los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia a E, K.
como las he hecho esperaar demasiado tiempo espero que con tres capis pueda obtener su perdon,,,,,,,,jajajajaja! las quiero mucho Indi
Capítulo 12
El corazón le dio un vuelco al ver la excitación que ardía en los ojos verdes de Edward y el modo en que le latía el pulso en el cuello le decía que estaba disfrutando de la seducción tanto como ella. Bajó la mirada hasta su increíble pecho, duro y suave y salpicado con vello de color castaño claro.
Le pasó las uñas por los pectorales, lo que arrancó un gemido de los labios de Edward. Le ardía la piel y ella también tuvo la sensación de estar a punto de entrar en combustión, especialmente cuando vio la erección que ocultaba su ropa interior.
Se humedeció los labios con la lengua y volvió a recorrer su pecho a besos, bajando lentamente hasta la cinturilla de los calzoncillos, por donde coló las manos para deshacerse de la molesta prenda. Su excitación quedó libre y ella no pudo evitar tocarla inmediatamente.
Agarró su miembro y lo apretó con suavidad. Edward gimió de placer al tiempo que salía de él una ligera humedad. Bajó la cabeza y lo rozó con los labios antes de metérselo en la boca.
Edward hundió los dedos en su cabello mientras la llenaba con su impresionante longitud. Lo provocó un poco con lametazos tentadores hasta que se retorció sobre la cama, agarrándose a las sábanas.
—Me estás matando —dijo con voz ahogada.
Lo miró y sonrió. El gesto de desesperación de su rostro confirmaba que, efectivamente, lo estaba matando y sin embargo nunca lo había visto tan lleno de vida. Desde que habían vuelto a encontrarse había intentado parecer distante, escondiendo sus emociones, pero en aquel momento, llevaba escrito en la cara todo lo que sentía.
Le dio un último beso antes de sentarse en la cama y quitarse la camiseta, lo mismo que hizo con el pantalón y las braguitas, que también acabaron en el suelo.
—Eres preciosa —susurró Edward, paseando la mirada por su cuerpo—. ¿Me toca a mí ahora divertirme?
Aquellas palabras prometían tanto que su cuerpo reaccionó de inmediato.
—Está bien —dijo con fingida indiferencia.
Él esbozó una sonrisa y, cuando Bella quiso darse cuenta, estaba tumbada con él encima y su erección apretada contra el vientre, pero cuando alargó la mano para tocarlo, él se la apartó.
—Me toca a mí —le recordó.
No le llevó la contraria. Un escalofrío sacudió su cuerpo al sentir el roce de su lengua en el pezón. Recorrió toda la aureola, luego agarró el pezón entre los dientes y lo chupó. Buscó su erección con las piernas, suplicándole que terminara con aquella tortura, pero él le negó lo que tanto deseaba.
El placer crecía con cada roce de su lengua, primero en un pezón y luego en el otro, lamiéndola y chupándola. Cuando por fin bajó la mano hasta su sexo, Bella estaba a punto de explotar y su excitación no disminuyó precisamente cuando él introdujo un dedo en su humedad.
Se mordió el labio inferior para intentar frenar el clímax. No sirvió de nada. Edward sumergió más el dedo y luego lo retiró un instante antes de volver a meterlo y todo estalló en una marea cálida que la arrastró. Él volvió a meterse el pezón en la boca, acompañándola en su orgasmo con la sabiduría de sus dedos.
Cuando por fin volvió al planeta tierra, vio que Edward estaba poniéndose un preservativo.
—¿De dónde ha salido eso? —le preguntó con un hilo de voz.
—De mi cartera —dijo él, sonriendo—. Ya sabes que siempre estoy preparado.
Lo sabía y se alegraba porque ella había dejado de tomar la píldora después de separarse de él. Sin embargo, al vérselo puesto, casi lamentó que lo tuviera porque habría sido bonito que esa noche fuera el comienzo de un bebé, así tendría algo cuando él volviera a dejarla.
Echó a un lado tan inquietante idea y le echó los brazos alrededor del cuello para besarlo con todas sus ganas. Sus lenguas se unieron mientras él se sumergía en ella y la llenaba hasta hacerla gemir de placer.
—¿Estás bien? —le preguntó, apoyando la mejilla en su hombro y zambulléndose en ella hasta lo más profundo.
—Hace mucho tiempo —admitió.
Edward alzó la cabeza para mirarla.
—¿Cuánto?
—Dos años —no fue necesario que diera más explicaciones. No había habido otro hombre después de Edward.
—Igual que yo.
Se quedó asombrada, pero no tuvo tiempo para digerir la información porque él empezó a moverse con urgencia y cada embestida la acercaba más y más al precipicio. Le pasó las manos por la espalda, empapada en sudor, y cerró los ojos para dejar que todas aquellas sensaciones la consumieran.
Se movieron juntos en perfecta sincronía, como si aquellos dos años de separación hubieran dejado de existir. El temblor comenzó en su vientre y desde ahí fue invadiendo su cuerpo, desde el sexo hasta los pezones hasta derretirla por completo.
Gritó de placer, hundiendo la cara en su pecho y dejándose llevar mientras él siguió moviéndose hasta alcanzarla en la cima.
Necesitaron unos minutos para regresar los dos del lugar hasta el que se habían visto transportados por la intensidad del encuentro. Bella tenía la respiración agitada, igual que él, que por fin levantó la mirada y sonrió.
—Bueno, está claro que se nos sigue dando muy bien.
Ella se echó a reír.
—Desde luego.
Edward se levantó a tirar el preservativo y ella aprovechó para tumbarse. De repente se sentía insegura.
Quizá le pidiera que se fuera, quizá se arrepintiera de lo que acababan de hacer.
No hizo ninguna de las dos cosas. Volvió a la cama, se tumbó a su lado y la apretó contra sí. Ella se acurrucó en su pecho y de pronto sintió ganas de llorar. Era maravilloso volver a estar entre sus brazos. Necesitaba decirle que lo amaba, que siempre lo amaría, pero tenía miedo de estropear el momento.
Así pues, lo que hizo fue quedarse allí mientras él lo abrazaba. Se quedó dormida escuchando su respiración y disfrutando de sus caricias.
Al abrir los ojos a la mañana siguiente, Edward se encontró con el cuerpo desnudo de Bella tendido a su lado, con el cabello desparramado sobre la almohada.
No pudo evitar sonreír. Parecía tan frágil e inocente mientras dormía. Debería estar de mal humor después de lo que había hecho. ¿En qué había estado pensando para dejarse seducir de ese modo?
Lo que había ocurrido era precisamente eso, que no había pensado.
Solo había sentido. Sus labios, su cuerpo, su interior húmedo apretándolo...
Intentó reconducir sus pensamientos, pero era demasiado tarde. El recuerdo ya le había provocado una erección que lo obligó a cambiar de postura, lo que despertó a Bella.
—Buenos días —murmuró nada más abrir los ojos.
Otra vez no pudo evitar sonreír, ni tampoco pudo evitar tocarla. Le acarició el hombro.
—Me gusta —susurró al tiempo que volvía a cerrar los ojos—. No pares.
Aunque el sentido común le decía que hiciera precisamente eso, parar, sus manos hicieron justo lo contrario. Le pasó los dedos por la espalda, dejando un rastro de escalofríos en su piel.
Le encantaba su cuerpo, sus curvas delicadas y los músculos ligeramente definidos. Bajó la mano hasta el trasero y, al apretarle las nalgas, ella gimió y lo miró a los ojos.
—Si sigues así, voy a tener que responder del mismo modo.
—A lo mejor es eso lo que quiero.
Ella se echó a reír, encantada. Otra cosa que había echado de menos era que Bella siempre estuviese deseando desnudarlo, siempre le había resultado muy gratificante que no se cansara nunca de él. Siempre estaba dispuesta a entregarse. En los dos años que habían estado juntos, no se habían cansado el uno del otro; en realidad su pasión había aumentado cada vez que hacían el amor.
Pero eso no era lo que estaban haciendo ahora. Aquello era solo sexo, se recordó.
No podía olvidarlo. Lo de ahora no tenía nada que ver con el amor. No importaba lo que sintieran el uno por el otro. Era solo una aventura, nada más.
Ella arqueó la espalda, levantando los pechos de la manera más tentadora. Le había dejado manchitas rojas con la barba.
Quizá fuera algo primitivo, pero le gustó ver que había dejado una marca en ella.
—En serio, Edward, si no haces nada, me voy a hacer café.
—¿Me abandonarías por un café? —le preguntó, burlón.
—Sí.
—No puedo permitir que ocurra algo así, ¿no te parece?
Antes de que pudiera responder, se había levantado de la cama para agarrar un preservativo y había vuelto a su lado.
—Veo que no soy la única que está impaciente —comentó ella con fingida arrogancia.
Lo cierto era que los dos años de separación hacían que le resultara imposible tener paciencia. Le preocupaba sentir tal deseo por ella, pero no podía controlarlo; esa mujer lo excitaba como no lo había hecho ninguna otra en su vida, así que no tardó en sumergirse en su cuerpo y arrastrarla con sus movimientos.
La agarró de las nalgas y le levantó el trasero para llegar aún más adentro. Quería hundirse dentro de ella y no volver a salir de allí. Intentó ir despacio, pero entonces ella le echó las piernas alrededor de la cintura y no pudo resistirse.
Sus gemidos se fundieron igual que sus cuerpos y, cuando la oyó gritar, se lanzó tras ella a aquel delicioso vacío en un orgasmo tan intenso que le cortó la respiración.
Hundió el rostro en su cuello y su olor le dio aún más placer mientras la tensión de su interior lo exprimía hasta dejarlo seco.
Dios. ¿Qué acababa de suceder? El sexo siempre había sido genial entre ellos, pero aquello... aquello era maravillosamente desconcertante. Intentó achacarlo a que llevaba dos años sin acostarse con nadie, pero en el fondo sabía que era mucho más que eso.
Era Bella.
Siempre había sido ella y siempre lo sería.
—¿Por qué no has estado con nadie desde que rompimos? —su voz suave se abrió paso entre sus pensamientos.
No tenía poderes, simplemente mucha intuición, demasiada para él.
—No he tenido tiempo —se limitó a decirle.
Pero ella lo miró de un modo inquietante.
—Otra vez estás mintiendo.
Edward se encogió de hombros.
—Supongo que no he conocido a nadie que me interesara lo suficiente —le dio la vuelta a la pregunta en cuanto pudo—. ¿Por qué no has estado tú con ningún otro hombre?
—Porque no deseo a ningún otro hombre —dijo sencillamente, mirándolo a los ojos—. Nunca he deseado a otro que no fueras tú, Edward.
Se le quedó la boca seca al oír eso. Iba a decirle que entre ellos no iba a volver a haber nada, pero lo que dijo fue algo muy distinto.
—Nunca me llamas Edward. ( se que esta parte va a quedar rara pero preferi que a Ed lo llamen Edward y no Cullen, como lo hacen en la historia original que lo llaman por su apellido.)
—¿Qué? —preguntó ella, despistada.
—Nunca me llamas por mi nombre. Tu padre sí que me llama Edward, pero siempre en un tono condescendiente. Pero tú nunca me llamas así.
Bella se puso un mechón de pelo detrás de la oreja y lo miró con absoluta franqueza.
—Cuando nos conocimos me dijiste que no te gustaba que la gente te llamara Edward.
«Tú no eres como los demás», habría querido decirle, pero se mordió la lengua. No sabía por qué le había preguntado eso. La única persona que le había llamado Edward había sido su madre, la mujer que lo había abandonado delante de un banco con solo cinco años. Su padre, que los había dejado un año antes, lo había llamado «muchacho». Después de eso, todo el mundo le había llamado Edward. «Deja de pelearte, Edward. Limpia tu habitación, Edward». Sus padres de acogida nunca le habían llamado por su nombre y, con el paso de los años, se había acostumbrado.
—Es una lástima que odies tanto tu nombre —lamentó Bella, acariciándole el brazo—. Es muy bonito.
—Me trae malos recuerdos.
—¿Quieres que deje de llamarte Edward?
De pronto se sintió incómodo y sintió la necesidad de levantarse de la cama.
—No, olvídalo. Me parece que aún estoy medio dormido.
Podía sentir su mirada clavada en él mientras se ponía los calzoncillos y los pantalones, pero no dijo nada más.
—Vamos a preparar ese café —sugirió.
Bella se levantó también y se puso la camiseta y los diminutos pantalones con los que había llegado allí la noche anterior.
Él no se molestó en ponerse la camiseta, ni siquiera se abrochó los pantalones antes de seguirla por el pasillo. Sabía que seguía pensando en lo que le había dicho, intentando comprender a qué había venido.
Se acercó a ella y la sorprendió, tanto como a sí mismo, agarrándola de la mano. Bella lo miró, asombrada, y luego entrelazó los dedos con los suyos. Bajaron la escalera sin hablar, en un agradable silencio.
Pero al llegar abajo, una sonora exclamación rompió dicho silencio.
Edward levantó la mirada y vio aparecer en el vestíbulo al hermano de Bella. Sus ojos chocolates, iguales a los de su hermana, se abrieron de par en par al verlos.
Emmet clavó la mirada en el torso desnudo de Edward y después en la escasa indumentaria de Bella y dijo:
—¿Qué diablos está pasando aquí?
