LA HISTORIA NO ME PERTENECE ES DE E.K Y LOS PERSONAJES SON DE S. MEYER


Capítulo 18

Edward deseaba entrar allí y meterle una bala en la cabeza a Emmett, pero consiguió mantener la calma y pensar cómo liberar a Bella sin ponerla en peligro.

Parecía asustada, pero sin duda tenía la situación bajo control, eso le hizo sentir un profundo orgullo. Era admirable que fuese capaz de permanecer tranquila mientras le apuntaban con una pistola. No mucha gente podría hacerlo, pero Bella... Bella era increíble en muchos sentidos.

—Bien hecho —dijo Emmett cuando consiguió que firmara la nota de suicidio que le había hecho escribir—. Siento mucho todo esto, Bella. Supongo que entiendes por qué tengo que hacer esto.

Oyó los pasos de Emmett acercándose a su hermana.

—Si se entera de la verdad, me abandonará. Pero quiero que sepas que te quiero —hubo un momento de silencio—. Cierra los ojos. Será solo un momento.

Era el momento de actuar.

Edward irrumpió en la habitación y le puso la pistola en la cabeza a Emmett.

—Suelta el arma —le ordenó.

Emmett se volvió a mirarlo, asombrado.

—¿Qué haces aquí? —la sorpresa se había convertido en rabia.

—Suelta la pistola —insistió Edward—. Tú no quieres hacer daño a tu hermana.

—No debería preocuparte lo que le pasara. ¡Ella te abandonó!

—En realidad fui yo quien la abandonó a ella.

No pudo evitar mirar a Bella y se le encogió el corazón al ver las lágrimas que tenía en los ojos. Estaba pálida y parecía cansada, asustada y preocupada... pero tan increíblemente hermosa que casi le dolía mirarla.

Y era toda suya. Le había robado el corazón nada más conocerla y había estado dos años engañándose, diciéndose que la había olvidado cuando no era así. Jamás la olvidaría porque le había robado el corazón y sería suyo para siempre.

—Mataste a esa chica e ibas a matar a tu hermana. Emmett, necesitas ayuda —le dijo, dando un paso hacia él.

—¡Calla! ¡Y no te acerques a mí! —le temblaba la mano con la que sujetaba la pistola.

—Has cometido errores tremendos, pero eso no significa que tu vida se haya acabado. Había circunstancias atenuantes que ningún juez pasará por algo.

—¡No va a haber ningún juez! —estalló Emmett—. ¡No puedo ir a la cárcel! Rosalie me dejaría y...

Edward se abalanzó sobre él y le asestó un golpe en el pecho que le hizo soltar la pistola. El arma cayó al suelo y detrás fue Emmett, arrastrando consigo a Edward.

Mientras forcejeaban, Edward tuvo que admitir que era más fuerte de lo que habría imaginado. Consiguió agarrar la pistola y, cuando quiso darse cuenta, estaba apuntando a Bella, que se había levantado para intentar llegar al teléfono. Edward lo miró con horror, pero su duda solo duró un instante. En el momento que vio que acercaba el dedo al gatillo, le pegó dos tiros en el pecho.

—¿Qué...? —se miró el pecho y vio con asombro cómo dos manchas rojas le teñían la camisa.

Edward corrió a su lado, le quitó la pistola y le pidió a Bella que llamara a la policía.

—Dios mío —dijo ella, paralizada—. ¿Está bien?

—¡Llama, Bella!

La oyó hablar, pero no prestó atención a lo que decía. Emmett estaba perdiendo mucha sangre.

—Ella me dejó —susurró, mirándolo fijamente.

—No hables —le pidió Edward.

Se quitó la chaqueta y le apretó la tela contra las heridas, pero tenía la impresión de que no iba a servir de nada porque cada vez salía más sangre y tenía menos color en la cara.

Bella no tardó en volver y arrodillarse junto a su hermano.

—¿Puedes oírme, Emmett?

—¿Mamá?

—No, soy... —Bella miró a Edward con confusión y tristeza y supo lo que debía hacer—. Sí, soy yo.

—¿Vas a cuidar de mí?

—Claro, cariño. No te preocupes por nada. Yo estoy aquí.

—Lo siento, mamá.

Su pecho dejó de moverse. Bella levantó las manos manchadas de sangre y las miró como si no pudiera creerlo.

—Se ha ido.

Edward lo lamentaba profundamente por Bella, pero no podía arrepentirse de lo que había hecho porque Emmett la habría matado. Para él no había nada más importante en el mundo que protegerla.

Porque la amaba. La amaba con todo su corazón.

Mientras se oían a lo lejos las sirenas, Edward se acercó a ella y la estrechó en sus brazos.

Bella no sabía qué sentir. Edward había matado a su hermano, pero, si no lo hubiera hecho, Emmett la habría matado a ella.

—Me has salvado la vida —le dijo cuando lo vio salir del largo interrogatorio que le había hecho la policía hasta llegar a la conclusión que había actuado en defensa propia.

En lugar de responder, Edward le echó su jersey por los hombros, le pasó un brazo por la cintura y salieron juntos de la comisaría.

Necesitaba un poco de aire fresco por lo que, a pesar de que era ya más de media noche, echaron a andar en lugar de parar un taxi. Habían ocurrido tantas cosas. Su padre iba a ser acusado de cómplice de homicidio, lo que le haría perder su condición de senador, aunque seguramente la acusación no llegaría a ninguna parte.

Llegaron a un parque en silencio y se sentaron el uno junto al otro.

—¿Podrás perdonar a tu padre? —le preguntó Edward.

—No sé si podré.

—Sigue siendo tu padre.

Bella lo miró, sorprendida y con lágrimas en los ojos.

—¿Desde cuándo importa eso? A ti nunca te gustó y siempre fue mi padre.

—No me había parado a pensar lo que significa porque nunca tuve una familia, por eso no comprendía que le aguantases tanto. No lo he entendido hasta esta noche.

Bella no dijo nada, tenía la sensación de que aquella conversación era... algo importante y no quería estropearlo.

—Al verte llorar la muerte de Emmett me di cuenta de que, por atroces que fueran sus pecados, siempre sería tu hermano. Y supongo que es lo mismo con tu padre.

—Sí.

Volvió a quedarse callado y, al ver que el silencio se prolongaba, decidió hablar ella.

—¿Vas a quedarte en un hotel esta noche?

—Sí.

—¿Y mañana te irás de la ciudad?

Otra afirmación.

—¿Adónde?

—No lo sé —hizo una pequeña pausa—. Quiero que vengas conmigo.

Bella levantó la mirada hasta sus ojos.

—¿Qué?

—Que quiero que vengas conmigo —repitió con voz suave, casi frágil—. ¿Vendrás?

Estaba tan cansada que tenía alucinaciones.

—¿Bella?

Volvió a mirarlo.

—¿Me he vuelto loca, o acabas de pedirme que vaya contigo?

—No te has vuelto loca.

—¿Por qué? Dijiste que no querías tener una relación. ¿Qué es lo que ha cambiado?

—Todo —se limitó a decir, pero con una pasión innegable—. Esta noche, cuando he visto esa pistola apuntándote, me he dado cuenta de que, si te pasaba algo, yo también me moriría. No puedo vivir sin ti, Bella. Lo he intentado y no funcionó. Te necesito a mi lado.

De sus ojos cayó una sola lágrima que él le secó con una suave caricia.

—Tenías razón —siguió diciendo Edward—. No te había perdonado, me convencí de que sí porque necesitaba olvidarte y, si no podía hacerlo, era porque seguía enfadado contigo. Seguía culpándote por haber cancelado la boda y por dejar que tu padre se entrometiera en nuestra relación. No entendía cómo podías hacer todo eso y seguir diciendo que me amabas. Pero ahora lo entiendo.

—Me equivoqué —reconoció ella.

—Los dos nos equivocamos. Yo jamás debería haberte abandonado.

Dejó de llorar, pero seguía invadiéndola la emoción.

—Entonces, ¿seguimos adelante con esa segunda oportunidad que dijiste? —le preguntó Edward con una sonrisa en los labios.

Ella también sonrió.

—Sí.

Sellaron la decisión con un beso que los dejó a los dos jadeando.

—¿Entonces vendrás conmigo?

—¿Adónde?

—Adonde queramos. Adonde me lleve a mí mi trabajo y a ti el tuyo. Solo tienes que prometerme que no te separarás de mí.

El corazón se le llenó de alegría.

—Si tú me prometes lo mismo.

—Te lo prometo. No voy a separarme de ti jamás. De hecho, creo que deberíamos casarnos ahora mismo.

—¿En serio? ¿No deberías pedírmelo antes?

—Te lo pedí hace dos años —le recordó con gesto pícaro.

—Entonces quieres que me vaya contigo, que me case contigo... ¿algo más?

—Solo una cosa más.

Bella enarcó una ceja.

—¿Qué?

—Quiero decirte que te amo.

Hacía dos largos años que no le oía pronunciar aquellas maravillosas palabras y, al hacerlo, sintió una alegría tan intensa que la dejó sin habla.

—No sé si me has oído, ¿debería repetirlo?

Solo pudo asentir.

—Te amo —dijo al tiempo que se inclinaba para besarla en los labios, después se apartó y volvió a repetir aquellas mágicas palabras—: Te amo, Bella.

Por fin recuperó el habla y aprovechó para mirarlo a los ojos con el mismo amor que veía en ellos y le dijo:

—Yo a ti también te amo... Edward.