¡Hola, gente! Heme aquí con otro capi. Trece añitos para Dean. Casi un adolescente. Espero que les guste y que me sigan leyendo. Me he hecho el firme propósito de terminar estas historias antes de julio. Gracias a todos los que leyeron y dejaron review y a los que leen en silencio, también. Los quiero mucho.
Flint, Michigan. 24 de enero de 1992
Hace mucho frío. Está helando y las calles lucen desiertas. Ningún ser humano en sus cabales circularía a estas horas por el pequeño pueblecito. Pero los Winchester no son gente normal. Al menos no lo son en el sentido en que la mayoría interpreta esa palabra. Es casi medianoche y la calma del ambiente se interrumpe con el potente rugir del motor de un Chevy Impala del 67. Descienden tres figuras de él. El mayor se adelanta y se registra en la recepción del sucio motel de carretera. Los otros dos, unos niños, esperan fuera pacientemente. El más pequeño se apoya en el mayor, evidentemente adormilado. Cuando John se ha registrado, cruza el estacionamiento seguido de cerca por los dos chicos. Abre el maletero del vehículo y le pasa un bolso a cada niño. Él hace lo propio con un bulto más grande y pesado. Luego avanzan hasta la puerta de la habitación que les ha tocado en suerte esta vez. Ya dentro de la habitación, cada uno se aboca a sus tareas: Dean organiza la cocina, pone a calentar un poco de agua para preparar una sopa instantánea. Sam salta sobre una de las camas y suspira, paseando su mirada por el cuarto, se ve cansado y desilusionado. Parece no encajar allí, como si el chico perteneciera a otro lugar. John, por su parte, abre el bolso grande y despliega unos mapas sobre la mesa, concentrado en carreteras, augurios y otras cosas. Dean se le acerca y en silencio toma un arma y comienza a limpiarla concienzudamente. Padre e hijo conocen su rutina a la perfección y la cumplen sin excepciones. Dean hace una pausa, mira a su hermanito y le arroja el control remoto del televisor.
- Mira un poco de televisión, Sammy. La sopa no estará hasta dentro de unos minutos.
El pequeño hace una mueca de asco pero obedece.
- ¿No podemos comer otra cosa? No me gusta la sopa…
- Sam, sabes que debes comer lo que tu hermano prepare. No podemos darnos el lujo de comer lo que nos gusta. Todos debemos colaborar. ¿Has comprendido? –tercia John bastante serio.
Sam asiente y se concentra en la televisión. Sabe que no ganará ninguna discusión con su padre. Al menos no por ahora.
La cena transcurre sin novedades. El Winchester mayor decide salir a hacer unas investigaciones, así que con un gesto le indica a su primogénito que está a cargo. Dean asiente en silencio. Cuando John sale de la habitación, el ambiente parece distenderse instantáneamente. El pecoso termina rápidamente de ordenar la cocina, Sam ayuda con los bolsos y luego los hermanos se sientan frente al televisor, sintonizan una transmisión deportiva y ríen y bromean despreocupadamente. Unos minutos más tarde, Dean se levanta, rebusca algo en su bolso y cuando lo halla lo parte y tiende la mitad a su hermano: uno de los chocolates que se robó en la tienda de la última gasolinera ha sobrevivido al viaje. Y los chicos Winchester lo saborean con fruición, como si fuera el último que vayan a probar.
- Me gustaría que mañana fuera un día especial, Sam –manifiesta pensativo el rubio.
- Sí, tendríamos que hacer algo distinto, como una fiesta…
- Sabes que eso no es posible, Sammy. Papá está trabajando y no podemos perder tiempo con fiestas de cumpleaños. Eso es cosa de niñitos –dice muy convencido el pecoso.
Sam lo mira y se calla. Para él, festejar el cumpleaños sigue siendo muy importante.
- Hora de dormir, hermanito –corta toda discusión el mayor.
Sam obedece. Se pone su pijama y luego de lavarse los dientes se mete a la cama. Mira a su hermano, que termina de ordenar algunas cosas en el cuarto y luego lo ve meterse en su cama también. Hay una tercera cama que Dean ha dejado perfectamente preparada para su padre. Sabe que regresará tarde, cansado y tal vez golpeado o herido. En la nevera hay varias latas de cerveza, sólo por si acaso.
- Buenas noches, hermano –saluda Dean suavemente.
- Buenas noches, De –responde el menor sintiéndose seguro allí donde está el mayor. – ¡Y feliz cumpleaños! –agrega el chiquillo.
- Gracias –responde bajito y con emoción el pecoso, sintiendo su pecho inundarse de un dulce calor.
Tal como era previsible, John llega muy tarde, todo cubierto de barro y maldiciendo por lo bajo. Dean lo oye, pero no se mueve. El cazador se dirige hacia el baño y toma una ducha. Unos minutos más tarde, abre una lata de cerveza y mira el mapa otra vez. Dean se sienta en su cama, lo mira interrogativo.
- Hay una extraña cantidad de reportes de cambiaformas desde aquí hasta Minnesota –explica el hombre.
- ¿Vamos a seguirles el rastro? –pregunta el preadolescente.
El Winchester asiente y luego se prepara para acostarse.
- Duérmete, es tarde –es el lacónico saludo de su padre. Pero Dean lo entiende perfectamente. Ha aprendido a leer entre líneas y sabe que es el modo que tiene el mayor para demostrarle su afecto y su preocupación.
El día amanece nublado, oscuro y frío. Dean tiene oficialmente 13 años. Pasan el día en los bosques, cubiertos de barro, hundidos en la nieve, helados hasta los huesos. Los cambiaformas se han ocultado allí y es necesario capturar uno al menos para interrogarlo. John necesita saber el motivo de esa extraña actividad en esa época del año. No logran atrapar ninguno. El anochecer los encuentra agotados y casi congelados. En el motel, consiguen darse una rápida ducha con agua tibia antes de que la calefacción se apague. El conserje explica que se ha dañado la caldera.
- Bien, parece que tendremos que cenar sopa otra vez –arriesga John molesto.
- Pero es el cumpleaños de Dean, papá –casi grita Sam.
John vuelve la mirada a su primogénito que está extrañamente callado. Casi lo había olvidado. Trece años. Toda una vida cazando. Vaya.
- Feliz cumpleaños, hijo –le dice y se queda en silencio, meditabundo.
- Gracias, papá –responde el pecoso bajando la mirada.
- ¿Qué quieres que te regalemos, hijo? –se anima a preguntar el ex marine.
Dean levanta la vista incrédulo. La oferta es tentadora. Mira a su hermanito y recuerda la escena de la noche anterior. Sabe que están cortos de dinero, pero se atreve igual a pedir lo que desea, más por Sam que por él. – Hay un lugar en las afueras del pueblo. Una vieja fonda, se llama Mama Janer's. ¿Podríamos ir a cenar fuera esta noche?
John también sabe que los fondos con que cuentan no les permiten grandes lujos, pero ese pequeño capricho de su primogénito, aún puede dárselo. - ¡Claro, hijo! ¡Prepárense, que nos vamos a cenar fuera!
Los chicos intercambian miradas de incredulidad y felicidad. En pocos segundos están listos y los tres emprenden la marcha hacia el lugar. La cena transcurre con total normalidad, salvo el hecho de que la comida es tan grasosa que John prácticamente no come. Los críos están felices y devoran varias hamburguesas como si de un manjar se tratara. Conversan, ríen y se comportan como si de una familia normal se tratara. El rostro de Dean se ensombrece varias veces durante la velada y John sabe porque es: ha recordado a su madre y eso lo ha entristecido. Lo sabe porque él tampoco puede evitar recordar a Mary cada vez que uno de los chicos cumple años. El pequeño no se da cuenta de nada y apenas puede, pide un helado que disfruta enormemente, por lo que se puede ver en su rostro. Más tarde, los tres Winchester regresan a la habitación de motel. La caldera ha sido reparada y el ambiente se siente tibio y acogedor. Invita al reposo nocturno. Sammy está prácticamente dormido de pie, así que Dean lo acuesta y lo arropa. Luego se acuesta él mismo, habiendo previamente ayudado en silencio a su padre a preparar los bolsos. Partirán al amanecer. Dean ya se ha metido en su cama mientras recuerda la hermosa velada que ha pasado con su familia. John ronca suavemente en su cama. El hombre está agotado.
Dean poco a poco está cayendo en la inconsciencia cuando una vocecita lo sobresalta.
- Gracias, Dean –dice el pequeño con voz pastosa.
- ¿Por qué? –pregunta el aludido.
- Tú sabes porque. Me salvaste de comer sopa otra vez.
- Cierra la boca, enano y duérmete –dice el mayor con tono mandón. Es el tono que usa para disimular su emoción.
FIN
