CHICAS NO TENGO PERDÓN POR TODO EL TIEMPO QUE TARDE EN ACTUALIZAR, LOS PLANETAS SE ALINEARON EN MI CONTRA JAJAJAJA! MI COMPU SE SUICIDO Y PERDÍ TODA LA HISTORIA Y TUVE QUE COMENZAR DE NUEVO, LO BUENO DE TODOS LOS PROBLEMAS ES QUE ME ASCENDIERON EN EL TRABAJO LO QUE SIGNIFICA QUE TENGO MUCHÍSIMO MENOS TIEMPO, PERO NO PIENSO IRME A NINGÚN LADO SEGUIRÉ ADAPTANDO HISTORIAS PORQUE ME ENCANTA. BUENO PERO BASTA DE PALABRERIO LAS DEJO CON LOS ÚLTIMOS CAPÍTULOS, LOS VOY A SUBIR TODOS JUNTOS EL EPILOGO INCLUIDO.
LA HISTORIA NO ME PERTENECE ES DE E.K Y LOS PERSONAJES SON DE S. MEYER
Capítulo 15
Edward supo de inmediato que algo no iba bien. Bella se había quedado completamente lívida y el horror de su mirada hacía pensar que había visto algo que iba a provocar un cataclismo. Empezaron a temblarle las manos de tal modo que pensó que era mejor quitarle la caja.
Buscó entre las cosas hasta dar con lo que creyó que había provocado semejante reacción en ella. Se trataba de un precioso colgante con un rubí y una cadena de plata. La piedra roja estaba rodeada de diamantes. Parecía increíblemente cara, completamente fuera de lugar en esa cajita de recuerdos infantiles.
—Deduzco que lo reconoces —susurró Edward.
Bella lo miró con angustia.
—Era de mi madre.
Dios. Por su cabeza pasaron cientos de ideas, la mayoría inquietantes, pero no dijo ninguna en voz alta, sino que se concentró en la que le pareció menos terrible.
—¿Hay alguna posibilidad de que Angela lo robara?
Bella meneó la cabeza.
—No, todas las joyas de mamá están en la caja de seguridad que hay en el despacho de mi padre. Ni siquiera yo conozco la combinación con la que se abre.
—¿Quién la conoce?
—Solo mi padre.
Esas tres palabras le provocaron un escalofrío. Era precisamente lo que había temido.
—¿Y ?
—Solo mi padre —repitió, casi sin fuerza.
Se hizo un breve silencio. Lo cierto era que jamás lo habría imaginado. El senador Swan era un cretino, desde luego, pero ¿un asesino? Edward habría sospechado antes de Jake o incluso de un desconocido, antes de pensar en Charly Swan.
—Tuvo que dárselo él —murmuró Bella—. No hay otra manera de que pudiera llegar a manos de Angela. Tuvo que dárselo mi padre.
En sus ojos se reflejaba un sinfín de emociones. Horror y sorpresa. Rabia y confusión. Dolor. Sabía perfectamente lo que estaba pensando. ¿Por qué iba el senador a matar a Angela? ¿De verdad lo había hecho?
—Vámonos de aquí —ordenó Edward, metiéndose la caja en el bolsillo de la chaqueta.
Se despidieron de Wendy y le dieron las gracias por haberlos dejado entrar, pero ninguno de los dos le dijo nada sobre la caja. No tenía sentido preocupar a Wendy sin tener alguna prueba de que el senador había matado a su hija.
Hicieron todo el camino en silencio y Edward no volvió a hablar hasta que estaban llegando a la residencia de los Swan.
—Puede que no fuera él —dijo, tratando de tranquilizarla.
Pero no lo consiguió.
—Nadie excepto él conoce la combinación de su caja fuerte. Él le dio el colgante —le tembló la voz—. ¿Crees que había algo entre ellos?
—No lo sé.
—Angela tenía diecisiete años cuando murió, y él cuarenta y tres. Dios, si se acostaba con ella... —dejó la frase a medias, frenada por el asco que sin duda le provocaba la idea.
Edward le puso una mano sobre las suyas.
—No sabemos nada con certeza —le recordó—. Angela pudo hacerse con el colgante de otra manera.
Bella le apretó los dedos.
—¿Tú qué crees? —le preguntó.
Tuvo que respirar hondo antes de responder.
—Creo que alguien le dio ese colgante.
—¿Mi padre?
—Probablemente —reconoció.
—Dios mío.
Detuvo el coche frente a la mansión y paró el motor, pero cuando fue a abrir la puerta, Bella le pidió que se quedaran allí un rato.
—Ahora mismo no puedo entrar ahí —le explicó, con la mirada clavada en la majestuosa casa de su familia—. Todo encaja —reconoció después de un momento de silencio—. Por eso siempre se ha opuesto a que viniera a investigar y me decía una y otra vez que era una pérdida de tiempo —dijo, sacudida por un escalofrío—. Pero no era cierto, lo que ocurría era que no quería que descubriese la verdad.
—¿Qué crees que ocurrió? —le preguntó Edward, acariciándole la mano suavemente.
—Supongo que se acostaba con ella —admitió con un hilo de voz—. O intentaba hacerlo. Puede que intentara seducirla y ella le dijera que no le interesaba. Ya conoces a mi padre, se pone furioso cuando alguien le lleva la contraria.
—¿Crees que ella lo rechazó y por eso la mató? —le preguntó—. No sé, preciosa, pero eso no me encaja con tu padre; él nunca pierde los estribos.
—Tienes razón. ¿Qué otra explicación encuentras?
De pronto se dio cuenta de algo que le hizo apretar los puños.
—¿Te das cuenta de que, si tu padre es el culpable del asesinato de Angela, también fue él quien preparó el accidente del puente?
Bella lo miró con pavor.
—No puede ser. La verdad es que no lo veo capaz de intentar matar a su propia hija.
—Yo tampoco —reconoció él.
—Pero lo de anoche… —le recordó—. Sigo pensando que mi padre tuvo algo que ver.
Edward no podía dejar de dar vueltas a todo aquello. Por un lado, la implicación de Swan en el asesinato explicaba muchas cosas: su empeño por alejar a su hija del caso y su insistencia en que no fuera a Forks o su deseo casi irracional de tenerla siempre controlada.
Por otra parte, le costaba imaginar a un hombre tan frío y calculador como Swan agarrando una piedra y rompiéndole la cabeza a una muchacha de diecisiete años, por muy furioso que estuviese.
De pronto oyó un sollozo y se dio cuenta de que Bella estaba llorando desconsoladamente. No dudó en desabrocharle el cinturón de seguridad, levantarla en brazos y sentarla sobre su regazo para poder abrazarla mientras lloraba.
—¿Y si es cierto que la mató? —le preguntó entre lágrimas—. ¿Qué voy a hacer? ¿Llamar a la policía y entregar a mi propio padre? —hundió la cabeza en su cuello sin dejar de llorar—. No sé si podría hacerlo a pesar de lo mucho que lo odio a veces.
—Antes de hacer nada de eso, creo que deberíamos volver a la ciudad y hablar con él —propuso Edward.
—Lo negará todo.
—O puede que nos diga la verdad.
Bella se llevó la mano a la sien como si le doliera la cabeza.
—No puedo hacerlo —estalló entre sollozos—. No puedo hablar con él, ni verlo. Al menos esta noche.
—Cuanto antes hables con él, antes sabremos si...
—¿Si es el asesino? —lo interrumpió ella con furia—. ¿Si contrató a alguien para que me tirara por el puente? Dios, Edward, no sé si quiero saber la respuesta.
Le acarició la mejilla.
—Claro que quieres saberla. Necesitas saberla.
—Pero todavía no —insistió ella—. Ahora mismo no puedo hacerlo.
—Bella...
—Por favor, no quiero pensar más en todo esto. No quiero pensar en nada —la angustia que había en su voz le rompía el corazón—. Ayúdame a olvidar.
No podría negárselo después de lo que acababa de descubrir. Le levantó la barbilla con un dedo y la besó en los labios, bebiéndose su dolor y sus nervios y lamentando no poder librarla de aquel horror. El aire se volvió denso dentro del coche, cargado de impaciencia y desesperación. En solo unos segundos se habían despojado de los abrigos y Edward había colado la mano bajo su suéter para tocarle los pechos.
Bella se desabrochó el pantalón y se lo bajó cuanto pudo.
Sintió el calor de su sexo en el muslo, lo que hizo que su erección aumentara aún más. Se abrió la cremallera de los pantalones y dejó salir su miembro, preparado para ella. La tocó solo unos segundos antes de echar a un lado la braguita y colocar la punta de su sexo contra el de ella. Bella soltó un gemido y acabó con los prolegómenos metiéndose de lleno su erección.
Edward rugió de placer mientras la colocaba bien. La respiración había empañado los cristales del coche y había disparado la temperatura que había en el interior del vehículo.
Bella se movió sobre él con furia, cerrando los ojos y apretándose contra su miembro. Él no se quejaba pues le volvía loco lo que estaba haciendo. El placer comenzó a hacerse irresistible, incontrolable.
—Bella —le dijo, casi sin voz—. Tienes que acabar. Ya.
No sabía si estaba preparado o si lo había provocado él con sus palabras, el caso fue que, apenas las había dicho, ella soltó un grito primitivo y se entregó a un clímax arrebatador que lo arrastró también a él con la fuerza de un huracán.
Edward tardó unos segundos en volver a la realidad y, cuando lo hizo, a punto estuvo de echarse a reír al pensar en lo que acababa de ocurrir. Lo habían hecho en el asiento delantero de un coche como un par de adolescentes revolucionados por las hormonas. Aún tenía el pulso acelerado y seguía dentro de ella. Se quedó sin respiración al mirarla a la cara y ver lo increíblemente bella que estaba.
Ella se mordió el labio inferior, lo miró con inseguridad y dijo algo que le arrebató el poco oxígeno que le quedaba en los pulmones.
—Te amo.
Edward tragó saliva.
—Bella...
—No, tengo que decírtelo. Te amo, Edward. Nunca he dejado de quererte.
Resultaba muy difícil concentrarse estando todavía dentro de ella, pero después de un momento, se apartó y se abrochó los pantalones. Bella hizo lo mismo.
—Di algo —le pidió.
—¿Qué quieres que diga? —enseguida se arrepintió de decirle eso. Sabía perfectamente lo que quería que dijese, pero no podía pronunciar esas palabras por mucho que el corazón le implorase que lo hiciera. No podía. La última vez que lo había hecho, había acabado destrozado y no iba a permitir que ocurriera de nuevo.
—Sé que tú también me amas —dijo ella mirándolo a los ojos y agarrándole la cara con ambas manos para que él también tuviera que mirarla a ella—. Y ya has reconocido que me has perdonado —le temblaba la voz—. Solo tienes que darnos una segunda oportunidad.
—Yo... no puedo.
La vio morderse el labio para no llorar.
—Siento haberlo elegido a él en vez de a ti —dijo por fin—. Me equivoqué. No debería haber dejado que se entrometiera en mi vida, ni que me convenciera para retrasar la boda. Pero me convencí a mí misma de que debía cumplir la promesa que le había hecho a mi madre. Ahora me doy cuenta de que mi padre no era como mi madre creía.
—Bella...
Continuó hablando como si no la hubiese interrumpido:
—Es probable que matara a mi mejor amiga y no pienso seguir protegiéndolo. Te lo prometo, Edward, nunca más volveré a ponerlo por delante de ti.
El dolor le apretó el corazón con tal fuerza que temió que se rompiera en mil pedazos. Dios, cuánto había deseado oír esas palabras... hacía dos años.
—Sé que eres sincera —reconoció con cierta brusquedad—. Y te creo, pero...
—No, no lo digas —le imploró—. Danos otra oportunidad, por favor.
La levantó muy despacio de su regazo y volvió a ponerla en el otro asiento.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Cuando rompimos me di cuenta de que no estoy hecho para tener una relación. Siempre te exigiría más de la cuenta y querría que todo se hiciese a mi manera —esbozó una triste sonrisa—. No creo que pudiese instalarme en un lugar fijo. Intenté hacerlo cuando estábamos juntos, pero me he dado cuenta de que me gusta viajar.
—Entonces viajaré contigo —replicó ella—. Estoy harta de Washington, Edward.
La idea de viajar con ella resultaba muy atractiva, pero se obligó a rechazarla.
—No puedo estar contigo, Bella —necesitó toda su fuerza de voluntad para pronunciar aquellas palabras—. No puedo ofrecerte la clase de relación que te mereces.
—Siempre me has dado todo lo que necesitaba —aseguró sin ocultar la decepción que sentía.
—No puedo volver a discutirlo, Bella. Cuando viniste a mi habitación la otra noche, me prometiste que no me pedirías nada más —la miró a los ojos—. Necesito que cumplas tu promesa.
Bella se quedó callada unos segundos, después volvió a mirarlo con los ojos llenos de brillo, pero esa vez era un brillo de furia y resentimiento.
—Está bien. Si quieres ser un cobarde, no puedo impedírtelo —abrió la puerta y sacó las piernas del coche—. Voy a entrar a buscar el bolso y a cerrar la puerta.
—Bella...
Salió por completo del coche.
—He cambiado de opinión. Quiero volver a la ciudad lo antes posible. Llamaré a mi padre desde dentro y le diré que vamos hacia allí. Después de que hablemos con él, tú y yo seguiremos cada uno nuestro camino —añadió con amargura—. No tienes de qué preocuparte porque esta vez me alejaré de ti para siempre.
Dicho eso, cerró la puerta con un golpe y se marchó.
