Hola!
Por fin después de muchísimo tiempo actualizo la historia, de verdad lo siento pero la universidad había consumido todas mis fuerzas. Ahora tengo tiempo de sobra y espero que sigan leyendo...
Disclaimer: Ni la historia ni los personajes me pertenecen, está es una adaptación sin animo de lucro y con fin de divertirme y divertirlas.
Capítulo Dos
«Tiene perro», pensó Rukia con un suspiro de tristeza. Un perro gordo y feo al que trata como a un rey. Su corazón estaba lleno de sentimientos sin nombre; de repente, Ichigo Kurosaki no era solo un cuerpazo, sino también un hombre compasivo y sensible. Aquello lo hacía todavía más atractivo, pero también más peligroso. ¡Solo quería sentirse atraída por él sexualmente!
Rangiku tendría que habérselo advertido. Le dijo que era apuesto, pero le tendría que haber dicho que era devastadoramente guapo. También le había dicho que era desdeñoso, pero las personas así no trataban tan bien a los chuchos.
Rangiku había dicho que Ichigo era perfecto... en eso tenía razón. El problema era que era demasiado perfecto.
Rukia observó su perfil mientras conducía. Los limpiaparabrisas funcionaban a toda velocidad, pero, aun así, la lluvia no dejaba ver. Un trueno hizo que la furgoneta se moviera.
Rukia se sintió volar.
Aquel hombre era demasiado atractivo como para describirlo con palabras. Solo pensar en todo lo que sabía, todo lo que podría hacerte y enseñarle... Se le puso la carne de gallina. No por el frío; por Ichigo. Sabía que se iba a sentir atraída por él, pero no estaba preparada para que le gustara desde el primer momento.
A pesar de su timidez natural, Rukia quería haberse sentado junto a él y lo habría hecho si no hubiera sido porque Ichigo había colocado al perro justo en medio. En cuanto Rukia intentaba acercarse un poco, Kon gruñía. El animal estaba tan inquieto por la tormenta que Rukia tampoco quería angustiarlo más.
Entendía al perro. Su actitud a la defensiva era la misma que mostraban las mujeres con las que trabajaba ella. Se sintió solidaria con el perro, aunque Kon no lo necesitaba porque ya tenía a Ichigo completamente pendiente de él.
Kon la miró de reojo y gruñó con el labio subido. Rukia supuso que no era peligroso porque no había hecho amago de morderla.
Kon era el perro más feo que Rukia había visto en su vida.
Era rubio con rayas blancas y grises, una cabeza demasiado pequeña para un cuerpo tan corpulento, patas rechonchas. Parecía un experimento fallido, una mezcla de perro y cerdo enano, una bola de pelo con cabeza y patas.
Tenía alrededor de la cabeza un collar de pelo café que daba la impresión de que le hubieran pegado la cabeza en el lugar equivocado. Rukia supuso que tenía el rabo largo, pero como lo llevaba metido entre las patas y pegado a la tripa, no lo podía asegurar.
— ¿Por qué su perro tiene tan mal genio? —preguntó con cautela. Al mirar a Kon, vio que le estaba enseñando los dientes.
Ichigo la miró, pero volvió la vista a la carretera, que parecía un gran charco.
—Porque su anterior dueño, fuera quien fuese, no lo trató bien.
Rukia asintió. El perro prefería mantener a los extraños a raya para no volver a sufrir. Igual que Ichigo, que recorría el mundo en busca de cosas que no encontraba allí. Cuando Rangiku le dijo que le encantaba viajar, sobre todo en vacaciones, Rukia había comenzado a darle vueltas a su psique.
Sus estudios y su trabajo le facultaban el entender a los demás.
Entenderse a sí misma no era tan fácil. Sus amigos le habían tenido que decir lo que era obvio, pero eso no volvería a recurrir, no iba a volver a permitir que ningún hombre la humillara o se aprovechara de ella por su ingenuidad.
Miró a Ichigo y, al ver que sonreía a Kon con ternura, le dio un vuelco el corazón. Aunque sabía que se le estaba yendo de las manos, se repitió que era un buen plan.
— ¿Hace cuánto que lo tiene?
—Me lo encontré en mitad de la carretera hará un mes. Estaba ahí tirado y creí que estaba... —bajó la voz y continuó deletreando en lugar de hablando— MUERTO.
Rukia sonrió, horrorizada por la imagen que le describía.
—Supongo que el perro no sabe deletrear.
—Un poco —contestó él completamente serio—. Hay palabras que no puedo pronunciar ni por asomo, ni quiera deletrear. Se enfada conmigo.
— ¿Como por ejemplo?
—El sinónimo de inoculación o el profesional que las pone.
—Ah. ¿Odia al personal médico?
Kon aulló. Obviamente, Rukia había dicho algo que el perro había reconocido.
—Exacto —confirmó Ichigo.
— ¿Y cómo hace para llevarlo?
—Le hablo en francés —contestó él sonriendo al perro—. A todas las personas les gusta que les regalen el oído en francés. Se derriten.
—Yo no entiendo el francés y, si un hombre me va a regalar el oído, preferiría entenderlo.
Ichigo se rió. Rukia no sabía por qué y se preguntó si la encontraría risible o atractiva.
—Tampoco aguantaba el baño, pero he conseguido que eso cambie —al oír la palabra baño, el perro levantó las orejas y ladró.
— ¿Y eso?
—Le encantan las burbujas—contestó él sonriendo.
El perro volvió a ladrar.
Rukia se encontró sonriendo ella también, encandilada por Ichigo y su excéntrico perro. ¿Qué más daba que las cosas no estuvieran yendo tal y como las había planeado? Rangiku no le había dicho que iba a haber un perro en la tienda, pero a lo mejor no lo sabía. Ichigo le había dicho que la había llevado porque estaba lloviendo.
Aunque no estaban planeados, el roto de los vaqueros y la camiseta transparente, lo habían interesado.
—Me gustaría darle las gracias invitándolo a cenar —dijo cuando iban llegando a su calle.
Ichigo la volvió a mirar. Tenía unos ojos tan intensos que la hicieron temblar.
—Hoy, no puedo —contestó él—. Tengo que llevar a Kon a casa para que descanse y se tranquilice.
—Perfecto. Mi apartamento es tranquilo y silencioso. ¿No sería mejor que pasaran, descansaran y comieran un poco hasta que haya parado de llover? —Ichigo parecía indeciso, así que Rukia se inclinó hacia el perro—. ¿Te gustaría entrar, precioso? —Kon gruñó al ver su espacio personal invadido—. ¿Ve? Le gusta la idea —insistió Rukia. Sabía que el perro estaba celoso, pero no iba a dejar que un chucho diera al traste con sus planes.
—No le da miedo, ¿verdad?
Rukia se encogió de hombros.
—Creo que lo entiendo. No le disgusto tanto, pero teme que le guste demasiado.
—A mí me llevó dos semanas—confesó Ichigo—, en ganarme su confianza para que me dejara acariciarlo.
Al oír aquello, Rukia sintió un nudo en la garganta. ¡Cómo no iba a ser Kon posesivo! Impulsivamente, se abalanzó sobre el perro, la abrazó del cuello y lo achuchó. Tanto Kon como Ichigo se quedaron pasmados.
—Bueno —continuó Rukia con la voz temblorosa ignorando a ambos—, está claro que ahora lo quiere.
A Kon lo habían abandonado y lo habían ignorado, como las mujeres con las que ella trabajaba.
Ichigo interrumpió sus pensamientos.
— ¿Por qué está en contra del matrimonio?
Rukia parpadeó sorprendida.
— ¿Y ese cambio de tema?
—Porque parecía que se iba aponer a llorar —contestó él encogiéndose de hombros—. No puedo soportar ver a una mujer llorar.
—No lloro nunca —contestó ella sorbiendo y restregándose los ojos—. No es que esté en contra del matrimonio, no es exactamente eso. Lo que pasa es que no tengo ninguna prisa por atarme. Lo he intentado y fue humillante.
— ¿Humillante?
— ¿De verdad lo quiere saber? —preguntó al tiempo que le indicaba cuál era su calle. No le quedaba mucho tiempo, tenía que conseguir interesarlo o podría perder la oportunidad.
—Sí, quiero saberlo;
Rukia tomó aire e hizo un esfuerzo por no sonrojarse.
—Un día, volví a casa antes que de costumbre y me encontré a mi prometido atado a la cama, desnudo y despatarrado, y a una mujer que no había visto antes haciéndole cosquillas con una pluma.
— ¿Está de broma?
—Gire aquí. Este es mi edificio —indicó ella roja al recordar aquella humillación. Levantó el mentón— No, me temo que no fue una broma. La pluma era grande y amarilla.
— ¿Y qué hizo usted?
Rukia sonrió. Era curioso. Podría utilizarlo contra él, al igual que su orgullo masculino. Cuando le había tomado el pelo con que no tenía ni idea sobre el libro, se había sentido sexualmente amenazado. Aquello le había disparado el corazón.
—Pase —le ofreció— y se lo contaré.
— ¿Le dijo la araña a la mosca?
Rukia volvió a sonreír.
— ¿Teme que me lo coma?
Los ojos de Ichigo se volvieron todavía más intensos.
—Sé cuando me están tirando los tejos.
—Me sorprende que se dé cuenta, después de haber admitido la confusión que tiene sobre los temas sexuales.
—Eso me suena a reto.
—Así es —contestó ella. Rangiku le había dicho que la seducción forzada funcionaba bastante bien con los hombres. ¡Desde luego, a Rangiku le había ido muy bien! Gin llevaba años resistiéndosele, pero en cuanto estuvo a solas con él y le puso las cosas claras...
Rukia sonrió al pensar en ponerle las cosas claras a Ichigo. En cuanto estuvieran en la puerta, comenzaría el juego.
Ichigo entró en el aparcamiento y apagó el motor. Kon no estaba muy contento con la situación y su mal humor se centraba en Rukia. Acarició al perro sin dejar de sonreír. Una sonrisa impúdica, dado los pensamientos lascivos que ocupaban su cabeza. ¿En qué iba a pensar teniendo a Ichigo sentado al lado? Aquel hombre olía bien, a pesar de que allí olía a perro mojado. Estaba estupendo con el pelo anaranjado que le caía por la nuca y la camisa mojada que dejaba adivinar un torso y unos hombros musculosos.
Era muy amable, fuerte, simpático y comprensivo con Kon y paciente con Rukia.
Ichigo sonrió al ver que Rukia había peinado al perro con raya en medio y suspiró.
—Muy bien, Rukia. ¿Qué hay de cena?
Estuvo a punto de contestar «tío bueno al horno», pero se controló a tiempo. Salió del coche y esperó mientras le ponía la correa al perro.
— ¿Qué le parece pollo? Se hace rápido —contestó pensando que luego podrían pasar a temas mayores.
—Bien.
Kon ladró, por una vez, en señal de acuerdo. Rukia pensó sorprendida que el vocabulario de aquel perro era asombrosamente extenso.
—Al tuyo, le quitaremos los huesos para que no te atragantes.
— ¿También va a dar de cenar a Kon? —preguntó Ichigo.
— ¡No se me ocurriría ponerme a comer delante de él y no darle nada!
— ¿Y le va a quitar los huesos?
Rukia se encogió de hombros.
— ¿Se lo imagina ahogado con un hueso de pollo? No creo que fuera muy bonito —Ichigo sonrió. Sonrió más y más basta que la sonrisa se tornó risa—. ¿Qué? —su forma de reír hacía que sintiera un calor interno que la volvía del revés. Lo guió por el aparcamiento hasta la entrada. É1 la seguía con Kon en brazos y el perro, tan contento.
—Rukia—dijo él haciendo que Rukia se parara y temblara. Tenía una voz tan suave, tan convincente. Si con una sola palabra era capaz de hacer aquello no quería ni pensar lo que podría hacer con las manos—. ¿Está segura de que no quiere casarse?
Rukia lo miró y vio que sonreía bromista, así que hizo un ademán en el aire con la mano. Desde luego, todo lo que le había contado su hermana sobre su soltería era cierto y estaba claro que pretendía seguir así.
Según Rangiku, las mujeres lo perseguían día y noche. Mujeres guapas, jóvenes, maduras, ricas y pobres. Había recorrido el mundo y, en todas partes, había sido objeto de deseo.
Pero seguía soltero.
Aquello decía mucho. Para empezar que, si quería salirse con la suya, tendría que actuar como si tal cosa.
—Bueno, supongo que me convertiré en esposa algún día, pero dentro de mucho tiempo.
—Si no quiere casarse, ¿qué quiere?
—Quiero entender la atracción de una pluma, quiero entender la lujuria y el sexo—contestó de espaldas a él—. Quiero tener unas cuantas muescas en el cabecero.
Dejó de oír pisadas tras ella. Incluso Kon se había callado. Ichigo corrió para recuperar el terreno perdido. No volvió a hablar.
Llegaron a su casa, que estaba en el segundo piso. Ichigo había subido al gordo del perro en brazos, pero no estaba jadeando. Estaba en estupenda forma física.
No podía más. Quería ver su cuerpo entero.
—Ya hemos llegado —dijo ella intentando sonar alegre en lugar de triunfal. Se dio la vuelta y lo miró dispuesta a cerrar la puerta y no dejarlo escapar.
Ichigo dudó en el umbral.
—Me acabo de dar cuenta —dijo mirando al perro—, que debería bajarlo primero a que hiciera sus cosas. No quiero que le manche el apartamento —Rukia se puso nerviosa. ¿Se estaba intentando escapar ya? ¡Pero si todavía no había intentado nada con él! Tal vez, se hubiera pasado. No debería de haber dicho lo del cabecero—. Así le dará tiempo a cambiarse, que está empapada. Volvemos en cinco minutos.
—Muy bien. Dejaré la puerta abierta —contestó ella más tranquila.
—En cuanto vuelva, me lo cuenta.
Parecía una amenaza, pero Rukia se alegró de que dijera que iba a volver.
En cuanto se fue, ella corrió a su habitación, abrió el armario y empezó a buscar qué ponerse. A finales de abril, todavía hacía fresco. Un vestido de verano era demasiado, así que eligió un vestido de punto beige de manga larga. Le llegaba por la mitad de la pantorrilla, pero le marcaba el trasero y el pecho. Corrió al espejo y, cuando se vio, se preguntó quién estaba más fea, si ella o el perro. Agarró un peine e intentó arreglarse el pelo un poco a toda velocidad.
Oyó la puerta que se abría y se cerraba.
— ¿Rukia?
—Ahora voy —contestó quitándose el maquillaje, que estaba hecho un asco. Le habían dicho que el sexo, cuando se practicaba bien, podía ser un asunto sudoroso. Seguro que Ichigo lo hacía bien, así que no necesitaba maquillaje.
Salió del dormitorio intentando andar de forma sensual. Cuando llegó al salón, Ichigo estaba mirando por la ventana y tanto él como el perro estaban empapados. Kon la vio primero y se puso a ladrar.
Ichigo se giró e intentó calmarla, pero, al ver a Rukia, se quedó sin palabras. Tragó saliva.
Kon, desafiante, fue hacia el viejo sofá de flores y se subió, con mucho esfuerzo, para estirarse cuan largo era. Incluso con los ojos cerrados, seguía gruñendo. Ichigo se aclaró la garganta.
—Lo siento. La bajo...
—Está bien.
—Está mojado.
Rukia se encogió de hombros.
—Son fundas lavables —contestó ella mirando al perro, que parecía un tocho de carne con pelos—. ¿Cree que tendrá frío? Puedo traerle una manta vieja —añadió en voz baja para no molestarla.
Ichigo, algo confuso, se acercó.
—Tiene pelo —indicó a unos treinta centímetros de ella. Rukia pensó que había llegado el momento. Dejó a un lado sus inhibiciones y pensó en lo que iba a aprender aquella noche. Ningún hombre iba a volver a sorprenderla con sus preferencias sexuales... como plumas amarillas. Lo miró a la boca para tener valor, tomó aire y se lanzó.
Ichigo, sorprendido, dio un paso atrás.
— ¿Qué...?
Rukia lo agarró con fuerza y lo besó.
«No está nada mal», pensó venciendo su duda inicial. Sabía mejor de lo que se esperaba. Sabía a experiencia, a pecado, a hombre que intuía lo que iba a pasar. Un hombre que amaba a las mujeres y a su perro.
Sabía a deseo.
Rukia esperó a que la lujuria se apoderara del cuerpo de Ichigo. Esperó a que sus instintos sexuales lo golpearan. Su ex le había dicho que los hombres no podían aguantar demasiada provocación. Por eso, él le había sido infiel.
Esperó.
Sintió que Ichigo sonreía.
¡Maldición! Rukia abrió los ojos. No se estaba excitando, se estaba riendo.
Lo primero que pensó Ichigo fue que no tenía ni idea de besar y lo segundo, lo suave que era. El tercer pensamiento fue «como Kon se despierte, la liamos».
Kon odiaba que otras féminas lo tocaran.
El hecho de que se hubiera dormido en casa de una desconocida, era señal de que se sentía más o menos a gusto con ella, algo que lo descolocaba completamente.
Si Rukia no se opusiera al matrimonio.
Ichigo se quedó tieso, un poco sorprendido, algo divertido y un poco excitado. No le devolvió el beso, pero tampoco la apartó. Se limitó a sonreír ante su decisión.
— ¿Qué pasa? —preguntó Rukia.
Sintió las palabras en los labios, unos labios calientes de excitación y ansiedad. Una mezcla peligrosa. Ichigo la agarró de los hombros y la apartó para poder respirar.
—Ah, pero ¿necesitas mi colaboración?
—Bueno... —dijo ella indecisa—. Sí.
No podía para de acariciarla, de sentir sus huesos, pequeños, y su suavidad. Para ser una mujer sin pelos en la lengua, no tenía ni idea.
—Me parece que mi hermana te ha estado llenando la cabeza con sus tácticas de seducción.
Rukia asintió.
Era para reírse, pero no podía porque el deseo se lo impedía.
— ¿Por qué? ¿Por qué me atacas... quiero decir, me seduces?
— ¿Porque te deseo quizás? —dijo ella atónita.
— ¿No estás segura? —preguntó Ichigo intentando ignorar la suavidad de su cuerpo mientras intentaba saber qué estaba ocurriendo. Aunque parecía desearlo, Rukia no parecía de esas mujeres que se metían en la cama con un hombre que apenas conocían. No era que él la conociera, pero sabía lo suficiente sobre ella. Había estado prometida y había visto que era una mujer generosa y comprensiva. Había tratado a Kon tan bien como a él.
Ichigo comenzó a pensar que lo había engañado desde el principio.
—Seguro. Te deseo.
Se sintió obligado a decirle lo obvio.
—Conozco muy bien a las mujeres, Rukia.
—Lo sé —contestó ella separando los labios.
Parecía dispuesta a volverlo a intentar.
—Me refiero, pequeña tramposa, a que sé que tramas algo. Rukia Kuchiki, ¿qué te traes entre manos?
Si un hombre le hubiera escrito a la revista para pedirle consejo sobre aquella situación, le habría dicho que saliera de allí corriendo. Se le daba muy bien dar consejos, pero no aplicárselos a sí mismo.
Rukia se encogió de hombros.
—Tal y como tú dijiste, seducción.
— ¿Solo eso? —insistió él escéptico.
— ¿Para qué iba a haber salido a la calle con el día que hace hoy? —dijo ella sorprendiéndolo—. Lo tenía todo planeado. Bueno, todo, no. No había contado con estamparme contra la puerta ni con que se me rompiera el pantalón. Pensé que, como llovía, conseguiría que me trajeras a casa...
— ¿Y qué terminaríamos exactamente como estamos?
—Más o menos. Contaba con tenerte desnudo y en la cama.
Ichigo se rió. Fue una risa masculina de superioridad que intentaba ocultar su deseo.
—Te ha salido un poco mal, ¿no?
—Quería conocerte en persona. Rangiku me ha contado tantas historias estupendas sobre ti que era como si te conociera. Decidí que te deseaba, así que no me voy a quejar.
Cuanto más hablaba, más lo sorprendía.
— ¿No te interesaba el libro? —preguntó casi aliviado. Pensar en una mujer que leyera aquellas ridiculeces lo hacía temblar.
—Claro que me interesa. Tiene muy buena pinta y me lo voy a leer de cabo a rabo —Ichigo gimió.
Al ver que aquello lo había decepcionado, Rukia se acercó y le puso la mano en el hombro mientras lo miraba con fervor.
—Pero lo que más me interesaba era conocerte.
Ichigo se pasó una mano por la frente.
— ¿Para seducirme?
—Sí.
Muchas mujeres lo habían buscado, pero ninguna se había lanzado contra una puerta, se había empapado bajo la lluvia ni había hecho caricias a su perro.
Aquello último era lo que más lo conmovía.
Estaba convencido de que era adorable. Era justo lo que Kon necesitaba. Otra persona que se preocupara de él y lo hiciera sentirse querido. Pero Rukia había dicho que no se quería casar. Qué situación. Una mujer que le convenía, que le estaba suplicando que se acostara con ella, que le gustaba su perro y se veía obligado a rechazarla porque no quería una relación duradera. ¡Ironías el destino!
—Podrías conseguir a cualquier hombre. Eres guapa...
—Gracias.
—Y tienes buen tipo —ella sonrió—. ¿Por qué yo?
—Porque tú no eres cualquier hombre —contestó ella acercándose—. Eres un hombre con experiencia, con fama. He sido buena toda la vida y mira lo que he conseguido. Un tío que prefería plumas para hacer cosas pervertidas. ¡Lo quiero saber todo sobre las plumas! Quiero saberlo... todo.
—Siento contradecirte, pero las plumas no son tan pervertidas.
— ¡Tú no viste dónde le estaba haciendo cosquillas aquella mujer!
Ichigo tosió y decidió dejarlo estar.
—Así que quieres utilizarme para hacer muescas en tu cabecero, ¿no? —Rukia ladeó la cabeza. Aquello debería de haberle parecido una buena idea casi a cualquier hombre. ¿Por qué parecía estar ofendido?—. Todo porque el idiota de tu prometido te engañó.
—Fue muy humillante. No tenía la experiencia como para asumirlo, así que lloré y pataleé y quedé como una imbécil —dijo temblando al recordarlo—. Ojalá lo hubiera dejado allí atado.
Ichigo sonrió.
— ¿Y qué hiciste?
—Me da vergüenza decirlo, pero me quedé allí, mirando, sin saber qué decir. La mujer chilló, agarró el abrigo y salió corriendo.
— ¿Así?
Rukia asintió.
—Se dejó la pluma. Renji estaba en una posición un tanto delicada, como te podrás imaginar.
Ichigo pensó que era lo mínimo que se merecía.
— ¿Cuánto tiempo lo dejaste así? —preguntó. Rukia se sonrojó—. ¿Rukia? Venga, dímelo.
—Me fui a cenar —Ichigo sonrió ante su ocurrencia—. Y al cine.
— ¿Qué viste? —preguntó Ichigo riéndose.
—No me acuerdo. No presté mucha atención. Solo pensaba en cómo iba a hacer para que se fuera de mi casa —contestó mirándolo con aquellos enormes e inocentes ojos azules—. Pensé en llamar a una amiga para que fuera a soltarlo, pero luego me di cuenta de que a Renji no le gustaría que Rangiku apareciera por allí...
— ¡No! No habría sido una buena idea.
—Lo sé. Eres muy protector con tu hermana. Me gusta —dijo acariciándole el pecho distraídamente—. Al final, decidí que tenía que ser lo suficientemente adulta como para enfrentarme a ello. Volví. En cuanto entré, Renji comenzó a insultarme y a amenazarme. Fui a la cocina y agarré un gran cuchillo.
— ¿No le...? —Ichigo vio que sonreía y sintió cierto alivio.
—Le metí un susto de muerte, sí. Era lo mínimo que se merecía. Pasó de los insultos a las súplicas. En cuanto le corté las ataduras de la mano derecha y se vio libre, volvió a insultarme.
Ichigo vio algo en sus ojos que le dijo que aquello le dolía. Habían pisoteado su orgullo, desde luego.
— ¿Qué te dijo? —le preguntó acariciándole la mejilla.
—Las típicas burradas que dice un hombre que ha pasado cuatro horas y media atado. Me echó la culpa de todo —dijo ella encogiéndose de hombros—. Me dijo que no era suficientemente mujer, que no era sensual, demasiado ingenua y recatada.
Ichigo apretó los puños y deseó pasar unos minutos a solas con semejante cretino. Era obvio por qué Rukia quería poner a prueba su sexualidad.
—Espero que no le hicieras ningún caso.
Ella sacudió la cabeza.
—Le dije que era un canalla. Menuda cara intentar echarme a mí la culpa —dijo poniéndose roja y levantando la voz. Kon bostezó. Rukia miró al perro y siguió hablando en voz baja—. Decidí tomarme aquello como un presagio.
Ichigo se sintió conmovido ante su fuerza. Desde luego, aquella Rukia Kuchiki era una mujer de armas tomar.
— ¿Y eso?
—El error de Renji fue decirme que debía ampliar mis horizontes antes de pensar en casarme. Sin experiencia, no me extraña que lo eligiera a él. Supongo que hace falta práctica para saber lo que quieres. Cuanta más experiencia tenga, mejor haré mi trabajo con las mujeres a las que ayudo y mejor me desenvolveré con los hombres que conozca en el futuro.
—Ya comprendo —dijo él sin comprender nada y pensando que no le hacía ninguna gracia imaginársela con otros hombres—. ¿Y quieres empezar a practicar conmigo? —Rukia sonrió, satisfecha de que lo hubiera entendido—. ¿Le vas a contar a tu prometido lo que estás haciendo?
—No. ¿Por qué? —contestó confusa—. Ya no es mi prometido, es mi ex, así que lo que yo haga o deje de hacer no es asunto suyo.
— ¿Seguro que no quieres darle celos? —preguntó Ichigo. No podría culparla por ello, pero esperaba que lo hubiera superado y se hubiera olvidado de él.
— ¡Podría hacerlo, desde luego! Mírate —dijo mirándolo de arriba abajo como si lo estuviera lamiendo. Tomó aire, al igual que él—. Contigo, cualquier hombre se sentiría celoso.
—Gracias.
—Pero no quiero hacer eso. ¿Para qué? No soy idiota. Renji puede jugar con todas las plumas que quiera, mientras lo haga lejos de mí. No me interesa en absoluto —Ichigo aceptó su sinceridad—. Pero, si lo que te preocupa, es tenértelas que ver con él, no te inquietes, nunca dejaré que te moleste. Te lo prometo.
—Eso no me preocupa —protestó él— y, desde luego, no necesito que me protejas.
Rukia le volvió a acariciar el pecho y suspiró.
—Ya veo. Tú amas, no pegas —apuntó ella distrayéndolo con sus caricias—. Eso es lo único que espero de ti, así que no hay problema.
¿Lo único? ¡Aquello era insultante! Valía para algo más que para practicar sexo.
—No me dan miedo las peleas.
—Shh —dijo ella intentando calmarlo y bajando la mano...
Ichigo le agarró las muñecas. Tenía la respiración agitada y los músculos tensos. Aquella mujer lo estimulaba, lo excitaba y lo enfadaba.
—Maldición — ¿por qué le afectaba tanto?
No había otra manera de hacerlo, tenía que ser brutalmente sincero con ella. Cuanto antes, antes de que perdiera el control.
—Lo siento, preciosa, pero no me interesa.
—Sí, claro. Rangiku dice que a ti siempre te interesa.
La próxima vez que viera a su hermana, la iba a estrangular.
—Puede que hace un mes hubiera sido así, pero las cosas han cambiado.
—No me deseas —dijo Rukia.
Él le puso la mano en la mejilla y le acarició el labio inferior.
—Sí, sí te deseo. Eso puedes darlo por seguro —contestó viendo que ella no entendía nada. Él se moría de deseo y ella dudaba de sus encantos.
Rukia lo miró fijamente, sin entender nada, y, de repente sacudió la cabeza.
— ¡Ya lo entiendo!
Ichigo no quería preguntar nada. No sabía si quería oír su ocurrencia.
— ¿Qué es lo que crees haber comprendido? —preguntó resignado.
— ¡Cuando hablamos del libro! Tú no entendías nada.
—Eso no es cierto.
—No te indignes —dijo ella mirándolo con compasión—. Supongo que cada uno tiene la fama que le cuelgan y, a veces, puede ser exagerada. Debí saber que ningún hombre puede ser tan adicto. Es absurdo —Ichigo iba a defenderse, pero Rukia no había terminado—. No te preocupes por lo que yo espere de ti. Si no lo sabes todo, no pasa nada. No voy a puntuarte. Yo no sé casi nada, así que seguro que no me daría cuenta si lo hicieras mal.
Por primera vez en varios años, se puso rojo de vergüenza.
—Pero qué dices...
—Seguro que salimos del paso. ¡El libro nos podría ser de ayuda! Yo solo quiero experimentar y tú eres guapísimo. Supongo que algo de verdad habrá detrás de tanta fama. Seguro que eso me inspira.
— ¿Crees que... saldremos del paso?
—Sí. Si quieres, tú puedes tumbarte ahí y yo haré todo.
Ichigo miró al techo mientras contaba hasta diez. Veinte. Era tan tentador enseñarle todo lo que sabía, métodos de seducción que había aprendido en otros países, tantas maneras de hacer que su cuerpo se retorciera de placer.
Tantas formas de hacerla suplicar más.
Los hombres que le pedían consejo en la columna, obtenían sus mejores ideas y, luego, las mujeres le mandaban cartas de agradecimiento.
¿Y aquella mujer esperaba que salieran del paso?
—No era eso en absoluto, preciosa —contestó con calma aunque hervía por dentro.
—Ya.
— ¡Para de mostrarte tan escéptica! —exclamó sin poder más. Rukia se mordió el labio intentando obedecer. Ichigo no sabía si quería besarla o estrangularla. Ambas opciones le parecieron atractivas—. Tengo motivos para no querer tener una relación solo sexual. No es porque no tenga experiencia ni porque me dé miedo una pelea.
— ¿De verdad?
—Sí.
— ¿Y cuáles son esos motivos?
Ichigo abrió la boca, pero no dijo nada. ¿Qué le iba a decir, que quería una casa para su perro? ¿Que un chucho había conseguido lo que ninguna mujer habría soñado?
Incluso a él le sonaba ridículo.
—Ya no viajo.
— ¿Por qué no?
—Porque he estado en casi todas partes y lo he visto casi todo.
Parecía fascinada, tanto como él cuando pensaba en recorrer el mundo.
—Rangiku me ha dicho que, a veces, estabas fuera durante meses. ¿Cómo lo hacías?
—Trabajando.
— ¿En otros países?
—Sí y en los Estados Unidos —contestó encogiéndose de hombros—. Siempre hay cosas que hacer. He estado en barcos y he sido guía en Alaska. También hice de intérprete en las Olimpiadas de Japón —lo miraba con ojos como platos y Ichigo se creció como un pavo. Lo único que le había faltado en todos aquellos viajes había sido alguien con quien compartirlos. Se preguntó si Rukia sabría la cantidad de dinero que había ahorrado, que había viajado sin ningún tipo de lujo, que había vivido de la tierra. Era una manera barata de viajar y la única forma de ahorrar—. Hace poco, decidí que había llegado el momento de sentar la cabeza. Tengo otras responsabilidades que me atan aquí —concluyó sin saber por qué le había contado todo aquello.
—Rangiku me dijo que Gin esperaba que te hicieras cargo de la empresa familiar, pero no creía que lo fueras a hacer. Me alegro de que se equivocara. Me contó que tu padre se sintió muy herido cuando le dijiste que no querías tu parte del negocio.
Aturdido, Ichigo se quedó sin palabras. Era cierto que Gin le había pedido varías veces que fuera a trabajar con ellos, pero ¿qué había que él y su padre no hubieran hecho ya? No quería ser uno más. No tenía nada especial, nada único, que aportar a la empresa. Nunca había sentido que lo necesitaran y se negaba a sentirlo ahora, solo porque Gin se casara con su hermana.
—En realidad —dijo molesto—, no es que no me interese la empresa. Es que tengo otro trabajo.
— ¿Cuál?
Ichigo ignoró la pregunta. La columna era algo personal y anónimo. Además, le llevaba poco tiempo, así que no era un buen ejemplo.
—Ya no viajo y ya no quiero relaciones vacías.
—No me gusta que me tildes de vacía.
—No he querido decir eso... Rukia, acostarse con alguien solo para hacer una muesca en el cabecero es algo vacío.
— ¡A mí una relación basada en practicar sexo de forma salvaje me vendría muy bien!
— ¿Ahora me dices que de forma salvaje? Pero si hace unos segundos me has dicho que me podía quedar ahí tumbado sin hacer nada.
Rukia parpadeó sorprendida.
—Pues era mentira. Era para convencerte. La verdad es que te quiero en movimiento y participativo.
— ¿Quieres que sea salvaje?
— ¿Podrías?
Ichigo estuvo a punto de sonreír ante tanta educación.
—Sería poner el listón muy alto, pero, sí, podría hacerlo.
—No entiendo nada. Tan pronto alardeas de tus proezas sexuales como te muestras tímido y aseguras que no quieres tener relaciones.
—Para un hombre que ya lo ha hecho todo, es un poco aburrido —dijo cortante—. No estoy interesado.
—No te creo.
Cuanto más cabezota se mostraba, más azules se le ponían los ojos. ¿Sería igual cuando estuviera a punto de alcanzar el orgasmo? ¿Sería igual con él dentro de su cuerpo?
¿Sería tan argumentativa en la cama o se mostraría más sumisa cuando le diera lo que quería?
—Mira, no es que me vaya a hacer monje, pero quiero sentar la cabeza, encontrar una esposa...
Rukia le tapó la boca.
— ¡Eso no tiene gracia!
—No lo es, pero es cierto. Quiero una esposa —dijo él apartándole la mano y percibiendo que tenía los dedos fríos.
— ¿Y, entonces, por qué no estás ya casado? Según Rangiku, las mujeres se ponen a tus pies.
—Porque tengo unas condiciones muy precisas.
—Ah.
Parecía cabizbaja, pero Ichigo no sabía por qué.
—Siento mucho decepcionarte, preciosa, de verdad.
Le aseguró que no le costaría nada encontrar a otro hombre. No debería jugar con nadie. Debería casarse y compartir todo aquel fuego durante toda la vida, no solo durante una noche.
Rukia se dio la vuelta y se alejó. Ichigo observó el movimiento de sus caderas y se llamó idiota diez veces.
—Si te quieres casar, fenomenal, pero ¿por qué no te diviertes hasta que encuentres a tu media naranja? ¿No será que te asusto? —preguntó sin girarse a mirarlo.
Ichigo sabía que lo estaba haciendo adrede, pero no podía soportarlo más. Había herido su masculinidad.
No aguantaba más a su libido, pero a Rukia Kuchiki, tampoco.
