Título: Las cuatro estaciones
Claim: Ushiromiya Krauss/Ushiromiya Natsuhi
Notas: Spoilers hasta el EP7.
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: Abecedario
Tema: 19. Enojo


Ahí va de nuevo. Piensa Natsuhi con dejo de hastío y un suspiro de resignación, cuando su esposo pasa por su lado ignorándola olímpicamente —casi como si fuera parte de la decoración—, para dirigirse a su despacho, con dos copas de vino en la mano, cual vulgar sirviente.

Krauss luce una sonrisa confiada en el rostro, teñida con un dejo de arrogancia y un poco de anhelo que ella reconoce perfectamente, esa misma sonrisa que siempre trae problemas, esa sonrisa crédula de quien se siente el amo del mundo, el explorador que descubrirá un nuevo horizonte.

El hombre está acompañado por uno de sus amigos de negocios, o al menos así lo ve él, pues para Natsuhi no es más que un oportunista, un ave de rapiña que se aprovecha de las buenas intenciones de Krauss, de su ingenuidad y de su afán por sobresalir ante Kinzo, a pesar de ya estar entrado en años. ¿Qué será esta vez? Se pregunta ella, caminando despacio, como si el mundo le pesara enormemente. ¿Qué será esta vez? ¿Qué clase de truco hará caer a Krauss? Ya lo ha escuchado todo, desde continentes sin descubrir hasta inversiones en la bolsa extranjera, desde tesoros enterrados hasta falacias por tapar. Todo siempre con el mismo resultado. Un fracaso rotundo que no logra desanimar a Krauss, pero que a ella se le antoja deprimente, asfixiante con cada segundo de tranquilidad que pierden, con cada pelea que estalla entre ellos cada que un gran inversionista va a visitarlos.

—¡Turismo lunar! —dice Krauss esa noche, con la misma voz que usaría un niño al anunciarle a sus padres sus buenas notas en clase de matemáticas, los ojos brillantes por la emoción buscando el apoyo de su esposa—. Imagínate, Natsuhi. ¡En unos años más habrá gente viviendo ahí! Seríamos los pioneros en el campo, ¡nos haríamos ricos!

Ella niega suavemente con la cabeza y desvía la vista, enojada, para dirigirla al punto exacto en el que el hombre de negocios estuvo horas atrás, casi como si pudiera fulminarlo con la mirada, fantasma escurridizo que sólo trae desgracias. Es lo más absurdo que jamás haya oído y no sabe qué decir, más bien, no quiere decir lo que piensa, lo que pugna por salir de su garganta como un grito colérico y desdeñoso.

—Ese hombre trata de engañarte, cariño, no tenemos el dinero para hacer inversiones de esa calibre —su voz es serena, tranquila como la noche. Trata de minimizar el impacto de sus palabras recargando la cabeza contra su brazo, pero sabe que no lo ha conseguido cuando él se agita a su lado, colérico, casi como si ella fuese una mosca molesta a la que quisiese espantar.

—¡Tú nunca confías en mis proyectos! —grita él y la calma se rompe con ese único sonido, que Natsuhi espera no haya llegado a la habitación de Jessica—. ¡Crees que soy incompetente, ¿verdad? ¿Qué vas a saber tú, que eres mujer, de negocios? ¡¿Qué vas a saber tú?

Krauss la ha hecho a un lado y se ha puesto de pie, justo como le ha enseñado Kinzo que debe de imponer su opinión y con ese gesto parecen borrarse todos esos años de palabras tiernas y sonrisas amables, esos ojos que parecían mirarla como si no hubiese nada mejor en el mundo.

La luna, motivo de su pelea ese día, brilla suavemente y se cuela por la ventana, iluminando las lágrimas que pugnan por escapar de los ojos de Natsuhi, quien a veces no puede creerse el orgullo de su marido, la estúpida terquedad con la cual lo educaron, con la cual puede desechar tantos años sólo con una frase, desdeñándola como si fuera un pedazo de carne y nada más.

—¡¿Es que acaso no lo quieres ver? —sus gritos son histéricos, agudos y entrecortados por los sollozos que él no se molesta en detener, como en otras noches mucho más oscuras—. ¡Ese hombre te está engañando! ¡No seas absurdo, no seas ingenuo! ¡Pensé que eras más inteligente que esto!

Ya está, lo ha dicho, aún cuando sus padres la enseñaron a ser una mujer sumisa y tranquila, aún cuando siempre guarda silencio cuando él se lo pide... Esta vez no puede callarse. Le importa demasiado. Porque sabe que cuando sus planes fracasen Krauss estará destrozado, endeudado y humillado; y ella no quiere verlo así. A pesar de todo...

—Tú no sabes nada.

Las palabras de Natsuhi han logrado descomponer sus facciones, han atacado su punto más débil, pero en lugar de redimirse con un perdón y un abrazo, Krauss decide seguir contraatacando, con el ego herido, con la lengua envenenada. No le gusta saber que Natsuhi tiene razón, a él le enseñaron que las mujeres deben de quedarse a un lado y apoyarlo, pero ella es diferente y eso le molesta, porque no le apoya, porque permanece ahí, frente a él, llorando en lugar de dedicarle una sonrisa, un elogio.

Tú no sabes nada.

Repite y se arrepiente de haberlo dicho cuando ella sale de la habitación, como todas las veces en que han peleado, para llorar lejos de él, abriendo una brecha que cada vez es más grande y que no sabe si algún día podrán superar. Y todo por su estúpido ego. Un ego que, de cualquier modo, le impedirá ir a pedirle disculpas.