Hola! He vuelto! Aquí estoy con un nuevo capi de esta historia. Durante los meses de actividad laboral será así, lamentablemente. A cuentagotas será como pueda publicar pero seguiré haciéndolo. ¡Por ustedes y por mí! Gracias por la paciencia y la comprensión. No me odien. He aquí un nuevo capi… espero que les guste, tal como los otros, la historia es real, los detalles son inventados. Disfrútenla!
Winchestergirl93: hola! Evaaaaa! Me alegra que te guste el lado amoroso de John, pero no olvides que sigue siendo un militar enseñando a sus soldados… tenlo presente, eh? Y sí soy de Argentina, amiga de sammynanci, creía que me habías reconocido! Jajajajaa.
Patriwinchester: he vuelto, patri, he vueltoooo! Y sip, lamentablemente ando a mil pero no dejaré de escribir. Y me he enterado que ha sido tu cumple, así que como no he podido saludarte, te dedico este capítulo para ti, como regalo de cumpleaños, amiga!
Hikariuzumakipotter: amiga mía! Cuánto me alegra que te haya gustado y emocionado la historia de los cumples de Dean. No la he terminado. Seguirán más capis, así que mantente conectada… Besos.
Nevada, enero 24 de 1988.
New Kid all the time.
Es un tranquilo día de invierno en el pequeño suburbio en donde viven. El sol ilumina lentamente las pequeñas cabañas alineadas cerca de la montaña. Son las 8 de la mañana y el día está iniciando para la familia Winchester, pero no es un día como cualquier otro: hoy, el primogénito cumple nueve años. Hoy se mudan por tercera vez en el año escolar. Hoy, Dean Winchester volverá a ser El Chico Nuevo de siempre. Tal vez ni siquiera logre terminar el tercer grado y tenga que comenzar de nuevo el año siguiente. Pero esa es su realidad. Ningún hada madrina vendrá a cambiarla. El chiquillo abre los ojos consciente de que hoy cumple nueve años. Nueve años de vida trashumante, nueve años de cuidar a su hermanito, nueve años de ser el mejor amigo de su padre. Nueve años. Ya sabe acerca de los fantasmas, los seres que acechan en la oscuridad, conoce de armas tan bien como cualquier cazador adulto y aunque su padre no le permite manejarlas a todas, sabe lo suficiente como para hacer frente a cualquier imprevisto. Pero también sabe jugar futbol, divertirse con sus amigos, hacer travesuras y hacer todo lo que un niño de nueve años hace. Y por más que John se empeñe en hacerlo crecer, sigue siendo un niño y como tal conserva aún la frescura de sus años. Lo que no sabe es que hoy todo es diferente. Un llamado telefónico ha hecho que su padre decida que debe moverse. Hoy. Alguien los necesita. Debe ir con su familia hacia otra parte, debe proteger inocentes a como dé lugar. Y si eso significa escapar como si fueran delincuentes perseguidos por la policía, pues así se hará. El cazador murmura unas órdenes y dirige su mirada atenta hacia su primogénito, quien en el acto comprende. Comienza a empacar sus cosas y las de Sam, que aún duerme en su cama, ajeno a lo que está ocurriendo. Todo ha sucedido tan rápido que no se ha dado cuenta de que no volverá a ver a su maestra, ni a sus compañeros, ni volverá a jugar futbol con el pequeño vecino. Poco a poco la realidad penetra en su conciencia, perturbándolo, lastimándolo. Pero se cuida muy bien de mostrar lo que siente. Sabe que el precio de eso podría ser la rabia y el desdén de su padre, y para él, John es lo más grande que existe en este mundo.
- Hijo, voy hasta la escuela a pedir tu documentación, para inscribirte en otro colegio. Cuida bien de tu hermano, ¿has entendido? Y ten todo listo, apenas regrese, partiremos.
- Claro, sí señor – es la breve respuesta del pecoso, que se queda mirando pensativo mientras el hombre se aleja de la cabaña. Sabe que no debe perder tiempo, conoce la rutina: mientras John se ocupa del papeleo, él debe cargar el automóvil con todas sus cosas y por supuesto, debe preparar a Sam.
Se dirige hacia la cama del pequeño que duerme. Los pies le pesan. Los arrastra. Los ojos le queman pero sabe que tiene que seguir adelante. Como todo buen soldado. Y él quiere ser el mejor soldado de su padre. Y lo será, de eso no tiene dudas.
- ¡Sam! ¡Sammy! ¡Vamos, Sammy, despierta! –insiste el rubio sacudiendo el hombro del pequeño.
- ¿Mmmmm? ¿Dean?
- Sí, soy yo –le responde el aludido con voz atenazada de angustia.
- ¿Qué pasa? Tengo sueño, mucho sueño…
- No hay tiempo para holgazanear, Sammy. Papá ha ordenado que te prepare para irnos y eso es lo que voy a hacer aunque tenga que meterte debajo de la ducha fría…
La amenaza surte efecto en el acto: el castaño se sienta en su cama, se frota los ojos cargados de sueño y pregunta:
- ¿Por qué, Dean?
La pregunta pega con toda su fuerza en la mente del mayor. Sí. Eso. ¿Por qué? Ni siquiera él lo comprende. No lo sabe, pero no puede decirle eso a nadie, menos aún al mocoso.
- ¿Por qué no cierras el pico, Sammy? Porque papá lo ha ordenado, ¿has entendido, enano?
- Pero… pero…
- ¡Pero nada! ¡Vístete y siéntate en el porche! Yo cargaré todo en el Impala –el rubio hace una pausa y se ablanda- Cómete una galleta, Sam.
- Sí, De.
Media hora más tarde, todo ha sido cargado en el vehículo y los niños están sentados en escalón del porche, con las caras tristes. Ninguno de los dos habla. El vecinito con el que Dean suele jugar futbol lo ve desde su ventana y se acerca vistiendo ropa deportiva.
- ¿Jugamos un partido, Dean? –pregunta ilusionado.
- No, lo siento. Estamos esperando a nuestro padre. Nos vamos.
- ¿Te vas de viaje? ¿Adónde? ¿Cuándo regresas? –el chico lanza las preguntas una detrás de otra.
Dean sabe lo que tiene que responder. Lo ha oído cientos de veces en su corta vida y también lo ha practicado con su padre. Pero no se le antoja hacerlo. ¿Por qué? La pregunta de su hermanito retumba en su cabeza. Miente, Dean, miente. Dile que regresas luego del fin de semana. Que vas a visitar a tu tía. Pero no quiere, no puede.
- Me voy, George. Nos vamos para siempre. Jamás regresaré. Mi padre nos lleva a otra ciudad, a otra escuela. Él dice que aquí no es seguro y que debemos irnos.
- ¿Peligro? Pero si aquí todo es muy tranquilo. Mi madre dice que es el sitio ideal para que mi hermano y yo crezcamos sanos y… -el chico se calla, enmudece y mira los ojos brillantes de su amigo, que le confirman que no bromea, que se va y que no volverán a verse. Ve al rubio abrazar al pequeño que tiene a su lado, en un vano esfuerzo por ocultar la tristeza que lo embarga en ese momento. Y George toma una decisión.
- Entonces, toma –le dice extendiéndole el balón de futbol- Llévatelo y cuando juegues acuérdate de mí.
- No, George, no puedo aceptarlo –le responde confundido el mayor de los Winchester.
- Claro que puedes. ¿O es que acaso no quieres acordarte más de mí? –le sonríe el chico.
Y ante ese argumento, Dean toma el balón y aunque en ese momento quisiera abrazar a su amigo, sólo le tiende la mano, muy formal y le dice:
- Gracias, George. En serio. Gracias.
- De nada –le responde el chico y se da la vuelta lentamente para regresar a su casa.
Unos momentos después, John llega desde el pueblo, bastante agitado y tomando las llaves del vehículo que reposan sobre la mesa, pregunta:
- ¿Todo listo, chicos?
- Sí señor –responden a coro los pequeños.
Y así emprenden la marcha. No hay un destino fijo. Puede ser cualquier pueblecito que hallen en el camino o una gran ciudad. Sobre eso no hay certeza. Ninguno tiene deseos de hablar. Unas millas más adelante el pequeño se duerme, aburrido de tanto silencio y el mayor trata de alejar los pensamientos negros que invaden su ser. John parece concentrado en el camino. Pero está observando a su primogénito.
- Oye, Dean. Sé que no es el mejor modo de pasar tu cumpleaños pero te juro que no ha sido intencional. No he querido hacer este viaje hoy, sólo que he debido hacerlo…
El rubio alza la vista sorprendido de que su padre recuerde que hoy es su cumpleaños y de que muy a su manera, se esté disculpando por lo que ha hecho. Ambos hechos son bastante raros y sorprenden gratamente al chico. – No hay cuidado, papá. Entiendo por qué lo hiciste y de verdad todo está bien – le responde el rubito.
Algunas horas más tarde han llegado a Texas. No era el lugar adonde John pensaba ocultarse durante un tiempo pero de alguna manera ha sentido que debía detenerse allí y lo ha hecho. El suburbio es tranquilo y solitario, el mayor ayuda a su padre a desempacar las pocas pertenencias de la familia y luego recibe agradecido el billete que el cazador le tiende mientras le dice:
- Vete con Sammy y tómense una malteada. No se alejen mucho. Y tengan mucho cuidado. ¿Han comprendido?
- ¡Sí, señor! –ambos responden a coro y salen corriendo hacia un pequeño puesto en donde venden refrescos a no más de cincuenta metros de la puerta de su nuevo hogar. Se sientan y ven a los niños del vecindario mientras regresan de la escuela. "Mañana seré el El Chico Nuevo de Siempre" piensa Dean sombrío.
- ¡Hey, tú! ¡El rubio! –le grita de pronto un muchacho de su edad, regordete y decidido. El crío camina con una pelota bajo el brazo. -¿Te unes a nosotros? Necesitamos un portero y he pensado que tú podrías hacerlo. Trae a tu hermano contigo, porque ¿es tu hermanito, verdad?
Dean asiente lentamente, tratando de asimilar lo que le han dicho. Toma de la mano a Sammy que lo mira sonriente y se encamina hacia el campo de juego. Después de todo, tal vez no sea tan malo ser El Chico Nuevo de Siempre.
