No me maten, se que soy una perra pero noviembre y diciembre en mi trabajo son meses caóticos ( no es una escusa ni mucho menos) pero son jornada de mas de doce horas y a eso le sumamos una hija de 14 años que exige tiempo y un marido bastante gruñón no me quedo mucho tiempo jajajaja pero pretendo resarcirlas que entre hoy y el domingo terminar de subirles la historia no quedan tantos capítulos pero con una condición si alguna me puede decir quien es el culpable elegirá la próxima historia...hacemos un trato?
como siempre hay que aclarar los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia es una adaptacion.
Capítulo 14
El pánico golpeó a Bella con la fuerza de un puñetazo. Intentó gritar, pero tenía aquella mano en la boca y sus protestas se estrellaban contra el guante de cuero, así que utilizó los dientes en lugar de las palabras, pero tampoco consiguió traspasar los guantes.
El atacante la levantó en brazos y la sacó de la cama, cayó sobre la alfombra y por un momento tuvo la boca libre. Se disponía a gritar con todas sus fuerzas para avisar a Edward cuando la mano volvió a su lugar. No le dijo ni palabra mientras la arrastraba por el suelo, sin importarle que pataleara o se revolviera. El miedo se apoderó de ella. No podía permitir que la sacara de allí, tenía que hacer algo para que Edward la oyera.
Y no había duda de que el plan de aquel intruso era sacarla de allí. No comprendía cómo había entrado en la casa sin que saltaran las alarmas, pero sus intenciones estaban muy claras. No dejó de patalear e intentar morderle, pero fuera quien fuera aquel tipo, era muy fuerte. Las clases de defensa personal a las que había ido no le bastaban para zafarse de él. O eso pensaba. Cuando llegaron a la puerta, se le escurrió la mano un instante y Bella aprovechó para chillar a todo lo que le daban los pulmones. El atacante se quedó inmóvil y, para su sorpresa, la soltó, lo hizo con tal fuerza, que cayó al suelo.
El atacante salió corriendo escaleras abajo como si hubiese decidido no llevar a cabo la misión. Se puso en pie, confundida. Oyó cerrarse la puerta principal con un golpe y luego un silencio absoluto. No se oyó ningún motor, ni ruedas que derraparan en el suelo. Estaba claro que no había llegado allí en coche.
Incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir, Bella salió corriendo hasta la habitación de invitados. Dentro seguía sonando el agua de la ducha. Habían estado a punto de raptarla y su aguerrido mercenario seguía en la ducha.
Le temblaban las manos al abrir la puerta del baño y ni siquiera la imagen del cuerpo desnudo y mojado de Edward pudo mitigar el miedo y la furia que sentía.
Edward abrió los ojos de par en par al verla allí, cerró el grifo y abrió la puerta de la mampara.
—¿Qué ocurre?
—Alguien ha entrado en mi habitación —dijo sin dudarlo.
Edward salió de la ducha y la estrechó en sus brazos, empapándole el pijama.
—Llevaba unas gafas de esquiar... al principio pensé que eras tú... intentó sacarme a rastras de la habitación, pero yo... Me puse a gritar y mi soltó. No he oído ningún coche, así que es posible que se haya marchado corriendo.
Edward la soltó y la llevó al dormitorio, donde lo observó mientras se ponía unos pantalones de deporte grises. Agarró la pistola que tenía en la mesita de noche y del armario sacó otra arma que le dio a ella.
—¿Te acuerdas de cómo disparar?
Ella asintió.
—Bien —se dirigió hacia la puerta—. Enciérrate en el baño y no abras a nadie excepto a mí.
Lo vio salir. Iba tras el atacante, por lo que rezó para que no le pasara nada. El instinto le decía que fuera detrás de él, pero sus órdenes habían sido muy claras, así que se encerró en el baño con la pistola entre las manos, apuntando hacia la puerta. Y esperó.
Esperó y esperó.
Habían pasado por lo menos treinta minutos cuando volvió Edward. Llamó a la puerta y le pidió que le abriera, cosa que ella hizo de inmediato.
—¿Y bien? —le preguntó sin soltar la pistola.
Volvía a estar mojado, pero ahora de sudor, y su respiración indicaba que había corrido bastante. Parecía desconcertado.
—No he visto a nadie —anunció.
Bella sintió una mezcla de alivio y confusión. Se sentó al volver de la cama y dejó la pistola sobre el colchón.
—¿No lo has encontrado?
Edward la miraba con un gesto extraño.
—No. En realidad no he visto nada que indicara que haya entrado nadie en la casa. La puerta principal estaba cerrada con llave, Bella. Y la alarma activada.
Eso le provocó un escalofrío.
—He rodeado la casa —siguió diciendo él, observándola con esa expresión indefinible—. He buscado pisadas en el jardín y en la entrada del bosque, pero no he encontrado ni una huella.
—Entonces es bueno —murmuró ella.
Edward no respondió y su silencio hizo saltar la señal de alarma en su interior. Cuando levantó la cara para mirarlo a los ojos, comprendió por fin el motivo de su extraña expresión.
Era duda.
No la creía.
Sintió un dolor en el pecho como si le hubiera caído encima una tonelada.
—¿Piensas que me lo he inventado? —le preguntó, con la voz rota.
Edward frunció el ceño.
—No, no pienso que lo hayas inventado, más bien me inclino a pensar que ha sido una pesadilla.
—¿Qué? —dijo, indignada—. ¿Crees que no sé distinguir si he tenido una pesadilla o de verdad ha venido un hombre que me ha sacado a rastras de la cama?
—Es que no tiene sentido —admitió con tristeza—. ¿Por qué iba a sacarte de la cama para después salir corriendo como un conejillo asustado? ¿Cómo ha podido entrar en la casa? ¿Y por qué sigue la puerta cerrada y la alarma encendida?
Bella cerró los puños y le lanzó una mirada envenenada.
—No lo he soñado, Edward. Ni lo he imaginado —dijo entre dientes—. Y se me ocurre una explicación para cómo ha entrado. Lo envió mi padre —se levantó de la cama y fue hasta la puerta—. Probablemente tenía el código de seguridad de la puerta y estoy segura de que mi padre le dijo cómo entrar en la casa por el barranco.
Edward maldijo entre dientes.
—No pretendía secuestrarte, solo asustarte lo suficiente para que te marcharas del pueblo.
—Es posible —dijo ella y le lanzó una mirada heladora—. Claro que también puede ser que lo haya soñado.
Sin decir nada más, Bella salió de la habitación de invitados con el corazón a punto de escapársele por la boca. Edward había dudado de ella. Después de todo lo que habían vivido juntos, después de todas las veces que le había confesado sus inseguridades y lo mucho que le dolía que la acusaran de estar loca... después de todo eso, había dudado de ella.
Apenas había salido al pasillo cuando Edward la alcanzó y la agarró del brazo, obligándola a detenerse.
—Vamos, Bella. Mírame —al ver que seguía con la vista clavada en la alfombra—. Le agarró la barbilla y le levantó la cara.
—No me has creído —murmuró, incapaz de ocultar el dolor que empapaba sus palabras.
—Lo siento —tenía los ojos llenos de arrepentimiento—. Piénsalo desde mi perspectiva. Estaba en la ducha y no oí nada, y me he pasado media hora peinando el terreno sin encontrar nada. No tenía ningún sentido.
—¿Así que diste por hecho que lo había imaginado? —le preguntó con sarcasmo.
Le soltó la barbilla, pero no se apartó de ella, sino que le puso las dos manos en la cintura.
—Lo siento. Al oírte mencionar a tu padre me he acordado de «hacer lo que sea necesario».
—¿Qué?
—Fueron las palabras que utilizó Emmett. No te enfades, pero admitió que lo había enviado tu padre para llevarte a casa.
—¡Lo sabía!
—Y que el senador había dicho que iba a hacer lo que fuera necesario para hacerte volver —Edward esbozó una cínica sonrisa—. Supongo que se refería a algo así.
Bella sintió una profunda tristeza. ¿Qué clase de hombre le haría algo así a su propia hija? Siempre había sabido que su padre era un egoísta, pero aquello era demasiado. La había encerrado en un hospital psiquiátrico y ahora parecía que le había enviado a un matón para asustarla. ¿Quién era capaz de algo así?
¿Y por qué?
—¿Por qué? —dijo en voz alta—. ¿Por qué tiene tanto empeño en que vuelva a casa? ¿A quién perjudico al investigar la muerte de Angela?
—A él, al menos indirectamente —dedujo Edward, acariciándola—. La última vez que viniste a investigar saliste de aquí en ambulancia, lo que no tardó en salir en la prensa y ambos sabemos que tu padre no quiere que se le asocie a nada negativo.
—Pues que se vaya al infierno —farfulló, con los ojos llenos de lágrimas—. Llevo toda la vida intentando complacerle. Lo hacía por mi madre y sigo haciéndolo por ella, porque le prometí que lo apoyaría pasara lo que pasara —meneó la cabeza con amargura—. Incluso renuncié al hombre al que amo por él.
El gesto de Edward se endureció y Bella lamentó haber dicho aquello. Pero era cierto. Le había hecho una promesa a su madre y la había cumplido a pesar de todas las veces que había sentido la tentación de mandar a su padre a paseo. Y el senador nunca se lo había agradecido.
—No deberías haberme perdonado —susurró, mirándolo a los ojos—. No me lo merezco. Lo elegí a él en vez de a ti a pesar de que en el fondo sabía que era un error —sintió un sabor amargo en la boca—. Te aparté de mi lado como si no merecieras nada mejor.
Edward parecía desconcertado. Le notaba el pulso en el cuello y los dedos temblorosos.
—Olvídalo —murmuró—. Eso es el pasado.
Le apartó las manos y volvió a mirarlo a los ojos entre lágrimas.
—No puedo olvidarlo. Y tampoco puedo seguir con esto, se acabó la investigación, Edward. En estos momentos, me da igual quién matara a Angela.
Por la expresión de Edward, sabía que no lo decía en serio, que le importaba y mucho.
—No te rindas —le pidió.
Una sola lágrima le cayó por la mejilla. Él se la quitó con el dedo, en una caricia suave e increíblemente tierna. Y sus labios la rozaron con la misma suavidad al besarla. Sintió su lengua, el sabor ardiente y masculino que la volvía loca.
Estuvieron allí besándose en el pasillo durante una eternidad y, en ese tiempo, Edward logró hacer desaparecer la tensión de su cuerpo.
Cuando dejó de besarla, la miró con los ojos llenos de ánimo.
—Mañana volveremos a mirar la documentación, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió.
—Bien —volvió a acariciarle la mejilla, luego la agarró de la mano y le dijo—: ¿Nos vamos a la cama?
Bella lo miró a los ojos, invadida por un cúmulo de emociones que acabó simplificándose en la más intensa, el amor que sentía por él.
—Sí —dijo sin dejar de mirarlo.
Tal como había prometido, Bella volvió a examinar toda la documentación a la mañana siguiente. Edward y ella se habían levantado temprano y, tras un delicioso aunque rápido desayuno, llevaron el café recién hecho a la mesa de la cocina y se pusieron a trabajar. Media hora después, Bella se había rendido oficialmente. Edward seguía repasando los informes, pero ella los había leído tantas veces que se le nublaba la vista y, a esas alturas, le parecía imposible poder encontrar algo nuevo. Así pues, se puso a hacer el crucigrama del periódico local.
—Necesito un sinónimo de «desalojo», de nueve letras —dijo.
—Los robos —farfulló Edward.
Bella lo miró y frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido. Creo que es «desahucio», pero entonces el seis vertical está mal porque...
—No estoy hablando del crucigrama —la interrumpió él—. Acabo de descubrir lo que me parecía extraño de la declaración de los padres de Angela —anunció, victorioso—. Aquí dice que unos días después de la desaparición hubo varios robos en su calle.
—Sí, ¿y?
—¿No te resultó extraño que les robaran solo unos días después de que desapareciera su hija?
—Sí, y lo investigué —se apresuró a aclarar con orgullo—. Pero no encontré ninguna conexión entre los robos y la desaparición. Entraron a seis casas de la misma calle, de las que se llevaron joyas y dinero. Yo misma hablé con todas las víctimas.
—¿Y se llevaron algo de casa de los Weber?
—Sí, algunas joyas de Wendy y unos anillos de la habitación de Angela.
Edward se recostó sobre el respaldo de la silla y se frotó la barbilla.
—¿La primera casa que robaron fue la de Angela?
—No, creo que fue la cuarta. El sheriff de entonces pensó que sería alguien del instituto que se aprovechó de que la policía estaba centrada en la desaparición y prestaba poca atención a todo lo demás —esbozó una sonrisa—. Creo que incluso interrogaron a sam Uley.
—¿Y si no fue un ladrón? —preguntó Edward de pronto—. ¿Y si esos robos solo eran una pista falsa para despistar? ¿Y si el asesino...?
—¿... quería algo de Angela? —terminó de decir ella—. Sí, yo también lo pensé. Que Angela pudiera tener algo que incriminara al asesino y por eso entraron en unas cuantas casas, aunque solo les interesaba la de ella. Seguramente entró en su habitación, encontró lo que buscaba y se largó.
—¿Y si no lo encontró? —sugirió Edward—. ¿Y si Angela tenía algo que lo incriminara y aún sigue allí? ¿Alguna vez registraste su habitación?
—No —reconoció Bella—. Cuando me puse a investigar en serio, los padres de Angela se habían deshecho de la mayoría de sus cosas y habían convertido la habitación en un despacho. Miré las cajas que tenían en el desván, pero no encontré nada.
—¿Y la habitación en sí?
—No —hizo una breve pausa—. ¿Crees que deberíamos hacerlo?
—Sí, tengo un presentimiento. Me dice el instinto que Angela tenía algo que pertenecía al asesino o que, al menos, podría conducirnos hasta él.
—A menos que lo encontrara entonces.
Edward meneó la cabeza.
—No creo que lo hiciera. Alguien intentó matarte, lo que quiere decir que todavía hay una pista que podía llevarte hasta él. Si lo hubiese encontrado, no le preocuparía —se quedó pensando un instante—. Creo que Angela conocía al asesino y lo conocía bien. ¿Estás segura de que no estaba saliendo con nadie?
—Desde luego a mí no me lo dijo.
—Creo que iba a reunirse con alguien en el bosque y, por la intensidad de las emociones que debieron de dar lugar a tanta brutalidad, ese alguien tenía una relación con ella.
Bella trató de asimilar toda aquella información. Todo tenía sentido. Siempre había pensado que la había matado alguien conocido.
Su instinto también se puso en funcionamiento de inmediato. Era cierto que ya entonces había sospechado que aquellos robos pudieran tener algo que ver con el asesinato, pero no los había investigado a fondo. De pronto tenía la certeza de que encontrarían algo en el dormitorio de Angela que resolvería el caso.
—Vamos ahora mismo —propuso al tiempo que se ponía en pie—. El señor Weber estará en el trabajo, pero seguro que Wendy está en casa.
La casa de Angela estaba a unos diez minutos en coche de la propiedad de los Swan. En el camino no hablaron demasiado, pero a Bella ya no le importaba el silencio. De pronto se sentía impaciente, ansiosa. Quizá solo le esperara una nueva decepción, pero era la primera vez que tenía una pista y rezó para que fuera otro callejón sin salida.
A juzgar por el coche beis que había aparcado en la puerta, que pertenecía a los Weber desde hacía siglos, Wendy estaba en casa.
Ya en la puerta principal, Bella llamó al timbre con esperanza e impaciencia.
Al otro lado apareció enseguida Wendy Weber, una mujer de mediana edad, bajita y con el pelo corto que sonrió nada más verla.
—¡Cuánto me alegro de verte, querida! —exclamó al tiempo que le daba un cálido abrazo—. ¿Qué tal estás? Me preocupé mucho por ti cuando oí lo del accidente.
Wendy era la primera persona del pueblo que decía la palabra «accidente» sin ningún tipo de connotación o doble sentido. Bella sintió mucho cariño y gratitud por la madre de Angela.
—Estoy bien —dijo y señaló a Edward—. Este es Edward, un amigo. ¿Podemos pasar?
—Por supuesto.
Sentados en el salón, Bella le explicó por qué estaban allí, lo que ensombreció de pronto el rostro de aquella mujer. Pero Wendy no parecía molesta con la visita, solo con las condiciones que la habían provocado.
—No sé a qué se dedica el sheriff Black —protestó con resentimiento—. A veces pienso que tú eres la única, aparte de Mort y yo, a la que le preocupa que asesinaran a nuestra hija. No creo que encontréis nada en su habitación —les dijo a continuación, con evidente tristeza—. Pero podéis subir a mirar tranquilamente.
Les dejó subir solos con la excusa de tener que vigilar lo que tenía en la cocina.
Al abrir la puerta le sorprendió comprobar que la habitación de su amiga se había transformado en un despacho y donde había estado la cama ahora había en escritorio de cedro.
—¿Por dónde empezamos? —le preguntó Bella a Edward.
—Por el suelo. Si escondió algo, seguramente estará en el suelo.
—Muy bien.
Bella se sintió un poco ridícula examinando el suelo a cuatro patas. Edward hacía lo mismo a unos metros de distancia, pero después de un rato de golpear maderitas, llegaron a la conclusión de que no había nada.
—¿Probamos en las paredes? —sugirió ella al ver que la primera idea había fracasado.
Tampoco allí encontraron ningún hueco y, al terminar, los dos clavaron la mirada en el armario.
—Nuestra última esperanza —murmuró Bella, yendo ya hacia él.
Se metió en el interior del mueble y examinó primero las paredes, de nuevo sin éxito. Pero al pasar la mano por el suelo, algo atrajo su atención. Los tablones del rincón estaban levantados y, debajo de uno de ellos, Bella tocó algo metálico.
—Aquí hay algo —anunció.
—¿Qué es?
—Espera un momento —movió los dedos hasta agarrar por fin el objeto. Una caja. La sacó de allí con verdaderas ansias.
Se puso en pie y se la dio a Edward. Era del tamaño de un libro de bolsillo, de metal y sin cerradura. Llevaba escondida en ese suelo toda una década, con la solución al misterio de la muerte de Angela, quizá.
—Ábrela —dijo él.
Con el corazón en la garganta, Bella levantó la tapa. Dentro había unas cuantas fotos de Angela y Jake. Las sacó para verlas mejor, debajo de ellas había unos doscientos dólares en billetes pequeños, probablemente lo que había ganado en propinas trabajando en el restaurante de Jessie. Debajo del dinero había un par de entradas de cine, algunas tarjetas de cumpleaños y una chapa de «amiga del año» que le había regalado Bella. Al agarrar las tarjetas, se fijó en otro objeto.
Se le heló la sangre en las venas.
—Dios mío —susurró.
Y que me dicen hacemos un trato?
