La historia no me pertenecen al final les diré el título original y la autora.

Los personajes le pertenecen a s. Meyer.

Aquí lo prometido, nos leemos abajo.


Capítulo 3

Bella salió corriendo.

No se atrevía a darse la vuelta para comprobar si Edward la seguía, pero sabía que no lo había dejado inconsciente como esperaba. No le extrañaba. Siempre había tenido la cabeza muy dura. Al menos había conseguido sorprenderlo.

No pudo evitar seguir sintiéndose terriblemente culpable mientras corría por el bosque sin dejar de ver la imagen del cuerpo de Edward cayendo al suelo. Dios, esperaba no haberle hecho mucho daño. Ella no era una persona violenta, al menos normalmente.

Pero tampoco estaba loca y no iba a dejar que volvieran a encerrarla en esa clínica.

Se resbaló varias veces al pisar las hojas de los árboles que cubrían el suelo, pero no se detuvo, ni siquiera cuando estuvo a punto de chocar con un tronco caído. Intentaba mirar a su alrededor para orientarse, pero lo cierto era que no tenía la menor idea de adónde iba. Si se paraba un momento y buscaba las huellas que había dejado antes, podría volver sin problema a la carretera, pero no podía correr semejante riesgo. Seguramente Edward estaría muy cerca ya.

«No te detengas», se ordenó a sí misma. «Sigue. Sigue. Si...». De pronto sintió que algo la agarraba del suéter y tiraba de ella hacia atrás.

—¡Maldita sea! —exclamó la voz furiosa de Edward.

La agarró por los hombros y le dio la vuelta. Su mirada la dejó helada. Nunca lo había visto así. Jamás había visto ese brillo amenazador en sus ojos, ni esa mueca de furia en sus labios. Tragó saliva al ver la herida que tenía en la sien, de la que manaba un hilito de sangre. La maceta le había hecho un buen corte. No era de extrañar que estuviese tan furioso.

Tuvo la impresión de que se enfadó aún más al ver su cara.

—¡No! —le dijo—. Ni se te ocurra tenerme miedo.

—Yo...

—Puede que hayan cambiado mucho las cosas en estos dos años, pero eso no. Yo nunca te haría daño. Nunca.

Sintió los latidos del corazón golpeándole el pecho.

—Lo siento —murmuró.

—¿Qué es lo que sientes? —replicó él—. ¿Haberme golpeado la cabeza como si fuera una piñata o haber pensado que iba a pegarte?

Bella se estremeció.

—Las dos cosas.

Edward meneó la cabeza. Estaba enfadado, pero era obvio que estaba haciendo un verdadero esfuerzo por controlarse.

—Maldita sea, Bella. ¿Tú crees que a mí me gusta perseguirte por el bosque en medio de la noche?

—Entonces deja que me vaya —le pidió.

—No puedo.

Percibió el dolor que escondían sus palabras y cuando levantó la cara para mirarlo a los ojos, se le cortó la respiración. Había en su mirada todo un caleidoscopio de emociones y la que destacaba más de todas ellas era la tristeza. Entonces él bajó los ojos hasta su boca y apareció también el deseo entre tantas emociones.

Ella lo miró, paralizada, mientras le recorría el cuerpo una ráfaga de placer. Aún la deseaba. Dios, seguía deseándola. La felicidad que le provocó el descubrimiento fue tan intensa que prácticamente la hizo tambalearse. Durante dos años había añorado a aquel hombre noche y día, se había despertado buscando su cuerpo cálido y fuerte en la cama. Y en esos dos años él no se había puesto en contacto con ella. Ni siquiera una vez. Bella se había convencido de que la había olvidado, que había conseguido superar de algún modo la increíble atracción que siempre había habido entre ellos.

Por eso resultaba tan gratificante ver que no era así, que no era ella la única que seguía sintiendo deseo.

—Maldita sea —repitió él con la voz ronca.

—Edward... —comenzó a decir.

Pero él no la dejó terminar. Aún tenía su nombre en los labios cuando sintió su boca bebiéndose los sonidos. La besó con tanta intensidad que de pronto se olvidó de todos sus pensamientos. También se olvidó del sentido común mientras lo besaba con la misma ansiedad. Sus labios eran firmes, su lengua ardiente e impetuosa mientras exploraba su boca como si le perteneciera. Porque le pertenecía.

Bella se recostó contra él y ladeó la cabeza para facilitarle las cosas y sumergirse en aquella sensación que tan bien conocía. Con las bocas y las lenguas unidas, se dio cuenta de que jamás podría haber otro hombre. Era solo suya.

«Cuánto te he echado de menos».

Sintió que las palabras se le acercaban a los labios, así que lo besó aún con más fuerza para impedir que salieran. Pero era cierto, había echado tanto de menos el sabor de su boca, el roce áspero de la incipiente barba en la mejilla.

—Maldita sea.

Aquella protesta la sobresaltó y disipó bruscamente la nube de pasión que la había rodeado. Al sentir que se apartaba, Bella lo miró con los ojos muy abiertos, tratando de volver a pensar con cierta lógica.

La miraba con horror, como si no pudiera creer lo que había hecho.

—Dios —murmuró al tiempo que apartaba las manos de ella—. Lo siento. No debería haberlo hecho.

Bella intentó recuperar un ritmo de respiración normal, pero no le resultaba fácil, temblando como estaba por culpa del beso.

—¿Entonces por qué lo has hecho? —susurró.

Él se quedó callado, frunciendo el ceño.

—No puedo permitir que vuelvas sola a Forks —dijo en lugar de responder a su pregunta—. Podrías estar en peligro. Tienes que volver a tu casa, allí podrá protegerte tu padre.

—Mi padre solo quiere protegerse a sí mismo —se frotó la sien con frustración—. Me ingresó en un hospital psiquiátrico a pesar de que le aseguré que no me había tirado por el puente.

Edward no dijo nada, simplemente siguió arrugando el entrecejo.

—Necesito saber la verdad —siguió diciendo ella—. Llevo diez años tratando de descubrir lo que le ocurrió a Ángela, no puedo parar ahora.

—Ángela está muerta —respondió él con énfasis.

—Lo sé, y alguien intentó matarme también a mí después de que apareciera su cuerpo —sentía las lágrimas agolpándosele en los ojos—. Cuando desapareció yo sabía que estaba muerta. Y tenía razón.

—Sí. ¿Por qué no puedes olvidarlo ya? —gruñó con frustración—. En realidad ya sé por qué no puedes olvidarlo, porque eres Bella Swan.

Esbozó una ligera sonrisa.

—Esa soy yo, Bella la problemática.

Edward no sonrió.

—Vamos, déjame que te lleve a casa.

—No.

Edward respiró hondo, pero no tuvo ocasión de hablar.

—Mira, sé que no me debes ningún favor; si acaso, sería yo la que te debería algo a ti —le tembló un poco la voz—. Aun así, quiero pedirte que vengas a Forks conmigo.

Lo oyó maldecir entre dientes.

—Ya te he dicho que no.

—Lo sé, pero intento hacerte cambiar de opinión porque creo que sería mucho mejor tenerte a mi lado —intentó no pensar en el beso—. Eres mercenario, nadie podría protegerme mejor que tú. Los dos estamos de acuerdo en que pasó algo raro en el puente y que es posible que esté en peligro.

Se quedó en silencio mientras una ráfaga de viento frío le alborotaba el pelo. Bella se fijó en que había dejado de sangrarle la herida que le había hecho en la sien. Tuvo la tentación de alargar el brazo y tocársela, pero se contuvo de hacerlo. Ya le limpiaría la herida más tarde. Cuando accediera a acompañarla, cosa que haría. Podía verlo en sus ojos.

Decidió darle un último empujón.

—Una vez me dijiste que siempre cuidarías de mí —inclinó la cabeza a un lado—. ¿Y si fuera sola y me pasara algo? ¿Podrías vivir sabiendo que te pedí que me protegieras y te negaste a hacerlo?

Edward soltó una fría carcajada.

—Preciosa, eso es un golpe muy bajo incluso para ti.

Bella se encogió de hombros.

—Pero ¿ha funcionado?

Edward soltó un suspiro de resignación.

—¿Tú qué crees?

De todas las estupideces que Edward había hecho en sus treinta y dos años de vida, aquella se llevaba el premio. ¿Cómo había podido acceder a llevar a Bella a Forks? Se había hecho la pregunta durante todo el paseo hasta el coche, pero no había conseguido encontrar una respuesta.

Lo único que se le ocurría era que el golpe de la maceta le había aflojado unos cuantos tornillos.

—Gracias —le dijo Bella nada más ocupar el asiento del copiloto.

Mientras ponía el motor en marcha pensó que no podría hacerlo. El simple hecho de estar al lado de aquella mujer era una tortura. Se moría por ella y se debatía entre estrecharla en sus brazos o apartarla lo más posible de su vida.

Apretó los dientes y le lanzó una rápida mirada.

—Abróchate el cinturón.

Puso la mano sobre la palanca de cambios y de pronto sintió la de ella. Tenía los dedos helados, pero solo con sentir el contacto de su piel, notó una oleada de calor en la entrepierna. No pudo evitar recordar el beso que se habían dado en el bosque.

Volvió a preguntárselo, ¿cómo se le ocurría? Había sido una tontería besarla. Estaba mal, no tenía sentido y era... increíble. En cuanto había notado sus labios, se había visto transportado en el tiempo. La misma excitación, la misma sensación de estar donde debía estar. Había sido como si nunca se hubieran separado.

Le apartó la mano bruscamente, enfadado consigo mismo. Por increíble que hubiera sido, aquel beso no cambiaba nada. Bella y él se habían separado. Ella había apartado de su lado al hombre que se suponía que amaba solo para no perjudicar a la reputación de su querido padre.

—Antes déjame que te limpie la herida —le pidió ella con voz suave, ajena al torbellino de pensamientos que lo atormentaba.

—No es necesario —gruñó él.

—Vamos, hazlo por mí.

Volvió a apretar los dientes mientras ella se sacaba del bolso un paquete de pañuelos de papel y un gel desinfectante para las manos.

—Con esto bastará —dijo ella—. Acércate.

Él no se movió. No pensaba acercarse a ella. La última vez que lo había hecho, había acabado con la lengua metida en su boca.

Bella meneó la cabeza antes de acercarse ella y ponerle el pañuelo en la sien.

Edward se quedó inmóvil, sin hacer el menor caso al dolor y al aroma a miel y a flores que lo envolvió de pronto. No quería sentirlo, pero estaba muy cerca. Demasiado y... ¿por qué le pasaba la mano por el pelo?

Respiró hondo y notó que ella dejaba de mover la mano.

—Tienes trozos de cerámica en el pelo —le explicó.

Le agarró la muñeca y se apartó la mano.

—Ya me lo quito yo —dijo sin mirarla—. ¿Puedes ponerte ya el cinturón?

Pasaron unos segundos en silencio mientras se incorporaban a la carretera.

—Supongo que debería llamar a mi padre —admitió Bella—. ¿Me dejas tu teléfono?

—Aquí no hay cobertura —respondió él con sequedad.

El senador iba a ponerse muy furioso cuando se enterara de lo que iban a hacer y no le iba a hacer ninguna gracia que Edward hubiese decidido ayudarla.

—Emmett también debe de estar preocupado —siguió diciendo Bella—. Recuérdame que lo llame también.

—¿Qué tal está tu hermano?

Siempre había sentido mucha simpatía por el hermano mayor de Bella, con su constante sonrisa y esa capacidad de vivir el presente que resultaba tan contagiosa.

—Le va bien —respondió Bella, sonriendo—. Sigue trabajando en esa empresa de publicidad y tiene novia. Parece que por fin ha superado el miedo a comprometerse.

Edward sabía mucho de ese miedo. De hecho, lo último que había buscado al conocer a Bella había sido una relación. Para un huérfano al que había abandonado todo el mundo, la idea de estar unido a alguien era tan atrayente como que le depilaran las piernas con cera.

Sin embargo, Bella se las había arreglado para derribar todas esas barreras. Se había ido abriendo camino hasta su corazón y le había hecho creer que quizá los finales felices no existieran solo en los cuentos de hadas.

Obviamente, no debería haber cambiado de opinión.

—Creo que lo primero que deberíamos hacer es hablar con el forense —anunció Bella, apartándolo de sus pensamientos—. Yo estaba en el pueblo el día que encontraron el cuerpo de Ángela, pero el forense no podía recibirme hasta el día siguiente y esa misma noche acabé en el río con coche y todo, así que no llegué a verlo.

—¿La enterraron o la incineraron?

—Ninguna de las dos cosas. El forense aún tenía que examinar los restos, así que se celebró un funeral en la iglesia del pueblo con la idea de enterrarla unas semanas después.

—Tienes que tener mucho cuidado con quién hablas —le advirtió Edward—. Aún no sabemos quién intentó matarte, pero es probable que fuera alguien del pueblo.

—¿Y si vuelven a intentarlo?

Podía sentir los preciosos ojos de Bella clavados en él y, cuando se volvió a mirarla, vio la ansiedad que había en su rostro, una expresión muy parecida a la que había tenido la semana antes de la boda, cuando le había preguntado si le importaba que la pospusieran hasta después de la campaña de reelección de su padre.

Claro que le había importado. Tanto, que le había lanzado un ultimátum al que ella había respondido con otro.

—¿Edward?

Sabía que buscaba que la tranquilizase de algún modo, que le prometiera que iba a estar a su lado durante aquella peligrosa investigación.

Sintió la tentación de mandarla al infierno.

Pero al abrir la boca, lo que salió fue:

—Mientras no te separes de mí, no te pasará nada, Bella.

Lástima que no pudiera decirse nada parecido a sí mismo.


Muchisimas gracias a:

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Alecullenn

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lotrine

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isabelmoon

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cammiB

por sus rr y favoritos

en verdad muchas gracias!

Espero les haya gustado el capitulo, espero sus rr aunque sea para matarme… jajajaja!

Las quiere

Indi