Disclaimer: los personajes son de JK, la historia de Sionnain, y el título de Nick Cave en O'Malleys Bar ("I am the man for which no God waits, But for which the whole world yearns. I'm marked by darkness and by blood, And one thousan powder-burns").
N/A. Hoy casi sufro una apoplejía cuando he visto que no actualizaba este fic desde septiembre. Madre mía... Lo peor es lo que tenía listo desde navidad, pero me tocó la lotería y entre que estuve de viaje y que luego pasé más de medio mes sin internet, se me fue completamente de la cabeza. Ahora ando de exámenes pero hoy me ha dado la locura de actualizar algo sí o sí así que me he puesto a revisar la historia y a corregir lo que faltaba. Me gustaría darme prisa con el siguiente, porque acabo de releerlo por encima y he caído en que es mi capítulo favorito jojojo. No por Lucius o Narcisa, sino porque sale una escena Rodolphus/Bellatrix que ya vereeeeeis. Saltan chispas BWHAHAHA. Y OMG qué frases! Los ojos hacen chiribitas al leerlas xD
Y, antes de que se me olvide, una cosilla. Lo he dicho en una viñeta que he subido de Sionnain también, pero como éste fic lo lee más gente... Sé que dije que Sionnain había comentado que no iba a escribir más de HP, pero hace un par de meses vi que había subido una viñeta de Bellatrix a su LJ, así que es posible que no haya abandonado del todo el fandom. Yo cruzo los dedos, que ya me he leído y releído todos sus Rodolphus/Bellatrix y necesito más XD Dudo que se meta con algún fic largo, pero quién sabe, a lo mejor viñetas o one-shots cortos si se anima a hacer de vez en cuando. Le preguntaré la próxima vez que le mande vuestros reviews traducidos, a ver qué me cuenta :)
HIELO
XV. YO SOY EL HOMBRE POR EL QUE NINGÚN DIOS ESPERA, PERO AL QUE TODO EL MUNDO ANHELA. ESTOY MARCADO POR LA OSCURIDAD Y LA SANGRE, Y EL ARDER DE MIL CENIZAS
Narcisa miró en torno suyo con curiosidad mientras ella y Lucius completaban la aparición. Sólo le tomó un segundo darse cuenta de dónde se encontraba: autobuses, coches, personas apresurándose con extraños ropajes. ¡Estaban en el Londres Muggle!
-¿Por qué estamos aquí, Malfoy? -le siseó, sintiendo que llamaba la atención con la túnica, estremeciéndose por el estruendo que armaban los automóviles que rugían cerca de ella.
-¿Te has dado cuenta de que me llamas Malfoy cada vez que estás enfadada conmigo? -preguntó amablemente. Sin esperar respuesta, la cogió del brazo y la arrastró con él-. Ven, Narcisa, no queremos llegar tarde.
-¿Adónde? -preguntó, intentando orientarse. Le irritaba sobremanera que Malfoy pudiera hacerle bajar la guardia con tanta facilidad. No había ninguna razón, ninguna, por la que debiera estar alegre por moverse por el Londres Muggle, especialmente con ese brillo de oscuridad brillando en sus ojos.
-A la ópera. De Faure, creo. ¿Te gusta? -Se detuvieron delante de un edificio, el Royal Albert Hall, y Lucius la asombró aún más cuando sacó dos entradas del bolsillo para dárselas al hombre que había en la puerta, quien los evaluó con algo de escepticismo. Cuando Lucius lo miró fríamente, los dejó pasar sin decir una palabra.
-Ah, esto no es lo adecuado, ¿verdad? -Lucius echó una mirada al lujoso vestíbulo, donde hombres y mujeres bien vestidos se mezclaban, sorbiendo champagne y hablando en voz alta y alegre. Sus ojos se detuvieron en un pequeño hueco desierto y la llevó hasta allí-. Eras buena en encantamientos creo recordar, ¿no? Te sugiero que hagas un hechizo para asegurarnos que no vamos a estar fuera de lugar por la ropa -dijo.
Completamente desconcertada, Narcisa sacó la varita, miró alrededor con nerviosismo y encantó sus ropas para que pareciesen más apropiadas. Había llevado vestidos las veces suficientes para saber cómo eran; una bruja que se precie no siempre iba vestida con túnicas de gala, después de todo. Cuando apuntó con su varita a Lucius, pensó por un momento en ponerle algún conjunto ridículo sólo para llevarle la contraria, pero, precavida, decidió no hacerlo al ver que la expresión de su cara se volvía peligrosa y sus ojos perdían el centelleo de luz. Le observó examinar sus manos, enfundadas ahora por guantes negros de piel, y le sonrió con satisfacción. Se encontró con su mirada y se estremeció levemente.
Las luces del vestíbulo parpadearon, y entraron todos en el auditorio, donde filas de asientos aterciopelados formaban un semicírculo dejando espacio para el escenario en el centro. Sin ser sorprendente, Lucius y ella tenían asientos en un palco para ellos solos. En el asiento había un par de elegantes gemelos de teatro, que Narcisa cogió confundida.
-Esos son para ti -dijo Lucius, en un tono extraño.
Narcisa estaba nerviosa, y lo odiaba.
-No creo que los necesite, Lucius -respondió, forzándose para sonar calmada-. Estoy segura de que no habrá nada que ver excepto la sinfonía, y no me gusta tanto como para entretenerme observando como tocan los instrumentos.
Las luces se apagaron, y Narcisa se sentó con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Algo no estaba bien. No se creía que solamente hubieran asistido para presenciar la sinfonía. La música comenzó: un lento, triste piano y un solo violonchelo. A pesar suyo, Narcisa sintió que la música la envolvía y relajaba sus nervios destrozados. Quizá antes de comprometerse dándome el anillo, quiere que conozca su más oscuro y profundo secreto... ¿que es fan de las sinfonías Muggles? La idea, aunque ridícula, era mejor que la ignorancia que la esperaba si se probaba que la razón era tan incorrecta como esperaba que fuese.
Las notas lúgubres del violonchelo, recuerdo de una marcha fúnebre, volaron por todo el auditorio. La música era cautivadora y su cuerpo se meció suavemente al compás, el piano empezando a coger ritmo para añadir una suave, desesperada melodía a la conmovedora y hermosa del violonchelo. Narcisa se giró hacia el asiento que tenía al lado, pero se dio cuenta de que Lucius no estaba ahí. Antes de que pudiera encontrarlo, sintió su guante negro de piel rozando suavemente la piel de su cuello. Estaba de pie detrás de ella, oculto en la oscuridad del palco.
-¿Te gusta la música? -preguntó con suavidad, agachándose para hablarle al oído. Su voz fue oscura y evocadora, vagamente amenazante y completamente seductora.
-Sí -contestó, casi sin respiración. Su roce la desconcertó como siempre. Sus manos se movían despacio siguiendo la música. Un violín tomó el lugar del violonchelo, suavizando la pieza pero no sirvió para calmar sus nervios.
Le acercó los prismáticos de ópera.
-No... -empezó, pero de pronto su otra mano estaba sobre su boca. La música creció en tempo, y el pulso de Narcisa se aceleró a medida que se veía consumida por el miedo, el deseo y embriagadora música melódica-. ¿Qué es lo que quieres que vea?
Era lo más seguro que podía decir, y tuvo que hablar a través de la mano enguantada. Resistió la súbita urgencia de probar el sabor de la piel de los guantes.
La melodía cambió de nuevo, las suaves notas del piano se desvanecieron al fondo y dieron un tono casual y casi alegre a la música.
-Quiero que elijas -dijo simplemente, su voz en su oreja.
El piano murió, y el violonchelo hizo unos compases durante unos intensos segundos de forma que el grave sonido del instrumento vibró dentro de su cuerpo como las caricias de esas manos siniestras.
-No...
-Un anillo, Narcisa -explicó, y su voz fue dura y su respiración errática-. Quiero que elijas un anillo. - Su mano se apartó de la boca y señaló a toda la gente que había debajo-. Supongo que habrá alguno que te guste ahí abajo. Un diamante es un diamante después de todo, e incluso los Muggles los compran según me han dicho.
Su voz le recordó a la sinfonía misma: oscura e hipnótica, capaz de cambiar de agradable a sofocante, maniaca a seductora, en un simple latido.
-Lucius -susurró, y el sonido fue casi como un gemido.
El violonchelo y el piano retumbaron juntos en una furiosa batalla, y su tono fue severo y frío en su oreja cuando dijo:
-Te lo he dicho, Narcisa, escoge un anillo.
Ella levantó los prismáticos y miró a la multitud, notando que a pesar de encontrarse en un edificio Muggle y estar rodeada por ellos, las lentes estaban encantadas. Seguramente no debería ver el brillo de los diamantes con tanta claridad en la oscuridad.
Se mantuvo callado mientras la sinfonía avanzaba; ella se tomó su tiempo y estudió a la multitud. Sus manos temblaban, ya fuese por su cercanía o por sentir terror en el aire. No lo sabía. La música era una combinación deliciosa de instrumentos de cuerda y piano que alternaba el humor. Cambiaba de lento a rápido, suave a sonoro, dramático a simplista. Se enroscaban en torno a ella en una cacofonía de sonido, tanto que al final él tuvo que ayudarla a sostener los prismáticos contra sus ojos, sus manos temblando tanto que apenas podían sujetarlos.
-¿Has encontrado uno? -preguntó, y Narcisa asintió, incapaz de hablar. Sonaba como la música: oscura y hermosa pero desalmada. No tiene alma, pensó, y echó atrás la cabeza para encontrarse con sus ojos. Estaban tan vacíos como los diamantes que le había obligado a examinar con los prismáticos encantados, aunque brillaban tanto como aquellos.
-¿Dónde? -respiró en su oreja, besando su cuello levemente.
Debería haberse mantenido inmóvil ante su caricia; carecían de cualquier clase de emoción. Lo único que sintió fue un vago ramalazo de lujuria, y no creía que fuese por ella. Era la hermana de Bellatrix Lestrange, y Narcisa sabía que había muchas clases de lujuria, y notodas tenían que ver tan solo con el placer sexual. Aun así, su caricia provocó que se le pusiera la carne de gallina y la respiración se le acelerase.
-Ese -dijo y alzó los prismáticos para que él pudiese mirar por ellos. Lucius puso las manos en los hombros de la mujer y se inclinó tanto que sus cabezas estaban prácticamente pegadas.
-Precioso -afirmó, y volvió su atención al cuello femenino, besándolo con tanta suavidad que empezó a pensar si no se lo había imaginado.
Tomó aliento cuando la su mano enguantada desapareció entre sus piernas para acariciarla. Su roce normal era rudo y exigente, pero ahora la tocó con el más delicado delas caricias que la deshizo por completo. Se rindió a la sensación de su boca sobre ella, su mano deslizándose entre sus piernas acariciándola hábilmente, con la otra mano cubriéndole la boca. Se encontró lamiendo uno de sus dedos enfundados. En el momento en que la misma música llegaba al crescendo final, se recostó en el asiento mordiéndole el dedo al liberarse. Los colores se arremolinaba detrás de sus ojos cerrados, y la ovación del público hacia ese sentimiento lascivo, como si la hubieran visto y estuvieran alabando su actuación junto a la de la orquesta.
Las manos de Lucius se mantuvieron en sus hombros sin moverse, sus pulgares haciendo suaves círculos sobre sus clavículas y la base de la garganta. A medida que su respiración volvía a ser normal, fue consciente de los aplausos de los espectadores y lanzó una mirada interrogante a Lucius. La expresión de su cara detuvo la pregunta en sus labios. ¿La tenía cuando me hacía eso? ¿Tan desalmada y fría? ¿Por qué eso me cautiva?
Seguía aturdida cuando abandonaron el teatro, su rostro sonrojado y su cuerpo lánguido. Además, su corazón había empezado a latir presa de un espantoso terror, aunque ella no dijese nada. Salieron del auditorio, y Narcisa se encontró detrás de una pareja de Muggles, que hablaban en voz baja del poco satisfactorio violonchelista. Obviamente, Narcisa pensó violentamente, ellos no tenido mi experiencia de la representación. El recuerdo la hizo cerrar los ojos, esperando todo y nada a la vez. Dejó que Lucius la guiase. El terror seguía golpeando bajo su pecho, a pesar de que se había agarrado a él... Él era la verdadera causa de su miedo y a la vez el único con quien se atrevía a compartirlo.
Narcisa salió de su aturdimiento cuando le escuchó decir "Imperio" en voz baja. Completó estupefacta como el hechizo daba a la pareja que tenían delante. Lucius movió la mano a un lado, y Narcisa se encontró con que estaban en un callejón: ella, el hombre con el que iba a casarse, y la pareja Muggle, silenciosos y atontados por la maldición. Encuentro que empiezo a estar en estas situaciones con bastante frecuencia. Se rió, incapaz de ocultar durante más tiempo la histeria cuando se dio cuenta de qué estaba ocurriendo. Lucius había hecho un movimiento con la varita, y la mujer había alzado la mano.
En ella, el diamante que había elegido resplandecía a la luz de la luna.
-Creo que eso me pertenece -dijo Lucius arrastrando las palabras-. ¿Sería tan amable de dármelo?
La mujer hizo lo que Lucius le pidió, sus ojos abiertos y vacíos. En ese aspecto se parecía al hombre que la acompañaba. Se quitó el anillo, con un movimiento exageradamente lento, como una marioneta colgando de hilos (que, por supuesto, eso era lo que era). ¿Le gustará esa sensación de ahogo? ¿Estará horrorizada por lo que le está ocurriendo? ¿Sabrá lo que va a pasar luego? Porque, al menos a Narcisa, no le cabía ninguna duda.
Lucius cogió el anillo que le tendía la mujer y lo examinó brevemente.
-Una elección encantadora -dijo, y luego su voz se endureció, una emoción colándose al final, aunque fuese disgusto-. Los Muggles son criaturas repugnantes y sucias -siseó con desdén-. No se merecen una belleza como ésta -añadió, poniendo el anillo en la palma de su mano-. ¿No crees?
Fijó ese ojos fríos, vacíos, en ella, y Narcisa se forzó a no retroceder. No contestó; tenía la certeza de que él no necesitaba respuesta.
-Es mucho más apropiado que embellezca tu mano, querida. -Rodeó al hombre y a la mujer, que todavía permanecían quietos en medio de la calle-. ¿Qué debemos hacer con estos pobres Muggles, Narcisa? Me atrevería a decir que podríamos hacerles olvidar sus recuerdos, pero nunca se sabe cuánto durará el hechizo. No, no creo que el Ministerio aprecie que borre las mentes de estas pobres criaturas; después de todo, ya están suficientemente confundidas.
Lucius alzó la varita, y Narcisa se encontró con que su respiración se había acelerado. ¿Cuándo se miedo se volvió excitación?
-Avada Kedavra.
Pasó tan deprisa que casi no tuvo tiempo ni de parpadear, y entonces los dos Muggles yacían muertos a sus pies, los ojos de la mujer abiertos sin ver nada y su boca formando una perfecta O de sorpresa, como si hubiera sabido en el último momento qué significado tenía la luz verde.
-Narcisa.
Se fijó en su tono de voz, vacío de nuevo, y vio como le tendía el anillo.
-Creo, querida, que esto te pertenece.
La luz de la luna iluminó sus rasgos, y las estrellas brillaron por encima de ellos... La misma constelación, Draco, que había contemplado mientras discutían el nombre de su futuro hijo. Ahora la misma fría luz centelleaba sobre la escena: su futuro marido, el padre de su futuro hijo, tendiéndole el anillo de compromiso a ella sobre dos cuerpos muertos a sus pies.
Su voz, cuando consiguió recuperarla, tembló ligeramnete.
-Creo que ya hemos vivido esta situación antes, Lucius -dijo. El ambiente estaba cargado de tensión; ella casi había esperado escuchar el oscuro y melodioso sonido de un violonchelo sonando, tan macabro que parecía encajar a la perfección en la escena.
-Ah, Narcisa. Hay una gran diferencia entre saber las cosas y verlas. Sabes lo que soy, Narcisa, y ahora lo has visto. -Las palabras estaban escogidas con una finalidad que hizo a Narcisa preguntarse qué pasaría si se diera la vuelta y se alejase del callejón. Sabía que nunca lo haría. Ni todos los cadáveres del mundo a sus pies la harían irse, y ningún irracional acto de violencia que él cometiese, por siniestro que fuera, sería la causa de que lo abandonara.
Narcisa sintió que una extraña paz se instalaba en ella después de lo que había ocurrido.
-Y ahora -respondió, pasando por encima del cuerpo de la mujer para coger el anillo- sabes, y has visto, lo que soy -dijo con voz fuerte, clara. Se miraron el uno al otro fijamente mientras ella deslizaba el anillo en su dedo y alzaba la mano para que él lo examinara-. Muchas gracias, Lucius. Es adorable -susurró, sonriéndole como un gato satisfecho.
Las manos masculinas se cerraron en torno a la cintura de ella y la levantó por encima del cuerpo delhombre con facilidad, de forma que el dobladillo de su vestido no lo tocara.
-Te dije, Narcisa, que te merecías un anillo digno de ti.
-Parece ser que lo tengo -replicó en voz baja y pasó su brazo por la espalda de Lucius, ignorando el sonido de los gritos cuando los cuerpos fueron encontrados por un desventurado vagabundo en el callejón. Admiró su anillo mientras volvían a casa.
