Ninguno de los personajes me pertenecen, todos ellos son creación y propiedad de Sunrise
Capítulo 2
Intersecciones
Las puertas del tren golpearon con fuerza tras ella. Una turba humana guió sus pasos hacia la salida. No pudo evitar observar hacia los lados, todo a su alrededor, rostros que se confundían a su alrededor, alargados, eternos, iguales. Casi pudo sentir como sus colmillos crecían, se sentía como un depredador jugueteando, suavemente, entre sus presas. Sus manos se crisparon sin darse cuenta.
Siguió la fila de estudiantes que iniciaba el camino a la escuela. Estaba sola, pero no le molestaba, Mikoto había tenido problemas para levantarse luego de la noche anterior. Los uniformes de la escuela alrededor le saludaban. No eran la gran cosa, todos iguales, la marca de una escuela pública, un buen lugar por donde todos pasaban por igual. Sin diferencia, sin nada especial. Levantó la barbilla, ella era más y lo sabía.
En medio del tumulto distinguió la característica cinta roja de la presidenta. Un escarlata profundo que desde su brazo hacía resaltar su posición. Escondida en la multitud dejó que su mirada vagara por ella. Era alta, más que la media, la coronilla de su cabello sobresalía entre medio de las chicas que la rodeaban. Natsuki se adelantó unos pasos, mirando con el rabillo del ojo hacia su dirección. Tenía ese extraño color de ojos rojizos, la mujer se escapaba de lo que ella antes había visto, le sorprendía e intrigaba a la vez. Mantuvo la distancia, aún inseparable de la multitud que avanzaba y se disgregaba camino a la entrada. La peliazul siguió con la vista el caminar elegante de la castaña. Era, en muchos sentidos, especial, pero no rompería la barrera que las separaba, estaba bien así, no le correspondía y no rompería ese delicado equilibrio. No la conocía en persona, a la poderosa Fujino-sama, y seguramente no lo haría, pero le gustaba observarla. Era hermosa, iba mucho más allá de la simple belleza, tenía un algo más que hipnotizaba. Su presencia llenaba todo, tenía esa atracción magnética que movía a las personas. Ella podía susurrar a los demás y el resto le escucharía.
Shizuru Fujino. Ojeó nuevamente su banda roja, un pequeño desliz rojo destellaron en sus iris verdes.
Esa mujer seguramente tendría todo lo que se propusiera gracias a su gran presencia. Natsuki era distinta. Tragó, intentando pasar el mal sabor de la boca. Ella era distinta, y lo sabía. Tenía que abrirse paso en el mundo a golpes.
O más bien a mordidas.
Bajó la vista, olvidando todo lo que le rodeaba, intentando borrar el recuerdo de la joven moviéndose entre la masa. Otra punzada de curiosidad y necesidad le hizo sujetarse suavemente un costado.
No.
No.
Estaba prohibido.
Estaban solos, todos estaban solos. Natsuki lo sabía, y no podía hacer nada por ello. No podía intentar seguir el paso de los demás, ni tampoco intentar que los demás siguieran el propio. Estaban solos en medio de la lucha, en medio del gentío interminable. En esa gran masa de gente cada uno era un pequeño universo indescifrable.
Y ella no era la excepción.
Estaba sola, y, por seguridad, debía seguir así. Nunca había hecho siquiera el intento de cruzar caminos con la castaña, mucho menos hablarle o saludarla. No quería inmiscuirla en algo que no tenía fondo, ni tampoco deseaba terminar ella en una situación de la que jamás saldría, de la que jamás se desprendería.
-No tengo un futuro que ofrecer- Se susurró, cambiando su dirección y tomando una de las entradas laterales de la escuela. Evitó la pequeña avalancha de gente que se concentraba en las puertas principales y, a la vez, el grupo de alumnos que se arremolinaban en torno a la Kaichou. Como un perro avergonzado y herido la peliazul se desvaneció en medio de sus compañeros, tomando la entrada lateral y perdiéndose por los pasillos. Intentaba pasar desapercibida, intentaba ser una más entre todos.
Natsuki sólo quería terminar su día de clases y salir de ahí. Era asfixiante.
-Kuga-kun.., ¡Kuga-kun!- La joven se levantó de un salto, reconociendo su nombre en las palabras del profesor. El hombre la miró con un resoplido, era la tercera vez que perdía el hilo de atención en la clase. Pasaba en cada una de sus materias, después de todo, esa alumna era la alumna problema de la que todos los profesores comentaban. Pero tres veces en menos de media hora era demasiado. –Quiero ver sus ojos en el pizarrón… ¿Podría pasar adelante y resolver el ejercicio?- Exigió, golpeando suavemente la pizarra con una tiza. La peliazul dibujó una mueca en su rostro y, en silencio, inició el recorrido al frente de la sala. Era estúpido, no sabía la respuesta, no la sabría ni siquiera aunque un rayo divino la golpeara de lleno. Sonrió, imaginándose un golpe de dios dándole en el rostro, por lo menos serviría para despertarla. Matemáticas estaba lejos de ser su mejor asignatura. Se perdía en medio de tantos números y signos, no entendía el por qué de tanta ecuación y operación cuando ella podía resolver todo lo que necesitaba con unas cuantas sumas y restas. Tomó el pedazo de tiza que el profesor extendía en su palma. Lo miró unos momentos y luego dirigió la vista al hombre, que tenía sus ojos fijos en sus nudillos. Natsuki carraspeó, intentando recuperar la atención del profesor. Este giró nuevamente su rostro hacia ella y una mueca de disgusto pero también de resignación se dibujó en sus labios cuando la joven negó con la cabeza. –Vuelve a tu puesto… hablaremos más tarde- Sentenció, cogiendo la tiza y redirigiéndose al resto de la clase. El curso completo miraba la escena sin sorpresa. Kuga era así, no solía contestar, tampoco prestar atención.
Y para nadie era un choque su actitud fría y algo insolente.
Chie volvió su espalda para mirar como su compañera volvía al último asiento de la fila. Natsuki no correspondió su mirada, volvió los ojos al cielo soleado de la tarde, quitándole importancia al asunto. Sólo quedaba una asignatura más antes de poder escapar de esa prisión. Estaba preocupada, Mikoto no despertó esa mañana llena de energía como solía ser. Quería regresar y ver a la pequeña.
Quería regresar a casa.
La joven con lentes volvió nuevamente la vista al frente. No sin antes remover sus gafas, dándole con el reflejo metálico del marco en la cara a la peliazul. Natsuki no se dio por enterada, sin girar el rostro o los ojos. Chie subió los hombros a la vez que volvía a tomar su lápiz y garabateaba un par de apuntes. Luego hablaría con ella, la joven estaba despertando demasiadas dudas que exigían una respuesta.
Kuga siempre había sido un caso, pero sólo había caído en su atención hacía muy poco tiempo, desde que se fijó en cómo miraba a la presidenta. La joven anotó un par de fórmulas y luego inició un punteo con sus ideas originales. Siempre las anotaba y luego las contrastaba, intentaba siempre depurar lo más posible sus impresiones.
El placer de saber.
El poder de saber.
Eso era lo que le interesaba. Y Kuga podía darle mucho poder, esa joven era incontrolable incluso para los profesores, hasta ahora nadie en la escuela encontraba la manera de corregir o refrenar su comportamiento, mucho menos la manera de dirigirlo. Sonrió. El timbre repicó por todo el edificio, sacándolos a todos de su sopor y provocando suspiros y exclamaciones de alegría.
Por fin el día terminaba.
Natsuki se levantó, guardando todo con rapidez, sin dirigir la mirada a un punto específico. Sólo quería largarse, si tenía suerte el profesor lo olvidaría y podría seguir su camino a casa sin más preocupaciones.
-Kuga-kun, ven acá-
Aunque claro, eso era pedirle mucho a su suerte.
Colocándose su mochila al hombro se acercó sin ganas al escritorio en el que el hombre terminaba de guardar sus papeles. Esperó a que cerrara su maletín y aspirara profundamente una bocanada de aire, preparándose para el encuentro con su alumna. Cuando se giró a verla se sorprendió de encontrar los ojos verdes en una línea con los de él.
Estaba acostumbrado a mirar hacia abajo. Sus alumnos solían ser más bajos.
Luego recordó que Natsuki iba un año atrasada. Y aún así era alta, muy alta para su gusto.
-Kuga-kun- Inició, recobrando la compostura, sin que la joven llegara realmente a notar su traspiés. –Estoy preocupado por tus notas, por tu atención a la clase… y por tus faltas a la escuela- Invitó a la joven a sentarse con un gesto mientras él se apoyaba en el escritorio, intentando encontrar las palabras adecuadas para seguir. –A decir verdad… todos los profesores lo estamos. Hemos hablado del tema y…- Pareció pensarlo un segundo. Un par de puntadas golpearon el estómago de la mujer, casi veía hacia dónde se dirigía esa charla. No le gustaba.
No le gustaba para nada.
-Hemos decidido que tomarás clases extra, luego del final de clases… te asignaremos un alumno de un curso superior para que se encargue de ellas… y no, no puedes faltar ni rehuirlas. Es por tu bien, por tu futuro, Kuga-kun- Sentenció, al ver como la joven abría la boca para protestar. –Empezarás desde la próxima semana- El hombre se levantó, y sin agregar nada más abandonó la sala. Natsuki miró como se retiraba de la sala y se perdía entre los pasillos, con una sensación de opresión en el pecho.
Sentada sobre el pequeño escritorio de escuela, sola, en medio de la tarde que pasaba lentamente. Una mano en un bolsillo y la otra en su mochila, colgando. La joven sintió deseos de gritar. Seguiría ahí, seguiría ahí encerrada por mucho tiempo más. Un tiempo que, desde su posición, le parecía intrazable, interminable.
Se levantó de mala gana, pateando de paso la pata metálica que quedaba más cerca, rumeando maldiciones en contra de todo el cuerpo de profesores de esa maldita escuela.
Dejó que sus piernas reaccionaran solas, llevándola de regreso a casa.
O eso pensó.
Pronto sus pies la dirigieron a los pisos superiores, pasó por fuera de los salones de música y ciencias. Ruidos apagados por las paredes se filtraban desde ellos, no les prestó atención alguna, perdida en medio del sentimiento de impotencia y cólera que lentamente se goteaba y filtraba a su sangre. Subió la última escalera estrecha y se encontró, de pronto, en la azotea, con una ráfaga de aire frío golpeándole el rostro.
El lugar estaba vacío. Pronto se sintió más sosegada. El viento soplaba sin descanso, enfriándole la sangre y la cabeza, permitiéndole razonar con mayor claridad.
-Sólo un poco más, sólo un poco más- Se murmuró, frotándose los ojos con las palmas. No podía dejar que vieran su propia desazón, su desilusión, su anhelo de escapar. Dio un par de vueltas, respirando agitadamente y luego se dejó caer, apoyando la espalda a la reja protectora de la azotea.
Dentro de ella el animal se agitaba, parecía querer arrancar de su pecho y devorar al mundo que le molestaba. Apretó con mayor fuerza las palmas contra sus ojos y recogió sus piernas. Sin darse cuenta pronto estaba llorando.
No era justo.
Estaba sola, y no podía darse el lujo de compañía.
Seguiría sola, sola.
Y por intentar mejorarlo su entorno simplemente iba de mal en peor.
Quería descansar.
Sólo eso, tomar una gran bocanada de aire y descansar.
Desde la entrada, sin emitir un solo sonido, apoyada contra la muralla y sujetando la puerta con un pie Chie la observaba. Había visto cómo la joven escapaba y, envalentonada por una corazonada, decidió seguirla. Desde allí vigilaba el llanto silencioso y desesperado.
Tras esa historia había mucho más de lo que imaginaba. Por un momento pensó en acercarse, pero desechó la idea. Aún no era el momento.
Cerró la puerta con suavidad y volvió a los pisos inferiores, Natsuki merecía privacidad, hasta ella lo sabía.
-Y Aoi debe estar esperando- Se regañó, sonriendo. Su compañera debía estar sola y aburrida en la entrada, esperando por ella.
Por fin las lágrimas detuvieron su camino. Natsuki las limpió con un gesto de impaciencia. Ella era fuerte, o eso quería creer. No podía derrumbarse así como así, debía seguir peleando. Hasta que terminara no podía dar su brazo a torcer.
Se levantó, respirando profundo y retomando el control de sus emociones nuevamente. Colgó su mochila, que había caído en medio de su arrebato al suelo, en su hombro. Sus pasos volvieron a dirigirla indistintamente hacia los pisos inferiores. Debía confiar en ellas, eran su única dirección en medio de toda la locura.
Seguía sola en ello.
Las campanas volvieron a repicar, ya era tarde y la escuela estaba cada vez más vacía. Esta vez siguió derecho, hasta la sala del concejo estudiantil. Había estado ahí muchas veces, pero siempre se enfrentaba con al hiperactiva vice-presidenta, su caso incorregible o "incorregtible" según la rubia era de tratamiento constante. Sonrió, nada de eso serviría con ella, su problema no era la escuela.
No, para nada.
Su problema era su vida entera.
Se detuvo en la puerta, una de sus manos se dirigió inconscientemente hacia la pequeña manilla para correrla. Se detuvo. No era una buena idea, no tenía idea quien había dentro, ni qué diría o haría ahí. Dejó caer sus brazos y siguió caminando. Debía volver a casa, comer algo, hacer sus ejercicios de siempre, jugar con Mikoto…
Y ya estaba dentro, observando la sala vacía. Los largos escritorios que formaban un cuadrado, aclimatado para reuniones. El estudio principal, los armarios que rodeaban y forraban una pared. Vacíos, limpios, pulcros. Un mazo de cartas estaba sobre la mesa principal, absolutamente ordenado, como el resto. Todo alumbrado por el sol que entraba de lleno en los ventanales. Cerró la puerta a sus espaldas suavemente. La peliazul dio un par de vueltas por la habitación, sin saber exactamente qué hacer.
Qué quería hacer.
Acarició la madera tibia, otra vez la rabia volvía a dar vueltas por su sistema, nublando su mente. Seguramente la llamarían a ese salón al día siguiente, o en un par de días más. Le dictarían sentencia y la encerrarían ahí, con candado y cadena. Cerró la palma que rozaba la tibia y delgada madera en un puño.
Estaría ahí, condenada.
Se imaginó la sonrisa falsa y la mirada cautelosa que su 'senpai' le dirigiría en el momento de conocerlo. Era cierto que mantenía promedios apenas mediocres en sus asignaturas, pasando los cursos casi a rastras. Y tampoco su asistencia era la mejor, pero no podía hacer nada por ello. Estaba atada por fuerzas mayores.
Y ellos no lo entenderían.
No, ni siquiera lo intentarían.
Ni siquiera podrían entenderlo. No si quería mantener su vida tal como estaba.
Pero seguía molestándola.
Apretó más fuerte el puño y respiró, necesitaba controlarse.
Necesitaba salir de allí.
Un segundo después los rojos y azules de los naipes fueron despedidos sin orden alguno.
Corría por los pasillos de la escuela, intentando encontrar la ruta de escape más inmediata. Pero no había nada. Jadeaba y el sol le daba de lleno en la espalda, pero los caminos se encontraban cerrados. Giró a la derecha, saltando un par de escalones hasta el descanso de las escaleras. Estaba en problemas, en serios problemas. Necesitaba escapar de ahí, y rápido. No podía verse involucrada en más incidentes, su reputación estaba por los suelos, era un blanco seguro para la expulsión, sólo necesitaban una excusa y estaría afuera, más que perdida en la gran ciudad. Sus pasos reverberaron contra las instalaciones vacías al caer, siguió corriendo. Arriba aún nadie lo notaba, aún nadie notaba ese pedazo de escuela que faltaba (y que accidentalmente rompió de un golpe). Saltó el último tramo de escalones y le sonrió a la puerta, aún abierta. Había escapado
¡Lo había hecho!
Ahora nadie se detendría en ella para culparla por ese insignificante escritorio que ahora yacía en el suelo.
-Ara, ara, si Kuga-han sigue corriendo de esa manera tendré que suponer que ella fue la que destrozó lo que sea que se destrozó arriba-
-Shizuru…- Natsuki casi masticó el nombre, deteniéndose de sopetón. Sorprendida, acezando, entre goterones de sudor que le corrían por las cejas la observó.
¿Lo había hecho?
NdA: Entre fiestas va este capítulo... ¡revisado por mi nueva mánager! (¿Quién, quién?, bah, lo dejo en misterio... pero es genial, ténganlo por seguro =D), espero tener el siguiente en menos tiempo, pero he avanzado lento con esta historia con el fin de ir revisándola y atando cabos... quiero que sea un trabajo muy limpio y es lo que intento. Espero les guste este capítulo, disfruten de las fiestas, coman como animales y sean unas bestias =), hasta la próxima ¡saludos!
