Soy una compañera de reto un tanto extraña. Debo de reconocerlo, aunque debería preguntarselo a Gui en todo caso. El caso es que aquí teneis una parte nueva de Pain Paradaise. Siento no actualizar los fics que tengo empezados, pero entre la inspiración que no viene para los parados y que el instituto este año me quita demasiado tiempo, estoy...A FULL! Fuck ._. (Sí alguna de las que lee esto tiene Twitter, seguirme, soy IreneDisaster)

Disclaimer: Debería de ser la persona más creativa del mundo, pero desde que estoy intentando seguir los pasos de Jotaká, esto es más difícil.


Nada más se cierra aquel seto tras de ti, comienzas a correr. La sensación de soledad te recorre como si conociera tu cuerpo a la perfección. El miedo, se pinta en tus ojos grises como si un vil y macabro pintor lo hiciese. Expelliarmus, Desmaius, Protego, Diffindo, Bombarda. Usas todo hechizo que te sabes contra cualquier cosa que se mueva. Y ves una luz al final de aquel camino del laberinto. Pero antes de que si quiera des un paso, escuchas un chillido en la lejanía. Tu respiración se vuelve violenta, tu corazón late desbocado. Incluso, tus ojos se humedecen. Sigues tu camino, corriendo. Y escuchas:

-Crucio.

Te retuerces del dolor. Te ha dado justo en toda la espalda. Observas los ojos de tu atacante, cubiertos por una neblina sospechosa, como si estuviera bajo un hechizo. Oyes otro hechizo y Krum cae al suelo como un peso muerto. El pequeño Harry, sí, sí, ese chico de 14 años que es tan valiente y se está enfrentando a esto sin quererlo, ese, te ha salvado. Ambos corréis, teniendo como objetivo la brillante luz de la copa. Algo se enreda en tu pie y látigos de hiedra te intentan tragar.

-¡Harry, ayúdame! ¡Harry!

Ves la duda en sus ojos. En esos ojos verdes que te impactan por un momento. Crees que está todo perdido, pero entonces él, te libera. Y ambos, otra vez, tocáis la copa del Torneo a la vez.

Es un traslador. Estáis en un cementerio, en mitad de vete tú a saber dónde en mitad de la noche. Harry te grita que te vayas, entre alaridos de dolor, mientras se sujeta la cabeza con fuerza. Ves una sombra, un hombre de mediana estatura. El siseo de una voz corre por tu columna vertebral, cuando sentencian tu muerte.

-Avada Kedabra.

Un fogonazo verde y estabas en el suelo. Un fogonazo verde y tus ojos grises dejaron de brillar. Porque sabes, que aquel horrible fogonazo verde, te trajo dos cosas muy distintas a la vez. Dolor y alivio.