Hola.

Naruto no me pertenece. Sino que es obra de Masashi Kishimoto.


.

.

.

La sangre lo mancha todo

.

.

.

Jashin no fue el primero, pero el último será.

Jashin hasta la sangre de los propios dioses beberá.

...

Algunos son sacrificios, otros son donadores.

Por voluntad propia, ninguno.

.

Compartí con Shikamaru las palabras de Hanabi. La única persona que sobrevivió un ataque de El Creyente, lo vio acompañado. Confirmaba que no actuaba solo. Sin embargo, no significaba nada. Solo se trataba de un cebo para engañar mi mente, para hacerme creer que íbamos por el buen camino.

Hanabi solo sería útil si su testimonio lograba convencer a los detectives, para que cambiaran el curso de su investigación, para que dejaran de buscar a un supuesto psicópata meticuloso y llevaran sus hocicos de sabueso a la mafia.

—La decisión vino de arriba—Me contó Shikamaru, con un cigarro entre los labios—. De los Uchiha.

En un país con apenas cuatro generaciones de fundación, después de cruentas guerras, la corrupción es fácil de hacer pasar por gobierno. El linaje militar Uchiha ayudaba a mantenerse en el poder y la oposición no tardaba en ser acallada.

El poder económico de los Hyuga algo podría hacer para ocultar que su heredera fue atacada por un psicópata: la prensa rosa ansiaba esa noticia. Sin embargo, el secretismo y la manipulación adquirían una faceta feroz cuando también incluían a Madara Uchiha, ex comisionado de la policía.

Desaparecer a Hanabi de los folios de la investigación era más provechoso que su declaración en el caso de homicidio más sonado del país. Era comprensible, después de todo: la investigación era inútil.

Estoy segura de que esa noche, Shikamaru no durmió, vi el arrepentimiento escondido en sus ojos. Él fue el único pupilo de Asuma que estuvo presente cuando desapareció. Por lo que Ino me ha contado y por los años que tengo de conocerlo, Shikamaru se culpa por su inexperiencia y falta de coraje cuando su maestro fue secuestrado.

Mi primer trabajo en el caso de El Creyente me encontró en la madrugada, en un parque del casco central de la ciudad. Mi llegada a la escena del crimen salvó a Choji Akimichi de una regañada por parte de Ibiki, pues habían fallado en localizar a Anko Mitarashi.

—Nadie puede incapacitarse durante una investigación como esta. ¿Alguien sabe qué demonios pasó con ella?—En cuanto me vio, el hombre dejó a Choji, quien suspiró aliviado—. Ya está aquí, doctora. Pero no hay nada que usted pueda hacer. No hay cuerpo.

—¿Entonces por qué está presente el departamento de homicidios?

En un claro en medio de unos bambúes, estaban Kakashi y Sai, hablando en susurros: la boca de Kakashi casi no se movía, mientras que la expresión de Sai era indescifrable.

—Aquí lo asesinaron. Pero se llevaron el cuerpo—me explicó Choji.

El Creyente cuidaba muy bien sus huellas: tanto que no había ni un solo sospechoso; sin embargo no cuidaba sus pasos: las escenas del crimen siempre eran un desorden. En esta ocasión, no tuvo ningún cuidado en eliminar las marcas en la tierra del arrastre del cuerpo, que llegaban hasta la calle.

Ese descaro en dejar escenas del crimen que hacían parecer que hasta el más inútil de los investigadores podría resolver, enfadaba a hombres como Ibiki Morino.

—Señor, he confirmado la identidad—dijo Shikamaru, acercándose a nosotros, con unos papeles—. Pertenecía a la Mafia Roja, ofrecían una fortuna por su cuerpo. Naruto ha encontrado restos de él en el Acuario. Detuvieron a tres miembros de la Mafia Roja por haberlo arrojado al tanque de tiburones.

—Acertaron, señores—murmuró Ibiki, mientras ojeaba los documentos—. El asesino es un caza recompensas.

Negué con la cabeza enérgica.

—No. Su compañero lo es.

—No hay ningún indicio de que participe alguien más en los asesinatos. Mis mejores hombres han confirmado que quien infringe las heridas es una sola persona. Sin la ayuda de nadie—me replicó Ibiki, quien a pesar de su apariencia hosca, era un hombre paciente.

—El Creyente no escoge a las víctimas—dijo Shikamaru, pensativo. Ese era un comentario que, de vez en cuando, Shikamaru decía y me hacía sentir escalofríos. En algún momento, Sai, del departamento de homicidios, también lo había dicho, pues al investigar a la secta del Jashinismo, se encontraban registros de un dios que escogía a quienes quería como sacerdotes y a quiénes como sacrificios. Trataba de aliviar mis miedos recordándome que en una secta loca como el jashinismo obviamente la mayoría seríamos considerados como sacrificios.

La voz grave de Ibiki me sacó de mis pensamientos. Dejé de observar la sangre y vísceras en el césped, para fijarme en las cicatrices y ojeras del rostro del investigador.

—Le recuerdo que no todas las víctimas tienen una recompensa sobre sus cabezas.

—No elige a todas las víctimas—agregué yo.

Ibiki gruñó, le devolvió bruscamente el expediente a Shikamaru, y centró su atención en mí:

—No hay ningún cuerpo que levantar. Largo.

Antes de que el reloj diera las seis de la mañana, ya estaba conduciendo en dirección a la casa de Neji Hyuga. Me encargué de estar presente cuando él regresara de hacer ejercicio y fuera en búsqueda del periódico. Neji siempre había sido un hombre de hábitos y yo aun recordaba bastante bien cómo iniciaban sus mañanas... y cómo funcionaba su mente. Por eso, lo busqué.

—No me importa si asesina delincuentes, pero nadie merece morir así—le dije a penas me vio,—. Si sabes algo, deberías decirlo.

—¿A ti? No lo creo.

—Yo sé que también lo viste—solté—. Sé muy bien que Hanabi mintió. Tu familia puede encubrir a Hanabi, pero no a ti. A menos que él fuera detrás de ti, y hayas usado a Hanabi para protegerte—Por la manera en que abrió la puerta de su casa y me hizo un ademán para que entrara, supe que no se atrevería a decirme que yo mentía. Además, ambos sabíamos que Hanabi haría lo que fuera por salvarle el pellejo. Así que más tranquila traté de conseguir información sobre el asesino—. ¿Puedes reconocerlo? Con cualquier seña que recuerdes, Sai será capaz de hacer un retrato.

—No me fastidies, Haruno.

—Le diré a Naruto.

—¿Qué le dirás a Naruto, Sakura?

—Le diré que El Creyente trató de matarte. Que Hanabi le dijo a la policía que la atacó, solo para encubrirte. No me importa si es cierto o no, solo eso bastará para sembrar la duda en Naruto y… en Hinata.

Neji y yo tenemos un pasado en común, y por algún tiempo, pensamos que también compartiríamos un futuro. Pero ese camino terminó pronto, y ahora solo parezco una acosadora que lo sigue y le increpa sobre su vida familiar. A decir verdad, nada que no haya ocurrido antes.

Mi relación con Neji se fortaleció mientras estudiábamos en la universidad, él derecho y yo medicina. En especial, nuestra estrecha relación con Naruto y Hinata nos llevó a compartir y fue tanto que fuimos pareja por tres años. Llegamos a conocernos el uno al otro, bastante bien. El paso del tiempo y el trago amargo de nuestra ruptura, no me impedían comprender su forma de pensar.

Podía afirmar con toda seguridad que Neji no tardó en idear un plan para salvarse, en especial si se trataba de sostenerle una farsa a su familia.

—Quiero que me acompañes a un lugar.

La petición me parecía tan fuera de contexto que tardé unos segundos en reaccionar. Reconozco que la presencia de Neji, con su ropa de ejercicio, el cabello bien recogido y la frente perlada de sudor, me recordaba viejos y mejores tiempos.

—¿A dónde?

—Te lo explicaré de camino.

—Tengo que ir al Acuario. Ahí está el cuerpo de la nueva víctima—murmuré.

—No, no tienes que ir. Tsunade ya está ahí.

Quince minutos más tarde, Neji Hyuga aprovechaba que yo ojeaba mi celular, para montarse él en el asiento del conductor de mi vehículo y encender el motor. Debí dar la vuelta y no me sentí cómoda siendo la copilota en mi propia auto, al lado de un hombre que llevaba casi diez años sin ver.

—¿Qué has hecho con tu vida, Neji?

Neji tamborileó levemente el volante, con sus dedos, y miró por el espejo retrovisor para cambiar de carril.

—Soy abogado.

—Sí. Recuerdo que estudiabas derecho y que te graduaste. Me refería a qué has hecho… además de eso.

—Trabajo—murmuró—. En la firma de abogados de la familia.

—¿Te casaste?

—No.

—¿Tienes hijos?

—No.

—¿Ti…?

—No me interesa hacer tertulias ni hablar contigo de mi vida privada. Mucho menos conocer de la tuya.

—No me gusta que un hombre, del que apenas conozco su nombre, maneje mi vehículo.

Nos acercábamos a la zona comercial de la ciudad. Lejos del Acuario y de la Calle Uchiha, donde quedaba el Edificio de la Policía. Un lugar, que reconozco, casi no frecuentaba, por ser ostentoso y caro.

—Son dos hombres—confirmó—. Pero no conseguirás nada de mi familia. Si realmente quieren atraparlos necesitarán otra pista.

—Un retrato…

—No. Un retrato hablado… sería demasiado. Cuando los veas, entenderás.

—¿Cuándo… qué?

—Lo siento—murmuró Neji.

Y ese fue el detonante.

No había un perfil claro sobre quién podría ser El Creyente, pero se barajaba la posibilidad de que fuera algún tipo de millonario resentido, y Neji calzaba en esa descripción.

—¿A caso… eres tú?—pregunté, no sé ni por qué.

Sin importarme la autopista que cruzábamos, abrí la puerta. Neji apenas tuvo tiempo de orillarse antes de que yo saliera despedida; en cuanto detuvo el auto, me bajé y corrí. Neji fue tras mí, y mientras forcejábamos, la policía nos encontró, y por policía me refiero a Rock Lee, gran amigo de ambos.

—¿A caso Neji se sobrepasó contigo, Sakura?—preguntó Rock Lee, con sus vibrantes ojos ardiendo.

—Él es… el asesino—logré decir.

La reacción de Rock Lee no fue la que esperaba. Por supuesto que sé muy bien que los policías, por su entrenamiento y por la costumbre que tienen las personas de mentir, no reaccionan sorprendidos cuando uno hace tal revelación, pero Rock Lee parecía entender muy bien a lo que me refería.

—Esto es muy peligroso, Neji. No deberías incluir a Sakura—fue la respuesta del llamado Bestia Verde de Konoha, aquel incansable hombre que se negaba a utilizar el uniforme reglamentario.

—La necesito—fue la respuesta de Neji, que me causó escalofríos.

—No permitiré q…

—¿Qué sucede? —interrumpí. Confieso que aprecio y respeto a Rock Lee, pero justo como me sucede con Naruto, pierdo la paciencia muy pronto cuando se trata de él.

—Acompáñame a un lugar—insistió Neji, y entró de nuevo al auto, esta vez tomó el asiento de copiloto.

—También iré—me aseguró Rock Lee, dirigiéndose a su patrulla.

Neji me dio la dirección de un exclusivo centro comercial, y después de lidiar con la seguridad interna, que nos impidió el paso, por pretender entrar a la avenida a una hora vergonzosamente temprana, estacioné mi auto enfrente de una joyería. Rock Lee tuvo la precaución de estacionar su patrulla al doblar la esquina. Ninguno de esos ricos comerciantes aceptaría de buena gana un carro de la policía delante de su local.

Como un cuadro que desentona en una pared, un hombre de cabello blanco, con un traje japonés tradicional y sencillo, estaba afuera de la tienda, barriendo la acera con una escoba de paja.

Pensé que si me tomara dos segundos para imaginar cuál debía ser la apariencia física de El Creyente, mi mente imaginaría a un tipo como el que tenía al frente. Su apariencia era pulcra y cuidada, con el cabello bien peinado y sujeto en una cola atrás, sus cejas estaban bien delineadas y tenía una buena mandíbula: en una fotografía hasta podría parecer un hombre apuesto; sin embargo, sus ojos parecían temblar y sus labios se extendían en una mueca larga.

—¡Hyuga!—bramó el hombre en cuanto reconoció a Neji—. ¡Cabrón, eres tú! Creí que no tendrías los huevos para venir por aquí. Y has traído… ¿qué? ¿A tus putos? Jashin te eligió, pero a ellos los mataré: sus infieles almas serán del siempre poderoso Jashin—sus ojos violáceos nos recorrieron de pies a cabeza.

—¿Kakuzu está dentro?—inquirió Neji.

—Siempre preguntan por ese avaro—Rápidamente, se pasaba la escoba de mano, mientras parecía que le hablaba al cielo—. Putos ateos de mierda. Todos arderán en el infierno. ¡Trato de hablarles del misericordioso Jashin y me buscan solo porque quieren a Kakuzu!—Volvió a su tarea de barrer—. Está adentro, quemándose el culo en el infierno de la avaricia.

Neji le hizo un ademán a Rock para que se quedara afuera, quien con su usual jovialidad, asintió con un saludo militar.

—¡Eh, bastardo!—gritó el tipo de cabello blanco, su voz tembló nerviosa—. Déjame a la chica. No quiero quedarme con este rarito.

Di un par de brinquitos para reducir la distancia entre Neji y yo, temerosa de los ojos casi desorbitados del barredor. Mientras atravesaba la elegante recepción, llena de brillos y cifras que nunca podría pagar, me trataba de convencer de que El Creyente no me mataría en la bodega de una lujosa joyería, que Neji no era El Creyente, que Rock Lee no sería capaz de dejarme a las fauces de un peligro tan grande.

Neji, sin ningún tipo de educación, entró a una oficina ubicada en el segundo piso del local. Justo en el momento en que entrábamos, la figura de una persona con una chamarra oscura se levantó y caminó hasta salir por una puerta lateral. No fui capaz de distinguir ningún signo característico, pero pensé que se trataba de una mujer.

En la oficina, pulcramente decorada, estaban dos hombres. Uno al otro lado del escritorio de madera, de piel morena y cabello largo, y el otro en uno de las sillas de visitas, un hombre que yo conocía bien: Orochimaru, el anterior Director de Medicatura Forense.

Ninguno de los dos parecía perturbado por nuestra presencia, así que si no fuera por la mujer que se escabulló rápidamente en cuanto entramos, podría pensar que nos esperaban, que teníamos una cita. Tragué saliva, asustada, y empecé a notar que había algo extraño con la apariencia del hombre tras el escritorio: cicatrices en los labios y algo más que una simple esclerótica irritada.

Neji acercó otra silla, y me pidió que tomara asiento, al lado de Orochimaru. No sabía a dónde fijar mi vista: los tres hombres me parecían igual de peligrosos; pero era absurdo que Neji pretendiera que me sentara, sin embargo, lo hice.

—Recordarás su nombre, Kakuzu—Fue Orochimaru el primero en hablar, con su voz tersa y persuasiva, justo como yo recordaba que le hablaba a Tsunade, cuando ella se negaba aceptar el puesto en el hospital que Orochimaru dejó. Pude ver que el hombre tras el escritorio levantaba una ceja, medianamente interesado—. Sakura Haruno—se relamió los labios después de pronunciar mi nombre y no pude evitar tensarme, la presencia de Lee me había tranquilizado, pero no debí confiar, no debí permitir que Neji me pusiera en una situación que no comprendía—. Fue ella quien detuvo a Sasori—continuó Orochimaru.

—Sasori se dejó atrapar—murmuró el hombre con pereza, como haciendo una aclaración obvia, que me restaba todo el crédito.

—No le quites mérito al descubrimiento del antídoto a cada uno de sus venenos—repuso Orochimaru, y por un momento, si estuviéramos en otras circunstancias, habría creído que eso era un cumplido.

Hacía unos años, el organismo investigador del País de la Arena solicitó la colaboración del nuestro para resolver el caso de Sasori, el marionetista, conocido por sedar a sus víctimas, asesinarlas y convertir sus cuerpos en marionetas. Gracias a mi trabajo en conjunto con una veterana médico de la Arena, logramos desentrañar los misterios del poderoso veneno que usaba, lo cual nos guió a su guarida.

El caso de Sasori era uno de los logros de nuestra policía, y su éxito solía atribuírseme.

Al parecer, el comentario de Orochimaru fue bien recibido, porque el tal Kakuzu asintió, como aprobándome, y le pidió, con una voz grave, a Orochimaru que se marchara.

Antes de que pudiera exigir una explicación, Neji puso una piedra verde, casi del tamaño de su puño, en el escritorio. Asombrada, miré el cuidadoso análisis que Kakuzu hizo con su lupa. Y pasé muchas noches preguntándome por qué fui capaz de guardar silencio por tanto tiempo; la única respuesta que he conseguido es que estaba obnubilada por el lujo y por la expresión dura de Kakuzu.

—Acepto—dijo, finalmente. Dejó la esmeralda a la vista, sobre el escritorio.

—Ella—empezó Neji—, Sakura ha…

—Lo sé—interrumpió el hombre—. La teoría de que "El Creyente" escoge sus víctimas por la recompensa.

—Algunas de sus víctimas—Me vi en la obligación de rectificar, pues no todas las víctimas seguían el patrón. Lamentablemente, mi interés por la explicación adecuada de los hechos era más importante que entender qué era lo que ocurría.

—Esa información me trae sin cuidado—informó Kakuzu, y creí entender que nos decía que solo le importaba el valor en el mercado de las piedras preciosas.

—Sakura ha hecho una lista de posibles víctimas—Escuché a Neji aventurar. No podía creer que con tan solo un par de minutos de conversación, en dos ocasiones, fuera capaz de decir algo que yo consideraba mi mayor secreto—. Ella es médico forense y hace unos días fue asignada al caso de El Creyente, como auxiliar de Tsunade Senju. Además, tiene conocidos en la policía.

—Neji—supliqué su silencio, entre dientes.

—Ibiko Morino ha descartado sus teorías, pero no por siempre—insistió Neji, y era obvio que no escucharía nada de lo que yo dijera.

—Quiero ver la lista—pidió Kakuzu.

—No existe—afirmé, con dureza.

—No se arriesgaría a escribirla en papel—aclaró Neji, como si fuera mi condenado abogado y estuviera tratando de hacerme quedar bien delante de un tribunal—. La policía busca desesperadamente un sospechoso. Hace unos minutos, casi fui yo.

Kakuzu asintió, de la gaveta del costado del escritorio, sacó un papel y me lo tendió. Maldije la hora en que acerqué el papel para poder leerlo. Con un rápido movimiento, saqué el celular de mi bolso. Tenía la intención de llamar a Naruto; sin embargo, Kakuzu fue más rápido que yo y en menos de un segundo me tenía sujeta del brazo y logró quitarme lo que creía mi única salvación.

Quedé atemorizada al ser consciente de su altura y de percibir cómo Neji no movió ni una pestaña.

Él no opuso resistencia cuando me zarandeé para soltarme, y de pie, asustada, temblando como una hoja, exigí saber qué estaba pasando.

—Pagaremos lo que vale la vida de esa gente—dijo Neji, como si estuviera hablando de un trato que yo entendía y formaba parte.

—¿Qué está pasando? ¡Auxilio!—insistí, pegando gritos.

—Me pondré en contacto contigo—dijo Kakuzu.

—¡Neji! ¡Auxilio! ¡Ayúdenme! ¡Rock!

Al ver que ninguno de los dos me prestaba atención, corrí hacia la puerta y pretendí salir; sin embargo, el hombre de pelo blanco estaba al otro lado: él había acudido al llamado de mis gritos, pude deducir al verlo agitado y con su ropa desacomodada. Fue tal nuestra cercanía al encontrarnos en el umbral de la puerta, que pude ver que de su cuello guindaba un medallón con un triángulo invertido dentro de un círculo: el signo que El Creyente hacía con la sangre de sus víctimas.

Cientos de veces había leído en los informes forenses de Shizune que El Creyente también dibujaba ese signo en la piel de sus víctimas. También, había escuchado las atemorizantes leyendas de un portal y de una bestia de sangre que Sai había investigado al tratar de averiguar más sobre Jashin.

Con el alma a punto de salirse de mi cuerpo, retrocedí.

—¡Por Jashin! Mujer, parece que has visto al diablo—dijo el hombre—. ¿Qué pasa? Kakuzu, eres un puto de mierda. Me dices que no asuste a los clientes, y tú has hecho que esta mujer grite pidiendo auxilio. Eh. Eh. ¿Qué es eso? —sus ojos se dirigieron al papel que yo había dejado caer—. ¡Otra vez con esa lista! Así no funciona Jashin. Jashin no puede exigir las almas de las personas de una lista. Jashin pide un sacrificio cuando él lo necesita, no cuando lo dice tu condenada lista de dinero, puto avaro. ¡El dinero no es importante para Jashin!

—Hidan, prepara un té.

—¿Qué? ¿A caso soy tu sirviente? No te he dejado darme por el culo como para que me estés tratando como si fuera tu esclavo, sodomita pecador.

La interrupción fue gracias a mi celular. Bendito Naruto, por llamarme en ese momento. El sonido comercial, que nunca tuve tiempo de cambiar, atrajo la atención de todos, y Kakuzu me arrojó el celular. Mis manos temblaban, cuando lo llevé a mi oreja.

Sakura, ¿estás bien? Recibimos un reporte de una mujer pidiendo ayuda en carretera, Rock Lee dice que eras tú.

—Naruto—susurré. Quise decirle que me matarían, que la policía estaba equivocada, que yo estaba equivocada, que no eran dos hombres, que eran tres los asesinos y que Neji era uno de ellos.

No te oyes muy bien. ¿Todavía estás con Neji y Rock Lee?

—Sí. Estoy con Neji… y con otros dos… Naruto.

¿Hay algún problema? No sabía que te habías reencontrado con Neji. ¿Está todo bien entre ustedes?

—Ven por mí. Por favor… no dejes…

¿Dónde estás?

A sabiendas de que los dos hombres me observaban con atención, fui capaz de dar la dirección de la joyería. A ninguno le importó.

—Claro. Iré por ti a penas salga del trabajo. Le diré a Hinata, le gustará ver a Neji. Oh, ni hablar de Boruto…

—No. Ven ya. Por favor.

—No puedo ir ya, Sakura. ¿Sucede algo? ¿Puedes hablar libremente?

—No.

—Voy para allá. Buscaré a algún policía que esté cerca para que llegue antes. No te preocupes, Sakura. No dejaré que te suceda nada.

—Naruto…

De un manotazo, Hidan, el de cabello blanco, me arrebató el celular.

—¡Otro policía! Estoy harto de ver policías. ¡Los policías me calientan la cabeza!

—Cállate, Hidan—dijo Kakuzu, sin inmutarse por nada—. Y trae el té.

—Les daré del té de tu reserva especial y les serviré un montón. Gastaré tanto té que no quedará nada para mañana. Pero primero me limpiaré el culo—gruñó Hidan y salió.

Observé la escena, de dos hombres atractivos y adinerados, que parecían hacer negocios en una lujosa oficina, y me dije a mí misma que lo único que explicaba por qué aun no me desmayaba, era que ninguno de los dos había variado su posición.

—Sasori, el Escorpión Rojo—murmuró distraídamente Kakuzu, con el interés de retomar ese inicial tema de conversación—. El primer asesino en serie atrapado. Sus piezas, cuidadosamente elegidas para ser convertidas en marionetas, en aquello que representaba su arte eterno.

—Era un loco y un sádico—interrumpí. Reconocía que mis errores me habían llevado a esa situación incomprensible, pero, por ningún motivo, toleraría una conversación en buenos términos de Sasori.

—Un maestro de la anatomía, una carrera prominente en el mundo artístico y un habilidoso creador de venenos—continuó Kakuzu—. Tantas cualidades requieren a una persona con muchísima capacidad que pueda detenerlo.

En cualquier otra circunstancia, ese habría sido el mejor halago recibido por mi participación en aquella feroz investigación. Ahora solo me producía una irritación y furia que no me creía capaz de contener.

—Un loco y un sádico. Con una crueldad infinita—repliqué.

—Suicidio—asintió Kakuzu, al parecer dándome la razón respecto a la locura y al sadismo—. Según tengo entendido, atribuyeron su comportamiento a la pérdida temprana de sus padres.

—Era un loco y un sádico. No hay ninguna explicación—gruñí, realmente molesta.

—Joder. Nunca había estado con una persona que era capaz de interrumpirme tres veces con el mismo comentario de mierda. Ni siquiera el bastardo de Hidan me hace eso.

El comentario llegó a avergonzarme, y me encontré boqueando. Sin embargo, Neji, pendiente de la hora que marcaba un gran reloj, habló:

—Volviendo al tema…

Por esta vez, la interrupción parecía favorecerme. Sin embargo, esa no fue mi impresión al ver a Anko Mitarashi en la entrada de la oficina.

—¿Qué tenemos aquí?—habló la detective con fuerza—. Naruto me pidió que viniera—explicó y no me sentí tranquila—, y Rock Lee está afuera. ¿Por qué hay tal desglose de poder policial? ¿A caso otra vez usando tus influencias, Sakura?

La presencia de Anko me hizo temer más por mi seguridad. Quise decir muchas cosas: el tipo de cabello blanco de la entrada es el asesino, estos dos son sus cómplices, sálvame, no dejes que me maten, quédate conmigo hasta que llegue Naruto, pide refuerzos, arréstalos, pero solo fui capaz de articular:

—Creí que tenías permiso por incapacidad; tu pierna...

—Lo tengo—respondió, de mal modo—. Pero nunca apago el radio y pasaba cerca cuando escuché el mensaje de Naruto.

Asentí, aunque su respuesta, creíble, no me dio confianza.

—¿Puedes llevarme a mi casa?

—Vi tu vehículo estacionado afuera—me dijo Anko, y, en ese momento, eso era lo que menos me importaba.

—Quiero irme.

—¿Es necesario que levante un acta policial de esto? Escuché al tipo de la tienda decir que habías pedido ayuda, Sakura, pero Rock Lee está afuera—habló Anko, suspiró, como si estuviera lidiando con cadetes—. ¿Y qué debo reportar? ¿Qué le tienes miedo al compromiso? ¿No te gustó el anillo que te compraron?

Tenía claro que aun no acomodaba mis ideas, pero me ofendió enormemente que Anko me tratara de esa forma.

—Oficial, quiero que se vayan. Todos, han perturbado la paz de mi negocio—habló Kakuzu, y extrañamente, esas hoscas palabras sí le dieron sosiego a mi alma.

—Andando, Sakura, Hyuga.

Neji trató de hablarme mientras salíamos, pero huí de él y corrí tras Anko, sin fijarme ni en Rock Lee ni Hidan.

—Sakura. Por favor—me pidió Neji, siguiéndome—. La policía no puede detenerlos. Nosotros sí.

—¿Crees que no puede detenerlos?—Me giré sobre mis talones y lo enfrenté en susurros—. La policía detuvo al ¡magnífico artista de Sasori! ¿No escuchaste a ese loco hablando? Naruto casi muere, cielos. La Anciana Chiyo murió por culpa de ese enfermo.

—El sistema no puede retener a un hombre como Hidan. No hay ninguna cárcel que pueda pararlo—replicó Neji, con el mismo tono susurrado y molesto que yo usaba.

—¿Sakura, estás lista? ¿Siguen discutiendo por el anillo? —llamó nuestra atención Anko, que me esperaba con la puerta de su vehículo abierta. Ignoré a Neji y a Rock, y corrí en su dirección.

—Traté de sacarte lo más rápido posible de ahí—me dijo Anko, mientras encendía el auto.

—Gracias—murmuré, también agradeciéndole que me ayudara a colocarme el cinturón de seguridad, pues mis manos temblaban ligeramente.

—¿Quieres hablar de lo qué pasó? Escuché que hacía unos minutos tuviste un altercado con el chico Hyuga, en la autopista. No pensé que le tuvieras tanto miedo al compromiso.

—Llévame donde Naruto, por favor.

—¿Por qué hiciste un escándalo en un lugar como ese? Ese hombre tiene mucho dinero y sus clientes son muy selectos. Nunca podrías pagar ni la pieza más pequeña de esa tienda, y te atreves a gritar en su cara. Tienes que ser muy tonta, Sakura.

—¿Quién es él?

—Un joyero. Un terrateniente. Un prestamista. Un usurero. Como quieras llamarlo. Pero es un tipo que conoce de dinero. No es alguien que quieras tener de enemigo.

—¿Y paga sus impuestos? —gruñÍ, con cierta molestia.

—Creo que eso puede respondértelo Neji Hyuga.

Debí suponer que Neji ya estaría en la casa de Naruto cuando yo llegara. Quizá, Neji tendría más derecho de estar aquí que yo misma.

—Vete—siseé, mientras aceleraba el paso para llegar a la puerta de la casa de mi mejor amigo.

—Tenemos que hablar.

—No. Le contaré todo a Naruto.

—Sakura.

—¡Déjame!

—Kakuzu puede ser el testigo que el caso necesita. Un testigo de la corona—El comentario me desorientó, por lo que Neji ganó el tiempo suficiente para saber que había comprado mi curiosidad—. Eres una persona muy difícil, Sakura—murmuró, más tranquilo, con un brillo de añoranza en sus ojos, y en los míos, estoy segura de que se reflejó mi enojo.

—¿Te has puesto a pensar en lo que estoy pensando de ti? ¡Me llevaste a la guarida de El Creyente! Creo que estoy muy tranquila…

—Nunca me hubieras creído.

—¡Lo único que creo es que eres su cómplice! ¡Por dios, Neji!

—No lo soy. Pero tengo la suficiente experiencia para saber que las buenas intenciones tuyas o de Naruto no solucionarán el mundo… y no atraparán al asesino.

—Por supuesto. Si ningún cómplice quiere ser atrapado.

—Sakura, presta atención. ¿Cuántas muertes? ¿Cuántos años han pasado sin ninguna pista? Soy lo más cercano que podrás estar para ponerle fin a esto.

—¡Yo no tengo que ponerle fin a nada! ¡Para eso está la policía!

—La policía es insuficiente. Kakuzu, simplemente, está en otra liga. Y el sistema carcelario no puede detener a Hidan.

—Estoy harta, Neji. Me duele la cabeza.

—Olvidamos el té—murmuró él, como si el té que Kakuzu nos ofreció valiera la pena. Me sonrió, levemente, y continuó hablando—. Kakuzu es traficante de órganos y muchos de sus clientes son personas que jamás te imaginarías. Ni la policía ni los políticos le pueden poner fin, porque él es más grande que eso. Sin embargo, Kakuzu solo sabe de dinero… actualmente está con Hidan porque con él puede conseguir dinero.

Ya había augurado esa teoría: los órganos que El Creyente le quitaba a los cuerpos, que no tenían un precio sobre sus cabezas, se vendían muy bien en el mercado negro. Inclusive, el hospital cargó sobre sus espaldas investigaciones y auditorías policiales, pues buscaban pruebas de doctores que se prestaran para realizar trasplantes de órganos.

—¿Y eso qué?—repuse—.El Creyente aprovecha al cien por ciento cada milímetro del cuerpo de las víctimas, tienes que ver los cadáveres, la maraña de pellejo que son.

—Kakuzu solo lo hace por el dinero que puede conseguir. Por la piedra que le entregué, olvidará la recompensa que pesa sobre mi cabeza. Podemos pagar el precio de cada víctima que elija Hidan. Y cuando Kakuzu confíe en nosotros, vea que somos una excelente fuente de recursos, le propondremos que delate a Hidan. Te aseguro que por la cantidad de dinero "justa", él aceptará un par de años en la cárcel. Y la policía podrá detener a Hidan. Es Hidan quien mata, este es el plan perfecto para acabar con todas esas muertes.

—Dijiste que el sistema no puede contra Hidan.

Quizá por la simpatía que aun le guardaba, evité decirle que acababa de sonar como un loco.

—Hidan es un inútil si está solo. Acompañado, bajo la protección de Kakuzu, es un hombre muy peligroso. Quítale a Kakuzu, y un par de esposas podrán detenerlo.

—¿Por qué? —inquirí, y la mirada sorprendida que me dirigió, me hizo saber que hice la pregunta correcta. ¿Por qué me estaba pidiendo que participara de esa locura?

—Porque comprendiste que Hanabi me encubrió. Esa noche, Hidan fue por mí, porque Kakuzu se lo pidió. Hanabi ni siquiera estaba en el lugar.

—¿Qué pasó?

—Hidan se presentó en mi casa, desnudo, solo cubierto con una capa larga y roja. Creí que era un payaso. Forcejeamos. Logré derribarlo, porque no es muy fuerte. Es gritón y loco, lo cual seguramente afecta la estabilidad mental de sus víctimas. Pero si no se pierde la calma, se puede inutilizar fácilmente—murmuró—. Después apareció Kakuzu. No tuve oportunidad contra él… pero alcancé a ofrecerle dinero. Un mafioso al que había enviado a la cárcel hacía poco pedía mi cabeza, por 20 mil ryos. Se los pagué a Kakuzu. Y estoy vivo. Justo lo que queremos que suceda…

Cuando se habló de Hanabi como una sobreviviente al ataque, muchos no lo creyeron. El asesino que buscaban se ensañaba con sus víctimas, jamás permitiría que alguien escapara. Tenía que haber una razón muy grande para que Hidan dejara vivir a Neji.

—No tiene sentido. Tenemos pruebas de que remata a sus víctimas, ¿por qué te dejaría ir? Hidan nunca ha dejado un "trabajo" sin acabar.

—Según entendí—me dijo Neji, con el ceño fruncido—, no "bebió" de mi sangre, por lo cual puede interrumpir el sacrificio. Por cierto, lo que hace son "sacrificios". Tengo la lista...

—Tengo un trabajo en el gobierno—repliqué, claro está, con la primera idiotez que se me ocurrió.

—Yo también tengo uno, pero es mucho más importante detener a Hidan. Además, tendremos cuidado.

—Nada de esto tiene sentido.

—Hidan es un imbécil. Kakuzu evita que sea atrapado y es quien lo convenció de que matara en forma ordenada. Hidan le obedece porque Kakuzu le garantiza que tendrá víctimas. Pero Kakuzu solo lo hace porque está interesado en el dinero que puede ganar. Tan sencillo como ofrecerle más. Ese hombre por dinero traicionará a Hidan. Lo único que los une es que ninguno de los dos puede matar al otro. Sakura, es tu oportunidad…

—No lo digas.

Neji no tenía que recordarme que esta podría ser mi oportunidad para hacer algo verdaderamente útil, por mí misma.

...

Continuará...


Muchas gracias por leer y dejar review.

¿Me cuentan qué opinan?

Nos leemos