Holaaa! Manteniendo mi promesa, he regresado con otro cumple de Dean. Muy especial este, ya que es su primera cacería completamente solo. Y no será fácil para el chico de diecisiete años. ¿Me acompañan a ver cómo se las arregla nuestro jove héroe?

Ah…. ¡Gracias por todos los reviews que recibí! Me hacen muy feliz.

24 de enero de 1996. Riverton, Wyoming.

Hoy es el día en que Dean cumple diecisiete años. El día ha comenzado tranquilo y sin sobresaltos. Un desayuno familiar, Dean que lleva a la escuela a Sam y luego regresa para encontrarse con su padre. Ambos cazadores han decidido ir a practicar tiro al blanco mientras el pequeño está en el colegio. Cargan el maletero del Impala con las armas que necesitarán y con una buena provisión de cerveza helada. Padre e hijo se entienden a la perfección sin necesidad de muchas palabras. La práctica de tiro al blanco se extiende por bastante tiempo, hasta que el frío que reina en el lugar obliga a los hombres a meterse dentro del Impala para buscar refugio. John saca una pequeña petaca de su chaqueta y la tiende a su hijo, que tiembla de frío.

- ¿En serio? –pregunta el rubio con incredulidad. Hace ya bastante que bebe cerveza junto a los mayores pero John no le permite beber algo más fuerte, salvo en contadas ocasiones en que ha estado herido o enfermo.

- Claro, hijo. Eres todo un hombre. Y un cazador. Bebe.

Dean toma la petaca y hace lo que su padre le dice. El líquido le quema pero lo reconforta. Permanecen en silencio un rato, hasta que el mayor habla:

- Hoy vas a ir a tu primera cacería solo. Ya eres lo suficientemente grande. No me necesitas para que te apoye. Puedes hacerlo solo.

Dean traga saliva, mira a su padre y sólo musita un "Sí señor".

Regresan a la habitación de motel que están rentando, Sammy ha vuelto de la escuela y lee un libro sobre su cama, en silencio. Se lo ve molesto. Últimamente siempre está molesto con John. Pero con Dean mantiene todavía una buena relación, así que el mayor se le acerca, se sienta en la cama.

- ¡Sammy, voy a ir solo a cazar a esas monjas fantasmas que hemos estado rastreando! –le dice con emoción en la voz. Con su hermano pequeño, Dean puede permitirse a veces mostrar sus emociones y sentimientos.

- Me alegro por ti, Dean. Sé que es lo que tú quieres. Pero, ten cuidado, hermano. ¡No te hagas el héroe! –le dice Sam con gran sabiduría y madurez para sus trece años.

- ¡Soy un héroe, no me hago! –le responde el rubio, confiado en sí mismo.

Sam toma su libro y sigue leyendo mientras menea su cabeza con resignación.

- Bien, repasemos los hechos, cazador –le anuncia John cuando se acerca la hora de la partida.

- Ok, voy a la Misión India de San Esteban. Allí residían estas dos monjas. Todo iba bien hasta que se enamoran y deciden vivir su amor. Las descubren. Se suicidan juntas y luego comienzan los suicidios en la Misión. Varias víctimas, todos hombres. Me infiltro, trato de hallar restos de ADN de ellas en su cuarto y averiguar dónde están enterradas. Cavo. Las salo y las quemo. Fin de la historia –recita el muchacho con confianza y auto suficiencia.

- Sí, está bien, pero Dean, hijo, ten mucho cuidado. No menosprecies a los fantasmas. Pueden dañarte de formas que ni siquiera imaginas.

Dean asiente, toma su bolsa y su padre le da las llaves del Impala. Por unos días, será libre. Está por su cuenta.

La Misión India de San Esteban está extrañamente calma. La nieve cubre todo el lugar como un misericordioso manto de olvido. El silencio domina en el ambiente.

Y nada parece indicar que allí hubo una tragedia seguida de varias más. Cerca de un cobertizo oculto por unos pinos, juegan unos niños de la tribu shoshón. Cuando ven acercarse al joven forastero que ha descendido de ese impresionante vehículo negro, corren en bandada para poder tocar, aunque sea unos instantes al Impala. Un anciano sacerdote se acerca rengueando y pregunta a Dean qué es lo que desea.

- Hola, me envían de la parroquia de Santa María, en Sioux Falls. El padre Bobby Singer cree que unas semanas ayudando a estas pequeñas almas necesitadas, serán buenas para mi espíritu, padre –miente descaradamente el rubio.

El anciano lo mira, duda, pero al final acepta. Tal vez lo ha convencido la verosimilitud de los datos –salvo el nombre del nuevo sacerdote, que no conoce- o tal vez están tan necesitados de ayuda que no le importa mucho averiguar más acerca del rubio chico que lo mira expectante.

- Está bien. Te hospedarás con los del voluntariado. Pero te lo advierto, hijo: nada de salidas nocturnas, nada de alcohol, nada de chicas y deberás obedecer las reglas de la misión durante tu estadía aquí. ¿Has comprendido? –pregunta el sacerdote.

- Claro, padre, claro. Entendido –sonríe de medio lado nuestro héroe.

Unas horas después Dean está cenando con un grupo de holandeses que conversan entre sí en un idioma ininteligible para el Winchester. Trata de hacer contacto con ellos varias veces, intenta con sus bromas pero lo único que logra es que lo miren como a un gusano que ha caído en el caviar. Así que deja de intentarlo y se concentra en lo que ha venido a hacer. Cazar. Hallar los restos de las monjas suicidas. Apenas termina de cenar, se levanta y con la excusa de ir al baño, se escabulle hacia el ala femenina de la misión. Llama su atención un cuadro que pende de la pared. Es la vieja misión como se veía en 1912, el año en que ocurrieron los suicidios. Ve la oportunidad y se roba un antiguo libro que parece ser una especie de registro.

Ya en su habitación, tiene que esperar a que los holandeses se duerman antes de poder intentar salir a explorar. Cuando finalmente lo logra, se dirige hacia la iglesia, sabiendo que los cementerios de los conventos siempre estaban allí cerca. No hay nada. El terreno es ahora un campo de futbol. "Esto parece que va a ser más difícil de lo que creía" piensa el pecoso. Está regresando a su habitación cuando un grito lo sobresalta. Desde la torre de la Iglesia divisa el cuerpo del sacerdote que lo recibió, muerto. Se ha ahorcado.

Continuará…