Hola chicas!

Este es mi regalo de navidad anticipado para ustedes, y una especie de auto regalo de cumpleaños.

Recuerden dos cosas muy importantes:

1. La historia no me pertenece, es una adaptación de una novela corta que hago por diversión y para divertirlas a ustedes.

2. Bleach no me pertenece, ojala lo así fuera, sería la persona más feliz del mundo


Capítulo Cinco

—¿Y el libro?

Rukia miró a las tres mujeres que tenía ante sí. Maldición. ¡Se había olvidado del libro!

—No lo tengo —contestó.

—¿No existe? —preguntó Kyone.

—Sí existe —contestó Rukia mirando a Tatsuki y a Mashiro —. Lo traeré. Es que... bueno... ¡teníais razón!

Las tres entendieron a lo que se estaba refiriendo.

—No —dijo Mashiro entusiasmada.

Kyone se rió.

—¡Sí! Mírala. Está radiante.

—Solo hay una cosa que hace que una mujer esté tan radiante —apuntó Tatsuki sonriendo.

—Es un semental, tal y como me dijisteis.

—Empieza a contar. Queremos saberlo todo —dijo Tatsuki .

—Tatsuki , nada de lo que te pueda contar sería nuevo para ti a tu edad.

Tatsuki miró a Mashiro con veneno en los ojos, pero Rukia sabía que no pasaba nada. Les encantaba hacerse rabiar mutuamente.

—A mis sesenta y ocho años, soy una niña comparada contigo —protestó Tatsuki .

Kyone se dio un golpe en la rodilla. Tenía setenta y cinco años y solía ser la que ponía paz.

—Ahí te ha pillado.

—¿Queréis que os lo cuente o no? —preguntó Rukia.

—Con pelos y señales —contestó Tatsuki .

—Hice todo lo que me dijisteis... bueno, casi todo. Me llevó a casa. Me costó un poco, pero, al final, gané.

—¿Te costó? ¿No se te tiró encima?

—No, fui yo la que me tiré encima de él.

Tatsuki se hizo la indignada. Tenía los ojos cafés y el pelo negro brillante. Era como un faro en mitad de la noche, que atraía a los hombres a pesar de su edad. Tenía algo, carisma, de lo que los hombres nunca se habían cansado.

Decía que echaba de menos hacer la calle, que aquello de comportarse como una señora no era para ella.

—¿Qué tipo de hombre es ese que no ataca a una mujer?

—Es un buen hombre.

—Cariño, eso no existe —apuntó Mashiro .

—No digas eso. Claro que existen —dijo Kyone.

—Son buenos para ciertas cosas, pero Rukia no quiere una relación ahora.

—¡Claro que no, Mashiro ! Aquí nadie estaba hablando de amor.

—Mírala, pero si no cabe en sí de gozo.

Las tres miraron a Rukia.

—¡Nada de eso! Sabéis que me he olvidado de eso.

—Después de lo de tu ex, no me extraña. Sigo diciendo que deberías dejarnos que llamáramos a unos viejos amigos. A Kensei le encantaría darle un buen susto.

—Mashiro, tú siempre tan sedienta de sangre —la reprendió Kyone.

—Yo estoy de acuerdo. Deberíamos darle una paliza a ese cerdo —dijo Tatsuki .

Rukia se rió y las abrazó a las tres una por una. Le encantaba abrazarlas. Siempre le sentaba bien.

Llevaba varios años trabajando de asistente social. Había empezado con adolescentes problemáticos y había terminado con mujeres mayores. La mayoría de ellas estaban ya integradas, en casa, con sus familias y sus trabajos. Sin embargo, Tatsuki , Mashiro y Kyone eran rebeldes, no querían cumplir las reglas sociales. Les gustaba divertirse a pesar de su edad. Tenían una energía sorprendente.

Ya no la necesitaban como profesional, pero les gustaba verse. A Rukia le sentaba muy bien verlas, era como un bálsamo reparador tras sesiones con mujeres maltratadas o alcohólicos.

Quería a aquellas mujeres, eran para ella madres, tías y amigas. Las admiraba por todo lo que habían vivido y se preocupaba por ellas.

—Ichigo es un buen hombre, os lo prometo —dijo sonriendo—. Es un ligón, así que me viene perfecto para mis propósitos, pero también es un hombre honrado.

—Todos los hombres son ligones —puntualizó Mashiro —, pero a unos se les da mejor que a otros.

—¿Es un buen hombre dices? —preguntó Tatsuki enarcando una ceja negra.

—Sí —contestó Rukia haciendo un movimiento con la cabeza que las hizo reír—. Y me dijo que era sexy —añadió en voz baja—. Y sabe todo tipo de cosas estrafalarias —concluyó todavía más bajo.

—¿Cosas estrafalarias relacionadas con el sexo? —preguntó Mashiro .

—Pues claro —intervino Kyone—. ¿No creerás que se refiere a que se pone los zapatos del revés? ¿Qué hicisteis?

—Nada estrafalario —les contestó—. Perdió el control. Fue convencional, pero fue increíble.

—Claro, ya me explico porque has llegado tarde —dijo Kyone quitándose las gafas.

Tatsuki suspiró.

—Recuerdo aquellas mañanas.

—Tú lo que recuerdas es el dinero sobre la mesilla —dijo Mashiro .

—Sí, eso, también —sonrió Tatsuki .

Rukia sabía que detrás de aquellas bromas sobre sus vidas de prostitutas, se ocultaba la intención de enterrar el pasado.

A veces, aquello le rompía el corazón.

—Ichigo no se quedó a dormir.

—¿Cómo?

—Propongo que llamemos a Kensei —aulló Mashiro .

—No —se apresuró a aclarar Rukia—. Lo que pasa es que tiene un perro muy simpático, cuando no está gruñendo que...

—Vaya, se parece a Mashiro , entonces —dijo Tatsuki .

—Ja, ja.

—Bueno, el perro tiene un problema de vejiga.

—Me siento identificada —apuntó Kyone.

—La cosa es que Ichigo no quería que se lo hiciera en la alfombra y se fueron.

—¿Después de? —preguntó Tatsuki .

—Sí. La verdad es que fue maravilloso.

—¡Hurra!

—Un buen revolcón.

—Tendríamos que cargarnos a tu ex.

Rukia se rió a carcajadas. Nunca se había imaginado que el sexo pudiera ser tan maravilloso. Ichigo había logrado escandalizarla, pero no le habría dicho que parara por nada del mundo.

—¿Cuándo lo vas a volver a ver?

—No lo sé.

—¿Y eso qué diablos quiere decir?

—Es la verdad. No sé muy bien qué hacer ahora. Ichigo es un soltero de oro y temo que, si lo agobio, pase de mí.

—¿Pero le has dicho que solo querías experiencias sexuales para tardes de lluvia?

—Sí. Se lo dije y, no entiendo muy bien, por qué al principio se resistió, pero luego...

—Luego, no, ¿verdad?

—Exacto.

—Qué típico de los hombres. Bueno, ahora hay que dilucidar qué tienes que hacer.

—Debes olvidarte de él —sugirió Tatsuki.

Rukia se mordió el labio inferior. Sabía que lo mejor sería no volver a verlo, así lo habían planeado, pero no quería olvidarse de él. Todavía, no.

Tal vez, no quisiera olvidarse de él nunca. ¡No! No debía pensar eso.

—¡Tatsuki , mira lo que has hecho! Se va a poner a llorar —dijo Kyone.

—¡No estoy llorando! —se defendió Rukia. No tenía ninguna intención de sufrir por Ichigo Kurosaki. Era una aventura, una experiencia, una manera de poner un poco de gracia en su vida.

—No pongas esa cara, Rukia —la tranquilizó Tatsuki riendo—. Me refería a que te olvidaras de él durante un tiempo, para que su apetito se desborde. Si ese Ichigo es como tú dices, estará esperando a que seas tú quien vaya a buscarlo, rogando que vuelva a compartir contigo su cuerpazo. No le des lo que quiere.

—¡Exacto! ¡Buena idea, Tatsuki ! —exclamó Mashiro —. Los hombres siempre quieren lo que no pueden tener. Mientras no se lo des, volverá.

—Pero si ya se lo he dado.

—Sí, pero querrá más.

—Pero... —buscó las palabras adecuadas—, yo también.

—Muy bien dicho —indicó Kyone—. Díselo. Dile que quieres sexo... nada más. Ya verás, se volverá loco y será él quien vaya tras de ti.

—Pero espera, por lo menos, una semana —puntualizó Tatsuki —. ¡No sabrá qué pensar! Estará de lo más inseguro. Se mostrará de lo más dulce.

—Quiero conocerlo —dijo Kyone de repente—. Tráelo. Quiero juzgar con mis propios ojos si merece la pena.

Rukia sabía de primera mano que claro que merecía la pena, pero quería que lo vieran.

—Podría ir a la librería dentro de una semana en busca del libro...

—Bien, así le echaremos un vistazo a él y al libro.


No lo había llamado...

Ichigo se paseó por la librería, enfadado y dolido.

Tenía el ego por los suelos.

Había escrito tres columnas sobre mujeres liberadas y había tenido que romperlas. La realidad superaba a la ficción. Nadie se creería que se estuviera quejando de la situación.

No se lo creía ni él. Maldición. Había comprado tres cajas de preservativos pensando en ella.

Había pasado ya una semana. Ahora entendía por qué, cuando le había dicho que no se podía quedar a dormir, ella ni había parpadeado. No le había dado su teléfono ni le había dicho que se volverían a ver. Solo le había dado las gracias.

Ya sabía por qué.

Lo había utilizado. Una vez. Una sola vez y se había olvidado. Tenía el número de la tienda y el de Rangiku. Si quisiera, hubiera podido localizar el suyo. No, había pasado de él.

¿Cómo se atrevía? ¡Él no era una conquista de una noche! ¡No era un hombre con el que se pudiera jugar!

Le entraron ganas de ir a su casa y ver si lo había reducido a una muesca en el cabecero, pero, ¿y si se encontraba con otro hombre?

¿Y si se creía que iba a verla por celos?

Sabía que, si se encontrara a otro en su casa, probablemente, se pondría furioso y cometería alguna estupidez, como pegarle un puñetazo, por ejemplo.

No quería que creyera que iba tras ella. Ja. La mera idea le parecía absurda. Eran las mujeres las que lo perseguían a él, no al revés.

Ichigo suspiró y siguió paseando por la librería. Kon gimoteó. Si no lo hubiera conocido mejor, habría dicho que él también echaba de menos a Rukia, pero eso era imposible. Aquella mujer era demasiado agresiva como para echarla de menos.

Entonces, ¿por qué estaba Kon tan sensible y tan llorón? Era patético verlo así. Lo prefería gruñendo y ladrando que así, triste, desde que no veía a Rukia.

—Kon, estoy bien, así que deja de mirarme con esa cara. ¡Deja de inquietarte! No va contigo. Además, ya tengo yo bastante con lo mío.

—¿Y qué es lo tuyo?

Ichigo dio un respingo ante aquella voz suave y bromista. Rukia estaba allí, en la puerta, con expresión dulce y alegre, como si no hubiera pasado una semana, como si no lo hubiera ignorado después de haberlo utilizado. Había tomado su cuerpo, como si no tuviera alma.

No, más bien, se había apoderado también de su alma y de su corazón.

Mirarla le hacía daño.

Kon, el muy traidor, fue corriendo hacia ella y comenzó a ladrar y a aullar de contento. Rukia se acercó a él y la abrazó.

—¿Me has echado de menos, bonito?

El perro la lamió y le llenó de pelos la camiseta. Era rosa y ponía «Hecha bajo el sol».

Sí, aquella azabache, de preciosos ojos azules, estaría estupenda bajo el sol. Desnuda.

Ichigo carraspeó enfadado consigo mismo por reaccionar así ante su presencia. Al perro muchos mimos, pero a él, ni caso.

—Bueno, bueno —dijo todo lo sarcástico que pudo—, mira lo que ha traído el gato.

Al oír «gato», Kon levantó las orejas y se puso a correr por toda la tienda en busca del gato.

—¡Mira lo que has hecho! —dijo Rukia frunciendo el ceño y yendo detrás del perro. Al final, tras mucho correr, consiguió agarrarlo—. Shh, ya está. Te prometo que aquí no hay ningún otro animal.

Kon no se quedó muy convencido y la carrerita comenzó de nuevo. Ichigo se fue a la trastienda por un refresco. Le estaban ignorando, así que no creyó que lo echaran de menos.

Se había tomado ya la mitad de la botella, cuando Rukia apareció en la puerta. La camiseta le marcaba los pechos y sobre sus largas piernas reposaba una cortísima minifalda blanca. Estaba para comérsela. Se excitó.

—¿Qué haces?

Ichigo se encogió de hombros.

—Absolutamente nada. ¿Por qué?

—Bueno, bueno —comentó ella con una ceja enarcada—. ¿Nos hemos levantado hoy con el pie izquierdo?

—Lo siento —contestó intentando controlarse—. Es que ayer me acosté tarde.

«Toma, a ver cómo encajas esa», pensó.

—Yo también —contestó ella bostezando ostensiblemente.

—¿Y eso?—preguntó alerta.

—Tenía que trabajar.

—Ah.

—¿Qué creías? —preguntó ella sonriendo.

—¿Haciendo más muescas en el cabecero, quizás?

—¿Y eso te molestaría?

—Ni lo más mínimo.

Ichigo sintió deseos de besarla. ¿Por qué no? La miró y ella supo lo que quería. Se rió y dio un paso atrás.

—Parece que Kon se ha calmado ya —dijo parándose bruscamente al darse con la espalda en el frigorífico.

—Supongo que se habrá quedado sin gasolina —comento Ichigo agarrándola—. Kon puede pasarse horas corriendo de un lado para otro.

—Eso es exactamente lo que estaba haciendo... —su boca la interrumpió.

Maldición. Qué bien sabía. Demasiado bien. Mejor de lo que Ichigo recordaba.

—¿Te gustan los chupetones? —le preguntó dándole besos por el cuello.

—¿Chupetones? —repitió Rukia con la respiración entrecortada.

—Mordiscos de amor —dijo él lamiéndole el cuello—. ¿Te gustan?

—No... no lo sé —contestó ella aferrándose a sus hombros y apretando su cadera contra la de Ichigo—. Me parece que nunca me han hecho uno.

Ichigo abrió la boca y aspiró. Rukia gimió.

Ichigo siguió besándola por la mandíbula y por la oreja.

—Esto es maravilloso —dijo ella.

Lo estaba volviendo loco. Ichigo la besó voraz. Sabía que debería controlarse, que debería hablar con ella y dejar las cosas claras, pero no podía. Tendría que ser en otro momento.

—¿Alguna vez lo has hecho por la tarde?

—¿Cómo?

—Es un momento ideal para jugar.

—¿Jugar?

—Sí, aquí y ahora —dijo él. La deseaba tanto que le costaba hablar.

Rukia miró a su alrededor. Había cajas por todas partes y la trastienda era diminuta. Solo había una mesa, tres sillas y el frigorífico en el que estaba apoyada. Estaban tan cerca que Ichigo sintió su nerviosismo.

La puerta estaba abierta y, si entrara alguien, los vería. Ichigo se dio cuenta de que estaba confusa, escandalizada y excitada.

—¿Aquí? —preguntó ella mordiéndose el labio.

Ichigo la echó hacia atrás y se colocó entre sus piernas. Ladeando la cabeza podría ver si entraba alguien, pero no los verían a ellos, a menos que se asomaran a la puerta. Ichigo sabía que estaba notando su erección y el tembleque de sus manos, pero no le importó. Solo quería volver a oírla gemir.

—Aquí.

—¿De pie?

—De pie. El otro día, te parecía bien. La única diferencia es que el frigorífico está frío y te prometo que, en breve, lo vas a agradecer.

—¿Por qué?

—Porque voy a hacer que te quemes.

—Ah —dijo ella tocándole el pecho y mirando a su alrededor—. Estoy un poco como si me fuera a caer.

Ichigo sonrió.

—No te preocupes, no te vas a caer.

—¿Y si nos pillan? —preguntó ella mirándolo a los ojos y humedeciéndose los labios.

—Es excitante, ¿verdad? Hacer lo que está prohibido, correr riesgos. Oiríamos la campana de la puerta. Confía en mí —dijo besándola en la comisura de los labios.

—Muy bien —contestó ella acariciándole los antebrazos.

Ichigo la miró a los ojos mientras buscaba el dobladillo de la minifalda y se la subía. Rukia gimió.

—Te tengo que quitar las braguitas —dijo sabiendo que aquellas palabras la excitarían—, para poderte tocar —Rukia cerró los ojos—. Quieres que te toque, ¿verdad, Rukia? Por eso has venido —añadió. Habría preferido que hubiera sido porque lo echaba de menos, pero había que ser realista—. Echabas de menos esto, ¿no?

Ella asintió mientras él le acariciaba la parte interna de los muslos.

Sin previo aviso, agarró el triángulo de seda.

—¿Por qué estás húmeda? —le dijo en voz baja mientras le acariciaba por encima de las braguitas. Rukia ahogó un grito—. Mmm. Justo ahí, ¿verdad?

Ella no contestó y él se paró con un dedo apretando aquella parte tan sensible.

Rukia abrió los ojos y lo miró.

—¿Ichigo?

Le encantaba oírla decir su nombre.

—Contesta.

—¿A qué?

—¿Te gusta que te toque ahí? —preguntó de nuevo volviéndola a tocar.

—¡Sí!

—Quiero ver tus pechos, Rukia —ella lo miró—. Vamos, enséñamelos —insistió. Aquel era su juego favorito y, después de la semanita que le había hecho pasar, lo estaba disfrutando como nunca.

Rukia se volvió a morder el labio. No sabía qué hacer. Aquel gesto inocente lo excitó todavía más.

Ichigo dejó de acariciarla y repitió la orden. Rukia tragó saliva y comenzó a levantarse la camiseta. Llevaba un sujetador mínimo rosa, transparente y sexy. Ichigo se inclinó sobre ella.

Tenía los pezones erectos e Ichigo apresó uno de esos con fruición.

—¡Ichigo!

Capturó él otro, dejando dos manchas de saliva sobre el sujetador. Se echó hacia atrás para ver su obra de arte.

—Precioso.

No quería que los interrumpieran, así que decidió no extenderse mucho más. Rukia tenía la falda en la cintura y la camiseta en el cuello.

—No te muevas.

Ella ni respiró. Ichigo asintió y se arrodilló para bajarle las braguitas hasta las rodillas.

Sonó la puerta.

Rukia hizo el ademán de vestirse, pero él se levantó y la detuvo. Le puso dos dedos, que olían a ella misma, en la boca.

—No muevas ni un músculo, preciosa. ¿Entendido? —le dijo al oído. Rukia lo miró con los ojos como platos—. Shh. Confía en mí.

Ichigo salió de la trastienda y cerró la puerta tras de sí. Rezó para que las dos mujeres que habían entrado no se dieran cuenta de su estado. Por suerte, se centraron más en las novelas de amor que querían comprar. Pasaron diez minutos hasta que se fueron. Ichigo tomó aire y abrió la puerta de la trastienda. Rukia estaba tal y como la había dejado.

Seguía teniendo las braguitas rosas enrolladas en las rodillas y los pezones erectos, señal de que había estado pensando en cosas eróticas. Tal vez, no lo había echado de menos, pero había echado de menos lo que él le hacía. Y había vuelto a buscarlo. Debía aprovechar aquello. Por el bien de Kon.

Sin mediar palabra, se arrodilló frente a ella de nuevo como si no los hubieran interrumpido.

—¿Preparada, Rukia?

—Sí —contestó con la tripa contraída.

Lentamente, observando el contraste entre su piel rosada y su mano morena, Ichigo le introdujo un dedo. Rukia no apartó la mirada. Abrió las piernas todo lo que le permitían las braguitas.

—¿Quieres que te bese?

—Sí —contestó—. Por favor.

Ya no dudaba en las contestaciones. Ichigo perdió el control. Con el dedo todavía dentro, abrió la boca y la besó de forma voraz.

Rukia gimió de pYoruichir. Puso las manos sobre su cabeza y le tiró del pelo sin darse cuenta.

A él no le importó. Le gustaba que mostrara su excitación.

La llevó al límite y, entonces, le quitó las braguitas y se las metió en el bolsillo trasero del pantalón.

—A veces, a las mujeres no les gustan los encuentros rápidos —le explicó mientras le acariciaba en trasero—. Se necesita más preparación, más estimulación.

—No hables tanto —le dijo ella.

Ichigo sonrió, se bajó la cremallera y se bajó los vaqueros hasta las caderas.

—Así, cuando me introduzca en tu cuerpo, la fricción será la adecuada.

Sintió la intensidad de la mirada de Rukia que no se perdía detalle de cómo se ponía el preservativo. Se colocó entre sus piernas y ella lo abrazó.

—Pon la pierna derecha alrededor de mi cintura. Un poco más arriba. Así... Umm. Muy bien —añadió. Estaba tan lubricada que no le costó nada entrar—. Pon la pelvis hacia mí un poco más.

Rukia seguía sus instrucciones.

—Esto es bastante estrafalario, ¿verdad? —le preguntó.

—Sí —contestó él pensando que ya era suya, que la iba a volver loca, que la iba a hacer comprender que había una química especial entre ellos. Ichigo la besó—. ¿En qué pensabas mientras he ido a atender la tienda, preciosa? —le preguntó para caldear todavía más el ambiente.

—En ti —susurró ella—. En lo que me acababas de hacer.

—Sí —dijo él saboreando ya el triunfo. Quería que la besara, que la diera placer.

—Pensaba en... hacértelo a ti.

Ichigo se quedó de piedra. Se le nubló la vista.

Sin darse cuenta de su reacción, Rukia siguió explicándole, con la respiración entrecortada y moviéndose rítmicamente contra la rigidez de su cuerpo.

—Pensaba en ponerme de rodillas y tenerte en la boca, saborearte y chuparte como tú...

Ichigo gimió y alcanzó el clímax. Oyó reír a Rukia y la dejó porque segundos después era ella la que hacía lo propio.

Parecía como si hubieran transcurrido horas. Ambos jadeaban cuando oyeron la puerta de nuevo. Ichigo tuvo que salir de ella rápidamente.

¿Por qué nada salía como tenía planeado con ella? Siempre que pretendía darle lecciones de sexo, era ella la que lo sorprendía. Y, para colmo, en lugar de poder hablar con ella, tenía que salir a atender la tienda otra vez. Ichigo se quitó el preservativo, se subió los pantalones y salió.

Por desgracia, la persona que había entrado sí se fijó en su estado.

—Vaya, vaya, Ichigo Kurosaki. Eres un depravado. ¡Estabas montándotelo en la tienda de tu hermana!

Yoruichi Shihouin Kurosaki, su cuñada, reconocía la satisfacción sexual en cuanto la veía. Para eso era sexóloga.

Ichigo la miró y frunció el ceño.

—Rukia, sal. Es Yoruichi y no se va a ir sin conocerte.

—Menos mal que he llegado después —sonrió Yoruichi.

—Eres buena, Yoruichi, pero no lo suficiente como para saber eso.

—Sí, sí, lo soy, estoy segura —contestó ella riéndose y abrazándolo—. ¡Si no hubiera sido así, me habrías echado!


Bueno, espero que les haya gustado, sé que merezco tomatasos o algo parecido, la historia debió terminar hace mucho pero con el trabajo de pintora, la enfermedad y ahora los peores días del año la cabeza no me daba.

Ichigo y Rukia están un poco desinhibidos dejaron a un lado su ¿'timidez'? y se dedican a hacerlo como conejos

en fin saludos a todas, espero mañana subir los tres capítulos que faltan y les deseo a todas que pasen una bonita noche buena con las personas que quieren.