Hildr estaba a punto de dormirse, cuando sintió que no estaba sola en la habitación. La valkiria posó su mirada sobre la espada que se encontraba en uno de los laterales de su amplio lecho, mientras, casi inconscientemente, tensaba todos los músculos de su cuerpo, preparándose para defenderse en cuando su visitante diera muestras de intentar atacarla.

Sintió cómo el intruso se movía sigilosamente por la habitación, pero era totalmente incapaz de adivinar su posición exacta. Comenzó a mover su brazo lentamente hacia la espada, un movimiento que esperaba que la otra persona no notase.

Fue entonces cuando sintió que esa persona estaba mucho más cerca de lo que había previsto. De pronto se encontró con el cuerpo de un varón bastante musculoso sobre ella, besándola apasionadamente. Ella no pudo hacer más que corresponder a aquel beso, totalmente inesperado y el primero que jamás había recibido.

El hombre se apartó un poco de ella y por fin descubrió quien era, aunque, por supuesto, no podía ser ningún otro. Sobre ella se encontraba Balder, príncipe de Asgard. Ya no llevaba la armadura que había lucido en el banquete, tan solo unos pantalones de dormir de color azul que se ajustaban a sus músculos como si fueran una segunda piel, dejando su torso totalmente descubierto.

Él le dedicó una pícara sonrisa a la valkiria, que lo único que hizo fue enrojecerse mientras notaba cómo, poco a poco, la temperatura de su cuerpo iba en amento. Entonces él hablo, y su voz sonaba en sus oídos cómo si viniera de muy lejos.

-¿Serás mía?- su voz sonaba sugerente y tentadora.

Los sentidos de Hildr estaban tan nublados que apenas pudo entender la pregunta, sin embargo, asintió de forma casi imperceptible. Balder vio el ligero movimiento y ensanchó su sonrisa, para, al segundo posar sus labios sobre el cuello de la valkiria. Hildr cerró los ojos para poder disfrutar de las sensaciones que el príncipe de Asgard le estaba regalando.

Fue en ese momento cuando todo acabó. Abrió sus ojos y se encontró sola en la habitación. Tenía el pelo y las sábanas pegadas al cuerpo a causa del sudor. Se incorporó un poco sobre las sábanas de satén azul, aun en medio de la realidad y el mundo de los sueños. Se apartó el pelo de la frente e intentó enfocar su vista en la oscuridad.

No. Definitivamente allí no había nadie.

Solo había sido un sueño. Hildr se dejó caer de nuevo sobre el colchón fijó su mirada en un punto indeterminado del techo. Era la primera vez que le pasaba algo semejante. Había conocido muchos hombres en su vida, pero jamás había tenido sueños como aquel con ninguno. Y tampoco los había deseada.

Se sermoneó interiormente por haberse dejado convencer para volver a Asgard, si n lo hubiera hecho probablemente no habría vuelto a ver al príncipe Asgardiano y en apenas un par de días se habría olvidado incluso de la existencia de este.

Aún enfadada, se quitó la sábana que la cubría, tenía demasiado calor para continuar con ella encima y, además, no hacía otra cosa que pegársele al cuerpo.

Hundió la cabeza en uno de los mullidos cojines e intentó volver a dormirse.

No pudo cerrar los ojos en toda la noche.


Muy lejos de Asgard, en una cueva situada en uno de los páramos más recónditos de Jotunheim, Karnilla, antigua reina Norn, vociferó tan fuerte que casi pudieron oírla en todo el mundo helado.

Lo único que había pretendido al espiar Asgard aquella noche era conocer el estado de su amado príncipe, pero se había encontrado con aquella mocosa rubia por la que Balder pensaba que podría sustituirla. Aquello era totalmente inconcebible.

La sangre de Karnilla ardía de rabia, no podía creerse que después de volver de la muerte para poder volver con su amado, ahora él prefiriera a una valkiria tosca y sin refinamiento alguno. No pensaba permitirlo.

Aunque aun no tenía un plan para deshacerse de aquella pequeña molestia inesperada, estaba segura de que no le supondría mucho tiempo. Después de todo ¿Qué podía hacer la furza bruta contra la magia? Nada de nada.


Loki se encontraba sola en una sala oculta en los sótanos del palacio real de Asgard. Era uno de los pocos refugios que ninguno de sus enemigos había descubierto antes del Ragnarock y había sido una verdadera suerte que aun se encontrara accesible, teniendo en cuenta lo poco que quedaba de Asgard.

La estancuia estaba llena de mesas con recetas mágicas instrucciones para conjuros y artefactos mágicos que Loki había ido juntando a lo largo de los años. Algunos eran meros trastos viejos que ella ya no necesitaba para nada cuyo nivel había superado hacía mucho, la inmensa mayoría los había modificado ella misma para aumentar su poder y algunos, muy pocos, aún no se veía capaz de utilizarlos.

El pergamino en cuestión que estaba buscando trataba sobre trasladar almas de un cuerpo a otro y de crear cuerpos a medida del alma que se quisiera depositar en él.

Si bien era cierto que el cuerpo que ocupaba en aquel momento tenía una gran utilidad, no veía la hora de salir de él.

Había contactado con el Doctor Muerte, uno de los pocos mortales a los que soportaba, a pesar de los aires de superioridad que tenía, su conocimiento de la magia estaba al nivel del suyo y podía aprovecharlo. Sin embargo las investigaciones que estaba llevando a cabo el midgardiano con los cuerpos de gigante de hielo y asgardianos que ella misma le llevaba iban muy lentas.

Y ella ya no podía esperar muchos más.

Recordaba el pergamino únicamente de pasada. Hacía mucho que nos se interesaba por él. Si no recordaba mal, Lo había conseguido durante una de sus efímeras alianzas con su hija Hela. Por supuesto Hela no había dado su consentimiento para que el dios del engaño se llevara el pergamino, pero Loki lo había hecho de todos modos y, además había conseguido que la culpa recayera sobre uno de los sirvientes de Hela.

Cuando por fin lo encontró no puedo evitar soltar un débil gritó de triunfo. Leyó el pergamino por encima, deteniéndose un poco en las partes que consideraba más importantes y una sonrisa se dibujó en su rostro. Aquello era exactamente lo que necesitaba.

Si conseguía realizar el conjuro con la suficiente rapidez, no tendría necesidad de volver a solicitar la ayuda del Doctor Muerte o de Karnilla. Aunque a ambos les dejaría pensar que el dios de engaño tenía una cuenta pendiente con ellos. Eso haría que se confiaran. Que pensaran que ellos eran los que iban un paso por delante

Y no había presa más fácil que la que pensaba que la confiada. Poco a poco iría convenciéndolos a ambos para conquistar Asgard, les haría creer que el plan era suyo y cuando por fin alcanzaran la victoria, sería ella la que se llevara la recompensa.

Y Thor por fin estaría muerto.

Sacudió la cabeza y se regañó a sí misma. Volvió a centrar su atención en el hechizo que debía realizar. Era cierto que ansiaba más que nada conquistar Asgard y deshacerse de su hermano, a pesar de los momentos de flaqueza que había tenido últimamente, quería ver a Thor muerto. Pero lo primero era lo primero.

Y primero tenía que recuperar su cuerpo.


La espalda de Hildr chocó brutalmente contra la pared de uno de las inmensas salas de entrenamiento de Asgard. Colocó su espada frente ella justo tiempo para parar la estocada de Brunhilda.

Se separó de la pared y se movió hacía la izquierda para atacarla por el flanco, pero colocó mal su pierna derecha y, desequilibrada, falló el gope, dándole a su amiga la oportunidad perfecta.

La punta de la espada de Brunhilda se pose sobre el pecho de Hildr, mientras ésta respiraba entrecortadamente y dejaba caer su espada, reconociendo la derrota. Se dejó caer sobre el suelo de mármol y cerró los ojos mientras su respiración se normalizada.

Brunhilda se sentó a su lado y la miró con gravedad.

-Has fallado demasiados movimientos-dijo con tono duro. Hildr entreabrió sus ojos.

-Estoy cansada, apenas he tenido tiempo para descansar desde la batalla y anoche no pude pegar ojo- no se molestó en explicar porqué: Brunnilda no lo entenderías y, para ser sincera, ella tampoco lo entendía.

Pasarse una noche entera sin pegar ojo por culpa de un hombre no era algo normal entre las valkirias. Para algunas ni siquiera era adecuado ni digno. Quizá Sigrún lo entendiera, pero tampoco pensaba contárselo a ella. Si lo hacía estaba segura de que todas sus compañeras se enterarían antes de terminar de hablar con Sigrún.

Apreciaba a su amiga, pero a veces era un poco bocazas.

-Te vi hablando con Balder anoche-atacó Brunhilda. Hildr abrió mucho los ojos y s eincorporó rápidamente. Su compañera la había pillado por sorpresa.

-No es lo que piensas, él me buscó a mí…

-Me da igual como fuera Hildr-la interrumpió-. Cuidado con lo que haces. Los hombres no son un juego como piensa Sigrún. Lo que hicierais anoche esta hecho, pero deberías saber que los hombres son la perdición de una mujer.

Brunhilda se levantó, con toda la intención de marcharse pero Hildr la detuvo.

-Oye, no sé lo que te piensas que pasó anoche, pero lo único que hicimos fue hablar-se quedó pensado un segundo y se corrigió-. Bueno más bien discutir. Además ese hombre no me interesa, ni él ni ninguno de los que he conocido.

"Además no creo que Balder sea como el resto" estuvo tentada de añadir. Pero no lo hizo, Brunhilda podría pensarse lo que no era si pronunciaba aquella frase.

-Mira haz lo que quieras, pero recuerda que es un hombre-Brunhilda se marchó de allí sin decir nada más.

Hildr se mordió el labio inferior, preocupada. No sabía hasta que punto lo que le había dicho a su amiga era cierto.

De prontó se dio cuenta de lo sucia y sudorosa que estaba. Con un suspiro salió de allí para dirigirse a su habitación. Necesitaba un baño urgentemente.


Bueno por fin subo la continuación. Siento muchísimo las espera la verdad es que he estado muy ocupada con las clases, apenas he podido respirar…

Bueno espero que os haya gustado y que no haya habido demasiadas escenas de Hildr XD.

Prometo subir el próximo capítulo prontito^^