Memoria
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"Todos los sabios maestros y preceptores están de acuerdo en que los niños no saben por qué quieren; pero que también los adultos, al igual que los niños, se tambalean sobre esta tierra y, tal como aquéllos, no saben de dónde vienen y a dónde van; que tampoco actúan guiados por objetivos verdaderos y también están gobernados por los bizcochos, el queque y las supersticiones, eso nadie quiere creerlo de buena gana, y a mí me parece que está claro como el agua"
Werther, J.W. Goethe.
Erguidas con solemnidad, las amapolas se mecían al compás del viento y el color vibrante de sus pomposos pétalos parecía estar bordado a pulso sobre el extenso jardín. El recuerdo de sus manos pequeñas se dedicaban a desmenuzar el capullo poroso que sobresalía de sus tallos, obteniendo así las preciadas semillas que instantes después sembraría torpemente en la tierra húmeda. Si cerraba los ojos con fuerza, casi podía olfatear su efluvio cosquillándole la nariz pecosa. Las imágenes acudían a su mente fragmentadas, pero las repasaba con suma lentitud, en un estado de íntimo disfrute personal. Por aquella época, su mayor preocupación era terminar pronto las tareas escolares para obtener permiso de columpiarse descalza frente a los borbotones interminables de flores y ahora ...
¿Cómo era posible que la intachable integridad de una persona fuese tan frágil? Ni aun en sus más locos pensamientos infantiles imaginó que terminaría precisamente así.
Suspirando con profunda resignación, se levantó rápidamente a observar el melancólico panorama que le otorgaba la amplia ventana.
El vaho de su aliento chocó con el vidrio empañado y lo limpió con un suave roce de mano, buscando dibujar ayudada con la memoria, las siluetas de los edificios ahora sumergidos en una espesa cortina color negro petróleo, característica de una noche en su plenitud. Desde la lejanía, la voz estudiada de la periodista de turno daba el resumen de las noticias del día y se proyectaba por todo el angosto pasillo, haciendo un eco difuso en las humildes habitaciones. Recordó de súbito el problema de sordera que acarreaba la dueña de la deplorable hospedería, que se reflejaba en el volumen increíblemente alto con que disfrutaba a diario de la televisión. Bufó con el hastío caldeando su ánimo. El olor semejante a agua estancada al punto de la putrefacción que provenía de la madera húmeda y quebrajada por las termitas que constituía el piso, le tenía irritada las fosas nasales. Ni hablar de las sábanas y del colchón exhibiendo manchas de orina, sangre y crasitud corporal aseadas precariamente. Había tenido que dormir vestida, usando un saco para acampar sobre la colcha roída de la cama. Porque tener la situación económica de un indigente no era sinónimo de entregarse a la suciedad, todo lo contrario: Apegarse a las normas de buena higiene le permitía conservar su dignidad intacta. Lástima que su humanidad no hubiese corrido con mejor suerte ...
Se levantó rápido a escrutar la seguridad de la puerta, girando el pomo con brusquedad y corroborando que hubiese permanecido intacto hasta ese preciso instante. Supuso que de haber una presencia indeseada rondando el sector, lo notaría por el endemoniado crujido de la madera al ser sometido ante la presión de las pisadas más ligeras. Con suma precaución observó por la rendija de la puerta, pudiendo escuchar con mayor claridad el sonido proveniente del salón.
- ... Un muerto resultó de una explosión de un camión que repartía combustible ...
La luz sintética bañaba tenue el estampado de rosas en las paredes antiguas y al fondo, recostada sobre un enorme sillón aterciopelado, se podía apreciar el apaciguado perfil de la anciana. Su estómago gruñó sin misericordia en el acto, acompañado de una sensación de vacío dónde se suponía estaban las entrañas y pensó que si ambas no estuviesen en un estado de pobreza similar, ya le hubiese robado alguna chuchería de la despensa sin remordimiento alguno. Ante la influencia del hambre voraz, la dichosa moral no tenía un peso sólido en su consciencia, pero sólo por hoy, haría el esfuerzo de llenar el espacio con un litro de agua. Tal vez mañana pudiese sustraer un periódico sin que lo notasen y en consecuencia, podría gastar el dinero en algunas verduras ( para carnes blancas y rojas no le alcanzaba) y aportar un poco más de contundencia al caldo de fideos con un huevo frito encima que compartía la anciana cuando se hallaba de buen humor. Sospechaba que las zanahorias arrugadas en demasía, las cebollas resecas, los tomates blandos no durarían ni una jornada más por muy cruda que estuviese la temperatura del ambiente y si no hubiese sido por tratar de desechar un limón rancio, ennegrecido por el moho, de una cesta de frutas que derivó en una acalorada discusión, hoy habría podido bastarse de su amabilidad para comer de aquel humilde caldo. El siguiente gruñido duró varios segundos y se relamió los labios de la ansiedad.
Guiada por la línea de sus razonamientos, avanzó con el fin último de pedir la llave del candado que aseguraba la puerta del baño. Ir a la cocina y beber varios vasos de agua frente a la desconfiada mirada ajena no le resultaba cómodo en lo absoluto, tendría mejor asegurada su privacidad en aquel diminuto cubículo.
- Alertada se encuentra la población por el aviso de bomba dado por llamado telefónico haciendo alusión al despacho que ocupa el partido republicano como centro de reuniones cotidianas, ubicado en ...
La frase de la periodista Thompson, según el nombre que aparecía en el generador de caracteres, se acentuó debido a la extraña quietud que embargaba el salón y la sobresaltó en sobremanera. Se quedó helada bajo el umbral de la puerta, sin atreverse a dar un paso más. Masculló su nombre, agregando la calidad de Señora al inicio de la oración por mero respeto, obteniendo por respuesta la misma inacción y sosiego. Buscó el control remoto sometiendo a un meticuloso examen la penumbra y con un nudo atando su garganta, rodeó el sillón lentamente desvelando irremediablemente la incógnita oculta en aquel perfil inmóvil.
Un violento asombro sacudió su cuerpo por completo, paralizándole las extremidades producto del horror que le provocaba la escena: el cuerpo de la anciana yacía inerte y desmadejado el sillón, como un títere de trapo arrojado sin cuidado al olvido. Su rostro iluminado por la mortecina luz de la pantalla, estaba repleto de erupciones cutáneas que deformaban sus facciones de forma grotesca.
Cerró los ojos oscuros arrugando el ceño y el puente de la nariz en demasía, mientras su corazón retumbaba desesperado contra la caja torácica, aprisionando su pecho con fuerza. Presa de un pánico frenético, retrocedió en un paso y un sonido pegajoso llamó su atención. Una náusea intensa le revolvió el estómago al descubrir que estaba parada sobre un charco de vómito ligeramente seco en las orillas.
El olor ácido característico del contenido del estómago tenía un vago e indiscutible toque a ajo. Terriblemente angustiada alzó de nuevo la vista al cadáver, evitando observar la zona del rostro ( no quería grabar esa expresión de violenta agonía en su retina)y reparar en los detalles de su mano derecha: Estaba repleta de ampollas, ennegrecida y enrojecida en la palma rígida, mientras que en la cuenca de los dedos, la piel parecía haber sido desprendida de la carne.
Pensó, un tanto más racional, que si reunía la valentía suficiente para tocar la frente de la anciana, podría testear la temperatura del cuerpo y compararla con la destemplada del ambiente, ya que se pierde un grado por una hora de trascurrido el deceso. Sin embargo, un pensamiento clarificador le atravesó: Si no huía inmediatamente, correría el mismo destino funesto.
No sería útil excavar en la basura fresca o en los recipientes de comida sobrante que refrigeró al final de la jornada, para tratar de especular con su juicio inexperto el causante directo de su estado de envenenamiento. Sí, las señales apuntaban a una intoxicación aguda. Y los síntomas concordaban con suma exactitud ¡¿Cómo iba a adivinar que la punzante jaqueca de la mujer y la gastritis que aseguró tener en la mañana, desencadenarían en tan desastrosa y tortuosa muerte?! Y no había podido acudir en su ayuda debido a que la intensidad del volumen eclipsaba cualquier otro sonido, transformándose en un recurso tremendamente útil para el homicidio.
Limpió la suela de sus zapatos, nerviosísima, tratando de quitarse con brusquedad los adheridos mechones de cabello canoso contra la alfombra desteñida y polvorienta. Se le podían ver los espacios vacíos en la nuca, dónde antes ostentaba un recogido rígido amarrado con un elástico de ropa para resaltar su carácter estricto y apegado a las reglas. Recordar un rasgo de la persona tras el cadáver le provocó una punzada de angustia considerable.
-Lo siento - musitó con voz estrangulada, apretando la mandíbula con fiereza.
La televisión parpadeó dando cabida a los comerciales, mientras ella avanzaba a toda velocidad por el pasillo, luchando con la sensación de flacidez y debilidad que aquejaban a sus piernas en ese instante. Gotas de sudor se dispersaron por sus sienes y con la derecha envuelta con la punta de la manga de su chaqueta de cuero, giró con sigilo el pomo de la puerta de la que fue su anterior habitación.
Saltaría por el resquicio de la ventana debido a que se hallaba en una planta baja que le guiaba un angosto jardín reseco y horriblemente descuidado. Sus pertenencias estaban ya empacadas por mera precaución, estando preparada para escapar en cualquier momento.
Después se quemaría la materia gris tratando de descifrar el sofisticado método para cometer el asesinato. Después habría tiempo de sobra para recriminarse lo sucedido y prometerse no volver a habitar junto con otro ser humano hasta encontrarse estrictamente libre de todo peligro latente y no sumar víctimas inocentes a la gruesa lista que cargaba su consciencia manchada de sangre.
Porque ahora, en ese preciso instante, el verdugo silencioso estaba al tanto de su ubicación.
¿Quién podría asegurarle con certeza que no estaría esperándole en la puerta de entrada?
— ¡Ahh!—la voz se proyectó con suave potencia, llenando los rincones de la habitación.— ¡Ha conseguido entrar a la planta tres!
—Me alegra que disfrutes de tu caso, Ryuzaki— la templanza del anciano le llegó desde la derecha.—Pero me parece más importante recalcar el hecho de que la futura agente está apuntando directamente las sienes del dueño del hotel. Una táctica riesgosa para llamar tu atención.
—No lo hará— negó con el huesudo índice, exhalando profundo. —No tiene las características necesarias para transformarse en una asesina.
— Su historial ya cuenta con un asesinato, Ryuzaki.
El aludido apegó la nariz respingada contra la pantalla del televisor. Los ojos negros devoraban cada detalle entregado por las imágenes de la cámara de seguridad.
—Su mirada me lo dice.
—No me parece que puedas fiarte de tu sentido de la visión: Con suerte se perciben las fechas al costado.—refutó con amabilidad el anciano.
Agravó el semblante, y los ojos, parecían dos pozos de petróleo sin refinar.
— Has excedido con creces tu porcentaje habitual de sarcasmo, Watari. ¿Hay algún asunto que esté pasando por alto?
Ambos, guiados por el mismo instinto, terminaron observando un cúmulo de camisetas blancas desperdigadas por el suelo.
—No estaban lo suficientemente limpias.— y se mordió con dureza el pulgar, pasando a llevar un tanto brusco la piel de su yema.
—Las lavaré de nuevo, Ryuzaki.
Hubo un silencio espeso y extendido. Luego de rascarse con avidez el revoltijo de cabello que tenía por melena, decidió que era importante aclarar:
—Ya no soy un adolescente, Watari.
— Lo sé, Ryuzaki.— y el caballero inglés dio por zanjado el asunto, restregando con mayor énfasis las tazas de porcelanas para preparar la hora del té a su rebelde invitada de honor.
Es un placer saludarles, estimados lectores. Les explico inmediatamente el capítulo, en caso de que tengan dudas:
La primera parte corresponde al prólogo, de una historia llamada "Epílogo de una Amapola", basada en el personaje femenino que protagoniza el enfrentamiento con L. Su título lo encontrarán en Wattpad (AlexDupin), por si les interesa seguirla. Necesitaba introducirla para poder continuar con la siguiente escena.
Hasta la próxima.
