Esta es una adaptación con algunos de los personajes de Tite Kubo, la historia no es mía, en el ultimo capitulo les diré el nombre de la autora y el nombre original de la historia.


Capítulo Uno

Una cosa era que la lluvia y el granizo golpearan la puerta y otra, muy diferente, que fuese una mujer.

Ichigo se quedó mirando aquel cabello negro que había aparecido de repente y aquella nariz pegada al cristal. Estaba roja y parecía tener frío. Llovía tanto que apenas se oían sus gritos.

Kon la miró con disgusto.

Ichigo se apresuró a rodear el mostrador de la librería de su hermana para abrir la puerta. La menuda silueta femenina cayó al suelo. Al principio, Ichigo creyó que le habían pegado un tiro en la nuca o algo así. Furioso, salió de la tienda para ver si había alguien más, pero allí solo había lluvia.

Kon siguió gruñendo y protestando. Ichigo se arrodilló junto al cuerpo.

—Cállate ya, estúpido —le dijo.

La mujer tomó aire con dificultad, se tumbó boca arriba e intentó abrir los ojos. Gimió.

—Me he hecho daño —gritó tan furiosa como Kon—. ¡Y, encima, usted me insulta!

—No era... —Ichigo se interrumpió al ver que abría un ojo. Era de un color impresionante, entre azul y violeta, y estaba rodeado de unas espesas pestañas. Solo era un ojo, no había abierto los dos, pero sintió el impacto.

Kon se acercó y puso el hocico sobre la cara de la mujer mientras emitía un aullido.

—¿Dónde se ha hecho daño? —inquirió Ichigo preguntándose por qué se habría abalanzado contra la puerta o por qué seguía en el suelo.

—Por todas partes —contestó con el ojo fijo en él—. Tengo hasta los dientes mal, así que lo menos que podría usted hacer mientras esté en el suelo es no insultarme.

Ichigo se preguntó si aquello querría decir que, cuando se levantara, podría hacerlo. Si es que se levantaba. No parecía tener prisa por ponerse en pie.

—Kon —explicó Ichigo—, es mi perro. Tiene mal genio, pero no le hará nada.

—No me dan miedo los perros —contestó ella intentando mantener la dignidad a pesar de las circunstancias. Miró al perro, que empezó a lloriquear—. Pero eso no quiere decir que me guste que me dejen babas por la cara.

Ichigo sonrió.

—Ven, Kon, deja a la señorita en paz.

Kon obedeció, algo que no solía hacer. Se colocó junto a su dueño y siguió gruñendo sin quitarle la vista de encima a la intrusa.

La mujer estaba tumbada sobre un charco de agua. Ichigo se puso a buscar heridas. Lo único que encontró fue un pecho pequeño, pero bonito, cubierto por una camiseta en la que se leía «Tengo buenos melocotones».

Ichigo levantó una ceja. ¿Qué querría decir aquello?

La camiseta, completamente empapada, dejaba ver debajo un sujetador de encaje rosa. No le interesaba. No. Había hecho un trato con Kon y pensaba cumplirlo. Acarició al perro en el cuello para tranquilizarlo.

El animal tenía serias dudas.

Tal vez porque lo conocía mejor de lo que se conocía a sí mismo.

—¿Está bien? —preguntó a la mujer. En realidad, en lo único en lo que estaba pensando era en la tela transparente y en la parte de su anatomía a la que estaba pegada. Aquello lo distraía. Sería mejor si se pusiera en pie.

Con aparente esfuerzo, la mujer consiguió abrir ambos ojos.

—Le veo dos veces —musitó sorprendida—. Esto tiene que ser una alucinación.

—Una alucinación, ¿eh? —repitió Ichigo.

Tal vez, estuviera delirando. Quizás estuviera borracha.

Tal vez pudiera ser el tema de su próxima columna. Ichigo desechó la idea rápidamente. Era un tema demasiado inverosímil como para resultar creíble, aunque su público se solía creer todo lo que él decía.

Una mano pequeña le tocó la cara. Kon se puso en alerta, pero la mujer le ignoró.

—Bueno, supongo que sabe cómo es usted físicamente. Si hubiera dos iguales,... nada —dijo como dándose cuenta de lo que acababa de decir. Carraspeó—. Sí, creo que estoy bien.

Ichigo nunca había conocido a una mujer así y eso que conocía a infinidad de mujeres. De hecho, las conocía tan bien que su columna tenía cada vez más éxito. Por supuesto, no la firmaba. Ni siquiera su familia sabía que la escribía él.

Todos creían que estaba en paro.

Desde luego, aquella mujer era diferente. Le había echado un piropo y luego se había echado atrás y todo ello mientras yacía sobré un charco en el suelo.

—¿Está segura?

—Mi orgullo es lo que ha quedado herido para siempre —confesó—, pero creo que podré vivir con ello —añadió sentándose. Tenía unas piernas muy largas. Kon volvió a intentar olfatearla, pero ella le volvió a mirar con aquellos ojos azules y el perro lloriqueó, se alejó y siguió gruñendo, pero desde una distancia prudente.

Ichigo lo entendió perfectamente. Aquellos ojos eran increíbles. No por el color, la forma o el tamaño sin por la intensidad con la que miraban.

—¿Dónde está Rangiku? —preguntó la mujer mirando a su alrededor como si conociera la librería.

—¿Conoce a mi hermana?

—Le he comprado millones de libros para mi trabajo. Rangiku y yo nos conocemos desde hace un año y nos hemos hecho amigas. ¿Por qué estaba la puerta cerrada?

En un alarde de valentía, Kon se acercó y la mujer le acarició distraídamente. El perro ladró enfadado, pero ella lo ignoró y siguió acariciándole la cabeza.

Ichigo, sorprendido, se quedó mirando. Nadie más que él había osado ignorar el mal genio de Kon para hacerle mimos. Ichigo miró a la mujer de nuevo. Sintió que se le aceleraba un poco el corazón.

Estaba buscando novia y, ya que era imprescindible que se llevara bien con Kon porque, al fin y al cabo se quería casar por él, para que tuviera un hogar donde recibiera el cariño que antes no había tenido, tomó buena nota de la amistad que estaba surgiendo ante él.

Le llegó al corazón.

Incluso lo excitó un poco. Claro que la lluvia también lo había excitado. Llevaba tanto tiempo sin hacer nada que un golpe en la cabeza también le hubiera puesto a mil. La única acción que había tenido últimamente había sido en la maldita columna del periódico y aquello, ni de lejos, era suficiente para aplacar su apetito.

La mujer chasqueó los dedos en su cara.

—¿En qué está pensando?

Ichigo se rió.

—Perdón, estaba en Babia.

—Ya me he dado cuenta —contestó ella mirándolo descaradamente—. ¿Por qué estaba con la puerta cerrada?

Su hermana tenía la costumbre de dejar la puerta abierta, algo que Kaien y él ya le habían echado en cara varias veces. Lo hacía aposta para molestar a sus hermanos.

—Rangiku no está y el viento no dejaba de silbar por la rendija de la puerta, así que la cerré. De todas formas, no venía nadie a comprar y, desde luego, no contaba con que una mujer se tirara encima de la puerta —explicó—. Se debe de haber hecho daño —añadió con voz más suave.

—Casi me quedo tonta del golpe, pero sobreviviré —contestó ella sacudiéndose el agua de los brazos y del pelo.

Kon, fingiendo enfado para que no se dieran cuenta de sus verdaderas intenciones, puso la cabeza bajo la mano de la mujer para que le hiciera más caricias. A Ichigo casi le dio algo.

—¿Cómo se le ocurre venir con la lluvia que está cayendo?

—Necesitaba un libro. Venía corriendo para no mojarme, pero, claro, no contaba con que la puerta estuviera cerrada —contestó sonriendo de repente. Aquello hizo que su cara se tornara de lo más adorable, aunque tenía todo el maquillaje corrido y le caían gotas de lluvia de la nariz.

Además, seguía acariciando al perro.

Y Kon seguía dejándose.

Ichigo se sentó en el suelo porque aquella mujer no parecía tener intención de levantarse.

—¿Quiere que llame a un médico? —le preguntó intentando no fijarse en la camiseta y en los vaqueros que se pegaba a sus largas piernas.

—No, de verdad, estoy bien —contestó sonriendo—. Soy Rukia Kuchiki—añadió tendiéndole la mano mojada y llena de pelos de Kon, que se quedó consternado sin mimos.

Ichigo la aceptó y se dio cuenta de que tenía los dedos helados.

—Yo soy Ichigo Kurosaki. Está usted helada —dijo reteniéndole la mano.

—Y usted es el hermano de Rangiku que peor fama tiene.

—Sí, soy su hermano, pero lo otro habría que discutirlo —dijo. «Sobre todo, últimamente», pensó. Aquella vida de monje que llevaba no era aceptable.

Rukia retiró la mano e intentó levantarse.

—He oído cosas sobre usted coma para que se te pongan los pelos de punta. Me lo imaginaba diferente.

¿Se lo imaginaba? Ichigo se dirigió a la trastienda en busca de una toalla. Quería alejarse de la tentación. Excitación sexual, la emoción de la conquista, el descubrimiento. Ya estaba empezando a sentir el calor de todo aquello. Después de tantos años satisfaciendo sus instintos más básicos, solía actuar por instinto. Seducía a las mujeres sin ni siquiera proponérselo, como si fuera con el piloto automático.

Que una mujer hablara de manera tan natural sobre la fama que tenía, la hacía objeto de una demostración de primera mano de por qué tenía semejante fama. Pero estaba buscando una novia para casarse, no una mujer para llevársela a la cama. Por eso, tenía que ir más despacio de lo que le hubiera gustado.

—¿Cómo me imaginaba? —preguntó sin poder evitarlo. «¿Y quién te ha hablado de mí?», añadió para sí mismo.

—No sé —contestó ella poniéndose en pie—. Tal vez, con pelo largo, como los modelos. Con cadenas de oro, en plan gigoló.

—Tome —le dijo dándole la toalla y pensando que aquella descripción era absurda.

—¿No se habrá ofendido? —preguntó ella secándose la cara y el cuello.

—No, más bien me divierte. Y me provoca curiosidad —declaró. Ninguna de las mujeres con las que había estado habría dicho que tenía pinta de gigoló. Macho, viril, pero gigoló...—. ¿Quién le ha hablado de mí? —preguntó intrigado.

—Sobre todo, su hermana.

A Ichigo casi le dio un pasmo.

—¿Rangiku?

Aquello no era divertido en absoluto.

—Sí, su hermana lo quiere mucho y está muy orgullosa de usted, pero dice que tiene una conducta reprobable.

—¿Rangiku le dijo que llevaba cadenas de oro? —Rukia se rió. Tenía una risa bonita... natural, cálida. Kon la miró confundida y emitió un agudo aullido—. No, eso es de mi cosecha. Rangiku solo me dijo que las mujeres lo encontraban irresistible y que ligaba mucho.

Ichigo asintió. Tanto mujeres como hombres leían su columna y le enviaban cartas de apoyo. Conocía a las mujeres perfectamente.

Precisamente por eso, sus columnas semanales tenían tanto éxito. Le encantaba que nadie supiera que las escribía él. El anonimato le había ido muy bien porque, de lo contrario, suponía que muchas mujeres habrían ido tras él. Ya era suficiente con que supieran la fama que tenía. Si se enteraran de que era el experto en amor...

—También me han hablado de usted otras mujeres.

Aquello hizo que Ichigo volviera a la tierra.

—¿De verdad?

Rukia se sacudió el pelo sin darse cuenta de que se le transparentaba el pecho. Ichigo conseguía mirarla a la cara la mayor parte del tiempo, pero era humano. Y hombre. Ambas cosas unidas hacían imposible que no viera los pezones en punta. No podía evitar mirar de vez en cuando.

—Es usted un viajero —comentó Rukia con fanfarria—, el extraordinario amante, el trofeo que toda mujer quiere.

Su tono de broma le gustó. No sabía si estaba siendo sincera o se estaba riendo de él, pero lo hacía de tal manera que cualquiera de las dos opciones le parecía bien. No estaba acostumbrado a que una mujer se le aproximará así.

Se apoyó en la puerta con Kon a mi lado.

—¿Todas?

Ella sonrió de nuevo.

—Desde luego. Yo misma estoy a punto de desmayarme de tenerlo enfrente. Las vibraciones sexuales pueden conmigo. ¿Por qué cree que he estado tanto tiempo sin poderme levantar del suelo?

—¿Por qué se ha estampado contra la puerta, por ejemplo? —preguntó Ichigo disimulando una sonrisa.

—Al contrario. Abrí los ojos...

—Un ojo.

—... y lo vi y el mundo se me estremeció. Estaba demasiado mareada como para sentarme.

Aquellos ojos tan bonitos, los dos, doble impacto, parpadearon y Ichigo se quedó tan noqueado que no supo si lo estaba diciendo en serio o en broma.

Rukia comenzó a secarse la camiseta, se miró y gritó sorprendida.

—¡Madre mía! —Exclamó tapándose con la toalla y mirando a Ichigo—. ¡Ya me podría haber dicho algo!

—¿De qué? —preguntó Ichigo haciéndose el loco.

—¡De que se me transparenta todo!

—A mí no me importa —contestó él encogiéndose de hombros.

Rukia maldijo, se dio la vuelta y se ató la toalla tipo pareo. Kon se puso a ladrar.

— ¿Ve? El perro está de acuerdo conmigo. A pesar de la fama que tiene, debería haberse mostrado más caballero y haberme dicho que lo estaba enseñando todo.

—En realidad —explicó Ichigo—, Kon odia que le den la espalda. Desconfía de quien lo hace.

—Ah —dijo Rukia mirando al perro—. Lo siento, pequeño, pero Ichigo se ha portado mal no diciéndome nada —¿le estaba pidiendo perdón a su perro? Kon gruñó—. ¡Aja! Es obvio que está de acuerdo conmigo en que es usted un maleducado.

—¿Por qué no le he dicho que se le transparentaba el pecho? —increpó Ichigo mirándola a ver si se sonrojaba. Ni por asomo.

—Exactamente. Me lo tendría que haber dicho. Un caballero siempre informa a una dama cuando su pudor se ve amenazado. Desde luego, vista su conducta, no es usted un caballero.

—Bien —dijo Ichigo mirándole el trasero—. Tiene un roto.

—¿Cómo? —dijo ella parpadeando y mirándose por encima del hombro—. ¿Se me han roto…?

—Tiene un roto en medio del trasero. Se le ven las bragas, que van a juego del sujetador. Un conjunto muy mono, por cierto —Ichigo vio cómo se tapaba, pero tenía un trasero generoso y no eran suficientes las manos—. Soy todo un caballero.

Rukia fue de espaldas hacia una silla y se sentó.

—Supongo que no tendrá otra toalla.

—No. Lo único que puedo hacer es ofrecerle mi camisa.

Ella volvió a mostrar aquella sonrisa entrañable.

—Supongo que tendré que aceptarla, pero todavía no me hace falta. Aún no tengo lo que he venido a buscar.

— ¿Qué es? —preguntó Ichigo sentándose enfrente. Fuera seguía la tormenta, la lluvia azotaba las ventanas y en el cielo oscuro brillaban los relámpagos.

Las luces de la tienda parpadearon y los tres ocupantes miraron hacia arriba para ver si se iban. No se fueron, pero el perro se colocó nervioso junto a su amo.

Ichigo la acarició ausente mientras observaba a Rukia. Era realmente mona, aunque al principio no se lo había parecido. Además, le estaba gustando hablar con ella. Lo que le decía, lo estaban tomando por sorpresa... aunque jamás lo admitiría.

Todo se estaba desarrollando estupendamente.

—Rangiku me ha hablado de Alternativas satisfactorias al coito —comentó Rukia rompiendo la magia del momento. Ichigo casi se cayó de la silla. Se levantó y comenzó a secar a Rukia, sin poderse creer lo que había dicho su hermana pequeña, que se iba a casar en breve. Su reacción sorprendió a Kon, que aulló como un lobo hambriento—. Ahora veo de dónde lo ha sacado —Ichigo se preguntó si estaría en lo cierto, pero no se relajó en absoluto. Rukia sacudió la cabeza y suspiró—. Obviamente, usted no tiene ni idea de ello.

—¡Ja! ¡Sé mucho del tema! —exclamó. Si no hubiera jurado que no iba a volver a tener relaciones sexuales puntuales, se lo habría demostrado allí mismo.

—No —dijo Rukia muy convencida—. No tiene ni idea.

Ichigo sintió el calor que le subía por el cuello. Se sintió retado.

—Le puedo decir unas cuantas alternativas —dijo en tono amenazador y prometedor a la vez—. En cuanto a lo satisfactorias que sea, eso depende...

Rukia se rió.

—Cálmese —dijo. Kon se sentó—. Al menos, el perro obedece.

—Sólo cuando le da la gana, que no suele ser muy a menudo —puntualizó Ichigo deseando ahogarla—. Nunca obedece a las mujeres. Las detesta.

—No parece que me deteste.

—Ya lo veo. Es raro.

Rukia se inclinó hacia delante con ojos burlones.

—Es un libro, Ichigo.

—¿Qué es un libro?

Tenías las pestañas y el cuello mojados. Olía bien. Fuera hacía frío y él estaba dentro con una mujer sensual. Sintió que se le tensaban los músculos. Era bromista, sincera y divertida... y le gustaba Kon.

La deseaba, maldición, pero le había hecho aquella estúpida promesa a su perro.

—Trabajo en el centro de mujeres —explicó Rukia—. Doy clases y soy consejera de varios grupos. Uno de los problemas que teníamos eran los embarazos no deseados, pero uno de los grupos que tengo ahora tiene más problemas. Se lo dije a Rangiku y ella me encargó un libro del que había oído hablar.

Ichigo comprendió por qué tenía esa empatía con los demás y ese aire de experta, por eso había entendido rápidamente a Kon. Una mujer interesante.

Interesante también su propia reacción. Nunca le había gustado una mujer así, de repente. Y, además, había sentido por ella un respeto instantáneo.

Entonces, lo entendió.

Alternativas satisfactorias al coito —dijo sentándose de nuevo.

—Sí, ese es el título —aclaró ella haciendo un esfuerzo para no reírse de él otra vez. Ichigo agradeció que se mordiera los labios para no hacerlo. Aunque, por otra parte, también le hubiera gustado oírla reír—. Rangiku me dejó un mensaje la semana pasada diciéndome que el libro ya estaba aquí, pero no he tenido tiempo de pasarme antes.

Ichigo seguía mirándola y se preguntaba por qué una mujer tan atractiva e inteligente necesitaría un libro para saber ese tipo de cosas. Debía de tener, más o menos, veintiséis años. Edad suficiente para saber unas cuantas alternativas. Pero si él había inventado algunas siendo solo un adolescente.

—¿Así que quiere ese libro para... investigar?

—Más bien de referencia. Prefiero tener datos contrastados antes de dar información o recomendaciones. Además, lo que pueda aprender del libro me ayudará a resultar más creíble en ciertas situaciones. Aunque tengo una licenciatura de cuatro años, dos años de especialización y dos años de experiencia laboral, me siguen considerando una novata.

—¿No sería más fácil que las mujeres la creyeran si lo que les dice estuviera fundamentado en... la experiencia? —preguntó Ichigo fascinado.

Ichigo tenía la esperanza de que le explicara si hablaba así por experiencia o por presunción. Con las mujeres, nunca se sabía y ya hacía tiempo que no daba nada por sentado con una mujer.

—¡Me parece una idea estupenda! Muchas gracias por ofrecerse —le dijo ella haciendo que la cuestión le explotara en la cara.

—Pero... ¿ofrecerme para qué?

—Para hablar con las mujeres, por supuesto —contestó ella inclinándose hacia delante como para crear cierta complicidad—. Seguro que consigue reclamar su atención.

Ichigo se echó hacia atrás.

—No.

—¿Se niega?

—¡Sí!

—¿Y para qué me da ese consejo? —lo increpó Rukia frunciendo el ceño.

Ichigo miró a Kon, que le devolvió la mirada. Era raro, pero el perro estaba callado. Ichigo se aclaró la garganta.

—Me refería a que se lo contara usted.

—¿Usted me lo cuenta a mí y yo se lo cuento a ellas?

Ichigo supuso que aquello contestaba a su pregunta sobre la experiencia de aquella mujer. Tal vez. No estaba muy seguro. Cada vez, sentía más curiosidad.

—Me encantaría... hablar de esas cosas con usted.

—Bueno, me lo pensaré. ¿Se le ocurre dónde lo habrá dejado Rangiku?

—¿Qué?

—Le cuesta seguir una conversación, ¿verdad?—le dijo exasperada.

—Normalmente, no —contestó él. De hecho, normalmente solía ser él quien llevaba las riendas de las conversaciones. No le gustaba mucho que fuera al revés.

—¿Qué va a ser? El libro, que es para lo que me he calado —contestó ella tamborileando con los dedos en el brazo de la silla.

—Voy a ver —indicó él agradeciendo la oportunidad de recomponerse. En ese momento, oyeron otro trueno y las luces se fueron. Ichigo se volvió a sentar—. No, creo que no vaya a poder ser.

Estaban completamente a oscuras. Aunque el cielo estaba gris, solo era media tarde y todavía entraba algo de luz entre las nubes. De vez en cuando, veían algún relámpago, pero todos los aparatos habían dejado de emitir ruido. Ni las lámparas, ni el aire acondicionado, ni la pequeña nevera de la trastienda. Silencio completo.

Kon aulló y se subió al regazo de Ichigo. No era precisamente pequeña y, además, le sobraban unos kilos. Se le metieron pelos en la nariz y en los ojos y sintió un tremendo picor en la garganta.

Ichigo la agarró al vuelo, pero, del impulso, los dos se fueron al suelo.

—Le dan miedo las tormentas. Por eso lo he traído hoy conmigo. También le da miedo la oscuridad—explicó Ichigo.

Esperaba que la mujer criticara al perro, pero, en vez de eso, se arrodilló junto al animal, golpeando al dueño en la cara al hacerlo.

—Pobre perrito. No pasa nada —lo consoló. Kon se puso a gruñir y a ladrar, pero Rukia siguió acariciándolo.

Aquella comprensión lo seducía. Ichigo olió de nuevo aquel aroma que desprendía. Mujer y lluvia. Carraspeó y se preguntó si no estaría perdido.

Rukia se puso en pie.

—Voy a cerrar la puerta con llave. No es buena idea dejarla abierta durante un apagón.

Obviamente, se había olvidado de que tenía los pantalones rotos e Ichigo pudo apreciar de nuevo aquellas braguitas de encaje rosa. Cualquier otra persona habría estado ridícula con el pelo mojado y una toalla enrollada alrededor del cuerpo, pero ella estaba de lo más atractiva. Con soltura, porque conocía bien la tienda, Rukia llegó a la puerta, la cerró y puso el cartel de cerrado.

Cuando se dio la vuelta, tenía una expresión extraña en la cara. Vio en su mirada una mezcla de anticipación, recelo y hambre. Sí, definitivamente, era hambre. Qué raro.

—Supongo —murmuró sin dejar de mirarlo—, que deberíamos irnos.

Ichigo asintió y se sentó con Kon en el regazo.

—Sí, tengo que llevarlo a casa. Allí estará mejor.

Rukia se mordió el labio inferior.

—Lo que pasa es que he venido hasta aquí en autobús y...

—No le apetece tener que esperar en la parada con todo a oscuras.

Rukia asintió.

—No se olvide de que llevo una toalla alrededor y los pantalones rotos. ¿Le importaría mucho llevarme?

Seguía teniendo aquella mirada e Ichigo sintió más que curiosidad. No podía dejar que se fuera. Todavía, no.

—No hay ningún problema.

Tal vez, en el camino pudiera descubrir algo más sobre ella. Por ejemplo, si sería una buena esposa.

—Gracias —contestó ella con una gran sonrisa.

—El libro...

—No creo que lo podamos encontrar ahora. A no ser que sepa exactamente dónde lo ha dejado Rangiku...

—No, me temo que no —contestó él sintiendo baba de perro por el cuello. ¿Por qué se tenía que poner a babear Kon cuando estaba nervioso? Siempre estaba nervioso. Por eso, él se había hecho el firme propósito de darle un hogar estable, para enseñarle el lado bueno de la vida.

Ichigo lo abrazó y vio que Rukia sonreía al verlo.

—Ya vendré mañana cuando esté Rangiku —dijo con una voz tan suave que lo hizo tensarse.

—Puede que Rangiku no esté mañana —señaló él poniéndose en pie e intentando ignorar que se le había acelerado el pulso—. Me estoy ocupando yo de la tienda mientras Gin y ella ultiman los preparativos de la boda.

Rukia frunció el ceño y luego sonrió.

—Es verdad. Se va a casar, ¿no? Es maravilloso. Gin está muy bueno —añadió en un susurro.

Ichigo se sintió molesto por dos cosas. Por que dijera un piropo sobre otro hombre y por cómo lo había dicho.

—Se casan porque se quieren.

—Claro.

Ichigo la miró fijamente.

—No parece creerlo y no se molesta en esconderlo.

Rukia se encogió de hombros y volvió a sonreír.

—Estoy segura de que serán muy felices. Lo que pasa es que no creo en el matrimonio.

—¿Le importaría decirme por qué? —preguntó Ichigo descorazonado.

—Por supuesto que se lo diré, pero, mejor, en el coche —contestó dándose la vuelta. Obviamente, se había vuelto a olvidar del roto del pantalón, pero él, no. Rezó para que no dijera en serio lo del matrimonio porque, de lo contrario, iba a tener que mirarla y controlar su lujuria.


Creo que les he hecho varios regalos el día de hoy, y también creo que merezco algunos Reviews.

Este es el primer capítulo de Seducción programada, espero que lo hayan disfrutado tanto como yo...

Agradecimientos especiales a Yukime-Sama y a Ale-chan227, chicas gracias por los comentarios y este primer capítulo es para ustedes.

Buenas noches y Saludos a todas.

Umee-chan