LA HISTORIA NO ME PERTENECE ES DE E.K Y LOS PERSONAJES SON DE S. MEYER


Capítulo 17

Bella nunca se había sentido tan sola como se sintió al llegar a su apartamento. Sola, triste e incómoda. ¿Cómo iba a poder olvidar todo lo que había ocurrido en las últimas semanas?

Su padre había estado implicado en la muerte de su mejor amiga y era probable que hubiera contratado a alguien para que sacara de la carretera a su propia hija.

Y Edward... se había ido.

«Habla otra vez con él», le dijo una vocecilla. ¿Debía hacerlo? Edward era tan testarudo como ella y le había dejado muy claro que no quería volver, pero quizá pudiera hacerle cambiar de opinión. ¿Quería hacerlo después de que la rechazara de ese modo? No sabía si podría con otro rechazo.

El sonido del timbre retumbó en toda la casa, llenándola de esperanza. Si era Edward, seguramente acabaría humillándose de nuevo frente a él con la esperanza de oírle decir que la amaba.

Se pasó la mano por el pelo antes de abrir. La cadena estaba echada, por lo que solo pudo abrir unos centímetros, lo justo para comprobar que no era Edward. La esperanza se desvaneció como si fuera humo.

—Hola, Emmett, deja que quite la cadena.

Percibió inmediatamente la tensión de su hermano. Tenía la frente sudorosa, lo que quería decir que había ido corriendo hasta allí o estaba muy nervioso.

—¿Estás bien? —le preguntó al tiempo que cerraba la puerta.

—La verdad es que no.

—Pues me temo que voy a hacer que te sientas peor porque tengo que decirte algo... sobre papá.

—Acabo de hablar con él —Emmett la miró a los ojos con el gesto de un empleado al que acabaran de despedir a traición—. ¿Cómo has podido hacerme esto, Bella?

—¿Qué?

Su hermano empezó a ir de un lado a otro de la alfombra. Tenía el rostro desencajado.

—¿Por qué tenías que seguir husmeando? ¿Por qué no podías olvidarte de ese maldito caso?

Bella se sentó en el sofá.

—Escucha, no sé qué te ha dicho papá, pero te ha mentido. Estuvo implicado en la muerte de Angela. No sé si fue él quien la mató, pero...

—¡Él no la mató!

—Sé que no quieres creerlo. Yo tampoco quería, pero Edward y yo encontramos el colgante de mamá entre las cosas de Angela. Debió de dárselo papá.

Emmett se detuvo en seco.

—Entonces se lo quedó —murmuró.

—¿Qué?

Pero él no la miraba, en realidad parecía estar en otra parte, muy lejos de allí.

—Me dijo que lo había tirado al río... Sabía que mentía. Ella jamás habría hecho eso.

—¿Quién? —preguntó Bella, desconcertada—. ¿Mamá?

—Angela —pronunció su nombre como si hablara de un ser divino.

Bella sintió una punzada en el estómago.

—¿De qué estás hablando, Emmett? —entonces lo miró y lo supo—. Dios mío. ¿Qué hiciste?

Por fin volvió a mirarla.

—¿Yo? No se trata de lo que hice. Iba a dejarme.

No podía ser. Sentía los latidos de su propio corazón latiéndole en la cabeza. No podía creer que su hermano estuviese diciendo lo que estaba oyendo porque, si era así, significaba que...

—Tú la mataste —dijo, casi sin aire.

Emmett. Emmett había matado a Angela.

—¡Iba a dejarme! —gritó en un tono más propio de un niño que de un hombre de treinta años, o quizá de un adolescente que acababa de perder a su madre.

Eran las mismas palabras que había repetido una y otra vez tras la muerte de su madre. «Me ha dejado».

—¿Angela y tú estabais juntos? —susurró Bella.

—Llevábamos tres meses. El día que murió era nuestro aniversario.

—El día que la mataste, querrás decir.

Él la miró con furia.

—¡No podía permitir que me dejara! Quería volver con Jake, ese cabeza de chorlito.

Bella meneó la cabeza con estupor.

—¿Por qué no me lo contasteis ninguno de los dos?

Emmett esbozó una sonrisa que hizo que se le helara la sangre.

—Queríamos que fuera un secreto, algo solo nuestro.

—¿Pero papá sí lo sabía?

—Tuve que decírselo —admitió, consternado—. Después de que Angela me dejara, yo...

—¡Después de matarla! —lo interrumpió Bella.

—Después de que me dejara —continuó diciendo, haciendo caso omiso a su explosión de rabia—, llamé a papá. Él vino al bosque y me ayudó a encargarme de todo.

Tenía ganas de vomitar.

Encargarse de todo era enterrar el cuerpo de una adolescente en medio de un bosque y luego asegurar una y otra vez que no sabía nada sobre su desaparición. No podía creerlo. Su hermano había matado a su mejor amiga y su padre lo había ayudado a encubrir el crimen.

Aunque el autor material había sido Emmett, su rabia se dirigía especialmente a su padre. Era obvio que a su hermano le había afectado mucho la muerte de su madre y que la depresión ocultaba algo más peligroso en su interior, algo que había estallado cuando había matado a Angela. ¿Y qué había hecho su padre al respecto? Lo había ocultado todo. ¡Emmett habría necesitado otro tipo de ayuda, por el amor de Dios!

—¿No te das cuenta? —le preguntó su hermano, implorándole—. No podía dejar que se fuera, igual que hizo mamá.

Dios, al mirarlo vio un niño confundido.

—Podrías haber hablado conmigo —le dijo con un nudo en la garganta.

Pero Emmett meneó la cabeza.

—Tú también te habrías marchado algún día.

—Eres mi hermano, Emmett. Yo jamás te abandonaría.

—Es posible, pero quieres quitármela y no puedo dejar que ocurra.

—¿Quitarte a quién? —le preguntó, asustada.

—¡A Rosalie!

—¿A tu novia? —estaba confundida—. Yo no intento separarla de ti.

—¡Quieres mandarme a la cárcel y entonces ella me dejará! ¡Todas las mujeres me abandonan!

Bella intentó levantarse del sofá, pero Emmett le gritó:

—¡Siéntate!

Fue entonces cuando se percató del bulto que tenía en el bolsillo derecho y se le aceleró el corazón.

—Emmett...

—Calla —sacó la mano del bolsillo.

El terror se apoderó de ella al ver aquel brillo plateado. Su hermano llevaba una pequeña pistola que había pertenecido a su madre y que habían guardado bajo llave, junto con las joyas.

—Era de mamá —le explicó al ver que ella miraba el arma—. La saqué de la caja el mismo día que el collar.

—¿Conocías la combinación?

—Me la dio mamá cuando tenía ocho años —presumió con arrogancia, como si le estuviera diciendo que lo había querido más que a ella—. Estábamos muy unidos.

—¿Por qué no guardas eso, Emmett? Los dos sabemos que no vas a utilizarla.

—¡No creas que me conoces! ¡Ella es la única que me conoce!

No sabía a quién se refería, si a Angela, a su madre o a Rosalie. Seguramente no importaba. Era obvio que su hermano había perdido la cabeza hacía tiempo, quizá antes incluso de matar a Angela. Y Bella no se había dado cuenta. Se había pasado la vida rebelándose contra su padre, luchando por ser independiente y poder huir de las exigencias del senador. Nunca había dado importancia al estado en el que había quedado su hermano tras la muerte de su madre. Había achacado su incapacidad para comprometerse a que era demasiado exigente.

Resultaba irónico que su padre hubiese pasado años contando historias sobre los problemas mentales de su hija cuando tenía un hijo realmente enfermo delante de sus narices.

—Guarda la pistola, Emmett —le pidió suavemente—. No queremos que nadie se haga daño.

Una parte de ella se negaba a creer que su hermano fuera capaz de dispararle, pero le preocupaba el brillo que veía en sus ojos y no se atrevía a intentar quitarle el arma.

—Intenté hacer que lo dejaras a tiempo —le explicó Emmett—. No quería hacerte daño, Bella, pero ahora no tengo otra elección.

—¿Hacer que lo dejara? —repitió, horrorizada—. Tú intentaste matarme en el puente.

—No intenté matarte —dijo chillando—. Solo quería asustarte para que te fueras del pueblo.

—¿Y anoche? ¿También fuiste tú quien entró en mi habitación?

Emmett asintió y parecía arrepentido.

—¿Cómo sabías que Edward no estaba conmigo en la habitación?

—Por el interfono —reveló, encogiéndose de hombros—. Lo encendí antes de irme.

—Entonces no llegaste a marcharte de Forks, volviste a la casa y estuviste espiándonos.

—No tienes derecho a enfadarte conmigo, Bella. Fuiste tú la que lo empezaste todo. Si hubieses dejado las cosas tranquilas, todo habría ido bien.

—Pero Angela seguiría muerta —susurró ella.

—¡No podía permitir que me dejara!

Miró a su hermano y sintió ganas de gritarle y zarandearlo, pero consiguió mantener la voz tranquila.

—¿Qué piensas hacer con eso? —le preguntó, señalando la pistola—. ¿Vas a dispararme?

—Claro que no.

Bella enarcó una ceja.

—¿No?

—No, te vas a disparar tú sola.

Eso la dejó muda. El tiempo se detuvo de golpe. Lo miró a los ojos y supo que lo decía en serio.

—Otro intento de suicidio —dijo—. Solo que esta vez no será fallido.

—No voy a dispararme.

—Eso es lo que creerá la policía. Trae la libreta que tienes en el escritorio, Bella.

Dios, estaba completamente loco. De verdad pretendía matarla y hacer que pareciera un asesinato.

—No.

—Como quieras —se encogió de hombros y fue él a buscar la libreta—. Escribe.

Bella tragó saliva, intentando buscar una manera de escapar. No podía lanzarse sobre él porque podría disparársele la pistola y salir herido alguno de los dos. Al margen de lo que le hubiera hecho a Angela, no quería que le pasara nada a su hermano. Era evidente que necesitaba ayuda psiquiátrica.

De pronto deseó que Edward estuviese allí. Él sabría qué hacer. Pero seguramente estaría ya camino de Panamá o de Colombia, o quién sabía dónde. Y no quería nada con ella.

Fue entonces cuando se le ocurrió el viejo truco de hacer hablar al loco hasta que se le ocurriese algo.

—¿Qué quieres que escriba? —le preguntó por fin, tratando de no llorar.

—Empieza con: Querido papá, ya no puedo seguir con todo esto.

Bella respiró hondo y agarró el bolígrafo.

Ella estaba bien. No había motivo para preocuparse. Edward intentaba convencerse a sí mismo mientras se alejaba del edificio del senado. La había llamado por teléfono para contarle lo que acababa de descubrir, pero le había saltado el contestador. Luego se había acordado de que su teléfono móvil se había quedado en el hospital y la había llamado a casa, pero allí también se había topado con el contestador. Por un momento había pensado en llamar a la policía, pero no quería delatar a Emmett hasta haber hablado con Bella.

¿Por qué no contestaba al teléfono?

El primer semáforo que se encontró se puso en rojo, lo que le dio tiempo para imaginar todo tipo de cosas horribles. La más aterradora era la de llegar a su apartamento y encontrarla muerta.

No, era absurdo. Emmett no haría daño a su hermana. ¿Verdad?

No había dejado de preguntárselo desde que había oído pronunciar su nombre al senador y le horrorizaba pensar que no estaba seguro de que la respuesta fuese «no».

Emmett estaría desesperado y dispuesto a hacer cualquier cosa. Y él no podía seguir esperando a que los semáforos se pusieran en rojo, así que apretó a fondo el acelerador y se dirigió al apartamento de Bella a toda velocidad. Llegaría allí y la encontraría sana y salva. Le contaría lo que había descubierto sobre su hermano y luego...

¿Luego qué?

¿Volvería a marcharse?

¿Qué se suponía que debía hacer? Había estado bien sin ella. No la necesitaba. «Eres un cobarde», resonó la acusación en su cabeza y por más que intentó acallarla, siguió escuchándola. No tenía razón. No le daba miedo estar con ella, simplemente no le interesaba.

¿Entonces por qué iba como loco a asegurarse de que estaba bien?

Porque era lo que debía hacer.

La respuesta no le convenció del todo, pero por suerte ya estaba frente a su casa.

Por desgracia lo primero que vio fue el coche de Emmett aparcado en la puerta del edificio.

Se le hizo un nudo en el estómago.

Entró corriendo al edificio y subió por las escaleras para ir más rápido. Llegó al segundo piso con la pistola en la mano. La puerta estaba cerrada, pero bastó un pequeño empujón para abrirla. No encontró a nadie en el vestíbulo, pero se oían voces procedentes del salón.

Fue sigilosamente hacia la única luz que había en la casa. Estaba sorprendentemente tranquilo. Era un profesional entrenado para ese tipo de cosas.

Pero esa vez era muy distinto.

—Nadie creerá que yo he escrito esto —se oyó la voz de Bella.

—Sigue escribiendo —le ordenó Emmett—. Pon: Siento el dolor que le he ocasionado a todo el mundo.

Edward se pegó contra la pared antes de asomarse cuidadosamente. Por primera vez desde que había entrado a la casa, se le disparó el pulso. Bella estaba sentada en el sofá, escribiendo en una libreta.

A su lado estaba Emmett, apuntándole a la frente con una pequeña pistola.