Los jardines de la mansión se veían sombríos con las primeras luces del amanecer.
Sentado en medio de la sala, con las ventanas abiertas a la helada brisa del alba, Mouri Motonari de Aki tenía la cabeza agachada. Su cabello lacio caía como cintas verticales, ocultando su rostro y la expresión de infinita tristeza tallada en él.
El suelo pulido de la habitación estaba completamente vacío, sólo un mullido almohadón y el endeble señor de la casa arrodillado sobre él. Mouri había pedido a sus sirvientes que no se acercaran a menos que él los llamara, y toda aquella noche había transcurrido con tal pasmosa lentitud que el daimyo hasta había podido contar los latidos de su corazón en el silencio que lo rodeaba.
Una delicada corriente de aire ingresó al salón y agitó levemente las hebras que cubrían su rostro.
Sus manos, entrelazadas sobre su regazo, se apretaron levemente. Cuando no pudo contener el temblor de sus labios, las llevó hacia arriba y cubrió con ellas el llanto que no podía dominar.
Había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para soportar las ganas de llorar que lo atacaban cada vez que recordaba la escena de la playa. Motochika abrazando al heredero del Clan Date... Motochika abrazándolo a él entre la maleza y diciéndole que ya no podía estar a su lado. Que nunca había podido.
El estoico señor de Aki sentía que su alma se quebraba en pedazos, y que cada pedazo demoraba una eternidad en separarse del todo y caer al suelo; tan fuerte era su agonía, que no había podido probar bocado los primeros días luego de regresar del concilio en Kyuushu.
Luego, movido por la debilidad y el hambre, había retomado sus comidas, pero no parecía disfrutar nada. Parecía que todo le daba igual.
A lo largo de esas tres semanas, todas las noches había tenido sueños y pesadillas entremezclados donde el pirata que tanto amaba lo conquistaba una y otra vez, y con la misma celeridad lo abandonaba.
Incapaz de soportar aquel sufrimiento, esa noche había decidido no dormir y meditar largamente qué iba a hacer de ahora en adelante.
La respuesta... No había respuesta.
Amaba con ternura al pirata, con un sentimiento que había conocido y descubierto con él. No era sólo deseo; en verdad estaba profunda, intensamente enamorado de Motochika. Cada noche que había pasado con él había sido tan efímera pero eterna... El pirata le había enseñado lo que era amar con pasión, le había enseñado a sentir. No podía simplemente olvidarlo. Años de su vida se habían ido en esa aventura. Era muy joven cuando conoció a su tan llamado antagonista, y desde aquel momento había quedado bajo el hechizo del Demonio.
Pero el mancebo Masamune aparecía entonces. Era más joven que Mouri, tenía verdadera actitud, verdadera personalidad. ¿Sería cierto lo que Motochika había dicho? ¿Se había decidido antes de conocer al Dragón, o después?
¿No le agradaba su forma de ser? Mouri no lograba ser de otra manera, no podía hacerlo. Lo habían educado así.
Por años se había convencido de que si el pirata lo amaba era porque justamente le agradaba. Pero quizás no era tan así. Quizás sólo le gustaba domarlo, sentir el control sobre él. Mouri no tenía posibilidades contra Motochika, y no porque no tuviese fuerza, sino porque ésta lo abandonaba cuando lo tenía enfrente. Su usual carácter, con su eterno silencio y sus miradas despectivas, cambiaba por completo cuando estaba a solas con él. Se volvía sumiso y entregado, desesperado casi por el violento erotismo desplegado por el pirata.
Sí... Definitivamente estaba enamorado de Motochika. Locamente enamorado de él.
El sol comenzaba a asomarse por el horizonte cuando el líder de Aki pudo controlar su llanto. Ya no sentía ganas de llorar, pero una infinita tristeza se había apoderado de su pecho.
Su apatía acostumbrada ahora se teñía de desdicha, lo que no pasó desapercibido para ninguno de los seres que lo rodeaban, una vez que logró levantarse del almohadón y bajar a desayunar.
Myoukyuu comió en silencio a su lado.
–¿Te sientes mejor hoy, Motonari-sama? –preguntó, luego de un largo rato.
–¿Cómo sería sentirse bien? –respondió lacónicamente el amo, aunque sin modificar su adusta expresión. Era la primera vez en días que le dirigía la palabra.
–Si puedo hacer algo para ayudarte, no dudes en pedírmelo –dijo con mucha dulzura, haciendo caso omiso de la agresiva respuesta de su marido. Tras unos minutos más en silencio, éste la despachó.
–Puedes retirarte.
Myoukyuu hizo una suave reverencia y se levantó despacio. Su embarazo estaba bien avanzado; pronto daría a luz al esperado heredero de Mouri.
El hombre de verde la observó mientras salía, y una súbita puntada hirió su corazon. Sólo por su deber, por el bien de la antiquísima casa de Mouri, iban a traer a un niño a un matrimonio sin amor. Él mismo había nacido en el seno de una familia acuciada por los deberes y sin demasiado afecto; no era propio de la gente de bien el demostrar sus sentimientos. Sin embargo, Mouri había conocido el amor, el verdadero amor que quemaba sus entrañas... y ese amor no estaba en su mansión.
Era el mediodía y el amo se encontraba tomando su almuerzo en soledad, cuando uno de sus sirvientes le trajo la noticia de una visita.
–¿Visita? –Mouri dejó su comida y se levantó. No tenía ánimos para sorprenderse, aunque sí le causaba curiosidad–. Háganla pasar. Me vestiré.
Ataviado con uno de sus trajes más elegantes, se dirigió a su salón de conferencias. Era el lugar donde tanto había estado meditando la noche anterior. Cuando ingresó, se encontró con la persona que menos esperaba.
–Saludos, mi estimado Motonari-kun –aquella persona se puso de pie y se inclinó respetuosamente–. Como dicen las leyendas, el señor de Aki trae consigo el brillo del sol.
Mouri lo tomó como una pésima broma. Su rostro estaba gris y apagado desde hacía mucho.
–Takenaka Hanbei... –susurró, dirigiéndose a sus almohadones y sentándose delicadamente en ellos–. Hace años, literalmente, desde la última vez que nos vimos.
El hombre de cabellos claros le sonrió con sus labios sonrosados. Su mirada purpúrea era hipnotizante, pero tenía un brillo malévolo acentuado por el antifaz color violeta.
–Sí... desde que mi estimado conoció al señor de Shikoku. A veces creí que era él quien no te permitía verme –sonrió con hipocresía una vez más, disimulando una risita.
–¿Por qué? –preguntó el de verde, visiblemente ofuscado.
–Porque pocas veces te encontré en éste, tu hogar, y cada vez que venía me despedían diciendo que estabas ocupado con la visita de Chousokabe-kun.
Mouri suspiró muy despacio. Ya bastante dolido estaba por sí mismo, no necesitaba que el amanerado estratega de Toyotomi echara sal en su herida.
–Diga su asunto –ordenó, con un tono de voz que no admitía concesiones.
El silencio de Hanbei irritó al daimyo.
–Si no tiene nada importante que decir, entonces... –empezó, pero el otro lo detuvo levantando su mano enguantada.
–Tal vez no sea prudente decirlo aquí, con la cantidad de oídos que puede encontrarse entre la servidumbre –interrumpió Takenaka–, pero estoy al tanto de tu... episodio, en la Isla Kyuushu.
Mouri palideció al escuchar eso.
–Sé que te encontraron desmayado en la selva que rodea al poblado de Shimazu, y también sé que de ese mismo lugar vieron salir al Demonio de los Mares.
El anfitrión se quedó pasmado unos momentos, tratando de mantener su pose ante el perspicaz estratega.
–Los asuntos de las tierras de Shikoku me interesan, las alianzas se están rompiendo; pero poco despues de mi charla con Chousokabe tuve un golpe de calor –dijo, analizando cada ademán del hombre frente a sí–. No es algo de gran importancia.
–¿Tan nervioso te pusieron esas discusiones? –cuestionó Hanbei, ladeando un poco la cabeza.
El de verde arrugó el ceño ante la pregunta, le inquietaba cuánto pudiera saber el aquel otro.
–Como podrá notar, el clima de esta tierra no es comparable con el de las tierras de Shimazu, tan sólo no estoy acostumbrado –finalizó, viéndole con una mirada afilada y llena de desconfianza.
–Oh, entiendo –replicó el estratega, sonriendo tan cadenciosamente que puso aun más nervioso al señor feudal–. Bueno, entonces dejaré ese asunto a un lado.
Mouri agradeció aquello en silencio.
–Pero no puedo evitar observar –continuó Hanbei, para desgracia del daimyo–, y realmente me ha llamado la atención, la naciente amistad entre Chousokabe Motochika y Date Masamune, el nuevo líder del Clan Date.
El hombre apretó los puños con fuerza, tratando de controlar el golpe de ira y tristeza que le invadía. La lengua de serpiente de su visita estaba acabando con su paciencia.
–No veo como eso pueda tener algo que ver conmigo –contestó al fin, en el tono más calmado que el remolino de emociones en su pecho le permitió.
–Tiene mucho que ver, mi estimado –la forma en que el hombre de cabellos blancos pronunciaba ese "mi estimado" molestaba grandemente al anfitrión–. No creas que he olvidado las rencillas entre Aki y Shikoku. Sé que la Casa de Mouri ha querido expandirse durante muchos años. Tú has logrado someter, desde tu juventud, a toda el área de Chuugoku... ¿Por qué detenerte ahora? Tus tratos con Chousokabe podrían permitirte acercarte más a la ansiada isla que toda tu familia añoró dominar. Y si el Demonio de los Mares cuenta con la ayuda del Dragón Tuerto de Oushuu, ese objetivo se presenta como muy difícil de conquistar.
El daimyo se sintió estúpido al notar que, desde su "relación" con Motochika, había dejado de lado las ansias de conquistar sus tierras. Si bien se lo había pedido al pirata, había sido sólo para tenerlo cerca. Sin tener una respuesta coherente, Mouri replicó:
–¿A qué quiere llegar, Takenaka Hanbei...?
–Únete a nosotros, al Ejército de Toyotomi... Mi señor Hideyoshi se está expandiendo, los concilios que organizan los daimyo que aún no han probado su puño son inútiles, nadie tiene la fuerza para oponérsele... –Hanbei estrechó su mirada violeta–. Únete y conservarás todos tus territorios, no planeamos arrebatarle nada a nadie... y hasta quizás podamos lograr que te anexes unos más –sonrió, haciendo una delicada reverencia con la cabeza.
El silencio del líder de Aki estiró más la lengua del estratega, que volvió a hablar pero en voz baja.
–La amistad del Demonio y el Dragón no es sólo eso, Motonari-kun... Estoy seguro de que tú también lo sabes.
–¿Qué le hace pensar que necesito de una alianza para expandir mis tierras? –contestó, con aires de no querer admitir la fuerza de Toyotomi–. Aunque debo reconocer que me intrigan sus fuentes de información...
–Qué me hace pensar eso... –murmuró Hanbei, ladeando la cabeza de un lado al otro con ademán juguetón, como si dudara–. En principio, mi estimado se halla muy cambiado. Estás mucho más delgado de lo que recuerdo y tu rostro luce muy cansado, como si no hubieses podido dormir por días. Jamás he despreciado tu gran fuerza de voluntad, pero incluso el hombre más fuerte necesita reposo y puedo ver que no lo estás teniendo –hizo una suave pausa–. Ahora, con respecto a mis fuentes... Por algo son secretas –se encogió de hombros con sutileza.
Mouri se quedo analizando la respuesta del otro. Le picaba una gran curiosidad por saber qué era lo que en realidad pasaba entre el Dragón y su amado Demonio, pero no podía simplemente pedir la información sin dar nada a cambio.
–En cuanto a mi apariencia, le recuerdo que pronto seré padre y la situación amerita que pase noches en vela –mintió–. Y respecto a lo otro... No entiendo a qué se pueda referir con que la amistad de los señores de Shikoku y Oushuu es otra cosa...
Hanbei suspiró, con actitud de cansancio y desinterés.
–Motonari-kun, tú ya tienes mis condiciones –le otorgó una sonrisa amable pero irónica.
El líder de Aki comprendió entonces que las palabras de Takenaka tenían un precio. Al cabo de un rato de darle vueltas al asunto, accedió.
–Aceptare una alianza... temporal. Pero a cambio quiero acceso a su información –guardó silencio unos instantes y terminó con un tono oscuro y bajo–. Y, de considerarlo una amenaza… también a Date Masamune.
Un destello maligno iluminó los ojos del delicado Hanbei. Sonriendo una vez más, sus labios se curvaron en una mueca que daba más miedo que confianza.
–Todo lo que necesites, mi estimado Motonari-kun.
Sin perder un minuto, hizo firmar a Mouri un tratado de alianza. Éste tomó su anillo, el que había dado a Motochika una vez, y selló su acuerdo con él.
Mientras las intrigas se urdían en la lejana provincia de Aki, el Demonio y el Dragón habían firmado otra forzosa separación y se hallaba cada uno en su hogar para el momento en que Takenaka Hanbei visitaba al debilitado Mouri.
El pirata, sin embargo, había encontrado a su regreso a la corte de Shikoku, que era pequeña pero influyente en la vida de la isla. La misma, compuesta por los más ancianos miembros del Clan Chousokabe, le traía ahora una nueva preocupación: la sucesión del liderazgo de la isla.
A tal fin, habían realizado una larga pesquisa en su ausencia, y la elegida había resultado una de las hijas del Clan Saitou. Nana, muchacha jovial y llena de energía, esperaba ansiosamente para conocer a su prometido.
Si bien tomar a una mujer y dejar la semilla de un futuro no suponía ningun problema para el señor de Shikoku, a esas alturas no deseaba tocar a nadie más que al ferviente Dragón. Por eso, aunque Nana era muy bonita y atlética, de piel lozana y cabellos oscuros y cortos, atados en una coleta baja, no despertó en él ninguna clase de interés.
Al principio, cuando le presentaron a la doncella y alabaron todas sus cualidades, Motochika sintió el impulso de negarse; pero no tenía ningún motivo válido para hacerlo, o al menos los ancianos del clan no lo habrían tomado así. No podía decirles a ellos que no quería una esposa o un hijo, que pondría en peligro el futuro del clan... por un hombre.
Los engranajes de su interior comenzaron a moverse y comprendió entonces la desesperación y el dolor de Motonari.
No era culpa de la joven estar atrapada en un compromiso, pues así lo dictaban las costubres, por lo que se porto de lo más normal tratando de esconder su desprecio. Aunque en ningún momento pudo mirarla fijamente, en otros tiempos le habría saltado encima a la primera oportunidad, como a cualquier otra mujer que habia conocido en sus viajes.
Cuando los ancianos los dejaron solos para que bebieran té y hablaran mejor, Nana se apresuró a atenderlo con una buenísima disposición. Llevaba puesto un hermoso kimono rosado con detalles en blanco.
–Aquí tiene, mi señor –dijo alegremente, estirándole una taza de té.
Motochika aceptó sonriente. Miraba a la muchacha, parecía que apenas había alcanzado la madurez y podía notar que se esforzaba enormemente por hacer las cosas sin arruinar nada, su sonrisa escondia una tonelada de nervios. Recordó de pronto el momento en que había conocido a Mouri, hacía diez largos años, cuando él tenía diecisiete y Motonari, veinte. Por alguna razón que no lograba comprender, veía a Mouri en todo y en todos.
Suspiró pesadamente, volviendo a ese estado de melancolía que tanto detestaba. Tenía toda la disposición para avanzar y seguir con su vida, pero su subconsciente se aferraba desesperadamente a su recuerdo.
–¿Motochika-sama? –llamó la joven, mirándolo con curiosidad.
Sacado como de un sueño, el aludido volteó distraído, con un montón de cosas ocultas en su semblante.
–Le he preguntado si disfrutó su viaje.
–¡Ah! –reaccionó volviendo al presente–. Una muy agradable estadía... –dijo, sonriendo lleno de amor al pensar en la persona que había dejado ahí. Luego de unos segundos de sentirse estúpido por pensar como un adolescente, agregó–: Reuniones aburridas, peleas, nada nuevo.
–Parece que mi señor disfruta mucho viajando –observó Nana, mirando todas las armas y recuerdos que adornaban la habitación. Eran de diversos diseños y procedencias, de culturas que ella quizás no podía ni imaginar–. ¿Alguna vez me llevará a conocer el mundo, si nuestros destinos se entrelazan?
Una sensación amarga se depositó en el pirata. Uno de sus deberes como señor de Shikoku era traer un heredero, y como hombre que era también hacer feliz a la otra persona que lo haría posible, pero el mar... La única cosa que lo hacía libre.
–Dicen que es de mala suerte llevar mujeres a bordo –contestó, tratando de no sonar hiriente–. Pero si nuestro destino es estar juntos... Creo que no debería haber problema alguno –se giró hacia a la ventana, resignado a que pronto perdería todo lo que le hacía ser él mismo.
–¡Qué cruel! –exclamó la chica, haciendo un puchero–. ¿Cómo que de mala suerte? Los marineros tienen costumbres muy extrañas.
El resto de la tarde transcurrió en calma. Nana se retiró antes de la hora de la cena y dijo habérsela pasado "estupendamente", para horror de los cortesanos que la acompañaban. La vivacidad de la jovencita y su poco interés por la conducta apropiada de una señorita la hacían una excelente candidata para el indomable Chousokabe, a ojos de la corte de Shikoku.
Los ancianos esperaban una respuesta afirmativa por parte del pirata, no había muchas opciones aun si la rechazaba y el tiempo ya no era algo que estuviera a su favor.
–Como sabes, Motochika, este año cumplirás veintisiete años. Ya has esperado demasiado tiempo para contraer matrimonio –comenzó el más viejo de todos, una vez que se sentaron a cenar.
–Por veinte generaciones antes que tú, ni uno solo de los daimyo de Tosa ha faltado a su deber. Esperamos que no quieras ser el primero –comentó otro, que hacía largas pausas para comer.
Motochika suspiraba en silencio con cada ataque de los hombres. No era que deseara traicionar sus tradiciones, pero había encontrado quien llenara su necesidad de aventura por primera vez, y no sería capaz de explorar ese mundo.
Tras varios minutos sin probar bocado alguno y después de lo que parecieron cientos de suspiros, habló:
–¿Cuál es la fecha límite de la boda?
Para todos ese era un claro "Acepto", a lo que sonrieron contentos empezando con planes e invitaciones, anuncios y fiestas. Motochika sólo dejó caer su cara contra la pequeña mesa que tenía enfrente.
Sólo uno de los ancianos protestó al oír aquello.
–¿Cómo que fecha límite? –exclamó–. ¿Piensas embarcarte de nuevo en esa loca aventura tuya de conocer Occidente?
Los demás miembros del clan se callaron automáticamente al escucharlo. El pirata levantó la cabeza y limpió la comida que se le había pegado en la frente.
El viejecillo, sentado al otro extremo del cuarto, dejó su bol de arroz sobre su propia bandeja y siguió increpando al joven daimyo.
–No olvidaremos nunca que gracias a tu esfuerzo toda la región de Shikoku está bajo el dominio de los Chousokabe, y es la razón más importante por la que hemos pasado por alto el incumplimiento de los plazos de tus deberes. Pero no has producido ningún cambio significativo a la provincia en los últimos tres años, por lo que creo que es más prudente que sientes cabeza de una vez y hagas lo que tienes que hacer.
Nadie dijo nada por unos minutos, todos estaban expectantes por ver cuál sería la respuesta de Motochika. Era bien sabido que, si alguien podía poner al pirata en su lugar, ése era su abuelo Kanetsugu. Luego de la muerte de Kunichika, el padre de Motochika, el viejo se había convertido en el principal consejero del joven, y quien más lamentaba la pérdida del ojo izquierdo de su nieto.
El pirata conocía bien a su abuelo y sabía que todo era por un bien mayor, pero corría la misma sangre por ambos, ¿por qué no comprendía su deseo de libertad? Suspiró una vez más y se levantó, dando la espalda a todos en la sala.
–Cumpliré mi deber cuando los sabios digan que es hora, no planeaba hacer un viaje largo, tan sólo despedirme de lo último que queda de mí... –estaba molesto–. Si no hay tiempo para eso, entonces lo dejaré de lado.
Salio dejándolos a todos perplejos, no se había quejado ni puesto pelea a su abuelo.
–Motochika –llamó fríamente el anciano.
Él se detuvo en seco, sin voltear.
–Tu imprudencia ya te ha costado cara una vez –se tocó el ojo izquierdo. Aunque su nieto no podía verlo, sabía perfectamente de qué estaba hablando.
El hombre tragó duro y continuó su andar. Él, mejor que nadie, lo sabía.
Un par de horas más tarde, cuando la mayoría de la casa se había retirado a dormir, el anciano Kanetsugu visitó al pirata en su habitación. Traía una vasija de sake en una mano y dos choko relucientes en la otra.
–Te traigo este sake como ofrenda de paz –le dijo, acomodándose luego de que Motochika le hubiese preparado unos almohadones para sentarse.
–Jo... –sonrió apagado–. Espero que sea el mejor sake, viejo.
Su abuelo, aunque era severo, lo había sacado de más de un apuro. Sabía perfectamente que no era el enemigo y jamas despreciaría un buen sake en compañia de un buen hombre.
–El mejor de todo Shikoku –sonrió el viejo, mientras el pirata servía para ambos. Luego de dar unos escuetos sorbos a su copa, miró fijamente a su nieto–. ¿Qué es lo que pasa, Motochika? A mí me lo puedes contar. Sabes que puedes confiar en mí.
El joven desvió la mirada algunos segundos. Kanetsugu suspiró, cansado.
–Todavía recuerdo cuando viniste a contarme aquella vez que habías conocido a una persona encantadora. Creo que conté años en los que vi que tu felicidad se debía a ese encuentro. ¿Qué ha sucedido?
Chousokabe tragó duro, bebiendo su sake de un solo golpe. Recordaba haber compartido aquello con su abuelo, pero nunca le había mencionado de quién se trataba.
–Las cosas no salieron bien al final, parece que no eres el único que piensa que soy un bastardo –replicó, riendo.
–Nunca he pensado nada así –contestó el viejo, enojado–. No sé por qué te empeñas en decir eso de ti mismo.
El joven hombre, aún un niño para los ojos de su abuelo, lo miró seriamente. Por un momento pensó en soltar toda la sopa tan sólo para probar que realmente era un maldito, pero aun si omitiera los nombres o géneros de las personas implicadas, le traería demasiadas complicaciones. Al ver la duda en Motochika, Kanetsugu insistió con voz afectuosa.
–De mi boca no saldrá palabra alguna. Me iré a la tumba con tus secretos, como siempre te he prometido.
Realmente no tenia escapatoria.
–Espero tengas más de este sake –dijo, en tono casi juguetón–, será una larga noche.
Empezó su relato por donde debía, en Aki... y para el final, al amanecer, le hablaba del Dragón al que ahora quería llamar dueño de sí.
Kanetsugu cabeceaba peligrosamente, cansado por el trajín del día y por lo achacoso de su edad, pero escuchó con atención cada una de las palabras de su nieto.
–Debo decir, mi querido Motochika, que en cierto punto ya no logro distinguir dónde eres arrojado y dónde estúpido.
El joven se carcajeó.
–Concuerdo contigo, viejo –dijo, acostándose en el suelo boca abajo para esconder la cabeza entre sus brazos. El sueño también le invadía a él. No pedía comprensión o aprobación por parte del anciano, tan sólo esperaba no ser juzgado severamente. Cuando el sueño le vencía, susurró suavemente–: Quiero verlo una vez más... –dejando al abuelo en la tierra de la consciencia, preguntándose a quien de los dos daimyo se refería.
Kanetsugu estiró la mano y acarició su cabello cano suavemente. De pronto, sujetó fuertemente un mechón de pelo y le dio un tremendo sacudón.
–¡Arriba, perezoso! –exclamó.
–¡Qué demonios...! –gritó, sin poder enfocar la mirada y llevando automáticamente su mano a donde debía estar su arma.
–¿Has pensado siquiera en todo lo que me has contado? –le reprendió.
–¿De qué hablas? –bufó, incorporándose mientras sobaba su cabeza por el dolor del jalón de cabellos.
–Mouri Motonari no es una persona que otorgue muchas concesiones –meditó Kanetsugu, estirando el choko para que le sirviera más aguardiente–. Creo que podrías considerarte con suerte de que no te haya despedazado, luego de todo lo que le has hecho.
Motochika volteó los ojos en molestia, claro que lo había pensado.
–La guera se acerca, abuelo... Creo que se las cobrará todas en un solo ataque –dijo riendo desquiciadamente, apenas comprobando que era una gran posibilidad.
–Aunque no me complace en nada que prefieras la compañía masculina, ya eres lo suficientemente adulto como para comprender las consecuencias de tus acciones. Y no me priva ello de poder darte un sermón, pues sea hombre o mujer el objeto de tu interés, hay cosas que no se le deben hacer a una persona, y menos a una que te quiere con locura, como tú mismo me has descrito.
–No lo hice con intención, viejo... Pensé realmente que lo que decía era verdad, mejor que nadie deberías saber que no soy alguien que disfrute de mentir –reconoció, pensando que todos sus problemas se los había causado por no medir su lengua.
–Entiendo que te asuste perder tu libertad –murmuró el anciano, observándolo con ojos cariñosos–, pero llega un momento en la vida de todo hombre en que debe comenzar a responsabilizarse de sus actos.
El joven pirata le dedicó a su abuelo la sonrisa mas sincera que podía dar, pero inundada de tristeza. Si la situación fuese otra, en esos momentos daria su libertad, sus posesiones, incluso su vida, por estar con el Dragón.
–No estoy huyendo, ya te lo he dicho, aceptaré a la niña ésta aunque no me complace traer un hijo al mundo en tiempos de guerra –reflexionó, con una mueca de preocupación.
Kanetsugu bebió de su sake con lentitud y luego observó a su nieto con ojos cómplices.
–Quizás, y sólo quizás, podamos hacer un arreglo en cuanto a las fechas –deslizó, con una sonrisa pícara.
Ahí estaba de nuevo su gran abuelo, sacándolo de otro lío en el que él mismo se había metido.
El pirata casi brincó de júbilo y se vistió rápidamente, estaba dispuesto a partir en ese preciso momento si era posible.
–Momento, Motochika –lo detuvo el viejo–. ¿Adónde crees que vas?
–Oushuu –fue todo lo que dijo el tuerto, que miraba al viejo como si ésa fuera la respuesta más obvia del mundo.
–Y de nuevo te arrojarás estúpidamente a una decisión relámpago –refunfuñó Kanetsugu, jalando los pantalones de su nieto hasta que lo hizo caer sentado. Una vez a su alcance, sujetó una de sus orejas con fuerza y tironeó de ella sin piedad–. Te vas a quedar aquí al menos una semana a pensar bien en lo que vas a hacer, que ya casi no te vemos en la casa.
El pirata gimoteó, haciendo ademanes de berrinche. Luego se quedó muy quieto.
–Gracias...
Kanetsugu sólo sonrió amablemente y pidió ayuda para levantarse.
–Una cosa más –dijo, cuando Motochika le ayudó a ponerse de pie–. Puedes dormir hasta la hora que gustes. Toma tu comida a la hora que quieras. Sólo por hoy –finalizó, saliendo lentamente de la habitación.
