Capítulo 4
POV Fate
Salvo por las titubeantes instrucciones de Nanoha, hicimos el trayecto en silencio. Cuanto más nos alejábamos de mi vecindario, más empeoraba mi malhumor. Me volví hacia ella cuando aparcamos delante de una casa ruinosa.
- ¿Vives aquí? –ella negó con la cabeza.
- No. En un apartamento alquilado del edificio.
Puse el coche en punto muerto con brusquedad mientras me quitaba el cinturón de seguridad.
- Enséñemelo.
La seguí por el accidentado camino tras comprobar dos veces que había cerrado el coche. Ojalá encontrara las ruedas aún puestas cuando regresara. De hecho, ojalá encontrara el coche.
Ni siquiera intenté disimular el disgusto que sentí mientras inspeccionaba lo que suponía que se consideraba un "estudio", que un "apartamento". Yo lo consideraba un cuchitril. Un futón, un sillón viejo y un escritorio que hacía las veces de mesa eran los únicos muebles de la estancia. Una encimera diminuta con un hornillo portátil y un pequeño frigorífico conformaban la cocina. Junto a una pared se apilaban seis cajas. Los trajes y las blusas pasadas de moda que se suponía Nanoha colgaban de un perchero.
Me acerqué a la única puerta que había en la estancia y la abrí. Un cuarto de baño minúsculo con una ducha tan diminuta que apenas cabría. Cerré la puerta y me volví hacia ella. Me miraba con nerviosismo. Nada de aquello tenía sentido. Me coloqué frente a ella.
- ¿Tienes algún problema del que yo deba estar al tanto?
- ¿Cómo dices?
- ¿Tienes un problema de drogas? ¿O algún otro tipo de adicción?
- ¿Cómo? –preguntó de nuevo, llevándose una mano al pecho. Extendí un brazo.
- ¿Por qué vives así, como si fueras una muerta de hambre? Sé lo que ganas. Puedes permitirte un sitio decente. ¿En qué te estás gastando el dinero? –entrecerró los ojos y me miró, furiosa.
- No tengo problemas con las drogas. Tengo otras prioridades en las que gastarme el dinero. El lugar donde duerma es secundario. –le devolví la mirada furiosa.
- Para mí no. No vas a quedarte aquí más tiempo. Recoge tus cosas. Ahora. –puso los brazos en jarras.
- No.
Di un paso hacia ella. El estudio era tan pequeño que cuando retrocedió, acabó pegada a la pared. La miré atentamente. Sus ojos, aunque me miraban con furia, tenían una expresión clara. Le sostuve la mirada. Levantó los brazos en alto para que los mirara.
- No hay señales de pinchazos, Fate. –me soltó– No consumo drogas. No las fumo, no las ingiero y no me las inyecto. ¿Satisfecha? ¿O quieres más comprobaciones? ¿Quieres que orine en un bote?
- No. Supongo que debo confiar en ti. Si descubro que mientes, adiós al trato.
- No estoy mintiendo. –me alejé de ella.
- De acuerdo. No pienso discutir esto, pero te vas de aquí esta misma noche.
- ¿Y si no te ofrecen el trabajo? ¿Qué hago entonces? Dudo mucho que me permitas seguir viviendo contigo. –solté una carcajada. Tenía razón.
- Con lo que te estoy pagando, podrás conseguir un sitio decente. –recorrí de nuevo el lugar con la mirada– No vas a llevarte estos muebles.
- No son míos.
- Menos mal.
- Eres una esnob, ¿lo sabes? Es un sitio viejo, pero es práctico y está limpio.
Debía admitir que el estudio estaba ordenado y limpio, pero aun así era un horror. Pasé por alto su molestia.
- ¿Vas a llevarte las cajas?
- ¿De verdad es necesario hacer esto ahora?
- Sí.
- Sí. –suspiró– Voy a llevarme las cajas.
- De acuerdo. Las pondré en el asiento trasero. Tu… eh… ropa puede ir en el maletero. ¿Qué más tienes?
- Unos cuantos objetos personales. –le acerqué la cesta de plástico de la colada.
- Ponlos ahí dentro. Tira la comida que tengas. –en su cara apareció una expresión extraña.
- No tengo… salvo unos cuantos muffins. –resoplé.
- ¿También tienes problemas para comer? Con razón estás tan delgada, joder. –movió la cabeza con brusquedad.
- ¿Vas a intentar ser educada? ¿O te limitarás a hacerlo cuando estemos en público? –levanté las primeras cajas.
- Supongo que tendrás que averiguarlo. Recoge tus cosas. No vas a volver a este sitio.
…
Abrí la puerta del dormitorio de invitados, entré y encendí la luz después de dejar en el suelo las cajas que había trasladado desde el otro extremo de la ciudad. Después de hacer un par de viajes, juntas llevamos al dormitorio todas las cosas que habíamos traído. Después retrocedí y eché un vistazo. No era mucho. Estuve tentada a preguntarle por qué tenía tan pocas posesiones, pero decidí que el asunto no merecía una discusión. La tensión que revelaban sus hombros y el rictus de sus labios delataban que ya la había presionado bastante esa noche.
- Nanoha, confía en mí. Esto es lo mejor. Ahora, cuando te pregunten, podrás decir con sinceridad que vivimos juntas.
- Y si tu idea fracasa, mi vida se irá al cuerno.
- Tu vida se va a ir al cuerno, aunque mi idea no fracase, porque Jill ya no confiará en ti y no permitirá que te quedes, te despedirá y te quedarás sin nada. De esta manera, tendrás un poco de dinero en el banco, me aseguré de que consigas trabajo y podrás permitirte un lugar mejor donde vivir. Pase lo que pase, es mucho mejor que lo que tenías ahora, joder. –ella me miró fijamente y añadí– Entre tanto, vives en un lugar que es seguro y más cómodo. Cuando pongamos en marcha el plan, podrás decorar la habitación a tu gusto. Tienes acceso a todo el piso. Además de mi gimnasio, hay una piscina enorme y un spa en la planta baja. Y te garantizo que tu cuarto de baño cuenta con todos los lujos.
- ¿Tiene bañera? –me preguntó con un deje anhelante en la voz.
Sentí un extraño placer por poder decirle que sí y abrí la puerta con una floritura para enseñarle la enorme bañera. Esa fue la primera vez que vi una sonrisa real en su cara. Le suavizaba la expresión y le iluminaba los ojos. Realmente tenían un tono de lavanda increíble.
- Es tuyo, Nanoha. Úsalo siempre que quieras.
- Lo haré. –me alejé hacia la puerta.
- Instálate y duerme. Mañana será un día largo y difícil, y necesitamos prepararte para el fin de semana. –titubeé, pero sabía que necesitaba empezar a intentarlo– Buenas noches, Nanoha.
- Buenas noches, Fate.
POV Nanoha
No podía dormir. Por más que lo intentara, era incapaz de conciliar el sueño. Estaba agotada, tanto física como mentalmente, pero no podía relajarme. Los extraños acontecimientos que habían sucedido durante los últimos días no paraban de repetirse una y otra vez en mi mente. La inesperada propuesta de Fate, mi aún más inesperada respuesta, y su reacción al lugar donde yo vivía. Se había mostrado disgustada y furiosa, y había actuado con su habitual despotismo. Antes de que pudiera reaccionar, mis escasas pertenencias estaban en el maletero de su enorme y lujoso coche y regresé a su apartamento. De forma permanente, o hasta que su desquiciado plan acabara. El desquiciado plan en el que me había visto envuelta en la misma medida que lo estaba mi jefa.
El apartamento estaba en silencio. No se oía absolutamente nada. Estaba acostumbrada a los sonidos que me rodeaban por la noche: el tráfico, los demás inquilinos que se movían por sus apartamentos, los gritos, las sirenas y la violencia constante que tenía lugar al otro lado de mi ventana. Había ruidos que me impedían conciliar el sueño, a veces por miedo. Sin embargo, en ese momento, sin escucharlos, no podía dormirme. Sabía que estaba a salvo. Ese lugar era cien veces más seguro, no… era mil veces más seguro que la espantosa habitación en la que había vivido durante todo un año. Debería ser capaz de relajarme y dormir con tranquilidad.
La cama era enorme, cómoda, y mullida. Las sábanas, suaves y gruesas. El edredón parecía una pluma cálida que me cubría el cuerpo. El silencio, no obstante, era demasiado estridente.
Me levanté y me acerqué a la puerta. La abrí y di un respingo al oír el crujido que emitían las bisagras debido a la falta de uso. Agucé el oído, pero seguía sin oír nada. Estábamos demasiado altas como para percibir el tráfico, y el aislamiento de las paredes era bueno, de manera que no se oía el menor ruido en el edificio. Caminé de puntillas por el pasillo y me detuve delante de la puerta del que sabía que era el dormitorio de Fate. Estaba entreabierta, de manera que en un alarde de valor la abrí un poco más y me asomé. Dormía en mitad de una cama gigantesca, más grande que la mía, con una camiseta manga corta y una mano descansando sobre ella. Resultaba evidente que los acontecimientos de los últimos días no la afectaban. La tenue luz que había en la estancia hacía que su pelo destacara contra el color oscuro de las sábanas y, para mi sorpresa, roncaba. Era un sonido suave, pero constante. De esa manera, en reposo, sin rastro del desdén que siempre se reflejaba en su rostro, parecía más joven y menos déspota. A la luz de la luna parecía casi relajada. No era una palabra que yo asociara con ella y no lo parecería en absoluto si despertaba y me veía en el marco de su puerta. No obstante, era el rítmico sonido de su respiración, sus ronquidos, lo que necesitaba oír. Saber que no estaba sola en ese lugar tan grande y tan desconocido. Me detuve unos instantes para oírla y, tras dejar la puerta abierta, regresé a mi dormitorio, cuya puerta también dejé entreabierta. Me acosté de nuevo y me concentré. La oía a lo lejos. Sus ronquidos me ofrecían un pequeño consuelo, un salvavidas que necesitaba con desesperación. Suspiré al caer en la cuenta de que, si ella supiera que me estaba consolando, seguramente se pasaría la noche entera sentada con tal de negarme la seguridad que me ofrecía. Giré la cabeza sobre la almohada y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, me eché a llorar.
Estaba muy calmada por la mañana, cuando entré en la cocina. Bebía café de una taza grande y me indicó con un gesto que me sirviera yo misma de la cafetera emplazada en la encimera. Me preparé un café, sumida en un incómodo silencio, ya no sabía qué decir.
- No esperaba compañía. No tengo leche.
- No pasa nada. –deslizó un papel hacia mí.
- He escrito tu carta de renuncia. –fruncí el ceño mientras la cogía para leerla. Era breve y directa.
- ¿No me creías capaz de redactarla?
- Quería asegurarme de que fuera breve. No quería que explicaras al detalle los motivos de tu renuncia. –negué con la cabeza.
- No lo entiendo.
- ¿El qué? ¿Qué es lo que no entiendes ahora? –se pasó una mano por la nuca.
- Si no confías en mí ni para redactar una simple carta de renuncia. ¿Cómo vas a confiar en mí cuando tengamos que fingir que somos… amantes? –la palabra se me quedó un instante atascada en la garganta.
- Nanoha, si hay algo que sé sobre ti, es que posees una naturaleza trabajadora. Harás un gran trabajo porque eso es lo que haces. Te gusta complacer. Actuarás exactamente como necesito que actúes porque quieres ganarte el dinero que vas a recibir como pago –cogió el maletín– Me voy a la oficina. En el taquillón de la entrada hay una llave y una tarjeta para entrar al edificio. Ya he añadido tu nombre a la lista de inquilinos y los porteros no te impedirán la entrada. Aunque, de todas formas, sería mejor que hablaras con ellos y te presentaras.
- ¿Cómo… cómo has podido hacerlo tan pronto? Ni siquiera son las ocho de la mañana.
- Estoy en la junta y siempre consigo lo que quiero. Según los archivos, llevas tres meses viviendo aquí. Quiero tu carta de renuncia en la mano después del almuerzo y luego podrás irte. He pedido que me lleven varias cajas al despacho. No tengo muchas cosas, pero podrás ayudarme a guardar mis objetos personales esta mañana. Y los tuyos, si tienes algo. Después las traeré aquí.
- No tengo mucho en la oficina.
- De acuerdo.
- ¿Por qué vas a recoger tus cosas? Todavía no te han echado.
Esbozó su habitual sonrisa. La que no transmitía calidez alguna. La que lograba que la persona a la que estaba dirigida se sintiera increíblemente incómoda.
- He decidido renunciar a mi puesto. Así enojaré a Jill y le demostraré a Clyde que voy en serio. Aceptaré tu carta de renuncia y se las entregaré a Jill a las tres. Es una pena que te pierdas el espectáculo, pero ya te contaré los detalles más jugosos cuando llegue a casa. –la miré boquiabierta. Era incapaz de seguir su ritmo– ¿Te gusta la comida italiana? –la pregunta parecía salida de la nada, como si un momento antes no hubiera acabado de soltar una bomba.
- Mmm… sí.
- Genial. Pediré la comida para las seis y podremos pasar la noche hablando. Mañana por la mañana, irás a comprarte ropa adecuada para la barbacoa y también pediremos cita para la peluquería y el maquillaje. Quiero que tu aspecto no desentone para la ocasión –se dio media vuelta– Nos vemos en la oficina… –se echó a reír y el sonido me provocó un escalofrió– …Cariño.
Me senté mientras la puerta se cerraba. La cabeza me daba vueltas. ¿Dónde me había metido?
La mañana fue muy tensa para mí… incluso Fate se dio cuenta. Aunque tenía pocos objetos personales en el despacho, la ayudé a recoger algunos premios, unos libros y un par de camisas que tenía guardadas para las emergencias. Negaba con la cabeza mientras doblaba una y acaricié una de sus mangas. Todas sus camisas estaban hechas a medida, y llevaban las iniciales F.T bordadas en los puños. Un detalle lujoso que solo ella era capaz de lucir con soltura. Sus objetos personales solo llenaron dos cajas de cartón. El despacho era tan impersonal como el piso. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta de que no había cambiado mucho. Nadie se daría cuenta, a menos que observara con atención. Me fijé en una figurita y me puse de puntillas para cogerla del estante.
- ¿Quieres llevártela, Fate?
Clavó la mirada en la figurita, pero antes de contestar, la puerta del despacho se abrió de par en par. Era Jill, que se paró en seco al vernos. Fate estaba apoyada en su escritorio, con la carta de renuncia en la mano, y yo estaba de pie, con la figurita en las manos, junto a una caja abierta. Jill echaba humo por las orejas.
- ¿Qué diablos pasa aquí?
Fate se apartó del escritorio y se acercó a mí. Me quitó la figurita de las manos, esbozó una sonrisilla desdeñosa, la metió en la caja y luego la tapó.
- Creo que ya hemos terminado, Nanoha. Ve a tu mesa y espérame allí.
Me quedé paralizada. La sensación de sus dedos al acariciarme la mejilla me sacó de mi estupor.
- Cariño. –murmuró. Su voz sonó muy ronca en mis oídos– Vete.
La miré y parpadeé. "¿Cariño?". ¿A qué estaba jugando? Se inclinó y sentí su cálido aliento en la piel.
- No me pasará nada, ve a tu mesa. Nos iremos enseguida. –me colocó la mano en la cintura y me dio un empujoncito.
Totalmente confundida, hice lo que me ordenaba. No había dado ni dos pasos cuando Jill empezó a gritar. Soltó tacos y alaridos, e hizo ademán de cogerme del brazo. Fate lo apartó de un empujón y se interpuso entre nosotros.
- No la toques, Jill. ¿Me has entendido?
- ¡Qué diablos! ¿Te la estás… te la estás tirando, Fate? ¿Me estás diciendo que tienes una aventura con tu asistente?
Contuve el aliento, sin saber qué iba a pasar a continuación.
- No es una aventura, Jill. Estamos enamoradas.
Jill se echó a reír de forma desagradable.
- ¿Enamoradas? –resopló con desdén– Pero si no la soportas. ¡Llevas meses intentando deshacerte de ella!
- Una buena excusa. Una que te tragaste enterita, con anzuelo y todo. –Jill habló con voz gélida.
- Acabas de firmar tu sentencia de muerte en esta empresa. –Fate soltó una carcajada.
- Demasiado tarde. –le dio las dos hojas de papel con el membrete de la empresa a Jill– Renuncio. Al igual que mi prometida. –Jill se quedó boquiabierto.
- ¿Tu prometida? ¿Vas a tirar tu carrera por la borda por un trozo de carne? ¿Por un polvo de mierda?
Sucedió tan deprisa que no me dio tiempo de impedirlo. Jill empezó a vociferar y, en un abrir y cerrar de ojos, Fate estaba de pie sobre su cuerpo tirado en el suelo, con el puño tan apretado que los nudillos se le habían puesto blancos. Lo fulminaba desde arriba, jadeando. Era la personificación de alguien que defendía algo, o a alguien, a quien quería.
- No vuelvas a hablar así de ella, jamás. No vuelvas a hablar de ella y punto. Nos vamos hoy. Ya me he hartado de que me jodas, de que me digas de quién me puedo enamorar o cuándo. Ya me he hartado de ti y de Al-Hazard Inc.
- Te arrepentirás, Fate. –Jill escupió y se limpió la sangre de la cara.
- Solo me arrepiento de haber perdido tanto tiempo mientras te ofrecía las campañas más brillantes que han salido de esta maldita empresa. Buena suerte con tu porcentaje de éxitos cuando me vaya. –retrocedió– Cariño, recoge tus cosas. Nos vamos. Ahora mismo.
Corrí a mi mesa y cogí mi bolso y el abrigo. Las pocas cosas que había recogido de mi escritorio poco antes ya estaban en las cajas de Fate. Me aseguré de que no quedase nada personal en el ordenador y de que mi puesto de trabajo estuviera limpio. Sabía que Fate había formateado su disco duro, riéndose entre dientes mientras lo hacía, y masculló "Buena suerte, cabrones" antes de apagar el ordenador. A saber lo que descubriría el departamento de informática.
Salió del despacho sin hacerle el menor caso a Jill, que la estaba poniendo verde a gritos y amenazaba con demandarla mientras le decía que estaba arruinada. Señaló la salida con un gesto de la cabeza y corrí a abrir la puerta antes de seguirla por el pasillo, con Jill pisándonos los talones sin dejar de mascullar y soltar insultos. Otros trabajadores y directivos observaban la escena. Clavé la vista en la espalda de Fate, convencida de que se estaba pavoneando. Llevaba la cabeza muy alta y los hombros erguidos, no sentía la menor vergüenza por el espectáculo que estaba dando. Cuando llegamos al ascensor, apretó el botón y se volvió hacia la pequeña multitud que nos observaba sin saber qué pasaba, pero que adoraba el espectáculo de todas formas.
- Ha sido un placer, pero me largo. Buena suerte para los que sigan trabajando para el vampiro que todos conocemos como Jill. –las puertas se abrieron y soltó las cajas en el interior antes de extender los brazos a los lados– Después de usted, mi lady.
Entré en el ascensor, muerta de vergüenza. Cuando las puertas empezaron a cerrarse, Fate extendió el brazo y forzó su apertura.
- Por cierto, para que dejen de especular: sí, Nanoha y yo estamos juntas. Es lo mejor que esta empresa me ha dado jamás.
Tras pronunciar esas palabras, me agarró, me pegó a su cuerpo y me besó mientras las puertas se cerraban, bloqueando los jadeos sorprendidos. Al instante, Fate se apartó de mí. Trastrabillé hasta apoyarme en la pared del ascensor, jadeando. Me había besado con brusquedad, con deliberación, con un punto furioso.
- ¿Por qué lo has hecho? –se agachó, recogió las cajas y se encogió de hombros.
- Para irnos con una traca final. –se echó a reír– Conociendo cómo funciona la red de cotilleos de este mundillo, esta noche ya estará en boca de todos. –empezó a reírse a carcajadas, con la cabeza hacia atrás– Ese imbécil me ha hecho un favor enorme y ni siquiera lo sabe.
Las puertas del ascensor se abrieron y la seguí hasta su coche. Esperé a estar sentada antes de preguntarle.
- ¿Un favor? ¿Lo habías… habías planeado? –sonrió, y tenía un aspecto casi juvenil.
- No. Había planeado hacerlo de otra forma, pero cuando entró hecho una furia, cambié de táctica. –me guiñó un ojo antes de ponerse las gafas de sol– Eso se me da bien, Nanoha. Si el cliente quiere cambiar algo, aprendes a pensar con rapidez. Jill sabía lo que pasaba cuando vio las cajas. Decidí que montar una escena sería positivo.
- ¿Positivo para quién? Ha sido humillante.
- Ha sido un anuncio. Claro y conciso. De una sola tacada, la empresa al completo se ha enterado de que mi relación con Jill está rota y además han descubierto lo nuestro. Cuando lleguemos a casa de Clyde mañana, se habrá enterado de todo. Sabrá que le di un puñetazo a Jill por insultar a la mujer que quiero. Es perfecto. No podría haberlo planeado mejor de haberlo intentado.
Incliné la cabeza, pasmada. Jamás habría considerado lo sucedido como algo "perfecto".
- Relájate, Nanoha. –resopló mientras sorteaba con pericia el tráfico– Para ti todo ha acabado. No tendrás que volver. Llamaré a mi abogado y me aseguraré de mandarle la primera andanada a Jill para postrarlo de rodillas.
- ¿La primera andanada?
- Jill detesta que la empresa tenga mala publicidad. Si cree que voy a ir por él por no cumplir lo prometido y por crear un ambiente de trabajo malsano, no intentaré hacer nada. Será como un seguro. –suspiré y apoyé la cabeza en la fría ventanilla– Tienes la tarde libre. Quizá podrías ir de compras.
- ¿Tengo que hacerlo?
- Sí. Ya te lo he dicho, tienes que aparentar lo que finges ser. Tengo una asesora de compras a la espera. La llamaré para que vayas a verla esta tarde. Podemos continuar con los planes para esta noche.
- Genial.
Subió el volumen de la música y marcó el ritmo con los dedos sobre el volante mientras pasaba por completo del sarcasmo de mi comentario. Detestaba ir de compras… sobre todo porque nunca podía permitirme casi nada. A lo mejor al no tener que pagar la factura, me divertiría más. Ojalá fuera así. Después de lo de esta mañana, necesitaba distraerme con algo.
Poco después de llegar al apartamento, Fate recibió un sobre por mensajero. Lo abrió y me dio una tarjeta de crédito negra.
- ¿Qué es?
- Para que puedas ir de compras.
Miré la tarjeta y vi mi nombre grabado en letras plateadas.
- ¿Cómo has…? Da igual. –suspiré. Era evidente que, si Fate quería algo, lo conseguía.
Se sentó y me pidió la tarjeta.
- Fírmala y úsala. He llamado a Edelgard Barkas, es la asesora de compras de la que te he hablado. Te espera dentro de una hora.
- Está bien.
- ¿Qué pasa?
- ¿No puede mandarme un vestido mañana y ya está? Estoy segura de que ya le has dicho exactamente lo que quieres que me ponga. –negó con la cabeza.
- No es solo para mañana, Nanoha. Lo dije en serio. Líbrate de la ropa que te has estado poniendo. Te quiero con vestidos, con trajes bien confeccionados, con conjuntos elegantes. Zapatos decentes. Quiero que tengas un guardarropa nuevo.
- ¿También tengo que deshacerme de la ropa interior? –le solté, e incluso yo me di cuenta del gruñido que acompaño la pregunta.
Me miró un minuto entero, parpadeando, antes de echarse a reír a carcajadas.
- Menudo temperamento tienes escondido. Sí. Deshazte de ella. Todo nuevo. Todo de acuerdo con el papel que vas a interpretar. –puse los ojos en blanco y cogí la tarjeta.
- Está bien. Aunque tampoco es que vayan a verme en ropa interior.
- ¿Se puede saber qué te pasa? –masculló– Nunca he tenido que suplicarle a una mujer para que se gaste mi dinero. Normalmente, se mueren por meterle mano a mi cuenta bancaria. ¿Por qué diablos eres tan terca? –me puse en pie.
- Pues que una de ellas se haga pasar por tu cariñosa prometida en esta ridícula farsa. –hice ademán de alejarme, pero me detuve cuando sus dedos me rodearon el brazo.
- Nanoha. –me zafé de su mano.
- ¿Qué? –mascullé. Levantó las manos.
- No entiendo qué problema hay en vestirte como es debido. –cansada, me froté los ojos.
- Si mañana no obtienes el resultado que esperas, te habrás gastado un montón de dinero en vano. Toda esta locura habrá sido para nada.
- ¿Toda esta locura? –parpadeé para librarme de las lágrimas que brotaban de mis ojos.
- Fingir que estamos comprometidas. Sacarme de mi casa, echar por tierra los trabajos de ambas, obligarte a pasar tiempo conmigo. Incluso Jill sabe lo mal que te caigo, Fate. ¿Cómo va a salir bien? –se encogió de hombros.
- Si no sale bien, y es poco probable que no lo haga, tendrás un montón de ropa nueva para lucir en tu nuevo trabajo. Seamos sinceras: el cuchitril en el que vivías no era una casa, ya te buscaremos algo mejor. Míralo desde esa perspectiva. –dio un paso hacia delante– Y, la verdad, Nanoha, a lo mejor te juzgué demasiado deprisa. No me caes mal. De hecho, disfruto bastante cuando discutes conmigo. –no supe qué replicar a semejante afirmación, tan inesperada– Creo que, tal vez, deberíamos declarar una tregua. Tienes razón en algo: debemos presentar un frente común y no podemos hacerlo si no nos sentimos cómodas la una con la otra. Así que voy a hacerte una proposición.
- Ajá… –dije, casi con miedo de lo que iba a decir a continuación.
- Ve de compras y gasta mi dinero. Gasta una cantidad indecente. Considéralo un regalo por todas las perrerías que te he hecho a lo largo del último año. Yo haré unas cuantas llamadas y solucionaré algunas cosas. Cuando vuelvas, pasaremos la noche charlando y conociéndonos un poco mejor. Mañana, nos enfrentaremos al día como una pareja. ¿De acuerdo? –me mordí el interior de la mejilla mientras la observaba.
- Está bien.
- Estupendo. Una cosa más.
- ¿El qué? –extendió el brazo y vi que tenía una cajita en la palma de la mano.
- Quiero que te pongas esto. –clavé la mirada en la cajita sin mover un músculo– No te va a morder.
- ¿Qué es? –susurré, aunque ya conocía la respuesta.
- Un anillo de compromiso. –como no me moví, suspiró, frustrada– Será mejor que no esperes que me hinque de rodillas en el suelo.
- ¡No! –exclamé.
- Pues acéptalo.
Me tembló la mano al coger la cajita y abrirla. Un enorme anillo, engastado en oro blanco, con un diseño clásico, brillaba a la luz. Era exquisito.
La miré a los ojos.
- Te describí a la vendedora y le dije que quería algo sencillo pero deslumbrante. Había anillos más grandes, pero, por algún motivo, pensé que este te gustaría.
Esas palabras, tan extrañas y amables, me emocionaron.
- Me gusta.
- En fin, póntelo. Forma parte de la imagen.
Me lo puse en el dedo y lo miré fijamente. Me sentaba como un guante, pero me resultaba extraño en la mano.
- Lo cuidaré muy bien hasta que llegue el momento de devolvértelo. –resopló.
- Seguro que lo intentarás. Pero teniendo en cuenta lo patosa que eres, lo he asegurado.
Puse los ojos en blanco, olvidaba de repente la emoción del momento.
Fate miró la hora.
- Muy bien. El coche estará esperándote en la puerta. Ve a ponerte presentable.
Se dio media vuelta y salió de la habitación. Cuando cogí el bolso, el anillo reflejó la luz. En fin, parecía que tenía una prometida. Estaba comprometida con una mujer a la que no le caía bien, pero estaba dispuesta a pasar ese detalle por alto con tal de conseguir otro trabajo y molestar a su antiguo jefe. Desde luego, era el sueño de toda mujer.
...
La tarde pasó en un torbellino de actividad. Efectivamente, Fate le había dicho a Edelgard lo que quería y la lista era interminable, al parecer. Vestidos, pantalones, faldas, blusas, trajes… un enorme surtido de telas y de colores que me fueron presentando. También había bañadores, lencería y camisones. Me probé prenda tras prenda, y tras discutir el mérito de cada una de ellas, o bien las descartaba o las colocaba en el montón de la ropa para comprar. Menos mal que después de observarme durante un momento, los zapatos que eligió para mi eran de tacón bajo. Elegantes, me aseguró, pero con ellos conseguiría mantenerme erguida. La gota que colmó el vaso fue la ropa deportiva. A esas alturas, mi paciencia había llegado a su límite. No me imaginaba ninguna situación en la que necesitara ropa deportiva tan cara. Fate tenía un gimnasio privado en su piso, por el amor de Dios. Cuando Edelgard me dijo que la ropa deportiva estaba en la lista de Fate, levanté las manos y le dije que añadiera lo que le diera la gana. No podía más. Salí de la tienda con las prendas para el día siguiente en varias bolsas, vestida con unos vaqueros nuevos y una camiseta de seda manga corta de un intenso tono rojo. Al parecer, Fate no quería verme aparecer vestida con mis "trapos viejos".
Me mantuve en silencio durante el trayecto de vuelta, abrumada y cansada. Subí las bolsas al apartamento y abrí la puerta con mis propias llaves. Escuché música procedente del otro extremo del pasillo. Sabía que Fate estaba haciendo ejercicio, de manera que colgué las demás prendas que había llevado conmigo. Después, llamé a la residencia para preguntar por Fern. La enfermera encargada me dijo que estaba dormida, pero que no había tenido un buen día y que era mejor que no fuera a verla. La tristeza me envolvió mientras me sentaba para mirar por la ventana. Detestaba los días como este. Sin embargo, tenía razón. Ir solo conseguiría alterarla más. De manera que bajé las escaleras y me dirigí a la cocina para investigar. Estaba muy bien equipada, aunque había poca comida, salvo por unas cuantas piezas de fruta y algunos condimentos, guardados en el frigorífico y en los armarios respectivamente.
- ¿Buscas algo?
Me enderecé, sobresaltada. Fate estaba apoyada en el marco de la puerta, con una toalla sobre sus hombros. La piel le brillaba por la fina capa de sudor que la cubría. Tenía el pelo mojado. Sin embargo, estaba perfecta.
- No tienes mucha comida.
- No sé cocinar. Siempre pido la comida o el ama de llaves me deja algo.
- ¿El ama de llaves? –no me había mencionado que tuviera un ama de llaves.
Asintió con la cabeza y bebió un sorbo de agua de la botella que sostenía.
- Necesito contratar a una. La última se marchó hace unas dos semanas. –agitó una mano– Vienen y van.
Disimulé una sonrisa. Esas noticias no me habían sorprendido en lo más mínimo.
- Yo sé cocinar. –ella rió entre dientes.
- Ya me lo habías dicho. –pasé por alto su sarcasmo.
- Puedo limpiar el apartamento, hacer la compra y cocinar.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué no?
- ¿Por qué ibas a hacerlo?
- Fate. –le dije con voz paciente– He dejado mi trabajo. Tendré mucho tiempo libre. ¿Por qué vas a contratar a una persona cuando yo estoy aquí? –frunció el ceño mientras reflexionaba al respecto– A los ojos de los demás, será algo natural. –al ver su expresión confundida, le expliqué– El hecho de que yo me encargue de la casa, que me encargue de… ti. –se rascó la nuca.
- Ah, ¿sí?
- Sí.
- Está bien. Por ahora. Usa la tarjeta para pagarlo todo. –asentí con la cabeza– Cualquier cosa que necesites para limpiar. Cómprala. Si necesitas ayuda, búscala.
- De acuerdo.
Me sentí aliviada. Hacer las compras y preparar la cena sería algo normal. Así me mantendría ocupada. Y también limpiaría el apartamento.
- ¿Qué tal ha ido la llamada con el abogado?
- Bien. –apuró la botella de agua y la arrojó en el cubo de basura dedicado a los envases reciclables– ¿Qué tal tu tarde de compras? –puse los ojos en blanco.
- Menuda lista le has dado.
- Te dije que quería que tuvieras de todo.
- Bueno, pues lo has conseguido.
Se acercó a mí y frotó entre sus dedos la manga de mi camiseta.
- Me gusta esto.
- Me alegro. Lo has pagado tú.
- ¿Has usado el dinero que te he dado?
- No sabes cuánto. Estoy segura de que te he dejado en números rojos.
Para mi sorpresa, sonrió. Fue una sonrisa sincera que le iluminó los ojos y le otorgó una apariencia juvenil y traviesa.
- Por fin haces lo que te digo.
Resoplé. Alargó un brazo y cogió un sobre.
- Aquí tienes.
Cogí el sobre con un gesto renuente. Contenía algo duro y voluminoso.
- ¿Qué es?
- Las llaves de tu coche.
- ¿De mi coche? –pregunté con voz chillona.
- Te dije que te compraría uno. Está en la plaza 709, al lado de mis otros vehículos. Ahí está la tarjeta también. Con ella podrás entrar y salir del garaje.
- ¿Qué…?
- Es un Lexus. Seguro. Fiable. Rojo… como tu camiseta.
- No hacía falta.
- Sí que hacía falta. Forma parte de la imagen, Nanoha. Vamos a vendernos como una pareja. Los detalles son importantes. Recuérdalo. –se encogió de hombros– De todas formas, cuando todo esto acabe, se venderá bien. Si no quieres conservarlo, siempre podrás venderlo. En cualquier caso, es tuyo. Forma parte del acuerdo. –negué con la cabeza.
- ¿Cómo puedes permitirte todo esto? Sé que tenías un buen sueldo, pero no da para tanto. –su expresión se ensombreció.
- Cuando mis padres murieron, heredé una fortuna.
- Vaya, lo siento, Fate. No lo sabía. ¿Murieron hace poco?
Vi que tensaba los hombros y que su postura se tornaba rígida.
- Hace catorce años. No fue una gran pérdida, así que ahórrate la compasión. Fue la primera vez que hicieron algo beneficioso para mí.
No supe muy bien cómo replicar a ese comentario.
- Así que no te preocupes por el dinero. –se dio media vuelta y salió de la cocina– Voy a ducharme y después pediré la cena. Te he dejado una lista en la mesa, échale un vistazo. Empezaremos a hablar cuando vuelva. Tenemos que memorizarlo todo.
- ¿Más trabajo para cimentar la imagen?
- Exacto. Elige una buena botella de vino tinto del botellero. Creo que voy a necesitarla. –me miró con una sonrisa burlona– Si acaso eres capaz de distinguir una buena, claro está.
Se marchó tras soltar esa perla tan agradable y me dejó allí plantada, mirándola con expresión asesina.
