LA HISTORIA NO ME PERTENECEN ASI COMO TAMPOCO LOS PERSONAJES QUE PERTENEcEN A S. MEYER.
Capítulo 2
Dios, cuánto le gustaba volver a estrecharla en sus brazos. El calor recorrió el cuerpo de Cullen y se le aceleró el pulso solo con sentir la calidez de Bella, sus manos delicadas en los hombros. Sin darse cuenta, inhaló su aroma a fresas que olía mejor de lo que habría deseado.
—Gracias a Dios que estás aquí —susurró ella, acariciándole el cuello con la respiración.
Fue su voz lo que lo sacó de la locura. Se puso rígido, apartó las manos de su cintura y dio un paso atrás, aunque las oleadas de calor seguían recorriéndole el cuerpo.
Cullen dominó la traicionera reacción y se concentró en el rostro de Bella, en esos preciosos ojos llenos de alivio. Habría deseado que no estuviera tan guapa, pero realmente tampoco había esperado nada distinto porque Bella siempre había sido una mujer despampanante. Incluso en ese momento, más delgada y pálida de lo habitual, su belleza era capaz de cortarle la respiración. Llevaba el cabello, color chocolate, recogido en una coleta que hacía que aparentara menos de los veintiocho años que tenía. Iba vestida con unos pantalones anchos y un suéter de punto sin forma alguna, pero él sabía que bajo aquella ropa se ocultaban unas curvas deliciosas, cuyo recuerdo bastó para volver a acelerarle el pulso, una reacción que no agradeció precisamente.
—¿Estás bien? —le preguntó en tono brusco, mirándola a los ojos.
—No —admitió al tiempo que meneaba la cabeza para dar aún más énfasis a su respuesta.
Era obvio que seguía siendo tan sincera como siempre y la contestación que lo confirmaba le hizo sonreír sin querer.
—Me he enterado de lo del accidente.
En sus ojos apareció un brillo de furia.
—¿Te lo ha contado mi padre?
Cullen asintió.
—Déjame que lo adivine. Está fuera en el coche, esperando a que me saques de aquí y podáis llevarme otra vez al hospital, donde no podré causarme ningún daño.
Sus palabras estaban cargadas de dolor e ironía. Y ese mismo dolor se reflejaba también en su rostro. En el instante que vio la expresión de su cara, Cullen supo que no se había equivocado. Bella jamás habría intentado suicidarse. No le importaba lo que dijera el senador; como de costumbre, no tenía ninguna razón.
—Tu padre no está fuera. He venido solo.
Bella se quedó callada un momento antes de lanzarle una mirada de desconfianza.
—Pero te ha pedido que vinieras.
—Sí.
Meneó la cabeza mientras se dirigía a sentarse en el sofá.
—Me habría encantado oírle suplicarte que lo ayudaras.
Cullen no pudo evitar echarse a reír.
—La verdad es que fue algo memorable.
Bella se rio también.
—Estoy segura.
Bueno, lo cierto era que estaba siendo más sencillo de lo que habría pensado. Allí estaban, hablando y riéndose, sin silencios incómodos, sin ten... ¿A quién quería engañar? En realidad era tremendamente difícil para él volver a ver a Bella después de dos años separados.
Respiró hondo y fue a sentarse junto a ella.
—Cuéntame lo del accidente —le dijo por fin.
Bella lo miró enarcando una ceja.
—Hace dos años que no nos vemos —le recordó ella con dolor—. Y la última vez que nos vimos me dijiste que no querías volver a verme.
Intentó no encogerse. La verdad era que oyéndoselo decir a ella, sonaba más duro de lo que recordaba. Cuando había dicho esas palabras, él también estaba muy dolido.
—Probablemente podría haber sido más diplomático —admitió, arrepentido.
Ella tragó saliva.
—No. Me merecía todo lo que me dijiste.
Como hacía siempre que estaba nerviosa, Bella se mordisqueó el labio inferior. La última vez que se lo había visto hacer, acababa de decirle que quería posponer la boda.
—Veo que tienes esto un poco abandonado —dijo Bella mirando a su alrededor, lo que hacía pensar que tampoco ella quería hablar del pasado.
—He estado fuera del país —respondió él encogiéndose de hombros.
Clavó la mirada en sus manos para no mirar a su alrededor como estaba haciendo ella. Aquel lugar había sido su refugio, donde iban a hacer el amor, donde Bella podía huir de la constante vigilancia que conllevaba el ser hija de un senador.
De hecho, había sido exactamente allí, en ese sofá, donde Bella le había dicho por primera vez que lo amaba. Él le había respondido lo mismo, sin dudar. Dios, cuánto la había amado... y después habían hecho el amor apasionadamente. Toda la noche.
El recuerdo de aquella noche le encogió el estómago. No solía permitirse pensar en aquella época. No quería recordar lo que sentía al besarla o cuando le hacía el amor. Ni las sonrisas que ella le dedicaba cuando despertaba entre sus brazos, ni que jamás se echaba atrás cuando creía en algo.
Se tragó el nudo de amargura que tenía en la garganta. En realidad sí que se había echado atrás una vez. En algo que importaba de verdad. Había permitido que su padre la convenciese de no casarse con él.
—¿Qué tal va el trabajo? —le preguntó con voz suave.
—Bien. Parece que últimamente secuestran a todo el mundo. Tuvimos que liberar a tres personas solo el mes pasado.
—La maravillosa vida del mercenario —respondió con ironía.
Se hizo un breve silencio que Cullen aprovechó para reunir un poco de valor. Sabía qué debía hacer y sabía cómo iba a reaccionar Bella, pero no estaba en condiciones de enfrentarse a ella. Volver a verla había abierto una herida que aún era muy dolorosa.
—¿Cullen?
La miró a los ojos.
—¿Sí?
—¿Qué te tiene tan preocupado?
Se pasó la mano por el pelo y se preparó para la pelea.
—Solo intentaba decidir si era mejor salir ahora o esperar hasta mañana.
La vio apretar los puños.
—¿Hacia dónde se supone que vamos a salir?
—No sé. Supongo que a casa de tu padre, o a tu apartamento si lo prefieres. En cualquier caso, voy a llevarte a la ciudad.
—¡No! —exclamó de inmediato—. Si lo haces, mi padre volverá a encerrarme en el psiquiátrico.
Cullen apretó los dientes. Tenía razón, por supuesto. Edward volvería a encerrarla en cuanto pudiera.
Pero ¿qué se suponía que debía hacer él? Había prometido encontrar a Bella y había cumplido con su palabra. Allí estaría a salvo, lo que quería decir que tenían que irse cuanto antes porque los recuerdos iban a acabar con él.
—Por favor, Cullen, no llames a mi padre —le suplicó—. Dame un poco de tiempo para averiguar qué está pasando.
—Te has escapado del hospital, el senador no va a permitir que te pasees por ahí libremente para investigar.
—Claro, porque volvería a perjudicar su imagen una vez más —respondió Bella con rabia—. Pero resulta que soy periodista, Cullen, y voy a seguir investigando diga lo que diga mi padre.
No le gustaba la obstinación que había en su mirada porque, cuando Bella se empeñaba en algo, pobre de aquel que se interpusiera en su camino.
Abrió la boca para protestar, pero ella lo sorprendió dando un puñetazo en el sofá.
—¡Han intentado matarme, maldita sea! —exclamó.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó él, alarmado.
—La noche del accidente, alguien me sacó del puente.
—¿Estás segura? —la idea de que alguien hubiese querido hacerle daño despertó dentro de él un inesperado deseo de protegerla.
—Claro que estoy segura —dijo, a la defensiva—. Vi las luces del coche por el retrovisor y de pronto noté que me golpeaban por detrás. El que conducía estaba loco, Cullen. No dejó de embestirme hasta que consiguió que mi coche cayera del puente.
—¿Se lo contaste al senador?
—No me creyó —se limitó a decir, pero su mirada estaba llena de dolor—. Me dijo que lo había imaginado.
—El muy cretino. Prefiere que la gente piense que has intentado suicidarte antes que tener que enfrentarse a un posible escándalo —respiró hondo para calmar la ira que sentía—. ¿Qué recuerdas del otro coche?
Bella lo miró con sorpresa.
—¿Entonces me crees?
—Por supuesto —contestó suavemente—. Podría creer muchas cosas de ti, Bella, pero no que intentaras suicidarte.
Bella sintió un profundo alivio que le inundaba el pecho. ¡Cullen la creía! Después de tantos días viendo a su padre y a su hermana mirarla con lástima, por fin había encontrado a alguien que no pensaba que estaba completamente loca. En realidad no debería sorprenderla porque Cullen siempre había tenido absoluta fe en ella. Nada más conocerse, se había reído de todas las historias que contaba la prensa sensacionalista y le había dicho que no se creía una palabra de lo que leía sobre ella.
Resultaba increíblemente reconfortante y liberador saber que no había perdido la fe en ella, especialmente cuando era dolorosamente obvio que lo último que quería era estar allí con ella.
Desde que se habían sentado había visto pasar por sus profundos ojos verdes tal cantidad de emociones que no sabía qué pensar. Lo primero que había encontrado en su mirada había sido amargura, después una ráfaga de ternura y algo parecido a la tristeza, pero al añadir la nostalgia, la rabia y el deseo, se convertía en una mezcla de lo más desconcertante.
Quería preguntarle si la odiaba, pero no tenía valor para hacerlo. Además, ¿realmente quería saberlo?
—¿De verdad no piensas que intenté suicidarme? —le preguntó en lugar de lo otro.
—No —respondió con absoluta convicción.
—Entonces no le digas a mi padre que me has encontrado.
—No puedo hacer eso, Bella.
Algo le encogió el estómago. Debían de ser los nervios, y la desesperación quizá. Y la rabia, porque estaba harta de que todo el mundo quisiera decidir por ella. Desde el accidente, no, en realidad desde mucho antes, su padre era el que tomaba las decisiones. Solo se había sentido libre estando con Cullen, pero su padre se las había arreglado para arrebatarle eso también.
—¿Por qué no? —le preguntó—. Solo tienes que meterte en el coche y olvidar que me has visto. O, mejor aún, ayúdame a descubrir qué demonios ocurrió en Forks.
No tenía la menor idea de dónde había salido aquella idea. Era una periodista con experiencia, perfectamente capaz de llevar a cabo la investigación sin ayuda. El problema era que no podía quitarse esa sensación de estar en peligro de la boca del estómago; era como si algo la acechara en todo momento. Cullen era mercenario. Nadie mejor que él para protegerla.
Lo miró al pecho, a la camiseta que se estiraba sobre sus músculos, y sintió un escalofrío muy familiar. Porque recordaba con absoluta claridad lo que era acariciar ese pecho y el sonido de placer que hacía él cuando ella apretaba los labios contra su...
No. Mejor no pensar en eso.
Aunque, a juzgar por el calor que había invadido todo su cuerpo, estaba claro que aquel hombre seguía teniendo el poder de despertar en ella un deseo animal y primitivo. Siempre lo había hecho, solo con estar en la misma habitación.
Ajeno a su dolorosa excitación, Cullen arrugó la frente.
—Tienes intención de ir a Forks.
—Sí.
—No es buena idea.
—¿Por qué? —le preguntó, haciéndose la inocente.
—Alguien te tiró por un puente con el coche. Si te pones a investigar, podrías acabar haciendo preguntas a la persona equivocada.
—Entonces ven conmigo —soltó una carcajada burlona—. Así podrás mantenerme a raya.
Él también se echó a reír y lo hizo con verdaderas ganas.
—¿Mantenerte a raya a ti? Olvídalo, Bella. No voy a ir a Forks contigo.
—Entonces me iré sola.
Lo vio negar con la cabeza.
—El único sitio al que vas a ir es a casa. Lo otro es demasiado peligroso.
Sintió una profunda decepción, pero en lugar de seguir discutiendo, cerró la boca. Conocía bien esa mirada; Cullen no solo no iba a ayudarla, sino que seguramente la llevaría a la ciudad aunque tuviese que hacerlo a rastras.
—De hecho —siguió él—. Nos vamos ahora mismo.
—¿No podemos por lo menos esperar hasta mañana?
Vio algo en su mirada que no supo identificar porque enseguida apartó la vista de ella y carraspeó.
—No. No tengo tiempo para pasarme toda la noche aquí sentado contigo. Nos vamos ahora mismo.
—Muy bien.
Él la miró con desconfianza.
—¿Muy bien?
—Sí —se puso en pie y fue hasta la mesita donde había dejado el bolso—. ¿No es eso lo que quieres?
Él también se puso en pie.
—Sí, pero tú no. ¿Por qué te rindes tan fácilmente?
Se encogió de hombros y se colgó el bolso.
—Los dos sabemos que iré a Forks; esto no es más que un pequeño obstáculo. Ya me escapé una vez, podré volver a hacerlo.
—¿Ese es tu plan? ¿Vas a volver conmigo y luego volverás a escaparte?
—Así es.
Cullen resopló con frustración.
—Eres la persona más testa... —se detuvo en seco y frunció el ceño—. Olvídalo. Así me será más fácil hacer mi trabajo. Una vez que estés en casa, lo que hagas será asunto del senador, no mío.
Su repentina hostilidad fue un tremendo golpe para ella, pero tampoco lo culpaba por ello. Sabía que le había hecho mucho daño al cancelar la boda. No, en realidad había sido él el que la había cancelado, ella solo le había pedido que la retrasaran, pero con Cullen no existía el gris. Todo era blanco o negro. Casarse o no casarse. Él había elegido lo segundo.
—Ponte el abrigo —le ordenó Cullen al tiempo que se acercaba a la puerta—. Hace bastante frío.
—No tengo abrigo.
Él la miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Has venido hasta aquí sin abrigo?
—Estaba concentrada en escapar sin que me vieran, no tuve tiempo de pensar en si haría frío.
Le oyó farfullar algo antes de salir al porche.
Esperó detrás de él mientras cerraba la puerta con llave, momento que aprovechó para mirar a su alrededor una vez más. El corazón le dio un vuelco al posar los ojos en una maceta de cerámica. No era demasiado grande, pero sería suficiente.
No tenía intención de volver a la ciudad de Washington esa noche y no creía que pudiera escapar de él mientras caminaban hasta el coche, pero si ganaba un poco de ventaja en esos momentos...
—No olvides volver a esconder esto —le dijo y, cuando se dio la vuelta, le dio la llave con la que había abierto ella. La luz de la luna se reflejó en el metal.
Él la agarró sin decir una palabra y bajó los escalones. Bella lo siguió después de agarrar disimuladamente la maceta vacía y escondérsela a la espalda. Esperó hasta que Cullen se pusiese de rodillas para esconder la llave debajo de la piedra de siempre.
Respiró hondo. Era ahora o nunca.
Mientras luchaba contra el sentimiento de culpa, levantó los brazos y murmuró:
—Lo siento.
Cullen giró ligeramente la cabeza, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que el tiesto lo golpeara.
Bueno acá le dejo los primeros capítulos espero les gusten, las veo la semana que viene, espero sus rr
Besos las quiere
Indi
