Los personajes son de S. Meyer y la historia no me pertenece.
Lo prometido es deuda.
Nos leemos abajo...
Capítulo 6
Edward se despertó a la mañana siguiente completamente helado. En algún momento de la noche, había retirado la ropa de cama y el viento que entraba por la ventana, que él mismo había dejado abierta, le había congelado el cuerpo. Eran las ocho, lo que quería decir que solo había dormido cinco horas, pero estaba acostumbrado a funcionar con pocas horas de sueño. En su última misión había tenido que pasar días sin dormir.
Se puso la misma ropa del día anterior aunque, por suerte, llevaba algo más en el coche. «Siempre listo», como decían los Boy Scouts. Él no lo había aprendido en campamentos infantiles sino teniendo que defenderse de los abusos de sus padres adoptivos y sin saber nunca cuándo volvería a comer algo.
La casa estaba a oscuras y en silencio, pero volvió a sorprenderle y a desconcertarle tanta opulencia. Salió al coche a buscar su ropa y volvió enseguida para darse una ducha rápida. Mientras se vestía, oyó ruido de agua en el piso de abajo y, aunque intentó no imaginar a Bella en la ducha, no lo consiguió. Era tan fácil ver su cuerpo desnudo bajo el agua caliente.
Para distraerse comprobó los mensajes que tenía en el teléfono móvil. Había uno de la CIA y otro de su compañero Jasper. Ni siquiera escuchó el de la CIA porque no pensaba aceptar más encargos suyos por un tiempo para descansar un poco de tanta burocracia. Así pues, llamó directamente a su mano derecha. Jasper Whitlock era un antiguo soldado de marina, siempre serio y eficiente.
—He recibido una llamada del presidente de una empresa farmacéutica —le explicó Jasper sin entretenerse—. Han secuestrado a su hija en Caracas. Parece ser que han sido unos tipos que están enfadados con el señor director por haber utilizado a gente de allí para probar unas vacunas.
—¿Y quiere que liberemos a la chica? —le preguntó Edward mientras hacía la cama, siguiendo sus costumbres de militar.
—Sí, señor —después de cinco años trabajando juntos, Jasper seguía dirigiéndose así a él por mucho que Edward le pidiera que no lo hiciera.
—¿Crees que podréis hacerlo sin mí?
—Sí, señor.
—Yo todavía estoy ocupado aquí y no podré ir en unos días, pero no creo que el señor director esté dispuesto a esperar, ¿verdad?
—No, señor —Jasper hizo una pausa antes de volver a hablar—. ¿Qué tal está Bella?
Había tardado mucho en preguntárselo.
—Está bien, teniendo en cuenta que han intentado matarla.
—¿Ha encontrado ya al bastardo que lo hizo?
A Edward no le sorprendió la vehemencia de su compañero, pues nunca había ocultado la simpatía que sentía por Bella. Jasper llevaba dos años insistiéndole en que no fuera tan testarudo y la perdonara de una vez. Lo que ocurría era que él no podría entender nunca el motivo que lo había llevado a separarse de Bella porque tenía una esposa que lo adoraba y que lo esperaba pacientemente mientras él arriesgaba su vida en los lugares más peligrosos del mundo. Si Alice Whitlock tuviera que elegir entre su marido y otra persona, no lo dudaría ni un instante.
Bella, sin embargo, había elegido a quien no debía.
—Aún no, pero lo haré —le respondió.
—¿Y luego?
—Me reuniré con vosotros.
—Señor... —Jasper titubeó un instante—. ¿No quiere quedarse un poco más y arreglar las cosas?
—No hay nada que arreglar —dijo tajantemente y entonces oyó pasos al otro lado de la puerta—. Tengo que dejarte. Mantenme informado.
—Sí, señor —otro momento de duda—. Salude a Bella de mi parte.
Edward colgó el teléfono justo en el momento en que llamaron a la puerta suavemente.
—Pasa —dijo, casi como un ladrido.
Se abrió la puerta y apareció Bella con lo que él siempre llamaba su atuendo de hija de senador: blusa de seda negra, pantalones anchos y zapatos rubios de tacón alto que le añadían unos cuantos centímetros de altura. Sí, tenía un aspecto muy sofisticado, pero a él seguía sin gustarle ese estilo; siempre había pensado que estaba mucho más guapa con unos vaqueros gastados y una camiseta ceñida.
Bella no tardó en notar lo que estaba mirando.
—Parezco muy estirada, lo sé. Es la única ropa que tenía aquí —explicó y luego cambió de tema antes de que él pudiera decir nada—. ¿Qué planes hay para hoy? ¿Vamos al bosque donde encontraron el cuerpo de Ángela?
Edward meneó la cabeza.
—Eso vamos a dejarlo para esta noche.
La vio esbozar una sensual sonrisa.
—Es verdad, lo había olvidado. Siempre necesitas la protección de la oscuridad.
No pudo evitar sonreír también.
—Es mi manera de trabajar. Había pensado ir al pueblo, desayunar algo y escuchar lo que dice la gente sobre que hayan encontrado el cuerpo de Ángela. Quizá oigamos algo interesante que nos dé alguna pista —se guardó el teléfono en el bolsillo—. Por cierto, Jasper te manda saludos.
—¿Qué tal está?
—Bien.
Bella volvió a sonreír, haciendo que apareciera el hoyuelo que le salía en la barbilla.
—¿Sigue llamándote señor?
—Sí.
Ella apartó la mirada un momento y la clavó en el cuadro que había en la pared frente a la cama. Cuando volvió a mirarlo, había en sus ojos un brillo nostálgico.
—Lo echo de menos. Salúdalo también de mi parte, ¿de acuerdo?
—Claro.
Hubo unos segundos de silencio que Bella rompió aclarándose la garganta antes de hablar.
—Mientras estamos en el pueblo, podríamos hacerle una visita al forense, Jason Jenks. Espero que nos permita ver los restos de Ángela.
—No creo que lo haga si Jake Black puede hacer algo para impedírselo —aseguró Edward—. Seguro que el bueno del sheriff ya le ha ordenado que no hable con nosotros.
Bella se encogió de hombros.
—Entonces nos pasaremos por su oficina esta noche, después de la excursión por el bosque —sugirió con malicia—. ¿Sigues teniendo el kit para forzar cerraduras?
Edward le lanzó una mirada de reprobación.
—Ya sabes que esas cosas son ilegales. Ni se me ocurriría tenerlo.
Ella soltó una suave carcajada.
—¿Hacer algo ilegal tú? ¡Dios te libre! —volvió a la puerta, pero antes de salir, se giró para mirarlo—. Por suerte yo sí tengo uno.
Edward esbozó una nueva sonrisa a su pesar. Afortunadamente, ella no pudo verla porque ya había salido. Maldijo entre dientes. No podía disfrutar de estar con ella. Ya no eran amantes, ni siquiera eran amigos. Estaba allí por obligación, nada más. Ella misma lo había explicado, no podría vivir si algo le sucediera a ella habiendo podido evitarlo. No lo hacía porque aún sintiera nada por ella. Era su obligación, un favor que le hacía a una mujer por la que había sentido algo, eso era todo.
Respiró hondo y salió de la habitación.
El restaurante Jessie's estaba en pleno centro de Forks y tenían los mejores desayunos del pueblo.
A Bella no le extrañó encontrar el local prácticamente lleno, ni tampoco que la mayoría de los presentes se quedaran mirándola al entrar y luego cuchichearan los unos con los otros. La última vez que había estado en el pueblo había acabado en el río; para un lugar en el que pasaban pocas cosas, su chapuzón había sido una gran noticia y parecía que seguía siéndolo.
—Prepárate para que te miren boquiabiertos durante la próxima hora —le advirtió a Edward, a quien no parecía afectarle demasiado el interés de los habitantes de Forks.
Estaban ocupadas prácticamente todas las mesas, pero Bella encontró una con asientos corridos al fondo del local y fue hasta allí tratando de pasar por alto las miradas y los susurros de los demás clientes.
Incluso sonrió a un par de personas que conocía. Ninguna de ellas le sonrió, pero al menos una la saludó con la mano.
—Todo el mundo piensa que me tiré del puente intencionadamente —le dijo a Edward en cuanto estuvieron sentados.
—¿Qué más da lo que piensen? Tú sabes la verdad y eso es lo importante.
Se quitó el abrigo con las manos temblorosas mientras deseaba poder mantener la calma tan bien como Edward. Era algo que siempre había admirado en él. Por supuesto que a veces estaba más susceptible o de mal humor, especialmente si tenía hambre, pero en los dos años que habían estado juntos, solo lo había visto realmente enfadado una vez.
El día que le había pedido que retrasaran la boda.
—No puedo evitar que me moleste —reconoció en voz baja—. He crecido con esta gente, con algunos fui al colegio y he estado en sus casas. Pero entonces...
Entonces murió su madre y todo cambió. Su padre siempre había sido muy exigente y controlador, pero después de que su madre perdiera la batalla contra el cáncer, se había vuelto aún peor. Había decidido presentarse al senado, por lo que se había empeñado en que Bella diese una imagen impecable en público y cuidase al máximo las apariencias. No le hablaba si no era para criticarla, pero cuando estaban en público fingía ser el padre perfecto, actuando como si fueran amigos.
Ella se había rebelado. Se había teñido el pelo de rubio y se había hecho amiga de los más salvajes del pueblo, con los que había empezado a fumar. Y cuando su padre había olvidado su décimo séptimo cumpleaños por culpa de la maldita campaña electoral, Mike Newton y ella se habían ido a dar una vuelta en coche... en el coche que le habían robado al padre de él.
Su padre, completamente atónito, la había llevado a un psicólogo y, unos días después, había dado una entrevista en la que había dicho que su hija sufría algunos problemas mentales. Durante los siguientes diez años, había repetido tanto la misma historia que había llegado un punto en el que ella misma había llegado a creérselo.
Entonces había conocido a Edward, que había hecho que se diera cuenta de que no estaba loca y que sus rebeldías de adolescente no era más que eso, rebeldías de adolescente. Cuando había vuelto a escuchar la misma cantinela durante la siguiente campaña electoral, presentándose como un padre preocupado que podría ayudar a otros a afrontar los problemas que les ocasionaban sus hijos, había descubierto que para su padre ella no era más que una herramienta para ganar votos.
Pero le había prometido a su madre que siempre apoyaría a su padre, y eso había hecho.
Aunque significara perder a Edward.
Se tragó el nudo de amargura que tenía en la garganta y trató de concentrarse en la carta del restaurante. Debía olvidar el pasado.
Estaba repitiéndose esa frase a modo de mantra cuando llegó la camarera. La reconoció de inmediato. Era Lauren Mallory, otra compañera de clase. Una pelirroja de enormes pechos que había sido la jefa de animadoras del instituto y, nada más graduarse, se había casado con el capitán del equipo de fútbol, claro. Seguía teniendo el tipazo de siempre a pesar de haber tenido tres hijos y, por lo visto, seguía engañando a su marido constantemente con los turistas guapos que pasaban por el pueblo.
—Hola, Bella —le dijo Lauren con una voz dulce que no encajaba con la frialdad de su mirada.
Lauren y ella nunca se habían llevado bien.
—Hola, Lauren. ¿Qué tal los niños?
La camarera apretó ligeramente la libreta que tenía en la mano. No era ningún secreto que no prestaba demasiada atención a sus hijos.
—Bien. ¿Y tú? Veo que estás recuperada del... accidente.
Bella se tensó al oír el modo en que había pronunciado la última palabra, pero se las arregló para esbozar una sonrisa tan falsa como la de la otra.
—Estoy muy bien.
Lauren miró a Edward de arriba abajo, sin molestarse en disimular un gesto claramente lascivo.
—Ya veo ya. Este debe de ser el famoso Edward Cullen.
—El mismo —confirmó él sin apenas apartar los ojos de la carta.
—Ahora comprendo que no lo hayas traído nunca al pueblo. Lo querías para ti solita, ¿eh, Bella? —añadió con la mirada de un carroñero que acababa de descubrir un delicioso cadáver.
—¿Podemos pedir? —le preguntó, como si la camarera no hubiera dicho nada y tratando de luchar contra el ataque de celos que había sufrido al ver el modo en que miraba a Edward.
Apenas hubo tomado nota de lo que querían, Lauren volvió a la barra y no perdió un momento en comentar la jugada con las otras camareras, que enseguida se quedaron mirando a Edward con ojos de deseo.
—Parece que ya tienes club de admiradoras —comentó Bella, más celosa de lo que le habría gustado.
Era lógico que lo miraran así, Edward era el hombre con el que fantasearía cualquier mujer. Pero para ella había sido algo más que una fantasía durante dos largos años y, como una tonta, lo había tirado todo por la borda.
Quizá sí que estuviera loca.
—No pongas esa cara de preocupación —le dijo Edward, creyendo que su malestar se debía de verdad a las miradas de deseo de las camareras—. No me interesa ese club, ni ninguna de sus integrantes.
—¿No? No me digas que en estos dos años nadie ha conseguido despertar tu interés —dijo, tratando de parecer despreocupada.
—Si me estás preguntando si salgo con alguien, la respuesta es «no». Ya no me interesan las relaciones.
Dios, dos años antes había estado dispuesto a casarse con ella y ahora ni siquiera quería salir con nadie. La idea de ser la causante de dicho cambio hacía que se sintiera terriblemente culpable.
Abrió la boca para decirle que no debía rechazar a todas las mujeres por culpa suya, pero él puso fin a la conversación de inmediato con su siguiente pregunta:
—¿Qué tal va el trabajo?
—Bien. Al menos hasta la semana pasada. No me extrañaría que Patrick me despidiera por haber desaparecido.
Patrick Garrison, director de la revista para la que trabajaba, le había hecho un enorme favor al contratarla basándose en su currículum y en su estilo como escritora, dejando de lado su negativa presencia en los medios. Lo único que le había pedido a cambio había sido que trabajara y que no llamara la atención. Por suerte, la prensa no se había enterado de su ingreso en el hospital psiquiátrico, pero sabía que a Patrick no le haría ninguna gracia que llevara días sin dar señales de vida.
—Recuérdame que lo llame luego —le pidió a Edward—. ¿Qué te parece si nos concentramos en hacer lo que hemos venido a hacer? A ver si oímos algo interesante.
Estuvieron en silencio el resto del tiempo, lo que les sirvió para enterarse de que la señora Hertz se había roto la cadera, que el marido de Lauren se había emborrachado hacía un par de noches y había acabado a puñetazos con el sheriff y que Margaret Hanson estaba otra vez embarazada. Nadie dijo ni una palabra sobre Ángela. Era como si a nadie le interesara lo más mínimo que se hubiesen encontrado sus restos. Claro que quizá después de diez años la gente ya no pensara demasiado en su desaparición.
—Vámonos —dijo Edward en cuanto terminaron de desayunar—. Parece que a esta gente le da igual que mataran a una de sus vecinas, o quizá simplemente solo se preocupan por sí mismos.
—Me inclino por eso último —murmuró ella.
Apenas habían llegado a la puerta del restaurante cuando se toparon de frente con Jackson Newton, al que su hijo Mike y ella le habían robado el coche aquella noche por diversión.
Bella lo saludó con una sonrisa en los labios, pero él no reaccionó con tanta amabilidad.
—¿No le da vergüenza aparecer por aquí, señorita Swan? Solo ocasionas problemas al pueblo —siguió diciendo, sin importarle el gesto de dolor y sorpresa de Bella—. Haznos un favor a todos y márchate antes de que vuelvas a hacer una de las tuyas.
Bella sintió la tensión de Edward a su lado, pero trató de seguir siendo amable.
—Siento que piense eso, señor Newton. Puedo asegurarle que no he venido a ocasionar problemas. Solo quería un lugar tranquilo donde recuperarme del accidente.
Newton resopló al oír aquello.
—¿Accidente? ¿A quién quieres engañar? Todo el mundo sabe que intentaste quitarte la vida. No sé cómo aún puede contigo el senador Swan.
—Lamento mucho oírle decir eso —respondió ella, con lágrimas en los ojos. Pero no iba a llorar delante de aquel viejo resentido.
—Vamos —intervino Edward sin siquiera mirar al señor Newton.
—Y no se te ocurra acercarte a mi hijo —añadió cuando ya habían echado a andar.
En cuanto salieron a la calle, le cayeron dos enormes lágrimas de los ojos. Maldito fuera aquel pueblo. La única razón por la que había vuelto en aquellos diez años había sido para descubrir la verdad sobre la desaparición de su amiga, nada más. Aquella gente no le importaba nada y no iba a dejar que sus ataques, sus chismorreos y sus miradas hicieran mella en ella.
—¿Estás bien? —le preguntó Edward.
Se secó las últimas lágrimas antes de volverse a mirarlo.
—Sí. Solo está resentido porque su hijo Mike y yo le robamos el coche una noche hace años y no lo tratamos demasiado bien. Debería haberle dicho que la idea fue de su hijo, no mía.
—No malgastes energía en ese cretino —le recomendó Edward—. En ocasiones como esta me alegro de no haber vivido en un sitio así, donde todo el mundo te conoce.
—Y te juzga —añadió ella con un suspiro y luego hizo una pausa—. Mi padre me dijo que había ocultado a la prensa lo del accidente.
Edward miró a un lado y apretó los labios.
—Pues parece que te mintió.
Bella se volvió a mirar donde él tenía puesta la vista. Había un puesto de periódicos y en uno de ellos destacaba un titular que la dejó helada.
La hija del senador se recupera del intento de suicidio.
Muchisimas gracias a:
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