Título: Las cuatro estaciones
Claim: Ushiromiya Krauss/Ushiromiya Natsuhi
Notas: Spoilers hasta el EP7.
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: Histeria Fandom Ciclo 10
Tema: 01. Caminar


El otoño hace su avance por las calles de Taiwan, que se van tiñendo de los colores del ocaso, que hacen juego a su vez con las hojas de los árboles y la atmósfera de febril, pero desvaneciente emoción. Natsuhi nunca habría soñado siquiera el salir del país en el cual ha nacido y en el cual, hasta algunos meses atrás, hubiese tenido que morir. Sin embargo, ahora es posible debido a que está casada, libre y a la vez atada, en un mundo demasiado grande y desconocido, demasiado pequeño cuando está atada a ese matrimonio forzado.

Sí, se han casado apenas unas horas antes. Sus padres han asistido a la boda, al igual que muchos rostros desconocidos pero poderosos en el ámbito político, muchos ojos la han observado unir su vida a la de Ushiromiya Krauss, muchas bocas han hablado para darle las felicitaciones, otras tantas, como la de Eva, sólo para criticarla. Ahora, ella forma parte de ese mundo. Ahora y hasta que la muerte los separe. Y es precisamente ese hecho, el de la eternidad, el que consigue marearla, mucho más que las abarrotadas calles de Taiwan, con sus vivos colores y su mar de gente.

Para ella, es más laberíntico el camino que tendrá que seguir a partir de ahora, más estrecho, más denso. ¿Cómo puede siquiera pensar en una eternidad cuando el hombre a su lado nisiquiera le atrae? ¿Cuando el hombre a su lado le robó su libertad? Natsuhi observa su alrededor sintiéndose perdida, como aquélla mítica aguja en un pajar. Es el primer día y teme que así lo sean todos, cargando un anillo de bodas pesado, tan pesado como su dolor mismo.

—Natsuhi, mira esto —la voz de Krauss es inconfundible aún en ese mar de gente, pero sólo por su inconfundible acento japonés. El hombre le parece un niño. Incluso en esos momentos, cuando lo observa de reojo, fingiendo que está interesada en alguna otra cosa, no puede evitar notar la manera en la cual su rostro joven se desdibuja en la sonrisa de un infante de cabellos rubios y sueños guajiros—. Natsuhi... —la mujer se obliga a voltear la segunda vez que escucha su nombre, murmurado con la voz del mismo niño que pierde sus expectativas.

—¿Qué sucede? —se han detenido en medio de una calle tan igual a las demás que ya nisiquiera se molesta en fingir interés, pues ya le ha enseñado todo tipo de cosas triviales, está cansada y lo único que quiere hacer es regresar al hotel, pese a que eso sólo significará otro dolor de cabeza.

—Nueces, ¿quieres probar una? —extiende una solícita mano hacia ella, con toda la delicadeza del mundo, que sin embargo, no logra ablandarla ni un ápice—. Dicen que son de buena suerte. Vamos, prueba una.

Natsuhi suspira con resignación cuando observa los ojos de Krauss, aún brillantes como los de un chiquillo con golosina nueva. Siempre ha sido así desde que lo conoce, desde que se encontraron ese día destinado en su casa, para sellar el pacto del matrimonio. Siempre ha parecido un niño grande, siempre le ha regalado una sonrisa y siempre ha querido perseguirla. A veces, cuando se pone a divagar, piensa que él se ha enamorado de ella, pero eso es imposible, ¿verdad? Después de todo, ella es el pago que su padre hizo para obtener el perdón de los Ushiromiya, un pedazo de carne y nada más...

Con cierto recelo, Natsuhi se lleva una nuez a la boca y ve cómo Krauss se apresura a imitarla, como si estuvieran en una competencia. El vendedor, que los observa con interés, sonríe al ver esto último, aunque ella no entiende muy bien el porqué. Son nueces, un capricho de su esposo y nada más.

—Esto sabe bastante amargo —se queja la mujer, sintiendo que un dolor de cabeza la invade lentamente, como el veneno de sus pensamientos melancólicos y resentidos—. No me gusta.

—¡Oh, pero señora...! —Krauss parece decepcionado, el vendedor, en cambio, sonríe con una astucia digna de un ladrón, que sólo logra hacerla recelar más ante lo que tenga que decir—. Se dice que estas nueces son baluartes del amor de pareja, saben amargas porque así mermarán las amarguras en su vida futura, ¿verdad, señor?

Krauss enrojece hasta la punta de la raíz cuando escucha esto y de nuevo imitando al niño grande que es, desvía la vista del rostro de Natsuhi, quien parece sorprendida, aunque nadie sabría decir si de buena manera. Todos los síntomas están ahí, aunque ella se haya negado a verlos aún después de su boda: las miradas, las sonrisas, la gentileza, Ushiromiya Krauss está genuinamente interesado en ella. Lo dice con sus gestos, lo dice con actos sencillos como esos, lo dicen sus ojos. Pero ella no sabe si puede corresponderle aún, a pesar de estar unidos por votos matrimoniales y por un lujoso anillo que ella exhibe en su mano sin ningún sentimiento en particular.

Ushiromiya Krauss es un hombre tonto, pero gentil, noble. Natsuhi se siente culpable cuando se da cuenta del trato que le ha dado, así como también de lo amargada que ha estado a pesar de ser su luna de miel. Puede que le cueste trabajo, más bien, lo hace, cuando sonríe a ambos, el vendedor y él, para decirle que todo está bien, pero ya que van a pasar toda la vida juntos, debe de poner de su parte y todo empieza con pequeños gestos, como los de él.

La mujer le da las gracias desde el fondo de su corazón, sintiéndose de pronto aliviada del peso de saberse un pedazo de carne. No lo es, no a los ojos de él, que parecen de nuevo extasiados ante la vista de su rostro de nuevo sereno y sus ganas de cooperar.

Es difícil, pero tiene que hacerlo. Es difícil, pero sólo porque ella se lo ha planteado así. Ushiromiya Natsuhi no puede cambiar de un día para otro, pero se propone hacerlo. Y sonríe, cuando de verdad lo siente. Observa, analiza. Incluso le da la mano a Krauss cuando éste se la pide tímidamente, sintiéndose transportada a una novela romántica que jamás pensó vivir. Para el final del día, su perspectiva ha cambiado, justo como el color del cielo a la medianoche, los sonidos nocturnos y el latir de su corazón.

El hombre a su lado es su esposo y tendrá muchos años para descubrirlo. Lo único que sabe en esos momentos es que es gentil, que finge ser fuerte, pero es un niño grande, que le apasionan las cosas extravagantes y que le gusta mirarla de reojo para ver cómo reacciona, como si ella fuera una amiga de la infancia a la cual está enseñando el mundo.

Ese niño grande es su esposo, una verdad inegable que la hace sentirse un poco incómoda cuando llegan a su habitación de un lujo incomparable, que no consigue tranquilizarla, sin embargo, su incomodidad se disuelve cuando lo ve entrar nervioso, sentarse a su lado, sonreírle pidiéndole permiso.

Las luces se apagan, la noche los envuelve. Y para Natsuhi, la única opción que queda es dejarse llevar. Descubrir a Krauss mientras camina a su lado, hacia una eternidad desconocida, pero no por eso llena de desdichas.