Los personajes pertenecen a S. Meyer y la autora y el titulo original lo dire al final de la historia.

Mil disculpas por la tardanza, muchas cosas de que ocuparse ´pero como no soy mala hoy les dejo tres capis y actualizaré mañana, el sabado y el domingo... nos vemos abajo-


Capítulo 7

Al llegar a la propiedad de los Swan, el estado de ánimo de Bella estaba por los suelos. El artículo del Washington Post había supuesto un duro golpe y la visita al forense solo había empeorado las cosas. El doctor Jason Jenks no había tenido más remedio que admitir que el sheriff le había ordenado que no los ayudara y no había habido manera de convencerlo para que les dejara ver los restos de Ángela.

Edward y ella tenían pocos ánimos y menos pistas, pero les quedaba la esperanza de conseguir algo esa noche en el bosque, en el depósito de cadáveres o en la oficina del sheriff. Edward estaba convencido de que Jacob ocultaba algo y pretendía descubrir de qué se trataba. Así pues, iba a ser una noche muy ajetreada.

Pero aún quedaban muchas horas para eso, horas que tendría que pasar con Edward tratando de no pensar en el pasado, de no hablar del futuro y, lo que era aún más difícil, resistir la necesidad de besarlo.

Cuando pensaba que el día no podría ir peor, sonó el teléfono del despacho, adonde había ido a buscar todo lo que tenía sobre la desaparición de Ángela.

—Hola, Emmet —respondió porque vio que era su hermano.

—¿Qué estás haciendo en Forks? —fueron sus amables palabras.

—Supongo que ya te lo habrá dicho papá. He venido a averiguar qué le pasó a Ángela, y a mí, la noche del puente.

Lo oyó maldecir en voz baja.

—Escucha, sé que estás convencida de que alguien te sacó del puente, pero no hay ninguna prueba que respalde tal hipótesis.

—No es una hipótesis, es lo que ocurrió. Había un coche detrás de mí en el puente, Emmet.

—Sé que estás convencida de que es así —insistió su hermano—. Pero creo que lo imaginaste, Bells.

—Yo no lo...

—Estabas muy alterada, Bella —la interrumpió—. Yo te vi después del funeral y sé lo afectada que estabas. Bebiste mucho y tu estado de ánimo no era el más adecuado.

—¿El más adecuado para qué? —le preguntó en tono sarcástico—. ¿De verdad crees que intenté suicidarme?

—Creo que estabas disgustada —reiteró e hizo una nueva pausa—. Bella, quizá deberías considerar la idea de tomar algún tipo de medicación.

Estuvo a punto de caérsele el teléfono de la mano.

—¿Lo dices en serio?

—No actúas de un modo normal —le dijo su hermano con la calma y la condescendencia que se solía utilizar para hablar con los niños o los locos—. Sabes que siempre estoy de tu parte cuando papá intenta controlarte, pero esta vez creo que tiene algo de razón. Llevas años culpando a los demás de tu comportamiento destructivo. Y ese asunto de las drogas...

—Yo no he consumido drogas en toda mi vida —declaró sin dejarle terminar—. El dueño del club en el que había estado con unos amigos aprovechó la oportunidad para ganarse unos dólares diciendo que yo había estado esnifando coca en su local. Pero no era cierto y tú dijiste que me creías.

—Lo sé y lo dije de verdad —respiró hondo—. Ya no sé qué creer, Bella. Solo sé que mi hermana pequeña acabó con el coche en un río y que ahora está intentando investigar una muerte por su cuenta, a pesar de que le han ordenado claramente que no lo haga. Déjaselo a la policía, Bella.

—Claro, tú estarías encantado de que hiciera eso, ¿verdad? A ti nunca te gustó Ángela y te da igual saber quién la mató.

—¿Lo ves? Son estas cosas a las que me refiero. Explotas en cuanto alguien te lleva la contraria.

Bella trató de respirar hondo y calmarse.

—No, exploto porque todo el mundo cree que estoy loca y que he intentado suicidarme.

Su hermano volvió a maldecir al otro lado de la línea.

—¿Quieres que vaya, Bella?

—No te molestes. Edward está conmigo. Él me mantendrá a raya —añadió amargamente.

—Ya, otra cosa que no me parece demasiado bien. ¿Volvéis a estar juntos?

—No, no estamos juntos. Solo me está ayudando —no pudo controlar el siguiente comentario—: A diferencia de papá y de ti, él sí cree que pueda estar en peligro.

—Por el amor de Dios, Bella. Tú no estás en peligro, lo que tienes que hacer es... —dejó la frase a medias y soltó un gruñido—. Maldita sea, tengo que dejarte. Voy a cenar con Rosalie y ya llego tarde.

A pesar de la rabia y la frustración que le había provocado la conversación, le llamó la atención que su hermano mencionara a su novia porque Emmet nunca había tenido una relación que durara más de unos días, así que aquello era extraordinario.

—¿Sigues con Rosalie?

—Sí, o eso espero, porque no creo que le haga ninguna gracia que llegue tan tarde.

—Échale la culpa a la loca suicida de tu hermana —bromeó ella.

—No tiene gracia, Bella. Escucha, mañana te llamo, pero hasta entonces prométeme que no te vas a entrometer en la investigación de Jacob Black.

Bella titubeó ligeramente.

—Te lo prometo. ¿Contento?

—Sí.

No se sintió culpable por mentir a su hermano porque en realidad no era del todo mentira. No pensaba entrometerse en la investigación del sheriff, sino llevar a cabo otra muy distinta.

Pero las palabras de su hermano volvieron enseguida a su cabeza.

Dios. ¿Tendría razón Emmet? ¿De verdad estaba loca? Las lágrimas que llevaba todo el día conteniendo comenzaron a desbordársele de los ojos.

No, no podía ser. Aquellas luces no habían sido imaginaciones suyas, ni tampoco había imaginado el golpe que le había dado aquel coche que la había sacado del puente. Recordó la aterradora sensación de vértigo que había sentido al precipitarse al vacío. El río Grace no era demasiado profundo, pero sí lo suficiente para que quedara sumergido todo el coche.

Aún recordaba el terror que se había apoderado de ella mientras intentaba, en vano, abrir la puerta del conductor. Podría haber muerto. Habría muerto de no ser por Colin Kincaid, el ayudante del sheriff que había visto la barandilla del puente rota y, al asomarse, se había dado cuenta de lo ocurrido y se había tirado al agua para sacarla del coche.

¿Cómo podía pensar nadie que haría algo así intencionadamente?

Se le escapó un sollozo.

—¿Bella?

Al levantar la cabeza y ver a Edward en la puerta, le pidió que se fuera. En lugar de marcharse, él cruzó la habitación y se arrodilló frente a la silla en la que estaba sentada ella.

—¿Qué ocurre? —le preguntó, poniéndole una mano en la mejilla.

—Nada. Solo soy yo con mis locuras y mis alucinaciones.

Edward se echó a reír.

—Vamos, preciosa, la autocompasión no es propia de ti.

No intentó quitarse la mano de la cara porque había empezado a acariciarla y lo cierto era que resultaba muy reconfortante. Estaba tan cerca que podía sentir su aroma. Todo su cuerpo reaccionó con una explosión de sensaciones.

«Te echo de menos», deseaba decirle.

Pero no lo hizo.

—He hablado con Emmet. También él piensa que no había nadie más en el puente y que estaba tan borracha y disgustada que decidí tirarme —tragó saliva con esfuerzo—. Ah, y también cree que debería empezar a medicarme.

—Eso es absurdo —le puso la mano en la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos—. Tú no estás loca, Bella.

—Puede que sí. Puede que me imaginara aquel coche.

—¿De verdad crees que es posible?

—No —reconoció enseguida—. Pero los locos no se dan cuenta de que están locos.

—Ni tampoco se lo plantean siquiera —replicó él—. Vamos, preciosa, eres la persona más cuerda que conozco. Si hay algún loco aquí, soy yo, que me meto en la selva y me arriesgo a que me disparen.

La hizo sonreír.

—Eso no es locura, es valentía.

—Tú también eres valiente —sus ojos verdes se posaron en ella con tanta dulzura que tuvo ganas de echarle los brazos al cuello y no volver a soltarlo. No era habitual ver tanta ternura en su mirada—. Llevas años sin dejar que puedan contigo ni la prensa ni las acusaciones. No dejes que puedan contigo ahora.

—Es que ahora es mi propio hermano el que piensa que estoy loca, Edward.

—Solo está preocupado por ti. Emmet te quiere mucho, pero el senador ejerce mucha influencia en él.

—¿Y en quién no? —respondió con pesar.

Sus miradas se encontraron de pronto. Edward seguía acariciándole la cara, provocándole escalofríos. Le pareció que inclinaba la cabeza hacia ella. ¿Iba a besarla? Ansiaba tanto sentir el roce de sus labios, el placer y el amor que la invadían cada vez que se besaban.

Vio que bajaba la mirada hasta su boca y que entreabría los labios. Ella cerró los ojos, a la espera del beso.

Un beso que no llegó.

Abrió los ojos bruscamente al oírlo carraspear. Lo vio ponerse en pie.

—¿Por qué no traes todos esos papeles al salón? Te espero allí —le dijo a toda prisa—. Quiero saberlo todo del caso antes de que salgamos.

Salió del despacho sin decir nada más, dejándola allí sola, lamentando con todo su corazón que no la hubiera besado.

Edward agradeció que Bella no lo mirara a los ojos al volver al salón. No quería ver la decepción y el dolor que sin duda habría en ellos. Había estado a punto de volver a besarla. Pero había conseguido detenerse justo a tiempo. No podía caer en la tentación por atrayente que le pareciera, por muy vulnerable que pareciera Bella con las mejillas manchadas por las lágrimas y los ojos llenos de frustración.

Dios, tenía que poner fin a aquella locura. No podría salir bien. Ya lo habían comprobado la primera vez y no pensaba volver a intentarlo. Ya no era el muchacho solitario y enfadado con el mundo que no comprendía por qué todos lo abandonaban. A sus treinta y dos años, sabía perfectamente que no podía confiar en nadie excepto en sí mismo, no podía depender de nada excepto de su propia voluntad y su perseverancia.

Por muy atraído que siguiera sintiéndose por Bella, no iba a dejar que volviera a cautivarlo.

Lo primero que sacó de la carpeta de documentos fue una foto de Ángela Weber. Ya la había visto antes, pero volvió a llamarle la atención la belleza de aquella joven de pelo castaño, ojos color avellana y luminosa sonrisa.

Había también un informe médico que prefería no saber cómo había llegado a manos de Bella y la declaración de Jacob Black.

—Colin Kincaid, el ayudante del sheriff que me sacó del río, me dio unas cuantas copias de documentos cuando empecé a investigar, antes de que Jacob fuese el sheriff —le explicó Bella al tiempo que se sentaba junto a él en el sofá a una distancia prudencial.

Edward leyó por encima el documento.

—¿Jacob fue el último que la vio con vida?

—Por eso es mi principal sospechoso. Dice que la vio en el campo que hay detrás del instituto.

Por lo que leyó, también dijo que parecía nerviosa, como si algo la tuviera preocupada y que luego se había marchado por el camino que conducía al bosque. Por lo visto, el profesor de Educación Física solía hacerlos correr por allí, por lo que a Jacob no le había extrañado que se fuera sola.

—¿Crees que iba a reunirse con alguien en el bosque? —le preguntó a Bella.

—Es posible. También puede que simplemente hubiera salido a correr. Jacob dijo que llevaba puesta ropa de deporte. Solíamos ir a correr por allí juntas.

—¿Qué piensas entonces? ¿Que Jacob la siguió hasta el bosque con la esperanza de volver con ella, discutieron y él la mató?

—Es posible —dijo antes de resoplar con frustración—. Necesitamos ver el informe de la autopsia para saber cómo murió. Eso podría cambiarlo todo.

—¿Por qué?

—Porque si la apuñalaron o le dispararon, no creo que lo hiciera Jacob. Pero si murió como consecuencia de una paliza, sí que podría haber sido él. Siempre estaba peleándose con todo el mundo y estaba acostumbrado a utilizar los puños más que el cerebro.

—Esta misma noche vamos a conseguir ese informe —le recordó. Pero ella no dijo nada, se quedó mirando al suelo con cara de incertidumbre—. ¿Qué ocurre?

—¿Y si no descubrimos la verdad? —preguntó ella, arrugando el ceño—. Llevo diez años con esto y no sé cuánto más voy a aguantar.

—Vas a ver cómo descubrimos lo que ocurrió.

—¿De verdad lo crees?

La esperanza que invadió sus ojos de pronto despertó en él una repentina determinación. Cuando lo miraba con esa fe y esa desesperación, era capaz de prometerle cualquier cosa. A Bella no le gustaba mostrarse vulnerable, pero cuando lo hacía, conseguía derretirle el corazón.

Volvió a clavar la mirada en los papeles, molesto consigo mismo por permitir que Bella siguiese teniendo tanto poder sobre él. Pero sentía sus ojos clavados en él, ansiosa por que le diera una razón para tener esperanza.

Habría sido un tonto de no hacerlo.

Así pues, levantó la mirada y le dijo con absoluta certeza:

—Vamos a descubrir la verdad, Bella. Te lo prometo.