La historia no me pertenece como asi los personajes que son de S. Meyer aunque se los robo un ratito


Capítulo 4

Estaban a unos cuarenta minutos de Forks cuando Edward se detuvo en una gasolinera. No necesitaba repostar, ni ir al servicio. El problema era que la última media hora de largos silencios, rotos tan solo por los intentos de Bella de entablar conversación, había podido con él.

Una vez en el aparcamiento, paró el motor y sacó el teléfono móvil de la guantera.

—¿Vamos a llamar a mi padre? —le preguntó Bella con un sorprendente rencor.

Ya iba siendo hora de que hablara de su padre de ese modo. Dios sabía que él había sentido ese mismo rencor hacia el senador cientos de veces. Nunca había dicho lo mucho que detestaba a aquel hombre, pero siempre se había preguntado cómo era posible que Bella estuviese tan ciega y no se diera cuenta de las constantes maquinaciones del senador Swan, al que ella había defendido con fervor.

Las continuas intromisiones del senador habían sido, cuando menos, molestas. Si Edward reservaba una mesa en un restaurante para los tres, Charlie la cancelaba y hacía otra en otro lugar más de su gusto. En otra ocasión habían tenido que anular un viaje a Fiyi para celebrar el cumpleaños de Bella porque su padre había insistido en que asistiera a una fiesta de gala a la que, por supuesto, Edward no había estado invitado. Parecía que un soldado mercenario no era lo bastante bueno para su hija, aunque en realidad al senador nunca le había preocupado de verdad el bienestar de Bella.

Edward lo había tolerado todo sin decir jamás lo que opinaba de Charlie Swan, hasta que había llegado la gota que había colmado el vaso: la insistencia del senador para que retrasaran la boda. No había podido seguir controlándose y, durante una desagradable discusión con Bella, había dicho en voz alta todo lo que pensaba sobre su padre.

—Voy a llamarlo yo —matizó y levantó la mano al ver que Bella se disponía a protestar—. No me lleves la contraria. Los dos sabemos lo fácil que le resulta a tu padre hacerte cambiar de opinión. Si de verdad quieres ir a Forks, seré yo el que haga la llamada.

Se bajó del coche sin darle ocasión de responder. Agradeció el aire frío de la noche porque siempre que estaba junto a Bella parecía arder.

Marcó el número del senador en cuanto se hubo alejado un poco del coche y la brusca respuesta no se hizo esperar.

—¿La has encontrado?

—Sí —contestó.

—Gracias a Dios. Sabía que lo conseguirías. ¿Venís hacia aquí?

Sin duda, Swan ya contaba aquello como un nuevo éxito.

Edward lamentó no poder verle la cara mientras le decía que no iba a poder volver a encerrar a su hija, pero se conformaría con oír su furia.

—No —esbozó una sonrisa que no pudo controlar, pues llevaba años soñando con poder hacerle algo así a aquel cretino—. No voy a llevarla a casa.

Hubo un momento de tenso silencio seguido por una maldición.

—¿Qué demonios estás diciendo? ¿Por qué no vas a traerla?

—Porque no quiere volver —dijo sencillamente.

—Malnacido. Ese no era el trato.

—No hicimos ningún trato. Te dije que la encontraría y lo hice, pero nunca dije que te la llevaría.

Aunque sí había sido esa su intención. Había pensado llevarla a Washington y dejarla en casa de su padre, pero eso había sido antes de que ella le contara lo que de verdad había ocurrido en el puente. Por mucho que deseara, y necesitara, alejarse de ella, no podía abandonarla si estaba en peligro. ¿Quién cuidaría de ella si él se iba?

—Edward, te juro que si no te subes al coche ahora mismo y la traes al hospital, que es donde tiene que estar, haré que te busquen todos los policías de la ciudad.

—¿Y me acusarás de secuestro? Ya me imaginaba que me amenazarías con eso, pero no lo harás —añadió con una amplia sonrisa en los labios.

—Claro que lo haré.

—No —insistió fríamente—. No lo harás porque, si lo haces, te echaré encima a la prensa. Les contaré que te inventaste los problemas mentales de Bella solo para tenerla controlada. Pero no me detendré ahí; si lo considero oportuno, puede que añada un par de cosas más sobre ti, como por ejemplo que financias tus campañas de manera ilegal, o que has recibido sobornos. Seguro que consigo despertar su curiosidad.

El senador Swan parecía haberse quedado mudo.

—Yo no he hecho nada de eso —respondió por fin.

—Pero la prensa no lo sabe, ¿verdad? El caso es que, lo hayas hecho o no, tu reputación quedará en entredicho.

Hubo otro momento de silencio.

—¿Por qué me haces esto?

—Porque la semana pasada alguien intentó matar a tu hija y, al contrario que a ti, me preocupa.

—Nadie ha intentado matarla —aseguró el senador con evidente frustración—. Bella estaba alucinando.

—Cuéntale todas esas mentiras a otro. No me importa que la creas o no, solo te estoy explicando las razones por las que he decidido ayudarla y advertirte que, si intentas que me arresten, habrá consecuencias que no serán de tu agrado.

—Eres un sinvergüenza, Edward.

—Supongo que lo reconoces porque es precisamente lo que eres tú, ¿verdad, Charlie? Ahora, si me disculpas, Bella y yo debemos ir a un lugar.

El senador colgó directamente y Edward sintió una profunda alegría. Hacía tanto tiempo que deseaba tener esa confrontación con el padre de Bella. Y sabía que la amenaza que le había hecho surtiría efecto; el senador no llamaría a la policía. Preferiría soportar la frustración sin arriesgarse a provocar un escándalo.

Se dio media vuelta para volver al coche, pero se detuvo en seco al ver que Bella estaba fuera del vehículo, apoyada en el capó.

—¿Has oído la conversación? —le preguntó.

Ella asintió.

Edward se preparó para lo que se avecinaba.

—De acuerdo, me he enfrentado a tu querido padre. Me he excedido, sí —al ver que ella no respondía, arqueó una ceja, extrañado—. ¿Dónde está el famoso temperamento de los Swan?

Bella se pasó una mano por el pelo.

—No estoy enfadada contigo. Has hecho bien.

Aunque era poco habitual en él, Edward se quedó sin palabras.

—Me imagino lo que habrá dicho él —siguió diciendo Bella, meneando la cabeza con rabia—. Quiere que vuelva al hospital, ¿verdad? Pues no voy a hacerlo. No puedo culparte de que hayas tenido que amenazarlo para evitar que vuelva a ese lugar.

Ahí estaba otra vez esa amargura. Deseaba preguntarle por qué abría los ojos ahora, por qué no se había dado cuenta antes de cómo era su padre realmente, por qué no lo había hecho dos años antes, cuando aún habría podido cambiarlo todo. Controló la rabia que sentía, pero sí tuvo que preguntarle algo:

—¿A qué viene esto ahora?

Bella lo miró a los ojos.

—No me creyó —se limitó a decir ella antes de volver a meterse en el coche.

Edward se había puesto de su lado. Aunque eso no significaba que la hubiera perdonado y mucho menos que le estuviera dando la bienvenida a su vida con los brazos abiertos, Bella no pudo evitar la pequeña oleada de emoción que le recorrió el cuerpo al pensarlo. Su padre tenía la molesta costumbre de avasallar y presionar a todos los hombres que se acercaban a ella, pero Edward no se había dejado. Él había amenazado a su padre, a todo un senador. Por ella.

Lo miró de reojo mientras ponía el motor en marcha. Dios, cuánto deseaba abrazarlo. Quería darle las gracias por lo que acababa de hacer, por seguir creyendo en ella a pesar de cómo habían acabado las cosas entre los dos.

El recuerdo de la ruptura despertó en ella una incómoda sensación de arrepentimiento. No, no quería pensar en aquella despedida que le había roto el corazón. En esos momentos, estando al lado del hombre que acababa de defenderla, prefería pensar en el comienzo, no en el final.

—¿Te acuerdas del día que nos conocimos? —le preguntó de pronto, sin poder contener las palabras.

Edward se volvió a mirarla con sorpresa, una sorpresa que pronto se convirtió en cautela.

—Claro que lo recuerdo —respondió con brusquedad.

Pero, además de la cautela, en su voz había cierta ternura. Al conocerlo, jamás habría imaginado que un hombre como Edward Cullen poseyera ni un ápice de ternura. Aquel día su mente había estado completamente concentrada en el trabajo. Vestido con pantalones de camuflaje y camiseta verde, había recorrido el campo de refugiados dando órdenes a sus hombres... y a ella.

—Me pareciste un cretino —admitió Bella con una sonrisa en los labios—. No dejabas de ordenarme que me subiera al maldito helicóptero.

—Y tú te negabas a obedecer —le recordó él.

—No había terminado el artículo y no me parecía que el peligro fuera inminente.

Pero sí que lo había sido. Edward había acudido con sus hombres a evacuar del campo de refugiados a todos los trabajadores y periodistas extranjeros después de que se supiera que un grupo rebelde tenía intención de atacarlo. Bella había aguantado hasta el final y había salido del Congo en el último helicóptero. Doce horas después, los rebeldes habían acabado con la mitad de los ocupantes del campo.

—Cuánto me habría gustar haber podido ayudar a esa gente —lamentó.

—Era imposible —admitió Edward.

Bella tragó saliva y trató de apartar de su mente las imágenes de la masacre que había visto después, horrorizada por la muerte de tantos inocentes. Pero, en medio del caos y la tragedia, se había enamorado de Edward, el duro mercenario que, por algún motivo, también se había enamorado de ella.

—No sé qué viste en mí —confesó Bella, mirándolo a los ojos—. Estaba hecha un desastre, con la ropa sucia y el pelo alborotado. Cuando aterrizamos en Washington me llamaste «guapa» —se le hizo un nudo en la garganta al recordarlo.

El gesto de Edward se suavizó.

—Lo estabas —aseguró, casi sonriendo—. También eras testaruda, irritante, exigente... no paraste hasta que conseguiste que te concediera una entrevista.

—Una entrevista que al final no me diste —le recordó.

No, no habían llegado a llevar a cabo esa entrevista. Unas copas en el hotel acabaron en cena, lo que condujo a una última copa que dio lugar a una noche de pasión espontánea que los había dejado a ambos sorprendidos y exhaustos. Ella había creído que sería una aventura de una noche, pero dos años más tarde se habían prometido.

—Esa primera noche —siguió diciendo ella con una voz que le salió algo temblorosa—. Fue la mejor de mi vida, ¿te lo había dicho?

Volvieron a mirarse a los ojos y Bella sintió la atracción en el aire. Antes de que pudiera impedirlo, su mente se llenó de imágenes de aquella primera noche juntos. Sus pechos desnudos contra el fuerte torso de Edward, el peso de su cuerpo sobre ella, su erección deslizándose suavemente dentro de ella. La primera vez que la había poseído había sentido que todo era perfecto.

A juzgar por el brillo lujurioso que había en su mirada, él estaba pensando lo mismo que ella, lo perfecto que había sido todo. Lo increíblemente bien que habían encajado.

Dios, cuánto deseaba recuperarlo. Tanto que le dolía no poder decirle que lo amaba, que lo añoraba y que no podía vivir sin él.

Pero antes de que pudiera abrir los labios para hablar, desapareció el brillo de sus ojos para dejar paso a una frialdad heladora. Le vio apretar los dientes y las manos en el volante.

—No vayas por ahí, Bella —le dijo con la misma frialdad con que la miraba—. Esto no es un viaje al pasado, solo tenemos que descubrir quién intentó matarte.

Bella respiró hondo.

—Lo sé. No pretendía...

—Claro que lo pretendías —Edward volvió a mirarla con dureza—. Por mucho que me recuerdes el día que nos conocimos no voy a olvidar el día que nos separamos.

—Lo sé. Yo...

—Déjate de jueguecitos, Bella. No tengo ningún interés en retomar nuestra aventura.

—¿Aventura? —repitió con un dolor que la atenazaba el estómago—. Me parece que los dos años que pasamos juntos van más allá de una simple aventura.

—Yo también lo creía —respondió bruscamente—. Pero con la perspectiva del tiempo, cambié de opinión. Dejaste muy claro cuáles eran tus prioridades y que nuestra «relación» no estaba entre ellas.

—Eso no es cierto —protestó—. Yo no quería romper contigo, solo...

—Vamos a dejarlo —la interrumpió con una mirada fulminadora—. Lo hecho, hecho está. Ya no estamos juntos y no tengo intención de que volvamos a estarlo en el futuro.

Cada una de sus palabras era como una puñalada en el corazón. ¿Era posible que las palabras hicieran tanto daño? Evidentemente, sí. Le dolía todo el cuerpo, el pecho, el estómago, incluso tenía náuseas. ¿Cuándo se había vuelto tan cruel? El corazón se le estremeció de nuevo al pensar que probablemente fuera ella la que había provocado el cambio. Dios, ¿por qué habría elegido a su padre antes que a Edward?

Ahora se daba cuenta de que había dejado que su padre controlase gran parte de su relación con Edward. Siempre había cedido a sus exigencias, a pesar de saber que lo que estaba haciendo no estaba bien. ¿Por qué no habría actuado de otro modo?

«No te separes de tu padre. Ayúdalo cuando te lo pida porque le cuesta mucho pedir ayuda».

Por eso lo había hecho. Porque era lo que le había pedido su madre antes de morir.

Pero eso no hacía que fuera más fácil. Había sabido que estaba haciendo daño a Edward, pero no imaginaba hasta qué punto.

—Gracias por aclararlo —le dijo por fin, con tanta tensión en la voz como en los hombros—. No volveré a hablar del pasado si te hace sentir tan incómodo.

Esas palabras pusieron fin bruscamente a la conversación. Bella perdió la mirada en el paisaje, en la frondosa vegetación que anunciaba que estaba ya cerca de Forks, y recordó los felices veranos que habían pasado Emmett y ella corriendo por aquellos bosques.

Ángela los había acompañado algunas veces, pero no muy a menudo porque Emmett tenía la mala costumbre de meterse con su mejor amiga, que finalmente había decidido huir de él siempre que le fuera posible.

Ángela. Solo con pensar en su amiga sintió una nueva punzada de dolor. Habían encontrado sus huesos en ese bosque, pero lejos de la casa de los Swan. Su asesino la había enterrado allí, para dejar que se pudriera.

Su amiga no había merecido semejante final.

—Hemos llegado —anunció Edward, rompiendo el largo silencio.

Como le sucedía cada vez que volvía a casa esos últimos años, a Bella se le aceleró el pulso al ver el cartel de Bienvenidos a Forks. Y, después de lo sucedido en la última visita, los nervios esa vez eran aún mayores.

Era casi la una de la mañana, por lo que el pueblo estaba sumido en la oscuridad, pero aun así resultaba encantador, con sus pequeños edificios de ladrillo, sus pintorescas tiendas y las aceras de adoquines. En la calle principal, un enorme cartel amarillo anunciaba el festival de invierno que se celebraba cada mes de noviembre en el pueblo.

—¿Qué son los sapsicles? —le preguntó Edward.

—Helados de jarabe de arce —respondió ella, tratando de no reírse—. El viejo señor McMurty los vende todos los años en el festival.

—Espero que haya un buen dentista en el pueblo porque eso debe de provocar muchas caries.

—Veo que sigues sin comer dulces —comentó ella secamente.

Edward la miró enarcando una ceja.

—Tengo treinta y dos años y ni una sola caries. ¿Puedes decir lo mismo tú?

Bella disimuló otra sonrisa, pero enseguida se enfado consigo misma por tener ganas de reírse con él después de cómo le había hablado. ¿Qué más daba que siguiera evitando los dulces, o todas las bromas que le había hecho al respecto en el pasado? El pasado era pasado, como él le había recordado tan amablemente. Y no tenían ningún futuro en común.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, las cuales espantó tan rápido como pudo. Por suerte, Edward no se dio cuenta del estado en el que se encontraba mientras seguía sus indicaciones.

Bella nunca lo había llevado a su casa y, al entrar al camino que conducía a la propiedad de los Swan, Bella se preguntó cómo reaccionaría. Siempre había tenido mucho cuidado de no hablar demasiado sobre la fortuna de su familia pues era algo de lo que se sentía culpable estando con un hombre que había ido de un hogar de acogida a otro durante toda su infancia.

Llegaron ante las enormes puertas de hierro forjado, que se abrían con un código, pero Bella se puso en tensión al comprobar que las puertas estaban abiertas de par en par.

—¿Qué demonios...? —dijo al ver el coche que había aparcado frente a la mansión.

Edward aparcó junto al otro vehículo y la miró con gesto irónico.

—¿De verdad te sorprende? —le preguntó—. Tu padre es muy listo; sabía perfectamente dónde querías ir.

—No me lo puedo creer —Bella miró a Edward frunciendo el ceño y luego volvió a mirar el coche de policía que tenían al lado.

Y ahora?


Me dejan un rr y me dicen que les parece…..

Las quiere

Indi.