Capítulo 4
La adaptación es de un libro de Almudena y los personajes de SM
Gracias por sus reviews, definitivamente va a ser mas corta la historia, es que no se si llegamos a entendernos del todo, así q corté partes que no me parecen esenciales a la historia, otra cosa de por si no contesto reviews uno por uno, no porque no quiera, sino porq solo me siento frente a la compu jueves y domingo, cuando hago esto. Gracias por sus palabras… Lunaticoo contestarte se me hizo difícil… si, se siente así en varias mujeres, y no lo dramaticé el libro es literal como lo escribí. Espero q me hayas entendido mejor
Me despertó la luz del sol y él no estaba a mi lado.
Preferí no imaginar que hubiera desaparecido, dejándome allí tirada, en el taller de su madre, donde por cierto no se oían ruidos, no parecía que estuviera trabajando nadie, y me concentré en calcular la hora.
Debía de ser muy tarde ya, no iba a llegar ni a la tercera clase.
Al rato, escuché el ruido de una cerradura vieja y falta de grasa, estaban abriendo la puerta.
Podía ser él, pero también podía ser cualquier otra persona. Me tapé la cabeza con la sábana, y procuré permanecer inmóvil, escuché pasos y ruidos, no parecían tacones pero nunca se sabe, venían hacia mí, luego noté el peso de algo, me habían tirado algo encima.
-Las tortitas frías suelen estar incomibles... -era su voz. Asomé la cabeza y le vi allí, encajado en el quicio de la puerta, sonriente-. ¿Qué quieres desayunar?
-Café con leche -yo también le sonreí, nunca había sido tan feliz en toda mi vida, nunca.
Desapareció. Me vestí deprisa, estaba hambrienta.
No despegué los labios hasta que hube engullido siete enormes y exquisitos bizcochos todavía calientes, uno de mis alimentos favoritos, mientras él me miraba e insistía en que no quería más, en que solía tomar solamente una.
-¿Sabes? A mi madre le revienta que nos gusten más los bizcochos que las medialunas, porque dice que ensucian más, ¿comprendes? -me reía yo sola, al acordarme-, dice que una medialuna se puede comer con dos deditos, porque siempre lo dice en diminutivo, deditos, y queda bien, queda fino, pero comer bizcochos en público, aunque sea con dos deditos... -no pude seguir, me atragantaba, se me saltaban las lágrimas de risa, él se reía conmigo.
-Eres muy lista, Bella...
-Muchas gracias -pero mientras le contestaba comprendí que alguna vez debería volver al mundo real-. ¿Qué hora es? -en realidad, casi prefería no saberlo.
-La una menos veinte.
-¡La una menos veinte! -las piernas me temblaban- pero... yo tenía clase hoy.
-He decidido perdonártela, anoche te portaste muy bien -sonreía, me di cuenta de que para él aquello no tenía ninguna importancia, el colegio, la falta de asistencia, un día más o menos.
Quizás tenía razón, no era para tanto.
Seguramente, Alice colaboraría, siempre lo hacía, le contaría a mi madre que me había despertado con nauseas y que en su casa habían decidido dejarme en la cama; lo de la tutora tenía peor solución. En cualquier caso, existían riesgos mayores que ése.
-¿Se lo vas a contar a Jacob?
-No, se moriría de celos -se sonrió para sí mismo, de una manera extraña-
Salimos a la calle, hacía un día excelente, frío pero limpio, el sol calentaba a pesar de la fecha. Le pedí que me llevara a la puerta del colegio, tenía que ver a Alice, prepararme una coartada antes de volver a casa.
Condujo en silencio todo el tiempo, yo tampoco tenía ganas de hablar, pero cuando se detuvo al otro lado de la calle, enfrente de la verja, se volvió hacia mí.
-Quiero que me prometas algo -su voz se había vuelto repentinamente grave. Asentí con la cabeza.
-Quiero que me prometas que, pase lo que pase, recordarás siempre dos cosas. Dime que lo harás.
Asentí nuevamente.
-La primera es que el sexo y el amor no tienen nada que ver...
-Eso ya me lo dijiste anoche.
-Bien. La segunda es que lo de anoche fue un acto de amor -me miró a los ojos con una intensidad especial-. ¿De acuerdo?
Me paré a meditar unos segundos, pero fue inútil. No sabía qué quería decir con todo eso.
-No te entiendo.
-No importa, prométemelo.
-Te lo prometo.
Me sonrió, me dio un beso en la frente, me abrió la puerta y se despidió de mí.
-Adiós Bella, sé buena, y no crezcas.
No entendía absolutamente nada y volví a sentirme mal, como un corderito blanco con un lazo rosa alrededor del cuello.
No sabía qué decir. Al final, salí sin decir nada.
Caminé deprisa, en dirección a la verja, sin mirar para atrás. Vi a Alice, y ella me vio a mí, se quedó mirándome con cara de extrañeza. El coche de Edward se perdió entre centenares de coches.
Me sentía mal, todavía.
-Pero tú, ¿de dónde sales? -Alice estaba asombrada y entonces pensé que a lo mejor se me notaba en la cara, que me había cambiado la cara.
La cogí del brazo y comenzamos a andar en dirección a casa.
Se lo conté, se lo conté a medias, omitiendo la mayor parte de los detalles, ella me miraba con ojos de alucinada, intentaba interrumpirme, pero yo no se lo permitía, ignoraba sus constantes exclamaciones, y seguía hablando, hablé hasta llegar al final, y a medida que hablaba desaparecía aquella desagradable sensación, volvía a estar contenta, y satisfecha conmigo misma.
De repente se paró en seco, me resbaló un pie sobre una baldosa floja y estampé la nariz contra la vereda. Clásico de mí, no tengo reflejos.
Se quedó quieta mirándome. En su cara se dibujó una expresión conocida. Estaba enfadada, enfadada conmigo, enfadada sin motivos, pensé.
-Pero, bueno, ¿cómo lo hiciste?
-Pues ya te lo he contado, yo estaba de rodillas, es decir, no exactamente, porque no tenía las manos apoyadas en el suelo...
-No quiero saber eso. Eso no me importa, lo que quiero saber es cómo lo hiciste.
-Pero si ya te lo he contado. No te entiendo.
-¿Estás tomando la píldora?
-No... -me quedé estupefacta, de repente. No estaba tomando la píldora, claro, no se me había ocurrido, no había pensado para nada en complicaciones de ese estilo mientras estaba con él.
-¿Se puso un condón? -sus ojos brillaban con furor inquisitorial.
-No, no sé, no me fijé, no le veía...
-¿Y no te importa?
-No.
-¡Tú estás loca! -se estaba poniendo furiosa, ella sola, cada vez más furiosa, porque yo no movía un músculo de la cara, ni estaba preocupada ni iba a conseguir preocuparme, y además sus accesos de histeria ya me ponían enferma. -¡Tú..., tú..., tú eres como un hombre! Sólo vas a lo tuyo, sin pensar en nada más. ¿No comprendes que te ha tomado el pelo? Es un viejo, Bella, un viejo que te ha tomado el pelo. ¿Sabes lo que dice mi madre? Los chicos sólo se divierten...
-¡Basta! -ahora era yo la que estaba furiosa-. No debería habértelo contado. No entiendes nada.
-¿Qué no entiendo nada? -chillaba en medio de la calle, la gente se paraba a mirarnos-. La que no entiendes nada eres tú, que te has portado como una imbécil, tú, Bella, que perdona que te lo diga, hija, pero es que no tienes ni pizca de sensibilidad...
Días después…
Ya me habían desaparecido las puntadas.
No sabía si alegrarme o entristecerme, sentí algo de las dos cosas, supongo, cuando por fin conseguí sentarme en una silla sin el acostumbrado y agudo pinchazo, la única consecuencia objetiva de la noche de Port Ángeles, nunca hasta entonces había mantenido las piernas tan abiertas, durante tanto tiempo.
Me habían desaparecido las puntadas. Habían pasado dieciséis días, me acuerdo perfectamente porque los había ido contando, hasta aquella tarde, aquella tarde hacía la tarde número diecisiete.
Cuando llegué del colegio, me encontré con que Tanya desfallecía, deshecha en llanto, entre los brazos de mi madre. Razonablemente familiarizada con el patetismo de escenas como aquélla, me fui a la cocina, me preparé mi bocadillo preferido, y regresé a mi cuarto con la intención de estudiar un rato, filosofía, tenía un examen al día siguiente.
Ellas no se habían movido. Fue mi madre quien habló, con el tono frío y aséptico que solía adoptar para comunicar las noticias inesperadas.
-Supongo que a ti también te interesa, Isabella, al fin y al cabo, él siempre dice que eres su niña favorita... -los sollozos de Tanya me impidieron escuchar el final de la frase.
-¿El qué? -Okham estaba bien, no tan entretenido como los sofistas pero mucho más tolerable que san Agustín, desde luego, comenzaría por Okham.
-Edward se va, se marcha a vivir al extranjero.
-¿Qué Edward?
-¿Qué Edward va a ser? -mi madre se me quedó mirando, perpleja-. Edward Cullen, el amigo de Jacob, no sé qué te pasa últimamente, Isabella, estás como atontada, hija...
No contesté, ni me moví, no quería enseñarle la cara a nadie.
Escondí la nariz en el libro y procuré reaccionar deprisa, pensaba como haría para seguirle, qué dinero necesitaba, y cuanto faltaba para cumplir la mayoría de edad.
-Se va a una universidad en Inglaterra, no sé cómo se llama, en Londres, o cerca de Londres, no sé dónde ha dicho tu hermano...
En alguna parte se había roto algo de cristal. Escuché un ruido como de campanilla y el repique de los fragmentos sobre el suelo.
Me quedé sin fuerzas para preguntarme a mí misma cuánto costaba un billete en avión para ir a Londres.
Levanté la cara del libro y decidí conservar la calma. Nadie tenía por qué enterarse, y menos ellas dos, de nada. Se me escapó una especie de reproche universal, sin embargo.
-No puede ser, pero si ni siquiera tiene treinta años...
-¡Anda! -mis palabras despertaron la curiosidad de mi hermana, que hasta entonces había permanecido en el doliente mutismo que mejor convenía a su papel- ¿y eso qué tiene que ver?
-Bueno, todos se van a una universidad extranjera, pero más mayores...
-¿Y tú qué sabes?
-No hay más que leer los periódicos...
Me lo repetí otra vez, todos se van, él también. ¿Por qué no iba a irse él también? Las piezas encajaban, los detalles completaban una historia verosímil, seguramente cierta.
Era verdad. Edward se iba. A Londres. Londres, en la otra punta del mundo.
-Profesor de literatura inglesa, ¿no?
Mi madre asintió con la cabeza.
-El Siglo de Oro, creo...
-¡Qué original!
El llanto de Tanya se recrudeció, mi madre se volvió hacia ella, yo estaba de pie, en el centro de la habitación, con la mente en blanco. Tenía el libro todavía en la mano, el bocadillo mordisqueado me daba náuseas, pero aún no me daba cuenta de nada, no tenía ni idea de la que se me venía encima.
-¿Está Jacob en casa, mamá?
-No, hace dos días que no se le ve el pelo, ésa es otra, tu hermano se cree que esta casa es una pensión, me trae la ropa sucia y se vuelve a marchar, me va a matar a disgustos...
-Bueno, pues me voy a su cuarto a estudiar. Mañana tengo un examen de filosofía.
Cuando salía por la puerta, las oí cuchichear. Tanya instaba a mi madre -díselo mamá, díselo-, ella la tranquilizaba -no te preocupes.
-Oye, Isabella... ¿a que no te importa que Tanya se ponga esta tarde tu vestido amarillo, ése que te regaló la abuela?
-Sí que me importa, no lo he estrenado todavía.
-Pero mujer, si nunca van juntas, ni tienen las mismas amigas, ¿qué más te da?
Cualquier otro día hubiera peleado, protestado, chillado y amenazado, tal vez llorado, y no me habría servido de nada. Aquel día accedí a la primera. Lo único que me apetecía era estar sola, encerrarme en el cuarto de Jacob para estar sola, sola, pero no habían pasado ni diez minutos cuando la vi entrar por la puerta.
Generalmente, no se tomaba la molestia de anunciarse.
-Isabella, hija, tengo que hablar contigo -reconocí al instante el tono de además de tu madre soy tu mejor amiga recientemente adquirido en sus retiros espirituales para padres de familia.
-Ahora no, mamá, no tengo ganas de hablar -movía rápidamente las pestañas para alejar las lágrimas de mis ojos-. Tengo que estudiar, y además no me importa que Tanya se haya puesto mi vestido, si es eso lo que te preocupa, te juro que no...
-No jures, Isabella.
-Perdona, mamá, quiero decir que no me importa, en serio, con tal de que no me lo reviente...
-Sí, Tanya está más gorda que tú, y es mucho más fea, también... -hablaba casi en un susurro-. Mírame, hija, deja ese libro.
La miré. Me habían intrigado mucho sus últimas palabras. Ella advirtió las señales del llanto en mis ojos enrojecidos. Estaba sentada encima de la cama de Jacob. Llevaba un vestido camisero de lana estampado en azul marino y negro, y medias gruesas, de color tostado. Años atrás, creí haber llegado a odiarla. Ahora no, ahora me daba cuenta de que no había dejado de quererla nunca, pero no la soportaba.
-¡Claro que te ha molestado lo del vestido! -me ofreció una sonrisa compasiva-, tienes 17 años, es lógico que te moleste... Yo pienso mucho en ti aunque no lo creas, te quiero mucho, Isabella, ven aquí conmigo.
-No, si no te importa, casi prefiero seguir sentada -habían pasado unos cinco meses, pensé, desde su arranque maternal más reciente.
-Tú tienes muchas cosas de qué darle gracias a Dios, hija -susurró-. Eres guapa, eres lista, te gusta estudiar, sacas buenas notas, tienes carácter, y fortaleza, sabes encarar los problemas, los disgustos... No me preocupas, aunque eso no quiere decir que no te quiera.
Se quedó callada un momento. Entonces intervine, traté de acelerar su confesión.
-Ya... -era evidente que yo no la preocupaba.
-Quiero decir que tú no me necesitas, tú saldrás adelante sin la ayuda de nadie, irás a la universidad, terminarás la carrera con buenas notas, y tendrás éxito, te casarás con un chico guapo y rico, en fin, tendrás un montón de hijos sanos, y no engordarás. Serás un gran apoyo para mí, cuando sea vieja... -me sonrió, yo no le devolví la sonrisa, aquello me parecía el colmo de la , en cambio, está tan acomplejada, ella me necesita, necesita mi ayuda, todavía. Jacob no, Jacob es como tú, fuerte e inteligente-aquí estuvo a punto de echarse a llorar.-En fin, Dios me ha dado tres hijos y todos los días le doy las gracias por ello, pero no puedo ocuparme de todos a la vez, y tú eres tan inteligente, tan responsable, y tan dura a la vez, no quiero decir que no seas sensible, pero pareces tan segura de ti misma, no te dejas afectar por nada. Isabella creas tan pocos problemas... hija mía, ¿entiendes lo que quiero decir?
Asentí con la cabeza. Me hubiera gustado contestarle, gritarle que mi aspecto físico y mis buenas notas no significaban que no necesitara una madre sacudirle y chillarle que no podía seguir así toda la vida, con un hermano como única familia, me hubiera gustado abrazarla, refugiarme en sus brazos, y llorar, como Tanya antes, decirle que la quería, que la necesitaba, que necesitaba que me quisiera, saber que me quería, pero me limité a asentir con la cabeza porque ya era inútil demasiado tarde para todo lo demás.
Se acercó a mí, me besó y me dijo que tenía que irse a la cocina a cocinar. Antes de que atravesara la puerta, le pregunté cuál había sido la causa de la llorera de Tanya.
Se me quedó mirando. Dudaba.
-¿Me prometes que nunca te reirás de ella?
-Sí, mamá.
-Tanya está enamorada de Edward, desde hace muchos años. El nunca le ha hecho caso, pero la pobre no se lo puede quitar de la cabeza.
Estupendo, pensé, en esta casa ni siquiera se puede llorar sola.
Mmmmm… como ven, alguien mas q Bella pretende a Edward. Esta historia termina en a lo sumo 4 cap, después llega otra adaptación que creo les va a gustar mas.
