¿Y bien? Espero que les haya gustado el capi anterior. Aquí traigo el próximo, en donde Dean cumple 14. Vaya edad, eh? Y veremos cómo lo manejan los Winchester, a su particular modo… Se aprecian reviews, son mi combustible…

¿Ven que voy camino a terminar la historia antes de julio?

Y por cierto, gracias patriwinchester, chiyo y winchestergirl por haber comentado y leído el capi anterior. (*insertar emoticón emocionado aquí*)

Lo único que lamento es que los cumples se van haciendo más tristes a medida que pasa el tiempo… pero prometo darles uno tierno y alegre antes del final de esta historia.

24 de enero de 1993

Están en Los Ángeles. Es la primera vez que ven esa ciudad. John ha estado cazando un poltergeist, así que se han instalado en una casona enorme, de presencia sobrecogedora, en las afueras. La dueña del inmueble se los ha prestado para que le solucionen el problema que tiene con los espíritus. John ha aprovechado y luego de eliminar al poltergeist –tarea que les llevó a él y a Dean menos de una tarde- le han indicado a la cándida señora que deben permanecer allí al menos quince días para asegurarse que la casa esté limpia de toda presencia. Obviamente, la dueña ha aceptado encantada. Cualquier condición le parece poca siempre que le regresen su casa lista para ser habitada. Ya libres de cualquier trabajo, cada uno de ellos se ha dedicado a hacer lo que más le gusta. Son como unas merecidas vacaciones. John se ha puesto a estudiar viejos pergaminos y mapas, concentrado en hallar al demonio que mató a Mary. Sam vagabundea por el vecindario juntando bichos y plantas, convertido ya en una pequeña enciclopedia ambulante. Debería estar en la escuela, pero dos semanas no van a cambiarle la vida, así que John no lo inscribe en ningún establecimiento. Tampoco lo hace con Dean, porque no vale la pena. Son sólo dos semanas y además el chico ha demostrado que tiene intereses muy distintos a los de su hermano. Su primogénito no ha nacido para ser estudiante. Es un chico hecho para la caza. El pecoso pasa las dos semanas recorriendo el vecindario, al igual que su pequeño hermano, pero sus intereses son bien distintos. En pocos días ha dejado sin respiración a todas las adolescentes del lugar y ha elegido a una: Katie. La jovenzuela no es una gran belleza, pelirroja, delgada, tímida. Pero Dean se aficiona a ella. El día de su cumpleaños, le pide dinero a su padre porque ha decidido llevar al cine a la chica. John no dice nada, en silencio le entrega unos billetes al rubio y lo ve partir. Ha crecido mucho y está casi tan alto como él. Delgado, atlético, manos fuertes, su mirada firme y serena. Le recuerda tanto a Mary, físicamente hablando. Pero el carácter del chico, esa es otra cosa. Es todo un Winchester. Es igual a él cuando tenía su edad. Ha aprendido a jugar al póker y es capaz de timar sin parpadear al mejor de los jugadores. Se ha metido en varias peleas callejeras, de las que ha salido bien parado. Sabe pelear y no le teme al dolor. Y en cuanto a las mujeres, pues por lo que John puede apreciar, se ha convertido en todo un donjuán. Es capaz de encantar a las chicas con sus relatos, sus bromas, su sonrisa de medio lado. Es todo sal y pimienta. John tiene sentimientos encontrados respecto de su primogénito. Por un lado lo llena de orgullo saberlo tan capaz, tan autosuficiente, pero por otro lado teme por él. Sabe que puede meterse en muchos problemas por ser como es. Y siente la necesidad de hablar con el adolescente. Decide esperarlo despierto para poder tener una pequeña charla de hombre a hombre.

Dean ha llevado al cine a Katie. La película ni siquiera la recuerda. Sólo tiene ojos para la jovencita. Cuando termina el espectáculo, la acompaña a casa. Ya en el porche, logra lo que ha estado buscando: le roba un beso. Su primer beso. Le sabe a triunfo, a gloria. Y regresa a casa feliz, aunque sabe que pronto partirán y no volverá a ver a la delgada adolescente.

Su felicidad se esfuma lentamente cuando ve a John despierto y esperándolo en la puerta. Se imagina que deberá oír un largo sermón. Su padre está poniéndose pesado con sus discursos. Y él no está de humor para escucharlo. Sólo quiere no pensar en nada en especial y saborear su triunfo.

- ¿Cómo te fue? –pregunta el hombre.

- Bien –Dean se encoge de hombros, simulando indiferencia.

John se da cuenta de la situación. Y entiende que debe tener esa charla con el chico ahora. No puede esperar más. Se levanta, se dirige hacia la nevera y toma dos cervezas heladas. Le tiende una a su hijo, en silencio. Dean no puede evitar mirarlo interrogativamente.

- ¿Para mí? –la incredulidad se nota en su voz.

- Claro, hijo. Ya eres casi un hombre, después de todo. Pronto estarás cazando tú solo. Puedes tomar una cerveza. El pecoso estira la mano, toma el envase y le da un largo sorbo. Aunque le sabe amarga, la bebe lo mismo. Sabe que su padre lo está observando.

- Está buena –miente descaradamente.

John asiente en silencio, dando un trago a su bebida.

- Mira hijo, sé que no quieres hablar ahora. Pero es necesario que me escuches. Has sido siempre un chico obediente, un buen soldado.

- Sí señor –no puede evitar decir el rubio.

- Y como tal –prosigue el Winchester- tienes que seguir ciertas reglas. Sé que estás pasando por toda una revolución en tu vida. Ya no eres más un niño, pero tampoco eres un hombre. Y aunque eres más hábil, fuerte y capaz que el resto de los chicos de tu edad, hay cosas que no sabes. Y tengo que enseñártelas.

Dean lo sigue mirando con intriga. Da otro sorbo a su bebida y no le sabe ya tan amarga. Su cabeza comienza a sentirse extrañamente liviana. Ha estado presente en todas las conversaciones de adultos que su padre y los otros cazadores con los que suele reunirse han tenido desde que él tenía diez años. No se imagina qué puede ser aquello que su padre cree que él no sabe.

John lo mira y parece recordar lo que el adolescente está pensando. ¿Qué puede él decirle que no sepa ya el joven? Pues bien, sí hay una cosa.

- Quiero que recuerdes esto que voy a decirte muy bien, chico.

Los ojos de Dean se concentran en la figura paterna. Parece a punto de revelarle un gran secreto.

- Recuerda, Dean. Ten mucho cuidado. Vive la vida, acuéstate con cuanta chica quieras pero te lo advierto, soldado. Si alguna queda embarazada, se acabó la caza para ti. ¿Has comprendido? Deberás establecerte, trabajar en algo regular y ocuparte de tu hijo. No te podré aceptar en mi equipo. Un cazador no puede permitirse esas debilidades. Una familia es un lastre para nosotros.

Dean abre la boca, luego la cierra. Asiente gravemente. Ha comprendido el sentido de las palabras de su padre. Siente que su cabeza le da vueltas. La cerveza lo ha mareado, o tal vez ha sido la charla. Apura el contenido de su botellín y luego se pone de pie decidido a ocultar sus sentimientos. John le da una palmada en el hombro cuando pasa a su lado y en voz casi inaudible le dice: - Feliz cumpleaños, hijo.

El pecoso entra a la habitación, agradeciendo que su padre no lo pueda ver. Se tambalea un poco y se sienta en el sillón en donde Sam está viendo televisión. No dice nada. El niño lo mira.

- Hueles como papá. No me gusta. ¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto un fantasma…

- No me pasa nada, Sammy. Cállate. Voy a prepararte un sándwich, porque seguro no has comido aún.

- Ajá –asiente el chiquillo.

El rubio deja el bocadillo al lado de su hermanito, lo mira con mirada enternecida y le da un beso en la frente.

- Buenas noches, Sammy. Me voy a dormir, estoy cansado –miente el mayor.

Sam lo mira con incredulidad. Su hermano no es tan expresivo.

- Gracias, De –le responde quedamente. ¿Sabes que siempre estaremos juntos, no?

Dean lo mira con los ojos llenos de lágrimas, le da la espalda y se mete en su cama, decidido a asimilar la enormidad de lo que su padre le ha revelado: que su vida nunca será una vida normal. Y más vale que lo entienda rápidamente si quiere sobrevivir en ese mundo en donde ellos se mueven. Las primeras ilusiones de un adolescente han sido cruelmente aplastadas. El golpe ha sido duro, pero él es un Winchester y va a superarlo, como superará tantas otras cosas a lo largo de su vida…

Esa noche, el joven moja la almohada con sus lágrimas. Llora en silencio hasta quedarse dormido. Esa noche, Dean Winchester se hace hombre.

FIN