Buenas! He regresado, finalmente. El trabajo y las obligaciones me han dado unos días de descanso y el fin de semana largo en mi país me ha dado renovadas energías para retomar mi pasatiempo favorito: escribir. Aquí está la 2º parte del relato de la primera cacería solito de nuestro Dean. Respondo al comentario de casammy que me dejó review y le digo que este relato no es invento mío, sino que es el desarrollo de lo que se cuenta en el diario de John. Y sí, fue el mismísimo John Winchester quien envió al chico solo en su primera cacería a los 17! ¿qué te parece?
Y a patriwinchester y winchestergirl93, gracias por estar, por seguirme fielmente y por darme ánimos… y sí, es verdad Eva… va a sufrir… (silba con disimulo). Pero te gusta, ¿o no?
Sammynanci, gracias por dejar review, que sabiendo lo que te cuesta leer hurtdean, sé que es un verdadero sacrificio que sólo haces por tu hermanaaaa. Thanks, sis!
II parte.
Tarda pocos instantes en ocultarse y sin hacer ningún sonido, se acerca hacia la torre, tratando de no dejar ninguna huella. Sabe que es necesario inspeccionar la escena del crimen, pero debe hacerlo ahora, cuando nadie sabe lo que ha ocurrido. Sabe por experiencia que si se tarda corre el riesgo de ser hallado "con las manos en la masa" y que lo consideren responsable del acto o bien puede ser que si se demora demasiado y permite que otros toquen el lugar, no logre hallar las pistas que está buscando.
La nieve apaga sus pasos pero le juega una mala pasada: sus pisadas se marcan indefectiblemente, por lo que debe volver sobre sus pasos, borrar las huellas y para cuando ha terminado alza la vista hacia la torre y logra ver una bruma amarillenta que rodea el cadáver del sacerdote. Parpadea para enfocar mejor su visión, pero cuando abre sus ojos no logra ver nada, absolutamente nada más que el cuerpo del religioso pendiendo de la edificación.
Oye un grito y se da cuenta que una joven voluntaria que circulaba por allí ha descubierto el cadáver. Tiene pocos segundos para regresar a su habitación antes de que alguien lo descubra. Corre mientras se desabrocha la ropa, para parecer recién levantado o vestido. Cuando oye los pasos de sus compañeros de habitación, simula estar saliendo del baño que está en la planta baja, pone cara de sueño y confusión. Grita: "¿Qué sucede? ¿Qué ocurrió?" como si realmente no supiera lo que ha sucedido. John le ha enseñado bien.
Su truco funciona y nadie sospecha de él. Se dirige junto a sus compañeros hacia la torre y como la policía todavía no ha llegado, sube junto a un holandés robusto y decidido. La escena no es agradable y el europeo palidece y Dean lo ve inclinarse y vomitar cerca de él. Afortunadamente, él es un soldado y esas nimiedades no lo alteran. Ha visto peores cosas.
Mira con mirada aguda y rápidamente detecta ectoplasma en la ventana de la torre. Actividad fantasmal. "Gran descubrimiento, Dean" – se dice el chico con fastidio.
La policía no se hace rogar, llegan y desalojan el edificio en pocos minutos. Dean se queda allí meditabundo, extrañamente enlentecido.
Descienden junto al holandés sin articular palabra. Al llegar a la mitad de la escalera desandando el camino que hicieron hacia el campanario, súbitamente Dean vacila y se tambalea ligeramente. Un vahído. El holandés lo advierte y se detiene, mirándolo interrogativamente. Con un tono gentil pregunta: "¿Estás bien?" Dean lo mira confuso por unos instantes, luego parece ubicarse y sólo mueve su cabeza con un gesto de asentimiento.
En el gran salón de la misión los voluntarios sirven el café en un vano intento por superar el mal momento y la tristeza que les causara la partida abrupta e inexplicable del padre Domingo. Dean oye a una de las religiosas comentar que era un hombre sumamente piadoso, colaborador, bueno y -lo que más llama su atención- tenía 84 años de edad y había llegado a San Esteban en la década del 70.
Primero se había sentido animado y excitado por la cacería pero luego había ido sintiéndose más y más decepcionado y nervioso. Y eso era extraño, él no era así.
El europeo que había subido con él al campanario le hizo un gesto de saludo desde su mesa, al otro lado del salón. El rubio cazador respondió levantando su taza de café. Unos minutos después se retiró a su habitación, dispuesto a leer el libro que había hallado.
Ese libro resultó ser un registro vital del convento, desde su fundación, por lo que no le fue difícil a Dean hallar el año de las muertes de las religiosas –que en el libro se calificaba como "fatalidad"- y una anotación marginal por demás llamativa: N.I.T.C. "¿Qué mierda es N.I.T.C.?" caviló Dean. "Si estuviera aquí el cerebrito de mi hermano, ya lo hubiera resuelto." pensó casi lamentándose, pero en el acto resolvió que no iba a pedir ayuda de ninguna clase. A nadie. Él era un cazador y podía resolver este misterio solo.
Unos instantes después, la calma volvió a la misión. La gente, lentamente fue regresando a sus habitaciones y el silencio invadió los recintos. Pequeños grupos de personas se alejaban murmurando entre sí rumbo a los dormitorios.
El día amaneció nublado, frío, lúgubre como el ánimo del adolescente cazador. Ni siquiera sentía deseos de salir de la cama, sólo lo hizo por la fuerza de la costumbre. Con poco ánimo se dirigió al salón común y luego de desayunar, fue a la cocina de la misión, dispuesto a explorar un poco el lugar, ya que por experiencia sabía que tenía que hallar las tumbas de las monjas o bien algún rastro biológico que alguien hubiera conservado y que era lo que permitía a los espíritus regresar.
Armándose de una escoba, el joven Dean Winchester se puso a simular barrer la cocina con gran ahínco mientras trataba de observar todo a su alrededor.
-Veo que te interesa más hacer turismo que barrer, hijo -fue el saludo que oyó el joven. Giró sobre sus talones y se encontró con una anciana gorda y pequeña que lo miraba compasivamente. Era la cocinera india de la misión.
- Yo… esteeee… en realidad… -trató de improvisar el rubio.
- No te molestes, chico. Llevo aquí más tiempo del que puedes imaginar y he aprendido a reconocer a los voluntarios. Tú no eres uno de ellos. ¿Estás aquí por los suicidios, verdad? –inquirió la anciana señora.
Algo le dijo a Dean Winchester que era momento de decir la verdad, así que inclinando un poco la cabeza, musitó: - Sí señora.
- ¿Y qué es lo que deseas saber? –preguntó la mujer.
- Pues… todo –fue la simple contestación del chico.
- Muy bien, entonces. Acerca una silla, te prepararé un té y te contaré lo que nadie recuerda del pasado de esta misión.
CONTINUARÁ…
