Hey, apuesto a que ya se saben esto de memoria, pero es mi deber repetirlo.

Ni la historia ni Bleach me pertenecen.


Capítulo Siete

Rukia esperó a Ichigo fuera de la clínica. No podía dejar de pensar en lo que le había hecho, en lo que habían hecho juntos. Había sido maravilloso.

Tampoco podía dejar de pensar en Kon.

Lo echaba tanto de menos como a él. ¡Ambos eran tan especiales! ¿Cuántos hombres jóvenes, guapos, viriles y con mundo sentarían la cabeza para cuidar de un perro?

Un perro muy necesitado.

No muchos.

Ichigo era especial.

Y ella estaba colada por él.

Rukia se dejó caer sobre el muro de ladrillo de la clínica. ¿Cuánto tiempo estaría con el? ¿Unos días más? ¿Una semana? No le fue fácil reconocerse a sí misma que se había enamorado de él. Había previsto embarcarse en algo superficial, tener recuerdos sin ataduras, como muchas otras hacían. Su ex le había dicho que era demasiado estrecha y ella había querido demostrarle que no era cierto. Lo que él pensara ya daba igual.

En el fondo de su corazón, que era lo que importaba, Rukia sabía que nunca había sido mujer de aventuras sexuales.

El aspecto sexual con Ichigo era estupendo. Inigualable, pero también quería que la abrazara. Quería preguntarle por sus viajes. Casi todo lo que sabía de él lo sabía por Rangiku y no era suficiente.

Kyone, Mashiro y Tatsuki le habían aconsejado que insistiera. No en el tema sexual sino, precisamente, en las demás cosas que quería darle. Afecto, cariño y... amor.

Rukia sabía que había ido demasiado lejos. Ya no podía echarse atrás.

¡Era imposible, no podía querer a Ichigo Kurosaki!

En ese momento, oyó un silbido, miró y allí estaba él. Estupendo. Con una camiseta blanca y unas bermudas verde caqui, los dientes blancos y la cara morena. Su corazón dio un vuelco y detrás fue el estómago.

No podía darle amor, pero sí aprecio femenino.

Rukia corrió a sus brazos. Aquello pilló por sorpresa a Ichigo.

—Te he echado de menos —le dijo besándolo.

—Hmm. Me gusta este tipo de bienvenida.

—No he parado de pensar en... lo que hemos hecho esta tarde —dijo Rukia. Había estado a punto de decirle que no había parado de pensar en él, pero habría sido demasiado.

—Nos está mirando todo el mundo —dijo Ichigo mirando a su alrededor.

—¡Uy! —exclamó ella. Lo último que quería era montar el numerito en la puerta del trabajo.

—¿Te has puesto braguitas?

—¡Por supuesto!

—Aguafiestas.

Cómo lo había dicho. Aquel hombre podía hacer que lo deseara con una sola palabra.

—Ichigo, compórtate. Vas a hacer que me desconcentre y que no pueda estar pendiente de la reunión.

—Esta noche, ¿qué quieres? —dijo él agarrándola de la mano—. ¿Convencional o estrafalario?

—Ichigo...

—Eh, tengo que planearlo. ¿Qué vas a querer?

—¿Qué te parecen los dos tipos?

—Pequeña brújula —contestó él admirado—. Muy bien, los dos.

—Estaba bromeando.

—Yo, no —contestó él dándole el libro que le había pedido—. ¿Has leído esto?

—Todavía, no. ¿Por qué? ¿Tú, sí?

—Le he echado un vistazo. Es... interesante, pero no siempre preciso.

—¿Ves? Sabía que tu experiencia iba a añadir mucho —dijo ella sonriendo.

—Vamos con ello antes de que cambie de opinión.

Rukia lo agarró del brazo y entraron en el edificio.

—No estás nervioso, ¿verdad?

—¿Por qué iba a estarlo? ¿Por tener que hablar con unas jovencitas sobre sexo?

—Bueno, no son... —apuntó Rukia mientras abría la puerta. Le iba a decir que sus amigas no eran precisamente unas jovencitas, pero no hizo falta porque ya los estaban esperando.

Ichigo se quedó de piedra.

Tatsuki estaba sentada escuchando música, Kyone estaba sumida en sus pensamientos y Mashiro hablaba con alguien que tenía detrás.

Ichigo miró a su alrededor.

—No son jovencitas.

—No.

Kyone silbó de admiración al ver a Ichigo.

Tatsuki asintió.

—Sí, sí, el chico está estupendo.

—Esta chica sabe elegir —apuntó Kyone.

—Además, no parecen tener problemas sexuales —comentó Ichigo.

—¡Ja! —dijo Kyone.

—Puedes darlo por seguro, muñeco —contestó Tatsuki sonriendo coqueta.

—Son muy buenas, Ichigo, te lo prometo —intervino Rukia mirando a Kyone y a Tatsuki insistentemente para que se reprimieran un poco. Ichigo estaba a punto de salir corriendo.

Mashiro se acercó y el hombre con el que estaba hablando se levantó.

Debía de medir casi dos metros, era musculoso y calvo. Llevaba una camiseta negra de Harley Davidson sin mangas para que se le vieran bien los bíceps. En el antebrazo derecha tenía un tatuaje de una mujer desnuda. Cuando movía el brazo, la mujer bailaba.

Rukia tragó saliva.

—Él no es mujer —dijo Ichigo.

El gorila se acercó.

Rukia pensó en tenderle la mano, pero prefirió esconderse detrás de Ichigo.

Mashiro se rió a carcajadas.

—Cariño, te presento a Kensei.

—¿Kensei? ¿Eres tú? —preguntó Rukia asomándose—. Me alegro mucho de conocerte —dijo sinceramente. Muchas veces se había preguntado si aquel hombre existiría de verdad o sería una invención de Mashiro .

Era real. Muy real.

Le besó a Rukia la mano, pero sin apartar los ojos de Mashiro , a la que miraba con adoración.

Rukia miró a Kyone y luego a Tatsuki , que seguía obnubilada con cierta parte de la anatomía de Ichigo.

—Tatsuki , para —le ordenó Kyone—. ¿No ves que Rukia es celosa? Mírale los ojos, se le están poniendo rojos.

—Tienes razón. Pero si está roja de ira —apuntó Tatsuki —. Mira, Mashiro , deja de flirtear con tu amigo y ven a ver a Rukia.

Ciertamente, se estaba poniendo roja, sobre todo cuando Ichigo se giró y la miró con una gran sonrisa.

—¿Estás celosa, preciosa? Pero si yo no he dicho nada cuando Kensei te ha besado la mano.

—Así que tú eres el tío del que nos ha hablado Rukia —intervino Tatsuki .

Ichigo miró a Rukia.

Ella se encogió de hombros.

—No les he contado todo. Solo...

—Ha fardado de ti, eso es lo que ha hecho. Después del inútil con el que estuvo a punto de casarse, nos alegramos de que lo haya hecho.

—¿Qué les ha contado exactamente?

—Nos ha dicho que usted la hace feliz —contestó Kyone—. Y, desde luego, Rukia se merece ser feliz.

Rukia pensó que las cosas se le estaban yendo de las manos.

—¿Vamos a celebrar la reunión o no? —preguntó.

—No —contestó Mashiro —. Es más importante conocer a Ichigo.

—Además, no creo que pueda contarnos nada nuevo sobre el sexo —apuntó Kyone.

—Exacto. Nos pagaban por ser expertas —puntualizó Tatsuki .

Rukia se giró y miró a Ichigo.

—Lo siento —susurró.

—¿Por qué? —dijo él acariciándole la mejilla.

—Yo... —comenzó. Estaba confusa—. Yo te iba a hablar de esto, de mis amigas...

—¿Son amigas tuyas? —preguntó Ichigo. Ella asintió—. Eso demuestra lo especial que eres. Supongo que la amistad entre vosotras nacería a partir de las sesiones.

—Aciertas de pleno —dijo Mashiro .

—Somos muy amigas —intervino Kyone—. Es como una hija para nosotras. No lo olvides nunca, jovencito.

Tatsuki se rió.

—Rukia, tranquilízate. No creo que le den miedo tres viejas. ¿Verdad que no, Ichigo?

Ichigo las miró y en sus ojos brilló el reto.

—¿Por qué no nos sentamos? —preguntó abrazando a Rukia, a quien casi se le cayó el libro de las manos—. Me parece que hay unas cuantas cosas que les podría enseñar.

Kensei sonrió.

—¡Tú sueñas! —exclamaron Kyone y Tatsuki al unísono.

Rukia deseó que se la tragara la tierra. Aquello no tenía nada que ver con lo que ella había planeado.

Ichigo sintió ganas de reír ante la cara de tonta que se le había quedado a Rukia.

¡Prostitutas! ¿Cómo iba él a haber imaginado que era consejera de mujeres de la noche? Rukia no dejaba de sorprenderlo.

—Creía que me iba a encontrar con adolescentes embarazadas o que tenían problemas en casa —comentó Ichigo.

—No esperabas encontrarte con unos vejestorios, ¿verdad? —le preguntó Tatsuki .

—No esperaba encontrarme con mujeres maduras, no.

—Rukia es consejera de gente de todas las edades. Las pobres adolescentes que has dicho vienen los martes.

—Y tiene suerte de tenerla —apuntó Mashiro —. Rukia es una mujer muy compasiva.

—Además, es inteligente y sabe escuchar —añadió Kyone sonriendo a Rukia.

Rukia se había sentado en su silla y tenía la cara escondida tras el pelo. Estaba avergonzada del giro que habían tomado los acontecimientos.

Aun así, estaba guapísima. Ichigo le miró las piernas y deseó comenzar a besarle los tobillos y seguir subiendo y subiendo.

Hasta hacerla jadear y gemir y... se aclaró la garganta.

—¿Cuántas tardes por semana vienen ustedes?

—Dos o tres —contestó Mashiro sentándose en el regazo de Kensei—. Hace años que deberíamos haber dejado de venir, pero nos gusta mucho hablar con ella. Es como la hija que nunca hemos tenido.

Ichigo sabía que Rukia era una mujer que no juzgaba a la gente, que buscaba dentro de las personas. Lo sabía por cómo había aceptado a Kon.

—¿Sabían ustedes que un hombre puede tener adicción al olor de una mujer?

Rukia levantó la cabeza y lo miró con fascinación.

Kyone se burló.

Mashiro miró a Kensei, que le olió el hombro.

—¿De dónde te has sacado eso? —preguntó Tatsuki encogiéndose de hombros.

—Lo he leído en un estudio médico. Mi hermano es médico y mi cuñada es sexóloga.

Aquello hizo que los presentes levantaran las cejas. Ichigo disimuló una sonrisa.

—La piel de cada mujer huele diferente. El cuerpo del hombre se acostumbra a ese olor y, si ella se va... —«o muere», pensó Ichigo entendiendo de pronto a su padre—, el hombre pasa por un período de abstinencia muy doloroso.

Ichigo miró a Rukia e intentó imaginarse cómo se sentiría si no pudiera volver a abrazarla ni a besarla. Se conocían hacía poco tiempo, pero se había enganchado de ella, de su risa, de su sonrisa, de su dulzura. Y de su olor.

Se imaginó lo que habría sufrido su padre, a quien le habían arrebatado a la mujer de su vida.

Las mujeres no dijeron nada. Miraban a Ichigo con más respeto. Él sabía que esperaban que les hablara de posturas o tonterías así, pero él era más listo.

—¿Sabían que el sexo es un analgésico natural? —las mujeres aguzaron el oído—. Sí, al practicar el sexo se liberan endorfinas, que reducen el dolor.

—Fascinante —dijo Rukia—. Rangiku me contó algo sobre esto.

—Pues a mí me duele la rodilla —dijo Kensei haciendo reír a todos.

—Tantos los hombres como las mujeres —continuó Ichigo encantado de haber captado su atención—, liberamos testosterona, que es el único verdadero afrodisíaco.

—Muy bien. Tú ganas. No sabía nada de eso —confesó Kyone.

—¿Quieres que te contemos lo que sabemos nosotras? —preguntó Mashiro .

—Lo siento, chicas, pero me temo que ya lo sé todo —contestó él echándose hacia atrás en la silla y cruzándose de brazos. Rukia le lanzó el libro, que él cazó al vuelo, mientras las demás lo abucheaban y hacían comentarios irónicos—. Me lo estoy pasando muy bien, preciosa. Deberías haberme presentado antes a tus amigas —añadió lanzándole un beso—.

Deberías leerte este libro. Sobre todo, el capítulo seis —dijo Ichigo entregándole el libro a Kensei.

Kensei lo ojeó y sonrió.

—Muy interesante.

Mashiro intentó arrebatárselo, pero él se lo impidió.

—Si quieres saber lo que pone, ya te lo leeré yo —sugirió Kensei.

—¿Me estás retando? —preguntó Mashiro .

Kensei miró a Rukia.

—¿Te importaría que Mashiro y yo nos fuéramos un poco antes? Ahora que volvemos a estar juntos, me gustaría recuperar el tiempo perdido.

Rukia miró a la pareja con ojos románticos.

—Claro que no me importa —suspiró—. Me parece muy dulce por tu parte.

Mashiro tenía el pelo canoso y sus ojos marrones normalmente estaba apagados, pero, en aquel momento, parecía una colegiala. Ichigo deseó imitar a Kensei y sentar a Rukia en el regazo, pero la tenía demasiado lejos.

Cuando Mashiro y Kensei se fueron, Tatsuki y Kyone se pusieron a hacer conjeturas sobre qué tal les iría juntos. Ichigo aprovechó el momento para agarrar a Rukia y besarla.

Las dos mujeres silbaron y vitorearon. Rukia escondió la cara.

—¿Quién de ustedes es la que hace esos eslóganes tan increíbles? —preguntó Ichigo.

—Me parece que yo —contestó Kyone.

—¿Le importaría que habláramos de negocios un momento?

Kyone miró a Tatsuki y a Rukia.

—Claro —contestó sonrojada—. ¿Ahora?

—Me gustaría hacerle una propuesta.

—Soy una experta en proposiciones, cielo.

—No me refería a eso —contestó él sonriendo. Le gustaba que aquellas mujeres hablaran de manera tan natural. No escondían su pasado y no se avergonzaban de él—. Acabo de aceptar un trabajo que me ha ofrecido mi padre. Me voy a encargar de realizar las compras y tendré que viajar —explicó. Con el rabillo del ojo, vio que Rukia daba un respingo. La miró y vio que se había quedado pálida. Le preguntó qué le pasaba, pero ella bajó la cabeza y se miró las manos. Ichigo carraspeó—. Nuestra empresa es de deportes y actividades al aire libre. Escalada, piragua y cosas así. Casi todo lo que vendemos va dedicado a la gente joven. He pensado que sus eslóganes podrían ser perfectos para llamar su atención.

—Podría ser divertido —dijo Kyone emocionada.

—¿Por qué no se lo piensa, me da un par de ejemplos y se los presentamos a mi padre?

—¡Me pondré manos a la obra inmediatamente! —exclamó ella alejándose pensando en voz alta ya. Ichigo la miró y vio que estaba delgada para su edad y que andaba con elegancia. Se dio cuenta de que Tatsuki y Mashiro también estaban muy bien y se preguntó qué pensaría su padre de ellas. Se moría de ganas de presentarle a Kyone. Sería una buena terapia de choque para su regreso al mundo.

Tatsuki levantó las manos.

—Me parece que me he quedado de sujetavelas.

—¡Para nada! —contestó Rukia.

—Tengo una cita, cariño, así que no te preocupes —dijo Tatsuki despidiéndose.

—¿Una cita? —preguntó Ichigo.

—Tatsuki tiene mucho éxito con los jubilados —contestó Rukia.

—Hoy he quedado con un viudo muy guapo —confesó la interesada—. ¡Es seis años más joven que yo1 —confesó bajando la voz—. Solo tiene sesenta y dos. ¿No es estupendo?

Ichigo se rió y se despidió de ella con un abrazo. Le dijo que se lo pasara bien y se imaginó que el viudo iba a estar muy ocupado aquella noche.

—¿Estás bien? —preguntó Ichigo a Rukia en cuanto se quedaron solos.

—Sí, estoy bien.

Ichigo no la creyó. Estaba preocupada por algo y Ichigo decidió averiguar qué era cuando estuvieran en su casa. La agarró de la mano y fueron hada la salida.

—¿Lo has hecho alguna vez en una bañera de burbujas, preciosa?

—¿Como?

—Sí, en el jardín.

—Pero... hace frío.

—Mujer de poca fe. Te prometo que no vas a pasar nada de frío. De eso me encargo yo —dijo Ichigo acercándose y mordiéndole el lóbulo de la oreja.

Una vez en la calle, Ichigo fue hacia su coche, pero ella se paró.

—No, yo prefiero ir en el mío. Nos vemos en tu casa.

Ni por asomo. Ichigo quería que se quedara toda la noche y llevarla a su casa él personalmente al día siguiente. Si no tenía coche, sería mucho más fácil.

—¿Por qué? El coche estará bien aquí.

—Pero... —contestó ella dudando—. Bueno, está bien. Espera un momento —añadió abriendo el maletero de su coche y sacando la bolsa de la tienda. Ichigo pensó en aquel collar.

—¿Qué llevas ahí? —le preguntó.

—Es una sorpresa, ya te lo he dicho —contestó ella sonriendo—. Te lo enseñaré esta noche —Ichigo se moría de ganas—. ¿Ichigo? Te quería preguntar una cosa —le dijo una vez sentada en el coche—. ¿Tú sabes igual que yo?

—¿Cómo?

—Llevo todo el día pensándolo. No me importa que jugueteemos un rato en el jacuzzi del jardín, pero prefiero hacer lo otro dentro. No me gustaría que nos vieran los vecinos.

—Ya... —dijo Ichigo anonadado—. ¿Quieres...? —no podía ni hacerle la pregunta sin excitarse.

—Sí —contestó ella poniéndole la mano en el muslo—. Quiero hacerte lo mismo que tú me has hecho a mí —añadió subiendo la mano hasta la erección. Ichigo aguantó la respiración. Ella bajó hasta la rodilla. Ichigo suspiró de decepción y alivio. Aceleró—. Despacio, Ichigo, como me has enseñado —dijo ella volviendo a subir la mano—. Y rápido al final, ¿no?

Ichigo apretó las mandíbulas para no gemir de deseo. Se imaginó su boca, su lengua juguetona. Tragó saliva.

Muy bien, quería jugar. Estupendo, sobre todo si se mostraba tan dispuesta.

Se sintió como una doncella victoriana al borde del desmayo. Tuvo que concentrarse en la carretera para no acabar contra un árbol.

Había habido otras mujeres que lo habían excitado. De hecho, lo que Rukia le estaba proponiendo ya se lo habían hecho. Había hecho de todo con una mujer. Entonces, ¿por qué estaba temblando? ¿Por qué estaba teniendo sudores fríos?

Debía admitirlo. Se estaba enamorando y estaba encantado.


No les gustaría conocer a un chico como este?