Hola! esté es el primero del día, sólo quedan dos y se termina esto.

Recuerden que la historia no es mía, es una adaptación que hago con el fin de divertirlas un rato.

Si BLEACH fuera mío envolvería a Ichigo en papel regalo y lo pondría bajo el árbol, lastimosamente no me pertenece.


Capítulo Seis

Rukia sintió deseos de ser cobarde y esconderse, pero le podía el deseo de conocer a Yoruichi Shihouin Kurosaki, la mujer del hermano mayor de Ichigo. Kisuke era médico y, según Rangiku, era tan guapo como Ichigo, pero más sobrio.

Se colocó la ropa lo mejor que pudo y se dio cuenta de que Ichigo tenía las braguitas en el pantalón. ¡No se podía creer lo que acababa de hacer! Aquello había sido más que sexo porque Ichigo era algo más. Le hubiera gustado poder hablar con él, poder haberle preguntado por Kon. Quería saber si Ichigo la había echado de menos porque ella, sin duda, lo había echado mucho de menos.

Le había enseñado a pasar un buen rato, pero le hubiera gustado tener tiempo para hacerse arrumacos.

Echó los hombros hacia atrás y salió. Estaba dispuesta a comportarse como una adulta, pero, al salir y ver a Yoruichi abrazada a Ichigo y él como si tal cosa, el muy canalla, se enfureció.

—¿Se puede saber qué diablos estáis haciendo? —preguntó no pudiendo soportar ver a otra mujer abrazándolo.

Al principio, Ichigo la miró confuso, pero luego sonrió satisfecho.

—¿Por qué maldices, Rukia?

Rukia estaba más interesada en Yoruichi que en su expresión de satisfacción. Aquella mujer era guapísima, era para quitar el hipo.

Rukia se sintió desinflada.

No sabía qué decir ni qué hacer para salir de allí. Kon fue en su ayuda.

Se acercó a Yoruichi y le gruñó.

Rukia sonrió.

Kon se acercó a ella, se sentó a su lado y gruñó a la otra mujer. Rukia se sintió un poco mejor y le acarició en la cabeza.

—No sé por qué le caigo tan mal —se quejó Yoruichi—. ¿Sigue odiando a las mujeres?

—A mí no me odia —se apresuró a contestar Rukia—. Yo le gusto.

Yoruichi sonrió.

—Ya lo veo. Supongo que, dado que Ichigo parece sentir lo mismo, eso es bueno.

Rukia se sorprendió de lo simpática y razonable que era aquella mujer.

—Sí...

Yoruichi dio un paso al frente y le tendió la mano.

—Hola, soy Yoruichi, la cuñada de Ichigo.

—Rukia Kuchiki.

—¡Tú eres Rukia! Rangiku me ha hablado mucho de tí. Por lo visto, tenemos mucho en común.

—No sé... —dijo Rukia mirándola. Era guapísima y tenía un tipo estupendo.

—Soy sexóloga y Rangiku me ha dicho que tú trabajas en servicios sociales con temas relacionados con el sexo, adolescentes y esas cosas.

—Y a mí, me encanta el sexo —apuntó Ichigo—. Así que los tres tenemos algo en común.

—Ichigo, no avergüences a tu amiga —lo reprendió Yoruichi tratándolo como a un hermano pequeño.

—Como si fuera tan fácil. En realidad, es ella la que me pone en aprietos. Es muy... abierta.

Rukia sintió deseos de darle una patada. Kon le leyó el pensamiento y miró a Ichigo con desaprobación.

Yoruichi se encogió de hombros.

—En los temas que nosotras tratamos en el trabajo, tienes que ser así.

Vaya. Aquella mujer, además de guapa, era inteligente y simpática.

Ichigo le pasó el brazo por el hombro.

—¿Sabías que Yoruichi siempre me ha tratado como si tuviera doce años? Intenté ligar con ella y no conseguí nada.

—Estaba enamorada de tu hermano, ¿recuerdas?

—Pero, entonces, no lo sabías.

—Pero sabía que no estaba enamorada de ti.

—No tienes corazón.

Rukia sonrió. Se trataban como parientes.

—Me alegro mucho de conocerte, Yoruichi. Suelo escuchar tu programa de radio. Me encanta.

—Gracias. ¿Por qué no comemos juntas y, así, nos conocemos un poco más? ¿Estás libre?

A Rukia le habría encantado, pero tenía cosas que hacer.

—¿Podríamos dejarlo para otro día? Hoy... tengo planes.

Ichigo dio un paso al frente.

—¿Qué planes?

No podía decírselo sin echar a perder la sorpresa.

—Cosas —contestó encogiéndose de hombros.

Ichigo pasó por alto la presencia de Yoruichi.

—¿Cosas relacionadas con el libertinaje?

Rukia ahogó un grito. ¿Cómo se atrevía a decir aquello delante de su cuñada?

—Sí —mintió levantando la barbilla. Ichigo intentó agarrarla, pero ella se echó hacia atrás—. De hecho, debería irme ya —era el momento perfecto, pero Ichigo tenía sus braguitas y se sentía desnuda. Su mirada le dejó claro que él lo tenía muy presente. La estaba retando a irse sin ellas o a pedírselas—. Gracias por...

—¿Por qué? —preguntó Ichigo sonriéndose satisfecho. Estaba tan guapo que Rukia sintió deseos de volverlo a meter en la trastienda.

Rukia apretó los dientes. Yoruichi los observaba.

—¿Por qué iba a ser? Por haberme divertido esta tarde. Si no, me habría aburrido.

Yoruichi se rió.

—¿Qué te parece si comemos el viernes? —le preguntó.

—Fenomenal —contestó Yoruichi sonriendo—. ¿Quedamos aquí a las once y media?

Rukia asintió.

—Perfecto. Hasta luego, Ichigo —añadió diciéndole adiós con la mano. Con cuidado, se arrodilló junto a Kon y la abrazó—. Bueno, pequeño, nos vemos dentro de poco. A ver si la próxima vez no te quedas dormido.

Rukia se fue sin decir nada más.

En cuanto Rukia hubo salido de la tienda, Ichigo se giró hacia Yoruichi.

—Hazme un favor, cuida de la tienda —dijo sacando las llaves del coche del bolsillo y comprobando que las braguitas de Rukia seguían allí.

—¿Dónde vas?

—La voy a seguir, por supuesto —contestó apresurándose a subir a la furgoneta y dejando la puerta abierta para que Kon hiciera lo mismo. Vio a Rukia que iba hacia un coche blanco—. Volveré en breve —le prometió a Yoruichi.

—Ichigo, esta es mi hora para comer.

—Te traeré comida mexicana.

—Bien, pero solo tengo una hora.

Se apresuró a seguir a Rukia, pero no tuvo que ir muy lejos. En la misma calle, la vio aparcar y entrar en una tienda de fetiches.

—No puede ser —le dijo a Kon—. ¿Qué estará tramando? Quédate aquí. Voy a ver y ahora vuelvo —añadió dejando las ventanas de ambos lados abiertas para que la perro tuviera corriente.

Se acercó al escaparate, que estaba tapado con una cortina azul para ocultar el escandaloso material que vendían dentro. Apenas veía.

Abrió la puerta y oyó la voz de Rukia hablando con un vendedor.

—Lo quiero de cuero rojo, con piedras y tachuelas plateadas.

—Tengo justo lo que necesita. Venga conmigo —contestó el dependiente.

¡Ja! Era él quien tenía lo que ella necesitaba. Dio un paso al frente, hecho un energúmeno y, al doblar la esquina, vio a Rukia comprobando la dureza de un collar de cuero rojo.

Se sintió ultrajado, escandalizado... y caliente como en su vida.

—¿Quiere ver las esposas también? —preguntó el vendedor.

—¿Tienen también esposas? ¿De verdad? —preguntó ella de lo más inocente.

—Vienen forradas con piel de borrego para que no hagan daño —le explicó el joven con una sonrisa.

—Enséñemelas —le indicó ella fascinada.

Ichigo se preguntó qué iría a hacer Rukia con todo aquello. Se le disparó la imaginación y no se dio cuenta de que la tenía al lado, dispuesta a pagar. No veía lo que se había llevado al final, pero la bolsa era enorme, casi tanto como su sonrisa.

Ichigo salió de la tienda a una distancia prudente. La oyó silbar. La vio meterse en el coche. No sabía lo que se le habría ocurrido, pero estaba dispuesto a cambiarle los planes.

—Rukia —dijo acercándose a su ventanilla.

—¡Dios, Ichigo! —exclamó dando un respingo—. ¿Qué haces aquí?

Ichigo sonrió. «Te he pillado».

—Estaba comprando algo de comer para Yoruichi.

Vio que ella fruncía el ceño.

—¿Va a comer contigo?

—Sí.

—¿Y qué piensa su marido de eso?

—Mi hermano no es ningún ogro que encadena a su mujer a su lado. Además, sabe que puede fiarse de Yoruichi.

—Ah —dijo pensando que ella no se fiaba nada de él.

—¿Qué haces aquí?

—Es una sorpresa —contestó poniéndose roja.

—¿Para quién?

—Para ti. ¿Para quién iba a ser?

Aquello le gustó.

—Toma, esto es tuyo —le dijo dándole las braguitas.

Ella las agarró y las tiró en el asiento de atrás.

—Ichigo Kurosaki, eres el hombre más molesto y...

La calló con un beso.

Sorprendente.

—Pensé en quedármelas —murmuró—. Como si fueran un trofeo.

—¿Una muesca en el cabecero?

—Sí, pero luego pensé en ti con el trasero al aire y casi me vuelvo loco.

—¿Ah, sí? ¿Loco?

—Sí, loco de deseo. Te deseo otra vez. Lo que tienen los encuentros de la hora de comer es que son como un aperitivo —dijo tocándole el cuello, un hombro y el umbral del pecho—. Quiero la comida entera.

—Yo, también —dijo ella suspirando—. No porque lo de antes no me haya gustado. De hecho, me ha encantado. Gracias.

Maldición. Estaba a punto de ponerse de rodillas ante ella en mitad de la calle. Ichigo se aclaró la garganta.

—Me tengo que ir. Yoruichi solo tiene un rato para comer.

—Eres un canalla —le dijo ella pensando que la había excitado y la dejaba allí tirada—, pero me alegro de que hayas venido. Quería preguntarte dos cosas antes, cuando me has hecho enfadar tanto que me he ido.

—Dispara.

Estaba claro que le iba a preguntar qué le parecía el tema de los artículos que acababa de comprar y él iba a estar más que dispuesto a que los utilizaran juntos.

—¿Quieres venir a trabajar conmigo esta tarde?

—¿A trabajar?

—Sí, esta tarde me toca un grupo de mujeres muy especial. Me gustaría que las conocieras y les contaras algunas experiencias de primera mano.

—Bueno... —contestó horrorizado ante la idea.

—Por favor —dijo ella parpadeando. Aquellos estupendos ojos azules lo derretían. Debería escribir una columna sobre los peligros de los ojos grandes y azules.

—Les he hablado de tí y del libro. Podrías traértelo porque me has... distraído y, al final, no me lo he llevado.

—¿Así lo llamáis ahora? ¿Distracción?

—Sí. Una distracción muy placentera, te lo aseguro.

—¿Solo placentera? Yo, más bien, diría de éxtasis, impresionante.

—Sí, la verdad es que ha sido absolutamente impresionante —ronroneó ella.

Ichigo miró el asiento de atrás y se preguntó, pero, no. Maldición. Kon lo estaba esperando en su furgoneta.

Ichigo pensó que, si tenía que hablar de sexo con jovencitas, para volverla a ver, lo haría. Kon necesitaba a Rukia. Se lo había demostrado.

—¿Dónde y a qué hora?

—¡Gracias, Ichigo! —dijo dándole una tarjeta de visita con la dirección de la clínica—. A las cinco, ¿de acuerdo? —él la agarró dubitativo. Rukia le tomó la mano y le besó en la palma—. Una cosa más. ¿Te gustaría ir a mi casa después?

Ichigo sintió que el deseo lo embriagaba.

—No —contestó confundiéndola—. Esta vez, quiero que sea en mi cama —añadió acercándose y besándola—. Iremos a cenar y a mi casa.

Con un poco de suerte, conseguiría que se quedara toda la noche, toda la semana o toda la vida.

Era lo mínimo que podía hacer por Kon.

Al volver a la furgoneta, el perro lo recibió con un lametón.

—Gracias, lo necesitaba.

Yoruichi lo estaba esperando así que se apresuró a volver a la librería. Comieron en la trastienda y su cuñada lo instó a que echara una mano en la empresa familiar, pero él no quería.

—Gin quiere dejar de viajar —lo informó Lacé.

Aquello lo interesó. Siempre le había encantado viajar. Lo echaba de menos, pero ya no podía hacerlo.

—Sabes que no puedo dejar a mi perro solo y no se puede quedar con nadie.

En ese momento, oyeron la puerta.

—Rukia podría encargarse de ella —sugirió Yoruichi poniéndose en pie y agarrando el bolso para volver a la radio.

—¿Qué te hace pensar que no la echaría de menos a ella también?

—Pues llévate a las dos. Lo arreglaré todo, pero te quiero en la empresa, Ichigo —dijo una voz. La persona que había entrado era Isshin Kurosaki, su padre. Llevaba muchos años retirado de la vida y solo el compromiso de Rangiku le había devuelto la felicidad. Ichigo estaba encantado de verlo así.

Las cosas se estaban complicando por momentos.

Yoruichi se escabulló mientras Isshin miraba a su hijo. Kon, el muy traidor, también se fue. Su padre no le había pedido nunca nada. Siempre había confiado en su hermano Kisuke, desde que su madre murió y él se había dejado de ocupar de todo, incluso de sus hijos.

Kisuke era el hombre a quien Ichigo más respetaba en el mundo, pero había sentido mucho rencor hacia su padre la mayor parte de su vida.

—¿Quieres tomar algo? Hay café.

—Un café estará fenomenal y, si pudiéramos hablar, ya sería estupendo.

—Vaya, no creí que te interesara hablar conmigo —contestó Ichigo intentando mostrarse rencoroso. Sin embargo, el recuerdo de Rukia lo acompañaba y se lo impedía.

—Te debo muchas explicaciones —dijo su padre sentándose en la mesa de la trastienda.

—No, se las debes a Kisuke. Ha sido él quien se ha ocupado de todo.

—Kisuke y yo hemos hablado y estamos intentando arreglar las cosas entre nosotros. Sé que fue muy injusto por mi parte dejárselo todo a él. Es un hombre excepcional. Estoy muy orgulloso de él...

Kisuke siempre había sido el responsable, el patriarca; Rangiku era una monada, la única chica, cariñosa; pero él había sido problemático y, en cuanto había tenido edad suficiente, se había dedicado a viajar.

—Siempre creí que te hartarías de viajar, pero Yoruichi me ha dicho que lo llevas dentro —comentó su padre como si le estuviera leyendo la mente.

—Sí, pero ya no viajo.

—¿Por qué? Lo que te he dicho antes, te lo he dicho de verdad. A Gin nunca le ha gustado viajar. De hecho, ha amenazado con irse si no me responsabilizo de una parte de ella.

—Entiendo. ¿Y quieres que ocupe tu lugar?

—No, para nada —aquello lo sorprendió—. Supongo que, dado mi comportamiento en el pasado, creerías que te lo iba a pedir, pero he cambiado. Estoy aprendiendo a disfrutar de la vida de nuevo.

—Me alegro —sonrió Ichigo—. ¿Y a qué se debe ese cambio?

—Me dieron un buen consejo —contestó su padre—. Un consejo sexual. Me aseguraron de que un poco de sexo me ayudaría a mejorar mi disposición y decidí que merecía la pena intentarlo.

Ichigo se había quedado de piedra y tardó unos minutos en recobrar la respiración.

—¿Cómo? ¿Ha sido Yoruichi la que te ha llenado la cabeza de tonterías sexuales?

—No. Escribí al tipo ese que tiene una columna de sexo en el periódico.

Ichigo se atragantó con el café y, aunque su padre se levantó a darle unas palmaditas en la espalda, no se podía recuperar. ¡Dios mío, había aconsejado a su propio padre que se corriera una juerga!

Recordó una carta sin firmar. Le había dado un buen consejo, pero no sabía que era su padre.

—Lo que ocurre es que —continuó Isshin como si su hijo no estuviera colorado como un tomate y a punto de ahogarse—, llevo demasiado tiempo fuera de onda, tanto personal como profesionalmente. En el terreno personal, puedo apañármelas —Ichigo suspiró aliviado—, pero estoy muy mayor para hacerme cargo de la empresa ahora. Tú tienes don de gentes. Todo el mundo te respeta y caes bien —oírle decir aquello a su padre hizo que Ichigo se sintiera bien—. Gin no quiere viajar y yo estoy muy mayor, pero a ti te encanta.

—¿Tendría que viajar mucho? —preguntó con curiosidad.

—Casi todo sería dentro de Japón, pero, ya te he dicho que la empresa pondría a tu disposición todo lo que quisieras.

—No quiero que Kon tenga que viajar en la bodega de un avión. No lo entendería.

—Tenemos un avión privado. Podría ir en él contigo —contestó Isshin mirando al perro, que estaba dormido.

Aquella propuesta era tentadora. Llevaba semanas queriendo moverse de nuevo. Además, Rukia había dicho que quería viajar...

Claro que también le había dicho que solo lo quería para hacer una muesca en el cabecero. Tendría que convencerla.

Aquella noche tenía la oportunidad perfecta. Tenía que conseguir volverla loca para que lo siguiera en sus viajes.

Seguro que Kon odiaría volar.

Ichigo maldijo.

—¿Qué pasa?

—Nada, estaba pensando en...

—¿Los viajes al extranjero? Solo serían un par de veces al año. México, Taiwan o China.

Si seguía con Rukia, Kon podría quedarse con ella. Sería estupendo que las dos lo esperaran a su regreso.

—En realidad, estaba pensando en una mujer que he conocido hace poco. No me gustaría irme y dejarla sola porque es tan atractiva que tendría colas de pretendientes —Isshin parpadeó, echó la cabeza hacia atrás y se rió. Ichigo no recordaba la última vez que había visto reír a su padre—. ¿Te importaría decirme dónde está el chiste?

—¡Estás enamorado! Es maravilloso —contestó su padre quitándose las lágrimas de los ojos.

¿Enamorado?

—No la conozco tanto.

—¿Y? A los pocos minutos de conocer a tu madre, supe que era la mujer de mi vida.

—Rukia me vuelve loco.

—Eso es buena señal. Cuando conocí a tu madre, no sabía si besarla o estrangularla.

—Me parece que ganó la primera opción, ¿no? —Ichigo se encontró sonriendo.

—Sí. Me costó mucho ganármela —dijo adoptando un tono solemne de nuevo—. Hijo, sé que hemos perdido mucho años y me gustaría que me perdonaras, pero, si no lo hicieras, lo entendería.

—Te perdono —contestó Ichigo sin dudarlo.

—Gracias —dijo su padre levantándose—. La quieres, hijo. Te lo veo en la cara.

—No sé. No es tan fácil —contestó él levantándose también.

—¡El amor nunca lo es! Seguro que ella siente lo mismo porque tú eres una buena presa —le dijo dándole una palmada en el hombro—. Gracias por lo del trabajo. Te necesitamos.

—Lo hablaré con Rukia —sonrió Ichigo.

«¿Quién sabe? Dijo que quería viajar. Tal vez, así logre que se casé conmigo».

Estaba dispuesto a intentar cualquier cosa.


Hey espero que hayan disfrutado el capítulo.

No se ustedes, pero creo que a Ichigo se le está pegando lo pervertido, robarle las bragas a Rukia? Este hombre cada vez sorprende más.

En fin, feliz navidad para todas y espero muchos reviews!