Los ersonajes pertenecen a S. Meyer y la historia no me pertece-

Bueno nos vamos con el segundo...


Capítulo 8

Toda vestida de negro y con el cabello oculto bajo un gorro de lana también negro, Bella parecía exactamente lo que todo el pueblo de Forks la consideraba, una mujer problemática.

—Qué frío hace —protestó mientras caminaba hacia el bosque junto a Edward—. Tengo la piel de gallina hasta en el trasero.

Edward le lanzó una mirada.

—Gracias por darme tanta información.

Su respuesta consiguió levantarle el ánimo. No era el «¿puedo verlo?» que le habría dado hacía unos años, pero tampoco le había pedido que se callara. Desde el casi beso del despacho, no había podido dejar de pensar lo mucho que deseaba que no se quedara en «casi». Apenas podía concentrarse en otra cosa que no fuera su boca.

Antes de conocer a Edward, había salido con algunos hombres, pero ninguno podía compararse con él. Su intensidad, sus escasas sonrisas, su árido sentido del humor y su fuerza... Todo en él la volvía loca, pero lo más importante era que sentía por él un profundo respeto. En Washington era muy difícil encontrar un hombre que no estuviese obsesionado por las apariencias y por la ambición, sin embargo, a Edward no le importaba lo que pensaran de él. Era un hombre duro y sereno. Nada le afectaba.

«Tú sí», le dijo una vocecilla.

Sí, lo cierto era que había conseguido afectarle en más de un sentido. Según había admitido él mismo, era la única mujer a la que había amado.

Y le había roto el corazón.

—Aquí empieza el camino —señaló, tratando de apartar aquellos incómodos pensamientos de su mente.

Sintió una extraña aprensión al comenzar a recorrer aquel sendero mientras se lamentaba de no haber llevado una linterna. Por suerte, el experimentado Boy Scout que tenía al lado sacó una, la encendió e iluminó sus pasos.

No tardaron en llegar a la zona donde se encontraba la escena del crimen, acordonada por la policía. Habían sacado el cuerpo después de que el perro de un chico que estaba corriendo por allí desenterrara la calavera de Ángela. Bella sintió un escalofrío al recordarlo.

—Pobre Ángela —susurró junto a la triste tumba de su amiga y luego se volvió hacia Edward—. No merecía acabar así.

—Por supuesto que no —respondió él.

Bella se coló en la zona acordonada y se arrodilló junto al agujero donde había estado enterrado el cuerpo. No podía imaginar cómo alguien podía haber hecho algo así a Ángela. En aquella zona había muchos zorros y coyotes que podrían haber encontrado los huesos de su amiga, la idea le daba náuseas.

Tragó la bilis que empezaba a subirle por la garganta y se puso en pie bruscamente.

—Aquí no hay nada —dijo con desesperación.

—Han pasado diez años —le recordó Edward—. Probablemente, si ese perro no se hubiese puesto a escarbar, el cuerpo habría seguido ahí enterrado.

Bella se acercó a él meneando la cabeza con rabia.

—Tengo que averiguar quién lo hizo, Edward. Se lo debo a Ángela y a su familia.

—Y lo vas a averiguar —aseguró él.

—Eso espero —apartó la mirada de la tumba de su amiga y respiró hondo—. Venga, vamos a la oficina de Davidson.

No hablaron nada durante el camino de vuelta. Bella no dejaba de pensar en Ángela, en sus ojos pícaros y su sonrisa luminosa. Era la única amiga de verdad que había tenido. Las demás chicas de Forks odiaban a Bella, seguramente porque su padre era el dueño de casi todo el pueblo, y nunca les faltaba algo desagradable que decir sobre ella. Si se ponía algo nuevo, decían que era una ricachona presumida, si tenía una cita, la llamaban abusona, si estaba distraída y no saludaba a alguien, decían que era una esnob.

Pero Ángela no había sido así. A ella nunca le había importado que su familia fuera rica, ni tampoco la había envidiado, como las otras. Eso era lo que más le había gustado de ella, que le daban igual cosas tan triviales como la popularidad, la envidia o los celos. Ángela había sido una gran amiga.

Aparcaron el coche detrás del centro médico donde se encontraba la oficina del forense. En Forks todo estaba cerca, excepto la propiedad de los Swan, que se encontraba a quince minutos en coche del centro del pueblo. Bella siempre había sospechado que la habían construido allí para no estar demasiado cerca de la plebe de Forks, lo cual resultaba irónico porque todos los políticos que había habido en la familia, incluyendo a su padre, presumían de ser personas del pueblo, accesibles y cercanas.

—¿Te has traído el kit para forzar cerraduras? —le preguntó Edward, sonriendo por primera vez en la noche.

Ella abrió la guantera y sacó un pequeño estuche de cuero.

—Por supuesto.

—Muy bien, veamos si recuerdas lo que te enseñé.

Eso la hizo sonreír. Recordaba perfectamente aquella noche en la que Edward le había enseñado unas cuantas cosas fundamentales sobre su oficio y le había hecho forzar la cerradura de su propia casa.

—Debió de ser nuestra primera cita, ¿verdad? —le dijo—. No creo que fuera muy adecuado enseñar a la chica con la que sales a comportarse como una delincuente.

—Es algo que todo el mundo debería saber —respondió él—. Por si alguna vez se queda fuera de casa sin llaves.

—A mí jamás se me ocurriría pensar eso —admitió con un suspiro.

—No me extraña. Tu peor defecto es que eres muy impulsiva —se quedó pensativo un momento antes de añadir—: Aunque también es tu mejor cualidad.

Tuvo que apartar la mirada de él antes de que descubriera la cálida sensación que habían provocado esas últimas palabras. No le gustaba ser reiterativa, pero cuánto lo echaba de menos, no podía dejar de pensarlo. En los dos últimos años no había habido un solo día en que no hubiera pensado en él y ahora que lo tenía delante, no podía controlar lo que sentía. Su simple presencia le devolvía todas aquellas sensaciones de amor y ternura, cosas que echaba mucho de menos, sí.

A medida que se acercaban a la puerta trasera de la oficina se le iba acelerando el corazón más y más. Edward se quedó a su espalda mientras se ponía manos a la obra con la cerradura, de manera que no se la viera si pasaba alguien por allí. Consiguió abrir tan rápido que no pudo evitar volverse a mirar a Edward con una sonrisa enorme en los labios.

—Buen trabajo, Swan —reconoció él, casi sonriendo.

Apenas pusieron un pie en el interior se oyó el suave pitido de la alarma, lo que quería decir que tenían diez segundos para marcar el código antes de que comenzara a sonar la sirena y la oyera todo el pueblo.

—Ahora me toca a mí —murmuró Edward.

Se acercó al panel, sacó unas pinzas y cortó unos cuantos cables que hicieron que dejara de sonar el pitido.

—¿Cómo sabes cuáles debes cortar?

—Es el modelo más barato del mercado —explicó—. Es la primera alarma que aprendí a inutilizar.

—¿Qué hiciste, buscar en Internet «Cómo inutilizar alarmas»?

—No, compré un libro que se llama Alarmas para inútiles —respondió con elocuencia.

Bella meneó la cabeza.

—Eso es el depósito, el despacho de Jenks está en el piso de arriba.

Fueron primero al depósito, donde Edward no tardó en encontrar los restos de Ángela. No era la primera vez que Bella visitaba un depósito de cadáveres, sin embargo, estuvo a punto de vomitar al ver los huesos de su amiga.

—¿Estás bien?

—Sí —consiguió decir después de tragar saliva y respirar hondo.

Dio un paso adelante y observó el cuerpo que había sobre el frío metal. Intentó imaginar que estaba en una clase de ciencias, observando unos huesos que no pertenecían a nadie conocido. Una simple lección de anatomía. Los huesos se conservaban en tan buen estado que resultaba sorprendente; a excepción de la marca de unos dientes de algún animal hambriento, el esqueleto no parecía haber sufrido mayores daños. Daños naturales, claro.

Edward silbó suavemente.

—Creo que ya sabemos la causa de la muerte.

Fue hasta su lado y se quedó boquiabierta al ver el hundimiento que presentaba el cráneo de Ángela.

—Aquí hay dos fracturas —dijo él, señalándole los lugares—. ¿Ves esta parte completamente derrumbada? Creo que murió de un golpe en la cabeza, o de varios. Deberíamos echar un vistazo a los informes de Jenks, a ver si nos lo confirman, pero la verdad es que no parece que haya nada más.

Bella se quedó mirando el cráneo fracturado de su amiga, a la cuenca de unos ojos que parecían lanzarle una mirada feroz.

Cuando sentía que el miedo la invadía con la fuerza de un tsunami, se dio media vuelta.

—Entonces la mataron a golpes —concluyó—. Algo de lo que veo muy capaz a Jake.

—Vamos a comprobar si tenemos razón —Edward cerró el cajón donde estaban los huesos y luego la agarró del brazo.

Pero Bella se quedó inmóvil, con la mirada clavada en la puerta metálica del cajón.

—No podemos dejarla aquí —dijo mirando a Edward, angustiada.

—Claro que podemos —respondió él al tiempo que la llevaba lentamente hacia la puerta—. Esa ya no es Ángela, Bella. Solo son sus huesos.

Sabía que tenía razón, pero le espantaba la idea de que su amiga estuviese metida en ese frío cajón. No obstante, siguió a Edward hasta el despacho de Jenks y, unos minutos después, él ya tenía el informe de Ángela.

—Hematoma subdural —confirmó Edward mientras leía el documento—. Aquí dice que sospecha que la golpearon numerosas veces con un objeto romo, una roca, quizá.

Bella sintió un nudo de ira en la garganta.

—Le rompieron la cabeza. ¿Cómo es posible que alguien pueda hacer algo así?

Edward volvió a dejar el informe en el archivador.

—Preciosa, en este mundo hay gente con muchos problemas. Tú lo sabes mejor que nadie.

Pero, por muchas personas enfermas con las que se hubiera topado en su trabajo de periodista, no podría dejar de sentir el dolor que en ese momento sentía.

—Tenemos que ir a la oficina de Jake —decidió de pronto.

Edward no parecía muy convencido.

—Sigo pensando que no es buena idea. ¿Qué esperas encontrar, una confesión firmada? No creo que el sheriff guardara en su despacho algo que pudiera incriminarlo.

—Podría ser —replicó ella—. Jake no es demasiado listo. Puede que encontremos algo.

Edward accedió a ir aunque sin demasiadas expectativas. No había nadie detenido en la pequeña comisaría de policía de Forks porque en el pueblo no había muchos criminales... a excepción del asesino de una muchacha de diecisiete años que seguía por ahí suelto.

El despacho de Jake estaba en el segundo piso, adonde se escabulleron silenciosamente para no llamar la atención de los policías que había abajo. Encontraron la puerta abierta.

—Si escondiera algo aquí, cerraría con llave —dedujo Edward.

Bella entró de todos modos y fue directa a la mesa. Los cajones tampoco estaban cerrados con llave y, lamentablemente, no había en ellos nada de interés. Fue hasta el archivador, que Jake sí se había molestado en cerrar con llave. Tardó apenas unos segundos en forzar el cerrojo y unos cuantos más en encontrar el archivo marcado con el nombre de Ángela.

—No puedo creerlo —protestó—. Es lo mismo que tengo yo en casa, los documentos que me dio Kincaid hace diez años. ¡Nadie ha vuelto a tocar el caso desde entonces! Lo único que ha hecho Jake es añadir el informe de la autopsia.

—¿Te sorprende? Seguramente Black solo se haya limitado a meter ahí el informe del forense.

—Claro, porque seguramente sea el asesino —murmuró ella—. ¿Por qué molestarse en investigar un asesinato que cometió él?

Edward resopló.

—Creo que sería más fructífero tratar de descubrir quién estaba detrás de ti en el puente —propuso—. Este caso es muy antiguo y ya no quedan pruebas, pero puede que, si averiguamos quién intentó matarte, sea más fácil... —se quedó callado bruscamente e inclinó la cabeza.

Bella oyó los pasos al otro lado de la puerta.

—Maldita sea. Tenemos que escondernos.

Apenas había pronunciado la última palabra cuando Edward ya la había colocado contra la pared.

Su proximidad le aceleró el pulso y le cortó la respiración. El aroma la mareó y excitó.

—No hagas ruido —le dijo él al oído.

No iba a hacer ruido. Solo tenía que olvidarse de la agradable presión de su pecho y de...

—Solo tengo que recoger un informe —se oyó la voz de Jake, que entró al despacho. Se oyó ruido de papeles mientras parecía estar hablando por teléfono—. Te dije que te llamaría cuando llegase a casa. No hacía falta que me dejaras siete mensajes en el contestador, maldita sea —hubo una pausa y luego varias maldiciones—. Ya te he dicho que tienes que preocuparte por Bella —se tensó al oír su nombre y miró a Edward, que frunció el ceño—. No va a descubrir nada. Solo va a estar unos días en el pueblo, el senador prometió que, si se quedaba demasiado tiempo, encontraría la manera de obligarla a marcharse. Llevamos años guardando el secreto y podremos seguir haciéndolo unos días más.

Jake hizo una nueva pausa.

—No, no es buena idea. Es tarde. Levantarías sospechas —otra pausa más breve—. Está bien, mañana por la noche, a las diez en la cabaña de Grady. Hablaremos tranquilamente, ¿de acuerdo?

A la otra persona debió de parecerle bien porque no siguieron discutiendo, pero antes de poner fin a la conversación, Jake repitió las palabras que le helaron la sangre a Bella:

—No va a descubrir nada. Yo me encargo.


Bueno empieza lo bueno...