Los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia a E.K al final de la historia publicare el nombre original y el nombre completo de la autora.


Capítulo 11

QuÉ pone? —preguntó Bella.

Edward le dio le nota sin decir una palabra. Aquellas tres palabras desataron su temor y su rabia.

—¿Qué es esto? ¿Querrá decir «vete o te mato», o solo es un aviso amable, algo así como «vete porque esto te queda grande y te recomiendo que te vayas», solo para ayudarte?

Eso casi lo hizo sonreír.

—Dudo mucho de que alguien se tomara la molestia de recortar todas esas letras solo para ayudarte.

—Entonces es una amenaza. ¿Quién crees que la envía?

—Supongo que la persona que mató a Angela. No sabemos si fue un hombre o una mujer, pero el tipo de asesinato hace pensar que fue alguien fuerte y, antes de que me digas que también hay mujeres fuertes, te diré que normalmente son hombres los que matan así.

—Lo sé y estoy de acuerdo —admitió mientras se quitaban los abrigos y las botas en el vestíbulo—. Tengo que tener más cuidado. ¿Te has dado cuenta de que la persona que dejó aquí el sobre tuvo que pasar las puertas de seguridad y marcar el código?

—Ya sabes lo fácil que es hoy en día forzar cualquier dispositivo electrónico. Tan fácil como me resultó a mí bloquear la alarma de la oficina de Jenks.

Tenía razón. Al menos el interior de la casa estaba protegido con alarmas más sofisticadas.

—El sistema de seguridad de la casa es bueno —le aseguró, leyéndole el pensamiento—. Sería muy difícil que alguien consiguiera entrar.

—Pero no imposible —matizó ella, atemorizada.

—No, no imposible —reconoció con una sonrisa con la que pretendía tranquilizarla—. No te preocupes. Si alguien consiguiese entrar, no podría conmigo.

—¿No? Pues Sam sí que ha podido.

—Yo sabía que nos estaban siguiendo.

—¿De verdad?

—Por supuesto.

—¿Entonces por qué hemos acabado con la cara contra el suelo? Ni siquiera ibas armado.

—¿Por qué estás tan segura? —le preguntó, sonriendo al tiempo que se levantaba la camiseta para dejarle ver la pistola que llevaba en la cinturilla del pantalón.

A pesar de la siniestra imagen del arma, Bella sintió una oleada de calor al ver la piel suave y bronceada de su vientre. Dios, cuánto deseaba tocarlo. Recordaba el tacto de aquella piel bajo los dedos. No tenía ni un gramo de grasa, solo músculo.

Tragó saliva y trató de concentrarse en lo que tenía entre manos.

—Voy a descubrir quién la mató, Edward. No me importa lo que diga Jake. Ahora mismo vamos a repasar toda la documentación hasta que encuentre algo.

—Vas a hacerlo tú —dijo él secamente.

—¿No vas a ayudarme?

—Esta noche no. Voy a darme una ducha y a acostarme. Miraré la documentación por la mañana.

—Como quieras. Yo me quedo —dijo con determinación.

—Como quieras —repitió él y luego la miró con dulzura—. Pero no te quedes toda la noche. Angela seguirá muerta por la mañana.

—Lo sé —admitió con profundo dolor.

Lo vio subir la escalera y, cuando desapareció de su vista, se dirigió al despacho.

Así que la había olvidado.

Ya. Había vivido dos años con ese hombre, tiempo suficiente para darse cuenta de cuándo mentía, por eso sabía que había mentido al decirle que la había olvidado. Seguía deseándola.

Con un suspiro echó mano a la carpeta de documentos sobre el caso, pero justo en ese momento sonó el teléfono del despacho y reconoció el número del apartamento de su padre. Respiró hondo antes de responder.

—¿Vas a olvidarte de una vez de esta locura para volver a casa? —le dijo su padre después de un rápido saludo.

—¿A qué locura te refieres? ¿A que intente averiguar quién quiso matarme o a que quiera saber quién asesinó a mi mejor amiga? —meneó la cabeza con frustración—. No entiendo que ninguna de esas cosas te parezca una locura.

Su padre siguió a lo suyo, como si ella no hubiese dicho nada.

—La prensa ha sacado a la luz lo de tu intento de suicidio y mis relaciones públicas llevan esquivando llamadas desde ayer.

—Ya deberían estar acostumbrados a resolver mis desaguisados —le dijo con sarcasmo y cierta hostilidad.

—¿Es que no te cansas de humillar a la familia?

—Todo esto es culpa tuya, papá. Si me hubieras creído en lugar de encerrarme, los de la prensa no estarían ahora como buitres.

—No voy a seguirte tus locuras, jovencita —lo oyó maldecir, algo muy poco habitual en él—. Quiero que vuelvas a casa, Bella.

—Lo siento, pero no voy a hacerlo.

—No vas a conseguir nada haciendo preguntas por ahí. La chica de los Weber está muerta, es horrible pero es así y hace ya muchos años. Hasta Mort y Wendy han conseguido superarlo.

No iba a dejarse engañar por la repentina suavidad de su padre. Él siempre hacía las cosas por algo. Por primera vez desde la muerte de su madre, no iba a ceder.

—No voy a irme de Forks hasta que haga lo que he venido a hacer —anunció con voz tranquila.

La amabilidad desapareció bruscamente y, como de costumbre, se sacó el as que tenía en la manga.

—Tu madre estaría muy decepcionada contigo, Bella.

Tampoco se dejó derrumbar por el dolor que le ocasionaba el que mencionara a su madre.

—No, papá, estaría decepcionada contigo —tenía un nudo en la garganta—. Ella me habría creído cuando dije que habían intentado matarme.

—Tu madre siempre fue muy ingenua —respondió secamente—. Y parece que nuestro amigo Edward también lo es.

—Edward sabe que no estoy loca —volvió a tragar saliva—. ¿Por qué tienes tan poca fe en mí?

Su padre se quedó callado un momento, pero en lugar de responder a su pregunta, dijo:

—Si no estás en casa dentro de una semana, me encargaré de esto personalmente.

—Estupendo, papá, amenázame. Supongo que mandarás a alguien con bata blanca a que me encierren.

—Una semana, Bella —repitió antes de colgar sin decir adiós.

A pesar de los esfuerzos que hizo, se le escaparon varias lágrimas. Maldito fuera. ¿Qué le costaría mostrar un poco de compasión por ella? Era su hija, pero la trataba como si fuera un simple instrumento para conseguir sus propósitos.

Soltó el teléfono con manos temblorosas. Después de la conversación, no estaba en condiciones para estudiar los documentos del caso y buscar pistas, así que apagó la luz y salió del despacho. Ya en el segundo piso, se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación de Edward, la tentación era tan fuerte que le hormigueaban las piernas. Se obligó a seguir andando. Quizá siguiera deseándola, al menos físicamente, pero sabía que no había mentido cuando le había dicho que no quería volver a tener ninguna relación. Le había hecho tanto daño que le había hecho volver a sentirse el niño abandonado de antes y, con lo testarudo que era, no se echaría atrás por nada del mundo.

Lo cual era una lástima porque nunca había necesitado tanto a nadie.

Después de una ducha rápida, se metió en la cama ansiosa por que el sueño le hiciese olvidar. A Edward, a su padre, a su hermano, a Angela, incluso a Jake y Lauren... solo quería olvidarse de todo.

Pero ese sueño no llegó. Por más vueltas que dio, no consiguió dormir. Era más de medianoche. Edward estaría dormido, tumbado boca abajo en la cama de la habitación de invitados, su increíble cuerpo tapado hasta la cintura.

Dios. Se moría de deseo por él. Solo con imaginarlo en la cama sentía una cálida humedad entre las piernas y se le endurecían los pezones. No había estado con otro hombre desde Edward. No había deseado a nadie que no fuera él.

Como si su cuerpo actuara por voluntad propia, Bella se dio cuenta de que había apartado las sábanas y se había levantado de la cama. No se detuvo a ponerse las zapatillas, solo podía pensar en llegar hasta Edward.

Mientras caminaba por el pasillo pensaba lo absurdo que era presionarlo a tener una aventura sin futuro. Pero en ese momento le daba igual lo que sucediera, solo quería estar con él. Nadie la había trato nunca como Edward. Él la respetaba, confiaba en ella y hacía que se sintiera alguien especial, apreciada y querida. Quizá por la mañana le negara dicho amor, pero qué más daba.

Edward estaba completamente despierto cuando oyó entrar a Bella. No había podido conciliar el sueño, llevaba horas allí tumbado, preguntándose qué demonios estaba haciendo en la casa familiar de Bella. Y en su complicada vida.

En cuanto se abrió la puerta, supo cuál era la respuesta a esa pregunta.

Estaba allí por ella.

—¿Estás despierto? —murmuró ella.

—Sí.

Su primer impulso fue salir corriendo antes de perder el control, pero no tuvo valor de hacerlo. Lo que hizo fue sentarse en la cama, apoyando la espalda en el cabecero. La vio en la oscuridad, el cabello chocolaate le caía libremente sobre los hombros. Lo tenía alborotado como si acabara de despertarse, pero tenía los ojos tan en alerta que estaba claro que tampoco ella había dormido todavía.

Estaba tan hermosa que se le estremeció el corazón.

—¿Qué haces aquí?

—¿Ya lo sabes? —susurró ella.

Un segundo después estaba en la cama, encima de él.

Se le aceleró el pulso al sentir sus muslos sobre el vientre. La erección fue instantánea. Bella emitió un suave gemido al notarla, luego se aclaró la garganta y dijo:

—Vamos a dejar algo claro. Antes me has mentido. No me has olvidado, igual que yo no te he olvidado a ti.

—Bella.

—No voy a presionarte, ni a pedirte una relación —dijo, interrumpiéndolo—. Prometo no presionarte, ni siquiera te voy a pedir nada más que esta noche.

Comenzó a levantarse la camiseta de algodón que llevaba a modo de pijama, pero se detuvo antes de mostrarle los pechos.

—Pero necesito que digas que me deseas —tenía la voz temblorosa—. Tienes que decirlo.

Se miraron el uno al otro y por un momento Edward se quedó atrapado en lo que vio en su rostro. Estaba lleno de amor, esperanza y dolor, un mar de emociones que no dejaba de sorprenderlo y cautivarlo. No era habitual ver a Bella tan vulnerable. Deseaba estrecharla en sus brazos y no soltarla nunca más.

—Dilo, por favor.

Tragó el nudo que tenía en la garganta.

—Te deseo, Bella.

Aquello debería haber hecho que se sintiera débil, pero no fue así, lo que sintió fue una maravillosa liberación. Llevaba dos años acallando cualquier sentimiento por ella, apartando su recuerdo y borrándola de su corazón. Pero seguía todo allí. Toda la pasión.

Le puso las manos en las caderas y la apretó contra sí. Sus bocas se fundieron en un beso tan intenso que le temblaron los labios. No podía controlarlo, no podía impedir que su lengua buscara la de ella.

Bella lo besaba con la misma impaciencia, inundándolo con su sabor, con su aroma y sus gemidos. Pero entonces se apartó y lo miró con los ojos llenos de deseo.

—He echado esto de menos —confesó.

—Yo también —respondió él mientras ella le acariciaba el pecho.

Su mano se movía suavemente sobre él, como si recordara cada milímetro de su piel y supiera qué hacer para volverlo loco, pero también había algo nuevo en sus caricias, como si estuviera redescubriéndolo.

Intentó tocarla también, pero ella se apartó.

—Túmbate y deja que me divierta un poco —le dijo con una mirada traviesa.

¿Divertirse? Más bien parecía querer torturarlo. Prácticamente dejó de respirar al sentir su boca bajando por el pecho, dejando un rastro de excitación con la lengua.

—Quítate la ropa —le pidió, desesperado.

Ella esbozó una sonrisa y levantó un dedo.

—De eso nada. Aún no he terminado contigo.