Holi niñas :) ¿Cómo están? Espero qe bien ^^
Muchas gracias por sus comentarios, se los respondo al toke, me hacen siempre feliz cuando los leo, son tan geniales ustedes, ¿he dicho qe las amo? XDD
Este sí qe es el capítulo más largo de todo el fic, como 7000 palabras! :O Espero no hastiarlas, pero es qe como qe todo fluyó, así, de la nada xd El parto de Mattie :3 así que espero que les guste.
No hablo más para no hacerlo más largo xd disfruten :D y nos vemos abajo.
Sólo esta Noche
Wynne se acercó moviendo su colita peluda que rozaba en la espalda y buscando con su cabeza que su nuevo dueño le acariciara, interrumpiendo la lectura de los papeles que Matthew tenía en la mano, pero el chico no podía enojarse con la perrita blanca y dejó lo que estaba haciendo para prestarle atención. Sabía que Brandi debía andar recorriendo la casa y con ello en mente intentó coger al cachorro y acercarlo a su vientre pesado. Había vuelto hace unas horas del hospital junto con Iván, y por fin tenía todos los detalles de su parto: con 36 semanas, estaba programado para dos más y era una cesárea, porque los bebés estaban dispuestos en sentido longitudinal y en posición podálica; tampoco es como si él hubiese deseado un parto eutócico porque no era una chica y no había por donde darles a luz, y el sólo imaginar el hecho de que pudiesen salir por el mismo lugar donde Alfred entró para concebirlos hacía que sus cabellos se erizaran.
Tomó en sus manos a Wynne, acercándolo a su nariz y ella le lamió, sin dejar de mover su rabo. Matthew sonrió feliz, dejándola en el sillón de vuelta y mirando cómo Iván se acercaba cogiendo en brazos a Brandi y llegaba hasta ponerse a su lado.
- Este pequeño estaba comiendo mis zapatos –dijo, sonriendo con esa mueca que a veces daba miedo pero a Canadá entretenía, y colocó su mano sobre la cabeza de Brandi, haciendo que se hundiera entre los almohadones.
- ¡Hey! Le duele –Rápidamente Matt lo rescató, dejándolo junto al otro perro. Suspiró mirando a Iván, que prendía el televisor.
- No lo sé, ¿por qué Alfred te regaló esos perros? Suena como si él quisiera algo contigo otra vez.
Matthew baja la mirada, pero la sube inmediatamente prestando atención a la pantalla. Ahora que Rusia menciona a su gemelo, los recuerdos vuelven frescos a su mente y se pregunta por qué no puede aclarar lo que siente de una vez. En la última reunión que tuvo… todavía se acuerda de la forma en que tomó su mano y luego no fue capaz de ver nada más que los labios de Alfred sobre los suyos, pero supo que no le respondió porque el tiempo se detuvo y cuando su hermano quiso profundizar el contacto, Harper tiró de su brazo para salir rápido de la sala, y él simplemente se quedó con los ojos muy abiertos mirando hacia a Alfred, y la escena le recordó con vaguedad a la época en que era arrebatado de los brazos de Francis por Arthur.
Y entonces no pudo hacer más que bajar la cabeza y tomar la mano que delicadamente le ofrecía su superior, para largarse de ese lugar donde no querían a sus hijos más que sólo como territorios de los que podían obtener alguna ganancia. Podía sentir los ojos tristes de su gemelo sobre su cuerpo y los labios le picaban por pedir un poco más, pero Harper le arrastraba, y su alma se agitaba por el dolor de saber que volvía a caer en ese pozo del que ya nunca emergería otra vez.
Matthew lo sintió desde siempre, que a pesar de cualquier cosa que Alfred le hiciera él seguiría amándolo, y a veces no lo deseaba, pero es imposible mandar en el corazón. Él simplemente quería encajar en ese prototipo con el que soñó desde que era un niño, y creía que algún día sería padre con una chica hermosa, pero las cosas no habían resultado del todo exactas y sin embargo, aquel sueño seguía vigente.
- No seas tonto. Simplemente los compró porque sintió compasión por ellos, además tienes que admitir que son preciosos, a mí me encantan.
- Son como unos pequeños diablillos mordiendo y destruyendo todo, y especialmente mi ropa.
- Son cachorros –se encogió de hombros- Apenas les están saliendo los dientes y les pican las encías, es obvio que van a estar intentando rascarse y esas cosas.
- Bah, los defiendes sólo porque te los dio el yanqui.
- No –se apresura en contestar.
Iván le sonríe pícaramente.
- ¿Y cómo puedes demostrarme eso?
Y fue ahí donde Matthew debió haber comenzado a asustarse. Iván se acercó rozándole la mano y con la que estaba desocupada, dejando a los perros pequeños en el piso, que comenzaron a morderse y jugar entre ellos. Lo único que Canadá fue capaz de ver antes de que todo sucediera, fueron los brazos de Rusia acorralándolo en el sofá. Le miró a los ojos fijamente, acarició su mejilla y susurró algo a su oído, algo que hizo que el sentimiento de culpa recurrente aflorara en Matt.
- Te amo, Mattie. Te amo, ¿lo sabes?
Un jadeo por respuesta.
- Y simplemente quiero que por un momento… por un instante puedas sentir lo mismo. –su boca se va hasta tocar la del contrario, pero los movimientos son sensuales y sus labios no se rozan, los alientos chocan y Matthew quiere alejarle o hacer algo, o alegar que está cansado porque los niños ya casi llegarán pero en esta ocasión ellos no se mueven, es como si no se molestaran con tener el abdomen de Iván tan cerca de ellos (no como cuando Alfred abusó de él; los mellizos patearon todo el tiempo).
Le toca el cabello, su rostro sonrojado, su vientre cálido y suspira.
- Los quiero mucho. Y tengo tantos deseos de que formemos una familia… sólo tú, yo y nuestros hijos.
Vamos a sollozar por dentro, el corazón se le desangra poco a poco y quiere decir algo, pero es en ese instante en el que la boca de Iván por fin ha dejado de castigarle y le besa súbitamente, acariciando con su lengua el paladar y la parte tras los dientes, acomodándose en el lado para no aplastarle el vientre. Canadá no quiere contestarle porque le ha pillado de sorpresa, y es como si de alguna u otra manera le fuese infiel a Alfred.
Parece que Rusia conoce sus pensamientos porque le pasa la mano por debajo de su polerita holgada, acariciando su espalda y su pecho –muy sensible, esa parte de su cuerpo se ha vuelto totalmente reactiva desde que su embarazo fue visible- y Matthew no pudo evitar soltar un quejido y que sus piernas se abrieran automáticamente para permitirle a Iván un poco de más espacio.
El beso se vuelve más profundo y Matthew enrolla los brazos en su cuello para disfrutar, mientras con sus piernas hace tirones en los pantalones de Rusia con el fin de que se los quite y él se ríe, dejando el ósculo.
- Matthew –pronuncia suavemente, acariciando el estómago y luego sus muslos- ¿Enserio quieres…?
Canadá lo plantea. Hace meses que siente algo que no sabe lo que es por Iván, y de pronto su cuerpo cosquillea cada vez que duermen juntos y quiere pedirle que le rodee a la hora del sueño o decirle que la cama es demasiado grande y que se acerque, pero nunca se atreve. Ahora parece el momento perfecto para aclararse y averiguar si sigue sintiéndose culpable por tener sexo con otro hombre que no es Alfred.
Él lo ha hecho mil veces con Arthur, lo ha rechazado sólo por su propio placer. No es justo.
Asiente con tranquilidad, sonriéndole. Iván le imita.
- ¿No será incómodo con… casi nueve meses? –se ruboriza con la pregunta, en cambio, Canadá ríe ligero.
- Puedo estar arriba.
- ¿Quieres montarme?
Matthew esconde su rostro en el pecho del ruso, sus mejillas ardiendo en sonrojos cruzados. Le avergonzaba tanto admitirlo.
Se despierta por los dolores que tiene en el vientre, esos fuertes y lacerantes, que parecen perforarle el estómago y los órganos por dentro y no puede evitarlo. Se sienta en la cama de una manera muy forzada, poniéndose una mano en el estómago e intentando respirar calmadamente para hacer que el sufrimiento se sosiegue un poco, pero no lo hace y mira a un lado. Iván duerme tranquilamente y Matthew lleva su mano derecha a la boca para evitar que el sollozo se escuche, porque duele mucho.
De momento, no sabe qué es lo que ocurre. Apenas ha pasado una semana –ahora está de 37- y se supone que todavía quedaba otra antes de su cesárea. Su parto no puede adelantarse porque los niños ni siquiera pueden nacer de forma natural. Hay algo húmedo debajo de su cuerpo, que Canadá toca temeroso y se sorprende al notar que las sábanas están mojadas; ¿entonces esto significa que él ha roto aguas?
- Iván –dice, suavecito, moviéndole del brazo- Iván, despierta. Iván.
El ruso pega un ronquido antes de despertar y abrir sus ojos aún nublados por el sueño completamente. Mira a Matthew, a su alrededor, y bosteza rascándose el cabello platinado.
- ¿Qué ocurre? ¿Quieres comer…?
- Las sábanas están mojadas –responde con pánico, viéndole fijamente- Y tengo contracciones, Iván, los niños… ellos van a nacer, van a hacerlo ahora.
Eso fue todo lo que Rusia necesitó para ponerse de pie rápidamente, calzarse la ropa y ayudar a levantar a su novio, que se encogía y encorvaba intentando lidiar con las molestias en su vientre. Mattie pensó que no sentiría nada de esto, porque como tenía una cesárea controlada, los cálculos estaban bien y el día para el cual la planearon sería exactamente en el que comenzaría con los dolores de parto, sin embargo, ahora todo era diferente. Ahora sentía como si fuese partido en dos y es el peor dolor que le ha embargado nunca. Mucho peor que el de las guerras, porque este sucumbe su propia integridad –la integridad como el resto de persona que su cuerpo guarda-.
Iván descubrió la cama cuando dejó a Matt nervioso en el sofá del frente, respirando agitadamente y sosteniéndose el vientre, asustado por todo lado de lo que pudiese llegar a ocurrir y eso incluso aumentó al ver la mueca deforme en la cara de Rusia.
- ¿Iván? ¿Iván, qué está mal?
- ¿Qué es eso? –pregunta realmente impactado. Más abajo hay una secreción con aspecto gelatinoso y teñido de sangre, y al principio, instintivamente, estira la mano para ir allí y tocarlo, pero Canadá, con las contracciones que le sacuden el cuerpo, recuerda que Joseph le habló en una de sus visitas a la consulta, que llegado el momento del alumbramiento, su propio sistema expulsaría el tapón mucoso y luego de eso ya estaría listo para romper aguas y convertirse en madre –teniendo en cuenta que madre es quien lleva en el útero a su hijo- por completo. Ahora piensa en ello batiendo las pestañas.
- Llama a Joseph –le suplica, e Iván desvía su mirada violeta hasta su novio- Llámalo, por favor.
Está un poco impactado, tal vez demasiado. Asiente caminando torpemente pero intentando apurarse y coge con las manos temblorosas el celular, sentándose al lado de Matthew. Le acaricia la frente antes de que le contesten, susurrándole que todo irá bien, que partirán al hospital de inmediato. Una voz femenina le responde por el teléfono y Rusia se pone de pie otra vez comenzando a caminar por la habitación, no es consiente que con eso pone de punta los cabellos del rubio.
- Botó una cosa gelatinosa con sangre y… tiene contracciones y las sábanas estaban mojadas –dice, sin estar seguro de expresarse correctamente. Sólo quiere saber qué es lo que ocurre y atender a Canadá.
- ¿De qué color es el líquido?
- Uhm… -se acercó, echando un vistazo a la cama, las sábanas son blancas, así que todo es muy notorio- oscuro. Sí, oscuro.
Silencio por unos segundos, que parecen horas.
- Tráigalo de inmediato. ¿Son ustedes naciones, verdad? Comunicaré al doctor Owen en pocos momentos, pero vengan aquí en el menor lapsus de tiempo posible. Todo indica que el parto está muy cerca.
Corta la comunicación, tomando del closet su abrigo para cubrir a Mattie con él porque la noche está fría, y acaricia sus brazos de arriba hacia abajo para darle calor. Le ayuda a ponerse de pie pero el chico se agacha de nuevo debido a las contracciones, e Iván puede ver cómo está luchando para que sus lágrimas se queden dentro de sus ojos. Le besa la frente llena de sudor, repitiéndole que estará en buenas manos, que no tardan en llegar al hospital y que en unas horas más tendrá en sus brazos dos hermosos bebés y entonces, todo esto habrá valido la pena.
Matthew sonríe ligeramente al oír la última frase. Sí, cuando tenga entre su cuerpo a Dennis y a Faloon, el dolor se iría lejos, y sólo quedaría la felicidad invadiéndolo. Si por ver nacer a sus hijos, a aquellos que habían sufrido tanto durante toda su gestación, debía pasar por apenas la décima parte de todo lo que ellos sintieron, Matt lo haría sin reproches. Después de todo, ellos eran lo único que podía llamar suyo, las únicas personas que no le abandonarían nunca.
Así que Iván ayudó a caminar a su novio y cruzaron el salón, siendo vistos por Kumajirou y por Brandi y Wynne que se acercaron a ellos de inmediato, pero Rusia les dijo que volvieran a la cama con la mano –la cama que los tres compartían- porque debía apresurarse en el asunto. El osito polar mostró sus claros deseos de acompañar a su amo, con ronroneos y caricias en la pierna de Matthew, que le vinieron como una cascada dulce para el dolor que sentía.
Subieron al auto, a pesar de los intentos de Canadá para que Rusia pusiera algo a los asientos, evitando manchar, pero él le dijo que no importaba y que dejara su manía pulcra, esto era mucho más importante.
En el camino directo al hospital, no hablaron demasiado. Matt apoyó su cabello cansado en la cabecera del asiento, respirando entrecortado, otras veces normal, y en otras ocasiones quejándose por las contracciones. Podía sentir la manera en que su cuerpo respondía a los estímulos, y no pensaba con claridad. Sabía que debía ser esta la mejor experiencia de su vida, la más llenadora, la más prolífica, la más inocente y llena de amor, pero le es difícil creerlo cuando es como si llegase a morir.
En menos de 15 minutos estuvieron en el estacionamiento, e Iván salió corriendo para pedir una silla de ruedas, mientras Matt miraba por la ventana. Ahora mismo empezaba a sentirse lleno de pánico, y se cuestionaba si las cosas saldrían bien, si sus hijos podrían conocer este mundo y si no se había equivocado durante nueve meses en gestarlos. Ahora las dudas asaltaban su mente, ¿sería acaso él lo suficientemente bueno como para criar a dos niños? ¿Podría hacerlo solo? ¿Qué ocurriría con Alfred, con Iván? Todavía estaba confuso sobre eso, aunque muy secretamente en su corazón, la alternativa estaba marcada a fuego; tal vez no era la correcta, o quizás sí, pero Canadá había comprendido en este poco tiempo que debía postergar su felicidad para cerciorar la de sus mellizos. Ahora ellos estaban en primer lugar, ahora sus sentimientos era lo único que tenía que tener en cuenta. No importaba lo que él tuviese que pasar si sus hijos vivían en un contexto seguro.
Rusia volvió ya con el aparato y un paramédico, y juntos bajaron a Matthew del auto y lo acomodaron en la silla, entrando con rapidez por el frío del exterior. Canadá aún seguía con el abrigo de Iván sobre sus hombros. Muchas enfermeras comenzaron a hablarle camino a la sala y a preguntar sobre cuáles eran los síntomas y cómo se sentía, y no era exactamente como si Matt pudiese dar un monólogo en ese instante, lo único que quería era acostarse y no despertar hasta que tuviese a su lado a los chicos.
Negó con la cabeza, levantando la vista y echando una mirada a cada una de las personas que le rodeaba. Surcó sus labios cuando divisó a Joseph, sonriéndole siempre con aquella mueca que podía calmar a una multitud entullecida si se lo proponía. El doctor le cogió las manos e hizo a un lado a Iván, para colocarse en frente de su paciente.
- Por fin llegó el gran día –le dijo, mientras acariciaba su cabello.- ¿Estás preparado, pequeño? Va a ser un camino difícil pero lo lograrás, yo sé que puedes. Y tus hijos también lo saben.
Por supuesto que Canadá creía absolutamente en todo lo que Joseph le decía.
Iván aprovechó de llamar a Francis, a Guillermo, a Daniel y Manuel –que por supuesto traería consigo a Martín, aquello era muy probable-, y se preocupó de no avisarle a Alfred que sus hijos estaban por nacer, pero con lo que no contaba Rusia, era con el instinto de Francis. El rubio llamó al hermano gemelo de quien era su colonia de antaño, inmediatamente después recibió la noticia.
Todos en camino.
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Matthew fue llevado a una habitación como la que estuvo guarecido a los cinco meses, muy similar, pero esta tenía otra cama y cosas que no veía bien debido al sudor. Fue sentado allí, abierto de piernas y notó a Joseph arrodillarse entre ellas, para quitarle los pantalones de dormir y el abrigo de su novio.
- ¿Qué…? –pudo apenas modular, avergonzado.
- Necesito ver qué tan dilatado estás. Estoy pensando en ponerte la epidural, ¿eso estaría bien para ti, Mattie?
- ¿Qué voy a sentir con… con ello?
- Te adormece el cuerpo, te anestesia. Si la colocamos, lo haremos 20 minutos antes, aprox, para que surta efecto. Se te clava en la espalda, aquí –se dio vuelta para presionar- y estás totalmente consciente en la operación, sin sentir algo, claro.
- ¿Es lo mejor?
- Es, a mi parecer, la mejor opción. Pero esto depende de ti, Mattie. Es tu cuerpo.
Hubiese querido tener ahí a alguien que lo ayudara, pero a vistas de que nadie estaría a su alrededor por unas horas, decidió afrontarlo solo, ya era hora de acostumbrarse.
- Entonces sí. Sí, pero… ¿duele?
- Es sólo el pinchazo, después estarás bien.
Silencio.
- Uhm… -murmuró Joseph, cerrando las piernas del paciente- Muy bien, creo que hay un poco de tiempo, no mucho de todas maneras. Te anestesiaremos de inmediato. Comienza tu nueva vida, Matt.
Y esa sonrisa. Canadá se la devolvió. Esperaba que todo saliera bien y que sus hijos llegasen a este mundo sanos y en buenas condiciones para siempre; no pedía más.
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- Vinimos de inmediato cuando supimos –Francis llegó con una bufanda violeta atada al cuello acompañado de Guillermo. Se acercó palmeando la espalda del ruso y Cuba le besó la mejilla, pasándose una mano por su cabello negro.- ¿Cómo está él?
- Rompió aguas y tiene contracciones y no me han dicho nada desde que lo trajimos.
- ¿Y eso es muy grave? –preguntó Guillermo.
- Simplemente indica que los niños están por nacer.
Los tres tragaron saliva, y luego se sentaron en los asientos que estaban detrás. Veían enfermeras y chicos entrando con implementos que brillaban y guantes y pañuelos. Camisas típicas azules de los hospitales y que conversaban entre ellos. Francis cruzó sus piernas y miró a Rusia, aventurándose en preguntar aquello.
- Iván…
- ¿Qué?
- ¿Sólo nos avisaste a nosotros?
El ruso le mira confundido.
- No. También a Manuel y a Paraguay, ¿por qué?
- ¿Y no se lo dijiste a Alfred?
Se quedan en silencio mientas los ojos de Iván se fijan en la pared blanca. No lo hizo, ¿por qué tendría que? Él no es quien ha estado al lado de Matthew todo este tiempo, cuidando de él y de los niños, él ha sido el único que no le ha hecho daño. Se toma la cabeza y niega con ella.
- ¿No quieres que él se entere?
- No.
Entonces Francia siente que lo ha arruinado y que no debió haber avisado a Alfred, pero es que cuando lo llamó, el estadounidense no sabía de nada y se mostró tan ansioso, colgándole de inmediato y diciéndole que se vestiría para estar con Canadá en segundos. Y aquello es algo cumplido. Oyen la puerta central abrirse y se voltean para mirar hacia atrás y pueden ver a un joven de ojos azules, gafas y cabello rubio caminar hacia ellos, bastante agitado. Francis se pone de pie inmediatamente y Alfred se le acerca confundido.
- ¿Dónde está?
- En la sala.
- ¿Ya nacieron? ¿Qué está pasando con Matt?
- No nos han dicho nada, por el momento. Iván nos contó que sólo lo entraron y que el parto ya es inminente.
Alfred sonríe, una mueca mezcla de nerviosismo y felicidad y se sienta junto a Francia, mientras Guillermo e Iván se hacen a un lado. No puede creer que finalmente haya llegado el día, el día en que se convertirá en padre y podrá tener a sus hijos en sus brazos, disfrutando de su calor y protegerlos con su chaqueta de cualquier mal que exista –incluso de sí mismo-.
El reloj en la pared del hospital resuena como eco en sus cabezas y les lastima los oídos. ¿Qué estará pasando con el canadiense allá adentro?
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Prepara la aguja viendo que el líquido escurra un poco, luego moja con algodón impregnado de alcohol el lugar en la espalda de Matthew donde clavará. Hay a su alrededor dos enfermeras, que ayudan al paciente a doblarse y le tranquilizan, para que aprenda a respirar y le dicen que sentirá solamente una incomodidad, pero no dolor. Canadá desea creerles.
- ¿Listo, Matt? Aquí vamos. –y puede percibir cómo algo se introduce en sus músculos y luego una sustancia esparcirse por ellos. Jadea debido a la sorpresa pero las chicas le calman. Luego de esto, no sentirá más dolor.
Le recostaron en la cama despacio, le clavaron catetes en la vena de la mano, Joseph le acarició el cabello y sonrió, comenzando a preparar el oxígeno para su boca. Mientras, empezó a hablarle.
- Si quieres, puedes llamar a alguien para que te acompañe durante la operación.
- ¿Enserio?
- Claro.
- Me encantaría.
- Bien, ¿quién quieres que esté a tu lado?
Matthew sonríe y cierra los ojos, moviendo la boca. Espera que la persona que no ha elegido no se sienta lastimada, pero es todo lo que él puede pedir y querer ahora. Ya llegará el momento en que deba decidirse y calmar sus cavilaciones interiores; se dará el lujo de ser incompetente en un instante como este.
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Iván se puso de pie, al momento de oír que Joseph lo llamaba. Las demás naciones le miraron, especialmente Alfred, con el ceño fruncido imaginando que su hermano había decidido finalmente por el ruso. Se quedó simplemente en su asiento con las manos entre las piernas siendo apoyado por Francis y oyen a Guillermo decirle a Rusia que manda saludos y muchas fuerzas para Canadá y sus niños. A Alfred le hubiese gustado estar allí dentro también.
Matthew movió los ojos y con el último aliento que tenía antes de que la anestesia hiciera su efecto total, le sonrió, logrando que Iván cogiera su mano y estuviera a su lado en el momento en que ya no sintió nada desde el pecho a las piernas, y ni siquiera podía aplastar la mano de Iván porque era como si no estuviera ahí.
- Normalmente no hacemos esto –dice Joseph, ya vestido para la ocasión. Canadá lo ha estado desde hace un tiempo y puede oír todo lo que hablan- pero yo, como el médico de tu novio, entiendo que él ha pasado por muchas cosas dolorosas durante su embarazo, y, si quieres que te sea sincero –los paramédicos a su alrededor ordenan el bisturí, los paños, todo- este es todo un desafío para mi equipo y para mí.
Iván no entiende mucho y menea la cabeza, echando un vistazo a Matt, que suelta un quejido.
- ¿Por qué?
- Porque no es un embarazo normal. Matthew no es una chica, es un hombre y es una nación, y aunque el estudio de su gestación ha sido realmente fascinante, se nos presenta un cuerpo distinto. No sabemos si él efectivamente posee un útero como el de las mujeres, o si tiene una abertura vaginal, o si un parto normal ocurriría por vía anal. Eso nos pone en circunstancias muy inestables, pero esperemos que todo esté a favor para que esos niños nazcan sanos, por eso preferimos la cesárea, era lo más seguro en este caso.
- Yo confío en que todo saldrá bien. Usted es un excelente médico, y quiere mucho a Mattie.
Joseph sonríe.
- Nunca había conocido a alguien como él, a un individuo tan lejos de las etiquetas y los géneros. Los géneros son una construcción del sistema; hombre, mujer, todos son exactamente lo mismo. La manera en la que el reúne en sí la invención perfecta del tercer sexo, es sencillamente espectacular. Míralo, luce como una chica, en absoluto como una, y eso es gracias a las hormonas que su mismo cuerpo produce para sostener el embarazo. Su rostro tiene las facciones femeninas, pero si le ves con más detenimiento hacia abajo, te das cuenta que él es un chico. Matthew es perfecto, y, siendo sincero, creo que pronto el mundo comenzará a abrirse a la gente como él. Es el nuevo destino, Iván, lejos de las cadenas capitalistas y las mentes cerradas, y estoy muy contento que tú y Mattie sean pioneros en este juego. Cuídalo mucho, no lo dejes ir. Es demasiado bueno para alguien que aún no está listo.
Rusia alza la mano que no tiene sujetada por su novio y se la ofrece al doctor. Él la toma, estrechándola y luego lavándola para colocarse otra vez el guante transparente. Iván simplemente le mira con una sonrisa en la cara, siente que quiere abrazarlo, pero se limita a decir:
- Y yo me siento muy feliz de haber encontrado a un compañero.
Joseph es militante del CPUSA -Communist Party of the United States of America-.
De esta manera la operación comienza. Matthew es cubierto por una tela delgada, y Owen le anuncia que ya es definitivo. Los utensilios son desinfectados con alcohol y el estómago muy abultado descubierto. Tiene que hacerlo rápido, porque ya rompió aguas y los bebés hacen su propio intento para nacer por sí mismos. Comienza a limpiar la zona, con la mascarilla en su cara y el sudor cayendo por su frente. Rusia mira todo esto desde un rincón, porque ha tenido que alejarse para dar espacio a los paramédicos. Por última vez, Joseph revisa entre las piernas de Canadá, volviendo a encontrarse con los órganos reproductivos masculinos.
Pide el cuchillo a la chica rubia a su lado, que se lo da de inmediato y, con todo el cuidado que puede tener, realiza una incisión horizontal por encima del pubis, sobre el borde de la vejiga, y comienza a cortar siete capas de piel, luego cambia de instrumento y Matthew es capaz de ver el humo que este expele. Mientras Joseph ve la sangre, y la grasa, luego de recortar el último manto, se encuentra con lo que supuestamente es el útero.
Llama a sus asistentes para que tomen nota y observen la anatomía del paciente, de la nación del Canadá, que es muy similar a la estructura que una mujer normal tendría, exceptuando el hecho de que la cavidad uterina de Matthew es ligeramente más pequeña, y por consiguiente, Owen cree que los bebés lo serán también.
Efectúa el último corte, en el útero, despacio, muy despacio, e Iván desea acercarse y mirar, pero no debe, y le pone nervioso. Joseph logra ver que no queda casi nada de líquido amniótico en el interior, pero puede observar a los niños y pide con rapidez que preparen las toallas y lo necesario para limpiar sus pequeños cuerpecitos.
Deja a un lado el aparato e introduce sus manos para jalar al primer niño del cuello, evitando ser demasiado brusco y confiando en que otro de sus ayudantes tiene sostenida la piel del estómago de Matthew. Luego de un poco de forcejeo, el bebé está en este mundo, y Canadá e Iván son capaces de oírle llorar, y es en ese momento donde Matt, consciente de todo lo que ocurre en su cuerpo, desea imitar a su hijo, y no puede creer que está ocurriendo en serio. A pesar de todo lo que pudo pasar, los engaños, las heridas, los recuerdos dolorosos, ahí están ellos, naciendo ante todo y callando la boca de quienes desearon verles morir.
Joseph corta el cordón umbilical, ese que lo une a Canadá y limpia su boca y su nariz de los fluidos propios del vientre materno, se lo entrega a la enfermera que controlará su respiración, mientras ella también revisa su sexo.
- Es niño –dice la chica- Pesa dos kilos y cuatrocientos tres gramos. Mide 46 centímetros.
- Dennis –susurra Iván, maravillado porque ha podido verle un poco y oído su llanto.
- Muy bien, vamos por la segunda.
El doctor Owen repite el mismo procedimiento que con el mellizo anterior, solamente que el menor es un poco más difícil de sacar. Con sus manos le toma del cuello y luego del torso y pronto está afuera, su cordón cortado, su rostro limpio y es entregado a un paramédico. Este llora menos que su hermano, parece indudablemente más callado que Dennis y Joseph sonríe porque puede notar que es la niña.
- La nena mide 42 centímetros y pesa… dos kilos y ciento cincuenta y nueve gramos. Es tan delgadita –dice el joven, acabando de cerciorarse de que pueden respirar por sí mismos.
Rusia se acerca rodeando el cuerpo de Matthew para echar una mirada a sus hijos. Están los dos acostados juntos y su pecho baja y sube de manera entrecortada, se pregunta si aquello es normal. Puede ver que todavía están algo mojados, pero mayoritariamente secos y tienen en la cabeza pelusas casi de color blanco –y cree que el tono es casi igual al suyo- y sus ojos están cerrados y… y son simplemente preciosos.
- Debe alejarse de los niños –le dice una enfermera, de buena manera- y salir de la habitación. Ya ha estado presente durante todo el parto y los bebés tienen que descansar.
Iván no quiere hacerlo, pero debe, y sale de la habitación rápidamente dándole una mirada de prisa a Matthew y los mellizos. Tiene una sonrisa en el rostro.
Joseph le ve irse, quitando del cuerpo de su paciente la placenta y se encarga de coser el vientre de Canadá suavemente.
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- ¿Y? ¿Qué pasó? Escuchamos llantos –dice Guillermo y los otros dos hombres se ponen de pie. Iván estira sus brazos para abrazar a Cuba y les comunica feliz, feliz de convertirse en padre.
- ¡Nacieron! ¡Y están sanos! ¡Son hermosos, hermosos! ¡Él nació primero, mide 46 centímetros y pesa dos kilos y cuatrocientos tres! ¡La niña lo hizo al ratito después y pesa dos kilos y ciento cincuenta y nueve gramos y mide 42 centímetros y…!
Francis se une al abrazo, derramando suaves lágrimas porque se ha convertido en abuelo, y lo mejor es que sus nietos están en buenas condiciones. Iván les susurra que Matt, hasta que dejó la habitación, se encontraba bien y la cirugía estaba siendo terminada porque Joseph suturaba sus puntos. Se sienta junto a los chicos a conversar y les cuenta su experiencia y cómo eran los bebés y la forma en que lloraban y sus cuerpos tan rosados, y el cabello que no era más que pelusas, y dijo que el color era como el de él.
Alfred simplemente les oyó desde su posición, imaginando en su mente cómo serían los niños que Iván describía, y sólo detestó el hecho de que él dijera que los mellizos lucían como él, porque los niños eran americanos.
De todas maneras, espera paciente el momento en que el doctor salga y diga que es posible entrar a ver a Mattie, y así, tener entre sus brazos a los pequeños. Aún le hubiese gustado estar dentro viendo el parto del hombre que creía amar.
Luego de unas horas en las que Matthew se recuperó, Joseph le puso a los niños –ya vestidos, él con un traje de color azul, ese que Estados Unidos le había regalado para el baby shower, y ella con un enterito rosado. Las manos de ambos se movían, en un intento sofocado de encontrar a su hermano, y Canadá abrió sus ojos lentamente para encontrarse con la escena. Se acurrucaron en cada uno de sus brazos los pequeños, y de inmediato, los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía creer que esto realmente pasaba, que los tenía a su lado, que ya habían quedado lejos todos los temores y los bebés descansaban seguros en su pecho. Le dio un beso tembloroso a cada uno en la cabeza y le toma las manos. La niña, Faloon, se agarra de su dedo y no lo suelta, y Mattie deja que por su rostro se deslicen las lágrimas cálidas. Ahora no tiene miedo y no siente dolor al llorar, porque es de felicidad, de amor, de sueño; es por sus hijos, porque ellos están bien y porque fueron tan fuertes que nada logró romperlos.
- Todo salió estupendo y reaccionaste igual, Matt. Ellos son niños sanos y fuertes, y la enfermera ya vendrá para entregarte el biberón. ¿Sabes? Debo decirte esto.
- ¿Qué? –pregunta despacio, pestañando para mirar mejor.
- Cuando tengas relaciones sexuales, pídele a tu pareja que ocupe condón. Posees útero, y gónadas de ambos sexos. Eres capaz de producir los gametos femeninos y masculinos, así que es muy probable que vuelvas a quedar encinta. Supongo que algunas naciones más deben tenerlo, pero no estamos del todo seguros. Es algo que se verá más adelante, si hay otros casos como el tuyo.
Matthew asiente lentamente, esto encaja perfecto con la explicación científica que le dieron al momento de evaluar a los mellizos como territorios. Le regala una sonrisa.
- Muchas gracias por todo, Joseph. Has sido tan bueno conmigo, siempre. No sé cómo demostrarte, realmente me has hecho quererte. Siempre voy a recordarte.
- Yo también, Canadá. Quédate seguro de ello.
Es en ese momento en el que la enfermera rubia entra sin premeditación y con los biberones de los niños en la mano. Les dice que están a temperatura ambiente, y Matthew las recibe, notando que el más hambriento de los dos es Dennis, porque le busca el pecho y las tetillas, incansable. Acomoda mejor al niño en su vientre, y él se sienta en la cama, ayudado por ambas personas, todavía tira un poco la herida. Dennis abre un poco sus ojos y deja ver que son de un color gris azulado, y a Matthew le parece el niño más perfecto y hermoso que ha visto nunca. Le besa la mejilla otra vez y abre la mamadera, poniéndose en la boca y sonriendo cuando comienza a succionar de inmediato, siempre mirándole, siempre atento.
Faloon permanece dormida y muy tranquila a su lado derecho, ella no ha llorado tanto como su hermano, y luce muy blanca.
Alguien toca la puerta, Joseph va a ver y se sorprende al descubrir que es él.
- ¿Puedo ver a Mattie?
El doctor vuelve a la habitación, sólo para preguntarle a su paciente.
- ¿Quién es? –pregunta.
- Tu hermano.
Canadá baja la mirada a sus hijos, luego la eleva hasta Joseph. ¿Estará bien? Él tiene el derecho de todas maneras, y le está buscando, así que, ¿por qué no arriesgarse? Asiente levemente y Owen le deja pasar, y Alfred se apura y casi siente desfallecer al ver la imagen. Matthew, en aquella espaciosa cama, y a su lado, un bebé vestido de rosado y el otro, siendo amamantado por él. Los músculos le tiemblan, los lentes igual, y las piernas. Quiere acercarse, sin embargo tiene miedo y no sabe muy bien qué decir.
- Hola, Al –es Matthew quien debe iniciar la conversación, porque el americano no se mueve. Se rasca la cabellera y asiente, moviéndose hasta su gemelo. Puede sentir el calor que expele del cuerpo de Canadá y de los bebés.
- Hola –responde, y Dennis le hace cositas con las manos para que no pare de alimentarlo.
- Oh, Dios… esto es una locura. –murmuró Estados Unidos, estirando la mano para acariciar la cabeza del pequeño. Ése, el que estaba bebiendo leche, era su hijo, el que había nacido de su propia carne y tenía su sangre, al que había negado por tanto tiempo, y sólo al final de su desarrollo comenzó a amar profundamente.- Es tan hermoso… no puedo creerlo.
Tiene los ojos un poco aguados, pero Canadá no lo nota, se preocupa de darle de comer al bebé.
- ¿Él es Dennis?
- Sí.
- ¿Y la niña allá…?
- Faloon.
- God… -no sabe si decirlo o no, pero se atreve, mirándole fijamente- ¿Puedo cargarla?
Matt le hubiese dicho que no, que estaba bien acurrucada a su lado, pero Alfred lucía tan suplicante, que no pudo contrariarlo. Asiente suavemente removiéndose y afirmando la cabecita de Dennis.
- Es muy tranquila, casi no llora.
- Es tan linda… y pequeña, y calentita –ríe un poco, comenzando a cogerla en sus brazos. Le mira, no puede creerlo. Él es tan grande, y ella se contrae incómoda en su pecho, pero le sujeta, viendo cómo la niña comienza a abrir sus ojos –del mismo color que los de su hermano- y le parece que es la mejor imagen que ha visto en toda su vida. No es capaz de soportarlo, no cuando la había rechazado siempre y dicho bastarda.
- Hola, sweetie. I'm Alfred, yo soy tu papi. Tu papi que te quiere mucho, mucho, mucho.
Le parece que la niña hace un pucherito con su boca, algo que le es demasiado adorable y la mece en sus brazos, moviéndola de aquí para allá tarareando una melodía suave; pero a Faloon se le humedecen los ojos, y abre la boca, y su madre la mira, y todo es inevitable. Comienza a llorar fuertemente, como no lo hacía desde el parto, y Alfred se siente impactado, no sabe cómo calmarla para que calle, y quiere entregársela a Matt, pero él está ocupado con Dennis, y es Joseph quien se encarga de tener a la niña, cantándole una canción de cuna que logra ponerla tranquila.
Alfred se le queda viendo, dirigiendo sus ojos a su hermano y de vuelta a Faloon otra vez, cómo la pequeña parece relajada en los brazos del doctor Owen. Se queda de pie allí, en el centro de la sala, donde sólo es oído el sonido que producen los labios de Dennis contra el biberón, las palabras de Mattie y la canción de Joseph. Él permanece ausente, excluido de ese mundo, del que siempre debió pertenecer.
Hay una lágrima que se desliza por su mejilla y cae en sus labios, pero que él aparta con dignidad y orgullo, sin que nadie lo vea. Se rasca tras la cabeza y le dice a Matt que Francis está esperando afuera para entrar. El gemelo menor asiente, diciéndole adiós, y preocupado por completo de Dennis. Estados Unidos sale de la habitación, acariciando lentamente el cabello –como del color de Iván, él tenía razón- de la niñita, intentando no hacerlo muy fuerte para que no se despierte, porque ha vuelto a dormir. ¿A dónde se ha ido el héroe? ¿A algún lugar al que Faloon es incapaz de ir?
Cuando ya está afuera, luego de susurrar un adiós para su otro hijo, es Francia quien entra apurado, haciéndole a un lado.
Alfred se queda sentado en una de las sillas, pensando. ¿Es de esta forma en la que toda su vida se desarrollará? No puede olvidar la manera en que su hija lloró cuando simplemente la sostuvo en sus brazos cálidos, pero que para ella no los eran.
Quiere cerrar sus ojos, descansar, sin embargo es una voz fuerte la que no se lo permite.
- Oh, mon chéri, ¡es un pan de Dios! La pequeña ni siquiera llora.
Y su corazón acabó de estar congelado para siempre.
Estuve debatiéndome mentalmente como treinta minutos si poner qe qen entraba a la sala con Mattie -a pesar de que en cesárea como qe no entra gente, pero en este fic si porqe es chorizo- era Iván o Alfred.
Al principio dije: ''sha, pongo a Alfred. Sí, weno, el conchesumare no se lo merece, pero qero qe este él po, ¡¿y qué tanta wea?'' y escribí un resto con su participación, lo leí y dije ''esto es una mierda, estoy escribiendo parejo, tengo muy buenas ideas, pero me está costando llevarlas a word'' -chiste interno, Carrie, si lees esto, lo comprenderás ;)- así que en ese momento casi casi quise lanzarme a llorar (naaa, mentira :D sólo me levanté a la cocina para ir por un vaso de agua porqe eso me calma) y decidí qe mejor estuviera Iván, obvio, si Mattie se la había dado de loqillo la semana anterior con él y era como entero desubicao qe llamara al yanqui xd
Asee qe así nacio este cap :B Ojalá les guste y llene sus expectativas, muchas gracias por todos, nos vemos en el próximo, en el último! ¿reviews?
