¡Hola gente! ¿Cómo están? Yo bastante bien, he sobrevivido a una semana intensísima de trabajo y a la primera semana de clases de los niños. Dos cosas que combinadas, son terribles, así que lamento no haberme aparecido antes por aquí… Y ahora lo hago aprovechando el feriado de Carnaval que rige en mi país a partir de este año. Gracias a eso, hoy y mañana podré subir algunos capis de todo lo que les debo. Y luego desapareceré hasta la próxima semana. Sólo me quedará el domingo libre, así que (*llora desconsolada*) paciencia, amigs míos. Pasando al capi, otro cumple feliz para Dean. Por ahora predominan la inocencia y la paz en sus cumpleaños, pero no se hagan ilusiones… ya saben cómo es todo….¡Disfruten!

COMBO FELIZ EN BELGRADE, MONTANA ( 1987)

La vida parecía sonreírle al pequeño de casi ocho años. En septiembre pasado había comenzado su segundo grado de educación elemental y todo parecía marchar de maravillas en su vida. Compartía una pequeña y desalineada habitación en un hotelucho céntrico junto a su padre y a su hermanito. John se había instalado en esa ciudad a pedido de un conocido cazador que le estaba enseñando un par de cosas que no sabía acerca de los demonios y de los exorcismos. No era un tema simple y por eso el hombre se había detenido allí más tiempo de lo que solía hacer normalmente. De todos modos, eso había permitido que el primogénito de la familia hubiera podido iniciar y continuar su segundo grado sin mayores contratiempos. Sus días parecían ser todos iguales rodeados de un extraño halo de rutina –desconocida para el niño- pero que tenía el encanto de lo efímero. Al levantarse por la mañana ayudaba a su padre a cambiar y alimentar al más pequeño de la familia, desayunaban todos juntos y luego su padre y Sam lo acompañaban hasta la puerta de la escuela. Los primeros días del ciclo escolar habían sido realmente traumáticos para todos. John no estaba seguro de deber permitir que el chico se quedara solo en la escuela. Imaginaba que allí podrían acechar toda clase de peligros a los que estaba exponiendo al niño. La primera semana se quedó fuera de la escuela, esperándolo. No pudo apartarse del edificio escolar, el miedo lo paralizada y volvían a su memoria todos los tristes acontecimientos que lo habían llevado a esa situación. Ya había perdido a Mary, no podía permitirse perder también a Dean. Siguió muy angustiado hasta que la segunda semana, antes de entrar a clases, el niño se volvió y poniendo una mano en el hombro de su padre, le dijo: "Está bien, papá. Todo estará bien. Regresa con Sammy a casa y asegúrate que esté bien." Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas pero comprendió que debía dejar libre a su hijo, hacerle espacio para que viviera su propia vida. Asintió débilmente y regresó por dónde había venido. A Sammy tampoco le fue fácil acostumbrarse a la ausencia temporal de su hermano. Y aunque el crío tenía sólo tres años y medio, se daba perfecta cuenta de lo que ocurría. El año anterior no había notado que su hermano no estaba en casa porque él era muy pequeño y además había transcurrido bastante tiempo en casa del Pastor Jim y otro tanto en casa de un matrimonio amigo de la familia. Pero este año el jovenzuelo estaba mucho más grande, se había apegado mucho a su hermano y además estaban solos los tres. No había nadie más. Así que cuando regresaban de acompañar a Dean a la escuela, el silencio se hacía insoportable y el crío comenzaba a explorar los alrededores de la habitación. Una mañana en que John parecía especialmente ensimismado, Sammy se aburrió tanto que logró abrir la ventana y salió al balcón, desde donde trató de divisar a su hermano. No lo logró, pero sí perdió el equilibrio y quedó en una precaria posición sobre la baranda. De allí fue rescatado segundos después por un pálido y aterrorizado John Winchester, que comenzaba a descubrir que en el mundo cotidiano podían existir tantos o más peligros que en la penumbra. Al hombre jamás se le había ocurrido que cuidar de un crío de tres años fuera difícil, extenuante y estresante. Siempre había imaginado que era casi como un juego de niños y por eso había dado esa responsabilidad a su primogénito. Ahora comenzaba a darse cuenta de la gran carga que había colocado sobre los hombros de Dean. Pero sus vidas eran así, no podía echarse atrás. Debía hallar a la cosa que había matado a su esposa, y para eso necesitaba a su pequeño soldado. Para Dean la situación tampoco había sido fácil los primeros días. No era un chico muy comunicativo así que hasta que conoció a sus compañeros y los aceptó, se sintió como un marciano en medio de la nada. Además, extrañaba terriblemente a su hermanito. Estaba acostumbrado a las ausencias de John, pero no así a no tener con él al pequeño Sam. Se consoló pensando que tal vez la próxima primavera lograra convencer a su padre de permitirle traer consigo al jardín de niños al chiquillo. Luego de unas semanas, la rutina se había establecido para todos. Luego de dejar a Dean en el colegio, John regresaba al cuarto con Sam, ordenaba un poco la habitación, a veces iba con el niño a charlar con su colega cazador y otras se dedicaba a comprar lo necesario para alimentar a su familia o llevaba la ropa al lavadero. Pasado el mediodía, caminaba con el niño pequeño hacia la escuela de Dean y lo recogía. Regresaban a su improvisada casa y allí almorzaban todos juntos. Unos instantes después de acabar la comida, John tomaba sus cosas y con el consabido discursillo de cuidar al pequeño, desaparecía hasta la hora de la cena y a veces hasta la madrugada. Cuando regresaba tarde, los niños ya dormían. Y si lo hacía para cenar, Dean había preparado todo lo mejor que podía y casi siempre cenaban juntos. En resumen, una buena vida familiar. Aunque en este caso, tenía fecha de vencimiento.

El 24 de enero había amanecido soleado y fresco. John ayudó al chico a prepararse el desayuno y mirándolo amorosamente le dijo:

- Feliz cumpleaños, hijo.

- Gracias papá – respondió el rubio sonrojándose. Eran pocas las oportunidades en que su padre le hablaba dirigiéndose a él así, de modo que sintió una gratificante calidez en su interior. Entre ellos ese laconismo era más de lo que podían decirse en años. Cuando el pequeño se despertó, se unió a las felicitaciones, que en este caso fueron acompañadas de besos llenos de cereal y miel que el pecoso aceptó gustoso, sólo porque quien se los estaba otorgando era nada menos que su hermanito pequeño. Dean entró a la escuela sin saber nada de lo que iba a ocurrir. Había sido una idea de la maestra, con la que John tenía una deuda de gratitud. La semana anterior lo había llamado para hablar acerca del niño y allí había sugerido la idea. El cazador la aceptó instantáneamente sintiéndose feliz de poder colaborar.

…..

- Dean Winchester, ¿podrías por favor ir hasta la dirección y pedir que te den el registro de los alumnos? –la voz de la maestra sonaba dura y distante y aunque el chico hubiera querido negarse, sólo asintió rápidamente con la cabeza y salió disparado hacia la dirección del colegio. En el momento en que salió por la puerta, los preparativos se aceleraron y en pocos minutos todo el grupo había preparado una mesa con bebidas, comida y una torta con mucho dulce, chocolate y cerezas. Se colocaron todos detrás de la mesa y esperaron. Unos segundos después, el rubito entró al aula con aire ausente.

- "Feliz cumpleaños, Dean" –gritaron al unísono maestra y alumnos. El chico se quedó allí, sin poder emitir palabra. Sus ojos verdes recorrían el lugar buscando al niño que cumplía años. No recordaba haber oído nada acerca de un cumpleaños, salvo el suyo, por supuesto. Y en ese momento cayó en la cuenta: era a él al que felicitaban. Era una fiesta para él. Era su cumpleaños. Lentamente se dibujó una enorme sonrisa en su boca y en sus ojos comenzó a brillar la alegría del momento. La pequeña fiesta transcurrió en paz y los chicos disfrutaron de lo lindo. Dean tuvo su pastel de chocolate, pidió tres deseos y apagó las velas soplando enérgicamente. Para ser completamente feliz sólo le faltaba estar junto a su padre y su hermanito. Y volver a tener a su mamá, claro.

…..

Cuando salió de la escuela, el chiquillo estaba tan excitado que las palabras se atropellaban en su boca y no lograba contar a su familia lo que había vivido ese día. Tardó casi hasta llegar al cuarto de hotel en poder resumir todo lo que había visto y disfrutado. Sammy lo miraba con los ojos grandes y atentos, llenos de asombro y admiración por ese hermano suyo que tanto parecía saber de todo. Y John miraba a ambos chicos amorosamente, como pocas veces se permitía hacerlo. Una vez dentro de la habitación, John dejó que los hermanos se pusieran a jugar mientras el rubio salpicaba la conversación con detalles de "su fiesta". Se notaba que estaba feliz. Así que el padre tuvo otra idea mejor.

- Oye, Dean. ¿A ti te gusta la pizza, verdad? –preguntó con desinterés.

- Claro, papá. Adoro la pizza –respondió sin comprender el sentido de la pregunta.

- Pues… ¿qué les parece si nos vestimos muy bien y nos vamos los tres a Chuck E. Cheese a comer pizza? – la pregunta quedó ahogada por las exclamaciones de los chicos.

Chuck E. Cheese era el paraíso de la pizza y la hamburguesa y Dean amaba esas comidas. Que su padre le hiciera esa propuesta estaba más allá de cualquier regalo que la vida le pudiera hacer para su cumpleaños. Así que salió disparado a cambiarse de ropa y a ayudar a su hermanito a hacerlo.

La velada transcurrió con total calma y felicidad y los chicos comenzaron a entristecerse cuando vieron a John mirar varias veces su reloj. Comprendían que éste debía irse a trabajar pero luego de un día tan bello, se resistían a que éste acabara así.

- Papá… ¿no podríamos quedarnos un rato más? –el mayor no se atrevió a pedir a su padre directamente que se quedara con ellos. Sabía que no debía molestarlo.

John lo miró unos instantes y luego le dijo:

- Les hare una propuesta, chicos. Vamos a ir a jugar al pac man. Si me ganan, me quedo con ustedes a jugar hasta que me pidan regresar al hotel. Si pierden, me voy a trabajar. ¿Qué dicen?

- Que voy a patear su trasero, señor –fue la respuesta del rubito, festejada por el pequeño Sammy.

Y unos momentos después, no hubo en el mundo padre más feliz de dejarse ganar el juego que John Winchester.

FIN