¡Hola! Finalmente pude terminar el primer capi de la serie de cumpleaños en la vida de Dean… Estoy de regreso en el trabajo y por eso el tiempo que le puedo dedicar a escribir se ha reducido considerablemente… siento la tardanza. Bien, aquí les dejo lo que considero un cumpleaños significativo para los Winchester. Espero que les guste… el próximo será el cumpleaños número nueve del rubito. Nos leemos prontito y espero sus comentarios ansiosamente… quiero saber lo que opinan. Besos a tods.
ARMONÍA FAMILIAR EN SIOUX FALLS (1986)
Amaneció helado ese 24 de enero. La oscuridad aún reinaba fuera de la casa del chatarrero. John Winchester había llegado esa madrugada, estaba agotado ya que llevaba varias horas conduciendo sin parar, estaba bastante golpeado después de la lucha que había tenido con un poltergeist en Alabama y que afortunadamente había terminado bien para el cazador. Y él y sus niños estaban literalmente muriéndose de hambre y de frío. El poderoso motor del Impala rugió una última vez antes de detenerse a la puerta de la casa de Bobby Singer. John Winchester descendió y sin decir palabra, miró dentro del automóvil en donde Dean y Sam dormían encogidos uno junto al otro, paliando de ese modo el frío que invadía la helada madrugada de South Dakota.
- ¡Winchester! ¿Qué ha sucedido? ¿Qué haces a estas horas por aquí? –fueron las palabras con que Bobby recibió al recio cazador.
- Un maldito poltergeist, Bobby. Me golpeó al arrojarme contra la pared, creo que tengo unas costillas fracturadas. Pero no es nada grave. Sólo que no podía dejar a los niños solos allí. Pensé en traerlos y pasar unos días los tres juntos, si no te molesta…
-Sabes que eres bienvenido a mi casa, John. Y más aún si traes a esos inocentes. ¡Vamos a llevarlos a la cama! –aceptó Bobby.
John lo miró por un instante con gratitud y emoción.
- ¡Gracias, amigo! –fueron las palabras que salieron de la boca del joven cazador.
Bobby lo miró sin responderle. Empujó suavemente a un lado a su amigo y abrió la portezuela para intentar sacar a los chicos de allí. Apenas tocó a Dean para tratar de cargarlo, éste se enderezó cual soldado en su guardia y bajó por su propio pie.
- ¡Hola tío Bobby! –fue el saludo del pecoso.
-¡Hola, hijo! Sabes dónde está tu habitación. ¡Ve! –le respondió el barbado cazador.
- No, trae a Sammy también. Está helado y necesita que lo arropemos –respondió el rubito.
- Vamos, pues – fue su respuesta y acto seguido cargó el pequeño bulto que era el hermano menor de Dean, cubriéndolo con su campera para evitar que el niño sufriera por el cambio de temperatura. El mayor tomó a su "tío Bobby" de la mano y los tres entraron a la cálida casa.
John miraba la escena apoyado en el Impala, en silencio, mientras trataba de concentrarse en aguantar el dolor punzante y lacerante que le estaban provocando sus costillas fracturadas. Lo llenaba de ternura el gran cariño que su amigo tenía por sus chicos. Decididamente, ese era el mejor lugar para que su primogénito celebrara su cumpleaños número siete. Se sintió feliz de haber decidido venir.
A la mañana siguiente, Dean fue el primero en despertarse, como hacía casi siempre. Se sentó en la cama confundido, miró a todas partes, se frotó los ojos y luego se hizo la luz en su mente: estaba en casa de Bobby. Habían llegado la noche anterior. De un salto bajó de su cama y viendo que su pequeño hermano aún dormía, se encaminó a la cocina, en donde Bobby se atareaba en preparar el desayuno.
-¡Hola, Dean! ¿Has dormido bien, chaval? –fue el amistoso saludo del viudo.
-¡Hola, tío Bobby! ¿Y mi papá? ¿Se ha ido otra vez? – la carita del pecoso se llenó de dudas y tristeza al preguntar esto último.
- ¡No, no! Tu padre duerme, anoche le he vendado las costillas que tenía lastimadas y ahora está muy cansado. ¿Lo dejamos descansar?
- ¡Vale! –asintió el chico y de inmediato se encaminó hacia su habitación, dispuesto a sacar de la cama a su hermano que dormía como un lirón. Recordaba que cuando emprendieron el viaje hacia la casa de Singer era la tarde aún y no habían comido nada desde entonces. Preocupado, el pecoso decidió despertar al pequeño Sammy para darle un poco de leche, que bien lo necesitaba.
Unos minutos después, Dean arrastraba por las escaleras a un pequeño, que más dormido que despierto, hacía serios esfuerzos por seguirlo.
- Bobby, ¿tienes leche? Creo que Sam no ha comido en mucho tiempo. Él es pequeño, necesita alimentarse.
El aludido sonrió ante la ocurrencia del rubio y le tendió de inmediato el vaso con leche, que el mayor se apresuró a darle al menor, que lo ingirió con gran avidez.
- Anda, chaval. Siéntate que he preparado tocino y huevos como sé que te gustan. Después de todo se cumplen siete años sólo una vez en la vida –le dijo Bobby.
Los ojos del primogénito de John se abrieron de sorpresa, había olvidado lo cerca que estaba su cumpleaños y el día anterior había estado tan angustiado al notar que su padre no regresaba a la hora prometida que ni siquiera se había dado cuenta que el día siguiente era el del aniversario de su nacimiento.
Bobby le tendió un pequeño paquete envuelto con papel madera, bastante arrugado por cierto. Sam seguía bebiendo su leche pero miraba con entusiasmo e interés la escena. Dean tenía una expresión de incredulidad en su rostro. Hacía tiempo que nadie le regalaba nada, así que ese pequeño y sucio paquete era como un tesoro para el niño. Lo tomó en sus manos, hurgando con curiosidad. Sus ojos verdes parecían más verdes aún a causa del brillo que le conferían la alegría y el entusiasmo. Lo abrió y entonces su boca se abrió muchísimo, se cerró y luego se volvió a abrir. Sin darle a Bobby tiempo a decir o hacer nada, el chaval había saltado sobre él y lo abrazaba tan fuerte que parecía querer asfixiar a su "tío".
- ¡Gracias, tío Bobby! ¡Gracias! ¡Gracias!
- De nada, Dean. ¡Cálmate! Si no es nada…. –Bobby trataba de calmar al excitado chiquillo.
Sam se había bajado de su silla y trataba de tomar el brillante objeto que su hermano mayor tenía en sus manos, mientras gritaba de alegría. El barullo ocasionó que John se despertara así que unos minutos después, aún dolorido, se aproximó a la reunión familiar que estaba teniendo lugar en la cocina. No dijo nada, sólo se apoyó en la puerta y miró en silencio a sus hijos saltar junto al cazador. Parecían estar pasándola de maravilla. Dean fue quien lo vio primero.
- ¡Mira, papá, mira! ¡Mira lo que me ha dado Bobby! –le dijo mientras le tendía la afilada y brillante navaja que ahora lucía en su mango las iniciales talladas: DW.
- Es hermosa, Dean. Me alegro que te guste –le dijo mientras le revolvía el pelo con cariño. -¡Feliz cumpleaños, soldado!
- ¡Gracias, señor! –el chiquillo casi temblaba de la emoción.
El desayuno transcurrió sin grandes novedades y luego de eso, aunque los mayores intentaron sentarse a hablar y a estudiar unos extraños libros que los rodeaban, fue imposible calmar la excitación de los niños. Lo primero que ordenó John es que fueran a jugar al patio de Singer, hasta que se hiciera la hora de la comida. Luego de un almuerzo que transcurrió sin novedades, Dean decidió que ya que la estaban pasando tan bien, podría arriesgarse y hacerle un nuevo pedido a su padre.
- Oye, papá… ¿Me llevas a disparar? Yo…quiero hacerlo…hoy –comenzó el rubio chiquillo.
- No creo que sea buena idea, Dean. Hace demasiado frío y…
- ¡Por favor, por favor! ¡Lo prometiste, papa! ¡Dijiste que cuando tuviera siete años podría usar las armas grandes! –los ojos del niño mostraban la muda súplica que no se atrevía a poner en palabras.
- Está bien, Dean. Pero será sólo un rato. Hace mucho frío y además, estoy lastimado.
- Sí, sí, he comprendido. ¡Sammy! ¡Sammy! ¡Vamos a disparar con las armas grandes! –el entusiasmo del chaval era incontenible.
Se encaminaron los tres hacia la parte más alejada del patio de chatarras de Bobby, buscando un lugar en donde no representara peligro para nadie la práctica del tiro al blanco. Una vez que lo hallaron, John puso en línea varias botellas vacías y latas viejas y con gran paciencia le enseñó al niño todo lo que necesitaba saber acerca de la Browning que iba a disparar.
- ¿Estás listo, soldado? –preguntó John.
- ¡Listo señor!
Sam los miraba, sentado en un viejo automóvil verde que dormía allí desde quién sabe cuánto tiempo. El pequeño sonreía, feliz de ver a su padre y a su hermano mayor junto a él. John le dio las últimas indicaciones a Dean y apartándose, permitió que su primogénito disparase. El golpe fue tan fuerte que arrojó al pequeño niño a tierra. Había acertado el tiro, pero el impacto era demasiado para un pequeño de menos de 35 kilos. Así que John le indicó que apuntara nuevamente y colocándose detrás de él, le sostuvo los brazos para absorber así el impacto del arma. Esta vez no hubo inconvenientes y Dean pudo disparar a todos los blancos que su padre le ofreció.
- Bien, Dean. Te felicito, hijo. Lo has hecho muy bien. Serás un gran soldado.
- Gracias, papá.
Comenzaba a hacer frío nuevamente y los Winchester entraron a casa de Bobby en busca de una taza de chocolate caliente y un fuego donde calentar sus helados huesos. Sam se inclinó hacia su padre y le dijo:
- ¿Me ayudas a hacerle una tarjeta de cumpleaños a Dean? Tío Bobby le ha regalado una navaja, tú lo has llevado a disparar las armas grandes y yo… no le he dado nada. Y es mi hermano… -los ojos del pequeño se habían llenado de lágrimas.
- Está bien, Sammy. Lo haré –respondió conmovido John. Y dirigiéndose a Dean -¿puedes ayudar a Bobby en la cocina? Creo que está preparando hamburguesas para la cena.
- Claro, papá.
Unos cuarenta minutos después, Bobby y Dean terminaban su gran tarea en la cocina y dirigiéndose hacia el comedor, llamaron a padre e hijo –que seguían ocupados- para que se sentaran a la mesa. John tenía una expresión satisfecha y perpleja en su rostro. Tal vez porque se sentía feliz de haber compartido ese día con sus chicos, pero también extrañaba a Mary, tal vez se preguntaba cómo sería un día como éste si ella viviera. No quiso arruinar la jornada mencionando el nombre de su esposa. Sabía cuánto le dolía eso a su primogénito, porque él sí la recordaba.
El pequeño Sam no pudo aguantar más su ansiedad y gritando a la vez que saltaba le dio un sobre a su hermano:
- ¡Toma, Dean! Esto es para ti. ¡Feliz cumpleaños! ¿Ves que yo también me acordé?
- Claro que sí, Sammy. Gracias, hermanito –le respondió el pecoso mientras abría el sobre.
Dentro estaba una tarjeta bastante mal recortada, con pequeños dibujos hechos por la inconfundible mano de Sam y otras figuras pegadas, entre ellas varias de los Pitufos, personajes que adoraban los niños y luego con letra temblorosa estaba escrito: ¡FELIZ CUMPLE, DE! TE QUIERE, TU HERMANITO SAMMY.
Cuando el pecoso levantó la vista, tenía los ojos llenos de lágrimas y lo único que pudo decir fue:
-¡Gracias, hermanito! La llevaré siempre conmigo. Es el mejor regalo de cumpleaños que me han dado. Luego abrazó a su hermano, a su padre y a Bobby. La extraña y particular familia cenó alegremente esa noche. Y esos recuerdos quedaron impresos en las mentes de todos como uno de los mejores días que pasaron juntos.
