo soltó.

–Cómo te atreves a mostrarte ante mí, después de semejante escena... –se quejaba el hombre de verde, entre sollozos.

Chousokabe se incorporó de nuevo, sosteniendo al otro para atraparlo en un abrazo desde la espalda que inmovilizara sus manos.

–¡Suéltame, Chousokabe! No quiero escucharte... ¡Suéltame! –Mouri siguió peleando y negándose al contacto del pirata, hasta que la fuerza lo abandonó y las lágrimas le ganaron la batalla. Apresado por las poderosas manos del pirata, Motonari se derrumbó, sus rodillas tocaron la tierra arenosa del sur y rompió a llorar una vez más, sin poder contener los dolorosos lamentos que salían de su garganta.

El más alto permanecía en silencio, esperando a que se calmara un poco. Cuando sintió su cuerpo temblando por las lágrimas, empezó a besar su cabello, dejándose caer sentado sin soltarlo.

–Escúchame por favor, Motonari... –susurraba, mientras seguía besando dulcemente su nuca y sus oídos.

–No... –lloraba el de verde–. Te odio... ¡Te odio! ¿Por qué me haces esto...? –no lograba abrir los ojos y sus labios estaban pegoteados de saliva–. ¿Qué te hice yo, para que me detestes tanto y me hagas sufrir así...?

Las palabras de Mouri le dolian, le dolian desmedidamente, pero no podía negar que era su culpa.

–No te detesto... Cálmate un poco, por favor... Escúchame.

El hombre de verde respiraba agitado, ahogado por sus propias lágrimas, pero luego de un largo y tedioso minuto dejó de sollozar. Aun así, Motochika sabía que había levantado todas sus barreras, que estaba absolutamente a la defensiva y que así sería mucho más difícil.

Suspiró hondo, tratando de encontrar cómo comenzar. Lo que el de verde había visto hacía imposible decir lo que había planeado por meses.

–Jamás te he querido hacer daño... Cada vez que dije amarte fui sincero, lo sabes –pausó para medir la reaccion del hombre en sus brazos.

Al ver que no respondía, el pirata repitió la pregunta:

–Lo sabes, ¿verdad?

–Quisiera poder decir que sí... –gimoteó Mouri, bajando la cabeza y tocándose el pecho con el mentón.

El pirata apretó el abrazó e inclino la cabeza hasta dejar su boca a la altura de la oreja del otro.

–Cada cosa que te dije fue sincera, Motonari –repitió claramente–. Por eso nunca respondí tus peticiones, temía que pasara esto...

–Si me amas de verdad... –murmuró Mouri, comenzando a llorar dolorosamente de nuevo–. ¿Por qué no quieres estar conmigo si me quieres?

–Yo... –pensaba en la manera de no herirlo, pero era imposible con las palabras que diría–. No puedo estar contigo... No puedo... –repitió, en una voz casi extinta contra su oído.

Soltó al líder de Aki y lo giró lentamente para encararlo, para darle veracidad a lo que iba a decir a continuación.

–Mi cariño por ti es sincero, siempre lo fue... Pero nunca podre complacerte del modo que tú lo quieres. Si continuamos así, te hare daño, y más... Hasta que terminemos odiándonos de un modo enfermizo...

Ni una sola pizca de aire corría por aquella selva tropical. El cabello lacio de Mouri estaba inmóvil al igual que su rostro, por el cual bajaban raudas decenas de gotas de sudor que se mezclaban con sus hirvientes lágrimas.

De pronto, sólo fue capaz de negar con la cabeza.

–A mí no puedes quererme, pero a él sí...

El hombre tuerto bajo la cabeza.

–No es por él que tomé esta decisión, Motonari... Desde el día que terminó nuestra relación vengo pensando los motivos...

El líder de Aki aspiró fuertemente por la boca, haciendo un sonido de llanto que destrozó el corazón del pirata.

–Terminarse... ¡¿Cuándo fue que se terminó esto? –reclamó, tomando con sus manos nerviosas el cuello de la camisa de Motochika–. ¡Jamás me lo dijiste en mi cara...! ¡Siempre preferiste huir a darme una explicación!

Mouri golpeaba ahora débilmente los hombros de Chousokabe. Sus ojos pardos estaban ciegos por las lágrimas.

El hombre recibia los golpes sin oponer resistencia. Había sido estupido, había pensado que Mouri tambíen se había dado cuenta que lo suyo ya no era una relación de amantes.

–Yo sabía... sabía que ya no me querías... –sus brazos se cansaron y los dejó caer, hasta que sus manos se toparon con los antebrazos del tuerto–. Pero siempre guardé una esperanza... Siempre... Decidí esperarte como un estúpido, esperar a que tuvieras ganas de verme, a que quisieras besarme, tocarme... Siempre con este dolor latente en mi pecho, respirando acelerado, viviendo al filo de la expectativa de tu carácter antojadizo... –bajó la cabeza hasta tocar de nuevo el pecho con su barbilla.

Apoyó la frente en el pecho de Motochika y negó con la cabeza.

–¿Sabes por qué te escribí esa carta, por qué estaba desesperado por una respuesta...? –cuestionó, sin moverse un centímetro.

–No... –fue lo único que salió de los labios del pirata, rodeando suavemente su delgada figura hasta abrazarlo con ternura... con la que siempre lo había abrazado cuando no se trataba de sexo.

–Estoy casado ahora... –susurró Motonari, apretándose contra su amado pirata a pesar del intenso calor–. Estoy casado... y voy a tener un hijo.

Las palabras del hombre lo hicieron quedarse congelado. ¿Qué...? ¿Qué había dicho...? Apretó sus manos contra la frágil espalda del otro. No tenía derecho a quejarse, pero sentía que una enorme daga había sido clavada en su pecho.

En su viaje había decidido terminar con todo pensando que sería lo mejor para Mouri, pero no cambiaba el hecho de que lo quería... del peso de todos los momentos en que estuvieron juntos.

Mouri rompió a llorar nuevamente. Había bajado los brazos y ahora rodeaban la cintura de Motochika, apretándola tan fuerte que por momentos le cortaban la respiración.

Despues de sufrir en silencio por lo que le parecieron horas, separó un poco la figura que se aferraba a él.

–Entonces, ésta es la despedida, Mouri Motonari... –dijo, acercando su rostro al del hombre y besando sus labios suavemente.

Incluso arrobado en aquel beso lleno de amor y desconsuelo, los ojos del daimyo de Aki no dejaban de derramar ardientes lágrimas. Llevó sus manos delicadas al rostro de Chousokabe, apretando con fuerza mientras lo besaba, sin poder separarse de él.

Cuando los labios del pirata se alejaron de los suyos, Motonari quedó besando el aire, articulando su boca un sollozo amargo.

–No... Por favor, no... –rogó, aferrándose al hombre de cabello cano–. No me dejes... Por favor...

–Motonari... No lo hagas más difícil... –murmuró Chousokabe llegando a su límite, su ínico ojo llenándose de lagrimas mientras acariciaba lentamente sus brazos.

Mouri no respondió, pero no lo soltó. El pirata tomó su barbilla para obligarlo a encararlo, para que viera que el también sufría por ello.

–Dejame ir, Motonari... Sabes que no soy bueno para ti, no soy lo que necesitas en tu vida.

El labio inferior del señor de Aki tembló poderosamente mientras éste dejaba escapar un suspiro lleno de agonía.

Cerrando los ojos, Mouri echó hacia atrás la cabeza y despacio, muy despacio, aflojó los dedos transpirados hasta que logró soltar al pirata.

De rodillas sobre la arena, dejó caer la cabeza hacia adelante. Su cabello era una espesa cortina que impedía ver su rostro.

Motochika se puso de pie y le dio la espalda. Sabía que quedarse más prolongaria la agonía del otro, haría que se arrepintiera de su decisión y todo volvería a empezar. Se retiro a pasos lentos y vacilantes, aferrando su mano a donde antes había sentido las del Hijo del Sol.

Cuando ya se había alejado algunos metros, giró levemente la cabeza sobre su hombro. Mouri se había derrumbado sobre la arena, tenía la cabeza escondida entre los brazos y no se movía. Se mordió el labio inferior muy fuerte hasta que sintió el sabor de su propia sangre. Volvió sobre sus pasos y dejó una bella cajita verde con el sello de la Casa de Mouri en el suelo. Devolviendo el regalo de gran valor que el hombre le había dado hacía tantos años, se fue.

Cuando los pasos de Motochika se habían apagado en la arena, el daimyo de Aki se atrevió a levantar la cabeza, pudiendo ver frente a sí aquella caja. Tomándola con un ademán nervioso, la arrastró hasta tocar su pecho con ella y volvió a hundir el rostro sobre su otro brazo, cediendo una vez más a ese llanto tan doloroso y desgastante.

Chousokabe abandonaba la selva meridional, sacudiéndose la arena de la ropa y acomodando su camisa, cuando el estratega Katakura le salió al encuentro.

–¿Todo está bien? –le preguntó con mucho respeto.

Motochika desvió la vista al suelo, escondiendo los restos de unas lágrimas secas, y contestó en voz baja.

–Todo está bien...

Kojuuro se hizo a un lado para dejarlo pasar y lo observó con ojos llenos de aprensión. El pirata dio unos pasos y, cuando estuvo seguro que su voz no lo traicionaría, preguntó algo que le inquietaba.

–¿Nos escuchaste?

–El señor de Aki tiene un llanto muy ruidoso –fue la respuesta que obtuvo, con una voz resignada.

Motochika volteó a verlo con cierto dejo de ira en la mirada pero se contuvo, realmente sería un milagro que todos en la costa no hubieran oído al Hijo del Sol. Inhaló con fuerza.

–Quiero hacer las cosas bien con Masamune... –se echó a caminar para buscar a alguien del pueblo de Shimazu que pudiera darle razones sobre la reunión.

–Chousokabe... –llamó Kojuurou–. No he querido ser irrespetuoso con usted.

Se dobló sobre sí mismo e hizo una rígida reverencia.

–Le ofrezco mis disculpas.

–No hace falta ser tan formal –esbozó una media sonrisa y siguio avanzando–. Sólo... no le menciones esto a tu señor.

–No lo haré.

En el poblado de Shimazu, alrededor de la choza donde vivía el anciano guerrero, se había formado un gran corro donde todos los señores feudales, a excepción de Mouri y Chousokabe, se habían sentado. El honorable Shimazu Yoshihiro presidía el círculo mientras su nieto Musashi repartía el sake.

–El señor de la Isla Shikoku, Chousokabe Motochika –anunció uno de los guerreros de Kyuushu.

Todos los presentes dieron la bienvenida al Demonio con una inclinación de cabeza. Date estaba sentado en un extremo, entre el joven Tigre de Kai y el Dios Guerrero de Echigo. No osó mirar a Motochika; no quería que nadie comentara nada al respecto.

El pirata avanzó con aire ausente, tomando asiento entre Yoshihiro y Takeda. Acalorado con su indumentaria occidental, mostraba un semblante muy serio. La ausencia de Mouri lo ponía nervioso, se preguntaba si aún seguiría tirado en la arena donde lo había dejado, si habría regresado al lugar donde descansaba, si se presentaría o no.

–Saludos, estimado daimyo –Shimazu se dirigió a él afectuosamente.

Sacado de sus pensamientos de golpe, se giró un tanto sorprendido; y recuperando la noción de la realidad, contestó con voz alegre.

–Oh, viejo Shimazu, siempre es un placer saludar a un hombre de mar como tú.

–Siempre tan jovial –concedió el viejo–. Bueno, ¿quién más falta? ¿Ya podemos empezar?

Kojuurou, de pie detrás de su amo al igual que los demás criados, echó una mirada inquisitiva a Motochika.

–Mi señor no ha regresado –dijo el criado de Mouri–. Salió hace más de una hora, pero no dijo adónde iba ni quiso ir acompañado.

El pirata estaba preocupado, pero no podía manchar la reputación del señor de Aki yendo a buscarlo como si fuera una damisela en peligro y la mirada inquisitiva de Katakura le ponía de nervios, ¿esperaba ver su reacción?

Lanzando un suspiro silencioso y resignado, Kojuurou dio un paso atrás. Ese Chousokabe era realmente un tonto.

–Si son tan amables de esperarme unos minutos... –empezó, con voz firme–. Creo haber visto Mouri en mi trayecto hacia aquí. Iré por él.

Sin dar tiempo a que nadie dijera nada, el sirviente se salió del círculo y trotó colina abajo para alcanzar las dunas que llevaban a la playa.

Tras desandar un largo trecho, encontró el lugar donde se había cruzado con el pirata y se internó entre la maleza. En un rincón sitiado por varias palmeras, descubrió el cuerpo inmóvil de Mouri.

Arrodillándose junto a él, lo dio vuelta con suavidad y comprobó que todavía respiraba. Tenía arena pegada en el rostro, el cual lucía sonrosado y algo hinchado. Su cabello estaba húmedo de sudor. Tomándolo por el torso, comprobó que estaba ardiendo.

Mouri abrió pesadamente los ojos.

–Qué... –empezó, sintiéndose muy mareado.

–No es propio del Hijo del Sol ausentarse de una reunion tan formal– comentó con voz suave, tratando de ayudar al líder de Aki a incorporarse.

–La reunión... –balbuceó el de verde–. ¿Ya comenzó...? –se sujetó la cabeza con dificultad mientras se sentaba.

–Lo están esperando, no comenzarían sin su presencia, señor.

–Cielos... –Mouri se sacudió la arena de la cara y respiró pesadamente–. Por favor, alcánceme mi velo y mis guantes –pidió con gentileza, pero también con algo de autoridad.

Kojuurou hizo como se le pedía y luego lo ayudó a ponerse de pie. El señor de Aki se limpió lo más que pudo y luego se dirigió a él con mucha formalidad.

–No tengo su nombre...

–Katakura Kojuurou, estratega y sirviente del clan Date, mi señor... –dijo orgullosamente.

Mouri sintió un aguijonazo en el pecho al escuchar aquello, pero lo disimuló lo mejor que pudo. Después de todo, el criado del Dragón no tenía culpa de nada en todo aquello.

–Tiene mi gratitud, Katakura –su comentario fue amable, pero su voz muy fría–. Si pudiese guiarme hasta el poblado... Me temo que estoy algo desorientado. Debe ser el calor.

–Por supuesto, señor, a eso he venido después de todo –extendió la mano con una ligera reverencia, indicándole el camino.

El líder de Aki caminó parsimoniosamente, con mucha elegancia, a pesar de que el mareo era tal que le costaba horrores mantenerse erguido y derecho.

Cuando llegaron al poblado de Shimazu, Mouri se inclinó en una suave reverencia para disculparse con los demás señores.

–Parece ser que sufrí un golpe de calor y me desmayé. No estoy acostumbrado a este clima –se excusó de forma muy refinada–. Pido disculpas por malgastar el tiempo de todos.

Kojuurou se colocó nuevamente a la retaguardia del asiento de Date y se quedó muy firme, con las manos detrás de la espalda. El joven Dragón estaba un tanto confundido por las acciones de Katakura, pero no era lugar para cuestionarlo. Pudo notar cómo Chousokabe y Mouri evadían sus miradas tristemente.

Mientras la reunión avanzaba, todos dieron sus puntos, Date peleó con Takeda y con el joven Tigre de Kai, que siempre saltaría en su defensa, sin dejar jamás apagar su espíritu impertinente y feroz.

Mouri entonces comprendió un poco por que el pirata estaba interesado en el Dragón de Oushuu; era muy parecido a él, un espíritu indomable. No lo aceptaba, pero lo entendía.

Cuando las cuestiones diplomáticas terminaron, algunos se retiraron inseguros pues la escasa confianza y tratos comenzaban a perderse poco a poco, anunciando una futura guerra.

–Shit –murmuró Date, mientras se alejaba junto a Kojuurou–. Esto no me gusta nada.

–El anuncio de una guerra cercana es preocupante... Deberemos prepararnos para cualquier tipo de ataque pronto, Masamune-sama –secundó con seriedad su fiel estratega.

–Yeah...

Poco a poco el corro se disolvía. Mouri se puso de pie, ya más compuesto, y estaba alejándose junto a su sirviente cuando Motochika le cortó el paso.

–¿Qué te pasó? –fue la sencilla pregunta que le hizo. A nadie de los que la oyeron le extrañó, el pirata solía ser brusco y hasta grosero con su antagonista geográfico.

–Sólo un golpe de calor. Nada de lo que debas preocuparte, Chousokabe –respondió el de verde con solemnidad, esquivándolo hábilmente y siguiendo su camino.

Motochika lo miró desconfiado. Pensaba seguirlo, pero recordó que no debía hacer una tontería así. El viejo Shimazu le invito a unirse a tomar unos tragos junto a Takeda y Kenshin, lo que esquivó diciendo que era demasiado joven como para enfrascarse en cosas de viejos y riendo a viva voz.

¿Qué planeaba hacer a continuación? No podía acercarse mucho al Dokuganryu sin llamar la atención, y no debía acercarse para nada a Mouri o corría el riesgo de que el señor de Aki perdiera los estribos nuevamente.

En un momento de desesperación caminó al puerto, necesitaba estar solo y pensar, no había mucho que analizar pero estaba cansado de todo.

–Qué difícil es volver a tierra –dijo para sí mismo.

Llegando a la playa se quitó toda la parte superior de su atuendo, dejándose caer en la arena. Unas manchas de escorbuto habían marcado su costado y abdomen en el pasar de los últimos meses.

Dejandose caer en la arena, aceptó la brisa del mar que era refrescante y tranquilizadora. Amaba el rugir de las olas golpeando todo a su paso.

El sol se escondía cuando se percató de que estaba anocheciendo.

Se pintaban un mar de estrellas en el cielo despejado y él no encontraba deseos de moverse de ahí, hasta que escucho el alboroto de hombres de Oshuu y Shikoku acercándose a la playa con planes de una celebración.

–Adiós tranquilidad –pensó.

El Demonio de los Mares estaba tumbado entre las palmeras viendo otro atardecer, jugando con la arena entre sus dedos distraídamente. Cerca paseaba el señor de Oushuu junto a su fiel sirviente; quien, cuando notó la presencia del pirata, se excusó para retirarse. Confundido, el Dragón dio unos pasos más descubriendo al de cabellera cana.

–¡K–Kojuurou...! –exclamó el joven. Parecía que su nana se divertía jugando a ser el cupido entre ellos dos.

El pirata escucho unos pasos acercándose y volteó distraído, pero una gran sonrisa iluminó su cara cuando vio de quién se trataba.

–Dokuganryu...

Masamune revoleó la mirada y sólo se sentó a su lado sin decir más.

–Te veías bien vistiendo púrpura –dijo Chousokabe, riendo por lo bajo.

Cuando el muchacho estaba a punto de responder algo con el ceño fruncido, el pirata le interrumpió chocando sus labios con los de él.

Un manotazo de Date lo interrumpió.

–No creas que porque ahora vienes guapo y arreglado te voy a disculpar –le recriminó con tono ácido–. Medio año sin dar una maldita señal de vida... ¿Quién te crees que eres? –añadió, cansado y haciendo un puchero.

–Tomare eso como un "Te extrañé" en palabras de dragón... –rió por lo bajo y luego agregó con tono más serio–: Te lo dije, partiríamos en un viaje largo.

El más joven estuvo a punto de soltar un regaño, pero recordó que justamente por actitudes así el pirata no deseaba estar con Mouri... así que hizo un gran esfuerzo y se calló.

Motochika acarició la cara del muchacho, que mostraba un puchero de niño consentido. Le hacía sonreír desde lo mas profundo de su ser.

–¿De qué te ríes? –murmuró Date, comenzando a enojarse de verdad.

–De ti, ¿no es obvio? –soltó una carcajada, era realmente relajante estar con él–. No pongas esa cara –dijo, apretando su nariz con los dedos y dejando un rastro de arena en la punta.

Date sacudió la cabeza y se pasó la mano por la cara.

–Yo también... te eché mucho de menos.

El chico se acercó arrastrando las rodillas en la arena hasta poder tomar su rostro y besarlo con fuerza, con necesidad. Con el paso de los meses había crecido por así decirlo, no se dejó simplemente hacer por el pirata. Atacó sus labios con la misma fuerza y desesperación del más grande.

Ese descubrimiento complació de un modo muy erótico al pirata, que abrió la boca para darle entrada a la demandante lengua del Dragón.

Date nunca había tenido relaciones en una playa, entre la arena, y eso le resultaba especialmente incómodo.

–This is some serious shit, esta arena se me está metiendo por todos lados –se quejó, limpiándosela del brazo.

El pirata, un tanto frustrado por el cese de acción, se levantó de golpe con una sonrisa perversa en la cara.

–Vamos... –murmuró, jalando por la muñeca al muchacho–. Conozco un lugar mas... cómodo.

Abollando en sus manos la ropa que se había quitado, caminó decidido, sabiéndose seguido por el Dragón. Por el sendero que seguían, Date supo al instante a dónde iban. El pirata lo guiaba a su barco.

Llegando al muelle, sin nadie a la vista, lo invitó a subir. No era la primera vez que se subía a una embarcación, pero algo en la boca de su estómago se congeló al pensar en lo que iba a hacer allí. El barco de Motochika no era como los de los demás, era de diseño occidental, mucho más grande, labrado y pesado de lo que se solía utilizar en la Tierra del Sol Naciente. El pirata lo guió hasta su camarote, donde muchos muebles de complejo y opulento diseño llenaban la habitación.

Era lo que podría decirse el "despacho" del marinero tuerto. Un enorme escritorio de madera oscura y bordes ribeteados de oro, una cama con dosel junto al amplio ventanal lleno de marcos cuadrados donde los cristales transparentes dejaban pasar toda la luz de la luna. Varios armarios sujetos a las paredes, sillas de cuatro patas y una enorme mesa completaban el lugar.

Las cortinas del enorme ventanal estaban corridas, abultadas en los rincones.

Date se quedó observando cada rincón de la habitación, sorprendido por todo lo que veía, cuando unas manos conocidas lo devolvieron a lo que habían dejado pausado. Motochika lo jalaba con fuerza por la nuca para seguir besando sus labios, conforme lo hacía lo iba empujando a la mullida cama. El contacto del colchón detras de sus rodillas lo derribó con el pirata encima, que no se detuvo ni un momento. Exploraba todo el cuerpo de su compañero deshaciéndose de la ropa en su camino. Date. por su parte, recorría con fuerza en las manos el torso desnudo del Demonio de los Mares.

Cuando el aire se hizo necesario, Motochika separó sus bocas tan sólo para comenzar a besar su cuello y dejar un rastro de saliva mientras bajaba a atender el resto del atletico cuerpo de su pareja. El joven Dragón gemía entrecortadamente, apretando las piernas en torno a la cintura del Demonio. Se mordía los labios mientras sujetaba con fuerza la melena cana de Chousokabe.

Con cada delicioso gemido, el pirata soltaba una mordida, dejando marcados sus dientes sobre la piel del Dragón hasta que llego al miembro que casi temblaba con anticipación. Lo lamió lentamente hasta llegar a la base, para luego engullirlo todo de golpe con su boca.

Date abrió el ojo enormemente, aunque no podía enfocar la mirada en nada. Soltando rasposos jadeos, sus manos tomaron casi histéricamente el cabello del Demonio y cerró sus garras sobre él. El calor hirviente de la lengua de Chousokabe, la humedad que sentía sobre su piel, todo eso estaba a punto de hacerlo estallar.

Sintiendo un cosquilleo que lo recorrió desde la punta de los dedos hasta la cabeza, el Dragón respiró excitado. De pronto vio que Motochika levantaba la cadera, apoyándose en sus codos y rodillas para hacer mejor lo que hacía, y un lascivo impulso se apoderó del joven Masamune.

–Stop, stop right there... Vamos, muévete, Demonio –ordenó, con los labios llenos de saliva, mientras lo empujaba y gateaba sobre el colchón blando.

Motochika lo observó con el ceño fruncido. ¿Qué rayos quería intentar?

Masamune lo tumbó de cara al cielo y se trepó sobre su cintura, lamiendo la boca del pirata y dejando que su miembro rozara al del otro. Cuando tuvo bien ahogado a Motochika, levantó rápidamente sus piernas con los brazos, y apoyándolas sobre sus hombros penetró al Demonio sin siquiera decirle lo que pensaba hacer.

Éste soltó un gruñido de dolor muy alto, aferrando los dedos a las sabanas.

–¿Qué...? ¡Ah! ¿Qué demonios haces? –exclamó, tratando de incorporarse para alejar a su invasor.

–Estás algo estrecho, pero creo que podré contigo –jadeó el Dragón, apretando fuertes los dedos que se clavaban en los muslos del pirata.

La escena era, cuanto menos, peculiar. Motochika era al menos media cabeza más alto que Masamune, y sus hombros mucho más anchos. Sus enormes caderas eran todo un reto para el muchacho de cabellos castaños, pues tenían músculos de acero. Requirió de toda su fuerza.

Pero sin ganas de dejarlo retomar el control, comenzó a balancearse fuertemente, lamiendo con desesperacion las piernas del pirata que estaban sobre sus hombros.

Los gemidos y quejas de MNotochika eran fuertes gruñidos que resonaban por toda la habitación, sin temor a ser oídos por todo el barco.

Ya excitado por el juego que Chousokabe había hecho anteriormente, no pasó mucho tiempo jasta que alcanzó el clímax. El descargo fue intenso y extenuante, y el joven Dragón se derrumbó encima de Motochika.

–Tch... –soltó frustrado el pirata, pues aunque le había dolido un infierno, lo había terminado disfrutando enormemente. Metio su mano entre los dos para masturbar su propia erección, que dolía rogando atención.

El chico, al sentir eso, salió de él dejando con ello que escurriera por la piel del pirata parte de lo que descargó. Bajó agotado, quitando la mano que atendia el miembro y continuando con su propia boca.

Bastó poco para que Chousokabe estallara en el muchacho, al que aferró con su mano para terminar en lo más profundo de su garganta.

Date sintió aquel fluido llenando su boca y se ahogó intentando no tragarlo, aunque no pudo. Soltando un quejido, ingirió una buena parte, mientras la otra desbordaba y se escapaba de sus labios.

Levantando los brazos, manoteó torpemente hasta que logró que Motochika lo soltara. Acto seguido, escupió nerviosamente.

–Bastard! –exclamó, tosiendo.

El pirata lo observó con una mirada oscura, casi asesina, ¿cómo se quejaba despues de haberlo montado sin su permiso? Aunque, de un modo muy morboso, le había encantado sentir al Dragón detro suyo. Arrastró al chico por el cabello y lo besó fuertemente, lamiendo los restos de su propio semen de los labios del otro.

Masamune se apoyó en sus manos, alejándose de la cara del pirata.

–Eres un bastardo repugnante –gruñó, asqueado–. Una cosa es que te tragues el mío, pero... ¿el tuyo? –rompió a reír nerviosamente.

El pirata sólo se encogió de hombros, dejándose caer sobre su espalda. Esa nueva experiencia había sido totalmente agotadora. El Dokuganryu, al no tener respuesta, se tiró a su lado y musitó en voz baja pero con burla:

–Te hice mío, Saikai no Oni... –una risita perversa acompañó las palabras del impertinente jovencito.

El pirata se coloreó todo de rojo y le dio la espalda.

–Idiota... –balbuceó. Ya sin poder ser visto, una media sonrisa adornó su cara y pensó para si mismo–: Sí, lo hiciste.

Sin previo aviso, el Dragón se giró hacia él y lo abrazó desde atrás.

–Dale las gracias al que me enseñó a hacer esto –susurró, lamiéndole el cuello y la oreja.