La historia es de Almudena los personajes de SM la adaptación solamente es mía

Bueno, hola! Se que tenía q subir este cap ayer, pero sinceramente el anterior solo recibió 3 reviews y sola una amiga contestó lo que les pregunté, por lo que quizás la haga una historia breve q termine en el prox cap, uds. dirán.

Capítulo 3

Bella POV

-Ponte de pie.

Me levanté.

Nos besamos un rato muy largo, frotándonos el uno contra el otro.

Me enrolló completamente el borde de la falda en la cintura, dejando mi vientre al descubierto. Los espejos me devolvieron una extraña imagen de mí misma.

-Siéntate y espérame, ahora vengo.

Se dirigió a la puerta y entonces, a pesar de mi aturdimiento, me di cuenta de que tenía algo importante que decir. Le llamé y se volvió hacia mí, encajando el hombro contra el borde de la puerta.

-Nunca me he acostado con un hombre, antes...

-No vamos a acostarnos en ninguna parte, boba, por lo menos de momento. Vamos a tener sexo, solamente.

-Quiero decir que soy virgen.

Me miró un momento, sonriendo, y desapareció.

Me senté y le esperé. Traté de analizar cómo me sentía. Estaba caliente. Sonreí.

-Edward me ha puesto caliente -era divertido. Lo dije una y otra vez, mientras me daba cuenta de que estaba guapa, muy guapa, a pesar del uniforme horrible.

El estaba ahí, con una bandeja llena de cosas, mirando cómo movía los labios, quizás incluso me había oído, pero no dijo nada, cruzó la habitación y se sentó delante de mí, con las piernas cruzadas como un indio.

Me quitó las bragas, me atrajo bruscamente hacia sí, obligándome a apoyar la cola en el borde del sofá, y me abrió todavía más, encajándome las piernas sobre los brazos del sillón.

-Venga, empieza, te estoy esperando.

-¿Qué quieres saber?

-Todo, quiero saberlo todo, de quién fue la idea, cómo te pilló Tanya, qué le contaste a tu hermano, todo, vamos.

Tomó un poco de espuma de afeitar y comenzó a esparcirla en sus manos.

Yo ya había comenzado a hablar, hablaba como un autómata, mientras le miraba y me preguntaba qué pasaría ahora, qué iba a pasar ahora.

-Bueno... es que no sé qué decirte. A mí me lo dijo Alice, pero la idea fue de Nessie, por lo visto.

-¿Quién es Nessie? ¿Una bajita, castaña, con el pelo corto?

-No, ésa es Alice.

-Ah, entonces... ¿cómo es Nessie? – preguntó con curiosidad.

-Es más alta que yo, muy menuda, también castaña pero tirando más a rubia, tienes que haberla visto en casa.

-Ya, sigue.

No me podía creer lo que estaba pasando. Había alargado la mano y me ponía espuma

-Pero... ¿qué haces?

-No es asunto tuyo, sigue.

-Si la vagina es mía, lo que hagas con ella también será asunto mío -mi voz me sonó ridícula a mí misma, y él no me contestó. Seguí hablando-. Pues, Nessie lo hace mucho, por lo visto, quiero decir, meterse cosas, y entonces le contó a Alice que lo mejor, lo que más le gustaba, era la flauta, entonces decidimos que lo probaríamos, aunque la verdad es que a mí me parecía una guarrada, por un lado, pero lo hice, Alice al final no, siempre se acobarda, y bueno, ya está, ya lo sabes, no hay nada más que contar.

Colocó una toalla en el suelo, justo debajo de mí.

-¿Cómo te pilló Tanya?

-Bueno, como dormimos en el mismo cuarto, yo y ella...

- Ella y yo... -me corrigió.

- Ella y yo -repetí.

-Muy bien, sigue.

-Creí que estaba sola en casa, sola por una vez en la vida, bueno, Jacob estaba, pero viendo la televisión, y como estaban poniendo un partido, pues pensé... -se sacó una cuchilla de afeitar del bolsillo de la camisa-. ¿Qué vas a hacer con eso?

Me miró a la cara con su mejor expresión de no pasa nada, aunque me sujetó firmemente los muslos, por lo que pudiera suceder.

-Es para ti -contestó-. Te voy a afeitar.

-¡Ni hablar! Me eché hacia adelante con todas mis fuerzas, intentaba levantarme, pero no podía. El era mucho más fuerte que yo.

-Sí -parecía tan tranquilo como siempre-. Te voy a afeitar y te vas a dejar. Lo único que tienes que hacer es estarte quieta. No te va a doler. Estoy harto de hacerlo. Sigue hablando.

-Pero... ¿por qué?

- Porque a mí me gustan las niñas con vagina de niña, sobre todo cuando las voy a pervertir. No te pongas nerviosa y déjame. Al fin y al cabo, esto no es más deshonroso que calzarse una flauta escolar, dulce, o como se llame...

Busqué una excusa, cualquier excusa.

-Pero es que en casa se van a dar cuenta y como Tanya me vea se lo va a contar a mamá, y mamá...

-¿Por qué se va a enterar Tanya? No creo que se hagan cosas por las noches.-me había puesto tan histérica que ni siquiera tuve tiempo de ofenderme por lo que acababa de decir-, pero ella me ve cuando me visto y cuando me desnudo, y sabe como soy ahí.

-Ah, bueno, pero no te preocupes por eso, te voy a dejar el pubis prácticamente igual, sólo pienso afeitarte los labios.

-¿Qué labios?

-Estos labios -dejó que dos de sus dedos resbalaran sobre ellos. Yo había pensado que haría exactamente lo contrario, y me pareció que el cambio era para peor, pero ya había decidido no pensar, por enésima vez, no pensar, al paso que íbamos el cerebro se me fundiría aquella misma noche.

-Ábretela tú con la mano, por favor... -lo hice-, y sigue hablando. ¿Qué hiciste cuando te vio Tanya?

Noté el contacto de la hoja, fría, y sus dedos, estirándome la piel, mientras volvía a hablar, a escupir las palabras como una ametralladora.

-Bueno, pues, no sé... Cuando quise darme cuenta, ella ya estaba allí delante, chillando mi nombre. Salió corriendo de la habitación, con el paraguas, dando un portazo... -la hoja se deslizaba suavemente, encima de aquello que acababa de aprender que se llamaban también labios. No sentía dolor, era más bien como una extraña caricia, pero no lograba quitarme de la cabeza la idea de que se le podía ir la mano. Apenas le veía la cara, sólo el pelo, cobrizo, la cabeza inclinada sobre mí -y yo salí corriendo detrás de ella. No fue al cuarto de estar, menos mal, se fue directamente por la puerta de la calle, con el paraguas, debía de haber venido solamente a buscarlo. Entonces pensé que no tenía a nadie más que a Jacob, y fui a contárselo, todavía llevaba la flauta en la mano... -la cuchilla se desplazó hacia fuera, me estaba rozando el muslo-, él estaba en su cuarto, tenía un montón de papeles encima de la mesa y no sé qué hacía con ellos, se rió, se rió mucho, y me dijo que no me pusiera nerviosa, que él le taparía la boca a Tanya, que no me preocupara, y me habló como tú hace un rato...

Yo pensaba que no me escuchaba, que me hacía hablar a lo loco, para tenerme ocupada en algo, pero me preguntó qué me había dicho exactamente.

-Pues eso, que era normal, que todo el mundo experimentaba y que no pasaba nada.

-Ya... -su voz se hizo más profunda-. ¿Y no te tocó?

Recordé lo que había dicho antes por teléfono -yo en tu lugar me la hubiera follado sin pensarlo-, y me estremecí.

-No... -debía de haber dado por concluido mi labio derecho porque noté el escalofrío helado de la hoja sobre el izquierdo.

-¿No te ha tocado nunca?

-No. ¿Pero tú qué te has creído? -sus insinuaciones me sonaban como a ciencia ficción.

-No sé, como se quieren tanto...

-¿Tocas tú a tu hermana? -me respondió con una carcajada, tuve miedo de que le temblara la mano.

-No, pero es que mi hermana no me gusta...

-¿Y yo sí te gusto? -mis amigas decían que jamás se debe preguntar eso a un hombre directamente, pero yo no lo pude evitar. El se echó para atrás y me miró a los ojos.

-Sí, tú me gustas, me gustas mucho, y estoy seguro de que le gustas a Jacob también, aunque él jamás lo reconocería -sonrió-. Eres una niña especial, Bella, pero una niña al fin y al cabo. Casi perfecta. Y si me dejas acabar, perfecta del todo.

Fue en aquel momento, a pesar de lo extravagante de la situación, cuando mi amor por Edward dejó de ser una cosa vaga y cómoda, fue entonces cuando comencé a tener esperanzas, y a sufrir. Sus palabras -eres una niña especial, casi perfecta- retumbarían en mis oídos durante años, viviría años, a partir de aquel momento, aferrada a sus palabras como a una tabla de salvación.

Él se inclinó nuevamente sobre mí e insistió en voz muy baja.

-De todas maneras, creo que nos lo deberíamos montar alguna vez los tres, tu hermano, tú y yo...-la cuchilla se volvió a desplazar hacia fuera, esta vez al lado contrario-. Muy bien, Bella, ya casi está.

¿Ha sido tan terrible?

-No, pero me arde un poco.

-Lo sé. Mañana te arderá más, pero estarás mucho más guapa -se había echado un instante hacia atrás, para evaluar su obra, supongo, antes de esconderse otra vez entre mis belleza es un monstruo, una deidad sangrienta a la que hay que aplacar con constantes sacrificios, como dice mi madre...

-Tu madre es una imbécil -me salió del alma.

-Indudablemente, lo es... -su voz no se alteró en lo más mínimo y ahora estate quieta un momento, por favor, no te muevas para nada. Estoy terminando.

Podía imaginar perfectamente la expresión de su cara aun sin verla, porque todo lo demás, su voz, su manera de hablar, sus gestos, su seguridad infinita, me eran muy familiares.

Estaba jugando. Jugaba conmigo, siempre le había gustado hacerlo. El me había enseñado muchos de los juegos que conocía y me había adiestrado para hacer trampas. Yo había aprendido deprisa, juntos éramos casi invencibles. El solía hacer trampas, y solía ganar.

Cogió una toalla, sumergió un poco en otra taza y la retorció por encima de mi pubis que, fiel a su palabra, estaba casi intacto. El agua chorreó hacia abajo. Repitió la operación dos o tres veces antes de comenzar a frotarme para limpiarme completamente.

Me di cuenta de que yo misma podría hacerlo mucho mejor, y más deprisa.

-Déjame hacerlo a mí.

-De ninguna manera... -hablaba muy despacio, casi susurrando, estaba absorto, completamente absorto, los ojos fijos en mi sexo.

Me besó dos veces, en la cara interior del muslo izquierdo. Luego, alargó la mano hacia la bandeja y cogió un bote de cristal color miel, lo abrió y hundió dos dedos, el índice y el corazón de la mano derecha, en su interior.

Era crema, una crema blanca, perfumada.

Rozó con sus dedos mis labios recién afeitados, depositando su contenido sobre la piel. Sentí un nuevo escalofrío, estaba helada. Edward recopilaba tranquilamente todos los objetos que habían intervenido en la operación, devolviéndolos a la bandeja, que empujó a un lado.

Entonces, también él se desplazó hacia mi derecha, desbloqueando el espejo que tenía delante.

Edward me miraba y sonreía.

-¿Te gustas? Estás preciosa...

-¿No me la vas a extender?

-No. Hazlo tú.

Alargué la mano abierta, preguntándome qué sentiría después. Mis yemas tropezaron con la crema, que se había puesto blanda y tibia, y comenzaron a distribuirla arriba y abajo, moviéndose uniformemente sobre la piel resbaladiza, lisa y desnuda, caliente, igual que las piernas en verano, después de la cera, hasta hacer desaparecer por completo aquellas dos largas manchas blancas.

Después, me resistí a abandonar. La tentación era demasiado fuerte, y dejé que mis dedos resbalaran hacia dentro, una vez, dos veces. Edward se acercó a mí, me introdujo un dedo muy suavemente, lo extrajo y me lo metió en la boca.

Mientras lo chupaba, le oí murmurar:

-Buena chica...

Estaba arrodillado en el suelo, delante de mí. Me cogió de la cintura, me atrajo hacia él, bruscamente, y me hizo caer del sillón.

El choque fue breve. Me manejaba con mucha facilidad.

Me obligó a darme la vuelta, las rodillas clavadas en el suelo, la mejilla apoyada en el asiento. No podía verle, pero le escuché.

-Acaríciate hasta que empieces a notar que te corres y entonces dímelo.

Jamás había imaginado que sería así, jamás, y sin embargo no eché nada de menos. Me limité a seguir sus instrucciones y a desencadenar una avalancha de sensaciones conocidas, preguntándome cuándo debía detenerme, hasta que mi cuerpo comenzó a partirse en dos, y me decidí a hablar.

-Me voy...

Entonces me penetró, lentamente pero con decisión, sin detenerse.

Desde que lo había anunciado, desde que me lo había advertido -vamos a tener sexo, solamente-, me había propuesto aguantar, aguantar lo que se me viniera encima, sin despegar los labios, aguantar hasta el final. Pero me estaba rompiendo. Quemaba. Yo temblaba y sudaba, sudaba mucho. Tenía frío.

Mi resistencia fue efímera.

Antes de que quisiera darme cuenta, le estaba pidiendo que me lo sacara, que me dejara por lo menos un momento, porque no podía, no lo soportaba más.

Ni me contestó ni me hizo caso. Cuando llegó hasta el fondo, se quedó inmóvil, dentro de mí.

-No te pares ahora, porque voy a empezar a moverme y te va a doler.

Su voz desarboló mis últimas esperanzas. No iba a servir de nada protestar, pero tampoco me podía quedar allí parada, sufriendo. No estoy hecha para soportar el dolor, por lo menos en grandes dosis. No me gusta. De forma que decidí seguir sus instrucciones, otra vez.

Intenté recuperar el ritmo perdido.

Él me imprimía un ritmo distinto, desde atrás. Aferrado a mis caderas, entraba y salía de mí a intervalos regulares, atrayéndome y rechazándome a lo largo de aquella especie de barra incandescente que ya no se parecía nada al inocuo juguete con resorte que me había llenado la boca un par de horas antes, y mucho menos todavía a la célebre flauta dulce.

El dolor no se desvanecía, pero, sin dejar de ser dolor, adquiría rasgos distintos. Seguía siendo insoportable en la entrada, allí me sentía estallar, resultaba asombroso no escuchar el rasguido de la piel. Dentro, era distinto. El dolor se diluía en notas más sutiles, que se manifestaban con mayor intensidad a medida que me acoplaba con él, moviéndome con él, contra él, mientras mis propios manejos comenzaban a demostrar su eficacia.

El dolor no se desvaneció, siguió allí todo el tiempo, latiendo hasta el final, hasta que el placer se desligó de él, creció y, finalmente, resultó más fuerte.

Cuando sentía ya los últimos espasmos, y mis piernas dejaban de temblar para desaparecer del todo, Edward se desplomó sobre mí, emitiendo un grito ahogado, agudo y ronco a la vez, y mi cuerpo se llenó de calor.

Permanecimos así un buen rato, sin movernos.

Él había escondido la cara en mi cuello, me cubría los pechos con las manos y respiraba profundamente. Yo era feliz.

Se separó de mí y le oí caminar por la habitación. Cuando intenté moverme advertí que me dolía todo. Me volví trabajosamente porque algo parecido a las puntadas, unas puntadas espantosas, me paralizaban de cintura para abajo.

El me ayudó a levantarme. Cuando le rodeé el cuello con los brazos para besarle, me levantó por la cintura, me encajó las piernas alrededor de su cuerpo y comenzó a andar conmigo en brazos, sin hablar.

Salimos al pasillo, que era largo y oscuro, un clásico pasillo de casa vieja, con puertas a un lado. La última estaba entornada. Entramos, se las arregló para encender la luz de alguna manera, y me depositó en el borde de una cama grande. Me quitó la falda y las medias, sonriéndome. Luego apartó la colcha y me empujó dentro. Se despojó de su camisa, lo único que llevaba puesto, y se deslizó conmigo debajo de las sábanas.

Aquellas notas de clasicismo, la cama y mi propia desnudez, me conmovieron y me aliviaron a un tiempo. Se habían acabado las rarezas, por lo menos de momento.

Ahora me besaba y me abrazaba, haciendo ruidos extraños y divertidos. Me peinaba con la mano, estirándome el pelo hacia atrás, y se detenía un instante, de tanto en tanto, para mirarme. Era delicioso. Notaba su piel fría y dura, su pecho desnudo, e intuía por primera vez que aquello acabaría pesando sobre mí como una maldición, que aquello, todo aquello, no era más que el prólogo de una eterna, ininterrumpida ceremonia de posesión.

La profundidad de ese pensamiento me sorprendió a mí misma mientras rodábamos encima de la cama, que ahora resultaba un reducto caliente y cómodo, lo que me devolvió a planos menos trascendentales, sugiriéndome que en la calle debía hacer un frío espantoso, idea placentera por excelencia, mientras yo seguía allí, cobijada y segura.

En realidad no me había dolido tanto.

Aproveché una pausa para indagar acerca de algo que me venía obsesionando desde hacía un rato.

-¿He sangrado mucho?

-No has sangrado nada -parecía divertido.

-¿Estás seguro? -su respuesta me había desconcertado absolutamente.

-Sí.

-¡Vaya por Dios!

No había sangrado nada. Nada. Aquello sí era terrible. Había pasado algo importantísimo, decisivo, algo que no se volvería a repetir jamás, y mi cuerpo no se había dignado a conmemorarlo con un par de gotas de sangre, un mínimo gesto dramático. Me había defraudado mi propio cuerpo.

El se reía, se estaba riendo de mí otra vez, así que escondí la cara contra su hombro y renuncié a contarle lo que pensaba. Alargó la mano hacia el suelo y recogió un paquete de cigarrillos.

-¿Un cigarrillo de película francesa? -su voz era risueña todavía.

-¿Por qué dices eso?

-No sé..., en las pelis francesas siempre fuman después de tener sexo.

-¿Y por qué dices siempre "tener sexo", en vez de hacer el amor, como todo el mundo?

-Ah, ¿y quién te ha dicho a ti que todo el mundo dice hacer el amor?

-Pues no sé..., pero lo dicen. -Había aceptado, por supuesto. Era un placer adicional, fumar, otra cosa que no se debía hacer.

-Decir "hacer el amor" es anticuado y cursi -había adoptado un tono casi pedagógico-, y además, aun siendo una expresión de origen extranjero, en castellano "hacer el amor" ha significado siempre tirar chapar, no tener sexo. "tener sexo" suena fuerte, suena bien, Joder también vale, aunque últimamente, está muy desvirtuado, se ha quedado antiguo.

-Como cachonda...

-Exacto, como cachonda, pero esa palabra me gusta -me sonrió, -. Finalmente, el sexo, es decir, tener sexo, es algo que no está necesariamente relacionado con el amor, de hecho son dos cosas completamente distintas...

Entonces comenzó la clase teórica, la primera.

Habló y habló en solitario, durante mucho tiempo. Yo apenas me atrevía a interrumpirle, pero me esforzaba por retener cada una de sus palabras, por retenerle a él, en mi cabeza, mientras hablaba del amor, de la poesía, de la vida y de la muerte, de Jacob, del sexo, de la edad, del placer, del dolor, de la soledad.

Después apagó el último cigarrillo, se quedó mirándome de una forma extraña, especialmente intensa, sonrió, como si quisiera borrar de su rostro la expresión anterior y me dijo algo así como bah, no me hagas caso.

Apartó la sábana y comenzó a recorrer mi cuerpo con una mano. Yo miraba su mano y le miraba a él, y le encontraba hermoso, demasiado hermoso, demasiado grande y sabio para mí. Le habría acariciado, le habría besado y mordido, le habría arañado, no sé por qué, sentía que debía marcarlo como mío.

Me penetró otra vez, de una forma muy distinta, suavemente, lentamente, encima de mí, moviéndose con cuidado, como si quisiera evitar hacerme daño.

Fue extraño, dulce, casi conyugal, casi.

Me pedía constantemente que abriera los ojos y que le mirara, pero yo no podía hacerlo, sobre todo cuando mi sexo comenzaba a palpitar, y me imponía la estúpida obligación de mirarlo para poder advertir plenamente su metamorfosis, de todas maneras lo intentaba, intentaba mirarle, y abría los ojos, y le encontraba allí, la cara colgando sobre la mía, la boca entreabierta, y veía mi cuerpo, mis pezones erguidos, largos, y mi vientre que temblaba, y el suyo, veía cómo se movía su pene, cómo se ocultaba y reaparecía constantemente más allá del poco vello superviviente, pero el mero hecho de ver, de mirar lo que estaba sucediendo, aceleraba las exigencias de mi sexo, que me obligaba otra vez a cerrar los ojos, y entonces volvía a escuchar su voz, mírame, y si me obstinaba en mi soledad, notaba también sus acometidas, mucho más violentas de repente, nuevamente hirientes, por no abrir los ojos, dejaba caer sobre mí todo el peso de su cuerpo, resucitando el dolor, moviéndose deprisa, y bruscamente, hasta que le obedecía, y abría los ojos, y todo volvía a ser húmedo, fluido, y mi sexo respondía, y dejaba caer los párpados inconscientemente, para volver a empezar.

Hasta que una vez me permitió mantener los ojos cerrados y me corrí, mis piernas se hicieron infinitas, mi cabeza se volvió pesada, me escuché a mí misma, lejana, pronunciar palabras inconexas que no sería después capaz de recordar, y todo mi cuerpo se redujo a un nervio, un solo nervio tenso pero flexible, como una cuerda de guitarra, que me atravesaba desde la nuca hasta el vientre, un nervio que temblaba y se retorcía, absorbiéndolo todo en sí mismo.

La primera clase teórica había sido todo un éxito.

Estaba muy cansada, muy contenta también. Me di la vuelta, tenía sueño. El me arropó, se tendió del mismo lado que yo, me abrazó, respirando contra mi cabeza y me dio las buenas noches, a pesar de que estaba amaneciendo ya.

Rápidamente su respiración sonó acompasada y lo seguí en el sueño placentero y pesado, como el que me vencía después de pasar un día en el bosque.