El agua perfumada se levantaba en un suave vapor que nublaba la vista, se derramaba hirviente por la pálida piel, cubría de rocío sus cabellos blanquecinos.
Hanbei relajaba sus músculos muy despacio, como si temiera hacer un mal movimiento. Pasaba una y otra vez su mano temblorosa por su brazo, derramando agua sobre él. Sus ojos violetas se perdían entre la neblina que invadía la habitación, sus labios sonrosados se entreabrían en una ausente expresión. No estaba pensando en nada, y a la vez estaba pensando en todo.
Su extraño sopor se rompió cuando escuchó la puerta deslizándose. Salió de su ensoñación y giró la cabeza hacia su izquierda, hacia la entrada, mientras su mano derecha tanteaba el suelo en busca de su máscara.
–No tienes que cubrirte –dijo el visitante con voz grave, mientras ingresaba–. Me agrada ver tu rostro.
–Hideyoshi... –susurró el estratega, devolviendo la mano bajo el agua y encogiéndose un poco. Su señor se sentó sobre el borde de la amplia bañera y llevó su mano al rostro de su sirviente, acariciándolo lentamente.
–Hace más de seis meses que viajas sin cesar –comentó el hombre, mirándolo sin expresión–. No te sobresfuerces; te necesito con vida.
–Usted sabe que no me detendré hasta hacer realidad su visión –replicó Hanbei, mirando a su amo con ojos decididos–. Mi cuerpo... Mi cuerpo sabe que debe aguantar.
–¿Lo sabes tú? –preguntó Toyotomi en voz baja, inclinándose sobre él. Sus labios rozaron apenas los del estratega.
El cuerpo todo de Takenaka sintió una poderosa corriente eléctrica, como si un rayo hubiese bajado del cielo y lo hubiese impactado de lleno. Cerró los ojos con fuerza, con deseo, mientras sus labios no dejaban de temblar.
Hideyoshi se desprendió de su yukata y entró lentamente a la gran tina, sumergiéndose a un lado de Hanbei. Éste lo miró por unos instantes, arrobado por aquella visión. Todo en él era enorme, desmedido, excepcional; desde su extraordinaria fuerza hasta su imponente carácter, sus manos titánicas, sus hombros colosales.
El estratega se movió muy despacio, con su blanco rostro consumido por el anhelo.
Las manos de Hanbei eran diminutas en comparación con las de su amo, pero eso no impedía que las paseara por su cuerpo con una agónica lentitud. Quería sentir bajo sus palmas cada parte de Toyotomi, hundir sus dedos en la carne, en los portentosos músculos. Sólo contemplar el inmenso cuerpo desnudo de su señor bastaba para encenderlo.
Sus caricias fueron correspondidas con una delicadeza extrema. Cada movimiento de Toyotomi era lento, suave, como si tratara con una muñeca de porcelana, como si temiera presionarla demasiado y partirla en pedazos. Conocía muy bien el cuerpo de Hanbei, y también conocía la terrible enfermedad que lo aquejaba. Cada día que pasaba, cada día que se acercaban más a concretar su ideal, Hideyoshi sentía en su pecho la punzada del dolor, porque sabía que era un día menos de vida para su preciado estratega.
Abrazó con adoración aquel cuerpo frágil, quebradizo, moribundo. Lo estrechó contra sí con intensidad, pero sin apretarlo demasiado.
Eso era lo que a Hanbei más le gustaba... Sentir el enorme corazón de su amo latiendo bajo su piel, alcanzando la suya y haciendo que todo su cuerpo vibrara en su frecuencia. Amaba esos momentos de soledad, de intimidad. Se sentía más cerca de él que nunca, incluso más que cuando tenían relaciones.
Hideyoshi miró largamente el rostro cansado de su sirviente. Era tan hermoso... sus cabellos inmaculados, sus ojos púrpuras, sus labios delicados... Podía pasar horas simplemente contemplándolo. Era una belleza tan efímera, tan fugaz, que temía despertar un día y ya no encontrarla a su lado.
–Hanbei... –susurró, con su voz solemne.
–Hideyoshi... Hideyoshi... –el estratega se derramó una vez más sobre él–. Ámame... –rogó, sin esconder su deseo.
Las manos de Toyotomi recorrieron todo su cuerpo mientras lo giraban con suavidad. Apoyando los codos sobre el borde de la bañera, Hanbei agachó la cabeza y recargó todo su peso en sus brazos, para aflojar su cintura y muslos.
Cerró los ojos y su rostro recibió una oleada de sangre, coloreando sus mejillas con fuerza. Los dedos de su señor apretaban sus caderas.
–Hideyoshi... –su excitación había traspasado el límite que podía soportar–. Por favor...
Toyotomi se introdujo en él con delicadeza. Ya se había acostumbrado al ritmo que debía utilizar para no lastimarlo. Los gemidos de Hanbei solían indicarle si lo estaba haciendo con cuidado o si se estaba excediendo. Si escuchaba sollozos contenidos, significaba que le estaba doliendo demasiado; si oía francos gritos o jadeos entrecortados, significaba que lo estaba disfrutando.
Pero el estratega parecía desesperado por aquel contacto, pues llevó su mano febrilmente a su entrepierna y comenzó a masturbarse a la vez que su señor lo penetraba.
–Hi-Hideyoshi... –balbuceó, empezando a transpirar–. No te preocupes por mí... Date gusto... lo soportaré...
Sin salir de su cuerpo, Toyotomi se detuvo.
–No me digas eso, Hanbei –se inclinó por encima de su espalda y le habló al oído–. Ésta es la forma en que lo prefiero contigo.
Comprendiendo que nadie podía mandar en Toyotomi más que Toyotomi mismo, Takenaka se rindió ante él como tantas otras veces. Largos minutos transcurrieron; Hideyoshi variaba el ritmo de su acometida para complacer a Hanbei de diferentes maneras, acariciaba su espalda y cuello, besaba sus hombros. Cualquiera que conociera superficialmente al poderoso daimyo dudaría de imaginarlo comportándose de una manera tan afectuosa.
El hombre de cabellos blancos sabía que era el único que conocía aquel lado de su señor, y bien dispuesto estaba a guardar el secreto; no deseaba que nadie más lo supiera, deseaba ser el único que pudiera sentir esa increíble y ardiente espiral de pasión.
Cerca de una hora después, Hanbei dormitaba en brazos de su gigantesco amante. Habían acabado por llevar el frenesí a la habitación del daimyo, y el estratega había quedado rendido. Su rostro, privado del antifaz, era una artística visión de belleza.
Hideyoshi besó con ternura la frente de Hanbei. Sus ojos rojizos se perdieron entonces en la ventana abierta, donde la luna llena brillaba con intensidad.
Al amanecer, Hanbei despertó lentamente, descubriéndose preso en el abrazo poderoso de Toyotomi. Éste abrió los ojos unos minutos después que él, cuando el delicado hombre de los ojos violetas ya llevaba un rato contemplando su rostro adormecido.
–Buenos días, Hideyoshi –saludó el estratega, llevando sus labios rosados hasta los de su señor.
–Hanbei...
Por momentos, era todo lo que podía decir. Girando suavemente sobre sí, dejó a su amado de cara al cielo y recorrió su cuello y torso con sensualidad, con sus labios curtidos y su lengua.
Era el amanecer del día siguiente cuando Takenaka arribó a las tierras de Aki. Decidió esperar hasta que pasara el mediodía para anunciarse ante su anfitrión.
Una vez que estuvo seguro de que Mouri había tomado su almuerzo en paz, procedió a efectuar su visita. El dueño de la casa lo recibió con dignidad, mas no con demasiado afecto. Llevando a Hanbei hasta su salón de conferencias, se encerró con él y se dispuso a tratar sus asuntos.
Se sirvió té en la habitación, anunciando una larga estadía.
–Bien, Takenaka Hanbei, tenga en cuenta que, de haber mentira en su información, el acuerdo será anulado.
Hanbei parpadeó cándidamente, sorprendido (o pareciéndolo) ante aquella frase tan imperativa.
–No tienes que preocuparte, Motonari-kun. Yo nunca miento –aseguró, con su sonrisa tenebrosa de siempre.
El de verde sólo le echó una mirada recelosa.
–En la reunión de Kyuushu, el mismo día del concilio, Chousokabe Motochika y Date Masamune pasaron la noche juntos en el barco propiedad de Chousokabe. Mis informantes lo averiguaron y pudieron comprobarlo con testimonios de algunos de los ocupantes del barco –informó el de ojos púrpura, leyendo un papel que había desdoblado.
Se quedó unos instantes en silencio, tratando de observar una reacción en Mouri.
El orgulloso hombre, ya destrozado desde hacía días, guardó compostura escuchando atentamente y esperando el resto. Tras el silencio de Hanbei, levantó una ceja interrogando:
–¿Es todo?
–No, no, mi estimado. Déjame revisar bien mis notas.
Revolvió unos cuantos papeles que había desperdigado por el suelo, a su alrededor. Levantó uno y lo leyó primero en silencio.
–Bien. El primer contacto se sitúa el día de la reunión en Kai, en los alrededores de la mansión Takeda. Date Masamune-kun rápidamente llamó la atención de Chousokabe, y tuvieron relaciones en el bosque.
Esas palabras dejaron frío a Mouri, recordando de golpe que esa noche había sido la última a su lado, la actitud distante del pirata... Pero pasaron la noche juntos, ¿cuándo fue que...? Y allí vino el recuerdo del evasivo hombre lleno de tierra, inclusive con ramas en el cabello.
El estratega de cabellos claros pareció percibir un leve temblor en su anfitrión, pero no dijo nada.
–Continúe... –pidió Mouri en un tono bajo y lleno de ira, que pensó había sabido disimular.
Hanbei se relamió con diplomacia, guardando las formas.
–Segundo contacto... Ya más prolongado que el primero y el tercero, al momento de arribar el Clan Date a su provincia. Chousokabe y su pandilla se hallaban esperando a las puertas de la mansión Date, donde permanecieron por una semana entera. No se conocen muchos detalles de lo que ocurrió dentro de la casa, pero Chousokabe dejó su chaqueta en manos del joven Masamune-kun. Las conclusiones son bastante fáciles de deducir –finalizó, bajando el tercer papel que había recogido.
Motonari parpadeo lentamente, sintiéndose casi a punto de desfallecer. Ahí estaba la respuesta a todo, el comportamiento del pirata, la decisión de dejarlo... por qué Date lo esperaba en la costa.
Se tomó un tiempo para recuperar la capacidad de hablar, su mirada dejaba notar un gran vacío.
El estratega guardó respetuoso silencio. A pesar de que todo lo hacía con una frialdad extrema disfrazada de gentileza, su empalagosa hipocresía tenía límites incluso para él. Podía llegar a asesinar a su propia madre si con ello lograba llevar a cabo sus planes, pero no siempre disfrutaba haciendo cosas así. Viendo a Mouri allí frente a él, luchando por permanecer erguido, sintió una irremediable punzada de culpa por acrecentar el dolor que el daimyo ya debía estar sintiendo con creces.
Seguro de que ya no había vuelta atrás Mouri, habló claramente.
–Toyotomi Hideyoshi... ¿Tiene ya un plan de acción para tomar Oushuu o Shikoku? –por dentro se repetía a sí mismo que cada palabra, susurro y caricia del pirata habían sido mentira, un cruel juego hasta que pudiera encontrar alguien más joven... alguien mas afín a sus necesidades.
–Mi señor Hideyoshi contempla el control de todo Hi no Moto –sonrió Hanbei, muy ufano–. Para ti, en cambio, he preparado algo especial.
Motonari lo miró de forma desconfiada e interrogante, cualquier sorpresa de parte del estratega no podía ser placentera.
–Vaya, vaya, Motonari-kun, qué es esa cara tan recelosa –rió Takenaka, jugando con un mechón de su cabello.
–¿A qué se refiere con que lo tiene preparado para mí? –era clara la suspicacia en cada una de sus palabras.
–Como sabrás, como estratega que soy siempre es conveniente que me adelante unos dos, tres, cuatro... todos los pasos que sean necesarios. Soy capaz de prever los resultados de las situaciones y actuar o prepararme en función de ellos –el hombrecillo parpadeó suavemente con sus ojos llenos de pestañas–. Por esa razón es que Hideyoshi me valora tanto.
Hizo una pausa solemne y luego se puso a reunir todo su papelerío. Hecho eso, se levantó de su almohadón y se dirigió a la puerta a la que había estado dando la espalda.
–Motonari-kun, quiero que conozcas a alguien.
Descorriendo la puerta lentamente, una figura delgada apareció ante los ojos del daimyo de Aki. Se hallaba de rodillas, con las manos apoyadas en el regazo y la cabeza gacha. No debía tener más de catorce años.
–Mouri Motonari, él es Ishida Mitsunari, el nuevo campeón de Toyotomi –dijo Hanbei, ceremonioso, mientras el jovencito se ponía de pie e ingresaba al salón.
Éste llegó hasta Mouri y se volvió a arrodillar, doblando su cuerpo en una reverencia con la que su frente casi tocó el suelo.
Por un momento, el anfitrión se sintió insultado. Accedía a prestar sus fuerzas, ejército y facilidades a Hanbei, y él le ofrecía... ¿un niño?
El jovencito que tenía frente a sí no osó moverse de su incómoda posición.
–¿Se trata de una broma, Takenaka Hanbei? –murmuró Mouri, mientras daba permiso al adolescente para erguirse.
Mitsunari se sentó muy derecho y miró fijamente al hombre de verde. Su cabello, corto y peinado hacia adelante, era plateado y brillante. Sus ojos eran penetrantes y rasgados en extremo, de un color que Mouri nunca había visto, como un amarillo oscuro y apagado. Nariz y boca pequeñas, brazos y piernas largos pero no demasiado fuertes; al menos no en apariencia.
–¿Broma? –repitió el estratega mientras regresaba a su lugar–. Deberías saber ya que yo siempre hablo en serio, Motonari-kun.
No convencido de cómo el niño podría ser de ayuda, continuó con un asunto que le interesaba más aclarar, o mejor dicho, exigir.
–En cuanto al Dragón de Oushuu...
–Para eso es que he traído a Mitsunari-kun –lo interrumpió Takenaka.
Mouri apreto el ceño y decidió exteriorizar sus dudas.
–¿Cuál es su función en todo esto? Me parece haber dejado claros mis deseos de encargarme de Date Masamune.
–Mi estimado, tu arma honrada por el sol no merece mancharse con la muerte de ese individuo. Tus manos no necesitan su sangre –dijo el estratega, con un tono zalamero pero serio.
El líder de Aki volvió nuevamente sus ojos hacia el jovencito, quien seguía sin moverse un centímetro.
–Mitsunari-kun es efectivo y letal, pocos guerreros pueden hacerle frente. Sus habilidades crecen día a día, en verdad no tiene comparación. Es uno de nuestros mejores y únicos descubrimientos.
Motonari suspiró hondamente. Si bien no estaba convencido de semejante introducción, Hanbei tenía razon, no podía manchar sus manos por un asunto tal como una venganza. Perder ante un niño seguro no dejaría descansar al alma del Dragón; y si no era suficiente, él aún estaba dispuesto a perder la compostura para tomar su cabeza.
–Muy bien, entonces avanzaremos de acuerdo a su plan... Según sus informantes, ¿cuándo es el mejor momento para comenzar? –estaba ansioso por terminar con todo.
–Tendremos nuestra oportunidad. Sólo tenemos que llegar a Oushuu antes que Chousokabe –respondió el del antifaz. Mouri, que en ese momento se estaba poniendo de pie, se detuvo al instante.
–¿Chousokabe se dirige a Oushuu...? –aún sintiendo que no quería saber la respuesta, su subconsciente lo traicionó–. ¿Son asuntos diplomáticos?
–Me temo que no –Hanbei agachó la cabeza por un instante–. El señor de Shikoku ha sido prometido en matrimonio. Es mi intuición la que me dice que irá a reunirse con Masamune-kun por ese motivo.
La noticia le sorprendió. Caminó hacia la ventana. Observando el cielo despejado, recordó que Motochika ya no era un jovencito y, al igual que él, debía cumplir con sus obligaciones. Era irónico... Huiría de sus labores por el Dragón, o lo abandonaría igual que como había hecho con él.
–Me gustaría contar con su presencia por la mañana para decidir de cuántos hombres dispondremos y cuál, según su intuición, estimado estratega, es el momento indicado de partir.
–Por supuesto. A tus órdenes quedo –Takenaka se inclinó para presentar sus respetos–. Antes de retirarnos, tengo algo más que enseñarte.
El hombre volteó a verlo, expectante.
–Sígueme –pidió cortésmente mientras se levantaba. Mitsunari hizo lo mismo y caminó hacia la puerta.
Los tres salieron al exterior, a uno de los jardines del palacio donde Hanbei había hecho colocar varios muñecos de paja.
Un sirviente de Toyotomi presentó una curiosa espada al joven Ishida, quien la tomó con brusquedad. La funda era justamente extraña porque no tenía adorno alguno. Posicionándose frente a los muñecos, Mitsunari se inclinó lentamente, de forma precisa y calculada.
–Ahora –ordenó Hanbei con voz firme.
No fue necesario más que un simple empuje con el pie adelantado. Con una velocidad prodigiosa, Ishida lanzó varios cortes en diferentes direcciones que describían perfectas medialunas, tan rápidas que casi no se podía ver cuando las realizaba. Los muñecos se llenaron de tajos y comenzaron a desplomarse, pero aún no había acabado. Su último movimiento fue sencillamente espectacular.
Describiendo un círculo en el suelo, del cual sólo se vio una estela purpúrea, el joven Mitsunari rebanó las estacas en las que los muñecos habían sido empalados, haciendo caer todo con estrépito.
Para cuando Mouri escuchó el "clic" de la espada asegurada en su funda, el muchacho ya se hallaba de pie en el lugar donde había comenzado.
Se quedo con los ojos muy abiertos, el poder que escondía la gente de Toyotomi era realmente de temer.
–Ahora veo de dónde viene tanta confianza –dijo, luego de componerse de la sorpresa–. Pediré que les preparen habitaciones a ambos –desapareció por un momento, para después volver e indicarles que siguieran a un sirviente.
Desapareció dentro de la casa luego de aquello. Mitsunari había devuelto la espada al sirviente y se dirigía al interior de la mansión, cuando volteó a mirar al del antifaz.
–Cómo... ¿Cómo supiste que no te pediría la cabeza de Chousokabe?
Hanbei miró al muchacho con suficiencia.
–Soy un táctico, tengo que saberlo –fue su respuesta soberbia.
Ambos guerreros de cabello plateado ingresaron a la casona.
