MSLN y sus personajes no me pertenecen.

La historia original no me pertenece. Es una adaptación del libro "El acuerdo" de Melanie Moreland.


Hola de nuevo a todos! Esta vez os traigo una adaptación de un libro que me gustó mucho. Sabéis que no soy de adaptaciones, sólo adapté dos historias y fue porque las historias originales eran de mi propiedad, pero es que esta novela, clasificada como erótica, me encantó por la historia que esconde detrás de los personajes. Hay tanta bondad y generosidad en uno de los personajes... 3

Espero que, si no habéis leído el libro, disfrutéis con esta adaptación. Y, como siempre digo, acepto críticas :)


Capítulo 1

POV Fate

Me incliné sobre la mesa, y el bullicio del concurrido restaurante se difuminó mientras trataba de controlar la furia. Intenté contener el deseo de gritar y mantuve la voz baja, si bien cada palabra rezumaba ira.

- ¿Qué has dicho? Estoy segura de que no te he oído bien. –Jill se acomodó en su silla, sin preocuparse en lo más mínimo por mi cabreo.

- He dicho que Veyron va a ser ascendido a socio. –él se encogió de hombros– Las cosas han cambiado.

- Me he dejado todo trabajando. He traído nueve millones a la empresa. Me dijiste que, si superaba lo del año pasado, sería socia. –Jill agitó la mano.

- Y Veyron ha traído doce millones. –estampé la palma de la mano contra la mesa sin importarme si llamaba la atención de los demás o no.

- Eso es porque el muy cabrón me la jugó y me quitó al cliente. La idea de la campaña fue mía. ¡Él me quitó de en medio!

- Es tu palabra contra la suya, Fate.

- Y una mierda. ¡Esto es una mierda!

- La decisión está tomada, y la propuesta ya está hecha. Esfuérzate y tal vez el año que viene será tu año.

- ¿Y ya está?

- Ya está. Te has ganado una generosa prima.

- "Una prima". No quiero una maldita prima. Quiero el ascenso. Debería haber sido mío.

Me puse de pie tan rápido que volqué la silla, que golpeó el suelo con fuerza. Me enderecé para enfatizar mi postura y lo miré con el ceño fruncido. Jill enarcó una ceja.

- Cuidado, Fate. Recuerda que en Al-Hazard Inc. lo importante es el trabajo en equipo. Sigues formando parte del equipo. Una parte importante. Lo miré fijamente, reprimiendo el deseo de mandarlo a la mierda.

- El equipo. Ya.

Me alejé meneando la cabeza. Volví al trabajo y entré dando un portazo. Mi asistenta me miró sorprendida. Tenía un sándwich a medio comer en la mano.

- ¿Qué diablos le tengo dicho de comer en la mesa? –le solté. Ella se puso en pie con torpeza.

- Es… estaba usted fuera. –tartamudeó– Estoy trabajando en sus gastos y he pensado que…

- Pues ha pensado mal, joder. –me incliné sobre la mesa y le quité el dichoso sándwich de la mano, haciendo una mueca por la atrocidad– ¿Mantequilla de cacahuate y mermelada? ¿El sueldo no le da para más o qué? –solté un taco cuando la mermelada me manchó el borde de la chaqueta– ¡Joder!

Su cara, ya blanca de antemano, perdió todavía más color al ver la mancha roja que se extendía sobre mi traje gris.

- Señorita Testarossa, lo siento mucho. Lo llevaré a la tintorería ahora mismo.

- Desde luego que va a llevarlo. Y ya que sale, quiero un sándwich. –ella parpadeó.

- ¿No… no ha salido a almorzar?

- Su conclusión vuelve a ser errónea. Tráigame un sándwich y un café con leche desnatada, con extra espuma. Quiero a Sieglinde Jeremiah al teléfono ahora mismo. –me quité la chaqueta con gesto impaciente y me aseguré de que los bolsillos estuvieran vacíos– Llévela a la tintorería. La quiero de vuelta esta tarde. –ella siguió sentada mirándome con la boca abierta– ¿Está sorda?

- ¿Qué prefiere que haga primero? –le tiré la chaqueta.

- Ese es su maldito trabajo. ¡Averígüelo y hágalo! –entré en mi despacho y cerré de un portazo.

Un cuarto de hora después tenía mi sándwich y mi café con leche. El interfono sonó.

- Tengo a la señorita Jeremiah en la línea dos.

- Bien. –cogí el teléfono– Sieglinde. Tengo que verte. Hoy.

- Estoy bien. Gracias por preguntar, Fate.

- No estoy de humor. ¿Cuándo estás disponible?

- Tengo toda la tarde ocupada.

- Cancela algo.

- Ni siquiera estoy en la ciudad. Como muy temprano puedo estar ahí a las siete.

- De acuerdo. Nos vemos en Midori. La mesa de siempre. –colgué y pulsé el botón del interfono– Venga ahora mismo.

La puerta se abrió y ella entró para acabar prostrada a mis pies. Literalmente. Ni siquiera me molesté en ocultar el hecho de que había puesto los ojos en blanco por el disgusto. En la vida había conocido a una persona tan torpe como ella. ¡Tropezaba con el aire! Juraría que se pasaba más tiempo de rodillas que las mujeres con las que yo salía. Esperé hasta que se puso en pie, recogió su cuaderno de notas y encontró el bolígrafo. Estaba colorada y le temblaba la mano.

- ¿Sí, señorita Testarossa?

- Mi mesa en Midori. Para las siete en punto. Resérvela. Será mejor que la chaqueta esté lista para entonces.

- He pedido el servicio urgente. Ah, sale más caro. –enarqué las cejas.

- Estoy segura de que le agradará pagar la cantidad extra, teniendo en cuenta que la culpa ha sido suya. –su rubor aumentó, pero no discutió conmigo.

- La recogeré dentro de una hora. –agité una mano. Me daba igual la hora a la que la recogiera, siempre y cuando estuviera en mi poder antes de marcharme de la oficina– ¿Señorita Testarossa?

- ¿Qué?

- Hoy tengo que marcharme a las cuatro. Tengo una cita. Le envié un correo electrónico al respecto la semana pasada.

Tamborileé sobre la mesa con los dedos mientras la observaba. Mi asistente, Nanoha Takamachi, la cruz de mi existencia. Había hecho todo lo que estaba en mi mano para librarme de ella, pero todo había sido en vano. Daba igual lo que le ordenase hacer, ella lo conseguía. Por humillante que fuese la tarea impuesta. ¿Recoger mi ropa de la tintorería? Sí. ¿Asegurarse de que mi cuarto de baño privado estuviera bien surtido de mis artículos de aseo personal? Por supuesto. ¿Ordenar por orden alfabético mi enorme colección de CDs después de que decidiera llevármela a la oficina? Sin fallo alguno. Incluso los guardó todos en cajas después de que "me lo pensara mejor" y decidiera enviarlos de nuevo a casa, impecables y en orden. No dijo ni pío. ¿Enviarle flores y un mensaje de despedida a la mujer de turno que quisiera quitarme de encima ese mes o esa semana? Ajá. Iba todos los días a la oficina sin falta y jamás llegaba tarde. Rara vez salía a menos que fuera para hacer algún encargo que le hubiera asignado o para escabullirse a la sala de personal, donde almorzaba uno de esos ridículos sándwiches caseros que había prohibido comerse en la mesa de trabajo. Mantenía mi agenda y mis contactos al día, archivaba los informes siguiendo el código de color que a mí me gustaba, y filtraba mis llamadas, asegurándose de que ninguna de mis numerosas ex me molestara. Según me habían dicho, todo el mundo la apreciaba, no olvidaba ningún cumpleaños y horneaba unas galletas riquísimas que compartía en ocasiones especiales. Era la puta perfección. No la tragaba. Era todo lo que aborrecía en una mujer. Delicada, con el pelo cobrizo y los ojos lavanda. Se vestía con trajes de falda sencillos. Impecable, pulcra y totalmente anticuada. Siempre llevaba el cabello recogido en una cola al lado. No llevaba joyas y, por lo que había observado, tampoco se maquillaba. No poseía el menor atractivo y no tenía el amor propio necesario para hacer algo al respecto. Apocada y tímida, era fácil pisotearla. Jamás se defendía, aceptaba todo lo que yo le tiraba y jamás me ofrecía un no por respuesta. A mí me gustaban las mujeres fuertes y con personalidad. No los felpudos como la señorita Takamachi. Sin embargo, tenía que cargar con ella.

- De acuerdo. Pero que no se convierta en una costumbre, señorita Takamachi.

Por un instante, creí ver un brillo furioso en sus ojos, pero acabó asintiendo con la cabeza.

- Recogeré su chaqueta y la dejaré en el armario. Tiene una conferencia telefónica a las dos y hay otra preparada en la sala de juntas. –señaló los archivos que descansaban en una esquina de mi mesa– Ahí están sus notas.

- ¿Mis gastos?

- Termino en breve el informe y se lo dejo para que lo firme.

- De acuerdo. Puede irse. –se detuvo en el marco de la puerta.

- Que pase una buena noche, señorita Testarossa. –no me molesté en responder.

Sieglinde me miraba por encima de la copa mientras disfrutaba de su whisky de centeno.

- Seguro que te escuece, Fate. Pero ¿qué quieres que haga?

- Quiero otro trabajo. Eso es lo que quiero que hagas. Búscame uno. –soltó la copa con una carcajada seca.

- Ya lo hemos discutido. Con tu currículum, puedo conseguirte cualquier trabajo que quieras… menos aquí. Hay dos peces gordos en Uminari y tú trabajas para uno de ellos. Si por fin estás dispuesta a mudarte, dímelo. Tendré ofertas de empleo para ti en cualquier ciudad de las importantes que se te ocurra. Midchilda sigue creciendo como la espuma. –resoplé irritada.

- No quiero mudarme. Me gusta Uminari.

- ¿Hay algo que te retenga aquí?

Tamborileé sobre la mesa con los dedos mientras sopesaba la pregunta. No sabía por qué me negaba a mudarme. Me gustaba la ciudad. Me gustaba su cercanía al agua, los restaurantes y los teatros, me gustaba el ajetreo de una gran urbe en una ciudad pequeña y, sobre todo, me gustaba el clima. También había algo más, algo que no terminaba de comprender y que era lo que me retenía. Sabía que podía mudarme, de hecho, parecía la mejor solución, pero no era lo que quería.

- No, nada tangible. Quiero quedarme. ¿Por qué no puedo conseguir un puesto en TSAB Group? Tendrían que darse con un canto en los dientes por contar conmigo. Mis campañas hablan por sí solas. –Sieglinde carraspeó al tiempo que golpeaba la copa con una uña bien cuidada.

- Lo mismo que tu personalidad.

- Ser directa y exigente funciona en la industria publicitaria, Sieglinde.

- No me refiero a eso precisamente, Fate.

- ¿Y a qué te refieres exactamente, joder? –hizo un gesto para que nos sirvieran otra copa y se acomodó en el asiento, arreglándose la chaqueta.

- Tu reputación y tu nombre te preceden. Lo de "conquistadora" te pega bastante. –levantó un hombro– Por motivos evidentes. –me encogí de hombros. Me daba igual cómo me llamaba la gente– TSAB Group es una empresa familiar. A diferencia de Al-Hazard, dirigen el negocio basándose en dos principios: la familia y la integridad. Son muy selectivos a la hora de elegir clientes.

Resoplé. Al-Hazard Inc. trabajaría para cualquiera. Mientras pudiera sacar dinero, crearían una campaña… daba igual lo desagradable que fuera para algunos consumidores. Yo lo sabía y me daba igual. Sabía que TSAB Group era mucho más selectivo con respecto a sus clientes, pero podía trabajar dentro de sus límites. Jill detestaba TSAB Group: irme de Al-Hazard Inc. y ponerme a trabajar allí lo molestaría tanto que me ofrecería ser socia con tal de recuperarme. Incluso podría ofrecérmelo al descubrir que me iba. Tenía que conseguir que sucediera.

- Soy capaz de controlarme y trabajar según sus condiciones.

- No se trata solo de eso.

Esperé a que el camarero se marchara tras traernos las copas. Observé a Sieglinde un momento. Estaba relajada y se sentía a gusto consigo misma, mi dilema no le preocupaba en absoluto. Extendió las piernas, las cruzó con movimientos lentos y empezó a balancear una mientras cogía la copa.

- ¿Qué más?

- Clyde Harlaown es un hombre familiar y dirige su empresa de la misma manera. Solo contrata a personal con esos mismos valores. Tu… en fin, tu vida personal no es precisamente lo que él consideraría aceptable. –agité una mano, ya sabía a lo que se refería.

- Terminé con Mariya Ranevskaya hace unos meses.

Mi ex lo que fuera copó los titulares con su adicción a las drogas después de caerse de la pasarela durante un desfile porque iba hasta las cejas de alguna sustancia. De todas formas, ya me había hartado de sus exigencias. Le ordené a la señorita Takamachi que le mandara flores a la clínica de desintoxicación con una nota en la que le explicaba que lo nuestro había acabado y procedí a bloquear su número. Una semana más tarde, cuando intentó verme, ordené que los de seguridad la sacaran del edificio… Mejor dicho, le ordené a la señorita Takamachi que se encargara de esa tarea. Parecía compadecerse de Mariya cuando bajó, aunque al volver poco después me aseguró que Mariya no volvería a molestarme. A tomar viento fresco.

- No se trata solo de Mariya, Fate. Tienes una reputación. Eres una mujeriega cuando sales del trabajo y una tirana durante el día. Te has ganado la reputación de imbécil. Y nada de eso le gusta a Clyde Harlaown.

- Considérame una mujer reformada. –se echó a reír.

- Fate, no lo pillas. La empresa de Clyde es muy familiar. Mi novia, Viktoria, trabaja allí. Sé cómo funcionan. En la vida he visto una empresa parecida.

- Explícamelo.

- Toda su familia está involucrada en el negocio. Su esposa y sus hijos, incluso los cónyuges de éstos. Celebran comidas campestres y cenas para el personal y sus familias. Pagan bien, los tratan bien. Sus clientes los adoran. Que te contraten es muy difícil, porque es raro que alguien deje la empresa.

Reflexioné sobre sus palabras. Todo el mundo sabía lo importante que era la familia para TSAB Group y la escasa rotación de personal que había en la empresa. Jill detestaba a Clyde Harlaown y todo lo que representaba en el mundo empresarial. Para él, era un mundo feroz y así le gustaba jugar. Cuanto más sangriento, mejor. Hacía muy poco que habíamos perdido dos cuentas gordas, que se habían ido a manos de Harlaown, y Jill se cabreó muchísimo. Aquel día rodaron cabezas… y bastantes. Menos mal que las cuentas no eran mías.

- Total, que mi gozo en un pozo. –titubeó, me miró y clavó la vista por encima de mi hombro.

- Sé que uno de sus directivos se marcha. –me incliné hacia delante, interesada en la información.

- ¿Por qué?

- Su mujer está enferma. Parece que el pronóstico es bueno, pero ha decidido hacer el cambio por su familia y quedarse en casa.

- ¿Es un puesto temporal? –negó con la cabeza.

- Es un ejemplo de la clase de persona que es Clyde. Lo va a jubilar con la pensión completa y con beneficios. Le ha dicho que una vez que su mujer se recupere, les regalará un crucero para celebrarlo.

- ¿Cómo te has enterado?

- Viktoria es su asistente personal.

- En ese caso, necesita un sustituto. Consígueme una entrevista.

- Fate, ¿no has oído una sola palabra de lo que te he dicho? Clyde no contratará a alguien como tú.

- Lo hará si consigo convencerlo de que no soy lo que cree.

- ¿Y cómo lo vas a hacer?

- Tú consígueme la entrevista que ya pensaré en algo. –bebí un buen trago de whisky– No se puede enterar nadie de esto, Sieglinde.

- Lo sé. Veré lo que puedo hacer, pero te aviso: no va a ser fácil venderle la moto.

- Hay una generosa comisión si me consigues el puesto.

- ¿Merece la pena para demostrarle a Jill que te irás? ¿Tanto deseas ser socia? –me pasé la mano por la barbilla con gesto pensativo y me rasqué.

- He cambiado de idea.

- ¿A qué te refieres?

- Jill odia a Clyde. Nada lo enfurecería más que perderme en manos del enemigo. Sé de unos cuantos clientes que también cambiarían de barco, lo que le echaría sal a la herida. Voy a conseguir que Clyde me contrate, y cuando Jill intente recuperarme, me tocará a mi decir eso de que "las cosas han cambiado".

- Pareces muy segura.

- Ya te lo he dicho, es lo que hace falta en este negocio.

- No tengo muy claro qué es lo que quieres conseguir, pero intentaré meterte en la empresa. –apretó los labios– Estudié con su nuera y todavía jugamos al tenis juntas. Tenemos pensado reunirnos para jugar un partido la semana que viene. La tantearé al respecto.

Asentí con la cabeza mientras la mente me hervía de ideas. ¿Cómo se convencía a un desconocido de que no era lo que parecía ser? Esa era la pregunta del millón. Solo tenía que encontrar la respuesta.

A la mañana siguiente se me ocurrió una idea, pero no estaba segura de cómo ponerla en práctica. Si Clyde Harlaown quería a una mujer de familia, eso tendría. Solo tenía que dar con la forma de solventar ese detallito. Sería capaz de hacerlo, al fin y al cabo, esa era mi especialidad, era la mujer de las ideas.

Mi principal problema era el tipo de mujeres que normalmente había en mi vida. Preciosas para contemplar, pero frías, calculadoras y poco interesadas en otra cosa que no fuera lo que yo podía darles: cenas sofisticadas, regalos caros y si habían durado lo suficiente, un viaje a algún lugar antes de darles la patada. Porque siempre lo hacía. En mi caso, también me interesaba lo que ellas podían darme. Lo único que quería era algo bonito a lo que mirar y un cuerpo caliente en el que hundirme por las noches, una vez que el día acabara. Unas cuantas horas de placer irreflexivo hasta que la cruda y fría realidad de mi vida se asentara de nuevo.

Ninguna de ellas sería el tipo de mujer con el que Clyde Harlaown me creería capaz de pasar el resto de la vida. A veces, ni siquiera era capaz de pasar una noche entera.

La señorita Takamachi llamó con timidez y esperó a que le diera permiso con un grito para pasar. Entró, llevando con cuidado en las manos mi café, que colocó en la mesa.

- El señor Jill ha convocado una reunión en la sala de juntas para dentro de diez minutos.

- ¿Dónde está mi donut?

- He pensado que preferiría comérselo después de la reunión para no ir con prisas. Que yo sepa, detesta comer rápido. Le provoca ardores. –la miré con cara de pocas amigas, contrariada por el hecho de que tuviera razón.

- Deje de pensar. Ya le he dicho que sus conclusiones son erróneas prácticamente en su totalidad.

Miró su reloj de pulsera, un modelo simple de correa negra con una esfera muy sencilla, sin duda comprado en Walmart o en alguna otra tienda normalucha.

- Quedan siete minutos para la reunión. ¿Quiere que le traiga el donut? Después de buscarla, le quedarán dos minutos para comérselo en dos bocados. –me puse de pie y cogí la taza.

- No. Por su culpa pasaré la reunión con hambre. Si cometo algún error, será culpa suya. –salí hecha una furia del despacho.

Jill golpeó con suavidad el cristal de la mesa.

- Atención. Tengo buenas y malas noticias. Empezaré con las buenas. Me alegra anunciar que hemos propuesto a Veyron para que se convierta en socio.

El silencio fue absoluto. Por dentro, solté una risilla. Aunque por fuera actuara como una persona decente, eso no significaba que no aborrecía a ese cabrón mentiroso o que no le guardara rencor a Jill por lo que me estaba haciendo. Jill carraspeó.

- Y las malas noticias. A partir de hoy, Claus Ingvalt ya no forma parte de la empresa.

Enarqué las cejas. Claus era uno de los pesos pesados de Al-Hazard Inc. No pude contenerme.

- ¿Por qué? –Jill me miró de inmediato.

- ¿Cómo dices?

- Qué por qué se ha ido. ¿Ha tomado él la decisión?

- No. Ha… –Jill torció el gesto– Según tengo entendido, estaba saliendo con una de las asistentes. –frunció el ceño– Ya saben que las normas sobre relaciones sentimentales entre empleados son estrictas. Que esto sirva de lección.

La empresa era muy estricta a la hora de exigir el cumplimiento de las normas. O las seguías o te largabas. Figurativamente, te echaban y te dejaban como un tonto. La confraternización entre empleados era tabú. Jill creía que las relaciones sentimentales en la oficina nublaban la mente. Miraba mal cualquier cosa que pudiera cualquier cosa que pudiera distraerte del trabajo o de lo que él consideraba importante. Mi conclusión era que estaba en contra de que sus empleados tuvieran una vida fuera de las oficinas de la empresa. Tras echarles un vistazo a los reunidos en torno a la mesa, caí en la cuenta de que todos los ejecutivos eran solteros o divorciados. Nunca me había parado a pensar en el estado civil de mis compañeros de trabajo.

- Y, al hilo del tema, Olivie también nos ha dejado.

No hacía falta ser un genio para saber qué asistente estaba saliendo con Claus. Olivie Sagëbrecht era su asistente personal. Qué idiota. Uno no se liaba con una compañera de trabajo, mucho menos con su asistente personal. Por suerte, la mía no me tentaba en lo más mínimo.

Jill siguió hablando y yo desconecté para reflexionar sobre mi problema. Cuando vi que los demás se levantaban, me puse al punto y salí de la sala de juntas, renuente a ver las palmaditas en la espalda y los apretones de mano que recibía Veyron.

- "Maldito".

Entré en mi despacho y me detuve al ver a Sieglinde sentada en el borde de la mesa de la señorita Takamachi, muerta de la risa. Ambas alzaron la vista cuando me vieron llegar, pero sus expresiones eran distintas. Sieglinde seguía riendo, mientras que la señorita Takamachi parecía contrita.

- ¿Qué haces aquí? –exigí saber, tras lo cual le pregunté a mi asistente- ¿Por qué no me ha dicho que me estaban esperando? –Sieglinde alzó la mano.

- Fate, acabo de llegar. Nanoha-chan me ha ofrecido un café y la posibilidad de avisarte de mi llegada, pero estaba disfrutando de su compañía más de lo que disfruto de la tuya, así que no tenía prisa. –me guiñó un ojo– Es más graciosa que tú, y más guapa. Me gusta charlar un rato con ella.

¿Graciosa y guapa? ¿La señorita Takamachi? ¿Y qué era eso de llamarla "Nanoha-chan"? Solté una carcajada ante semejante descripción.

- A mi despacho. –ordené. Sieglinde me siguió y una vez dentro, cerré la puerta– ¿Qué haces aquí? Si Jill te ve… –negó con la cabeza.

- Relájate. Como si no me hubieran visto antes. Además, ¿qué pasa si me ve y sospecha algo? Hazlo dudar un poco, mujer.

Medité la idea. Tal vez tuviera razón. Jill sabía que Sieglinde era la mejor cazatalentos que hay. A lo mejor si la veía rondar por Al-Hazard Inc., se ponía un poco nervioso.

- Deja de tontear con mi asistente. Es una pérdida de tiempo. Además, ¿no tenías novia?

- La tengo, y no estaba tonteando con ella. Nanoha-chan es una chica estupenda. Me gusta hablar con ella. –resoplé.

- Sí, es estupendísima. Si te gustan los felpudos disfrazados de espantapájaros. –Sieglinde frunció el ceño.

- ¿No te gusta? ¿En serio? ¿Estás ciega? ¿Qué tiene de malo?

- Es perfecta, joder. –le solté, con sarcasmo– Hace todo lo que le ordeno. Vamos a dejar el tema y dime por qué has venido. –bajó la voz para decirme.

- Esta mañana he tomado un café con Carim. –atravesé el despacho para sentarme en mi mesa.

- ¿Carim trabaja en TSAB Group? –Sieglinde asintió con la cabeza.

- Le hice una visita a Viktoria, y después fui a verla a ella para organizar el partido de tenis de la semana que viene. Ha accedido a hablar con Clyde para conseguirte una entrevista. –golpeé mi escritorio con un puño.

- Joder, esas sí que son buenas noticias. ¿Qué le has dicho?

- Que te marchabas por motivos personales. Le dije que, pese a los rumores, tu situación ha cambiado y ya no te sientes cómoda con la directiva de Al-Hazard Inc.

- ¿Mi situación?

- Le he dicho que tus días de mujeriega han quedado atrás, y que tu forma de trabajar ha evolucionado, que buscas una forma de vida distinta.

- ¿Y te ha creído? –se alisó la raya del pantalón con la yema de los dedos y me miró a los ojos.

- Sí.

- ¿Le has dicho cuál ha sido el motivo de este milagroso cambio?

- Tú misma lo sugeriste anoche, más o menos. Le he dicho que te has enamorado.

Asentí con la cabeza. Era tal como lo había supuesto. A Clyde le gustaba un ambiente familiar, y yo tendría que encajar en él. Sieglinde me miró con expresión maliciosa.

- Dado tu historial, Fate, esta mujer tiene que ser diametralmente opuesta a las mujeres con las que te has relacionado, sobre todo en los últimos tiempos. –ladeó la cabeza– Más sensata, agradable y afectuosa. Real.

- Lo sé.

- ¿De verdad merece la pena?

- Sí.

- ¿Vas a mentir y a fingir para conseguir un trabajo?

- Es más que un trabajo. Jill me la ha jugado, y Veyron también. No es la primera vez. No pienso aguantarlo más. –me acomodé en el sillón y miré hacia la ventana– Sí, mis intenciones tal vez no sean muy honestas, pero mi presencia va a ser un buen empujón para la empresa de Clyde. Voy a partirme los cuernos por él.

- ¿Y la mujer?

- Cortaremos. Esas cosas pasan.

- ¿Alguna idea sobre quién va a ser la afortunada dama? –negué con la cabeza.

- Ya se me ocurrirá alguien.

Llamaron a la puerta y, acto seguido, entró la señorita Takamachi, que dejó en mi escritorio un donut y una taza de café recién hecho.

- Señorita Jeremiah, ¿le traigo otra taza de café? –Sieglinde negó con la cabeza mientras sonreía.

- Ya te he dicho que me llamo Sieg. Gracias, Nanoha-chan, pero no. Tengo que irme, y aquí tu jefa está ocupada con un proyecto importante. –mi asistente se volvió hacia mí, con los ojos como platos.

- Señorita Testarossa, ¿tengo que hacer algo? ¿Puedo ayudarle de alguna manera?

- Desde luego que no. No necesito nada de usted.

Se puso colorada y agachó la cabeza. Tras asentir en silencio, salió del despacho y cerró la puerta.

- Dios, qué imbécil eres. –comentó la morena– Y qué borde.

Me encogí de hombros, sin arrepentirme. Sieglinde se levantó de la silla y se abrochó la chaqueta.

- Fate, deberías controlar un poco esos humos si quieres que tu plan funcione. –señaló hacia la puerta– Esa chica tan guapa es precisamente el tipo de mujer que necesitas para relacionarte con Clyde. –pasé por completo del adjetivo "guapa" y la miré boquiabierta.

- ¿Relacionarme? –rió entre dientes.

- ¿Crees que va a aceptar a alguien y una breve presentación? Ya te he explicado lo mucho que se involucra en las vidas de sus trabajadores. Si decide contratarte, querrá relacionarse con tu pareja… en más de una ocasión.

Yo no había meditado la cuestión a fondo. Creía que podría convencer a alguna conocida para que me ayudara una noche, pero Sieglinde tenía razón. Necesitaba mantener la fachada un tiempo. Al menos hasta que le demostrara mi valía a Clyde.

Sieglinde titubeó al llegar a la puerta.

- Creo que la señorita Takamachi no está casada.

- Eso salta a la vista. –meneó la cabeza.

- Estás ciega, Fate. Tienes la solución delante de las narices.

- ¿De qué estás hablando?

- Vamos, eres lista. Piensa.

Se marchó, dejando la puerta abierta. La oí decir algo que le arrancó una carcajada a la señorita Takamachi, un sonido poco habitual procedente de su zona de trabajo. Cogí el donut y le di un mordisco con más fuerza de la necesaria.

- "¿Qué narices me ha sugerido Sieglinde?"

Algo empezó a tomar forma en mi mente y miré hacia la puerta. No podía estar hablando en serio. Solté un gemido y dejé el donut en el plato porque acababa de perder el apetito. Lo había dicho totalmente enserio.

- "Esto es una mierda".