¡Hola! Oh, estoy muy feliz, muchas gracias por los reviews, las amo!
¿Saben? Este cap ha sido el más largo que he escrito y no me gusta escribir caps largos xd pero es qe no creo que actualice por un buen tiempo, por todas las pruebas D:
Este cap como dije es trágico, pobre Mattie, odien a Alfred, ódienlo!
Salen algunos latinos, en el prox saldrán más! :D
Espero que les guste y...
Canción de este capítulo: Cassis - The Gazette
Es perfecta, la traducción es para ellos, como de Alfred para Matthew... (L)
Nos leemos abajo!
PD: Maite preguntó si Mattie era virgen antes de estar con Alfred... pues sí, lo era.
Sólo esta Noche
El teléfono de Matthew comenzó a sonar con esa canción tan melódica que le gustaba; Last To Know, pero él no le prestaba atención. Estaba demasiado ocupado escuchando música con su Ipod, manteniendo los ojos cerrados, e Iván le veía enternecido. Tenía un audífono en su oreja y el otro en su ombligo, asegurándose de que sus bebés también oyeran; Rusia no sabía qué era lo que Mattie escuchaba con tanta pasión, pero se sentía feliz de estar con él. Entonces se preguntó si debía molestarlo, tal vez era algo sobre la reunión que todos los países tendrían esta tarde. Sonrió suavemente antes de tomar el celular y luego acercarse a Canadá, tocándole el hombro.
Matthew pestañó seguidamente sin entender, aunque luego se quitó los audífonos, dejándolos sobre el sofá.
- ¿Qué pasa, Iván?
- Toma –y lo acercó. Canadá agradeció mientras veía quién lo buscaba. El nombre allí le hizo tiritar, y se paró inmediatamente, emocionado por contestar rápido.
- ¿Hola?
- Mattie.
Su voz. Matthew cerró los ojos, dejando que el sonido de Alfred le llenara el alma. No podía creerlo, le estaba llamando, le estaba hablando, buscando. Permitió que en sus labios se formara la más dulce de las muecas, colocando un mechoncito de su cabello tras su oreja, esperaba ansioso escuchar de nuevo a su hermano.
- ¡Al! –intentó que su voz no sonara demasiado eufórica. Iván le miraba receloso desde una esquina.
- ¿Cómo estás?
- ¡Bien! –Ahora que has llamado, mucho mejor- Preparándome para la reunión y…
- ¿Los bebés?
Canadá no podía conceptuarlo; Alfred acababa de preguntar por los niños, le importaban. Abrió la boca sorprendido y mordiéndose el labio inferior. Le hizo una mueca a Rusia, devolviéndose a prestarle atención al teléfono.
- Hoy amanecieron revoltosos –y rió. Iván podía ver la felicidad en su rostro- Ya sabes, se han movido mucho…
- ¿De cuánto estás ya? ¿Cinco meses?
- ¡Sí! Veinte semanas.
- Me alegro mucho.
Matthew sonrojó. Moviéndose de aquí para allá sujetó su vientre. Parecía que los niños respondían a cada una de sus emociones y ahora él estaba más contento de lo que recordaba en meses, exceptuando cuando supo lo de sus mellizos. Volvió al sillón, cayendo frente al país que seguía encubriendo el color rojo.
- ¿Sí? Gracias.
- Oye… tenía que preguntarte algo.
- Dime.
- ¿A qué hora partirás a la reunión?
- Oh… -Matt lo pensó. Miró a Iván haciendo muecas con la boca que él más alto comprendió de inmediato- No lo sé, pero iremos temprano. Tengo que hablar con Manu.
- ¿Con Chile? ¿Por qué?
Canadá sonrió recordándolo. Ellos eran amigos, buenos amigos, y cómo era así, Chile habíase enterado también de su embarazo. Le había felicitado tanto –en su particular español- y preguntado quién era el padre. Por supuesto que él no se lo dijo, le contó simplemente que el hombre que había engendrado junto a él a los niños, le había causado mucho daño, y no quería recordar, y como Manuel no era alguien que solía interesarse por la vida de los demás, acató con una sonrisa y le dijo que no importaba. Simplemente estaba tan alegre por él, que pidió ser el padrino de los mellizos.
Mattie prometió pensarlo.
- Porque conversaremos sobre inversiones.
- Ah, ¿y sobre qué…? –Alfred se calló. No, no ahora.- ¿Sabes? No importa.
- Bueno…
- ¡Ah, sí! ¡Quiero hablar contigo! You know, what I couldn't tell you that day.
- ¿Hoy?
- Sí. Estuve pensando que podías venir a mi casa, y luego irnos juntos a la reunión. Aún es temprano, tendremos algunas horas para conversar.
- Uhm, Alfred… no lo sé. Tengo que hablarlo con Iván.
- ¿Por qué? ¡Vamos Mattie! ¡No nos hemos visto por tanto!
- Lo sé.
- ¿Entonces? Puedo ir a buscarte o si prefieres…
- No… está bien, iré en mi auto.
- Genial. ¿Puedo esperarte ya mismo? ¡El hero tiene tantas ganas de verte!
Deja de decir eso, deja de hacerlo.
- Yo también –por fin le susurra con timidez. Matthew no podía mentirle, le hubiese dicho que se moría por tenerlo delante y simplemente abrazarlo y refugiarse en su pecho como cuando pequeño, pero algo de orgullo quedaba en sus venas azules.- Estaré ahí pronto.
- See you, Bro.
- See you.
Canadá suspira emocionado. Cuelga el teléfono y se agarra las manos, agitado. Iván le sigue mirando profundamente mientras se acerca.
- Iré a la reunión con Alfred. Quiere hablar conmigo.
- Mattie…
- ¿No es genial? Arreglaremos todo.
- Matthew, por favor –Rusia le agarró del brazo, obligándolo a pararse. ¿Desde cuándo no conoce a Estados Unidos? ¿Cómo se ha vuelto tan poco racional? Es obvio que le quiere para mal, Alfred nunca se daría por vencido de una manera tan falsa.- Piénsalo un poco. ¿Por qué te ha llamado luego de un mes que vino aquí? Algo planea.
- Estás paranoico –contesta soltándose y buscando su chaqueta. Se va a la habitación seguido por Rusia, mete en un bolso sacado del closet su traje ordenado, y zapatos. Iván le ve hacer eso con el ceño fruncido. Su corbata, sus zapatillas, luego su perfume, una peineta. Todo va ahí. ¿Realmente iba a hacerlo?
- Matthew.
- ¿Qué?
- ¿Enserio…?
- Sí. Alfred quiere hablar conmigo y yo con él. Voy a estar bien, Iván, no te preocupes.
- No te dejes engañar, no confíes en…
Salen del cuarto. Matthew se cuelga el bolso en el hombro, volteándose para mirar a su novio.
- Nos encontramos en la ONU
- Canadá.
- ¿Eh?
- Cuídate.
Rusia lo dice así, tan apasionante que a Mattie le duele el corazón. Se acerca para besarle la nariz y se despide con una sonrisa.
- Descuida, no nos pasará nada.
Iván le ve alejarse sobre su auto, pensando en lo feliz que Matthew estaba porque Alfred le había llamado. Como un niño inocente le creyó todo lo que le dijo, y aunque el norteamericano había prometido ser cuidadoso y no dejarse llevar por su hermano, eso no ayudaba a mantener totalmente su cordura. Sus ojos denotaban tristeza, no quería pensar que volvería a ver a su Matt herido y sangrando. Porque muy dentro él lo sabía, y se odiaba por no haber sido lo suficientemente fuerte como para retenerle en casa.
Alfred estaba nervioso. Ordenó todo en su habitación, todo lo que tenía planeado, hasta el más mínimo detalle. Los instrumentos que ocuparía estaban sobre la cama: el vibrador, el lazo, la vaselina. Había llegado a esa decisión luego de meditarlo mucho consigo mismo, elegido que Matthew le había dañado, y como lo había hecho, él le haría lo mismo. Sus muñecas estaban vendadas, las heridas habían comenzado a sanarle desde hace una semana, y cada vez que las miraba recordaba a su hermano.
Ahora, su cuerpo le ardía en un deseo que pocas veces le había embargado. Lo único que quería era ver a Canadá y lanzársele, y sería tan excitante follarlo estando embarazado, con su estómago y… ¿estaría más apretado? ¿O al contrario, mucho más dilatado? Uhm, se sentiría tan bien cuando las paredes le apretaran el miembro. Miró hacia todos lados, acalorándose aún más.
El sonido en su puerta le despertó. Se arregló la polera y súbitamente corrió hasta su entrada, notándose agitado. Respiró profundamente un par de veces, antes de abrir. Cuando lo hizo, una gran sonrisa brillante le llenaba la cara.
- ¡Hola Mattie!
Matt se encogió de hombros. Lucía apetitosamente irresistible. Su cuerpo, muy cambiado, dejaba ver que algo creía dentro con mucho detalle, y Alfred notó que sus rasgos estaban mucho más femeninos que antes. Le tomó del brazo, invitándolo a pasar, cogiéndole el bolso y dejándolo de un tiro hasta su cama. Matthew se sentó con suavidad en el sofá y Alfred le acompañó al lado, mirándole discretamente.
- He estado extrañándote. –susurró.
- ¿Enserio? –Notó cómo le brillaban los ojos. Era tan fácil engañar a su pequeño hermano.
- Sí –.
- Yo…
- Uh, tenemos toda la tarde. ¿Vamos a mi habitación? ¡Quiero mostrarte una película recién salida de mi Hollywood!
- ¡Bien!
Canadá se levantó mientras Alfred lo hacía tras de él. Se fijó en sus caderas, más anchas y escurridizas que antes, y su trasero, firme. Se lamió los labios pensando en lo que le haría en unos minutos más. Por su parte, Mattie no podía creer que todo esto realmente ocurría. Que Alfred le trataba de manera tan agradable, y se preocupaba por sus hijos, y le sonreía, así, como antes, tan dulce. Él sólo quería llegar al cuarto y dejarse abrazar y sentir que sus niños eran felices también.
Abrió la puerta, caminando lentamente. Miró hacia atrás para sonreírle a Alfred, mientras su mueca se deformaba. No lo entendió y de inmediato fijó la vista en la cama. Retrocedió con el resultado. Había juguetes sexuales, lazos, vibradores. Su bolso estaba en el suelo, y no reaccionó del todo. Se dio la vuelta chocando con el pecho de Alfred, mirándole asustado.
- Alfred…
- Esta es la película. Los protagonistas somos tú y yo.
- No, no, no, no por favor. Al…
- Vamos Mattie, me has obligado. De alguna manera tengo que mostrarte que eres mío, mío… y castigarte, Twin. Has sido un chico muy malo, estando con Iván y olvidándote de nosotros.
Canadá intentó salir, pero todas sus posibilidades estaban cerradas. Se mordió la muñeca de la camisa con fuerza, desesperado por alejarse de ahí aunque sabía que era imposible. Comenzó a llorar, fuertemente, golpeando el pecho de su hermano. Luego se hizo a un lado, mirando por la ventana, afirmando su vientre y recordando Iván. Se lo había advertido, y él como un estúpido siguió a Estados Unidos. Ahora se arrepentía, ahora temía por sus bebés.
Pero sus pensamientos no duraron demasiado, porque pronto sintió cómo unos brazos le rodeaban su casi inexistente cintura y una boca succionaba su lóbulo. Se sintió asqueroso y trató de zafarse de él, pero Alfred tenía mucha más fuerza y con un tirón lo lanzó a su cuerpo, abrazándole y besándole en toda la mejilla, arrastrándole. Le botó suavemente en la cama, haciendo a un costado los juguetes y colocándose sobre Mattie; su hermano cerraba los ojos.
- Mattie… no te preocupes. No voy a ponerme sobre ti para no hacerles daño a los bebés. Lo vamos a pasar muy bien, enserio. Soy mejor que Iván.
- ¡Por la mierda, Alfred! ¡Nunca me acosté con Iván!
- Mucho mejor. Sigo siendo tu primera vez.
Los toques comenzaron de nuevo. Alfred desabrochó cada uno de los botones de la camisa de su hermano, rozando contra su pecho y lamiendo, acariciando las tetillas que estaban mucho más sensibles de lo normal. Se quedó allí, succionando, riendo.
- Vete acostumbrando, Mattie. Tendrás que hacerlo por dos.
Canadá intentó empujarlo de nuevo, sin resultados. Su gemelo emprendió un viaje por su estómago abultado, luego su pelvis, finalmente su pantalón. Lo desató y bajo la cremallera, viendo el miembro de su hermano escondido en el bóxer. Le tocó descaradamente, sintiendo cómo se estremecía abajo. Miró con una sonrisa brillante.
- ¿Ves? Te gusta. También lo quieres, Matt. Uhm…
Era humillante. Él no lo deseaba, pero su embarazo le jugaba una mala pasada, con las hormonas alborotadas y los temblores en todo su cuerpo. Como Alfred le quitó la ropa interior, Matthew trató de soltarse una última vez con resultados asertivos, se deslizó como pudo por la cama hasta caer al suelo. Fue ahí donde Estados Unidos le tomó otra vez, forcejeando y obligándolo a ponerse en cuatro patas, apoyando todo el peso de su humanidad en la espalda de su hermano. Mattie se quejó, notando que su estómago rozaba la alfombra. Abrió los ojos, desesperado.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame, los niños, los niños…!
- Sh, Mattie… grita después. –Alfred levantó el brazo para buscar el vibrador. El aparato del mismo color que los ojos de Canadá y humedecerlo con su lengua. Matthew le miró hacer eso horrorizado y tratando de levantarse, le fue imposible. Sólo pudo sentir algo quemándole mientras el juguete se introducía en él. Gateó hacia adelante, con los ojos cerrados mientras sus lágrimas simples caían hasta mojarle el pecho, mordiéndose el labio e intentando no decir palabras, no quería hacer enojar ni emocionar más a Alfred; ahora se sentía pésimo. Sus bebés probablemente recibían todo lo que su propio padre hacía con él, y no podía evitar querer librarse, Estados Unidos movía el objeto dentro de su cuerpo con rapidez, arrancándole más de un quejido silencioso, era como si le desgarrara por dentro, y pronto notó que la sangre no tardaría en fluir por sus muslos.
- Mattie…
Alfred no retenía sus gemidos de placer. Amaba eso, pero quería sentirlo él, ver a Matthew retorcerse por tener su polla dentro. Le quitó el vibrador con rapidez, ferocidad. Los ojos de Canadá estaban aguados. Él solo se desabrochó los pantalones, mientras su gemelo se ponía de pie, pero no le dejaría escapar, le agarró del brazo y Canadá cayó en la cama, ya sin protestar. Estados Unidos le obligó a sentarse, a pesar del dolor de su trasero, y empujó la cabeza rubia de Mattie hasta su entrepierna. Él le dio el quite, su mirada llena de una emoción que Alfred no podía interpretar.
- Chúpala. Chúpala y te dejo ir.
Y ni siquiera tuvo opción de gritarle cuando el miembro del norteamericano ya le estaba perforando la garganta, muy dentro de sí, él sabía que no era verdad, que probablemente sólo estaba pidiendo lubricarse para luego follarlo. Y por Dios, que Canadá no quería. Se atragantó mientras el estómago le apretaba, siendo presionado contra las sábanas, podía presentir cómo los bebes le pateaban más de lo normal, rogando por no recibir aquello que los concibió, pero Alfred no quería correrse, y agarró el pelo de Matthew levantándolo cuando decidió que era suficiente. La saliva cayendo por la boca de su hermano le pareció apetitosa.
- Dijiste que me dejarías ir.
Estados Unidos le regaló una gran sonrisa.
- Mentí.
Acabó por tenerlo sobre su regazo, abrazándole y tocándole la cara. Los ojos de Canadá no brillaban, y su mueca se había borrado del rostro, la inexpresión le hacía fuerza en su carita anteriormente alegre. Toda la felicidad que había sentido cuando Alfred lo llamó, y preguntó por sus hijos se había esfumado y en su lugar, ahora se hallaba el triste y frío rasgo del recuerdo, de la melancolía, la decepción.
Se había decepcionado de Alfred. Lamentaba tanto vivir en un mundo de ilusiones rotas.
Y cuando su hermano se cogió el pene listo para penetrarle, no hizo ninguna mueca por detenerlo, le dejó hacer olvidándose de todo. Por primera vez en todo su embarazo, el bien de sus bebés no cruzó su mente, estaba casi en un estado de delirio. No le importó que Alfred pudiera dañarlos con la fuerza de sus embestidas, ni causar su sangrado, o cualquier cosa. Él no hizo más que mirar a la pared azul mientras Estados Unidos le afirmaba de las nalgas, subiendo y bajando en torno a su miembro.
- Esa pancita abultada me excita –le susurra, con la voz sensual y acariciando el vientre. Deja un beso suave ahí.
Matthew no le contesta, está como en otro mundo. Abatido, dolido, lastimado. Alfred le lame la mejilla, le susurra palabras sucias en el oído, le dice cuánto le ha extrañado, necesitado. Le dice que es capaz de abandonar a Arthur por él, olvidarle, si hace lo mismo con Iván.
La última estocada es furiosa y Alfred grita por el placer. Matt no responde, mantiene su mirada fija.
- Mattie…, Mattie, ¿te gusta? ¿Te gusta?
Silencio.
Alfred se aleja sólo para coger las cintas, y separando los brazos de Canadá los amarra uno a cada barrote del respaldo de la cama. Su gemelo no se opone, no le ve. Le abre las piernas y vuelve a estar dentro en segundos, comenzando otra vez con los vaivenes. Matthew está indefenso.
- Dime que te gusta, Matt. Dime que me amas.
Nadie le respondía. Y mientras no tenía réplica, y colocaba sus labios en el vientre otra vez, le acaricio los brazos, estirados hacia atrás. Puede sentir cómo sus hijos le piden con desesperación que rompa el apego, las fuertes arremetidas. No lo hace.
- No quiero ponerle fin a esto. ¿Podemos escapar juntos? Tú, yo, los cuatro…
De espaldas a la cama, Matthew voltea la mirada para ver la hora. Queda muy poco para ir a la reunión. Oye un gemido fuerte y nota que su hermano se ha corrido, pero no dentro, sino en su vientre. Le mira, toca el líquido blanco.
Los ojos de Alfred lucen distintos. Desata las muñecas de su hermano, y le hace que se levante. La caminata de Matthew es torcida e inestable, y por sus muslos corre un diminuto hilo de sangre, pero obedece a su gemelo y va a darse una ducha rápida. En el espejo, mira su estómago con asco, y no sabe si el asco es por lo que Alfred ha dejado ahí o porque sus hijos crecieron de ello.
De todas maneras, cuando sale, Estados Unidos le está esperando con una ropa extraña en las manos. Es una faja. Se la enseña.
- Vas a ponerte esto. Nadie sabe lo de tu embarazo, y no quiero que se enteren.
Asiente sumiso. Antes de su camisa –sacada recién de su bolso- se coloca eso que le ha dado. Se ve en el espejo de la habitación y aprieta ahí hasta que parece que nada ha estado sobreviviendo dentro. Le duele, su estómago enrojece, y las venas logran verse, pero, ¿qué importa? Ahora se siente vacío.
Se cepilla un poco el cabello opaco. Sus ojos no han vuelto a brillar.
- ¡Para, weón, toi' ocupao'! –Manuel mira por entre las cortinas esperando que Canadá arribe pronto. Está emocionado por verle su pancita crecida, y Martín no ayuda.
- ¡Pero Manu! ¡Mirá que te estás comportando re extraño!
- No te importa, déjame.
- ¿Ustedes no deberían estar adentro ya? –Es Miguel junto con Pedro. Chile se acerca y le toma del terno a México.
- ¿Hay visto a Canadá?
- Aún no llega.
Y Manuel hace pucherito, siguiendo a sus hermanos latinos. Todos están reunidos ya, y él se sienta al lado de Arthur, conversando animadamente mientras el inglés le sonríe. Martín les mira frunciendo el ceño.
- Oe, Iván, ¿no sabí qué onda el Matty? Como que dijo que iba a llegar así, temprano, y na que na, po.
- Oh, se vino con Alfred.
- ¡Con el gringo!
- Sí.
No hace mucha falta que Chile siga insistiendo. Todas las naciones ven que los hermanos llegan, ambos rubios, ambos poderosos, ambos delgados. Manuel corre a recibir a su amigo, haciendo a un lado al estadounidense, que le mira con repulsión.
- ¡Matty! ¡Te estaba esperando! ¡Oye, pero dónde…!
- También me alegra verte, Manuel.
Le deja con las palabras en la boca y sigue a su hermano, que sonríe cínico. Se sientan uno al lado del otro, Matthew con las piernas cruzadas, fingiendo que todo anda bien.
Manuel no le despega la mirada de encima durante toda la reunión.
O-o-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O
Canadá apuró en salir para evitar las preguntas del latino, buscando desesperadamente a Alfred que había escapado primero que él. Se movió por todo el pasillo, sin hallarlo, suspirando agotado porque la faja le apretaba y el cuerpo le dolía a horrores. Dobló a la izquierda y subió la pequeña escalera de siete peldaños, que daba hasta el comedor. Se rascó el cabello, mirando hacia atrás, que no hubiera nadie.
Cuando volteó la vista no estaba preparado para lo que vio.
Su hermano, aquel que le había mentido, engañado y violado esa tarde, estaba de pie frente a una mesa, y sobre ella, se encontraba Arthur, abrazándole mientras le besaba y enredaba las piernas en sus caderas.
Matthew hubiese sabido que eso pasaría, que nada de lo que Alfred le dijo antes era verdad, pero no estaba preparado para verlo.
Retrocedió con el rostro inestable, a punto de llorar, y no supo lo que fue, si los nervios, o su alma dolorida, o los deseos de acabar con todo, que tropezó contra los peldaños sin recordar que la escalera estaba ahí. No era la primera vez que se caía de ella, pero si la primera en que debía preocuparse, y la primera también en la que sintió un dolor tan profundo en su interior que le obligó a soltar un grito desgarrador, provocando que Arthur y Alfred se separaran y le miraran, y el inglés corriera a su encuentro.
- Estoy bien –dijo Matthew, sólo para ocultar que estaba llorando- Enserio, sólo… -trató de levantarse, pero la presión se intensificó y le obligó a quedarse tendido en el suelo. Pronto, la mayoría de las naciones estuvo a su alrededor, viendo curiosos e intentando ayudar, haciendo un ruido insoportable para sus oídos. ¿Por qué no podía estar solo? ¿Por qué tenía que ocurrirle todo cuando los meses anteriores habían sido tan felices? Negó fuertemente con la cabeza.
- Mattie –Iván se le acercó apresurado, agachándose. Miró los pantalones de tela claros de su novio, con su cuerpo temblando, estaban manchados y se encontraba sentado bajo un charco rojo- Estás sangrando… un montón.
Canadá cerró los ojos, dejando que sus lágrimas cayeran libres. Fue el beso que siempre estuvo esperando.
Waaa! Mattie, I'm sorry por nunca hacerte feliz!
Es qe Alfred es un desgraciado... mentirte así, jugar contigo D:
Espero les guste, y muchas gracias por leer y... ¡Muerte a Alfred! ¿Reviews?
