Capítulo 3
POV Fate
La señorita Takamachi me miró, petrificada. Después, se bajó del taburete y su mirada recorrió la cocina y el salón.
- ¿Le resulta gracioso? –masculló con voz temblorosa– Señorita Testarossa, no sé qué tipo de broma es esta, pero le aseguro que no tiene ni pizca de gracia. –pasó a mi lado y se acercó al sofá para recoger su abrigo y su bolso, tras lo cual se volvió hecha una furia hacia mí– ¿Está grabando esto para poder verlo después? ¿Para echarse unas risas? –una lágrima se deslizó por una de sus mejillas y se la limpió con un movimiento brusco y furioso– ¿No le basta con tratarme como una mierda durante todo el día que también tiene que reírse de mi fuera del trabajo?
La vi andar hacia la puerta con movimientos airados, momento en el que me recuperé de la impresión de su estallido de furia y eché a correr para impedirle que se marchara. Me incliné sobre ella al tiempo que cerraba la puerta.
- Señorita Takamachi… Nanoha… por favor. Le aseguro que esto no es una broma. Escúcheme… –estaba tan cerca que podía sentir los temblores que la asaltaban. Había sopesado cuáles podrían ser sus reacciones, pero no había tenido en cuenta la furia– Por favor. –le supliqué de nuevo– Escuche lo que tengo que decirle.
Agachó los hombros y asintió con la cabeza, tras lo cual me permitió que la alejara de la puerta y la condujera hasta el sofá. Me senté frente a ella y la invité a tomar asiento. Lo hizo, aunque con gesto receloso, y tuve que hacer un esfuerzo tremendo para no soltarle que dejara de actuar como un conejo asustado. ¿Qué creía que iba a hacerle? De repente, sus palabras resonaron de nuevo en mi cabeza "¿No le basta con tratarme como una mierda durante todo el día que también tiene que reírse de mi fuera del trabajo?" Me removí en mi asiento. Supongo que merecía su recelo. Carraspeé.
- Como ya le he dicho, estoy planeando abandonar Al-Hazard Inc. La empresa que espero que me contrate tiene una filosofía muy distinta de la de Jill. Valoran a sus empleados. Para ellos, la familia y la integridad son esenciales. –la vi fruncir el ceño, pero siguió en silencio– Para conseguir siquiera poner un pie en su puerta, me he visto obligada a convencerlos de que no soy la persona que ellos creen que soy.
- ¿Y qué persona es esa?
- Arrogante, egoísta. –respiré hondo– Una tirana en el trabajo y una mujeriega en mi tiempo libre. –la señorita Takamachi ladeó la cabeza y dijo en voz baja y firme.
- Perdone mi franqueza, señorita Testarossa. Pero así es como es usted.
- Lo sé. –me alejé y caminé de un lado a otro– También soy buena en mi trabajo y estoy cansada de aguantar las chorradas de Jill. –me senté de nuevo– Sentí algo mientras hablaba con Clyde, algo que hacía mucho no sentía: emoción por la idea de una nueva campaña. Inspiración. –me miró con la boca abierta.
- ¿Clyde Harlaown? ¿Quiere trabajar en TSAB Group?
- Sí.
- Es raro que acepten a alguien en la empresa.
- Tienen un puesto vacante. Lo quiero.
- Sigo sin entender qué pinto yo en todo esto.
- Clyde Harlaown no contratará a nadie que no encaje con la imagen de su empresa: la familia primero. –me incliné hacia delante– Debo convencerlo de que no soy la mujeriega que todos dicen que soy. Le he dicho que me marcho de Al-Hazard Inc. porque me he enamorado y quiero un estilo de vida distinto.
- ¿De quién se ha enamorado? –me apoyé en el respaldo del sillón.
- De usted.
Abrió tanto los ojos por la sorpresa que la imagen resultó cómica. Abrió y cerró la boca varias veces sin emitir el menor sonido. Al final dijo.
- ¿Por… por qué iba a hacer algo así?
- Me han dicho que usted es exactamente el tipo de persona que puede convencer a Clyde Harlaown de que he cambiado. Cuando me detuve a pensarlo, me di cuenta de que esa persona tenía razón. –negó con la cabeza.
- Ni siquiera le caigo bien. –tragó saliva– Y el sentimiento es mutuo. –que lo dijera con tanta educación me hizo reír entre dientes.
- Ya solucionaremos ese problema después.
- ¿Qué propone usted?
- Algo sencillo. Sea como sea, me voy a ir de Al-Hazard Inc. Usted también tendrá que irse. –empezó a negar con la cabeza al instante, con vehemencia.
- No puedo permitirme dejar el trabajo, señorita Testarossa. Así que mi respuesta es no. –levanté la mano.
- Escúcheme. Le pagaré por todo esto. Tendrá que dejar el trabajo, así como su apartamento y venirse a vivir conmigo aquí. Le pagaré un salario, más todos los gastos que esta situación implique, durante todo el tiempo que sea necesario.
- ¿Por qué tengo que vivir aquí?
- Es posible que le haya dicho a Clyde que vivimos juntas.
- ¿Qué le ha dicho qué?
- En aquel momento me pareció sensato. No lo planeé. Sucedió sin más. Y volviendo a mi oferta…
- ¿Qué espera que haga yo?
Tamborileé con los dedos sobre el brazo del sillón mientras reflexionaba al respecto. Debería haber planeado mejor todo el asunto.
- Vivir aquí, acompañarme en calidad de prometida a cualquier evento al que tenga que asistir y fingir en todo momento que lo es. –me encogí de hombros– No lo he meditado a fondo, señorita Takamachi. Tendremos que llegar a un acuerdo. Establecer ciertas reglas. Llegar a conocernos para parecer una pareja real. –me incliné hacia delante y coloqué los brazos sobre los muslos– Y tiene que ser rápido. Se supone que debo llevarla a un evento este fin de semana.
- ¿Este fin de semana? –chilló.
- Sí. No tiene por qué vivir aquí conmigo para entonces, pero debemos establecer los puntos básicos de la historia que vamos a contar. Debemos parecer bien avenidas… cómodas en nuestra mutua compañía.
- Tal vez debería empezar por dejar de llamarme señorita Takamachi. –solté una carcajada seca.
- Supongo que sería extraño…, Nanoha.
Guardó silencio y clavó la mirada en su regazo mientras jugueteaba con un hilo suelto de la camisa.
- Le compraré ropa nueva y me aseguraré de que siempre tenga dinero a su disposición. Si accede a ayudarme, no le faltará de nada.
Levantó la barbilla. Hasta ese momento no me había fijado en el obstinado hoyuelo que tenía.
- ¿Cuánto va a pagarme?
- Diez mil dólares mensuales. Si la farsa dura más de seis meses, doblaré esa cantidad. –esbocé una sonrisa burlona– Si nos vemos obligadas a casarnos, le pagaré un extra. Cuando podamos divorciarnos, me aseguraré de que reciba una buena compensación y me encargaré de todos los gastos. Podrá vivir con comodidad el resto de su vida.
- ¿A casarnos?
- No sé cuánto tiempo necesitaré para convencer a Clyde de que lo nuestro no es una fachada. Podrían ser dos o tres meses. No creo que sean más de seis. Si lo veo necesario, nos casaremos por lo civil y nos divorciaremos en cuanto podamos.
Se aferró las manos. Estaba tan blanca como la pared. Su expresión delataba la indecisión y la conmoción que la embargaban.
- Es muy probable… –seguí hablando en voz baja– …que Jill la despida una vez que yo me vaya de Al-Hazard Inc. aunque no acabe en TSAB Group. Si consigo que me acepten, lo hará con total seguridad. Porque estará convencido de que usted conocía mis planes. Sé cómo funciona su mente.
- ¿Por qué no consigue a otra mujer?
- No conozco a nadie más. El tipo de mujer con el que suelo salir no… Ninguna es adecuada.
- ¿Y yo sí? ¿Por qué?
- ¿Quiere que sea sincera?
- Sí.
- Usted es práctica, sensata… sencilla. Admito que hay cierta calidez en usted que atrae a la gente. Yo no la veo, pero es evidente que existe. El hecho de que sea mi asistente personal me ofrece la excusa perfecta para marcharme. No podría salir con usted y seguir trabajando en Al-Hazard Inc. Algo que no se me ocurriría en circunstancias normales, claro está. –su expresión se tornó dolida y me encogí de hombros– Me ha dicho que fuera sincera. –no replicó al comentario salvo para decir.
- No sé cómo va a conseguir que esto salga bien si no me soporta.
- Nanoha, ¿cree que me cae bien toda la gente con la que trabajo o los clientes con los que debo tratar? No soporto a casi ninguno. Sonrío y bromeo con ellos, les estrecho la mano y actúo como si me interesaran. Mi actitud hacia nuestra relación será la misma. Son negocios. Puedo hacerlo. –hice una pausa y levanté la barbilla– ¿Y usted? –al ver que no contestaba, seguí hablando– Todo esto depende de usted. He depositado toda mi confianza en usted. Ahora mismo podría ir a hablar con Jill, o incluso Clyde, y echar por tierra todo mi plan. Pero espero que no lo haga. Piense en el dinero y en lo que podría hacer con él. Unos cuantos meses de su tiempo con lo que pienso pagarle más de lo que ganaría en todo el año. De hecho, le garantizo sesenta mil dólares. Seis meses. Aunque nos separemos después de tres. Seguro que es el doble de lo que gana en un año.
- Y lo único que tengo que hacer es…
- Fingir que me quiere.
Me miró fijamente con una expresión que decía todo lo que no quería expresar con palabras.
- ¿Lo pondrá por escrito?
- Sí. Firmaremos un acuerdo de confidencialidad. Le pagaré veinte mil dólares como cantidad inicial. Conseguirá el resto al final de cada mes. Además, abriré una cuenta a su nombre para sus gastos. Ropa y lo que necesite, lo que sea. Espero que vista y actué tal como la situación lo requiera. –me miró un instante en silencio.
- Tengo que pensarlo.
- No puede demorarse mucho. Si accede, necesitara ropa para el sábado y tendremos que pasar tiempo juntas para conocernos mejor.
- ¿Y si no accedo?
- Le diré a Clyde que está enferma y que no puede asistir. Y después confiaré en que me conceda la oportunidad de demostrar mis capacidades y que me contrate.
- ¿Y si no lo hace?
- Me iré de Uminari, aunque no quiero hacerlo. Quiero seguir aquí, por eso le pido que me ayude. –se puso en pie.
- Tengo que irme. –me puse en pie para mirarla. Era más baja que yo.
- Necesitaré su respuesta en breve.
- Lo sé.
- ¿Dónde ha aparcado? –me miró a los ojos y parpadeó varias veces.
- No tengo coche, señorita Testarossa. He llegado andando.
- Es demasiado tarde para que regrese sola. Le diré a Edgar que llame a un taxi.
- No puedo permitirme un taxi.
- Yo lo pagaré. –repliqué, malhumorada– No quiero que se vaya andando. ¿Conduce? ¿Sabe hacerlo?
- Sí, pero no puedo permitirme los gastos de tener un coche.
- Le conseguiré uno. Si accede a ayudarme, le compraré un coche. Podrá quedárselo después. Piense en él como una prima inicial. –se mordió el labio y negó con la cabeza.
- No sé qué pensar de todo esto.
- Piense que es una oportunidad muy lucrativa. –sonreí– Un pacto con el diablo, si lo prefiere. –enarcó una ceja.
- Buenas noches, señorita Testarossa.
- Fate.
- ¿Cómo?
- Si no puedo llamarla "señorita Takamachi", usted tampoco puede llamarme "señorita Testarossa". Me llamo Fate. Tendrá que acostumbrarse a usarlo.
- A lo mejor la llamo de otra forma distinta.
Me imaginaba los epítetos que me dedicaba en sus pensamientos. Se me ocurrían algunos que serían bastante acertados.
- Hablaremos por la mañana.
Se marchó tras asentir con la cabeza. Llamé a Edgar para decirle que llamara un taxi y que lo cargara en mi cuenta. Me serví un whisky y me senté en el sofá, frustrada. Había decidido sobre la marcha convertir a la señorita Takamachi en mi prometida en vez de presentarla como mi simple novia. De esa manera mi decisión de abandonar Al-Hazard Inc. parecería más firme. Demostraba que iba en serio y que estaba dispuesta a asumir un compromiso real, algo que pensaba que Clyde valoraría. A mí me daba igual una cosa que la otra, lo mismo era novia que prometida, pero a alguien como Clyde sí le importaría. "Novia" implicaba una relación temporal, reemplazable. "Prometida" denotaba estabilidad y confianza. Estaba segura de que Clyde reaccionaría de forma positiva a ese título.
Preocupada, me bebí el whisky de un trago. Pensaba que podría conseguir una respuesta de la señorita Takamachi de inmediato. Sin embargo, era evidente que no iba a ser así. De manera que la señorita Takamachi, la mujer que yo detestaba y que, según los indicios, correspondía mis sentimientos, tenía mi futuro en sus manos. Era una sensación extraña. No me gustaba.
Me acomodé en el sofá y apoyé la cabeza en el respaldo mientras mi mente divagaba. El pitido del móvil me sobresaltó y me di cuenta de que me había quedado dormida. Cogí el teléfono y miré la palabra que aparecía en la pantalla.
"Acepto".
Esbocé una sonrisa burlona y arrojé el teléfono a la mesa. Mi plan iba viento en popa.
…
A la mañana siguiente, las dos nos comportamos como si nada hubiera cambiado. La señorita Takamachi me llevó café y un donut, que dejó con cuidado sobre mi escritorio. Repasó mi agenda y confirmó que tenía dos reuniones fuera de la oficina.
- No volveré antes del almuerzo. –parecía desconcertada mientras repasaba su cuaderno.
- No tengo nada anotado en su agenda.
- Acordé la cita yo misma. Asuntos personales. Después, iré directamente a mi cita de las dos. De hecho, no volveré en toda la tarde. Tómese el resto del día libre.
- ¿Cómo dice? –suspiré.
- Señorita Takamachi, ¿es que no entiende el idioma? Que se tome el resto del día libre.
- Pero… –la fulminé con la mirada.
- Que se tome la tarde libre. –bajé la voz– En mi casa a las siete, ¿de acuerdo?
- De acuerdo. –murmuró ella.
- Si necesita algo, relacionado con el trabajo, mándame un mensaje de texto. De lo contrario, puede esperar. –ella asintió con la cabeza.
- Entendido.
Todo el mundo sabía que en Al-Hazard Inc. se controlaban los mensajes de correo electrónico. Como no me gustaba correr riesgos, tenía mi propio móvil, uno cuyo número solo conocían unos cuantos escogidos. Sabía que no tenía sentido preguntarle a la señorita Takamachi si tenía un móvil propio, habida cuenta de que parecía ir corta de dinero. Pensaba rectificar la situación ese mismo día, junto con otros detalles. No quería arriesgarme a que Jill controlase el tráfico de mensajes de texto y llamadas.
- Puede retirarse. –la despaché.
Titubeó antes de sacar un sobre de su grueso cuaderno y dejarlo encima del escritorio. Se marchó sin pronunciar palabra y cerró la puerta al salir. Le di un mordisco al donut y luego cogí el sobre para abrirlo. Saqué los documentos doblados. Era una lista sobre ella. Cosas que creía que debería saber: fechas importantes, colores preferidos, la música y la comida que le gustaban, gustos y fobias generales…
Era una buena idea. Así nos ahorraríamos una conversación muy aburrida esa noche. Escribiría mi propia lista para ella, más tarde.
Volví a doblar los papeles y me los metí en el bolsillo de la chaqueta. Me pasaría el día sentada en salas de espera, así tendría algo para mantenerme ocupada.
La señorita Takamachi llegó a las siete en punto, ni un minuto más ni uno menos. Abrí la puerta, le permití pasar, le cogí el abrigo y lo colgué… todo en silencio. Nuestra relación era muy rígida, muy formal, algo que debía cambiar. El problema era que no tenía ni idea de cómo conseguirlo.
La acompañé a la barra de la cocina y le ofrecí una copa de vino.
- He pedido comida china.
- No tenía que molestarse.
- Créame, sería una mala idea que yo cocinara. No sobreviviría. –me eché a reír– Ni siquiera estoy segura de que la cocina sobreviviría.
- Me gusta cocinar. –afirmó ella con una sonrisilla en los labios.
Era tan buen punto para empezar como cualquier otro. Me senté y saqué una carpeta.
- He ordenado que redacten un acuerdo esta tarde. Debería leerlo.
- De acuerdo.
- He hecho una lista, parecida a la suya. Puede repasarla. Y tenemos que hablar de lo que hay en ella. Asegurarnos de que las dos estamos al día de los detalles.
Asintió con la cabeza y cogió el sobre que le ofrecí. Después le di uno más pequeño.
- Su primer pago.
Ella se quedó quieta, con los dedos por encima del sobre de aspecto inocente, sin llegar a tocarlo.
- Cójalo. Está todo especificado. –pese a mis palabras, no lo tocó– Señorita Takamachi, a menos que lo acepte, no podemos continuar. –me miró con el ceño fruncido. Le di un empujoncito al sobre– Es un trabajo, Nanoha. Es una compensación. Así de sencillo. Cójalo. –al final, cogió el sobre, pero ni siquiera lo miró– Quiero que presente su renuncia mañana. Con efecto inmediato.
- ¿Por qué?
- Si todo marcha bien, y creo que será así, yo haré lo mismo en breve. Quiero que esté fuera de la empresa antes de que todo estalle. –se mordió el interior de la mejilla, nerviosa, en silencio– ¿Qué? –le solté, ya que empezaba a impacientarme por su comportamiento.
- ¿Y si no sale bien? ¿Me… me dará una carta de recomendación? Tendré que buscarme otro trabajo.
- Ya me he encargado de todo. He hablado con algunos contactos, así por encima, y si no sale bien y me voy de Uminari, ya tengo dos empresas dispuestas a ofrecerle un puesto. No tendrá que preocuparse por buscar trabajo si no quiere. Pero en respuesta a su pregunta, le daré una carta de recomendación estupenda.
- ¿Aunque sea una pésima asistenta personal?
- Nunca he dicho que sea una pésima asistenta personal. De hecho, es bastante buena en su trabajo.
- Quién lo diría… –alguien llamó a la puerta y me libré de replicar. Me puse en pie.
- Ya ha llegado la cena. Lea el acuerdo… es muy sencillo. Podemos discutir las condiciones y todo lo demás después de comer. –al ver que abría la boca para protestar, golpeé la encimera con la mano– Deje de discutir conmigo, Nanoha. Vamos a cenar y va a comer. Luego hablaremos.
Me di media vuelta y eché a andar hacia la puerta, exasperada. ¿Por qué le costaba tanto aceptar una simple comida? Iba a tener que acostumbrarse a aceptar muchas cosas para que todo funcionara. Me metí la mano en el bolsillo y toqué la cajita que había escondido. Si titubeaba con la cena, seguro que iba a odiar lo que le tenía preparado para después.
Cenamos en silencio. La señorita Takamachi leyó el acuerdo e hizo unas cuantas preguntas, que yo procedí a contestar. Titubeó cuando le ofrecí un bolígrafo, pero firmó los documentos y me observó mientras yo hacía lo mismo.
- Tengo dos copias. Una para cada una. Las guardaré en la caja fuerte del piso, de la que le daré la combinación.
- ¿Su abogado tiene una copia?
- No. Es un acuerdo privado. Está al tanto de todo, pero tiene que guardar confidencialidad con su cliente. Solo existen estas dos copias. Una vez que todo acabe, podemos destruirlas. Ordené que redactaran el acuerdo por su seguridad.
- De acuerdo. –le pasé una caja.
- Es su nuevo móvil. Tendrá que devolver el suyo cuando se vaya de la empresa, así que ya tiene uno nuevo. He guardado mi número privado en la agenda para que pueda ponerse en contacto conmigo. Puede mandar cualquier mensaje de texto con él. –se mordió el labio mientras aceptaba la caja.
- Gracias.
- ¿Tiene muchas pertenencias que trasladar?
- No muchas.
- ¿Qué me dice del contrato del alquiler?
- Es mensual. Supongo que perderé el dinero del último mes. –agité una mano.
- Yo me haré cargo de los gastos. ¿Quiere que contrate una empresa de mudanzas? –ella negó con la cabeza, con la mirada gacha.
- Solo son unas cuantas cajas. –fruncí el ceño.
- ¿Ningún mueble?
- No. Algunos libros, algunos objetos personales y mi ropa. –hablé sin pensar.
- Puede donar su ropa a la beneficencia porque supongo que la mayoría salió de allí. Le compraré ropa nueva. –se ruborizó y sus ojos refulgieron, furiosos, pero no replicó– Recogeré sus cajas y las traeré aquí cuando demos el siguiente paso. –le entregué otro sobre– Es su nueva cuenta bancaria, con su tarjeta de débito. Me aseguraré de que tiene fondos suficientes en todo momento. –aceptó el sobre con mano temblorosa– La necesito aquí todo el tiempo que sea posible para poder acostumbrarnos la una a la otra y para hablar. Mañana podríamos repasar las listas y hacer preguntas, rellenar los espacios en blanco.
- De acuerdo.
- El sábado por la mañana, la quiero aquí temprano. Le he pedido cita para que se prepare para la barbacoa. Peluquería y maquillaje. De hecho, me gustaría que se quedara la noche del viernes, así se ahorraría el viaje. –me miró a los ojos de repente.
- ¿Que me quede a pasar la noche? –repitió con un leve temblor en la voz. Me puse en pie.
- Voy a enseñarle el apartamento.
No pronunció una sola palabra durante el recorrido. Le enseñé las habitaciones de invitados, el despacho y el gimnasio privado situado en el otro extremo del apartamento, en la planta baja. Una vez en la planta superior, se puso nerviosísima al ver el dormitorio principal. Le señalé la habitación de invitados que había al otro lado del pasillo.
- Esa tiene baño propio. Supuse que le gustaría. –sus hombros se relajaron un poco.
- No quiere… esto…
- Que no quiero ¿el qué?
- No quiere que duerma en su habitación. –dijo, y parecía aliviada.
Esbocé una sonrisa desdeñosa al percatarme de su inquietud.
- Señorita Takamachi, es un acuerdo de negocios. Fuera de estas paredes, fingiremos ser una pareja. Nos cogeremos de la mano, pasaremos tiempo juntas y haremos lo que sea que hagan las parejas de enamorados. –agité una mano en el aire– Aquí dentro, nos comportaremos como lo que somos en realidad. Usted tendrá su espacio y yo el mío. No la molestaré. No espero nada de usted. –fui incapaz de contener la carcajada seca– No pensaría que querría acostarme con usted, ¿verdad? –alzó la cabeza al punto y me fulminó con la mirada.
- Tanto como yo querría acostarme con usted, señorita Testarossa. –se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo mientras sus pasos resonaban contra el suelo de madera.
La seguí sin dejar de sonreír. Cuando llegamos al salón, se volvió y me miró echando chispas por los ojos.
- Fue usted quien me pidió hacer esto, señorita Testarossa. No al revés.
- Pero ha accedido. –cruzó los brazos por delante del pecho mientras su cuerpo exudaba rabia.
- Hago esto porque, ahora mismo, no me queda otra alternativa. Sus decisiones han alterado mi vida directamente y, ahora mismo, intento mantenerme a flote. Detesto mentir y no se me da bien fingir.
- ¿Qué quiere decir?
- Si no hace un mínimo de intento por ser amable o, al menos, por comportarse como un ser humano decente, esto no va a funcionar. No puedo suprimir mis emociones tan deprisa. –me di un tirón del dichoso mechón que tenía sobre el costado, irritada.
- ¿Qué quiere de mí, señorita Takamachi?
- ¿No podemos llevarnos bien? Seguro que podemos encontrar algo en común y mantener una conversación sin caer en los insultos y sin su insufrible superioridad.
Esbocé una sonrisilla. Esa era otra muestra del temperamento de la señorita Takamachi.
Ladeé la cabeza.
- Le pido disculpas. Me esforzaré más. ¿Le gustaría añadir algo más ahora que nos estamos sincerando? –titubeó mientras jugueteaba con la camisa que llevaba puesta– Suéltelo.
- No puede… esto… no puede tontear mientras estemos… mientras estemos juntas.
- ¿Tontear? –miró a todas partes, menos a mis ojos.
- No puede acostarse con otras mujeres. No permitiré que me humille de esa manera.
- Estás diciendo… ¿qué no puedo tener sexo con nadie? –pregunté, tuteándola directamente.
Se puso tan colorada que creí que le iba a dar algo. Sin embargo, cuadró los hombros y me miró a los ojos.
- Sí. –era demasiado bueno para dejarlo pasar.
- ¿Qué sí puedo acostarme con alguien?
- ¡No!
- Nada de sexo. –dije, enfatizando la última palabra.
- Eso.
- ¿Esperas que me mantenga célibe todo este tiempo? –pregunté sin dar crédito.
- Yo lo haré, así que espero que usted haga lo mismo. –resoplé al oírla.
- Dudo mucho que en tu caso sea una novedad. –levantó los brazos.
- Se acabó. ¿Quieres tener sexo con alguien? Pues que te follen, Testarossa.
La miré boquiabierta mientras cogía su abrigo y echaba a andar hacia la puerta, hecha una furia. Como la idiota que era, la perseguí… por segunda vez.
- ¡Nanoha! –extendí un brazo para que no pudiera abrir la puerta– Lo siento. El comentario estaba fuera de lugar. –se volvió. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
- Sí, lo estaba. Muchas de las cosas que dices lo están.
- Lo siento. –repetí– Contigo es una reacción natural.
- No estás mejorando las cosas.
- Lo sé. –admití, pero luego decidí cambiar de táctica– No lo haré.
- ¿El qué no harás?
- Tener sexo con nadie. Acataré tus deseos. –me dejé caer contra la puerta… si se marchaba, estaba jodida de verdad– También intentaré no ser tan imbécil.
- No estoy segura de que puedas cambiar tu ADN, pero buena suerte en el intento. –masculló ella.
Me relajé: la crisis había pasado.
- Te llevaré a casa. –hizo un ademan de negar con la cabeza, pero la fulminé con la mirada– Nanoha, he accedido a intentar ser menos imbécil. Te llevaré a casa. Mañana va a ser un día largo.
- Está bien.
Cogí su abrigo y le abrí la puerta, consciente de que mi vida estaba a punto de cambiar de una forma que jamás había imaginado.
Ojalá mereciera la pena.
