LA HISTORIA NO ME PERTENECE ES DE E.K Y LOS PERSONAJES SON DE S. MEYER
Capítulo 16
El viaje hasta la ciudad fue silencioso y sombrío. Bella apenas apartó la mirada de la carretera, incapaz de mirar a Edward por miedo a romper a llorar.
La había rechazado.
Le había entregado su corazón y él lo había rechazado.
Pero lo peor de todo era que no podía culparlo por ello. Tenía razón. Lo había puesto en segundo lugar tantas veces para hacer siempre lo que le exigía su padre. ¿Qué podía esperar que hiciera él? Después del dolor y las traiciones que había sufrido en su infancia, Edward no debería haber tenido que aguantar algo así de su propia prometida.
Había sido tan tonta. Había permitido que una lealtad mal entendida la apartara del hombre al que amaba y ahora lo había perdido.
Se le encogió el corazón al ver que estaban ya frente al senado. Unos minutos después se encontraban camino del despacho de su padre. Lo encontraron sentado a la mesa, esperándolos con gesto impaciente e inquieto.
Después de un frío intercambio de saludos, Edward y ella se quedaron de pie frente al enorme escritorio.
—¿A qué viene la visita? —preguntó por fin Charly.
Por mucho que intentara fingir, Bella conocía lo bastante a su padre para saber que estaba preocupado.
—Edward y yo tuvimos visita anoche —comenzó diciendo.
—Si te refieres a tu hermano, lo sé. Yo mismo lo envié.
—No, me refiero al tipo enmascarado que me sacó de la cama. ¿Quién era, papá? ¿Un desconocido cualquiera o un profesional?
—No sé de qué estás hablando.
—¿De verdad? Le dijiste a Emmett que harías lo que fuese necesario para hacerme volver, así que deduzco que el darme un buen susto era parte del plan.
—No hay ningún plan —el senador frunció el ceño—. Otra vez estás paranoica, Bella. Solo quería que volvieses porque te veo capaz de hacerte daño.
Eso la hizo resoplar.
—Ahórrate lo del suicidio para la prensa.
—¿Qué haces aquí? Por teléfono me has dicho que tenías algo importante que hablar conmigo, pero lo único que he oído son tus paranoias de siempre.
—¿Quieres oír algo nuevo? De acuerdo. Edward y yo hemos encontrado algo en Forks.
Esperó a verlo reaccionar, pero no hubo tal reacción.
Bella se metió la mano en el bolsillo y sacó el colgante.
Esa vez sí se le escapó algo. Se le abrieron los ojos al ver la piedra, pero enseguida recuperó el autocontrol y adoptó una actitud de desconfianza.
—Eso era de tu madre. ¿De dónde lo has sacado?
—De la habitación de Angela. Estaba escondido en una caja bajo unos tablones.
—Es imposible. Las joyas de tu madre llevan en la caja de seguridad desde que ella murió.
—¿Por qué tendría entonces ese colgante mi mejor amiga?
—Supongo que lo robó —respondió rápidamente.
—O se lo diste tú —intervino Edward con voz tranquila.
Bella estaba haciendo un verdadero esfuerzo para controlar su ira, pero su padre parecía tan arrogante haciéndose el inocente.
—¿Qué pretendes decir? —le preguntó el senador a Edward, con una voz que habría podido helar un océano—. ¿Que le regalé a una menor de edad un collar carísimo que pertenecía a mi difunta esposa? ¿Que tuve algo que ver en su muerte?
—Dínoslo tú —respondió Edward.
Swan lo miró con gesto de indignación.
—No sé en qué locura te ha metido mi hija, Edward, pero sé que eres un hombre inteligente. ¿Qué motivo iba a tener yo para matar a la amiga de mi hija?
—Tu hija está aquí mismo —espetó Bella—. Así que te agradecería mucho que dejaras de comportarte como si no estuviera en la habitación —apretó los puños con fuerza—. ¿Qué le hiciste a Angela, papá?
Su padre volvió a clavar la mirada en ella.
—Yo no le toqué un pelo a esa muchacha y te agradecería mucho, jovencita, que no me acusaras de crímenes que no he cometido.
Bella dio un paso al frente y dejó el colgante sobre la mesa.
—¿Cómo llegó esto a sus manos, papá?
—No lo sé —respondió con voz tranquila.
—¿Qué pasó aquel día en el bosque?
—Por el amor de Dios, Bella...
—¿Te enfadaste con ella? ¿Te amenazó con contarle a alguien lo que había entre vosotros? O quizá pretendía romper contigo y no te gustó que...
—¡Ya basta! —exclamó el senador—. Yo no maté a esa chica, ¿me oyes? Y, si no dejas de decirlo ahora mismo, volveré a llevarte al psiquiátrico y haré que te mediquen.
Bella se echó a temblar. Esperaba que lo negara todo, pero no que la amenazara. La rabia crecía en su interior, a punto de desbordarla. Miró de reojo a Edward, que seguía allí de pie, observando la escena con una extraña expresión en la cara. Parecía desconcertado, pensativo, pero estaba demasiado furiosa como para plantearse qué estaría pensando Edward.
—No te atrevas a amenazarme —le advirtió a su padre—. No estoy loca y lo sabes. Si intentas volver a ingresarme, iré a la prensa y haré todo lo que esté en mi mano para destrozar tu reputación.
El senador meneó la cabeza.
—Esto tiene que acabar, Bella.
—Mírame a los ojos y dime que no tuviste nada que ver con la muerte de Angela.
—Yo no...
—Mírame a los ojos —le ordenó.
Su padre levantó la mirada lentamente y la clavó en sus ojos. No dijo nada.
—¿Tuviste algo que ver con la muerte de Angela? —repitió la pregunta y cada palabra era como una aguja que se le clavaba en el corazón.
—No.
Bella sintió de pronto que el suelo que tenía bajo los pies estaba a punto de derrumbarse. Lo había visto. Era casi imperceptible, pero estaba tan acostumbrada a observar a su padre que no se le escapaba nada, ni lo más fugaz. Tan fugaz como el gesto de culpa que había visto en su rostro.
—Dios mío —susurró, con el estómago revuelto—. Estás mintiendo.
—¡Ya está bien! —exclamó dando un golpe en la mesa antes de agarrar el teléfono con una maldición en los labios—. Voy a llamar al hospital y...
—No te molestes —lo interrumpió—. Me largo de aquí.
—De eso nada —le advirtió su padre.
—No te preocupes que no voy a hablar con la prensa, pero en estos momentos no puedo ni mirarte a la cara.
—Bella...
—Cuelga el teléfono, papá, si no quieres que llame a todas las personas que conozco y les diga que mi padre, el senador Edward Swan, mató a una adolescente hace diez años.
Se dirigió a la puerta y Edward la siguió. Apenas había dicho una palabra desde que habían llegado y casi se había olvidado de que estaba allí.
—No te atrevas a salir por esa puerta, Bella —le advirtió su padre, poniéndose en pie.
—Intenta impedírmelo —dijo antes de cruzar el umbral y cerrar con un portazo.
—Respira —le pidió Edward en cuanto salieron, pero no intentó tocarla.
—Fue él —afirmó Bella una vez hubo recuperado la respiración.
—Yo no estoy seguro.
—Lo he visto en sus ojos. Estaba mintiendo, Edward. Sabe lo que le ocurrió a Angela.
—Es posible, pero no sé si fue él quien la mató.
—En cualquier caso, no quiero saber nada más de él —aseguró con los ojos llenos de lágrimas.
Edward no dijo nada.
—Lo digo en serio —insistió—. No puedo más. Lo único que le importa es su trabajo y estoy harta de intentar ser una buena hija. Que se vaya al infierno —se volvió hacia él con furia—. ¿Y sabes lo que te digo? Vete tú también, Edward.
—¿A qué viene eso? —preguntó, desconcertado.
—Dijiste que me habías perdonado, pero no es cierto —replicó—. Si lo hubieras hecho, no te horrorizaría tanto la idea de volver conmigo. Así que hemos acabado. Muy bien. Te he pedido disculpas, te he dicho lo mucho que te amo, pero no puedo cambiar el pasado y, si no estás dispuesto a darnos una oportunidad, entonces no merece la pena intentarlo.
Echó a andar, pero él la agarró del brazo.
—¿Adónde vas?
—A mi casa y no quiero que me lleves. Iré en taxi.
Edward la miró fijamente.
—No deberías estar sola.
—¿Por qué? —dijo con un nudo en la garganta—. Llevo sola dos años. Gracias por ayudarme, pero tienes razón, ya es hora de que sigamos cada uno con lo nuestro.
—¿Qué vas a hacer con tu padre y con el caso?
—Mañana llamaré a Jake y se lo contaré todo —esbozó una triste sonrisa—. Aunque no servirá de nada. Si mi padre mató a Angela, no tendrá que pagar por ello. Aunque yo siempre sabré la verdad. Ahora suéltame, por favor.
Edward hizo lo que le pedía, pero seguía pareciendo desconcertado.
—No deberías irte.
Se volvió a mirarlo frente a frente.
—¿Me amas, Edward? ¿Quieres estar conmigo?
Él se quedó callado.
—Me lo imaginaba —murmuró—. Adiós, Edward.
La vio alejarse con la cabeza bien alta, como una guerrera que abandonaba el campo de batalla, derrotada, pero con honor y dignidad. Deseaba ir tras ella, pero no lo hizo.
La amaba, claro que la amaba. Le sorprendía que se hubiera preguntado siquiera, pues sabía que se le notaba en la cara. Pero no bastaba con eso. También había querido a sus padres y eso no había impedido que lo abandonaran como si fuese basura. Por mucho que quisiera a Bella, se quería más a sí mismo y sabía que debía protegerse.
No podía volver a entregarle el corazón.
Estaría mejor solo. Se iría de la ciudad, llamaría a Jasper y se embarcaría en la siguiente misión.
Pero no podía irse sin antes asegurarse de que Bella estaría bien, que fue lo que lo llevó a volver a entrar al despacho de Charly Swan.
—¿Qué pasa ahora? —dijo el senador al verlo.
—Necesito que me prometas algo.
Swan resopló.
—No cuentes con ello.
—Prométeme que vas a dejar en paz a Bella. No puedes volver a ingresarla en el hospital.
—Puedo hacer lo que me dé la gana. Soy su padre.
—Así no conseguirás hacerla callar —le dijo con una gélida sonrisa—. Si me entero de que la has ingresado, yo mismo haré pública la historia y a mí es mucho más difícil hacerme callar.
—Yo no maté a esa chica —le dijo Swan entre dientes.
Edward lo observó detenidamente.
—Es posible que te crea.
—Entonces es que no estás tan loco como mi hija. Pero, claro, siempre ha dejado que sus fantasías...
—Pero tiene razón —lo interrumpió Edward—. Sabes algo sobre la muerte de Angela.
—Por el amor de Dios...
—¿Quién lo hizo? ¿Fue el sheriff Black? O quizá...
—Vete de aquí.
—Ya veo que no voy desencaminado. Sabes quién la mató.
—Te he dicho que te vayas, Edward.
—Enseguida. Antes necesito que me prometas que no le vas a hacer ningún daño.
El senador apretó los labios.
—No la ingresaré, pero sí la animaré a que se vaya de la ciudad.
—No creo que tengas que hacer mucho para conseguirlo.
Swan se encogió de hombros.
—Realmente no te importa nada, ¿verdad, senador? —Edward meneó la cabeza con desprecio—. Es tu hija.
—Siempre he sido una molestia.
—Eres un desalmado, no sé si lo sabes.
Eso fue todo lo que dijo antes de salir del despacho y dirigirse al ascensor haciendo el mayor ruido posible. Esperó a que se abrieran las puertas, dio al botón del primer piso y, cuando volvieron a cerrarse las puertas, se encaminó de nuevo al despacho de Swan sin hacer ruido. Como imaginaba, el senador no había perdido el tiempo para agarrar el teléfono.
Edward había visto en sus ojos el mismo destello de culpa que había visto Bella, pero, al contrario que ella, no se conformaba con marcharse sin saber qué le había ocurrido a Angela Simms.
Pegó la espada a la pared y se quedó junto a la puerta del despacho, atento a lo que conseguía escuchar.
—¡Maldita sea! Te lo prohíbo —le decía a alguien—. Solo es un collar, maldita sea. No hagas ninguna estupidez —una pausa—. Llevo diez años cubriéndote las espaldas y no voy a dejar que vayas a la cárcel —otra pausa—. ¡Por supuesto que pienso en mi carrera! No voy a perderlo todo porque tú cometieras un estúpido error hace diez años.
Edward siguió escuchando. El senador estaba encubriendo a alguien, pero ¿a quién? ¿A Jake? ¿A Sam?
Sus siguientes palabras le dieron la respuesta.
—Lo que hiciste en el puente fue lo último, ¿me entiendes? —una breve pausa—. Maldita sea, Emmett, no hagas nada. Ya me encargo yo de todo, como siempre.
