La historia no me pertenece como tampoco los personajes que son de S. Meyer
Perdón por la demora, desgraciadamente entre mi hija, el colegio , la casa y el trabajo no tuve tiempo de actualizar, pero para subsanar la demora hoy les dejo dos capis...
Capítulo 5
El sheriff Jacob Black salió del coche patrulla preparado para pelear. Bella lo miró a través del parabrisas y volvió a maravillarse de que siguiera teniendo el mismo aspecto que en el instituto. Por lo que le habían contado, seguía buscando pelea a la menor oportunidad, con la diferencia de que ahora tenía una placa de sheriff que lo respaldaba.
Bella no sentía mucha simpatía por él. No le había gustado cuando era el capitán del equipo de fútbol del instituto, ni le gustaba ahora.
—El sheriff, supongo —murmuró Edward.
—Sí —respondió ella—. Mi padre debió de llamarlo en cuanto terminó de hablar contigo. Tienes razón, sabía perfectamente adónde iríamos.
Edward se quedó pensando un segundo.
—El sheriff salió con ella, ¿verdad?
—Sí.
Observó fijamente al tipo que iba hacia ellos.
—Normalmente, la persona más cercana a la víctima es el principal sospechoso, ¿no?
—Sí —dijo Bella con un suspiro—. Vamos, acabemos con esto cuanto antes.
Al salir del coche, se dio cuenta de que Edward se había cuadrado, lo que indicaba que también él estaba preparado para cualquier confrontación y, si se daba, no tenía ninguna duda de que vencería al sheriff sin demasiado esfuerzo.
Jake la miró brevemente antes de examinar a Edward como si fuera a competir con él. Bella se contuvo de resoplar.
—Hola, Jake.
—Bella —respondió él con un movimiento de cabeza—. Edward Cullen, ¿verdad?
Edward asintió también y esbozó una fría sonrisa.
—¿Qué podemos hacer por usted, sheriff, a las... —echó un vistazo al reloj— a la una y treinta y ocho minutos de la mañana?
Jake se pasó la mano por el pelo para luego dejarla sobre la pistola que llevaba a la cintura; parecía un gesto inocente, pero era obvio que pretendía intimidarlos.
—Tu padre me dijo que veníais hacia aquí, así que decidí venir a ver qué tal estabas —dijo—. La última vez que te vi tuve que sacar tu coche del río.
Bella apretó los puños al oír sus palabras. Aquella noche le había contado a Jake que la había empujado otro coche, pero, al igual que su padre, el sheriff no había querido creerla.
—Estoy muy bien, gracias —se limitó a responder.
—Ya —dijo el sheriff en un tono que delataba lo que pensaba de ella: que había intentado suicidarse y que se empeñaba en negarlo.
—Supongo que no habrás identificado el coche que iba detrás de mí esa noche.
Jake la miró fijamente a los ojos.
—Estuve investigando, pero no encontré nada que indicara que hubiera un segundo coche en el puente.
—Claro —respondió ella, llena de sarcasmo.
El sheriff prefirió no hacer caso al tono.
—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros? —le preguntó, lanzando una mirada de desconfianza a Edward.
—¿Acaso importa? —dijo Edward con falsa amabilidad—. Bella creció aquí y esta casa sigue perteneciendo a su familia, así que supongo que podrá quedarse todo el tiempo que quiera, ¿no es así?
—Por supuesto, siempre y cuando no interfiera en mi investigación.
El enfado se disparó dentro de Bella.
—¿Te refieres a la investigación sobre la muerte de Ángela? ¿La misma que supone un importante conflicto de intereses para ti, puesto que salías con ella?
Jake apretó la mano con la que agarraba la pistola.
—Sabes perfectamente que Ángela y yo rompimos antes de que desapareciera.
—Eso no significa que no pudieras matarla —respondió ella dulcemente.
Abrió la boca para decir algo más, pero de pronto sintió la mano de Edward en la cintura, lanzándole el claro mensaje de que se calmara. A pesar de que sabía que solo era una manera de advertirla, Bella agradeció el contacto y el roce de sus dedos le provocó un escalofrío.
Pero se olvidó de la intensa reacción y se concentró en la dura mirada del sheriff.
—Soy periodista, Jake —le dijo con más suavidad—. Y Ángela era mi mejor amiga, así que tengo motivos de sobra para querer averiguar qué le ocurrió.
—Eso es algo que le corresponde hacer a la policía. Es mi trabajo —aclaró él.
—¿Tienes alguna pista?
—No.
—¿Algún sospechoso?
—No, pero...
Bella no le dejó continuar.
—¿Entonces qué mal puede hacer que alguien más intente resolver el misterio?
Jake clavó en ella una mirada de irritación.
—Te lo advierto, Bella, no metas las narices en mi investigación.
Ella hizo caso omiso a la amenaza y dijo:
—Quiero ver la escena del crimen y los restos de Ángela.
—De eso nada —dijo él de inmediato y luego resopló con frustración—. Tu padre me avisó de que intentarías entrometerte. Voy a dejar las cosas claras desde este momento: si metes las narices en el caso, te acusaré de obstrucción.
Bella se tragó el enfado, consciente de que no le sería de ninguna ayuda enfrentarse a Jake, a pesar de lo mucho que deseaba dejarse llevar. Pero lo que hizo fue respirar hondo y hablar con calma:
—Soy buena periodista, podría ayudar...
—Eres una persona mentalmente inestable —la interrumpió Jake en un tono helador—. He leído los periódicos, sé lo de los delirios y lo del comportamiento temerario.
La furia que había estado conteniendo se apoderó de ella.
—¡Yo no...!
Volvió a sentir los dedos de Edward en la cintura.
—Está bien, sheriff, ya lo hemos oído —intervino después de un largo silencio—. Ni Bella ni yo interferiremos en la investigación —siguió diciendo en un tono que no dejaba lugar a dudas de lo poco que le gustaba la actitud del sheriff—. La he traído aquí para que pueda recuperarse del accidente lejos de la prensa, así que no queremos llamar la atención.
Eso mitigó ligeramente la desconfianza del sheriff.
—De acuerdo —dijo por fin, asintiendo—. No os interpongáis en mi camino y así no tendremos problemas —apartó la mano de la pistola—. Que paséis buena noche.
Bella lo vio alejarse de allí sin poder dejar de apretar los dientes y, en cuanto desapareció en la oscuridad de la noche, se quitó la mano de Edward de la cintura y se giró para mirarlo.
—Yo voy a seguir investigando el asesinato de mi mejor amiga.
Por un instante, Edward la miró como si estuviera a punto de sonreír.
—Claro que sí. ¿Quién ha dicho que no vayas a hacerlo?
—Tú. Acabas de decirle a Jake...
—Le he mentido. ¿De verdad crees que iba a traerte aquí para obligarte a quedarte en casa, cruzada de brazos?
Aquellas palabras hicieron que sintiera un profundo alivio, aunque no duró mucho.
—Pero no nos va a dejar ver la escena del crimen y estoy segura de que le pedirá a todos los implicados en el caso que no hablen con nosotros, incluyendo al forense, lo que significa que tampoco podremos ver los restos.
Volvió a aparecer en sus ojos el brillo de una sonrisa que no llegó a esbozar.
—¿Se te ha olvidado cómo me gano la vida? Soy mercenario, preciosa. Estoy acostumbrado a trabajar en secreto. No te preocupes, podrás ver todo lo que quieras.
Debería seguir enfadada con él por cómo le había hablado antes, pero no pudo evitar sentirse reconfortada por sus palabras. Lo miró a los ojos, se humedeció los labios con la lengua y le dijo:
—Gracias.
La conversación con el cretino del sheriff le había impedido echar un vistazo a su alrededor, pero cuando por fin tuvo ocasión de hacerlo, Edward se quedó mudo. Sabía que la familia de Bella era rica, pero aquella casa... ni siquiera podía describirla como una simple casa.
La mansión de tres plantas de estilo colonial que tenía delante recordaba a la Casa Blanca, con sus enormes columnas de piedra y los escalones de mármol que conducían a la puerta de madera labrada. El interior era tan impresionante como la fachada, casi se sentía culpable de pisar aquellos suelos inmaculados con sus burdas botas negras. Bella, sin embargo, no tuvo el menor reparo en pasar con las zapatillas de deporte y dejar tras de sí un rastro de barro.
—No te preocupes por manchar el suelo —le dijo Bella al ver que titubeaba—. Lo limpiaré por la mañana.
Por fin se atrevió a dar un par de pasos, momento en el que vio una habitación contigua al vestíbulo en la que había no uno, sino dos pianos.
—No sabía que alguno de vosotros tocara el piano —comentó cuando por fin recuperó el habla.
—Y no lo hacemos —admitió Bella, meneando la cabeza—. Pero mi padre dice que todas las casas deben tener una sala de música.
Edward se contuvo de decirle que dicha sala era igual de grande que su apartamento. El vestíbulo era más grande que la mayoría de las casas.
No le extrañaba que Bella nunca lo hubiera llevado allí. Conociéndola, seguro que se avergonzaba de tanta ostentación. Otra razón para que no lo hubiera invitado a ir era que su padre pasaba allí la mayoría de los fines de semana. Y a él no le había importado; habría preferido cortarse un brazo que pasar su tiempo libre con el senador Swan.
—¿Quieres que te enseñe la casa? —le preguntó Bella—. ¿O prefieres ir directamente a la cama?
Edward tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. Dios, no debería ni pronunciar la palabra «cama». Después de escapar del hospital psiquiátrico, de correr por el bosque y de dos horas en coche, estaba tan guapa como siempre. Se le habían soltado un par de mechones rubios que le caían a los lados de la cara, de las mejillas sonrojadas, lo que le daba un aspecto increíblemente sexy.
De pronto, sintió una presión en la entrepierna que le obligó a recordarse lo que le había dicho en el coche: no estaba allí para retomar su relación. No iba a permitírselo.
—Estaría bien hacer una visita rápida —sugirió, pensando que sería mejor retrasar el momento de irse a la cama.
—No sé si va a ser posible —admitió ella con una ligera sonrisa en los labios—. ¿Has visto el tamaño que tiene esta casa? Pero, bueno, lo intentaré.
Edward no habló demasiado mientras paseaban por la planta baja, llena de salones, salas de estar, despachos y una biblioteca con más de cinco mil ejemplares.
La siguió después a la segunda planta, pero se detuvo nada más subir la escalera. El pasillo estaba lleno de retratos, pero hubo uno que le llamó la atención especialmente, el de una preciosa mujer rubia con unos impresionantes ojos azules y unos rasgos muy delicados.
—Mi madre —aclaró Bella con voz suave.
La explicación no habría sido necesaria porque el parecido era innegable, pero Renee Swan tenía un aspecto mucho más frágil que el de su hija y su rostro carecía del brillo de obstinación y de genio que Bella tenía a raudales.
—Era muy... frágil —dijo Bella, utilizando exactamente el mismo adjetivo en el que había pensado él.
Al mirarla, Edward vio la tristeza que había en sus ojos.
—Odiaba cualquier tipo de confrontación —siguió diciendo Bella—. La ponían enferma las discusiones, era muy sensible. Si alguien le hablaba mal por algún motivo, se pasaba días sin salir de su habitación.
—Era... —dejó la frase a medias porque la palabra que se le había ocurrido era «débil» y no quería decírsela a una hija que hablaba de su madre con tanto amor. Pero Bella lo conocía demasiado.
—¿Débil? —adivinó—. Supongo que en cierto sentido sí lo era —su gesto se suavizó y de pronto se pareció mucho más a la mujer del retrato—. También era muy dulce. Nos quería muchísimo a mi hermano y a mí. Pasaba mucho tiempo con nosotros cuando éramos niños, no como mi padre. Era muy buena madre, Edward.
—No lo dudo —se aclaró la garganta—. Vamos, enséñame la segunda planta.
Esa segunda parte de la visita fue más rápida. Cada uno de los miembros de la familia tenía un conjunto de habitaciones decorados con su propio estilo. En el ala del senador predominaban los colores negro y oro, en la de Renee Swan, los tonos amarillos y crema, en la de Emmet, el azul y el verde. Y la de Bella era...
—¿Rosa? —preguntó Edward, enarcando ambas cejas.
Bella se detuvo en la puerta de su dormitorio de la infancia.
—Lo eligieron mis padres —reconoció—. Supongo que pensaban que les ayudaría a aplacar mi lado salvaje —lo miró y se encogió de hombros—. Yo habría elegido el rojo.
—Claro —comentó él, sin contener una sonrisa.
Después lo llevó a la última planta, donde estaban las habitaciones de juegos y las de los invitados, una de las cuales podía utilizar.
—Gracias por ayudarme con Jake —le dijo Bella una vez acabada la visita—. Cuando has intervenido estaba a punto de perder los nervios.
—No hay de qué. Aunque no sé si ha sido buena idea decirle que lo consideras sospechoso de la muerte de Ángela.
—Tienes razón —reconoció ella con un suspiro—. No he podido evitarlo. Jake siempre ha tenido la facultad de sacarme de mis casillas.
—No me extraña. Es un cretino —dijo Edward al tiempo que se sentaba en la cama. Empezó a desabrocharse las botas, cubiertas de barro—. ¿Crees que lo hizo?
—Sinceramente, no lo sé, pero sí que le creo capaz de hacerlo —se apoyó en el marco de la puerta—. Siempre tuvo muy mal genio y se peleaba con cualquier chico que se atreviera a mirar a Ángela.
Edward dejó las botas a un lado.
—¿Quién rompió, ella o él?
—Ella y sé que Jake no se lo tomó nada bien, por eso... —Bella se quedó callada a medias y se le sonrojaron las mejillas.
Tardó unos segundos en percatarse de la razón de tal rubor. Mientras la escuchaba, había empezado a quitarse la camisa sin pensarlo, pero al ver su reacción, volvió a ponerse la prenda en su sitio. Le molestaba mucho haber recuperado las viejas costumbres sin siquiera darse cuenta. Eso era lo que había hecho cada noche cuando vivían juntos; se desnudaba mientras ella le contaba las novedades sobre el artículo en el que estaba trabajando y... bueno, cuando había terminado de quitarse la ropa, normalmente no hablaban mucho más.
«Hasta que ella te traicionó».
Solo fue necesario recordar ese pequeño detalle. Edward se puso en pie de un salto. Realmente no quería recordar el pasado.
—Es tarde —dijo bruscamente—. Seguiremos hablando mañana y pensaremos qué debemos hacer a continuación.
Bella siguió mirándolo, titubeante. Abrió la boca como si quisiera decir algo, pero después de unos segundos, dejó caer los hombros y su rostro adoptó un gesto de resignación.
—Tienes razón. Hablaremos por la mañana. Buenas noches, Edward.
—Buenas noches, Bella.
La vio marcharse y luego se acercó a cerrar la puerta, aunque no echó el cerrojo porque sabía que no serviría para aplacar el deseo que sentía por ella. La había deseado desde el momento en que había vuelto a verla en la cabaña después de llevar dos años intentando olvidarla. La deseaba tanto que no sabía cómo había podido ocultarlo tanto tiempo.
A juzgar por lo que veía en su entrepierna, ya no podía ocultarlo más.
«Te traicionó», se recordó de nuevo y, con esas dos palabras en mente, terminó de desvestirse y se metió en la cama.
