Capítulo 2
POV Fate
El ruido de la cinta de correr, un zumbido constante bajo mis pies, mientras corría. Apenas había pegado un ojo la noche anterior y estaba de un humor de perros. El sudor me corría por la espalda y por la cara. Cogí una toalla y me sequé de mala manera antes de tirarla al suelo. Mi iPod sonaba a toda pastilla con música heavy, pero no estaba lo bastante alto, así que subí el volumen, agradecida porque el piso estuviera insonorizado. Seguí corriendo a un ritmo casi frenético. Había repasado todas mis opciones y planes durante la noche y había acabado con dos ideas. La primera era que, si Sieglinde y Carim conseguían meterme en la empresa, podría intentar pasar la entrevista dándole a Clyde detalles muy vagos acerca de la mujer que supuestamente había cambiado mi punto de vista y, por tanto, me había reformado. Si jugaba bien mis cartas, podría mantener la farsa hasta demostrarle mi valía a Clyde y luego decir que había pasado lo impensable: esa mujer perfecta me dejaba. Podría fingir que estaba destrozada y volcarme en el trabajo. Sin embargo, a juzgar por lo que Sieglinde me había explicado, la idea seguramente no funcionaria. Tendría que presentar a una mujer de verdad, una que convenciera a Clyde de que era mejor persona de lo que él creía que era. Alguien, en palabras de Sieglinde, "sensata, agradable y afectuosa". No conocía a muchas mujeres que encajasen en todas esas categorías, a menos que tuvieran más de sesenta años. No creía que Clyde se tragara que me había enamorado de alguien que me doblaba la edad. Ninguna de las mujeres con las que me relacionaba pasaría su inspección. Sopesé la idea de contratar a alguien, tal vez una actriz, pero parecía demasiado arriesgado. Las palabras de Sieglinde no dejaban de repetirse en mi cabeza. "Estás ciega, Fate. Tienes la solución delante de las narices". La señorita Takamachi. Sieglinde creía que debía usar a la señorita Takamachi para que fingiera ser mi novia. Si me distanciaba de la cuestión e intentaba ser objetiva, debía admitir que tenía razón. Era la tapadera perfecta. Si Clyde creía que me marchaba de Al-Hazard Inc. porque estaba enamorada de mi asistente personal y la elegía a ella, y a nuestra relación, por encima de mi trabajo, ganaría muchos puntos. No se parecía en nada a cualquier otra mujer con la que hubiera estado. Sieglinde creía que era agradable, inteligente y encantadora. Parecía caerles bien a los demás. Todo eran ventajas. Salvo que estaba hablando de la señorita Takamachi. Apagué la cinta de correr con un gruñido y cogí la toalla que había tirado. Una vez en la cocina, saqué una botella de agua y me la bebí de un tirón antes de encender el portátil. Inicié sesión en el sitio web de la empresa, repasé los archivos de personal y me detuve al llegar a la ficha de la señorita Takamachi. Estudié su fotografía mientras intentaba ser objetiva. Nada muy reseñable, salvo esos brillantes y hermosos ojos entre lavanda y azules. Ahora que los observaba bien, con pestañas largas. Suponía que tenía el cabello largo y cobrizo, pero siempre lo llevaba recogido en una cola de lado. Tenía la piel blanca. Me pregunté qué aspecto tendría tras pasar por las manos de un maquillador profesional y vestido con ropa decente. Miré la pantalla con los ojos entrecerrados, concentrada en su imagen. Dormir unas cuantas horas no le iría mal para librarse de las ojeras que tenía y tal vez le sentaría bien comer otra cosa que no fuera sándwiches de mantequilla de cacahuate y mermelada. Estaba demasiado delgada. Se notaba que tenía sus curvas, pero no resaltaba debido a que estaba más que delgada. Gemí, frustrada, mientras me frotaba la nuca. Suponía que, en esas circunstancias, mis preferencias daban igual. Era lo que necesitaba. En esas circunstancias, tal vez debería admitir que necesitaba a la señorita Takamachi. Menuda mierda. Mi móvil sonó y miré la pantalla. Me sorprendí al ver el nombre de Sieglinde.
- Hola.
- Perdona por despertarte.
Miré el reloj y me di cuenta de que solo eran las seis y media de la mañana. Me sorprendió que ella sí estuviera despierta. Sabía que le gustaba levantarse tarde.
- Llevo despierta un rato. ¿Qué pasa?
- Clyde te verá hoy a las once. –me levanté y sentí un escalofrió en la columna.
- ¿Lo dices en serio? ¿A qué vienen las prisas?
- Estará fuera el resto de la semana y le dije a Carim que estabas pensando acudir a una entrevista en Midchilda. –solté una carcajada.
- Te debo una.
- De las gordas. Tanto que nunca podrías pagarme. –se echó a reír– Sabes muy bien que hay muchas posibilidades de que esto acabe en nada a menos que puedas convencerlo de que las cosas han cambiado, ¿verdad? Mentí a Carim como una bellaca, pero mi palabra solo te ayudará al principio.
- Lo sé.
- De acuerdo. Buena suerte. Dime cómo te va.
- Lo haré.
Colgué, comprobé mi agenda y esbocé una sonrisa torcida al darme cuenta de que la señorita Takamachi la había actualizado la noche anterior. Tenía un desayuno de trabajo a las ocho, lo que quería decir que volvería a la oficina a eso de las diez. Decidí que no iría a la oficina. Se me había ocurrido cómo presentar a mi supuesta novia en la entrevista. Marqué el número de la señorita Takamachi. Contestó tras unos cuantos tonos, con voz soñolienta.
- Mmm… ¿diga?
- Señorita Takamachi.
- ¿Qué?
Inspiré hondo en un intento por ser paciente. Saltaba a la vista que la había despertado. Lo intenté de nuevo.
- Señorita Takamachi, soy Fate Testarossa. –su voz sonaba ronca y desconcertada.
- ¿Señorita Testarossa?
- Sí. –Suspiré con pesadez.
Oía mucho movimiento y me la imaginé sentándose torpemente, con aspecto desaliñado. Carraspeó.
- ¿Hay… esto… hay algún problema, señorita Testarossa?
- No iré a la oficina hasta después de la hora de almuerzo. –se hizo el silencio– Tengo que ocuparme de un asunto personal.
- Podría haberme mandado un mensaje de texto…, señorita. –contestó con sequedad.
- Necesito que haga dos cosas por mí. –seguí, haciendo caso omiso del deje sarcástico de su voz– Si Jill aparece y quiere saber dónde estoy, dígale que me estoy ocupando de un asunto personal y que no sabe dónde me encuentro. ¿Le ha quedado claro?
- Como el agua.
- Necesito que me llame a las once y cuarto. Justo a esa hora.
- ¿Quiere que diga algo o me limito a jadear?
Me aparté el teléfono de la oreja, sorprendida por su tono. De hecho, parecía que a mi asistenta no le hacía gracia que la despertaran temprano. Semejante descaro no era habitual en ella, y no sabía muy bien cómo tomármelo.
- Necesito que me diga que mi cita de las cuatro se ha adelantado a las tres.
- ¿Algo más?
- No. Ahora repítame lo que acabo de decirle.
Emitió un sonido raro, una especie de gruñido, que me hizo sonreír. La señorita Takamachi parecía tener carácter en según qué circunstancias. Sin embargo, quería asegurarme de que estaba lo bastante despierta como para recordar mis instrucciones.
- Tengo que decirle a Jill que se está ocupando de un asunto personal y que no tengo ni idea de donde está. La llamaré exactamente a las once y cuarto y le diré que su cita de las cuatro se ha adelantado a las tres.
- Bien. No la cague.
- Pero, señorita Testarossa, esto no tiene sentido, ¿por qué va a…? –colgué, sin hacerle el menor caso.
El edificio donde se encontraba la sede TSAB Group era diametralmente opuesto al de Al-Hazard Inc. A diferencia del enorme rascacielos de acero y cristal en el que trabajaba todos los días, ese edificio era de ladrillo, solo tenía cuatro plantas y estaba rodeado de árboles. Aparqué el coche tras hablar con el guardia de seguridad de la entrada, que me sonrió con amabilidad y me ofreció un pase de visitante. Antes de entrar en el edificio, otro guardia de seguridad me saludó y me indicó que el despacho de Clyde Harlaown se encontraba en el último piso, tras lo cual me deseó un buen día.
Al cabo de unos minutos, una secretaria me condujo hasta la sala de juntas, me ofreció una taza de café recién hecho y me dijo que Clyde se reuniría conmigo en breve. Me distraje observando todos los detalles de la estancia en la que me encontraba, sorprendida de nuevo por las diferencias entre ambas empresas.
Al-Hazard Inc. había apostado por llamar la atención. Los despachos y la sala de juntas estaban equipados con tecnología punta y decorados con las tendencias más novedosas, siendo el blanco y el negro los tonos predominantes. Sillones modernos y duros, mesas y escritorios con superficies de cristal grueso, suelos de madera de color miel. Todo era frío y distante. Si esa estancia era indicativa, iba a estar como pez fuera del agua de TSAB Group. Las paredes estaban forradas con cálidos paneles de madera de roble, la mesa de juntas era de forma ovalada, de madera, y estaba rodeada de cómodos sillones de cuero, el suelo estaba cubierto con una mullida moqueta. A la derecha, había una amplia zona con una eficiente cocina. En las paredes colgaban anuncios de sus campañas más exitosas, todos enmarcados y colocados con mucho gusto. Varios trofeos se alineaban en las estanterías. En un extremo de la estancia, se emplazaba una pizarra para anotar ideas. Había garabatos e ideas esbozadas. Me acerqué para analizar las imágenes y capté con rapidez la estructura de la campaña que estaban diseñando para una marca de calzado. Iban por mal camino.
Una voz ronca me sacó de mis pensamientos.
- A juzgar por su expresión, no le gusta el concepto.
Mis ojos se encontraron con la expresión jocosa de Clyde Harlaown. Nos habíamos visto varias veces en algunos eventos del sector, y siempre se había mostrado educado y distante. Un apretón de manos profesional y un breve saludo sin más. Era un hombre alto y seguro de sí mismo.
De cerca la calidez de sus ojos azules y el timbre ronco de su voz me sorprendieron. Me pregunté si habían dejado a propósito la pizarra con las ideas. Si sería una especie de prueba.
Me encogí de hombros.
- No es un mal concepto, pero no es nuevo. ¿Una familia que usa el mismo producto? Está muy visto.
Clyde se apoyó en el borde de la mesa y cruzó los brazos por delante del pecho.
- Está muy visto, sí, pero funciona. El cliente es Kenner Footwear. Quieren llegar a un público amplio. –asentí con la cabeza.
- ¿Y si se hiciera, pero con una sola persona?
- Me gustaría que elaborara esa idea.
- Señalé la imagen de la familia, colocando el dedo sobre el niño más pequeño.
- Empezamos aquí. Centrándonos en él. La primera compra del producto: unos zapatos que le han comprado sus padres. Seguimos su trayectoria mientras crece, centrándonos en algunos momentos importantes de su vida, durante los cuales lleva la misma marca de calzado: sus primeros pasos, el primer día de colegio, una excursión con los amigos, practicando deporte, durante una cita, la graduación, el día de su boda… –guardé silencio. Clyde también guardó silencio un instante y después asintió con la cabeza.
- La marca te acompaña mientras creces.
- Es una constante. Tú cambias, la marca no. Es tuya de por vida.
- Brillante –dijo.
Por algún motivo, su halago me provocó una cálida sensación en el pecho. Agaché la cabeza, abrumada por la extraña sensación. Clyde se apartó de la mesa con la mano extendida hacia mí.
- Clyde Harlaown. –acepté su mano y me percaté de la firmeza de su apretón.
- Fate Testarossa.
- Ya estoy impresionado. –antes de que pudiera decir algo, mi móvil sonó. Justo a tiempo.
- Lo siento. –miré la pantalla, con la esperanza de parecer contrita– Necesito atender esta llamada. Lo siento.
- Sin problemas, Testarossa-san. –sonrió– Yo necesito un café. –me di media vuelta mientras contestaba.
- Nanoha… –murmuré, hablando en voz baja a propósito.
Por un instante, reinó el silencio al otro lado de la línea, después oí:
- ¿Señorita Testarossa?
- Sí. –reí entre dientes, a sabiendas de que acababa de dejarla pasmada. Jamás la había llamado por otro nombre que no fuera su apellido y mucho menos nunca usando un tono de voz como el que acababa de usar.
- Mmm… ¿no me pidió que la llamara y le dijera que su reunión de las cuatro se había adelantado a las tres?
- ¿A las tres? –repetí.
- ¿Sí?
- De acuerdo, lo tendré en cuenta. ¿Va todo bien por ahí? –pareció pasmada cuando contestó.
- Señorita Testarossa, ¿se encuentra bien?
- Por supuesto que estoy bien. –no pude resistirme a seguir tomándole el pelo un poco más– ¿Por qué?
- Es que parece… eh… distinta.
- Deja de preocuparte. –repliqué, consciente de que Clyde estaba escuchando– Todo va bien.
- El señor Jill ha preguntado por usted.
- ¿Qué le has dicho?
- Exactamente lo que me ordenó que le dijera. Que…
- ¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
- Está que se sube por las paredes esta mañana.
- Jill siempre está así. Vete temprano a almorzar y cierra el despacho. Me encargaré de él cuando regrese. –le ordené mientras sonreía de forma burlona, hablando con un tono preocupado. –el desconcierto que la abrumaba le infundió valor.
- ¿Qué cierre el despacho y me vaya temprano a almorzar? ¿Está borracha? –esa fue la gota que colmó el vaso. Me eché a reír.
- Hazlo, Nanoha. Cuídate. Nos vemos a mi regreso. –corté la llamada aún con la sonrisa en los labios y me di media vuelta para mirar a Clyde– Mi asistente. –dije, a modo de explicación.
Él me observaba con expresión cómplice.
- Creo que sé por qué estás tratando de dejar Al-Hazard Inc.
Le devolví la mirada al tiempo que me encogía de hombros. Ya era mío.
- Háblame de ti. –hice una mueca al oír la petición.
- Creo que ya sabe sobre mí, Harlaown-san. O, por lo menos, ha oído hablar de mí. –asintió con la cabeza al tiempo que bebía un sorbo de café.
- Tu reputación te precede. –me incliné hacia delante, con la esperanza de parecer seria.
- La gente cambia.
- ¿Y tú lo has hecho?
- Lo que quiero en la vida y la forma de conseguirlo, sí. Por tanto, la persona que fui ya no existe.
- Enamorarse produce ese efecto en las personas.
- Eso estoy descubriendo.
- Al-Hazard Inc. tiene una política muy estricta en lo concerniente a las relaciones sentimentales entre sus empleados. –resoplé.
- A Jill no le gusta que su personal mantenga relaciones ni dentro ni fuera de la empresa. Cree que supone una distracción.
- ¿Y tú no estás de acuerdo?
- Creo que se pueden hacer las dos cosas… con la persona adecuada.
- ¿Y tú has encontrado a esa persona?
- Sí.
- Tu asistente. –tragué saliva y solo acerté a asentir con la cabeza.
- Háblame de ella.
- "Mierda"
En lo consciente a mi trabajo, era capaz de hablar durante horas. Estrategias, ángulos, conceptos, visualizaciones… podía hablar durante horas y horas. Rara vez hablaba de mi vida personal, de manera que no sabía qué podía decir sobre una mujer a la que apenas conocía y que no me gustaba. No tenía ni idea. Tragué saliva de nuevo y miré de reojo hacia la mesa al tiempo que pasaba los dedos por la superficie lisa.
- Es lo más torpe que he conocido en la vida –solté… al menos eso era cierto.
Clyde frunció el ceño al captar mi tono de voz y me apresuré a enmendar el error.
- Me cabrea cuando se hace daño. –añadí con voz más suave.
- Claro. –asintió con la cabeza.
- Es… eh… perfecta. –Clyde soltó una carcajada.
- Eso pensamos todos de la mujer que amamos.
Me decanté los sesos para crear una lista de todas las cosas que sabía de ella.
- Se llama Nanoha Takamachi. Mucha gente la llama Nano-chan, pero a mí me gusta usar su nombre completo. –eso no era una mentira realmente. Lo normal era que la llamase «señorita Takamachi» siempre. Asintió con la cabeza.
- Un nombre bonito. Seguro que le gusta que la llames así.
Reí entre dientes al recordar la reacción que había suscitado poco antes en ella.
- Tiene unos ojos hermosos de un lavanda único que parecen insondables. En la oficina la adora todo el mundo. Hornea galletas que luego comparte con los compañeros. Son un éxito. –titubeé mientras trataba de encontrar algo más– Detesta que la despierten más temprano de lo necesario. Su voz adquiere un tono irritable que me hace mucha gracia. –Clyde sonrió para animarme a continuar– Me ayuda a no perderme. Como asistente es asombrosa y estaría perdida sin ella. –suspiré, sin saber qué más añadir– Indudablemente es buena para mí. –admití, consciente en mi fuero interno de que era cierto. Estaba segura de que yo era la mala de la película, sobre todo si tenía en cuenta lo que estaba haciendo en ese momento.
- ¿Quieres traerla contigo?
- ¡No! –exclamé. Era mi oportunidad para librarme de ella.
- No lo entiendo.
- Ella, esto… quiere tener niños. Prefiero que se quede en casa y contar con otra asistente en el trabajo. Quiero que tenga la oportunidad de relajarse y de disfrutar de la vida durante una temporada… sin trabajar.
- ¿No disfruta de la vida ahora mismo?
- Es difícil, dadas las circunstancias, y trabaja demasiado. –añadí, con la esperanza de acertar– Lleva un tiempo con aspecto de cansada. Quiero que duerma todo lo que necesite.
- Quieres cuidarla.
Nos adentrábamos en un terreno peligroso. No sabía qué decir. Jamás había deseado cuidar de nadie, salvo de mí misma. De todas formas, asentí a modo de respuesta.
- Supongo que viven juntas. Imagino que es el único momento en el que pueden relajarse como pareja.
- "Mierda". –no lo había pensado siquiera.
- Esto… sí, bueno… valoramos mucho nuestra intimidad.
- No te gusta hablar de tu vida privada. –esbocé una sonrisa renuente.
- No. Estoy acostumbrada a no hablar de ella. –al menos eso no era mentira.
- TSAB Group es una empresa única, en muchos sentidos.
- Algo que me atrae muchísimo. –Clyde señaló la pizarra.
- Creemos en el trabajo en equipo, tanto en la empresa como en la vida personal de los empleados. Trabajamos en grupo en las campañas, aportando ideas a las ideas de los demás, tal como hemos hecho hace un rato. Compartimos los éxitos y los fracasos. –me guiñó un ojo– Aunque no tengamos muchos de esos últimos. Valoro mucho a mis empleados.
- Es una forma interesante de hacer las cosas.
- A nosotros nos funciona.
- Es evidente. Es usted un hombre muy respetado.
Nos miramos a los ojos. Mantuve una expresión abierta, que esperaba que también fuera sincera. Clyde se acomodó en el sillón.
- Háblame más de tu idea.
Yo también me relajé. Eso era fácil. Mucho más fácil que hablar de Nanoha Takamachi.
Una hora más tarde, Clyde se puso en pie.
- Estaré fuera hasta el viernes. Me gustaría invitarte a una barbacoa que mi mujer y yo celebraremos el sábado. Me gustaría que la conocieras y que conocieras a unas cuantas personas más. Sabía a lo que se refería.
- Será un placer, señor Harlaown-san. Gracias
- Y a Nanoha también, por supuesto.
Mantuve una expresión inmutable mientras aceptaba la mano que me tendía.
- Le encantará.
De vuelta al trabajo, encontré a la señorita Takamachi sentada en su mesa cuando llegué. Aunque estaba hablando por teléfono, sentí que me seguía con la mirada cuando pasé frente a ella. Sin duda, esperaba que la fuerza de mi ira cayera sobre ella por cualquier infracción que hubiera descubierto ese día. En cambio, asentí con la cabeza y seguí andando hasta mi escritorio, donde revisé los mensajes y los pocos documentos que necesitaban mi aprobación. Un trato desinteresado, algo raro en mí, seguí de pie, con la vista clavada en la panorámica de la ciudad que se extendía ante mí. Los ruidos de la calle quedaban silenciados por la altura y por el cristal. Las vistas y los sonidos serian distintos en TSAB Group. Todo sería distinto. En más de una ocasión, cuando salía después de haber mantenido cualquier reunión con Jill, era un manojo de nervios, me encontraba ansiosa e inquieta. Jill sabía qué botones debía pulsar con todos los empleados que trabajaban para él. Sabía qué decir y qué hacer exactamente para conseguir lo que buscaba, ya fuera positivo o negativo. Hasta ese momento, no me había percatado de ese detalle. El encuentro con Clyde, pese a los nervios que me provocaba la forma en la que había conseguido entrevistarme con él, me había dejado tranquila. Durante la investigación que había llevado a cabo de su empresa y de él mismo, había encontrado numerosos testimonios de su amabilidad y de su espíritu generoso. De hecho, no había encontrado ningún comentario negativo sobre su persona, salvo la opinión desfavorable de Jill. Mientras discutía con él los conceptos que imaginaba para la campaña de calzado, había sentido un entusiasmo que echaba en falta desde hacía mucho tiempo. Me sentía creativa de nuevo, revitalizada. Clyde escuchaba, escuchaba de verdad, y alentaba mi proceso creativo con refuerzo positivo, añadiendo ideas de su propia cosecha. Para mi sorpresa, me gustaba su concepto de trabajo en equipo. Me preguntaba cómo sería no estar involucrada en el degüelle diario de Al-Hazard Inc., qué se sentiría trabajando con otras personas en lugar de trabajar contra ellas. ¿Ayudaría a llevar una vida mejor? Al menos, sería una vida más fácil, de eso estaba segura. Sin embargo, era consciente de que supondría un desafío. Lo único que tenía claro, después de haber hablado con él, era que mis motivos para querer trabajar con Clyde ya no tenían que ver con la venganza. Quería sentir ese entusiasmo. Estar orgullosa de las campañas que creara. No esperaba ese giro de los acontecimientos, pero tampoco me desagradaba.
Oí un portazo y me volví con el ceño fruncido, una vez interrumpida de mis pensamientos.
- Jill. –lo miré fijamente– Menos mal que no estoy con un cliente.
- Takamachi me ha dicho que estabas ocupada. Te ha llamado por el interfono, pero no has contestado.
Había estado tan ensimismada en mis pensamientos que no había oído el zumbido. Era la primera vez que sucedía algo así.
- ¿Qué necesitas? –cuadró los hombros, preparándose para una discusión.
- ¿Dónde has ido esta mañana? Te he estado buscando. No me has cogido el teléfono ni has respondido mis mensajes.
- Tenía una reunión personal.
- Tu asistente dice que tenías una cita médica.
Sabía que Jill mentía. Si en algo destacaba la señorita Takamachi, era en guardar mis secretos. Decidí cargarme su farol.
- No sé por qué ha dicho tal cosa. No le mencioné a la señorita Takamachi el menor detalle sobre mi paradero. Como ya te he dicho, es algo personal.
Jill me miró con el ceño fruncido, pero dejó el tema. Empezó a pasearse de un lado para otro al tiempo que se tocaba un mechón que tenía en el costado de su oreja. Un gesto que conocía muy bien. Iba a lanzarse a la yugular. Se volvió para mirarme.
- ¿Por qué vino el otro día Sieglinde Jeremiah?
Me encogí de hombros y eché a andar hacia mi escritorio para sentarme y disimular la risilla. Por fin entendía de qué iba aquello.
- Sieglinde es mi amiga. Hemos quedado para jugar al tenis.
- ¿No podía hacerlo por teléfono?
- Pasaba por aquí cerca. Le gusta tontear con la señorita Takamachi y decidió venir en persona. ¿Hay algún problema?
- ¿Qué estás tramando? –levanté las manos con un gesto suplicante.
- No estoy tramando nada, Jill, salvo un partido de tenis y unas cuantas horas fuera de la oficina. Descuéntamelo del sueldo si quieres. –cogí los documentos que había sobre la mesa– Pero creo que, si lo compruebas, descubrirás que la empresa me debe un montón de días de vacaciones. Coge las dos horas de ahí.
- No te voy a quitar la vista de encima. –me advirtió al tiempo que daba media vuelta y salía, hecho una furia. Dio tal portazo que los cristales vibraron.
Sonreí con la vista clavada en la puerta.
Eso, no me la quites ni un segundo, Jill. Así me verás salir de esta empresa.
Extendí un brazo sobre la mesa para pulsar el botón del interfono. La señorita Takamachi contestó con una voz más cauta de lo habitual.
- ¿Señorita Testarossa?
- Necesito un café, señorita Takamachi.
- ¿Algo más, señorita?
- Unos cuantos minutos de su tiempo. –la escuché tomar una trémula bocanada de aire.
- Ahora mismo voy.
Hice girar el sillón para mirar por la ventana y solté un suspiro. No podía creer lo que estaba a punto de hacer. Esperaba no fracasar. Que Dios me ayudara… en todos los sentidos.
POV Nanoha
- No lo entiendo. –murmuré por teléfono mientras intentaba mantener la calma– No he recibido ninguna notificación acerca de la subida.
- Lo sé, señorita Takamachi. Recibimos la orden hace dos días, por ese motivo la llamo para comunicarle el cambio.
Tragué saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Cuatrocientos dólares más al mes. Tenía que pagar cuatrocientos dólares más.
- ¿Me ha oído, señorita Takamachi?
- Lo siento… ¿podría repetírmelo?
- He dicho que las nuevas tarifas se aplicaran desde el día uno. –miré el calendario. Faltaban dos semanas.
- Pero ¿es legal siquiera? –la mujer al otro lado del teléfono suspiró, compadeciéndose de mí.
- Es una residencia privada, señorita Takamachi. Una de las mejores de la ciudad, pero se rige por sus propias reglas. Hay otros sitios a los que podría trasladar a su tía, residencias controladas por el gobierno con cuotas fijas.
- No. –dije– No quiero hacerlo. Está muy bien cuidada e integrada.
- Nuestro personal es el mejor. Hay otras habitaciones, semiprivadas, a las que podría trasladarla.
Me froté la cabeza, frustrada. Esas habitaciones no tenían vista al jardín… ni espacio para los caballetes y los libros de arte de Fern. Se sentiría desdicha y perdida. Tenía que mantenerla en su habitación privada, costase lo que costase.
La señorita Testarossa entró en ese momento y me miró fijamente. Titubeé antes de decir nada más, sin saber si se iba a detener, pero siguió andando, entró en su despacho y cerró la puerta despacio con un clic apenas audible. No me saludó, aunque tampoco solía hacerlo, a menos que fuera para gritarme o soltar algún taco, así que supuse que la extraña llamada que me había obligado a hacer la había satisfecho.
- ¿Señorita Takamachi?
- Discúlpeme. Estoy en el trabajo y mi jefa acaba de llegar.
- ¿Tiene alguna pregunta más?
Quería decirle a gritos: "¡Sí! ¿Cómo narices se supone que voy a conseguir otros cuatrocientos dólares más?", pero sabía que era inútil. La mujer trabajaba en el departamento de contabilidad, no tomaba las decisiones.
- Ahora mismo no.
- Tiene nuestro número.
- Sí gracias. –colgué. Ellos, desde luego, tenían el mío.
Clavé la vista en la mesa con la mente hecha un torbellino de ideas. Me pagaban bien en Al-Hazard Inc. Yo era una de las asistentas personales mejor pagadas porque trabajaba a las órdenes de la señorita Testarossa. Era horroroso trabajar para ella… y el desprecio con que me trataba también era más que evidente. Sin embargo, lo hacía porque así conseguía dinero extra, que invertía en su totalidad en el cuidado de Fern Corrado. Acaricié con la yema del dedo el desgastado contorno del protector de la mesa. Ya vivía en el sitio más barato que había encontrado. Me cortaba el pelo yo misma, compraba la ropa de segunda mano y mi dieta consistía en fideos chinos y mucha mantequilla de cacahuate barata y mermelada. No gastaba dinero en nada y aprovechaba cualquier oportunidad para ahorrar. El café era gratis en la oficina y siempre había donuts y galletas. La empresa me pagaba el móvil y, cuando hacia buen tiempo, iba al trabajo andando para ahorrarme el billete del autobús. Muy de vez en cuando, usaba la cocina que había en la residencia para preparar galletas con los internos y llevaba algunas al trabajo. Era una forma silenciosa de compensar todo lo que me llevaba. Si surgía algún gasto imprevisto, había días en los que esas galletas y esos donuts eran lo único que me podía permitir. Siempre comprobaba si quedaba alguno en la sala de descanso antes de irme a casa por las noches y si había alguno, me lo llevaba para guardarlo en el pequeño congelador de mi apartamento. Parpadeé para controlar las lágrimas que tenía en los ojos. ¿Cómo iba a conseguir cuatrocientos dólares más al mes? Ya estiraba al máximo mi sueldo. Sabía que no podía pedir un aumento de sueldo. Tendría que buscarme otro trabajo, lo que implicaba que pasaría menos tiempo con Fern.
La puerta se abrió y Jill entró echando humo por las orejas.
- ¿Ha vuelto ya?
- Sí.
- ¿Está con alguien?
- No, señor. –pulsé el botón del interfono y me sorprendió que la señorita Testarossa no contestara.
- ¿Dónde ha estado? –exigió saber Jill.
- Tal y como le dije esta mañana, no estoy al tanto. Me dijo que era un asunto personal, así que no me pareció oportuno preguntarle.
Me fulminó con la mirada, y sus ojos casi desaparecieron cuando frunció el ceño.
- Jovencita, estamos hablando de mi empresa. Todo lo que sucede aquí es asunto mío. La próxima vez, preguntas. ¿Entendido?
Me mordí la lengua para no mandarlo a la mierda. En cambio, asentí con la cabeza. Fue un alivio cuando se alejó de mí y entró en tromba en el despacho de la señorita Testarossa.
Suspiré. Se daban tantos portazos que tenía que llamar a los de mantenimiento para que reparasen la puerta prácticamente todos los meses. Unos minutos después, Jill salió con otro portazo, mientras mascullaba tacos. Lo vi marcharse, con un nudo en el estómago por los nervios. Si Jill estaba de mal humor, quería decir que la señorita Testarossa también estaría de mal humor. Eso solo quería decir una cosa: pronto se pondría a gritarme por cualquier error que creyera que yo había cometido ese día.
Agaché la cabeza. Odiaba mi vida. Odiaba ser una asistente personal. Sobre todo, odiaba ser la asistente personal de la señorita Testarossa. Nunca había conocido a nadie tan cruel. Nada de lo que hacía bastaba, desde luego no era lo suficiente para que me diera las gracias o me sonriera, aunque fuera un poquito. De hecho, estaba segurísima de que no me había sonreído ni una sola vez desde que empecé a trabajar para ella hacía un año. Recordé el día que Jill me llamó a su despacho.
Flashback
- Takamachi-san. –dijo, mirándome fijamente– Como sabes, Verossa Acous se marcha. Voy a asignarte a otro director de campaña: Fate Testarossa.
- Oh. –había oído horrores de Fate Testarossa y de su mal genio, y estaba nerviosa. Cambiaba de asistentes personales como quien cambiaba de camisa. Sin embargo, el cambio de puesto era mejor que quedarme sin trabajo. Por fin había encontrado un sitio en el que Fern era feliz, y no quería arrebatárselo.
- El salario es mayor de lo que cobras ahora mismo, mayor que cualquier otra asistente personal. –me dio una cifra que parecía desorbitada, pero la cantidad significaba que podría conseguirle a Fern una habitación privada.
Fin Flashback
Era imposible que la señorita Testarossa fuera tan mala, pensé en ese momento.
Me había equivocado de parte a parte. Por su culpa, mi vida era un infierno, y yo la aguantaba… porque no tenía alternativa. Todavía no.
Sonó el interfono y me relajé como pude.
- ¿Señorita Testarossa?
- Necesito un café, señorita Takamachi.
- ¿Algo más, señorita?
- Unos cuantos minutos de su tiempo. –cerré los ojos mientras me preguntaba qué iba a pasar.
- Ahora mismo voy.
Me acerqué a su despacho, presa de los nervios, con su café en las manos. Llamé a la puerta, pero no entré hasta que no me dio permiso. Había cometido ese error en una ocasión y nunca lo volvería a cometer. Sus comentarios mordaces me habían escocido durante varios días. Me controlé de modo que no me temblase la mano cuando dejé el café delante de ella y preparé mi cuaderno de notas, a la espera de sus instrucciones.
- Siéntese, señorita Takamachi.
El corazón empezó a latirme muy deprisa. ¿Por fin había conseguido a Jill para que me despidiera? Sabía que lo llevaba intentando desde mi primera semana en el puesto. Intenté controlar la respiración. No podía perder el trabajo. Lo necesitaba.
Me senté antes de que las piernas me fallaran y carraspeé.
- ¿Hay algún problema, señorita Testarossa? –agitó un dedo, señalándonos a ambas.
- Confío en que nada de lo que tratemos en este despacho salga de aquí.
- Sí, señorita. –asintió con la cabeza y cogió la taza de café para beber en silencio.
- Tengo que hablarle de un tema personal.
Estaba desconcertada. Nunca me hablaba a menos que fuera para gritarme una de sus órdenes.
- De acuerdo…
Echó un vistazo por el despacho y parecía nerviosa, algo poco habitual en ella. Me tomé unos minutos para observarla mientras ella meditaba lo que iba a decir. Era hermosa, pero hermosa de verdad. Medía más de un metro setenta, una figura perfecta… Era una modelo perfecta para que un traje le sentara como un guante. Llevaba su pelo rubio suelto que caía por su espalda, pero unos mechones le caían sobre su frente. Una imperfección que solo conseguía que fuera más perfecta todavía. Cuando estaba nerviosa, acostumbraba a darse tirones de alguno de los mechones, tal como sucedía en ese momento. Tenía una boca en su justa medida, con dientes blanquísimos y unos labios carnosos que eran la envidia de muchas mujeres. Sus ojos borgoñas se clavaron en los míos y enderezó los hombros, recuperando de nuevo el control.
- Tengo que pedirle algo. Al hacerlo, voy a depositar toda mi confianza en su discreción. Debe garantizarme que puedo confiar en usted.
La miré, parpadeando. ¿Quería pedirme algo? ¿No me iba a despedir? Me estremecí, abrumada por el alivio. Mi cuerpo se relajó un poco.
- Por supuesto, señorita. Se lo aseguro.
Me miró a los ojos. Nunca me había percatado de que su color cambiaba según la luz: se volvían más claros u oscuros. En muchas ocasiones, estaban tan ofuscados por la rabia que apenas era capaz de sostenerle la mirada más de un par de segundos. Pareció observarme un momento y luego asintió con la cabeza.
Cogió una de sus tarjetas y escribió algo al dorso antes de entregármela.
- Necesito que vaya a esta dirección esta tarde. ¿Puede estar allí a las siete?
Miré la tarjeta y comprobé que la dirección no estaba muy lejos de la residencia donde vivía Fern y adonde yo iría después del trabajo. Sin embargo, para estar allí a las siete, tendría que reducir mucho la visita.
- ¿Hay algún problema? –preguntó, y sin que sirviera de precedente su voz carecía de la habitual hostilidad.
Alcé la vista y decidí ser sincera.
- Tengo un compromiso después del trabajo. No sé si podré estar disponible para las siete.
Esperaba que se enfureciera. Que agitara la mano y me exigiera que cancelase mis planes, fueran los que fueran, y que estuviera donde necesitaba que estuviera a las siete. Me quedé de piedra al ver que se limitaba a encogerse de hombros.
- ¿A las siete y media? ¿A las ocho? ¿Le viene mejor?
- A las siete y media estaría bien.
- De acuerdo. La veré a las siete y media. –se puso en pie, dando así por terminada esa extraña reunión– Me aseguraré de que mi portero esté al tanto de su visita. La hará subir de inmediato.
Me costó la misma vida no quedarme boquiabierta. ¿Su portero? ¿Me estaba pidiendo que fuera a su casa? Me levanté, desconcertada.
- Señorita Testarossa, ¿va todo bien? –me miró con una expresión rarísima.
- Con su cooperación, todo irá bien, señorita Takamachi. –miró la hora– Ahora, si me disculpa, tengo una reunión a la una. –cogió la taza– Gracias por el café y por su tiempo.
Me dejó allí, mirándola mientras se alejaba y mientras yo me preguntaba si estaba en un universo paralelo. Ni una sola vez durante el año que llevaba trabajando para ella me había dado las gracias. ¿Qué narices estaba pasando?
…
Me detuve en la acera situada frente al edificio de la señorita Testarossa y miré la alta estructura. Era intimidante y exudaba riqueza, con ese diseño de hormigón y cristales tintados que se alzaba sobre la ciudad, y me recordaba a la mujer que vivía en su interior. Fría, remota, inalcanzable. Me estremecí un instante mientras contemplaba el edificio y me pregunté qué hacía yo en aquel lugar.
Estaba situado a diez minutos de la residencia y había llegado a tiempo. La visita a Fern no había sido agradable. Estaba molesta e irritada, y se había negado a comer o hablar conmigo, de manera que me había marchado pronto. Me sentía decepcionada. Se había portado muy bien durante toda la semana y esperaba que ese día la tónica fuera la misma. Que pudiera hablar con ella tal como acostumbrábamos a hacer, pero no había sido así. En cambio, solo había conseguido que la frustración empeorara mi ya estresante y extraño día. Me había marchado de la residencia de ancianos alicaída y sin saber el motivo por el que la señorita Testarossa quería verme. La señorita Testarossa. Ya me tenía confundida por el hecho de pedirme que fuera a verla a su casa esa tarde. Su comportamiento durante el resto del día había demostrado ser igual de extraña. Cuando regresó de su reunión, me pidió otro café y un sándwich. ¡Me los pidió! No lo exigió, no masculló, ni cerró de un portazo. Al contrario, se detuvo delante de mi mesa y me pidió con educación el almuerzo. Incluso me dio las gracias. Otra vez. No salió de su despacho durante el resto del día, hasta que llegó la hora de marcharse a casa, momento en el que se detuvo delante de mi mesa y me preguntó si tenía su tarjeta de visita. Murmuré un "Sí" como respuesta, ella asintió con la cabeza y se fue, sin dar el menor portazo. Me tenía intrigadísima, hecha un manojo de nervios y con un nudo en la boca del estómago. No sabía qué pintaba yo en su casa, ni por qué me quería allí.
Tomé una bocanada de aire para tranquilizarme. Solo había una forma de averiguarlo. Cuadré los hombros y crucé la calle.
Cuando la señorita Testarossa abrió la puerta, intenté no mirarla fijamente. Nunca la había visto con un atuendo tan informal. El traje gris a medida y la prístina camisa blanca que solía llevar habían desaparecido. En cambio, llevaba una camiseta de manga larga y unos vaqueros. Me invitó a pasar con un gesto y se apartó de la puerta para que pudiera hacerlo. Sostuvo mi abrigo y después nos miramos en silencio. Nunca la había visto tan incómoda. Se llevó una mano a la nuca y carraspeó.
- Estoy cenando. ¿Le gustaría acompañarme?
- No me apetece. –mentí. Me moría de hambre. Ella hizo una mueca.
- Lo dudo.
- ¿Cómo dice?
- Está demasiado delgada. Necesita comer más.
Antes de que pudiera replicar, me aferró el brazo por el codo y me condujo hasta la barra que separaba la cocina del salón.
- Siéntese. –me ordenó al tiempo que señalaba los taburetes altos y de asiento tapizado.
Consciente de que lo mejor era no discutir con ella, me senté. Mientras ella se adentraba en la cocina, eché un vistazo por el amplio y enorme espacio. Suelos de madera oscura, dos enormes sofás de cuero de color marrón chocolate y paredes blancas que enfatizaban la amplitud de la estancia. Las paredes estaban desnudas, salvo el gigantesco televisor situado sobre la chimenea. No había fotos ni recuerdos personales. Hasta los muebles parecían desnudos. No había cojines ni mantas por ninguna parte. Pese a su opulencia, el salón parecía frio e impersonal. Al igual que sucedía con las fotos de las revistas de decoración, todo era bonito y estaba bien colocado, y no había nada que ofreciera una pista sobre la mujer que lo habitaba. Me percaté de la existencia de un largo pasillo y de una escalera muy elegante que supuse que conducía a los dormitorios. Me volví de nuevo a la cocina. La impresión que producía y el estilo eran los mismos. Una combinación de tonos oscuros y claros, carente de toques personales. Contuve un escalofrió. La señorita Testarossa me puso un plato delante y levantó la tapa de la caja de una pizza con una mueca burlona. Sentí que estaba a punto de sonreír.
- ¿Esta es la cena?
De algún modo me parecía demasiado "normal" para ella. Hacía un sinfín de tiempo que no comía pizza. Se me hizo la boca agua solo con mirarla.
Ella se encogió de hombros.
- Normalmente como fuera, pero esta noche se me ha antojado una pizza. –cogió una porción y la colocó en mi plato– Coma.
Puesto que estaba demasiado hambrienta como para discutir, comí en silencio, con la mirada clavada en el plato, esperando que los nervios no me traicionaran. La señorita Testarossa comía con apetito y devoró el resto de la pizza, salvo por la segunda porción que dejó en mi plato. No protesté por esa segunda porción ni por la copa de vino que me puso delante. En cambio, bebí un sorbo, disfrutando de la suavidad del merlot. Hacía mucho tiempo que no probaba un vino tan bueno.
Cuando acabamos la extraña cena, la señorita Testarossa se puso de pie, tiró a la basura la caja de pizza y regresó a la barra de la cocina. Cogió la copa de vino, la apuró y empezó a pasearse de un lado para otro durante unos minutos.
Al final, se detuvo delante de mí.
- Señorita Takamachi, voy a repetir lo que le dije esta mañana. Lo que estoy a punto de decirle es personal.
Asentí con la cabeza y me miró fijamente. No cabía la menor duda de que me encontraba deficiente en todos los sentidos. Sin embargo, siguió hablando.
- Me voy de Al-Hazard Inc.
Me dejó boquiabierta. ¿Por qué iba a abandonar la empresa? Era una de las preferidas de Jill. Para él no había nada que hiciera mal. Jill presumía a todas horas del talento de la señorita Testarossa y de todos los clientes que aportaba a la empresa.
- ¿Por qué?
- Porque no me han hecho socia.
- Tal vez el año que viene… –dejé de hablar al darme cuenta de lo que significaba todo aquello. Si ella se marchaba y no me reasignaban a otro puesto, me quedaría sin trabajo. Y aunque me asignaran, mi sueldo se reduciría. En cualquier caso, era un desastre para mí. Sentí que se me caía el alma a los pies.
La señorita Testarossa levantó una mano.
- No habrá un año que viene. Se me ha presentado una oportunidad que estoy explorando.
- ¿Por qué me está contando todo esto? –logré preguntar.
- Necesito que me ayude a que esa oportunidad se materialice. –tragué saliva.
- ¿Necesita mi ayuda? –me sentía más confundida si cabía. La señorita Testarossa jamás había buscado mi ayuda en el terreno personal. Se acercó a mí.
- Quiero contratarla, señorita Takamachi.
Mi mente era un torbellino. Estaba segura de que, si dejaba la empresa, querría empezar desde cero. Yo ni siquiera le caía bien. Carraspeé.
- ¿Como su asistenta personal en esta nueva oportunidad?
- No. –guardó silencio, como si estuviera sopesando qué decir a continuación, y después añadió– Como mi prometida. –solo acerté a mirarla sin mover un solo músculo.
