Aquellas tres semanas transcurrieron por igual en Oushuu. El amanecer de un nuevo día encontraba a un Dokuganryu cansado, con cierta dificultad para mantener sus ánimos.
A pesar de que había logrado reponerse del duro golpe de haber perdido a su padre, nadie imaginaba el intenso y profundo dolor que esto le significaba.
Kojuurou había estado a su lado, como cada vez que lo necesitaba, como toda vez en que su amo no lograba sacar energías para seguir adelante. El estratega cuidaba de él como lo había hecho siempre, siendo su ojo derecho y convirtiéndose en su fuerza.
Pero había algo que nadie había tenido en cuenta... Algo que Masamune se esforzaba por ocultar, algo que intentaba olvidar constantemente. Una pequeña comitiva regresaba de un viaje en aquella jornada que amanecía de un gris enfermizo.
–Yoshihime-sama –saludaban los criados a la madre del Dragón, mujer madura pero lozana, quien iba rodeaba por sus sirvientas.
Detrás de ella, una joven muy hermosa y vestida de blanco que llevaba de la mano a dos niños, uno a cada lado de sí.
–Megohime-sama –saludaban a ésta. Ella sonreía afectuosamente mientras avanzaba.
Date las vio llegar, seguidas por guardias y doncellas, y suspiró con resignación. Tenía la cabeza apoyada en la mano, y el codo en el marco de la ventana. Una expresión entre sufrimiento y hastío se apoderó de su rostro, pero era mayor el tinte de triste conformidad.
–They have arrived... –dijo para sí, arrancándose de la ventana y saliendo de la habitación.
Ya era casi hora de almorzar y la presencia del joven tuerto era requerida en el salón; hacía casi un año que las dos mujeres habían partido y seguramente tendrían mucho de qué hablar.
Entrando al comedor, Date se sorprendió de que su madre y la joven lo observaran fijamente. Yoshihime, poco acostumbrada a tener cerca a su hijo mayor, sólo le dirigió una mirada reprobatoria.
–Parece que hubieses visto un fantasma –regañó, cubriéndose la boca con la mano–. ¿Qué te pasa, que vienes con esa cara enfermiza?
–Es la única que tengo –replicó él, con mal tono.
Megohime lo observó, aunque nada delató lo que estuviese pensando. Masamune dio beneficio a la duda y se acercó a ella, sentándose a su lado. Tomando una de sus manos, la llevó hasta sus labios y la besó despacio.
–Qué bueno es verte de nuevo, Bontenmaru-sama –dijo ella, mirándolo afectuosamente–. Te eché mucho de menos.
–También yo a ti –murmuró Date, dando un corto beso en los labios a su mujer.
–Hidemune y Tadamune te extrañaron mucho también. No pasaba un día sin que preguntaran si ibas a ir a reunirte con nosotros.
–Sabes bien que no podía hacer eso –replicó él, ofuscado, soltándola y volviéndose hacia su comida–. Estaban a salvo allá; ¿por qué regresaron? ¿Acaso no saben que hay rumores de guerra?
–Megohime no dejaba de decir que le hacías falta –intervino Yoshihime, comiendo con mucha elegancia, aunque su voz sonó muy despectiva–. Hubo que complacerla, a fin de cuentas.
–No sea así, madre –sonrió la muchacha–. Sabe que los niños también lo echaban mucho de menos.
–Al menos no intentaste envenenarla para que no te molestara, ¿eh? –la voz de Masamune era fría y estaba llena de rabia.
Yoshihime abrió mucho los ojos, aunque no modificó su desabrida expresión.
–Dispénsenme –dijo de pronto, levantándose–. Comer junto a este bárbaro siempre me quita el apetito.
Cuando la alta mujer hubo desaparecido detrás de la puerta, Date gruñó ahogadamente e, incorporándose en su lugar, levantó en vilo la bandeja con su comida y la arrojó contra la pared que enfrentaba. Megohime se cubrió la boca con ambas manos. Sus ojos estaban llenos de susto y tristeza.
Masamune respiraba agitado, envilecido, su único ojo era una llamarada de odio. La joven esposa se apresuró a levantarse y lo abrazó fuertemente, tratando de contenerlo.
–No, Bontenmaru-sama, no la escuches... –rogaba, dando tiernos besos en la mejilla a su marido–. Sabes que nunca cambiará, nunca dejará de ser así contigo... Ya hemos hablado mucho de esto... Lo único que debes hacer es ignorarla...
–No puedo hacerlo, ¡no puedo! –bramó Date, temblando de ira–. Megohime, ¿es que no lo ves? ¡Trata de mortificarme de cualquier forma posible, y lo está logrando! No le bastó con marcarme como a un miserable, como a un inútil, cuando perdí mi ojo... ¡Como si yo hubiese querido ser tuerto! No le alcanzó... Quiso quitarme mi lugar en la sucesión, me obligó a casarme apenas entré en la adolescencia, trató de envenenarme y me empujó a asesinar a mi propio hermano... Y ahora intenta hacer que pierda el control cada vez que la tengo enfrente, ¡y lo está logrando!
–Por favor, Bontenmaru-sama... –rogó la joven.
–Está buscando que le corte la cabeza a ella también... –masculló él, respirando pesadamente–. Si no lo he hecho ya, es porque así ya no sufriría más... y no voy a cargar con su muerte mientras ella descansa pacíficamente...
Alertado por el escándalo, Kojuurou había llegado al trote. Sabía que el encuentro entre Yoshihime y Masamune iba a terminar mal, pero no había imaginado que su amo perdería los estribos de esa manera.
–¡Kojuurou, ayúdame, por favor! –pidió Megohime, desesperada.
–Cálmese, Masamune-sama –el estratega lo sujetó por los brazos. La joven le acariciaba el rostro y el cabello tiernamente.
–Ojalá... Ojalá mi padre estuviese aquí... –lloró el joven daimyo, derramando hirvientes lágrimas sobre el suelo de madera pulida–. El único motivo por el que me desafía tan abiertamente es porque él ya no está para detenerla...
–Megohime-sama, por favor, atienda a sus niños –pidió Kojuurou muy amablemente a su patrona–. Escucho que la llaman.
–Deben querer ver a su padre... –murmuró ella, cubriéndose nuevamente el rostro con las manos.
–Sabe que no pueden verlo en este estado –la voz del criado era severa, pero estaba cargada de dolor.
–Sí... –Megohime suspiró, afligida–. Cálmate, ¿sí, querido? Kojuurou va a cuidar de ti...
Tras dar un largo y tierno beso a su joven esposo, la muchacha se retiró. Masamune al fin se aflojó y cayó sentado, aún preso por las manos de Kojuurou.
–Ya... Ya puedes soltarme –dijo, desviando la mirada.
El hombre obedeció y se arrodilló a su lado.
–Masamune-sama...
–Esto no es sólo por mi padre... –sollozó, restregándose la nariz con la manga de su traje.
–Es por él, ¿verdad? –susurró el sirviente, frunciendo levemente el ceño.
–No sé qué voy a hacer... –Date se abrazó a sí mismo–. Quiero a mi esposa y a mis hijos... ¿Cómo no voy a quererla, si hace siete años que comparte su vida conmigo? Pero la llama que alimentaba mi amor por ella se está apagando... Siempre fue una llama débil, fue un matrimonio al que me forzaron, y aunque aprendí a amarla con el tiempo, nunca podré sentirme por ella como me siento por... por él...
Se restregó la nariz nuevamente.
–A él yo lo elegí, no me lo impusieron... Es la primera persona a la que he amado con total entrega...
Kojuurou observó a su amo, debilitado y dolido, y sintió una enorme congoja en su corazón. ¿Qué podía hacer él para aliviar su sufrimiento?
Luego de un largo rato, Masamune había acabado cediendo a los insistentes ruegos de Kojuurou y se había acostado, siendo guardado sólo por la vigilante mirada de su sirviente. Le había preparado un té con hierbas especiales, las que habían sumido al joven tuerto en un sueño pesado pero intranquilo.
De rodillas junto al futón, Katakura lo observaba con ojos llenos de afecto y compasión, mientras recordaba la infancia de su señor y el bienaventurado momento en que lo habían puesto bajo su cuidado.
El pequeño era llamado por sus nanas y por los demás sirvientes como "Bontenmaru-sama". Ese nombre lo había elegido su madre cuando estaba embarazada de él, siendo "Bonten" un objeto divino en el Budismo, y "maru" un apelativo muy afectuoso para con un niño. Sí, Yoshihime estaba muy ilusionada con su primer embarazo y esperaba grandes cosas de su primogénito, al que deseaba cuidar con todo su amor para que creciera y fuera el digno heredero del Clan Date.
Mas, en su tercer año de vida, Bontenmaru había contraído viruela, y la única secuela de aquella enfermedad fue la inesperada pérdida de su ojo derecho.
Yoshihime pasó entonces de la adoración a la más aborrecible aversión. Detestaba ver el rostro deformado de su hijo y había ordenado que no permitieran que el pequeño se acercara a ella. Un hijo deforme y enfermizo no podía ser el gran heredero que ella esperaba. Con aquellos negros pensamientos, encerró al niño en una de las grandes dependencias de la mansión y dejó que niñeras y criados se encargaran de él. Su primogénito fue criado, por ende, malacostumbrado y consentido, hasta que Katakura se puso en su camino.
Kojuurou recordaba muy bien aquel día.
–Kagetsuna, así no, debes ahuecar la mano para no dañar los tubérculos –decía un hombre de cabellos lacios y teñidos de gris, peinados hacia atrás y con un gran pañuelo sobre la cabeza. Iba vestido de color ocre.
–¿De esta forma, padre? –preguntaba el joven, que llevaba ropa similar pero de color verde claro.
–Sí, muy bien –aprobó el otro, con una amplia sonrisa. Su hijo, de ojos de un verde parduzco, devolvió el gesto con toda naturalidad. Un galope de caballos se aproximaba, y ambos giraron la cabeza en dirección al lugar de donde provenía el sonido.
Una larga fila de animales, montados por esbeltos guerreros vestidos de azul, se acercaba al poblado. Los demás campesinos hacían respetuosas reverencias a los samurai que pasaban. El que lideraba la marcha se detuvo junto a la casa de madera y paja donde el hombre y su hijo cultivaban.
–Kagenaga –llamó, descendiendo presto de su montura. Otro de sus soldados tomó las riendas de su caballo.
–Mi señor –el viejo se arrodilló. Su hijo lo imitó.
–No es necesaria la formalidad –dijo el guerrero–. ¿Cómo has estado? ¿Ya sanó tu herida? –preguntó, observando la cicatriz que adornaba el rostro de su vasallo, debajo de su ojo izquierdo.
–Sí, mi señor. Mis otras heridas se han cerrado también.
–Me alegro mucho. ¿Cómo ha estado tu familia? ¿Les sirvió todo lo que les envié?
–Por supuesto. Kagetsuna se ha ocupado de todo mientras me recuperaba y hemos hecho buen uso de su generosidad.
–Es bueno saberlo –comentó el guerrero, desprendiéndose de su casco. Tenía cabello lacio, largo hasta los hombros, desordenado y de un suave color marrón. Sus ojos parecían dos trozos de cielo, brillando en un azul profundo–. He venido a solicitar el honor de tu presencia en mi casa. Necesito tratar un asunto contigo y con tu hijo.
–Iremos de inmediato –accedió Kagenaga–. Kagetsuna, ve a vestirte.
–Sí, padre –dijo el muchacho, quitándose la bandana y dejando al descubierto su cabello negro y oscuro, atado en una coleta baja.
Una vez que ambos estuvieron arreglados y limpios, acudieron a la mansión del guerrero. Éste ya había regresado y los esperaba en un salón amplio.
–El honorable Katakura Kagenaga y su hijo, Katakura Kagetsuna –anunció uno de los vasallos del señor, dejando pasar a los convocados.
Kagenaga y su vástago se arrodillaron respetuosamente ante su amo y se sentaron sobre los almohadones que habían dispuesto para ellos.
–Gracias por atender mi llamado –dijo el señor, tomando su larga pipa y encendiéndola–. Realmente necesitaba descansar un poco, luego de tanto trajín. Podríamos haber hablado en tu casa, pero estoy francamente agotado.
–No se preocupe, Terumune-sama –Kagenaga hizo un ademán de cabeza–. Estamos para servirle.
El hombre al que llamaba Terumune era nada más ni nada menos que Date Terumune, el señor de todos ellos y amo de aquellas tierras. Un hombre fuerte y decidido, con una personalidad estoica y firme y una inteligencia prodigiosa. Sus hazañas cruzaban los ríos que separaban a Oushuu de las demás provincias y era temido por su increíble capacidad.
–Kagetsuna-kun –dijo de pronto el señor, dejando que la manga de su traje se deslizara apenas hasta su codo. La piel debajo de la ropa mostraba un largo y elaborado tatuaje que llegaba hasta su mano, probablemente sólo una porción de una obra de arte más inmensa que cubriría su espalda y sus brazos y que terminaba, en su muñeca, con la garra de un dragón.
–Sí, Terumune-sama –respondió el joven, mirando respetuosamente a su amo.
–¿Qué edad tienes ya, veinte, veintiuno?
–Veintiún años, señor.
–¿Y cómo vas progresando en tu aprendizaje? –preguntó Terumune, interesado.
–Mi padre cree que ya estoy listo para sumarme a las fuerzas militares en cuanto sea necesario. También he desarrollado la instrucción en la táctica, estudiando batallas pasadas y ensayando estrategias para el futuro.
–Ya veo –comentó el señor.
–Y, en lo personal, aprendo de él igualmente el oficio de la agricultura –una leve sonrisa llenó su rostro de felicidad–. Es la actividad donde más a gusto me siento, al menos por ahora.
–Me parece muy bien –aprobó Date–. No se debe despreciar el conocimiento, y menos uno que viene de una fuente tan prodigiosa como mi estimado Kagenaga.
El más viejo de los dos Katakura sonrió, halagado.
–Kagetsuna-kun, necesito unos minutos para hablar con tu padre –pidió Terumune–. Pero no te alejes mucho, volveré a llamarte enseguida.
–Sí, señor –el joven hizo una reverencia y se retiró.
–¿Qué es lo que planea, Terumune-sama? –cuestionó Katakura, una vez que su hijo se hubo alejado.
–A decir verdad, creo que ésta será una apuesta. No sé qué consecuencias tendrá, pero necesito ayuda con urgencia y tú y tu familia son los vasallos en quienes más confío.
Kagetsuna caminaba distraído por el jardín, ajeno a lo que los dos hombres conversaban, pensando en cosas que sólo existían en su mente. De pronto, una voz que sollozaba detrás de una enorme estatua llamó su atención.
Intrigado, el joven rodeó el ídolo y se encontró con un niñito, un pequeño de no más de cuatro años, que lloraba apretando sus rodillas y escondiendo el rostro contra ellas.
Conmovido por la escena, Kagetsuna se arodilló junto a él. Imaginando que se trataría del hijo de alguna de las sirvientas, le habló con naturalidad.
–¿Qué te ocurre? –le preguntó, apoyando su mano en el hombro del pequeño. Éste, al sentir el contacto, lo alejó dando un golpe con su manita.
–¿Quién eres tú? –exclamó–. ¡No puedes hablarme así!
La impertinencia del niño sorprendió a Katakura, que no lograba entender lo que sucedía.
–¿Cómo...? –murmuró, preparado para dar un sermón al pequeño, cuando se percató de que tenía la mitad del rostro vendada.
–Mi padre es el señor de Oushuu –se quejaba el niño–, ¡trátame con respeto!
Kagetsuna sintió un tic en su ojo izquierdo.
–Si exige respeto, el joven amo deberá dar respeto por igual –lo regañó.
–¡Ya verás! ¡Le diré a mi padre y te irá mal! –gritó el enano, sacándole la lengua.
El joven no toleró la ofensa y cogió al chico por la oreja, dándole un tirón que no olvidaría por un largo rato.
–Si es el hijo de un señor feudal, debería comportarse como tal –replicó–. ¿Acaso su madre no le ha enseñado nada?
La súbita mención a la mamá hizo que el pequeño se paralizara. Apretó sus labios diminutos y dejó salir varias y grotescas lágrimas de su único ojo visible.
–Mi mamá no me quiere... –sollozó, pasándose la mano toscamente por la nariz.
Kagetsuna sintió un frío que recorría su estómago.
–No diga eso, joven amo –trató de consolarlo con una sonrisa forzada–. Apuesto a que se equivoca.
–No, ella no me quiere para nada –murmuró. No dejaba de derramar lágrimas, pero estaba extrañamente tranquilo–. Me odia, y por eso no quiere que esté cerca suyo.
El joven Katakura sostuvo al hijo de su señor por los brazos.
–Mi padre sí me quiere, pero casi nunca lo veo. Él sí juega conmigo cuando está aquí, me deja quedarme con él. No piensa que le haré nada malo.
Kagetsuna no sabía qué decir. Conocía el hecho de que Terumune y su esposa Yoshihime habían tenido a su esperadísimo primogénito, pero a excepción del nacimiento de la criatura, nada más se había sabido del pequeño en el exterior de la mansión de los Date.
Entre los campesinos se rumoraba que Yoshihime era una mujer fría, pero si lo que el pequeño decía era cierto, era mucho peor que eso. A pesar de que su juramento de lealtad le impedía sentir o desarrollar esa animosidad por sus amos, Katakura sintió un horrible desprecio por la esposa de su señor.
–¿Entiendes, Kagenaga? No sólo estoy apostando por el futuro de mi hijo, sino también del tuyo.
–Lo comprendo, Terumune-sama. Pero mi esposa se va a sentir muy sola si Kagetsuna se aleja de ella.
–Por eso es que te he mandado llamar a ti también –lo interrumpió el señor–. Sé que gran parte de las heridas que te dejó la última batalla sólo han sanado superficialmente. El médico de la corte me dijo que no podrás volver a empuñar una espada.
Katakura tragó muy duro, afligido por aquella perspectiva.
–Juré estar a su servicio por el resto de mi vida, Terumune-sama...
–Y yo consideraré realizado dicho servicio si accedes a mi petición –dijo Date, con voz cargada de afecto–. No te eximiré de tus deberes; sólo quiero que tu hijo los cumpla por ti. ¿Es aceptable?
–Para mí y para mi familia, no hay honor más grande que servirle hasta el fin de nuestros días –Kagenaga hizo una reverencia llena de gratitud y humildad–. Sin embargo, me temo que eso deberá decidirlo Kagetsuna.
–No te inquietes. Me encargaré de que tú y tu esposa tengan todo lo necesario mientras el muchacho esté bajo mi mando. No tendrá que preocuparse de que les falte nada.
–Agradezco de todo corazón su enorme gentileza, mi señor –Kagenaga tenía los ojos tristes aunque llenos de devoción–. Pero, ¿cómo hará usted para convencer a Kagetsuna?
–En el momento en que entre por esa puerta, verás que ya lo habrán convencido –sentenció Terumune, con una sonrisa larga. Su expresión no era exactamente feliz, pero se debía a que era un hombre a quien costaba mucho demostrar lo que sentía.
Cuando fue llamado nuevamente, el joven Kagetsuna tuvo que dejar a la fuerza al pequeño.
–¿Por qué te vas? –lloriqueaba.
–Regresaré enseguida, ya verá usted que sí –decía el muchacho, tratando de desprenderse del niño.
Ingresando ceremoniosamente al salón, se arrodilló nuevamente frente a su amo.
–¿En qué sirvo, Terumune-sama?
–Kagetsuna-kun, creo que ya conociste a mi hijo –dijo el hombre, mirando por la ventana.
–Sí, señor –el joven trató de ocultar la pena que le daba el muchachito.
–¿Qué te ha parecido? –preguntó. Al ver que Kagetsuna se quedaba callado por unos instantes, añadió–: No temas decir la verdad. Soy un padre ausente, y eso se debe notar en el niño.
–Necesita que alguien corrija su carácter –respondió el hijo de Katakura, horrorizando a su padre por su franqueza–. No debe tener más de cuatro años, pero está muy malcriado y no trata a las personas con respeto. Es caprichoso y no puede controlar sus pataletas.
Terumune se echó a reír ante tal muestra de valentía y honestidad.
–Por el contrario –prosiguió Kagetsuna, que no consideraba terminado su examen–, es un niño con una asombrosa magnificencia interior, con una gran sensibilidad. Si se le educa con cuidado, logrará hacer grandes cosas.
Date sólo echó una ojeada interesada al joven y fumó de su pipa con afectación.
–¿Quisieras ser tú quien lo eduque? –preguntó al fin, sin dilaciones.
Los ojos de Kagetsuna se abrieron como platos.
–¿C–Cómo dijo...? –atinó a cuestionar.
–Lo que has oído. Tu padre no puede continuar a mi servicio por su salud delicada, y yo necesito que alguien me ayude con el niño.
El joven miró a Kagenaga, con la sorpresa instalada en su rostro. El hombre le sonrió.
–Es tu decisión, hijo.
–A tus padres no les faltará nada mientras estés bajo mi mando. Te lo prometo.
–No dudo de la veracidad de sus palabras, mi señor –dijo el chico–, pero... me ha tomado por sorpresa.
–¿Quisieras más tiempo para pensar en ello? –ofreció Date–. Aunque no puedo darte mucho...
–No –lo cortó respetuosamente–. No necesito más tiempo. Acepto su ofrecimiento, con toda la gratitud de mi corazón –dijo al fin, agachándose en una reverencia tal que su frente se detuvo a escasos centímetros del suelo.
Terumune sonrió de costado, satisfecho.
–Entonces, desde hoy pasarás a ser mi lugarteniente y el ayuda de cámara de mi hijo –dijo, muy solemne–. Katakura Kagetsuna, desde hoy serás conocido como Katakura Kojuurou. Acepta el nombre que yo te otorgo, junto a mi sincero agradecimiento y mis más hondos respetos.
A continuación, llamó a un sirviente y le ordenó algo al oído. El criado salió velozmente de la habitación. Luego de unos minutos, otro entraba con un largo bulto apretado entre sus brazos.
Apoyando el bulto en el suelo, lo desdobló con cuidado y dejó a la vista de los demás dos hermosas espadas.
–Para ti, Kojuurou-kun –dijo Terumune afectuosamente–. Mi presente, para agradecer tu buena voluntad hacia mi familia.
Los labios del joven Katakura temblaban, mientras el sirviente se retiraba. Éste y el primero regresaron entonces, uno trayendo de la mano al pequeño del ojo vendado, y el otro seguido por la hermosísima y alta esposa de Terumune.
Yoshihime se quedó observando la escena, una vez que los dos criados se hubieron retirado.
–Yoshihime querida –su marido le sonrió con sorna–. Me alegra que hayas venido.
–¿Qué sucede? –preguntó la mujer, sin una pizca de interés. Ver a su primogénito le causaba poco más que náuseas.
–Recuerdas al joven Kagetsuna, el único hijo de Kagenaga, ¿verdad?
–Cómo olvidarlo –musitó la mujer. Aunque disimulaba cordialidad, lo cierto era que despreciaba al ayudante de su eposo. Sus orígenes humildes le repugnaban.
–Bueno, querida Yoshihime, seré breve. A partir de hoy Kagenaga se retirará, luego de años de fiel servicio –la mujer parecía aliviada. Ya no quería ver a ese rufián paseándose por los hermosos pasillos de su mansión. No obstante, Terumune siguió hablando, y lo siguiente que dijo hizo que se le helara la sangre–. En su lugar, el joven Kagetsuna, que ahora pasará a llamarse "Kojuurou", será mi lugarteniente... y el ayudante de nuestro hijo.
La mujer se puso lívida de rabia.
–¿Para qué quiere un ayudante? Si no va a hacer nada de su vida –explotó, ofuscada–. Deja de malgastar los recursos. ¡Tendremos otro hijo que satisfaga las necesidades de la herencia!
Terumune se puso de pie muy despacio al oír aquello. Kagenaga y su hijo estaban muy pálidos, en el más absoluto silencio. El pequeño, de pie, sólo miraba a su padre con expresión de pena.
–Tendremos más hijos, claro que los tendremos. Pero él es nuestro primogénito, y nada va a cambiar eso.
El joven Katakura tragó muy duro.
–Y aunque muevas cielo y tierra para oponerte, nada de lo que tú digas o hagas cambiará mi decisión. Masamune será mi heredero, nadie más.
–¡Su nombre no es "Masamune"! –gritó la mujer.
–No ahora, pero pronto lo será –amenazó el hombre–. Cuando tenga edad para casarse, tendrá el nombre que yo elegí para él.
Furiosa, la mujer se dio media vuelta y se marchó de la sala, protestando a viva voz. Terumune, por su parte, se acercó a su hijo y se arrodilló frente a él, acariciándole la cabeza.
–¿Escuchaste, hijo? Ahora Kojuurou será tu nuevo amigo.
El niño observó al muchacho con su único ojito lleno de curiosidad.
–Él te cuidará y te enseñará todo lo que sepa, para que llegues a ser un gran hombre, tal como él.
Aquel rostro pequeño, su expresión de inocencia y candor, se transfiguraba en el cansado semblante del Dokuganryu, en el ojo cerrado y los labios entreabiertos, mientras el joven Masamune dormitaba.
Kojuurou pasó lentamente su dedo enguantado por la cicatriz en su mejilla, sintiendo unas tranquilas pero dolorosas ganas de llorar. Por la ventana entraba el frío aire de la tarde y el sol, rojo como la sangre, se escondía detrás del horizonte. Se le había ido gran parte del día cuidando a su amo, perdido en el mar de sus recuerdos.
