Disclaimer: Los personajes de DGray-Man no me pertenecen, son exclusivos de Katsura Hoshino. Está historia está libre de fin de lucro.


Capítulo dos

Jadeó al terminar con el último akuma que estuvo a su alcance, alzó la mirada para buscar a Lenalee, que se había dispuesto a combatir con los que estaban suspendidos. Pero no la encontró, supuso que había ido en busca de algunos que pudieron haber escapado.

Guardo a Mugen, y con pesadez, comenzó a recorrer el lugar en busca de algún individuo que se quisiera pasar de listo. Aunque esperaba que ya no hubiera nada.

Esa era la quinta vez que eran atacados por un grupo de akumas, con toda la intención de retrasarlos y alejarlos de su objetivo, o quizás, con la idea de eliminarlos.

Sonrió burlón de sólo imaginar que estaban ahí con esa mentalidad.

Que un grupo nivel uno y dos, fueran capaz de eliminarlos, sonaba ridículo. Ni siquiera con ese diluvio que les había caído encima —y que parecía no tener fin—, podrían ser objetivo fácil.

Siguió su camino con parsimonia, pisoteando aquella sangre que estaba siendo diluida por los charcos de agua que comenzaban a extenderse. Si la lluvia seguía de esa manera, los atrasaría demasiado y sin duda, enfermaría.

Chistó molesto de sólo saber cómo poco a poco, empezaba a ser vulnerable ante esas simples enfermedades.

Negó con su cabeza y siguió su camino —o eso pretendía—, hasta que alguien se interpuso en su camino abruptamente.

Lenalee aterrizó frente a él, con uno que otro raspón en el rostro y sus manos, con la respiración acelerada y totalmente empapada.

Apretó a Mugen en su mano, de sólo ver lo atractiva que le parecía la chica de esa manera.

El violáceo cabello mojado y pegándose a su rostro, las mejillas rosáceas —ya fuera por el esfuerzo o la fría lluvia— y esos labios entreabiertos, que buscaban desesperadamente el normalizar su respiración.

—Kanda, ya no hay vestigios de akumas. Hemos limpiado la zona —le informó al momento de seguirle el paso.

—Eso parece —siguió caminando, alejando toda su atención de la chica.

—La ciudad queda a kilómetros de distancia de aquí… —le hizo saber lo obvio.

—Lo sé.

—Kanda.

—¿Qué?

—Podríamos llegar ahí en cuestión de minutos, sí tú…

—No voy a dejar que me lleves —le enfrentó—. Así que olvida esa estúpida idea. Con que vuelvas tú, es más que suficiente.

—No voy a dejarte solo.

Se le plantó de frente, con las manos apoyadas en sus caderas, ligeramente inclinada hacia él. Con el ceño fruncido, las mejillas infladas y rojizas, y en sus labios ese típico puchero infantil.

—¡Maldición, Lee! ¿Por qué no puedes seguir una orden?

—Porque jamás dejo a mis compañeros atrás. La última vez que lo hice… —calló repentinamente y dejó de lado su compostura «agresiva».

Kanda sabía muy bien a qué «vez» se refería Lenalee.

Lo peor de todo eso, es que le hacía arder la sangre del coraje. Detestaba el que la chica recordara al molesto albino, cada vez que podía.

¿A eso se le llamaba estar celoso?

Gruñó por sus adentros de sólo cuestionarse semejante ridiculez. Él no sentía celos, y menos de Allen Walker, quizás de Lavi, pero del Moyashi…simplemente le parecía estúpido.

—Cómo sea, ya te di una orden y debes cumplirla —le rodeó y siguió su camino.

—No te dejaré solo —dijo, al momento de estar a su par y seguir sus pasos.

—¡Mierda, Lee! —La enfrentó enfadado. Esa mujer estaba sacándolo de sus casillas—. ¡Vas a enfermar! Y a mí de poco me sirves con gripe, eres un fastidio.

Pero la chica ni se inmuto, simplemente alzó los hombros y le regaló una sutil sonrisa.

Estaba decidida y cuando eso sucedía, no había manera de hacerle cambiar de parecer. Era más necias que una mula, y eso ya era mucho decir.

—Tks… —trató de ignorarla y seguir su camino.

—Kanda.

—¿Qué?

—Hay una cabaña a unos cuantos pasos de aquí. Está abandonada, podemos tomar refugio ahí, hasta que pare el agua.

—Así que por eso desapareciste, fuiste a explorar el área…

—Es más fácil cuando ves el camino desde arriba, el panorama es más amplio —le hizo saber con una tierna sonrisa—. De alguna manera, volar no es tan malo.

—Hmmm…

La miró de soslayo y pudo ver lo contenta que se encontraba por su hallazgo, como si lo que hubiera hecho, se mereciera un premio por su buen trabajo. Quizás y si se lo merecía, pero el de los premios era su hermano, no él.

—¿Entonces, iremos a la cabaña?

—Guíame.

—¡Sí! —Asintió entusiasmada.

Durante el trayecto, el agua no disminuyo ni un poco, al contrario, se intensifico, haciendo que el camino se volviera más resbaloso e inestable. Pero eso no pareció importarle mucho a la chica, quien seguía su andar, como si estuviera en la plana pradera.

Sin duda se había vuelto más ágil, un exorcista de admirar y de temer. Aunque eso no había hecho mella en la personalidad afable y pueril de la chica.

Lenalee, parecía que nunca cambiaria en esos aspectos.

Siguieron el trayecto, mientras el cielo tupido de densas nubes grisáceas se volvían cada vez más oscuras. Si no estaba equivocado, estaba empezando a oscurecer para su maldita suerte.

Se detuvo al momento en que su compañera lo hizo, abrió la boca para preguntar porque se había detenido, pero se quedó con la intensión al ver la bendita cabaña. La que se veía bastante bien, para estar abandonada.

Esperaba que lo mismo fuera por dentro.

—Vamos, Kanda.

Lenalee lo cogió del brazo y lo hizo andar al interior de la choza. Le siguió sin resistirse, la verdad es que deseaba deshacerse de la ropa mojada. Lo mejor era prevenir el refriado, no sabía que tan débil se había vuelto.

Al entrar al sitio, se dieron cuenta no había sido una sola fachada, aunque no había casi nada, estaba lleno de polvo y algunas hojas que se habían acumulado.

—Vaya, tengo buen ojo para estas cosas —comentó alegremente, mientras daba camino hacia las escaleras—. Iré a buscar algo con que secarnos y cubrirnos.

Sólo asintió y la vio subir hacia el piso superior, mientras camino hacia el área donde se encontraba la chimenea. Para su sorpresa, se encontró con bastante leña mal acomodada en una de las esquinas. Eso le hacía tener la esperanza que la noche no sería tan cruda, y, quizás, ninguno de los dos enfermaría.

Se quitó la chaqueta al sentirla estorbosa y pesada por lo mojada que estaba y dejo a Mugen de lado, para dedicarse a colocar la leña en el fogón. Al estar listo, cogió las cerillas que guardaba en su pantalón. La cuales, también estaban intactas de estar empapadas.

Prendió el cerillo y lo echó hacia la madera seca, la cual no tardo en acoger la llama y extenderse. Y ante el crujido de los troncos, también pudo escuchar los pasos que descendían. Al virar detrás de él, se encontró con Lenalee, quien cargaba una pesada colcha y unos cuantos trapos.

—Es lo único que había —le entregó una de las garras, mientras dejaba lo demás en la silla, el único mueble que había en ese piso—. Sécate, hay que evitar el resfriarnos.

Kanda aceptó sin decir nada, se soltó el cabello y empezó a secárselo, manteniendo la mirada en el suelo. Pero su gran error fue, cuando alzó su vista sin ningún tipo de propósito. Encontrándose con la joven mujer, quitándose no solo la chaqueta, sino también la falda, quedándose sólo con el corpiño y un diminuto short negro.

No pretendía estar así toda la noche, ¿o sí?

Sus dientes rechinaron ante la presión que ejerció en su mandíbula, al saber que era lo más obvio. Las ropas de ambos estaban totalmente empapadas y con ese frío que se colaba hasta los huesos.

Se maldijo mentalmente ante su mala suerte.

—¿En dónde conseguiste la leña? —Preguntó al momento en que se sintió observada.

—Estaba ahí —fue cortante y se giró.

—Eso es tener suerte, ¿no crees, Kanda?

—Hmmm…

—¿Oye, pasa algo?

—No.

—¿Seguro? —Le tomó del hombro, orillándolo a verla.

¡Maldición!

Se gritó internamente al encontrarse con aquello intensos ojos violetas y mejillas rosáceas. Se veía condenadamente erótica, y más con el cabello completamente suelto y ligeramente desordenado.

Lenalee se había convertido en una hermosa mujer.

—Sí —fue lo más cortante que pudo, y se zafo del agarre de la chica—. Tks…deja de fastidiar.

Pero en vez de ver el reflejo de enojo en el femenino rostro, se encontró con una mirada melancólica, lo cual le hizo que su estómago se retorciera por la «culpa».

—¿Ahora qué te pasa, Lee? —Cuestionó arisco.

Pero no obtuvo respuesta, al menos no de voz, porque no se esperaba lo que la peli violeta haría.

Se acercó lo suficiente para colocar la mano izquierda sobre su pecho —exactamente donde estaba el tatuaje— y con la derecha acaricio las franjas que se habían extendido en su brazo.

Se quedó helado, más que sorprendido por la acción de la chica. De tal manera, que no supo cómo reaccionar.

—¿Duele? —Expelo, sin quitar la mirada del área del tatuaje—. ¿Cuándo lo usas, duele? —Fue más específica.

—No —retiró las manos de la chica de él.

Ella se le quedo mirando y él poca atención le presto, no quería hablar nada referente a ese tema, y menos con ella. Sabría lo que vendría después, si le seguía el juego. No quería verla llorar y menos culparse por cosas que ni siquiera tenía nada que ver.

Se sentó en el suelo y se dispuso a quitar las botas, que al igual que lo demás estaban hasta el tope de agua. Lo mejor era centrarse en eso, que en su compañera o terminaría cediendo a lo que ella quisiera o peor, a sus propios impulsos.

—Tenderé la ropa en el pasamanos de las escaleras —sin más que decir, cogió sus cosas como las de él y fue hacia la entrada principal.

Kanda terminó de descalzarse y posó toda su atención a las llamas y el crujir de lo que aún quedaba de los troncos.

Sabía que esa noche sería muy larga, podía respirar la tensión que se había formado entre los dos, pero era mejor eso, que nada.

Cuando ella volvió, se sentó a su costado y miro hacia la misma dirección que él. Le miro de soslayo y espero a que dijera cualquier cosa.

—Sólo encontré esta colcha —le informó, mientras desdoblaba el objeto—. Pero es suficientemente grande para compartirlo entre los dos.

—No lo necesito.

—¡Kanda!

—No está a discusión, Lee.

—Claro que lo está —se puso de rodillas y lo volvió a enfrentar—. Dejé lo de la noche anterior, pero ahora no será así. Que no ves que puedes enfermar, ya no eres tan fuerte como… —Se cubrió la boca, al darse cuenta de lo que dijo.

Giró a verla realmente molesto, detestaba que se metiera en temas que mantenía sólo para sí mismo. Y menos que comenzaran a sentir lastima por él, como si ahora empezara a ser humano, cuando siempre lo había sido.

—No quise decir eso —mencionó con voz baja y sus manos aferradas en el cobertor.

—Pero lo hiciste —su voz se agravo—. Mantén la boca cerrada, y abstente de meterte en mis asuntos, Lee.

—¿Cómo puedes pedirme eso? —Preguntó con la voz cortada y con sus ojos inundados de lágrimas—. ¿Cómo puedes pedirme algo así? ¿Cuántas veces te tengo que decir que me importas?... ¿Qué eres mi familia? —Y al terminar de cuestionarlo, todo exploto.

Lenalee se echó a llorar con ferviente fuerza, entre sollozos y el agua salina que recorrían su rostro. Su cuerpo temblaba, desconocía si era por llorar o por el frío, quizás por ambas.

Se sintió realmente estúpido, si aquellos —Lavi, Allen o cualquiera de la orden— estuvieran presentes, ya lo estarían acusando por haberla hecho llorar.

Nadie podía hacerla llorar y salir ileso por ello.

¿Qué mierda haría ahora? ¿Disculparse? ¿Consolarla?

Él jamás había hecho ninguna de las dos anteriores, a pesar de haber convivido durante tantos años.

Por lo general, dejaba que llorase todo lo que quisiera, y nunca le había pedido disculpas por algo. De alguna manera, ella terminaba cobrándosela de alguna manera.

—Tks… —Gruñó por lo bajo e hizo lo que menos pensó—. Deja de llorar, te vez horrible cuando lo haces —le informó, al momento en que la tomó entre sus brazos y la acurruco contra su pecho.

Lenalee se puso rígida al instante y su llanto dejó de hacer eco en la habitación, estaba tan anonadada como él, por su acción tan repentina y quizás atrevida.

—Kan…Kanda —musitó—. Yo…

—¿Dejarás de llorar?

—Mientras no me sueltes, todo estará bien —dijo, al momento en que se acomodó entre sus piernas, se aferró su torso y oculto el rostro entre su cuello y cabello—. Y si nos cubrieras con la manta, todo sería mucho mejor… —una risilla escapo de sus labios, provocando que ese cálido aliento chocara contra su cuello.

El pelinegro no se movió, su cuerpo y su cerebro no estaban en sincronía, ya que había aceptado gusto el acercamiento de Lenalee, pero su mente le decía que reaccionara y se alejara tan rápido que pudiera. Temía que terminara cediendo ante los instintos que —ella— habían despertado.

—Esto no está bien —fue lo único que pudo pronunciar.

—No estamos haciendo nada malo —le aclaró.

—Komui no creería lo mismo —dijo, pensando que eso sería suficiente para que eso terminara.

—Mi hermano no está aquí, y dudo mucho que se entere de esto —se aferró a él—. No me alejes, Kanda —pidió con nostalgia.

¡Maldición!

—Lee…

—Mi nombre es Lenalee… —alzó su rostro y lo encaro. Sus rostros quedaron relativamente cercas—. Me gustaría que alguna vez me llamaras por mi nombre. Después de todo, yo cumplo con mi parte al llamarte por tu apellido.

Él sabía que la peli violeta, no estaba haciendo eso con ninguna mala intención. Después de todo, ella era demasiado ingenua para atreverse a algo así. Pero el problema era él. Esa atracción que sentía hacia su compañera no era «sana», lo sabía y lo sentía.

Por desgracia, la rigidez en su entrepierna, era el hecho más evidente.

Respiró profundo y trato de encontrar la calma suficiente para poder sobrellevar esa situación. Así que no tenía otra que ceder y confiar en su autocontrol. Después de todo, siempre había sido bastante tranquilo cuando se trataba de ella.

Extendió su brazo para coger la maldita colcha y así los abrigaría a los dos, y con suerte, Lenalee terminaría durmiendo. Al menos sería una gran ventaja y le daría un respiro.

—No era tan complicado, ¿verdad? —Comentó divertida.

—Ya cállate y duérmete —sentenció fastidiado—. Si te escucho de nuevo, te aventare y buscaras calor en la chimenea, ¿he sido claro?

—Sí —asintió tratando de no reír.

—Tks…

Lo peor de toda esa situación, es que la pequeña mujercita sabía que jamás le haría tal cosa. No pudo antes, y no podría ahora. Simplemente jamás se perdonaría hacerle algo así.

Podría ignorarla o mandarle amenazadoras miradas, pero no pasaría a más.

A lo que le temía, es que después sus amenazas se tornaran de una manera lujuriosa, y terminara cumpliéndolas.

No quería hacerle daño, ni dañarse a sí mismo en el proceso. Él tenía claro lo que ella sentía por Allen, y también tenía presente que no podía ser injusto amarrarla a él, cuando no tenía nada que ofrecerle.

Ni una sola vida que entregarle.

Kanda se burló en su interior, al darse cuenta de lo importante que empezaba a ser la vida. El sueño de acabar con todo ese infierno y vivir tranquilamente, al lado de ella.

Pero sabía que no había tal cosa para él.

Había sentenciado lo poco que le quedaba en este mundo, para corregir su error y traer de vuelta a Allen Walker.

Se lo había jurado y lo cumpliría, así, Lenalee, sería feliz.

—Gracias, Kanda —la chica masculló más dormida que despierta.

Apoyó su barbilla en la coronilla violeta y se concentró en el llamear del fuego. Mientras su mente se guardaba ese gracias en su memoria.


¡Hola de nuevo! :)

Quiero pedir una disculpa por la tardanza de éste segundo capítulo, pero es que tuvo algunos problemas personales y también con el Internet, ya que esta fue la causa mayor por lo cual no pude publicar.

Espero y puedan entenderme.

Ahora pasemos a lo que más me sorprendió, y fue que este ya está en la lista de favoritos y siguiendo de algunas personas, y en especial de que tuvo dos comentarios. Realmente no me lo esperaba, sobre todo porque está pareja tiene un fandom muy pobre, pero saber que alguien gusta de la misma pareja que yo, es grandioso.

Les doy mil gracias a los comentarios de: NyoAwesomme y wonidi.

Esperó leerlas en éste nuevo capítulo y también sea de su agrado.

Bueno, sin más que decir, les deseo un bonito inicio de semana y que nos leemos el siguiente lunes con un nuevo capítulo de éste fic.

¡Bye! :D